Nudos de cristal (Thriller-terror)

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mrmoonlight
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Nudos de cristal (Thriller-terror)

Mensaje por mrmoonlight » 19 Ene 2012 12:45

Estimados conforeros,

En otro foro muy diferente a este, hemos desarrollado un "experimento" entre otro forero y yo. Cada uno escribe y publica un capítiulo de una historia y el otro lo continúa, así sucesivamente. No nos conocemos personalmente. Transcribo aquí los capítulos escritos hasta ahora, por si alguno tiene curiosidad por seguir la evolución del experimento. Espero que no esté demasiado mal.

Saludos!
Leyendo: París 2041
Recuento 2013

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mrmoonlight
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Re: Nudos de Cristal (Thriller-Terror)

Mensaje por mrmoonlight » 19 Ene 2012 12:46

CAPÍTULO PRIMERO ferro

Empapado en sudor y en algo más que alcohol se despierta cada mañana. No sabe muy bien en qué lugar se encuentra, solamente se lleva la mano al cuello sintiendo esa soga que en sueños le aprieta. Rápidamente busca el abrigo del cuerpo cálido que tiene a su lado y lo aferra con todas sus fuerzas para sentir que el infierno que vive en sueños todavía no ha llegado a alcanzarlo en su tiempo. La mejilla de su mujer recibe el primer beso y el primer beso de su mujer es una sonrisa angelical de consuelo. Lástima que no abra los ojos, piensa nuestro protagonista, hoy el camino será oscuro sin el brillo de su mirada. Lo que él no sabe es que no volverá a ver esos dos faros de luz verde en la niebla por mucho tiempo.

Antes de salir de casa mira a su perro. Es el mismo perro que en su sueño ladra constantemente debajo de los pies de su dueño. Es el mismo perro que llora y salta sin cesar desgarrando los zapatos, los pantalones y la propia piel de su amo. Es el mismo perro que no cesa en su intento de rescatarlo del baile infernal al que lo somete el viento. Es el mismo animal que ve por última vez en sus sueños cuando se encuentra colgado de la rama de un árbol por el cuello.

Esta mañana no le da tiempo a pasearlo, pero se fija en la correa que reposa en el mueble de la entrada. No se parece en nada a la cuerda con la que se ahorca mientras duerme y eso le produce un alivio placentero. Sin embargo se da cuenta que la correa está rota, así que pensar en comprar otra le distrae definitivamente de sus peores pesadillas.

Cierra la puerta al salir con mucho cuidado al mismo tiempo que su esposa abre los ojos empapados en llanto.



CAPÍTULO SEGUNDO moon

Las lágrimas ruedan por sus mejillas, lágrimas redondas y brillantes como perlas, pero perlas negras. Son lágrimas que brotan de un vacío oscuro situado en el centro de su alma, entre sus dos generosos pechos que ahora cubre el camisón de raso, y que antaño tanto atraían a su marido. Ahora ya no. Desde que sucedió lo que ambos llaman El Evento, el hecho que cambió sus vidas con la radicalidad de una explosión que devasta cuanto hay alrededor, y al que ambos prefieren no aludir por su nombre, el hombre apenas es capaz de ver en ella nada más que un salvavidas deshinchado que le mantenga a flote en medio de la deriva que es su vida. Deseo, pasión, amor fogoso…Todo terminó con El Evento. Ahora queda dependencia, culpabilidad, y necesidad mutua. Mientras sus lágrimas se mezclan con el sudor agrio de su marido sobre la ropa de cama, la mujer fija su mirada rota sobre la correa también rota que se refleja en el espejo de la habitación. La correa del perro que ya no tienen, pero a quien su marido aun parece percibir como si siguiera allí.



CAPÍTULO TERCERO ferro

Es imposible explicar con palabras la incertidumbre que rodea a la pareja. Si pudiésemos hacerlo nos arriesgaríamos a decir que el fin del mundo a su relación se asemeja. La mujer se levanta y se pone ropa de abrigo. Acaricia sus cabellos rizados mientras contempla su rostro en el espejo situado encima de la cómoda de la habitación. Siente que va a recibir un invitado. El ritual se completa en el baño, lugar donde todos, de alguna manera, perdemos la poca vergüenza que nos queda. Unas zapatillas color rosa cubren sus pies hasta ahora descalzos. Cada mañana piensa en ese color rosado que le recuerda la felicidad de un tiempo pasado. El mismo pasado envenenado del que se alimenta el presente aquí plasmado. Sus pasos no son firmes, pero la conducen directamente al jardín situado en la parte trasera de la casa. Libre de cualquier mirada indiscreta, fiel cómplice de un secreto que es peor que cualquiera de los imaginables horrores.


Lentamente se acerca al último árbol situado junto al muro que los separa del bosque. Allí rompe de nuevo a llorar. Allí recuerda el momento en el que decidieron sacrificar al perro, pues su instinto animal lo llevaba a escarbar en el suelo, en el mismo sitio donde su secreto quedaría al descubierto. El mismo misterio que todos desconocen y que solamente su marido y ella lo denominan como El Evento. La mujer se lleva las manos al vientre mientras comienza a llover.


CUARTO CAPÍTULO moon


“Moriría por vos…” Mientras camina bajo la lluvia que lleva cayendo durante semanas, convirtiendo la realidad en algo líquido, frío e informe que hace juego con sus pensamientos, el hombre piensa en esa frase, ajeno a los hilillos de agua que van cayendo desde su cabeza cubierta a sus pies cansados. “Moriría por vos…”. Cuán sobrevalorado está en la literatura y la música el acto de morir por alguien o algo, un ser amado o una causa, piensa. Cuando morir es un acto pasivo, que redime al que lo realiza y le aleja de ulteriores sufrimientos. Pero matar…Matar por alguien o por algo supone un acto volitivo, un acto terrible en el que uno mismo debe tomar la decisión de segar una vida ajena, empuñando con sus propias manos sangrientas la oscura guadaña de la Señora Eterna. E implica sobrevivir, o tratar de hacerlo, a las consecuencias que ello acarrea, a la sensación de vacío y culpabilidad que deja en lo más profundo del alma, herida mortalmente para siempre. Trata de decirse que fue inevitable, que las circunstancias así lo exigían, que tuvo que hacerlo para salvaguardar todo lo que más quería. Y llega el momento de los terribles “Ojalá”. Ojalá no hubiesen conocido a aquel grupo de aparentes personas, ojalá no hubieran entrado en su juego macabro, ojalá no hubiera devenido todo en la materialización del Evento…Ojalá no fuera a ocurrir todo lo que su instinto, sus tripas, y hasta su perro muerto, le estaban gritando que estaba a punto de suceder al doblar la siguiente esquina de sus vidas.



QUINTO CAPÍTULO ferro



La mujer entra de nuevo en la casa. Se siente agotada pese al reciente reposo de su cuerpo. Está completamente mojada y el frío abriga sus huesos. Decide tomarse una ducha, no sin antes encender el antiguo, valioso y decorativo tocadiscos de su marido.

Al mismo tiempo que comienza a sonar el Réquiem de Mozart, la mujer se quita la ropa. Sus manos delicadas desabrochan el sujetador que oprime su pecho. Sus senos hinchados fruto de la lactancia caen libres sobre su cuerpo. La mujer sabe poco acerca de Mozart. Ello no es debido a un derroche de incultura, sino por falta de cierto interés, pues considera que ya tiene suficiente con saber de su propia amargura. Sin embargo intuye que esa melodía que comenzó suavemente acabará derrochando un frenesí de locura mortuoria. De nuevo continúa la danza sensual que antaño tanto excitaba a su marido y que sin duda encendería las alarmas sensoriales de cualquier mirada o mente allí presente. Sus manos deslizan su ropa interior a lo largo de sus fuertes muslos. Todavía puede intuirse en esta prenda la sensación de consuelo que se produjo la noche anterior. Las huele buscando esa calma perecedera tan infravalorada, tan valorada y tan sobrevalorada. Sus glúteos son firmes y redondos, es la parte que menos le gusta de su cuerpo, siente que son demasiado pronunciados y que ahora resaltan más en su contorno. Pero los acaricia buscando el símbolo que fue marcado con fuego en uno de ellos. El mismo tatuaje que se esconde en la piel de su esposo. En él piensa mientras contempla la entrada enmarcada en vello oscuro y rizado por la que su marido cree, o ella cree que él cree, que solo él ha entrado.

El espejo se doctora en su triste y bello reflejo. Sus ojos, para ella ya irreconocibles, se cruzan con los suyos propios en el mismo momento en el que la melodía de fondo, súbita y repentina, aumenta su armonioso estruendo (52 segundos) tal y como la intuición de nuestra protagonista nos había anticipado. En ese preciso instante, al mismo tiempo, se abre la puerta de la casa sin que ella se percate de ello. En ese exacto intervalo de tiempo, el marido, a kilómetros de distancia de su hogar, con los brazos agarrotados por el esfuerzo, golpea una y otra vez algo que podemos imaginar pese al agua que sigue cayendo y a la irónica oscuridad del día que nos acompaña desde el comienzo. Los golpes son fuertes, no hay gritos, estos son ahogados a puñetazos. El hombre se quita sus guantes de cuero ensangrentados tras introducir en el maletero de su lujoso coche negro la soledad inmóvil de un cuerpo. Todavía no ha cesado de llover.




Parar a los 2min más o menos

__________



SEXTO CAPÍTULO moon


El marido se sitúa al volante del lujoso automóvil, cuidando de no manchar la tapicería de cuero con los restos de sangre y tejidos que aún puntean zonas de su vestimenta, como fruto de un collage enloquecido elaborado a manos de un niño enfermo. Otra vez…Otra vez más ha tenido que transgredir todas las leyes morales que nunca imaginó incumplir. Introduce su mano en la guantera y saca una petaca cargada de vodka, confiando en que la quemazón del fuerte licor queme también parte de sus sentimientos. Es el momento. Ingiriendo tres tragos más, comienza la macabra procesión, un cortejo fúnebre de uno solo, que habrá de terminar con el cuerpo que ahora habita en el maletero enterrado junto a los otros que le precedieron en esta orgía de sangre y muerte. No habrá ningún problema, como hasta ahora. El hombre gira el volante con fluidez, sale de una rotonda a velocidad muy inferior a la legal y entra en una calle de sentido único. Error. Un error que ningún GPS puede predecir, ya que desgraciada o afortunadamente el ser humano carece de “gepeeses” capaces de orientarle en la vida, el presente y el futuro. El error se hace palpable cuando, perdido en sus pensamientos, el hombre es consciente de unas luces rojas y azules que atraviesan la oscuridad y la lluvia. Algo tan prosaico, tan rutinario como es un control de alcoholemia, propio de los días prefestivos en los que se encuentran, plagados de comidas de amigos y compañeros, puede dar al traste con todo. Tanto sacrificio, tanto dolor, se irá al traste en menos de cinco minutos, cuando los 2 coches que le preceden atraviesen el control y sea su turno. El vodka compulsivamente ingerido, cuya vaharada alcohólica aún flota en el coche, significará un positivo (qué ironía), la inmovilización del vehículo y la detección del cuerpo exánime del maletero. Ante las leyes de los hombres, será reo de un crimen execrable, y sabe que se le negará toda clemencia, eximente o atenuante. En ese momento, el Requiem de Mozart comienza a retumbar en su cerebro, y nota un dolor sordo en el punto de su cuerpo tatuado con el Símbolo mientras intenta evaluar sus alternativas a toda velocidad. La calle, como muchas veces la vida, es de sentido único, por lo que retroceder, como muchas veces en la vida, carece de sentido.


Mientras la mujer siente el mismo dolor sordo en su Símbolo, el intruso recorre lentamente las estancias de la casa hasta dar con ella. No es exactamente un desconocido, pero su presencia no es bienvenida, si bien tolerada por la mujer, que paga sus propios sacrificios en forma diferente a los de su marido. Diferente pero no por ello menos dolorosa, ya que mientras que él es el que inflige dolor a los demás, ella es la que lo padece. El intruso, un tipo alto, fuerte y bello a los ojos del mundo, es percibido por ella como una oscura alimaña, deforme y maligna que viene a saciar sus necesidades más primarias en su cuerpo.
Proteinas del suero, caseína, lactosa, ácidos grasos…Es esta la composición química de la leche humana, mas nadie ha teorizado nunca sobre la Energía, la corriente de Vida que puede transmitir…Y así lo cree, cierto o no, el Engendro, quien en un acto grotesco se abalanza sobre el pecho rebosante de la mujer y comienza a succionarlo mientras ella experimenta una oleada de dolor y un residual placer culpable. Sabe que no podrá toléralo por mucho más tiempo.




CAPÍTULO SÉPTIMO ferro


No había escapatoria. Frenó el coche. Aceptaba su destino. Todo por fin acabaría. Su crimen descansaría. Su castigo se cumpliría. Su castigo, su descanso. Su descanso, su castigo.

- ¿Tiene algún inconveniente en realizar una prueba de alcoholemia?- preguntó el policía.

-No- fue la simple respuesta de quien acepta su final.


La prueba rutinaria determina el resultado ya esperado. El vodka había hecho bien su trabajo.


- ¿Me permite ver esos guantes? Parece que están manchando el asiento de sangre.

- No es nada.En serio. La nariz...ya sabe....sangra bastante...


Es cierto,la nariz sangra demasiado, sobre todo cuando se la rompes a otro sujeto a golpes.


- Le voy a pedir que se baje del coche con las manos bien visibles.


El destino estaba escrito, solo podía intentar poner algunas comas o algunos puntos en él para retrasarlo.


- Eso va en contra de mis derechos- gritó el hombre.

- ¡Haga el favor de salir del coche con los brazos en alto!


El policía sacó su pistola, había visto una tela salir del maletero al cotejar las matrículas del vehículo con la documentación que le había requerido al sujeto. No sabía lo que tenía que hacer. No llevaba ni dos semanas de servicio.


- ¿ Qué está haciendo,agente?- dijo una nueva voz con absoluta autoridad. - ¿ Sabe a quién está deshonrando al apuntar con su arma?

- No, señor.

- ¡A su familia, a todos los ciudadanos de esta maldita ciudad!- escupió el que parecía tener mayor rango. - Este hombre al que apunta con su pistola es uno de los hombres que hace que gente como usted y como yo podamos salir sin miedo a la calle tras haber hecho correctamente nuestro trabajo en ellas.


Los pasos de superioridad de unas botas bien apretadas se posicionaron al lado del primer policía que tan solo cumplía con su deber.


- Retírese, tiene suerte de que no le vaya a abrir un expediente disciplinario por eso.


No hubo protesta, nunca la hay. Siempre sumisión ante el fuste torcido de la humanidad.


- ¡Amigo mío!- fueron las palabras que salieron por los labios que subrayaban un espeso bigote. -No vea usted la satisfacción que me produce el poder sacarle de este pequeño inconveniente rutinario.

- No vea usted lo que le agradezco lo que acaba de hacer por mí- contestó nuestro hombre.

- Es lo menos que podía hacer después de que me ayudase con el asunto de aquellas insignificantes mujeres- dijo el policía mientras ajustaba su pantalón en su oronda cintura.

- No me dé las gracias a mí. La gente para la que trabajo me abrió los ojos en el caso. El juez no podía aceptar las alegaciones de esas dos mujeres de dudosa reputación-.


En realidad no se sentía orgulloso de aquello. Al igual que no se sentía orgulloso de tantas otras cosas desde hace un tiempo que le parece una eternidad.


- Amigo mío, creo que es mejor enterrar esos fantasmas.- dijo el policía. - Cada uno tiene lo que se merece y esas dos miserables ya están donde les corresponde- continuó vociferando. - Ahora,si me lo permite, no me queda más remedio que acompañarlo a algún sitio cercano. En su estado no puedo permitirle seguir conduciendo.

- Acepto su invitación encantado.


Efectivamente cada uno tiene lo que se merece en esta historia y el jefe de policía no va a ser menos. Pronto recibiría su castigo. Mientras tanto se dirigen hacia la casa de nuestro protagonista. Éste espera buscar descanso en el mismo lugar en el que nunca lo encuentra. Pero como habíamos prometido, no verá a su esposa durante un gran tiempo.



En cuanto a la mujer, por su propio respeto no ahondaremos más de lo que ya ha profundizado en ella el sujeto de ojos claros. Sin embargo, el crimen allí cometido nos lleva a situarnos en el concreto instante en el que el apuesto hombre cesa en sus fieras embestidas y se da cuenta de que el movimiento no termina. La mujer, sorprendentemente, continúa apretando su cuerpo contra el de él. Rítmicamente, placenteramente. Aquello le produce tal desconcierto que no puede evitar contenerse y descarga toda su esencia varonil dentro de ella. Jadeando acerca sus labios hasta el oído de la mujer y le pregunta:

- ¿Ahora me vas a decir donde está el niño, preciosa?
- Murió en el parto, te lo he dicho cientos de veces- contesta la mujer.

Lo cierto es que aquel niño no podía ser catalogado como tal. Su figura monstruosa apenas había durado vivo más de veinticuatro horas desprendido del seno materno. Su propia madre lo había asfixiado con sus propias manos. Su propio padre contemplaba la escena bañado en las últimas lágrimas que parecía haber fabricado toda su vida para ese momento. Al menos esa era la versión oficial del Evento.


- ¿Por qué no fuimos informados?- volvió a preguntar el cínico rostro de aquel engendro a los ojos de la mujer.
- Dí a luz en casa. Seguimos el procedimientos que nos habíais indicado a mi marido y a mí. ¡ A tu mejor amigo...!

Esas dos últimas palabras sensibilizaron la fría piel del cuerpo masculino que hasta ahora estaba desenfrenadamente cálido. Aún así, el interrogatorio no se detuvo:

- ¿Quiénes estaban enterados de tu embarazo?
- Nadie, tal y como nos exigisteis- contestó la mujer.


Era cierto,al menos en parte.

Dicen que existe una conexión extremadamente fina entre familiares muy cercanos. Resulta muy difícil de demostrar, por no decir imposible. Pero una sola persona había visto a la mujer, además de su marido y del propio Grupo. Su hermana gemela. Ella, conduciendo su propia preocupación había viajado durante horas para ver a su hermana. Hacía más de un año que no se veían. Solamente mantenían conversaciones telefónicas propias de dos desconocidas, como si alguien o algo las estuviese vigilando. El contacto entre su familia y ella era nulo. Todo había cambiado desde que su hermana y su marido se habían desplazado de ciudad. Nada era lo mismo ni nadie era el mismo desde que que ese hombre encantador que era su cuñado había sido seducido por la oferta irrechazable de aquella gigantesca multinacional de nobles intereses de puertas para fuera. La visita fue rápida, apenas una hora, apenas media hora, apenas un cuarto de hora, a duras penas cinco minutos. Pero los suficientes segundos para darse cuenta de lo que allí pasaba. Del embarazo de su hermana y de su alegría y pena contenidas.



- ¿Dónde está el cuerpo?-el hombre volvió a la carga
- ¡ En el jardín! ¡Está en el jardín trasero!- la mujer comenzó a llorar.
- ¡ Por fin!

El rostro angelical e imberbe, pero armoniosamente masculino no podía creer que fuera cierto. No podía imaginar que fuese real. En simples palabras, desconfiaba de ella.

- Me vas a llevar hasta allí.

El hombre se vistió. Cubrió con sus pantalones el Símbolo que marcaba uno de sus glúteos y se abrochó los botones de su camisa. Agarró a la mujer por los brazos. Para ella eran como dos tenazas que penetraban su piel. El contacto con ellas le repugnaba a la par que la embriagaban en una desesperante y paradójica sumisión.

El intruso comenzó a cavar en el punto exacto en el que el cuerpo había sido enterrado según las indicaciones de la mujer. Ésta, por su parte, estaba completamente desnuda, expuesta al frío y a la constante lluvia salvo por la mordaza que la arropaba fuertemente. El árbol era el mismo. Era ese fiel espectador, único testigo del Evento que allí se produjo y que allí se estaba produciendo. Era el último árbol junto al bosque. Es bosque aparentemente impenetrable desde el otro lado.

La puerta que daba al jardín se abrió. Los ojos de la mujer parecían realmente sorprendidos. Su marido acababa de aparecer en el jardín completamente inconsciente sujetado por los brazos de un oficial de policía . Los ruidos había conducido a esta peculiar pareja, en la que uno solo no había consumido ni una gota de alcohol en las últimas horas, hasta el jardín. Un disparo repentino y ensordecedor silenció los pensamientos de todos los allí presentes. Unos segundos de paz, unos segundos de gloria. La mano que empuñaba la pistola era la del hombre que hasta hace poco usaba su propia arma corporal en la carne de la mujer. Dos cuerpos cayeron al suelo. Uno, sin vida, otro, completamente ebrio. Ambos besaron la hierba mojada, uno, como despedida, otro, como consuelo. Ambos no pudieron ver por última vez el cielo. El mismo cielo que no había dejado de intentar purgar a los que tenía debajo. Allí, junto al árbol, no había ningún cuerpo enterrado.



CAPÍTULO OCTAVO moon

El olor a cordita impregnaba la ya de por sí cargada atmósfera del patio trasero de la casa. El cuerpo del corrupto jefe de policía yacía desmadejado en el suelo, que una vez más era regado con sangre. A su lado, el marido permanecía inconsciente, fruto del alcohol ingerido en un estómago que hacía días que no conocía más alimento que la tensión. La mujer ahogó un grito, y corrió a arrodillarse junto a su marido. El ejecutor recogió el casquillo con parsimonia, limpió culata y gatillo de la Glock de 9 mm, extrajo las balas del cargador y la recámara y permaneció impasible contemplando la escena.

-Marc, Marc, despierta,-gemía la mujer- mientras acunaba la cabeza de su marido en su regazo ahora estéril.

El visitante se acercó hasta Marc, que apenas empezaba a balbucear palabras incoherentes, y con la destreza que aporta la experiencia, colocó la automática en su mano derecha, siendo aferrada por el infortunado hombre, apenas consciente ahora, de manera instintiva. Con la misma agilidad felina, el visitante tomó de nuevo la pistola agarrándola por el cañón aún caliente.

-Muy bien, querido amigo, esta es la situación-afirmó con una sonrisa socarrona. Tú eres la última persona a la que se ha visto en compañía del Jefe, y yo tengo en mi poder la pistola con la que le has matado, con tus huellas en la culata.

La mujer le taladró con la mirada, mientras Marc trataba de recuperarse de su sopor.

-¿Qué pretendes con esto?-gritó ella, con voz desgarrada.

-Marc es ahora una pieza prescindible en este puzle, aunque de momento respetaremos su vida-dijo el visitante. Ahora tienes dos opciones, amigo del alma: Entregarte o huir. El visitante pulsó una tecla de llamada rápida en su móvil, y en respuesta, dos hombre embozados irrumpieron en el patio, llevándose el cuerpo del jefe de policía, el cual sería convenientemente abandonado en uno de los barrios de baja catadura de la ciudad.

Definitivamente, la mujer pasaría un largo tiempo sin ver a su marido.

En un breve periodo de tiempo, toda su vida se había ido al garete. Ahora perdía a su marido, cuando hacía menos de un mes que había perdido a su hijo, si es que aquel monstruo podía calificarse como tal. Recordaba su extrema deformidad, y le partía el alma el recuerdo de haberlo estrangulado con sus propias manos. Pero ahora, la perplejidad y la duda anidaban en su mente. ¿Dónde estaba aquel débil cuerpecito? Nada en el embarazo había sido normal, desde que se habían puesto en manos del Grupo. ¿Eran aquellos complejos vitamínicos proporcionados por la empresa de su otrora agradable cuñado algo más que vitaminas, ácido fólico y minerales? El último mes de embarazo, el terrible parto y el Evento acontecido después seguían siendo algo nebuloso en su mente.

Recuperado de golpe por la ducha de agua fría que suponían las palabras del visitante, Marc se incorporó de un salto y se abalanzó sobre el indeseable a quien hasta hacía poco llamaba amigo.

-Hijodeputaaa-gritó, procesando a la vez el hecho de que éste había
yacido con su esposa y la trampa mortal de la que estaba siendo víctima. El visitante lo esquivó con facilidad, fintando hacia un lado, y aprovechó el impulso para golpear a Marc contra la valla del jardín, dejándolo aturdido de nuevo. Sin mirar atrás, y llevando la incriminatoria prueba en su bolsillo, abandonó a la de nuevo llorosa mujer, que reeditaba la escena de tratar de reanimar a su marido. Una vez recuperado, Marc se aferró a su mujer, y todo el amor y pasión que sentía por ella se reavivaron de nuevo, ante el duro trance que se avecinaba. Nada tenía importancia, ahora que sabía que tenía que desaparecer.

-Mi vida-dijo con voz trémula pero decidida-, no puedo permitir que me atrapen aquí y te impliquen en esto, pero te juro por lo más sagrado que lucharemos para recuperar todo lo que nos han arrebatado.
-Llévame contigo-lloró ella.

-Sabes que no es posible, soportaré lo que me pase pero no el arrastrarte a ti a un destino cruel-contestó él apesadumbrado. Encontraré la forma de ponerme en contacto contigo-añadió.

El hombre salió a la calle, que ahora era un medio aún más hostil para él, sabiendo que matar a un policía implicaba una pena de muerte a manos de los compañeros de este, sin fiscal, abogado, juez ni jurado.

Comenzaba, pues, la caza del hombre.




CAPÍTULO NOVENO
ferro


Marc,Marcos,Marcus,Marte,el dios romano de la guerra es el de su nombre. Había nacido para pelear... pero difícilmente se sostiene ahora en pie. La visión nublada apenas le permite distinguir entre sus pestañas y la realidad. Sus parpados parecen cosidos y su cuerpo no está allí. Recuerda un fuerte golpe en la nuca al intentar salir a la calle, lo cierto es que le duele bastante la cabeza y el brazo. Con su mano agarra una jeringuilla que tiene incrustada en la piel y se la saca como puede. Se encuentra de nuevo en el jardín, o eso cree él. Su mujer está tendida a su lado. Tiene la cara deformada por un brutal golpe y varios dientes envueltos en una masa sanguinolenta están esparcidos por la tierra totalmente mojada, mezcla del agua y del fluido vital de la mujer. Ella no respira, o eso cree él. Una herida por arma blanca recorre su cara desde su pestaña hasta poco más abajo de su ojo. Otra herida más profunda tiene entre sus piernas. El intruso la había violado una vez más antes de marcharse y dejarla maniatada con una cuerda de nylon. La cuerda le parece lo suficientemente fuerte a nuestro protagonista. Está convencido, es lo que necesita. Desata a la mujer entre incesantes mareos. Le quita la misma jeringuilla que él mismo tenía adherida al brazo y entre continuos parpadeos que apenas le permiten distinguir la oscuridad del día y la oscuridad de su propia visión, besa por última vez a Beatriz,su mujer, o eso cree él.

Agarra la cuerda y la ata a ese árbol cómplice del pecado original del hombre, fiel espectador de las múltiples aberraciones que allí se habían cometido. Todo sucede muy deprisa, Marc ve a su perro que llora y salta sin cesar desgarrando los zapatos, los pantalones y su propia piel. Es el mismo perro que no cesa en su intento de rescatarlo del baile infernal al que lo somete el viento. Es el mismo animal que ve por última vez en sus sueños cuando se encuentra colgado de la rama del árbol por el cuello. No es al revés, pues la vida es sueño,pero los sueños la vida son. Los sueños de una forma u otra siempre se cumplen. Y luego,oscuridad...



Marc,empapado en sudor y en algo más que alcohol se despierta en esta nueva mañana. No sabe muy bien en qué lugar se encuentra, solamente se lleva la mano al cuello sintiendo esa soga que en sueños le aprieta. Esta vez había sobrepasado los límites oníricos, esta vez tenía que haber sido cierto,piensa nuestro protagonista.Rápidamente busca el abrigo del cuerpo cálido que tiene a su lado, pero esta vez no lo encuentra. Está solo, completamente solo salvo por una cariñosa y húmeda sensación que le recorre la palma de su mano. Todavía no ve bien fruto de la impresión que le produce todo, pero distingue a su perro, un fuerte pastor alemán llamado Dante.



Beatriz se despierta en la misma cama en la que se acaba de despertar nuestro protagonista. Están en la misma casa, pero no están en el mismo lugar. Están en el mismo instante, pero no en el mismo tiempo. La mujer sabe lo que pasó, pero aunque intenta mantener apagada la luz de su mirada, no lo consigue y abre finalmente los ojos empapados en llanto al mismo tiempo que siente un ruido en la puerta de la casa. El sonido del timbre suena al mismo instante. El hombre lo escucha en la misma cama en la que está la mujer,pero no en el mismo lugar,no en el mismo tiempo. En el lugar en el que está Marc no hay tiempo, o al menos, eso cree ella.

Marc se levanta agonizante, se dirige a la puerta con Dante pisando su talones y pregunta:

-¿Quién es?

Una voz, completamente embriagadora, salida de los labios carnosos de un apuesto hombre susurra mientras sus ojos azules se acercan a la mirilla de la puerta:

-Por favor,permíteme que me presente. Soy un hombre de riquezas y buen gusto....









CAPÍTULO 10

Beatriz intenta sobreponerse al dolor, sabe que DEBE sobreponerse al dolor. Su parte racional le dice que todo ha terminado, ha perdido las únicas razones que daban sentido a su existencia sobre la faz de la Tierra. Pero su parte animal, la que se aloja en el sistema límbico de nuestros cerebros, la memoria de cuando éramos reptiles, le hace sentir que no, que Marcos y su hijo de alguna forma están con ella. Es un sentimiento instintivo, visceral, de la forma que sentimos que alguien nos observa o que un peligro nos acecha. Envuelta en esta conmoción de sentimientos, Beatriz se sobrepone a la lucha interna de sus dos mitades, se levanta de la cama a la que no sabe muy bien cómo ha llegado y se dirige a abrir la puerta, evitando mirar hacia la ventana, desde donde se ve la sombra de un cadáver que se bambolea a merced del fuerte viento reinante. Como confirmación de que lo largamente temido cuando escuchaba a Marc hablar en sueños ha sucedido en realidad, al otro lado de la puerta se encuentran dos agentes de policía y un siniestro furgón forense. Beatriz inspira con fuerza, trata de serenarse en lo posible, y abre la puerta. Tras presentarse, los agentes comienzan un suave interrogatorio.

-Hemos recibido su aviso, señora. Lamentamos su pérdida, pero hemos de cumplir las formalidades necesarias en cualquier muerte violenta-dijo el agente más joven, con fingida suavidad en su voz. -¿podemos pasar al lugar donde se encuentra el cadáver?-. La antigua Beatriz, la risueña mujer de hace unos meses carecía de grandes preocupaciones, no habría sido capaz de encajar el hecho de no recordar haber hecho llamada alguna comunicando el suicidio de su marido. Pero la actual Beatriz, mezcla de estupefacción y estoicismo, lo encaja como puede y contesta al agente de policía sin inmutarse por una contradicción más. Su vida entera es una pura contradicción.

-Pasen, crucen la casa hasta la cocina y entren en el patio trasero. Él está…está-aquí su voz se quiebra y comienza a llorar-en el árbol del fondo (sabe que debería decir “colgando del árbol”, pero es incapaz de articular esas palabras.

-De acuerdo señora, no se preocupe-dijo el agente más veterano. No es necesario que nos acompañe, realizaremos una inspección ocular y esperaremos al juez para el …ehm…levantamiento del cadáver.

Mientras Beatriz permanecía con la mirada perdida, sentada en un sofá pero sin apoyar la espalda, aparentemente desmadejada pero aún así alerta, los acontecimientos se fueron sucediendo. Los agentes inspeccionaron el escenario y custodiaron el cadáver hasta la llegada del juez, resistiendo como podían el fuerte aguacero, uno más de la sucesión ininterrumpida desde hace no sé sabe cuántos días. Aunque ya nada le importa, Beatriz en cierta manera espera que le cuestionen sobre los signos d pelea en el patio, o aún peor, sobre los espantos que en ese patio han sucedido. Pero todo transcurre de manera fría, rutinaria y ligera: la llegada de la comisión judicial, la intervención del forense, las preguntas sobre la salud mental de su marido, y de cómo ha ocurrido el para todos más que evidente suicidio. Aunque hay-o debería de hacer según la percepción de Beatriz-numerosos cabos sueltos, nadie incide en ellos. Finalmente, el cuerpo sin vida de Marc cruza por última vez las estancias de su casa, y sale por la puerta envuelto en una sábana blanca. El alma de Marc, en cambio, habrá de cruzar salas mucho más inhóspitas, y nadie asegura que exista una puerta por la que pueda salir.

Aunque sabe que no es más que un envoltorio de carne, Beatriz pregunta al forense: -¿Qué pasará con el cuerpo de mi marido? El forense, un individuo rubio, pálido y de fríos ojos grises le responde de manera robótica:-El cuerpo será trasladado al depósito de cadáveres, donde se llevará a cabo la preceptiva autopsia. Una vez realizada esta y las pruebas pertinentes, podrá reclamarlo. No espere que sea en un plazo breve-añadió con crueldad innecesaria. Tras asestar este nuevo golpe moral a la doliente Beatriz, el forense y toda la comitiva abandonaron la casa, llevándose el cuerpo de Marc como vulgares ladrones de tumbas. El furgón forense se separó de la comitiva, en dirección al Depósito de Cadáveres, pero nunca llegaría allí. Elementos poderosos habían decidido otro destino para la carne mortal de Marc.

Mientras tanto, Beatriz sabe que debe tratar de ordenar su vida. Debe ponerse en contacto con sus escasos familiares y amigos para comunicarles lo ocurrido, y aunque su impulso racional es el de buscar refugio en cualquier otro sitio, la Beatriz irracional la ata a la casa, donde puede seguir de alguna forma con sus dos amores.
Desde el otro lado de la calle, el que fuese antiguo amigo de Marc llama por teléfono móvil para dar parte del desarrollo de los acontecimientos:

-¿Sí?-le contesta una voz susurrante pero a su vez cortante como una cuchilla de afeitar. La voz posee un acento extraño, imposible de identificar con una procedencia concreta

-Señor, todo marcha según lo previsto-indica el hombre a quien Marc y Beatriz conocen por Juán.

-Muy bien, Juán, sabía que podía confiar en ti como mi mensajero-contesta la voz con un deje de oscura satisfacción.-Ahora, esperemos que todo lo demás salga como debe-añadió con tono amenazador.

En un lugar lejano, el comunicante de Juán colgó el teléfono. Era un aparato antiguo y valioso, situado sobre su amplia mesa de despacho en el último piso de un gigantesco edificio. Sobre la azotea, un cartel reza: WhiteHorse Inc.



CAPÍTULO 11 ferro

El pastor alemán de Marc gruñe mientras su dueño frunce el ceño. Un sujeto con rasgos apolíneos se encuentra en el umbral de la puerta. Está apretándose el nudo de la corbata y ese mismo gesto le recuerda a nuestro protagonista una extraña sensación en su propio cuello. El perro huye con el r a b o entre las patas ante la sonrisa de nuestro nuevo visitante. La puerta está abierta de par en par y un calor sofocante entra sin remordimientos en la casa invadiendo cada rincón y conquistando todos y cada uno de los objetos y estancias que encuentra a su paso.

-¡Este verano es de los más calurosos que yo recuerdo!- dice nuestro nuevo personaje

-Sí- contesta Marc completamente confuso

-Por favor, disculpe mis modales, mi nombre es Ángel, me han expulsado temprano de las oficinas esta mañana.- dice entre risas que dejan relucir sus dos líneas brillantes de dientes y sus dos hoyuelos que flanquean sus gruesos labios.

La presencia embriagadora del nuevo sujeto se mezcla con un sinfín de interrogantes en la cabeza de Marc, que mira de arriba abajo a aquel que se hace llamar Ángel. La chaqueta cruzada de su traje de seda está perfectamente ajustada en sus hombros, las mangas de la camisa de color rojo pardo sobresalen en sus muñecas dejando relucir dos gemelos con la forma del signo astrológico de Géminis. El pantalón negro con finas líneas blancas a juego con la parte superior de la vestimenta queda a la altura del tacón del zapato perfectamente lustrado y a tres dedos por encima de la altura del suelo. La corbata también es roja, pero algo más oscura, viva y brillante que la camisa, con rayas transversales en distintas tonalidades que casan perfectamente con el pañuelo que se insinúa en uno de los bolsillos de la chaqueta. Todo ello es contemplado por Marc mientras observa detenidamente la tarjeta que le extiende Ángel y en la que puede leer el nombre de la compañía de seguros para la que este último trabaja. -¡Vaya!- piensa Marc –es un simple vendedor de seguros-

-Yo me llamo Marc, encantado, pero no tengo tiempo para...

-No se preocupe, Marte, en realidad tiene tooodo el tiempo del mundo, solo debe darse cuenta de ello, ya verá como le interesa lo que le voy a contar- interrumpe Ángel.

-No creo que me interese nada de lo que me pueda ofrecer, estoy perfectamente cubierto por todo tipo de seguros sobre mi persona y por favor, llámeme Marc- contesta nuestro hombre.

-Marte, Marte, Marte, amigo mío, su hijo está con nosotros, su hijo depende de nosotros ¿me va a dejar pasar ahora?


Los ojos azules de ese nuevo sujeto se volvieron gélidamente infernales.
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Shaila
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Re: Nudos de Cristal (Thriller-Terror)

Mensaje por Shaila » 19 Ene 2012 19:42

Cumple con la mision de dejarte en suspenso de que le pasara a Beatriz y a Marte, la verdad es que han sido víctimas de un juego despiadado. Me gusto mucho la historia, la leí de corrido a pesar de ser muy larga, porque te mantiene a filo.
A veces repiten mucho las mismas palabras y eso te enreda un poco, si hay continuación yo me apunto para leerla.
(lo que siente Beatriz por su hijo me recuerda a la Live mor que describe Freud sobre las madres y sus hijos)
Un saludo y que estén bien tú y tu compañero.

:60: :60: :60: :60: :60:
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mrmoonlight
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Re: Nudos de Cristal (Thriller-Terror)

Mensaje por mrmoonlight » 20 Ene 2012 12:20

Shaila escribió:Cumple con la mision de dejarte en suspenso de que le pasara a Beatriz y a Marte, la verdad es que han sido víctimas de un juego despiadado. Me gusto mucho la historia, la leí de corrido a pesar de ser muy larga, porque te mantiene a filo.
A veces repiten mucho las mismas palabras y eso te enreda un poco, si hay continuación yo me apunto para leerla.
(lo que siente Beatriz por su hijo me recuerda a la Live mor que describe Freud sobre las madres y sus hijos)
Un saludo y que estén bien tú y tu compañero.

:60: :60: :60: :60: :60:


Muchas gracias! La verdad es que al ir escribiendo un capítulo cada uno, tiene muchas imkperfecciones como las que mencionas, pero me alegro de que te haya gustado.

Un saludo!
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lucia
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Re: Nudos de cristal (Thriller-terror)

Mensaje por lucia » 22 Ene 2012 12:50

El problema que hay es que parece que cada uno queréis tirar por un sitio distinto y el resultado es un galimatías.

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Shimoda
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Re: Nudos de cristal (Thriller-terror)

Mensaje por Shimoda » 23 Ene 2012 04:51

Me gusta el suspenso y tu lo has desarrollado muy bien. Te seguiré amigo :evil: :D
¨Justifica tus limitaciones, y ciertamente las tendrás¨ Richard Bach

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