Judith y Holofernes

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Crúoras
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Judith y Holofernes

Mensaje por Crúoras » 01 Jun 2011 21:05

Os expongo un relato improvisado y aún no acabado, escrito casi en escritura automática, así que espero las posibles faltas ortográficas. Sólo espero que lo disfrutéis.

JUDITH Y HOLOFERNES


CAPÍTULO I


La algarabía, la música y la fantasía de la gente al vestir, en esa fiesta de carnaval en el palacio Ca'Dario no la tranquilizaba para nada. Ni siquiera observando la magnífica belleza de la obra de Pietro Lombard, no podía quitarse de la cabeza aquella misteriosa llamada de la noche anterior.
Aquella voz la citó para darle una valiosísima información sobre los estudios que realizaba, nada extraordinario se podía pensar de todo ello, a primera vista. Pero tras colgar el teléfono se había quedado con una sensación terrible, como si ella se hubiese citado con un celoso amante para conspirar en la muerte contra su esposo ¡Qué tonta sensación! ¿Pero por qué citarse en un baile de máscaras para compartir una profesional y tediosa conversación sobre Judith y Holofernes de Caravaggio? ¿Qué había en esa voz que tanto la amedrentaba?
Sabía el nombre de su interlocutor y la familia a la que este pertenecía; no le hubiese llamado la atención quedar en el palacio, pero le disgustaba mezclar el placer con el trabajo: si iba a una fiesta iba a divertirse y si trataba sobre la restauración un cuadro, siempre dejaba su sentido del humor colgado junto a su gabardina…

El día después de la llamada, le entregó la recepción del hotel un paquete grande, que examinó en la intimidad de su cuarto. Era un precioso vestido rojo y dorado de fantasía veneciana, brocados hechos a manos cuya manufactura indicaba lo realmente caro que era ¿Qué diablos quería significar eso, un soborno, una adulación? Inmediatamente pensó en devolverlo. Cambió de idea al ver la fantástica máscara dorada con motivos de mariposas ¿Cuándo iba ella a poder vestirse así en toda su vida o sentir el roce de esas telas sobre su piel? Pudo con ella su vena coqueta y marchó inmediatamente a comprar el maquillaje ideal para la noche acordada.
En el paquete había un sobre con la invitación a tan exclusiva fiesta, una tarjeta color hueso y escritura dorada; más una nota manuscrita elegantemente y con una rúbrica fuera de lugar, propia de tiempos pasados, aquellas letras podían decir mucho de la persona que la había escrito; esta carta le explicaba como iría vestido su cita para que ella pudiera reconocerle.

Alguien la sorprendió dándole un pequeño susto: una mano fuerte que la tomó del brazo y la invitó a acompañarla con una voz familiar y elegante. Sin duda era el famoso barón Quinton Rezzonico.
Dejaron el enorme salón visitado por los sueños y fue conducida a una biblioteca privada.
Una vez dentro el barón empezó la conversación. Mientras se desarrollaba ésta, descubrió que era lo que no le gustaba de su interlocutor, algo que le repulsaba en los demás: el exceso de confianza. Esa confianza era motivada por un gran complejo y por lo tanto una gran mentira, o bien era típico de las personas que lo habían tenido todo, ninguna de las dos opciones le agradaba.
Empezó a hacer caso cuando el hombre descorrió un cortinaje y tras éste pudo ver el famoso Judith y Holofernes, lógicamente era una reproducción, una excelente reproducción. Demasiado buena. Se acerco a examinarla con detalle.
El barón detrás sonrió y siguió diciendo -sí, es una magnífica reproducción creada por Jacobo de Bari-
“Jacobo de Bari” resonó en su cabeza con una fuerza cautivadora. Jacobo fue el mejor falsificador italiano de finales del s. XVII, fue tan bueno que hoy día se había llegado a pagar más por uno de sus cuadros que por el original. Solo tras expertos análisis se había llegado a distinguir sus cuadros. Ella en toda su carrera pudo ver, ni tan siquiera examinar un Jacobo.
-¿Fascinada?- dijo con clara presunción -por su cara me he dado cuenta que ya ha observado la anomalía. No esperaba menos de usted.
En ese momento la cara de la chica era un cuadro.
-Como puede observar hay un escudo de armas en la pala de la hoja ¿lo reconoce?
¡Cómo no iba a reconocer el escudo de los Rezzonico! Su mente empezó a hacer deducciones y su cara era un poema al asombro. No era mentirosa, de hecho tenía el inconveniente de ser una persona demasiado sincera y expresiva, jamás podría ser una actriz.
-Eso quiere decir que el original….
El barón la interrumpió -posee un escudo de armas de los Rezzonico. Usted, su museo- corrigió -tiene el cuadro de Caravaggio. Sé que es usted la encargada de hacer el informe completo, restaurarlo y de prepararlo para su posterior exposición; que además es de las mejores en su campo.
Se giró y por primera vez miró de una manera desafiante a los ojos de ese hombre engreído y confiado.
-Qué es lo que desea de mí.
-Creo que la pregunta correcta sería qué es lo que no deseo de usted- la miró enigmáticamente y prosiguió hablando como si del tiempo se tratase -lo que quiero de usted es bien sencillo: que realice su trabajo como siempre, que examine el Caravaggio y que dictamine su informe pericial tal y como debe de ser, del resto ya me encargo yo. Por supuesto solo le pido una copia del informe nada más.
Ella extrañada le miró y dijo -suponiendo que quisiera entregarle una copia antes del informe oficial y debo de decirle por adelantado que desde luego NO lo haré; pero me ha intrigado ¿por qué ha pensado que lo haría? Y especialmente ¿qué es lo que no desea de mí?
-Sé que no lo haría en condiciones normales, pero también conozco que intentarán que usted olvide la cuestión que nos atañe-. Mientras la invitaba a sentarse con un sencillo gesto en un cómodo sillón dorado de estilo Luis XV.
-Ahora voy a predecirle su futuro si me permite. Unos días después de su regreso y una vez halla comenzado su trabajo, el director o bien algún miembro de la junta directiva, le pedirá que omita el extraño detalle descubierto en su informe oficial y de paso que no saque a la luz el escudo, por supuesto habrá de por medio algún gran agasajo como un mejor puesto, sueldo, casa o algo similar. Si usted insistiese en defraudarles, su vida se vería repentinamente amenazada de formas que ni siquiera podría imaginar. No querrá saber que viene después.
Ella se levantó como un resorte -si lo que está intentando es asustarme o amenazarme de una manera retorcida: le diré que no lo ha conseguido y ¡qué nuestra conversación ha llegado a su fin!- decía mientras le temblaba ligeramente la comisura del labio superior. Caminó a la puerta de salida de la imponente biblioteca, pero se le interpuso de forma brusca el barón.
-Siento mucho haberla asustado y le diré que en absoluto era esa mi intención. Antes de salir por esta puerta le pido una cosa nada más- sacó una tarjeta de su bolsillo y se la introdujo en el pequeño bolsito que llevaba -recuerde que cuando la situación se ponga tensa solo contará con un amigo: yo. Ahí tiene mi número privado- después se apartó y le abrió la puerta con la más cortes reverencia, acompañada ésta de cierta burla y una sonrisa depredadora.

Huyó. Corrió por las calles de los canales hasta que no pudo más. Se paró resollando y sintió todo el frío de la noche atacarle las vías respiratorias. ¡Qué indefensa se veía en esos oscuros callejones mal iluminados! La humedad del ambiente no mejoraba la situación. Trascurrió un largo tiempo cuando empezó a sentir como la noche le entumecía los huesos. Sabía que en unos días estaría con fiebre, en un claustrofóbico avión de vuelta a casa; no se sentiría cómoda y a gusto hasta estar metida debajo de su edredón, en su casa, tranquila y serena.
El carnaval veneciano no le dejaría un buen recuerdo nunca: se imaginaba teniendo que inventar excusas, las cuales serían descubiertas por los que la conocían dejándola en evidencia, para no tener que explicar la noche más terrorífica de su vida.
Cuando un hombre como Quinton hablaba de esa forma, uno sabía que debería tener miedo y lo peor es que ese hombre lo sabía y jugaba con ello.
Ante un jurado era capaz de prometer que no recordaba como había sido capaz de llegar al hotel en que se hospedaba.
Mañana se marcharía de los dominios de un enfurecido Poseidón.


CAPÍTULO II


Maldita sea. Cómo pudo dejarse anoche las persianas abiertas. No le gustaba despertarse bajo la luz del sol, y menos aún cuando estaba incubando cariñosamente un catarro monumental como ese.
Media hora después se levantó desesperada por la luz. Fue al lavabo y se miró al espejo ¿Cómo podría fijarse ningún hombre jamás en ella? Fiebre, sudor, ojeras, nariz colorada y pelada de tanto sonarse. Una gripe como esa la tenía cualquiera. Tenía que dejar de mentirse: era la persona con menos vida social que conocía. Lo primero era su trabajo y sus libros, y si tenía tiempo veía de madrugada una de esas películas románticas en blanco y negro donde un robusto galán luchaba contra viento y marea por la chica de su vida.

Dos semanas después regreso felizmente curada a su amado trabajo.
A pesar de todo lo sucedido en Venecia, ahora estaba nerviosa: deseaba descubrir las mentiras del Barón. Si no estaba el escudo de armas en la pala, todo volvería a su cauce, pero y si no fuese así ¡Ya se preocuparía de eso más tarde! No la pagaban por holgazanear.
Lo primero era hacer las radiografías pertinentes para comprobar si había otras capas de pintura posteriores: la había ¡Alguien había pintado encima de la hoja letal! El corazón le palpitaba como nunca. No podía permitirse el lujo de ponerse nerviosa. Se fue al pequeño equipo de música y puso el disco de Jewel Lake, solo Bill Douglas podía relajarla.
Prosiguió su trabajo, desmontar el cuadro, poner el papel de arroz, marcar en el reverso las zonas a restaurar, limpiar primero las zonas impares ¡cuidado con la presión! Todo ello le llevó semanas. En un ejercicio de absurdo reto de voluntad dejó la hoja para el final. Tenía que preparar los productos perfectamente y sin error posible. Solo ella podía prepararlos. Así era, perfeccionista.

Llegó la última noche antes del revelado. Todo dispuesto, los productos preparados, las luces, lentes e incluso los discos de música acorde a su estado de ánimo o de tensión.
¡La una y media de la madrugada! Menos mal que mañana era sábado y no tenía que madrugar, pero era una lástima y no podía ir al estreno de la última del galán De Niro. Éste la cautivó desde La misión. Volvió andando, su casa no estaba lejos y ya que no iba a ir al cine, bueno sería respirar aire limpio y no pigmentos y alcoholes.
No se metía nunca en el parque, siempre lo rodeaba, demasiado drogadicto suelto. Y no era una enfermedad, pese a que ciertos personajes se empeñaban en querer quitar el auténtico peligro: una mente débil; era uno voluntariamente quien decidía tomar drogas o no.
Fue en aquel escaparate cuando lo vio por primera vez. Era un tipo atractivo, alto y elegante, con un traje de Armani; no era el típico hombre que paseaba tranquilamente por la noche en aquella zona. Se acercó y observó el escaparate junto a ella, demasiado cerca, podía olerle perfectamente, su olor destacaba como un faro en la noche. Olía muy bien, demasiado bien. Se sorprendió a sí misma en un estado de tenue excitación. El extraño adelantó su mano y acarició suavemente, casi con ternura el cristal. Sonrió mirando un caro reloj, se dio media vuelta y musitó un buenas noches.
Su mano… un contraste de luces tenues y esas manos acariciando con dulzura su piel la estremeció: su imaginación voló en la intimidad de su cuarto.

Lunes por la mañana. Desayunó como siempre en la cafetería Irún, cuya decoración propia del s.XIX la entusiasmaba. Bueno, la cafetería y ese jovencito camarero griego que siempre le tiraba los tejos.
Llegó al museo. De camino a su estudio. Pudo observar algo fuera de lo común diferente a todos los lunes, el director y a algunos accionistas se reunían en junta extraordinaria.
Entró al estudio y preparó todo como siempre, pero una excitación le recorría por dentro, se fue al equipo e invocó el relajante fagot de Douglas; justo cuando desveló el papel de arroz que le faltaba entraron al estudio el director y el gerente. Tras los respectivos saludos ambos se acercaron a la enorme mesa examinando el cuadrado descubierto, se miraron entre ellos, luego a la mujer; el director John que no dejaba de observarla comenzó a hablar al gerente -Como verá, he aquí una de las piezas más importante de la fundación: nuestra querida Sara. Como habrá visto en el informe que le remití a la junta, es la idónea para el puesto de adquisición de obras. Ahora espero que ella desee el puesto ¿Le interesa Sara, no es cierto? Además ese puesto no impediría seguir con su trabajo actual, si lo desea.
¡Adquisición de obras! Tener el control de cada compra, adquisición y donaciones realizadas por el museo y solo respondería ante el director: la manzana del paraíso entregada por la serpiente. Nadie ofrecía ese puesto sin pedir nada a cambio.
Se recompuso y le preguntó -¿Así que al final han pensado en mí?- intentaba disimular todos los pensamientos que le llenaban la cabeza, entre ellos una Eva de Durero parecía no querer borrarse de su mente. -Me halaga de verás pero tendré que pensármelo ya que ello me quitaría mucho tiempo de mis actuales trabajos, como usted sabe es lo que realmente me gusta. Le contestaré lo antes posible. Ahora si me permiten debo volver a mi trabajo, ya me queda poco por acabar.
-Por supuesto he de decirle que la adquisición del cargo requiere con el cumplimiento de una cláusula especial, por si le interesa saberlo- comentó el hasta ahora callado gerente -curiosamente esa nimiedad requiere de una discreción por su parte- observó a la restauradora para ver como respondía.
Ella no levantó su mirada mientras destapaba algunos de los frascos, los cuales llenaban la habitación de intensos olores.
-¿Y que discreción se requiere por mi parte?
John habló con la suavidad y los siseos propios de una lengua bífida -Algo muy sencillo, dejar de lado el cuadro en el que está trabajando, ya lo terminará otro de sus doctos colegas. Usted deberá ponerse al día en su nuevo cargo y ello le llevará un tiempo, nosotros nos encargamos de liberarla de sus actuales compromisos para que pueda empezar con buen pie su nuevo puesto ¿le interesa?
Sara dijo -He de reconocer que la oferta es tentadora, sólo le pido una semana para pensármelo, después recibirá mi contestación ¿no le importará?
Alzando la voz el gerente -Le recuerdo…- el brazo del director calló a su compañero interrumpiéndole -No la interrumpimos más mi querida Sara. Ernest esas decisiones siempre se deben consultar con la almohada y además ya la hemos interrumpido demasiado por hoy. Sara esperaré su respuesta. Gracias-. Se marcharon dejándola con Eva.

CAPÍTULO III


Dos días después desayunaba en la cafetería Irún. Hoy no estaba el joven Arión, en su lugar se hallaba una camarera embaraza que no había visto antes por allí. Aunque por un momento pensó qué hacía ella y si estaba sustituyendo al joven; pronto volvió a su libro sobre los tratados de pigmentos en es siglo XV.
Pasó el tiempo y miró el reloj de su móvil cuando vio un caballero de unos cuarenta que tenía el cabello algo cano, pero extremadamente atractivo ¡Parecía salido de uno de esos anuncios del Corte ingles! Un Richard Gere en potencia que leía también un libro de antigua edición. Lástima que no podías ver el título de ese ejemplar. Sus miradas se cruzaron y con un asentamiento de cabeza cortes se saludaron. Vaya, últimamente debía echar de menos el tener una pareja, aunque fuese un amante ¿Y por qué siempre se fijaba en los hombres guapos? Debía ser uno de esos instintos primitivos que la conminaban hacia la reproducción y que ella repudiaba como un ejemplo de que el hombre podía doblegar a la naturaleza y de su inteligencia superior al animal.
Ya era la hora, recogió su libro y pagó a la camarera. De camino a la salida guardaba el libro en el bolso, antes de darse cuenta alguien le sujetaba la puerta evitando que se diese de lleno con el cristal. Le dio las gracias y observó que el galante era el otro lector de la cafetería, el cual le dijo -debe tener más cuidado, se podía haber hecho daño en la cara- bajó su mano dejándola pasar.
-Buenos días y gracias de nuevo- sonrió Sara.
-Hasta mañana- respondió él.
De camino al trabajo un detalle repentino le asaltó a la mente ¡Ese caballero del libro era el del escaparate de la otra noche! Nunca olvidaba unas manos bonitas y menos las suyas. No lo había reconocido por culpa de la escasa luz nocturna, pero seguro que era él, eran sus manos ¿Quizá trabajase cerca o se acabase de mudar? Ojalá. Si leía podía decir que había unas posibilidades de mantener una conversación interesante y… ¡En que estaba pensando! Era guapo pero… Céntrate. Ahora tienes un misterio que revelar y un ascenso en el que pensar. ¿Pero a qué venía ese ascenso ahora? Y si… No: abandonó ese pensamiento, no quería revivir ciertos recuerdos pasados.

Llegó al estudio. Aunque había conseguido darse una semana de plazo (cinco días le quedan ya), hoy descubriría la verdad. Aceptase o no el nuevo puesto, tenía que verlo con sus propios ojos. Trabajó todo el día, las horas corrían ajenas a Sara. Eran las dos de la madrugada y ¡de la mano de un falsificador muerto hace cuatro siglos se revelaba la verdad! Paradójico cuanto menos. Existía el escudo de la familia Rezzonico y eso le daba razón a un hombre tan despreciable como a Quinton. Probablemente habría una disputa sobre la propiedad del cuadro y tal vez, la única posibilidad de acabarla era el escudo de la maldita pala.
Lo peor de todo era saber que Quinton no la mintió, el escudo, el ofrecimiento del puesto… ¿Serían capaces de llegar a amenazarla de verdad? El escalofrío hizo que se sacudiera como un perro el agua. Ese tipo de cosas pasaban en las películas, tonterías como la despreciable e inculta obra de Dan Brown titulada El código Da vinci. Pero cuantas personas reales tenían el conocimiento auténtico del secreto que ella conocía, pocas, muy pocas. Estaba en juego una propiedad de un valor inmenso y único en el mundo ¿Cómo un lienzo de 199 X 144 centímetros lleno de pigmentos, podía haberla metido en una encrucijada como esa?
Qué hacer ahora. Tomase la decisión que tomase tenía que ser antes de cinco días. Había mucho en qué pensar, pero eso lo haría en la cama, el cansancio llamaba a su cuerpo. A casa.
Nada más despertarse le vino a la cabeza que aún no había decidido sobre el tema. No podía posponerlo. Daba igual. Tenía que ir a trabajar, solo trabajando podría distraerse, aún había mucho que hacer: tenía que tapar su descubrimiento, solo así podía estar más tranquila. Pero solo existía una persona en toda la ciudad, capaz de volver a pintar el cuadro, para disimular al menos durante esa semana. El problema sería el pago a ese favor. Tal vez el haber estado tanto tiempo sola, podría hacer esa noche menos desagradable.

Allí lo tenía, delante suya con esa sonrisa dominante. La había citado en ese lugar a sabiendas de que ese tipo de garitos la desagradaban, quería marcar su territorio. Hay que mirarlo por el lado positivo, al menos nadie la buscaría allí. A pesar del tiempo transcurrido seguía sintiendo lástima de él. Cuando le conoció era un alocado artista que la hacía reír, con una voz muy atractiva, lleno de fantásticas ideas y pasiones. Pero con el tiempo ella se centraba en sus estudios mientras que él se iba desviviendo por el placer, por un hedonismo malsano: lo peor era que ser tan bueno en su campo le hacía convertirse en algo insoportable y tuvo que dejarlo.
Tras las explicaciones oportunas de lo que ella deseaba de su rubio interlocutor, el sonrió como un experimentado cazador. -Lo que me propones es que con mi técnica “degradante” tape un Caravaggio, en un solo día y que además no pueda reconocerse por más o menos expertos ¡eso es imposible!
Sabía que él esperaba que lo dijese, su ego triunfal de macho lo necesitaba, no tenía otra solución -Si he acudido a tí es solamente por que tú eres el único capaz de hacerlo y tu técnica es impresionante… aunque me cueste admitirlo-. Jack sonrió. Ella había ganado el primer asalto.
-Y qué me ofreces a cambio de mi trabajo, ahora estoy muy solicitado he incluso dicen que soy el nuevo Jacobo de Bari.
Una punzada de dolor en el alma ¿Sabía él algo de todo el asunto? NO, le conocía demasiado bien como para saber que no, pero había dado de lleno él en la diana de la venganza y sin saberlo. Se recompuso y prosiguió -Sé que puedes hacerlo, dime qué quieres a cambio, no me queda mucho tiempo para perder.
El cepo estaba preparado -Lo haré, pero por el pago de mi trabajo quiero dos cosas: una noche ardiente contigo, yo también sé halagarte y tú eres especial para mí, ninguna otra sabe satisfacerme por completo como tú sabes hacerlo; pero eso ya te lo imaginabas. El otro favor y para que veas que no te guardo rencor, ya te has rebajado bastante por hoy, es que me cuentes toda la verdad. Piénsatelo bien antes de responder, sabes que no me engañaras, te conozco demasiado bien para que tan siquiera intentes engañarme-. El cepo se activó y a la presa, ella, solo le quedaba boquear: habló.
-Lo mejor es que acuda al museo de noche, prepararé todo lo que necesito en la furgoneta, deberás abrirme la parte trasera para meterla y lo más importante de todo: yo trabajo solo. Por lo que deberás esperar afuera y así vigilarás que nadie, ni los vigilantes me molesten y apañártelas con ellos para quitarles las cintas de grabación y dármelas esa misma noche y sin verlas. Sé que sabrás como ingeniártelas para lograrlo.
Ella alzó la voz -No- rápidamente continuó, muy nerviosa, y casi musitó -no pienso dejarte a solas allí ¿me crees tan loca?
-¿Acaso piensas que voy a robar allí? No, sé que sabes que no lo haría, una investigación de ese calibre enturbiaría mis negocios. Pero desde luego no pienso que nadie, ni tú, ni las cámaras, graben mi técnica ¡O lo tomas o lo dejas!
¡Maldita seas Jack! Antes confiaría en el demonio que en tí. Pero el diablo no está aquí y tu sí. -Trato hecho, pero si me engañas…
-Creo que ya tienes suficientes problemas para buscarte más, cariño. Si crees que esta situación me complace: tienes razón ¡Ja, ja, ja!- Sonrió salvajemente. -Pero sabes que no rompo un trato y menos si tu cuerpo es el pago ¡Ja, ja, ja!


CAPÍTULO IV


Se sentía como una ladrona ¡en el mismo estudio donde trabajaba!, en su segundo hogar. No solo iba a dejar a un antiguo novio hurgara en su equipo, si no que además tenía que robarles la cinta de seguridad con una viejo y manido truco eficaz, pero que la ponía en el puesto de una vulgar meretriz; a ella, una formal y casi estirada restauradora. Sabía que Jack estaría regodeándose de ella en estos momentos y encima la poseería la siguiente noche. Sí, se sentía como una vulgar puta, eso descontando el peligro y todo lo que perdería si les pillaban. Respiró profundamente, se cambió la ropa en el lavabo y salió al estudio.
Jack la miró, sonrió e iba a decir algo, cuando Sara le interrumpió -si haces un comentario sobre mi aspecto te tragas los pinceles- y se marchó taconeando, sabiendo que él estaría riéndose como nunca. Justo antes de salir del estudio le dijo -ya sabes lo que tienes que decir si entra alguien. Cuando haya cambiado la cinta, si lo consigo, te daré dos golpes secos en la puerta y te esperaré fuera. Tienes hasta las seis y media- Y se marchó dando un portazo.

No podía ser, había sido bien, demasiado fácil: una ropa provocativa y las feromonas, habían puesto en entredicho toda la seguridad de un museo.
...
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lucia
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Re: Judith y Holofernes

Mensaje por lucia » 05 Jun 2011 20:26

¿Continuará? Me recuerda a lo de Robert Poste y tengo curiosidad por saber qué pasa.

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Claudine
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Re: Judith y Holofernes

Mensaje por Claudine » 01 Sep 2011 03:24

Interesante....como siempre.
Mi blog es..... http://cazandosirenas.blogspot.com/

Actualmente estoy leyendo:
"La Ciencia de la Belleza" - Ulrich Renz.

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