La reunión de miedos (fantástico)

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Bagrar
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La reunión de miedos (fantástico)

Mensaje por Bagrar » 16 Abr 2012 18:56

LA REUNIÓN DE MIEDOS


Había juntado a varios amigos, compañeros y conocidos de su entorno con la intención de reunirlos en ese macabro lugar. El cementerio se encontraba a las afueras de un pueblo abandonado, y como no podía ser de otra forma estaba desierto. Los nichos y las tumbas asomaban tras la tierra seca, el musgo y las malas hierbas. Dos lápidas yacían rotas en mitad de los caminos, desechos del vandalismo. La verja que rodeaba el cementerio estaba oxidada, en algunas partes falta de barrotes. Un viejo letrero de madera señalaba el nombre del campo santo, pero sus letras ya estaban borradas. El resto parecía abandonado de cuidados y atenciones.

La luna se mostraba llena en todo su vigor, aunque estaba teñida por espesos bancos de niebla. Hacía frío aunque era soportable. Se trataba de la noche ideal, escogida con suma atención en el calendario. Cinco kilómetros tuvieron que andar desde la carretera por un camino forestal abandonado para llegar al viejo cementerio. El pueblo ya no figuraba en los mapas modernos, y su ubicación solamente era conocida por los vecinos de las afueras. Pronto ese lugar sería arrasado para albergar una pequeña central eléctrica. Así que tenía que ser esa noche o nunca.

Le estuvieron insistiendo durante todo un año para que organizara esa reunión de amigos. Se resistió con todas sus fuerzas, primero por pereza después por vergüenza, así que ofreció derroche en negativas y una buena cantidad de tozudez. El hombre de la americana negra le repetía insistentemente que no tenía agallas para afrontar la prueba. La mujer de rojo se burlaba de él por su supuesta homosexualidad. El dueño de la tienda de verduras le dijo que si no lo hacía, ya podía irse a otra parte a comprar comida. El anciano del parque le aconsejaba efusivamente que lo hiciera y la profesora de música le amenazó con expulsarlo de sus clases para siempre. Así estuvieron mes tras mes, semana tras semana, día y noche. No había un solo día que no le dejasen en paz, hasta que finalmente se rindió. Si lo que querían sus amigos era una asamblea a la luz de la luna, él les daría una que no olvidarían jamás.

Sus amigos se mostraban impacientes por empezar. Habían traído buen vino para amenizar la velada y, por consejo del sentido común, se habían procurado suficiente ropa para soportar el frío. Siempre se encontraban honrosas excepciones. La mujer de rojo había insistido en hacer fuego, al menos una pequeña hoguera con la que calentar sus pies descalzos (la coquetería femenina no necesariamente estaba reñida con el frío nocturno), pero sus quejas y peticiones se perdieron en el silencio. No estaba dispuesto a romper el clima que pretendía conseguir.

El hombre de la americana negra no dejaba de fumar como en él era costumbre. En dos paquetes al día estaba la media. Ni siquiera en un lugar tan tenebroso como aquel viejo cementerio, era capaz de resistirse a la nicotina. A pesar de su desagradable costumbre, solía ser el que tenía mayor iniciativa de sus amigos, y no tardó en preguntar.

- ¿A que esperamos? ¿Ya estamos todos? – preguntó con desdén.
- Imagino que el anfitrión no tiene a nadie más escondido – se burló el vendedor de frutas y verduras.
- Lo extraño es que esté con nosotros – se sumó la mujer de rojo, con ciertos aires de enfado. Al parecer no soportaba ni la incomodidad de la región ni la negativa de hacer fuego.
- Venga, dejad al muchacho. Al fin y al cabo ha cumplido con lo prometido ¿no? – le defendió el anciano desde el apoyo de su bastón.

Ese hombre entrado en años le caía bien. Lo conocía de sus paseos por el parque. Siempre se sentaba en el mismo banco y aprovechaba para mirar a ninguna parte, con una sonrisa gastada. Una mañana se cruzaron las miradas y entonces forjaron una bonita amistad. Del resto de sus compañeros ni siquiera recuerda como les conoció. Podía asegurar que habían estado con él toda una vida, y la confianza que se obtiene por ello a veces parecía excesiva. Sin embargo, para su memoria no existía aquel primer día excepto para el anciano.

El sonido de un búho interrumpió la charla. A decir verdad no sabía si se trataba de un búho o una lechuza. Nunca había sabido diferenciarlos. Además, en medio de la oscuridad sería incapaz de diferenciar aquel rapaz de cualquier otro pájaro. El búho (o lo que fuera) le pasó rozando el pelo a toda velocidad, perdiéndose entre niebla y noche.

- Gracias a todos por venir – empezó tímidamente. No le gustaba hablar para un público, aunque fueran amigos y conocidos, aunque apenas fueran en total media docena de oyentes y aunque fuera el organizador del evento.
- Y a ti por convocarnos – le respondió el anciano. Seguía apoyado en su bastón.
- ¡Un año! ¡Ha tardado un año en montar esto y aún le das las gracias! – interrumpió la profesora de música con su peculiar recogido que la hacía aparentar más edad de la que realmente debía tener.
- Mejor tarde que nunca – contestó el dueño de la tienda de frutas y verduras, mientras acariciaba su poblado bigote negro.

Tuvo que aguardar varios minutos a que sus invitados siguieran debatiéndose entre el reproche y la crítica a su persona, mostrándose completamente ajeno a cada una de sus palabras. Los conocía perfectamente, y sabía que cada uno de sus gestos siempre iba acompañado de un comentario. Con el tiempo había adquirido cierta inmunidad que lo volvía indestructible.

Algo minúsculo se movía bajo sus pies. Acercó la linterna para poder ver de qué se trataba. Pronto se delató la figura de un escarabajo negro que corría afanosamente hacia ninguna parte. Lo siguió con el haz de luz hasta dar alcance a un ratón muerto del tamaño de un gato doméstico. El escarabajo y otros tantos de diferentes especies se dedicaban a dar buena cuenta de los restos del cadáver. No se necesitaban muchos estudios para deducir que su muerte había sido cercana. Apartó la vista cuando recordó que tenía una tarea que cumplir.

- Después de interrumpir tan amablemente, permitidme continuar. – El anciano asintió en una señal inequívoca de complicidad. – Habéis insistido mucho para que planeara esto, y después de todo un año finalmente me habéis convencido. Como bien sabéis, si fuera por mí ahora me encontraría en el sofá de mi casa, encerrado delante del televisor mientras doy buena cuenta de una bolsa de patatas.
- ¡Que imagen tan bucólica! – exaltó el hombre de la americana negra, a la vez que dedicaba un guiño travieso a la mujer de rojo. Ésta le sonrió, sabiendo las posibilidades que su cuerpo ofrecía.
- La reunión de esta noche es la que habéis esperado durante tanto tiempo. Como bien sabéis, cada uno de vosotros intervendrá para explicar al resto que es aquello que os da más miedo, aquello capaz de helar vuestro corazón.
- Así lo acordamos – reafirmó la profesora de música. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que, debajo del jersey, guardaba un objeto de tamaño medio.
- ¡Por algo lo llamamos la reunión de los miedos! – se anticipó el dueño de la tienda.

No pudo evitar mirarlo con reproche. Quería ser él quién hiciera público el nombre de la asamblea y no otro. La reunión de los miedos tenía que ser algo especial, un momento inolvidable en cada uno de los participantes. Si bien había sido escogido para ser el anfitrión y portavoz, no era correcto que le pisaran el discurso de forma tan descarada. El tendero entendió su mirada, agachando la cabeza hasta esconderla bajo suelo.

- Pues si a nadie le importa, me gustaría empezar – intervino de nuevo la profesora de música. Cierta timidez se mezclaba con admirable determinación.
- Nadie se opone. Puedes empezar. – Esa era su función, dar paso a la gente con la pregunta central del temario. Ser el moderador era su trabajo. - ¿A que temes más que cualquier otra cosa?

La profesora de música miraba al suelo, aunque tal y como estaba aquello oscuro nadie sabía que estaba observando. La luz tenue de la lámpara de mano, eventual cetro del orador, iluminaba su rostro mientras el resto del público permanecía en el anonimato sólo descubiertos por fugaces rayos de luna que venían y se escondían. El cementerio aguardaba en eterno silencio. Ni siquiera los animales de la noche se atrevían a molestar.

- De pequeña no solía jugar con nadie. Tenía prohibido salir de mi habitación sin permiso, y nunca había pisado un jardín sin estar acompañada por un adulto. Pasaba horas interminables en la práctica del piano. Las partituras se apilaban en la mesa, mientras observaba a los niños de mi edad jugar a pelota. Perdí toda la infancia debido a mi frágil constitución. Tenía cierta facilidad para romperme los huesos, era propensa a caídas aparatosas y mi salud era muy delicada. Por si fuera poco, achacaba un dolor agudo en el estómago que iba y venía en los momentos más inoportunos. El dolor se volvía en ocasiones insoportable, y ni con los calmantes más fuertes sentía alivio. Ante esa situación mis padres adoptaron una posición demasiado protectora y me encerraron en casa hasta que fui mayor.

El hombre de la americana negra demostraba su interés con copiosas caladas de su cigarro, cada vez más consumido. La mujer del vestido rojo acariciaba sus uñas del mismo color intentando ignorar el frío que volvía su piel suave en piel de gallina. El anciano del parque era el único que mostraba cierta atención, apuntando con sus ojos de avellana a un punto distante en la noche. La profesora de música prosiguió, ignorando su ausente público.

- Con los años mi salud mejoró, aunque de vez en cuando solía tener ataques de dolor, tan crueles y profundos que tenía la sensación de ahogarme. Por suerte podía permitirme el lujo de disfrutar de cierta vida social. Cuando cumplí veinte años era toda una experta en el piano y me consideraba buena compositora. Me apunté al conservatorio en un claro desafío a mi salud. Creo que ese fue el paso más valiente que he dado en toda mi vida.

Su rostro se reflejaba a la luz de la linterna, siendo un oasis en medio de la oscuridad. Aunque el foco era débil, proyectaba en su expresión una serie de sombras que evocaban a la inquietud. No podía entender la actitud de sus compañeros ante la confesión más íntima de esa pobre mujer. Sentía un enojo en su cuerpo que necesitaba desahogar.

- A pesar de la desgracia no me rendí. Compaginé el conservatorio con la universidad, y tres veces a la semana me sometía a análisis y tratamientos. Los dolores desaparecieron hasta tal punto que conseguí dormir habitualmente. Incluso empecé a disfrutar de la vida.

La pausa de la profesora de música dio un atisbo de suspense a su monólogo que pasó desapercibido por el resto de gente. Fue en ese momento cuando descubrió el objeto que llevaba escondido debajo el jersey. Un violín de madera delicada, bien barnizado y con lo que parecía un aura de vida a su alrededor. Lo sujetaba con delicadeza, rodeando el instrumento de cuerdo con dedos y brazos. Estaba claro que sentía por él gran estima. Luego prosiguió.

- Llevo dos años sin apenas molestias. Tengo mi propia escuela de música a la que dedico la mayor parte del tiempo. Incluso tengo una pareja que me cuida y me protege. Sin embargo, mi mayor miedo es que ese dolor cruel vuelva a por mi y convierta mi vida en un infierno, tal y como lo hizo cuando era niña. No podría soportarlo. Cuando me doy un golpe o me corto un dedo tiemblo de terror, pues se que el menor de los accidentes podría desencadenar el regreso de mi extraña enfermedad. El dolor es mi miedo. El dolor del pasado.

Cuando la profesora de música terminó, sus lágrimas recorrían la mejilla en cascadas de agua salada. Parecía descompuesta en su propio miedo. Se sentó junto a los demás aferrándose al violín entre sollozos y temblores. Así aguardó al siguiente, ignorando a sus compañeros como ellos la habían ignorado.

Su atención derivó hacia el otro lado. Nadie se percató excepto él mismo, aunque creía que la imaginación y el paisaje debidamente preparado por él mismo estaban jugando con su temple. Le pareció intuir algo moverse entre los arbustos, algo que recorría lápidas y tumbas al amparo de la noche con pasos rápidos y sigilosos. Nada de eso podía asegurar pues sus ojos permanecían ciegos a la realidad que se escondía en la noche.

El dueño de la tienda dio un paso adelante y terminó por abandonar la lápida en la que se había apoyado sin respeto por los difuntos allí enterrados. La brusquedad de su movimiento sumado al delicado estado del material hizo que la lápida cayera al suelo, rompiéndose en mil trozos. Nadie leyó el nombre allí inscrito.

- ¿A que temo más que cualquier cosa? – empezó haciendo ver que no le importaba el estropicio que había ocasionado. - Soy un emprendedor, un valiente de la economía. Yo mismo con mis propios medios he creado un pequeño negocio de frutas y verduras. Mis clientes están satisfechos y yo disfruto de mi trabajo. Más bien puedo decir que me desvivo. Me encargo de los pedidos, las cuentas, las compras y las devoluciones. Procuro mantener el papeleo al día mientras despacho a las mujeres ancianas del barrio con una sonrisa de oreja a oreja. Para hacer todas estas cosas se necesita cabeza, y sobretodo memoria.

El vendedor hablaba con rapidez, casi sin detenerse mientras dedicaba el mismo tiempo a sacudirse el polvo que se había adherido a su ropa. Daba la sensación que la lápida se había cobrado su particular venganza antes de desvanecerse en ese aparatoso derrumbe.

- Siento pánico a olvidar, a perder la memoria en una enfermedad senil, a incapacitarme mentalmente. Temo no recordar donde está ubicada mi tienda y quedarme deambulando por el barrio completamente perdido. Temo no recordar el nombre de mis clientes. Temo no recordar mi nombre.

El dueño de la tienda no dejaba de hablar con su voz ronca, escondidos sus labios detrás del espeso bigote, aún blanco de polvo, que cada poco tiempo se acariciaba intranquilo. Se adelantó hacia él para cogerle la lámpara de mano. Ahora el cetro le pertenecía, a no ser que no cumpliera con el propósito de la reunión de miedos. Posó su mano en el hombro cansado del tendero. Su mirada le delataba como mentiroso, y éste respondió en un llanto de vergüenza.

- ¡Si, he mentido! ¡Tenía que mentir! - explotó. - Pero ahora reconozco la verdad, mi verdadero miedo. Jamás soportaría pasar desapercibido. No tengo ni mujer ni hijos, mis padres murieron hace años y no me dieron hermanos. – Parecía un torrente de sinceridad. - El olvido es mi cruz, pero no el olvido de mi memoria sino el de la vuestra. No quiero pasar por este mundo sin que nadie se acuerde de mí, sin que nadie recuerde lo que he hecho, lo que he sido ni por lo que he luchado.

Terminadas sus palabras el silencio mandó en la asamblea. Todos mostraban la misma expresión vacía como si no alcanzaran comprender como se encontraba aquel pobre hombre. Su cara se mostraba descompuesta, hundida en un pozo sin fondo, sabedora que jamás tocaría fondo. Así lo reflejaba el sudor sucio que recorría su frente.

Esta vez estaba convencido de no equivocarse. El ruido que había escuchado antes se repetía esta vez a su espalda. La oscuridad seguía privándole de una imagen nítida, y ni siquiera los rayos de luna podían delatar aquello que se acercaba al grupo. No eran pisadas, pues éstas suelen tener un sonido característico. Más bien parecía como si algo se arrastrara en medio del cementerio. El túmulo de los muertos protestaba a su avance, y así se delató.

No pudo advertir de lo que había escuchado pues se le adelantó el hombre de la americana negra, con su porte elegante, su perfume de nicotina y su desenfadada seguridad. Transmitía a ojos extraños el éxito del triunfo, el saberse ganador por la sencilla razón de ser quien era.

- Mi miedo es poco común. Mucha gente siente espanto a encontrarse sola en este mundo tan hostil. Yo soy diferente a ellos, aunque tampoco les necesito. Me conozco perfectamente y sé de mis posibilidades para afrontar el duro camino de la vida. Sin embargo es más sencillo afrontarlo en compañía, tener alguien al lado con el que poder hablar y compartir opiniones. No es mi caso.

- ¿Por qué no nos dices tu miedo verdadero?

Tuvo que preguntarle con toda la cortesía que encontró, al comprobar que el resto de oyentes seguían mostrándose extrañamente ausentes. Ya empezaba a considerar la posibilidad de suspender la reunión de miedos al ver que ésta que se limitaba a una serie de monólogos. Además, no dejaba de estar molesto por un mal presentimiento que le inquietaba a raíz de los sonidos extraños.

El hombre de la americana negra le miró enfadado. Tuvo que mantener la calma para hacerse entender, poniéndose la americana como era debido. Su elegancia sería lo último que estaba dispuesto a perder. ¿Elegancia? En cuanto se arregló la muda que llevaba puesta, y gracias a la luz de la linterna que agarraba en sus manos, descubrió para todo el mundo el descosido de su camisa así como las cicatrices en el tejido de cigarrillos y cerillas. No parecía tan elegante ni triunfador como pretendía ser.

- De acuerdo, me habéis pillado – dirigiéndose al público ausente con una sonrisa tan forzada como fingida. - Es más fácil atrapar a un mentiroso que a un cojo. Sin embargo, no he faltado tanto a la verdad como en un principio parece. En efecto, temo a la soledad pero en su sentido opuesto. – El resto de sus compañeros ni siquiera le miraban. No parecía importarle. – En realidad a lo que temo es a la ausencia de miedo. Siento mi necesidad de vivir sin ataduras, sin nadie a mi lado. Saborear mi absoluta libertad es algo tan inhumano que parece artificial.

No dejaba de mover el pie con insistencia, nervioso como estaba por como estaba resultando todo. Había dedicado una semana entera a reunirlos, buscar el sitio adecuado y la fecha perfecta. Cuando por fin había cumplido con los deseos de sus amigos, la verdad se rebelaba frente a sus ojos. A nadie le importaba lo que se estaba diciendo, inmersos en un egoísmo moral donde sólo servía la palabra de cada uno. Así había pasado con la profesora de música, el dueño de la tienda y ahora el hombre de la americana negra. Hablaban, hablaban y hablaban, pero no escuchaban. Parecía que la luz de la linterna, ahora parpadeante por falta de batería, otorgara un poder que les alejara de sus amigos. El hombre de la americana negra, mezcla de seguridad y decadencia, siguió con su monólogo. Por respeto, fue el único que prestó atención.

- Pues podéis creerlo. Siempre he sospechado de mi poco apego a la gente, mi falta de espíritu de camaradería, mi vida social vacía y mi cama de matrimonio abierta siempre por el mismo lado. ¡Y que perdure! ¿Porque aborrezco de la gente y del compromiso? ¿Es mi purgatorio disfrutar del placer que me otorga la soledad?

Observaba al hombre de la americana negra y sabía que decía la verdad. Su aire desenfadado había desaparecido, su seguridad se derretía a cada palabra que pronunciaba, e incluso sus piernas parecían temblar bajo la cintura. Sintió por unos momentos compasión por el nuevo derrumbe que estaba viviendo. Su paquete de cigarros fue abandonado en el suelo, sin repuestos que fumar. Seguro que en cuanto llegara a la ciudad compraría otra cajetilla.

Un siseo recorrió su espalda e hizo que se le pusiera la piel de gallina. Procedía de una cripta cercana, o quizás de un montículo de tierra situado a la izquierda. Cogió la linterna del hombre de la americana para iluminar el paisaje, pero el haz de luz nada descubrió. Ante las preguntas de sus compañeros respondió creer haber oído algo. Al encontrarse donde estaban, era fácil que fuera un animal nocturno que abandonara el cobijo del bosque. Sin embargo, sentía una inseguridad semejante a cuando de niño se perdió en el centro comercial, desamparado y sin la protección de su madre.

La mujer de rojo se le acercó y, con la gracia que sólo las mujeres saben dar, le despojó de la linterna. En compensación, le dio un cálido beso en la mejilla. ¿Cuándo la había conocido? ¿Por qué se fijó en él? ¿Se habrían acostado? Tenía una forma diferente de coger la linterna a la de cualquier hombre, sin firmeza y a la vez con extrema armonía. Su mano era alargada y de frágiles dedos, adornados con gotas de color rojo. No pudo desviar la mirada a sus ojos bien sombreados, perfil de diosa. Toda ella transmitía sensualidad y erotismo, reafirmado por curvas pronunciadas y ropa tan poco evidente como ajustada. Sus pechos despertaban al mismísimo Morfeo.

Sabía bien cual sería su particular miedo. Las mujeres de su clase seguían siempre el mismo patrón. Temían a la vejez, a perder su caduca belleza y dejar de ser deseadas. Siempre era lo mismo, como si a ese tipo de mujeres lo único que realmente les importara fuera su bonito cuerpo. Aunque como hombre sentía una atracción casi animal, como persona no podía sentir más que repulsa.

- Creo que es mi turno. – La voz de la mujer de rojo era tan delicada como sus manos, tan melosa como sus caderas y tan sensual como su escote. – Teniendo en cuenta que soy muy posiblemente la que más ha insistido en montar todo esto, creo que me toca responder a la pregunta que nos une.
- Esperamos impacientes tus palabras, preciosa – le contestó el hombre de la americana negra, visiblemente recuperado. Ella le contestó con una dulce sonrisa que fácilmente derrumbaría los muros más altos. Sus amigos ya no parecían tan ausentes. Incluso la profesora de música parecía observar con atención a la mujer de rojo. ¿Lesbianismo?

Seguía observando la oscuridad, aunque prestando atención a la siguiente oradora con el rabillo del ojo. No podía abandonar ambos escenarios, pues la curiosidad y el miedo pugnaban por obtener su absoluta atención. Las palabras de la mujer de rojo le devolvieron al escenario principal. El siguiente soliloquio empezó a sonar.

- Lo que más temo no es lo que vosotros, hombres de vulgar modal, pensáis. Mi cuerpo tiene fecha de caducidad, es cierto, pero no me preocupa. Acepto las leyes de la vida y del tiempo. Lo que realmente me deja sin dormir es algo mucho más íntimo y maligno. – Dedicó a su interesado público una pausa bien estudiada, a la que luego prosiguió con voz asustada. - ¿No os pasa que cuando perdéis los nervios, una rabia y una violencia hasta entonces dormida de repente se despierta? A mi si me ocurre, y entonces siento la necesidad de golpear, arañar, estrangular aquel perro fiel que vive conmigo, aquel anciano inválido necesitado de atenciones o aquel amante dormido que reposa junto a mi. Me embulle la necesidad imperiosa de destruir, de hacer daño, como si así el enfado, la rabia y el nerviosismo que me llenan el alma desapareciera. Podéis llamarme salvaje, y lo soy. Sin embargo, lucho para contener la fiera dentro de mí. El miedo que siento radica en la posibilidad de no poder retenerlo nunca más, y que me domine hasta cometer una locura.

No pudo más que quedarse con la boca abierta al escuchar las palabras procedentes de esa belleza mortal. Debajo del vestido ajustado de color extremo se escondía una psicópata en potencia, una bestia salvaje dispuesta a torturar y asesinar por el placer único de poder hacerlo. Todos se miraron confusos, sorprendidos por el descubrimiento de la mujer de rojo. ¿Rojo sensual? No, mejor rojo sangre.

Entonces lo vio claro al aprovechar un resquicio de luz marginal. La luna había conseguido dejarse ver a través de la espesa niebla por tiempo indefinido. Lo que antes eran siluetas ahora se mostraba en todo su detalle. El paisaje, el recinto, el entorno quedó iluminado por la luna llena, y el banco de niebla se alejaba hacia lo más profundo del cementerio. Las cruces se levantaban, las gárgolas antiguas sonreían al verse descubiertas, y las pocas lápidas que aguantaban en pie gritaban el nombre de aquel que yacía bajo tierra. Fue ese escenario de reminiscencias góticas donde pudo ver a la monstruosidad que se deslizaba tras sus compañeros.

No era de este mundo, o al menos había permanecido oculto al hombre hasta ahora. Su comparación más cercana era a la de una babosa, aunque del tamaño de una yegua. Se arrastraba como si fuera un caracol, y asomaba de lo que debía ser su boca una hilera de dientes afilados como cuchillas. Su cuerpo, aparentemente húmedo y resbaladizo, estaba cubierto por infinidad de púas. La visión del conjunto era aterradora, no sólo por su extraña naturaleza sino por la amenaza que transmitía. Se acercaba lenta pero inexorablemente hacia donde él y sus amigos se encontraban. Con un zumbido procedente de lo que debía ser su garganta era capaz de poner los pelos de punta. Trató de advertirles, pero por extraño que parezca se mostraban ajenos a sus gritos y exclamaciones, igual que se habían mostrado ausentes ante las palabras de sus compañeros (a excepción de la mujer de rojo, la única capaz de despertarles de su sopor). Tenía la sensación de encontrarse fuera de la tarima del teatro, ajeno a la obra que representaba, como si fuera parte del público en vez de partícipe.

El anciano del parque, hasta entonces inédito, cogió la linterna. Su luz flaqueaba con signos evidentes de estar agotada por su uso. La babosa se encontraba a unos veinte metros del lugar, y se arrastraba pesadamente. Nadie parecía darse cuenta del peligro. El anciano saludó a cada uno de sus oyentes con sonrisa arrugada mientras se disponía a exponer el siguiente monólogo. Al ver que sus gritos no surgían efecto, se quedó paralizado (aún no podía comprender porque no se marchó) para ser testigo del discurso o del fin de su amigo.

- Mi miedo por ser antiguo no carece de interés. Tengo miedo a la muerte. Estaréis todos pensando que ya me ha llegado la hora, pero no es verdad. He perdido demasiado tiempo para lamentar mis defectos. Me quejaba de mi supuesta mala suerte. Y mientras me debatía entre la protesta y la rendición, mi cuerpo envejecía hasta ser lo que soy ahora.

El ruido del violín al caerse en el suelo y romperse en varios trozos le distrajo. La profesora de música seguía con su mirada inexpresiva, ausente, sin mover una sola arruga. Sus manos permanecían vacías, y a sus pies yacía aquello que parecía serle muy preciado.

Por si la situación no fuera suficientemente inquietante, empeoró. No comprendía los motivos pero ahora su viejo amigo parecía más viejo que nunca. Se dio cuenta que en esa noche había envejecido diez años o más, siendo un trozo de carne colgando, de huesos débiles y músculos flácidos. Transmitía cierto tembleque en sus manos que sólo conseguían ponerle nervioso. Su pelo era escaso y canoso, mostraba una coronilla pálida como la luna y no tenía dientes. Incluso tenía la sensación que incluso el bastón con el que se apoyaba también había envejecido. ¿Qué le había pasado? ¿Qué estaba sucediendo? Llegó al cementerio con sesenta años y ahora debía de tener casi cien.

La babosa se encontraba a escasos cinco metros. El anciano seguía hablando pero ya no le escuchaba. Observaba sus labios moverse pero nada oía. Las palabras sonaban apagadas, y sus gestos carecían de significado. El monstruo se encontraba justo detrás del anciano. Abrió la boca para dejar que se asomara una lengua bífida y empalagosa, acompañada por la sierra de dientes. Se avecinaba una carnicería. ¡Y parecía que sólo él se daba cuenta!

Su sangre se heló. Sus ojos se dilataron. Su respiración se ahogó. Fue una explosión fugaz en su consciente. Permanecía inmóvil de pie, con sus piernas temblando y el rostro pálido. De su boca tan sólo salían balbuceos, y procuraba no caerse ante un inesperado desvanecimiento. La luz iluminó su inteligencia y entonces comprendió. Comprendió que la profesora de música no tenía escuela donde enseñar, que el vendedor de frutas y verduras no tenía tienda donde vender, que el hombre de la americana negra no solía fumar, que la mujer del vestido rojo prefería vestir de forma discreta y que el anciano del parque odiaba las palomas. Comprendió que aquellos hombres y mujeres que creía eran sus amigos, sus conocidos, y por los que había organizado esa reunión de miedos no eran lo que aparentaban ser. Comprendió que, en realidad, eran fantasmas creados por su propia imaginación destinados a suplantar sus verdaderos miedos. Comprendió despacio pero con firmeza. Las piezas del puzzle encajaban. Esos supuestos amigos nunca habían existido. ¡No conocía ni sus nombres! Prueba de ello era que al abrir los ojos nuevamente se encontró en mitad de la noche solo en el cementerio. La lámpara yacía tirada en el suelo e iluminaba pálidamente la hierba amarilla que crecía a sus pies. Hasta que se apagó.

La babosa seguía avanzando hacia él, sorteando lápidas y tumbas, dispuesta a devorarlo en sus ácidos. Sus amigos no existían, él se encontraba solo, frente a frente con su miedo. Ahora tenía el cetro en sus manos, pero ya no daba luz. La luna era su único testigo. No podía moverse paralizados como estaban todos sus músculos. Parecía una estatua de piedra en medio del cementerio, tras las verjas oxidadas y las lápidas cubiertas de musgo.

Entonces comprendió su verdadero miedo, aquel por el que estaba allí. Lo que verdaderamente temía era perder la razón. Todo apuntaba a que ya hacía tiempo que la había perdido. Y nunca la recuperaría.
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lucia
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Re: La reunión de miedos (fantástico)

Mensaje por lucia » 19 Abr 2012 21:37

Si se dio cuenta de los amigos fantasmas, es que no la había perdido del todo.

Por cierto, aquí es surtían, no surgían.
Al ver que sus gritos no surgían efecto

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