MIMIC I y MIMIC II

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Crúoras
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MIMIC I y MIMIC II

Mensaje por Crúoras » 01 Jun 2011 21:10

Advertencia: esta es una serie de mini relatos escabrosos que pertenecerán a un futuro relato corto, os expongo la 1ª y 2ª parte. Espero que os gusten a los amantes de lo oscuro. Saludos.
NOTA: el segundo tengo que detallarlo algo más pero casi está terminado.


MIMIC I

Mimic estaba sola. No tenía amigos, nadie con quien compararse o con quien compartir unas risas.

Siempre estaba oscuro, salvo por ese haz de luz que tocaba el suelo junto a sus pies.

No entendía por qué estaba sola ¿Quizás porque no sabía expresarse como los demás? O porque no se le entendía correctamente por tener los labios cosidos.

No importa el motivo por el cual estaba sola, su pelo lacio, negro y sucio, su piel mortecina, su ropa de cuero raída y gastada como una muñeca abandonada no le favorecía.

Si alguna vez habló -y no se acordaba si había sucedido o si alguna vez lo había hecho- siempre se la quedaban mirando fijamente a esa oscura y atrayente oquedad en su cuenca ocular vacía.

Sabía que era guapa o que lo fue, pero sus desarticulados miembros cosidos no la ayudaban en sus relaciones.

Se preguntaba si las demás personas también estaban colgadas de sus articulaciones a la viga del techo con alambre de espinos, porque le parecía algo incomodo o frustrante ¿Pero cómo podía saberlo si no podía ver a otros?

Para ser exactos, solo era consciente de la existencia de otro ser, pero éste tampoco le hablaba. A lo mejor ella le daba repulsión, pero eso no podía ser porque él la alimentaba, le alisaba el cabello y la acariciaba con ternura. Siempre le daba un dulce beso de despedida cada vez que se marchaba.

Cada día que pasaba sentía más fuerte esa llamada que todo ser solitario siente, por ver y conocer a otros semejantes.

Pero día a día allí seguía, en la oscuridad, sola, con esa rendija de luz cambiante de color.

Quizá lo más agobiante era el silencio, un silencio relativo, por que no prestaba atención a esas criaturas pequeñas y aladas que zumbaban, que se posaban como manchas negras resaltando sobre su blanquecina piel cuando hacía un calor excesivo.

Trascurría el tiempo, pero qué significaba el tiempo en un lugar así: nada, quizá menos que nada. El único concepto de tiempo que tenía era el transcurrir de sus pensamientos.

Así sus pensamientos se hilvanaban e iban tomando consistencia en forma de una pequeña conciencia. Ésta en su interior le decía que había otros y que debía reunirse con ellos para deshacerse de la soledad que antes tanto le gustaba.

Pensó que si su cuidador se movía ella también podía hacerlo, que también podía acariciar suavemente como lo hacía él. En el fondo le tenía envidia.

Si él salía de la oscuridad por algún sitio detrás de ella, podía salir por ese mismo lugar.

La soledad, la oscuridad, la envidia, la ira y otras extrañas sensaciones se aglomeraban en un minúsculo destello blanco.

Este destello en su oscura, vacía y profunda cavidad ocular fue lo último que vio su cuidador antes de morir.

No recuerda cómo lo consiguió, como llegó a salir afuera, a ese otro mundo lleno de iguales.

Cuando la ceguera se le pasó y se acostumbró a la luz dañina vio tremendamente horrorizada que no eran como ella. Eran hermosos, bellos, enteros, de ropas y cabellos perfectos, de múltiples colores fantásticos que siquiera se hubiese atrevido a soñar.

Tan tremenda era la tristeza de ella, que la única lágrima que había vertido desde que tomó conciencia se congeló cuando unos estruendosos y cacofónicos ruidos sonaron.

Nunca más temió la oscuridad.

Nunca más temió el silencio.

Nunca más temió su aspecto desaliñado.

Nunca más temió nada.


* * *

-Jamás pensé que le diría esto, inspector Gonzalo, pero me alegra que al final haya podido encontrar al psicópata muerto. Pero sigo sin entender por qué me han llamado a mí, aunque soy médico no soy su forense- Dijo el doctor Joaquín L.

-En estos momentos nuestro forense está en otro caso y usted está capacitado para levantar acta. Además, verá... -murmuró avergonzado el inspector- ...encontramos el lugar donde se escondía, con él dentro. Pero cuando mis hombres llegaron a la puerta, ésta se abrió repentinamente y alguien ensangrentado salió. Uno de mis hombres, el más joven se puso nervioso y comenzaron los disparos. Al parecer dispararon por error a una de las víctimas secuestradas, que consiguió escaparse tras matarle. Ahí la tiene, por favor-. Le indicó el cuerpo.

El doctor se agachó y lo examinó. Al rato se levantó de espaldas al inspector y dijo en el tono de un confesor -¿Está seguro que no quiere contarme algo más inspector? Porque esta chica lleva muerta semanas.


MIMIC II

¡Dios mío, qué estoy haciendo! Llevo dos días vigilando esa casa sin descansar. Esta gruesa gabardina no me quita el frío, mas pronto volveré al calor de casa. Ahora ya sé cuando el niño se quedará solo: no, no debo realizarlo. Qué estoy pensando ¿Mi turbación se debe a mi aterimiento o la inquietud de mi alma?

No puedo olvidarme de ella, aún me duele la costilla inferior cuando me muevo bruscamente: recuerdo de su último enfado, el moratón no ha desaparecido. No quiero irritarla, es mejor no idear qué podría hacerme sino le llevo al niño.

No deseo irritarla, no soporto verla afligida o desazonada, cuando así sucede me abruma el corazón, y si me mira con desdén u odio me quebranto.

¡Ah, sus ojos! Su peculiar mirada, especialmente aquella en la cual se sabe perfectamente dueña de mí, que expresa con firmeza su conocimiento de haber ajado mi voluntad y que no puedo hacer nada en contra de la suya. Lo peor de todo es que no quiero hacer nada que la moleste: se entiende tan superior que… que lo es.

A pesar de todas mis reticencias una fuerza suprema me conmina a llevárselo, no soporto sentirla débil. Ver sus menudas rodillas temblar o caminar apoyándose en las paredes del pasillo fractura mi alma. Nunca me gustaron las mujeres excesivamente delgadas, pero ahora adoro los perlados muslos de sus aún no formadas piernas y sus rodillas infantiles. Cómo puedo adorar a una delicada niña enjuta de doce años -que son doce candados con sendas cadenas que me sujetan a ella-, de marmórea piel, caprichosa y de férrea voluntad; que me tiene dominado infaliblemente con su Encanto.

Cuando se desnuda y miro su infantil cuerpo de porcelana remendado, y admiro sus hermosas cuentas oculares muertas, emisoras de sensuales miradas, que poseen un brillo acuoso a pesar de no segregar lágrimas: siento una excitación y una atracción horrible que contengo, inflingiéndome una frustración desesperante con la cual sé que ella goza porque en esos momentos suele sonreír.

Posar mis dedos en su piel es un deleite exacerbado, cuando me deja tocarla es para renovarla. Me deja coser sus coyunturas con ese hilo metálico, hiriente y escabroso como cuchillas de afeitar; la sangre de mis manos fluye y se desliza absorbida por sus cavidades. Y yo allí, bañado por la tenue luz ambarina del quinqué, de rodillas ante su figura reclinada con superioridad en la mecedora, la unto con mi ungüento crúor sus tersos labios, luego sus sensuales y minúsculos pechos, llegando al final a su virginal pubis, en ese momento del ritual mis manos están temblorosas: ella se ríe con picardía. Entonces me empuja fuerte con su delicado pie, una patada que me desequilibra cayendo al suelo, luego me envía a por su alimento.

Son las siete de la tarde y la translúcida cristalera de la entrada se enciende, lo que significa que los padres saldrán como de costumbre, tendré casi media hora para capturarle. Tiemblo, no de miedo sino de anticipación al premio, mi mente se evade a un placebo éter quimérico, mientras mi cuerpo motriz se encamina a la puerta en pos del joven. Luego…

Poco a poco me acostumbro a verla alimentarse, aún así a estas alturas me sigue extrañando cómo puede comerse a un niño que le dobla en peso y estatura. Me sigue produciendo un miedo estremecedor como sus dientes se tornan escualos triángulos óseos. Cierro los ojos, siento la sangre hisopearme la cara, a continuación oigo un continuo chasquear de dentelladas, como una sierra eléctrica de leñador a baja velocidad. En estos momentos siempre pierdo la noción del tiempo. Al rato escucho su atrayente voz: “Ven”. Abro los ojos, lo primero que veo en el solferino suelo son huesos mal apurados y desperdigados descuidadamente en la vehemente orgía de mi amada. Después embelesadamente susurra -límpiame-. Un chantaje perfectamente calculado: si quiero disfrutar de mi sublime ama he de limpiarla con la lengua, lamiendo la esencia vital del cadáver imberbe ¡Cuán horrible es la situación! Dejo su carbúnculo cuerpo níveo de nuevo. En el proceso, una vez renovada Mimic, no deja de gemir excitada ¡Ya no puedo más! La beso con timidez en los suaves y delicados labios pidiendo permiso para obtener mi anhelo. Mimic coqueta y vivaracha ríe jactanciosa, condescendiente me lo otorga raspando tenue mis labios con sus dientes.

¿Qué sucede después? No os lo voy a contar, mi rubor, la vergüenza y mi timidez natural me impiden contar un acto tan íntimo.
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lucia
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Re: MIMIC I y MIMIC II

Mensaje por lucia » 05 Jun 2011 21:00

Tienes una mezcla de horror y ternura similar a la de Pesadilla antes de Navidad :mrgreen:

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