Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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David P. González
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Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por David P. González » 20 Ene 2013 13:20

¿Qué es Janícula?

Esta pregunta tiene dos respuestas.

La primera os la doy yo:
Janícula es el título de una serie escrita en la que me he embarcado. Su funcionamiento es el mismo que cualquier serie que podáis ver en la televisión, Dexter, CSI, Bones, House, Perdidos (elegid la que queráis); la única diferencia es que ésta es escrita. Por lo demás será igual, con entregas por episodios y con una trama principal que une toda la serie, con mucho peso, cómo sucede en "Perdidos" o en "The walking dead", por ejemplo. El primer episodio ya está terminado, y me gustaría compartirlo con vosotros. Consta de 17 capítulos y publicaré uno por día. Más abajo adjunto el episodio entero en epub y azw3 (kindle), por si os lo queréis descargar y leerlo en vuestro e-reader, o en el ordenador off-line. El género es suspense/ciencia-ficción. Os dejo una breve sinopsis:

Cristóbal es un cualificado científico que, como cada mañana, toma café con su compañero de trabajo. A su lado, el proyecto en el que ambos trabajan hace pronósticos. Uno de ellos habla de él: antes de que el día termine será un homicida.
Aldana viaja al Instituto EATS en nombre del Gobierno. Los estudios en genética que allí se llevan a cabo son de aplicación cuestionable y sus facturas se engordan sistemáticamente. Sus noticias no son buenas: se acabó el dinero.
Cristóbal debe evitar que el pronóstico se cumpla mientras que Aldana, lejos de cerrar el Instituto, se ve empujado a perseguir el mismo objetivo. El resultado hará que éste último quede atrapado en el pueblo.


Si quereis la segunda respuesta, tendréis que leerlo :mrgreen:

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17



Archivos adjuntos (si os lo descargáis y queréis comentar, tened en cuenta los capítulos publicados aquí y haced buen uso de los spoilers :60: )
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David P. González
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Re: Janícula - episodio 1 (Sunpense/CienciaFicción)

Mensaje por David P. González » 20 Ene 2013 13:28

Imagen

1

Cristóbal caminaba por el pasillo con dos tazas de café, una en cada mano, hasta que llegó a la puerta del fondo. Era una puerta de seguridad de acero reforzado, en la que se podía leer, grabado al ácido, “Jano”, bien grande. Quien entrase ahí no podría decir que su destino estaba al otro lado de una puerta distinta. Se detuvo delante y trató de pasarse una de las tazas a la otra mano sin que ambas terminasen hechas añicos a sus pies y el café derramado por todas partes, incluido su pantalón. Después de tres infructuosos intentos se dio por vencido y dejó una de ellas en el suelo para poner la mano que le quedó libre en el panel que había empotrado en la pared a la derecha de la puerta. Una luz intensa barrió el panel de arriba a abajo y luego de abajo a arriba. Un led rojo se iluminó encima de éste. Cristóbal retiró la mano, se la pasó con ímpetu por la bata repetidas veces y volvió a intentarlo. Después del barrido, el led se iluminó de color verde. Un ruido de cerrojos escapó de las entrañas de la puerta. Agarró el pomo y la abrió con increíble suavidad a pesar de sus dos toneladas de peso. Recogió la taza de café del suelo y entró en la sala.

—¿Algo interesante? —preguntó a su compañero al tiempo que alargaba la mano ofreciéndole una de las tazas.

Rodrigo estaba sentado delante de una pantalla que formaba parte de una estructura circular en la que había una segunda pantalla idéntica en el lado opuesto, ambas provistas de sendos teclados, todo en una pieza que parecía la punta de un iceberg que continuaba por debajo del suelo transparente, a través del cuál se podía ver una estanca estancia inferior inundada en agua destilada para refrigerar el enorme superordenador sumergido en ella, cuyo nombre podía leerse en la puerta antes de entrar.

—Nada —contestó éste tratando de contener un bostezo que finalmente escapó de entre sus labios a medio abrir—, más de lo mismo.

Un ruido agudo y sutil brotó de algún lugar de la estructura y un papel fue regurgitado a través de una ranura que se abría en el centro, entre ambos puestos de control.

—Café solo —empezó a decir Cristóbal con el brazo aún extendido y sosteniendo la taza delante de Rodrigo—, con dos… —quiso continuar cuando se dio cuenta de que había olvidado los dos terrones de azúcar con los que a su amigo le gustaba acompañarlo—. ¡Vale!, ahora vuelvo— exclamó con resignación antes de desaparecer por la puerta, tan rápido que Rodrigo se sintió ridículo al verse con la mano levantada en un gesto de condescendencia que nadie había visto.

Mientras esperaba a su compañero recogió el papel, lo leyó con atención e inmediatamente después comenzó a aporrear el teclado:
«Viernes 28-Enero-2011, 10:30h, calle Reina Victoria, establecimiento Gilgo (perfumería). Asalto/robo. Dos hombres, Juan Ignacio Gómez Bárzano y Abel Tarancón Ferrero. Objetivo: perfumes».
Antes de teclear la última palabra, dos terrones de azúcar comenzaron a mezclarse con el café dentro de su taza.

—Gracias Cris —dijo sin levantar la mirada del teclado hasta que terminó de introducir todos los datos. Al fin cogió la taza, hizo girar la cucharilla hasta que los terrones hubieron desaparecido y le dio un largo sorbo—. ¿Se cumplieron las entradas de ayer? —preguntó.
—Las entradas de ayer sucederán a partir de hoy ¿no? —contestó Cristóbal sabiendo a lo que se refería su compañero.
—Sí, claro, me refería a las entradas con fecha de ayer —hizo una pausa—, las que…
—Te tomaba el pelo —interrumpió Cristobal en tono de mofa—, te he entendido perfectamente, te refieres a las entradas de días anteriores cuya fecha de suceso sea… —hizo una pausa mientras buscaba un calendario por la mesa.
—Ayer fue 18 —se apresuró a decir Rodrigo.
—Gracias —contestó Cristóbal, que dejó de buscar y se puso a teclear en el lado opuesto al de su compañero—. «Sucesos. Martes 18-Enero-2011». Aquí está —dijo dirigiéndose a Rodrigo que le escuchaba con atención—, sí…, sí…, éste también…, también…, sí…, otro…, —balbuceaba mientras iba leyendo la lista—. ¡Diantres, todos se han cumplido! —concluyó asombrado y con cierta excitación.
—Cada vez se dan menos fallos —dijo Rodrigo—, eso significa que a medida que su banco de datos aumenta y tiene mayor número de muestras con las que comparar, su interpretación es más precisa y el porcentaje de error disminuye.
—En dos o tres años será cien por cien fiable, mucho antes de lo esperado —aseguró Cristóbal mientras se le iluminaba la cara.

Un pequeño ruido agudo volvió a sonar en la habitación. Un nuevo documento asomaba por la ranura que los separaba a ambos. Rodrigo lo cogió y lo estudió detenidamente mientras Cristóbal terminaba su taza de café. Cuando hubo terminado tenía la cara desencajada, como si hubieran pasado diez años en lugar de los diez segundos que tardó en leerlo.

—¿Qué pasa? —preguntó Cristóbal al darse cuenta de cómo le cambió el gesto a su amigo—. Parece que hayas visto un fantasma.
—No… nada… —contestó con cierto nerviosismo tratando de disimular.
—¿Nada? —le increpó su compañero—. ¿Qué pone ahí? Déjamelo —dijo alargando el brazo para quitárselo de las manos.
—No, de verdad —tartamudeó Rodrigo mientras retiraba el documento y lo ponía en la mesa, fuera del alcance de Cristóbal—. Si es lo de siempre. Luego lo introduzco en el sistema.

Cristóbal rodeó la silla en la que estaba sentado su compañero sorprendido por su actitud y se estiró alargando la mano para coger el papel. Rodrigo, en un intento de evitarlo, se levantó, le pasó una mano por el hombro y trató de alejarle delicadamente a la vez que cambiaba de tema.

—¿Y qué tal Esther?, ¿cuándo me vais a hacer tío? Se os va a pasar el arroz, sobre todo a ti, que pronto tendrás que empezar a desgravarte las pastillas azules —intentó bromear en tono socarrón.
—Tiene mucha gracia, porque cuando yo empiece a desgravarme las pastillas azules tu irás detrás de mí tomando nota de cuáles son los mejores sitios para pillarlas de contrabando, porque te quedará muy poco para… —hizo una pausa, retiró el brazo que le rodeaba el hombro y con un suave empujón se zafó de aquella argucia—. Espera un momento, ¿me tomas por estúpido? —y volvió a la mesa a coger el papel.
—Es mejor que no lo leas Cristóbal, en serio —dijo Rodrigo con tristeza.

A Cristóbal le extrañaba el interés de su compañero por ocultarle el contenido del documento y lo examinó con intriga. Deseó no haberlo hecho. Tuvo que leerlo tres veces más, pero ninguna de ellas cambió lo que decía:
«Miércoles 19-Enero-2011, 13:20h, Indeterminado. Homicidio. Un hombre, Cristóbal Lecea Madrazo. Víctima, Esther J. Eustís.

—Mi mujer… yo… —tartamudeó sobrecogido.
—Seguro que se trata de un fallo —intentó animarle su compañero—. Jano no es infalible, ya verás como...
—¡Cien por cien de aciertos los últimos días! —le interrumpió Cristóbal—. ¡Un maldito cien por cien! ¿Qué significa eso Rodrigo? ¡¿Qué significa?! —gritaba mientras andaba de un lado a otro de la sala nervioso.
—Tranquilo —dijo Rodrigo con voz suave, como si le hablase a un niño pequeño que cree que su armario esconde monstruos—, todo va a salir bien.
Última edición por David P. González el 21 Ene 2013 12:50, editado 1 vez en total.

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Re: Janícula - episodio 1 (Sunpense/CienciaFicción)

Mensaje por Gisso » 20 Ene 2013 13:38

Vaya, David. P. ya sabemos (o no :boese040: ) que es “Janicula”. Menuda serie de Ci-Fi que te vas a montar y por el momento, empieza fuerte. Te intentaré seguir, aunque me suele costar bastante :roll: . Esto promete :lista: . ¡Saludos :hola: !

PD: Como te curras las presentaciones :o

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Re: Janícula - episodio 1 (Sunpense/CienciaFicción)

Mensaje por lucia » 20 Ene 2013 20:26

Y tan fuerte :shock:

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Re: Janícula - episodio 1 (Sunpense/CienciaFicción)

Mensaje por Tadeus Nim » 20 Ene 2013 20:45

¡Yum yum!. Tiene buena pinta. :402:

Quiero mas :luxhello: . Espero el siguiente capitulo con impaciencia. :babear:

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David P. González
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por David P. González » 21 Ene 2013 12:37

Gracias a los tres por el interés, me alegro de que os haya gustado el inicio :60:

Gisso, no tienes que seguirme por cortesía, espero que si lo haces sea por mérito del texto, porque quieres saber como continua :mrgreen:

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David P. González
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por David P. González » 21 Ene 2013 12:45

2

Por motivos de seguridad, los cristales oscuros del Volkswagen Tuareg negro que circulaba por la A42, sentido Toledo, no dejaban ver quién ocupaba las plazas traseras. Otros dos coches idénticos circulaban detrás y, manteniendo siempre la misma distancia unos con otros con asombrosa habilidad, los tres formaban un peculiar convoy entre cuyos objetivos, desde luego, no se encontraba el de pasar desapercibidos.

—¿Alguien ha visto el juguete de Richi? —dijo Sergio desde el asiento de atrás del primer vehículo, con la pistola de su compañero en las manos.
—¿Juguete? —contestó Alex desde el puesto de copiloto del último de los coches a través del pinganillo que les mantenía comunicados—. Os tengo dicho que no os traigáis esas guarradas al trabajo.

Todos los ocupantes del último vehículo y todos los del primero excepto Richi se echaron a reir. Los dos hombres que viajaban en las plazas delanteras del segundo coche aguantaron como pudieron las risas.

—Es grande y larga, pero no os la pienso dejar a ninguno, ¿me habéis oído?, abusaríais de ella indecentemente —se defendió Richi antes de arrancarla de las manos de su compañero.
—¿Grande y larga?, ¿que te has comprado, un RPG? —preguntó Antonio desde el asiento trasero del último coche.
—Una Desert Eagle —contestó Nico, que conducía el primer vehículo—, y tiene razón, es grande de cojones.
—Sabéis de sobra que a Aldana no le gusta que vayamos marcando bulto debajo del brazo, la beretta es mucho más discreta —intervino Alex.

A la altura del polígono industrial Cobocalleja de Fuenlabrada fueron reduciendo la marcha y pasaron al carril de la derecha, que se separaba de la autovía más adelante.

—Pero si no se nota nada —dijo Richi al tiempo que se la enfundaba y miraba a Sergio buscando su aprobación.
—¡Joder!, sí que se nota —dijo éste entre risas.
—¿Y si hago así? —preguntó de nuevo adoptando una postura poco natural, con el brazo encorvado para hacer hueco en la chaqueta.

Los otros tres ocupantes del coche se echaron a reír y sus compañeros imaginaron la escena desde los otros vehículos.

—Coche azul a las cinco —intervino Jorge desde el asiento del copiloto del primer vehículo, lo que llamó la atención de todos sus compañeros.
—Lo veo —dijo Alex.
—¿Qué coño hace? —espetó Martín, que conducía el segundo Tuareg.

Un coche avanzaba con velocidad paralelo a ellos por el carril de servicio con la intención de incorporarse a la autovía.

—¿Ocurre algo? —preguntó Aldana desde la parte de atrás del segundo vehículo.
—Nada señor —se apresuró a decir Alberto mirando por el espejo retrovisor de su derecha—, todo controlado.
El coche azul no reducía su velocidad y el carril de servicio se terminaba, por lo que hizo amago de incorporarse a la autovía por la fuerza.

—¡Maldita sea!, ¡¿pero qué coño hace ese capullo?! —Gritó Hugo, que conducía el último Tuareg.
—¡Frena Martín, frena, déjale hueco! —ordenó Alex, que preveía un mal desenlace de la situación si no cedían—. No os preocupéis, este va a Toledo, cambiará de carril otra vez.

El coche azul se incorporó al fin y a continuación cambió al carril de su izquierda para seguir hacia Toledo. Antes de acelerar tocó el claxon e hizo algunos gestos dirigidos a Martín junto con algunas palabras que no se oyeron. Luego hizo lo mismo con Nico al pasar por su lado.

—¡Maldita sea, coge la matrícula de ese cabrón! —gritó éste último visiblemente irritado.
—Déjalo estar Nico, concéntrate en tu trabajo —intervino Alex.
—Tranquilo hombre, ¿no querrás que creamos que vas cogiendo la matrícula de todo el que te toca el claxon cuando conduces, ¿no? —dijo Jorge iniciando una retahíla de bromas con su compañero como objetivo, con la intención de hacerle olvidar el incidente.
—¡Joder!, le cogerías la matrícula a todo el que te adelantase y mirase a su derecha —dijo César desde el asiento de atrás del último coche.
—Sí —se anticipó Richi a los demás—, vería un orangután conduciendo y tocaría el claxon para llamar tu atención y hacerte una foto.

Todos se rieron a carcajadas excepto Nico y los dos hombres del coche de en medio; éstos últimos sonrieron levemente.

La bifurcación terminaba en una glorieta con una fuente que daba la bienvenida a Parla. La rodearon e hicieron un cambio de sentido para volver a la A42, esta vez hacia Madrid.

—¡Eh!, ¿de qué va esto? —gritó Nico para hacerse oír entre tantas carcajadas—. ¿Es que ahora soy vuestro bufón? ¿Es eso? Porque yo creía que el bufón era el novato.
—¿Cómo que el novato? —contestó Richi inmediatamente—. Resulta que el novato la tiene más grande que vosotros. ¿Acaso podéis bromear con eso? —añadió en referencia a su magnum.

Trescientos metros después de incorporarse a la autovía de nuevo, se desviaron a la derecha por un acceso a una estación de servicio.

—¡Vaya!, parece que Richi ha asumido su papel y va a cambiarse de ropa —dijo Hugo desde el último coche.
—No te olvides del gorro con todos esos cascabeles —añadió Antonio.
—Te lo dije novato —intervino Nico mirando a Richi por el espejo retrovisor con los ojos medio cerrados por la sonrisa.
—¿Qué ocurre Nico? ¿Por qué vamos por aquí? No habíamos planificado ninguna parada para repostar —dijo Alex con un tono más serio.
—No voy a parar, solo sigo las indicaciones del GPS —contestó Nico.

Pasaron de largo la estación de servicio, pero antes de poder incorporarse de nuevo a la autovía, el GPS les hizo girar a la derecha por un pequeño desvío muy cerrado y con una inclinación hacia arriba bastante pronunciada. Nico se vio sorprendido y tuvo que pisar el pedal de freno bruscamente para no salirse de la calzada. Los dos vehículos que le seguían se vieron contagiados por esa maniobra.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Aldana al verse desplazado hacia delante inesperadamente.
—Nada señor, son estas carreteras tan estrechas. Parece que estamos llegando —contestó Martín.
—No tenemos prisa —concluyó Aldana escuetamente.
—Entiendo señor —dijo Alberto antes de comunicarse con el coche que le precedía—. No tenemos prisa chicos.
—Entendido —contestó Jorge.

Todos sabían que esas palabras las había puesto Aldana en su boca. Avanzaron unos metros y se encontraron una glorieta que tomaron a la izquierda.

—¡Vale!, estamos llegando —dijo Nico a título informativo.
—De acuerdo —se apresuró a decir Alex—. Cuando lleguemos quiero que cuatro de vosotros forméis un perímetro alrededor de los vehículos. Los demás vendréis conmigo. Martín y Alberto, vosotros iréis delante de Aldana hasta la puerta principal del edificio, la abriréis y, cuando hayamos pasado, os quedaréis ahí. A los demás os lo iré indicando por el camino conforme vea la situación.
—Yo quiero ser el último hombre —dijo Richi con ímpetu—. Tengo la mejor arma, nadie puede protegerle mejor que yo.
—Tienes la mejor arma si la amenaza fuesen elefantes; si son personas, yo diría que tienes un cargador muy corto — intervino César desde el último coche.
—César tiene razón Richi —empezó a decir Alex—. Quiero que te quedes en el perímetro de los vehículos…
—¡Venga ya! —interrumpió Richi molesto por esa decisión.
—Por favor, escúchame. ¿Te gusta este trabajo? ¿Te gustan tus nuevos compañeros? ¿Te gustaría formar parte de este equipo mucho tiempo? —preguntó Alex.
—¡Joder, sí! ¡Sí que me gusta! ¿A que viene eso ahora?
—Viene a que cuando Aldana vea el bulto de tu arma pedirá que te sustituyan por otro que no tenga ningún problema con la beretta —contestó Alex.
—¡No me jodas! —espetó Richi de mala gana.
—Así que te quedarás en el perímetro de los vehículos. Cuando estemos dentro del edificio abrirás el maletero de cualquiera de los coches, cogerás una de las berettas, la pondrás en el lugar que ahora ocupa tu magnum, y mañana volverás con el gorro de cascabeles para hacernos reír a todos. ¿De acuerdo? —concluyó Alex.

Richi aceptó resignado.

Doscientos metros después giraron a la derecha para entrar por la puerta principal de una construcción de hormigón acabada en blanco, muy sucio por las inclemencias del tiempo, y meticulosamente acristalado. Habían llegado a su destino. Las puertas de los coches se abrieron y los hombres salieron de ellos. Todos eran altos y anchos menos Aldana, que mediría entre quince y veinte centímetros menos que los demás, esto suponía unos 175cm. Tampoco vestía como ellos, mientras los demás vestían todos de un imponente negro absoluto, su traje tenía más estilo, más color incluso, pantalón azul marino oscuro con rayas muy finas en blanco, chaqueta y chaleco a juego. Cuatro de los hombres formaron un perímetro alrededor de los vehículos, como había dispuesto Alex momentos antes, el resto caminó hacia el edificio en una comitiva encabezada por Martín y Alberto, quienes se quedaron en la puerta de entrada después de que el resto accediese al interior. Los demás obviaron el ascensor y subieron las escaleras hasta la última planta, donde se encontraba el despacho del director. Otros dos hombres pararon al terminar de subir las escaleras y se quedaron allí siguiendo las indicaciones de Alex, quién, junto con César, siguió a Aldana por un largo pasillo que terminaba en una puerta ninguneada por la esbeltez de las paredes que la rodeaban. Ambos permanecieron fuera, uno a cada lado de la puerta, cuando Aldana entró en el despacho.

—¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi despacho? ¿Qué quiere? ¿Qué…? —balbuceó nervioso el doctor Montes, que se vio sorprendido por la visita.
—Tranquilícese, no tiene por qué alarmarse. Soy Tomás Aldana —dijo acercándose a la mesa y extendiendo la mano derecha—. Trabajo para el gobierno y si no me han engañado, esta visita debe estar en su agenda.
—¡Oh sí, claro que sí!, —contestó el doctor mientras le estrechaba la mano—, pero le esperaba mañana jueves —dijo desorientado mientras hacía memoria.
—Hoy es jueves señor… —y alargó la palabra esperando que el doctor le dijese su nombre.
—¡Oh!, lo siento, ¿dónde está mi educación? Soy el doctor Montes —se presentó— ¿Hoy es jueves? Tiene que disculparme, estoy trabajando en algo y, bueno, llevo aquí metido cuatro días…
—¿Bromea? ¿Cuatro días? No está usted casado ¿verdad? —bromeó Aldana con cierta ironía.
—Lo estuve, hace tiempo —contestó Montes con tristeza en sus ojos—, pero por favor, disculpe este desastre de despacho —cambió rápidamente de tema y se excusó mientras iba de un lado a otro quitando cosas de aquí y de allá y poniéndolas allí y acá—. Por favor tome asiento —dijo ofreciéndole un sillón que apareció después de retirar una pila de papeles.

Aldana se sentó mientras el doctor seguía moviendo cosas de un lado a otro hasta que éste, finalmente, se sintió satisfecho y se sentó frente a él, intrigado por el motivo de su visita.

—¿Así que trabaja usted para el gobierno? —preguntó Montes interesado en lo que Aldana tuviera que decirle— ¿Y de qué se trata ese trabajo exactamente?
—Bueno, se podría decir que una parte consiste en velar por que usted no conozca la otra —contestó con cierto aire de misterio.
—Entiendo, no puede decirlo —dijo el doctor con condescendencia.
—Algo así, aunque en realidad, lo correcto sería decir que una parte de mi trabajo consiste en velar porque nadie que esté vivo conozca la otra parte. ¿Todavía siente curiosidad? —preguntó Aldana desafiante pero con cierto tono de humor.

La primera reacción del doctor al oír esas palabras fue de sorpresa y algo de temor. Desde luego, si en alguna ocasión se le había pasado por la cabeza que alguien tuviera algún interés en acabar con su vida, ese alguien no se alejaba mucho de la figura representada por el hombre sentado frente a él, junto con los armarios roperos con piernas que le acompañaban y ese convoy de coches grandes y negros, con cristales oscuros, con el que habían irrumpido en la rutinaria tranquilidad de su instituto. Aldana dejó entrever una sonrisa y el doctor entendió la comicidad de la conversación, animándose a continuarla.

—¿Me pregunta si quiero caviar? —dijo intentando que su expresión fuese lo más interesante posible— Claro que quiero caviar, ¿y quién no?, pero no estoy dispuesto a pagar lo que vale.
—Me alegra oír eso, ¿sabe?, acaba de hacer muy feliz a los hombres que hay al otro lado —siguió Aldana señalando hacia la puerta.
—¿A usted no? —preguntó el doctor para ver por dónde era capaz de salir su nuevo amigo y evaluar así sus recursos intelectuales.
—Bueno, quizás cuando hayamos terminado esta reunión me caiga usted lo suficientemente bien como para sentirme feliz de que siga entre nosotros.
—Al menos usted y yo llevamos cinco minutos charlando amigablemente. Los hombres tras la puerta —dijo señalando la puerta del despacho con el dedo—, ni siquiera me conocen y ya les hace feliz no tener que matarme.
—¡Oh, no! —se apresuró a decir Aldana—, no se ofenda, pero es únicamente por el papeleo, ya sabe, este tipo de cosas hay que documentarlas bien, siempre hay alguien con un palo lo suficientemente largo y nunca sabes en que cubo lo va a meter para remover la mierda.
—¡Caramba!, no se anda usted con rodeos —continuó el doctor sorprendido por la agilidad verbal de Aldana.
—Disculpe si me he tomado demasiada confianza —dijo éste adoptando un tono más serio.
—No tiene que disculparse, pero, por favor, continúe —instó el doctor a su contertulio al ver que éste hacía ademán de querer seguir hablando antes de interrumpirle.
—Sólo quería decir que de la parte de mi trabajo que no puedo contar, hay algo que usted sí puede saber, eso es lo que me ha traído hoy aquí. Únicamente trataba de establecer cierto grado de confianza; hace las cosas más fáciles, para ambos.
—Pues si le soy sincero, me siento ahora más relajado que cuando entró usted por esa puerta —empezó a decir el doctor—. Y dígame, ¿de qué se trata para que necesite usted contar chistes?
—Cómo se lo diría yo —comenzó Aldana—, en palabras llanas y para que usted me entienda, me dedico a recoger la basura, hago lo que nadie quiere hacer, en ocasiones por vergüenza, otras veces por escrúpulos, y si quiere puede usted sustituir escrúpulos por falta de agallas y así hacerse una idea de lo que le hablo.

Montes se vio nuevamente sorprendido por las palabras de Aldana y deseó que el teléfono sonara urgiendo su presencia en cualquier otro lugar que no fuese su despacho, temía seguir con una reunión que no presagiaba nada bueno para él o sus intereses. Por supuesto el teléfono no sonó, así que no le quedó más remedio que escuchar lo que Aldana había ido a decirle.

—No tiene usted de qué preocuparse —continuó Aldana observando el ceño arrugado del doctor—, esta no es una visita, ni de basura, ni de escrúpulos, sólo es algo que alguien no quiere hacer.

El doctor se sacudió la tensión recostándose en su sillón y respiró profundamente, al fin y al cabo, su verdugo usaría una soga de seda con él. Aldana acercó su silla a la mesa y se incorporó, apoyándose en ella con ambos brazos y entrecruzando los dedos de las manos para seguir hablando.

—Veamos —comenzó—, usted dirige EATS, que es el acrónimo de Estudio Avanzado de Transgénicos para la Sostenibilidad. Perdone si le doy información que usted ya conoce —dijo haciendo una pausa—, es puro protocolo, en alguna ocasión se han producido errores en las direcciones que me han proporcionado y he dado malas noticias a quién no debía.
—No importa —asintió Montes—, prosiga por favor.
—Gracias —dijo Aldana antes de continuar—. Esta institución se creó en 1989 con el propósito de estudiar los transgénicos, y su primer proyecto, que con el tiempo se convirtió en el único, fue crear un arbusto a partir de la mezcla genética de otros tantos, cuya biomasa lo hiciera más eficiente a la hora de transformar CO2 en oxígeno. En concreto se buscaba un resultado que, al menos, doblara esta capacidad en cualquier especie conocida. Supongo que todo lo que estoy diciendo es correcto —volvió a parar un instante para asegurarse de no aburrir al doctor con parrafadas interminables—. Si observa usted algún error le ruego que me lo diga.
—Descuide, lo haré —dijo Montes asintiendo con la cabeza, luego se incorporó y se apoyó en la mesa imitando la postura de Aldana, aunque sin intención de burla—. ¿Puedo preguntarle algo? —dijo.
—Claro, adelante —respondió Aldana recostándose en la silla para mantener lo que él consideraba su espacio vital.
—¿Se ha aprendido todo eso de memoria? —preguntó el doctor Montes con la intención de que aquella reunión no resultase soporífera para ambos—. No sé, quizás un bloc de notas o un ipad, tengo entendido que ahora están muy de moda en el parlamento europeo ¿no?

Aldana sonrió levemente, pero no quería desviarse del tema que le había llevado allí esa mañana, no era agradable y seguramente Montes y él no terminarían siendo amigos, no había necesidad de empezar algo con una fecha de caducidad de tan sólo unas horas, tal vez menos.

—En realidad tengo un bloc de notas aquí mismo —contestó Aldana llevándose la mano a un bolsillo de la chaqueta para señalarlo—, pero tengo memoria fotográfica y con leerlo una vez se me queda grabado —dijo señalándose la frente en esta ocasión.

El doctor se mostró sorprendido por la capacidad de su nuevo amigo y le invitó a continuar.

—Bien, hablemos del presupuesto que se ha venido asignando a este instituto a lo largo de los años —dijo Aldana retomando el tema donde lo había dejado.

El doctor se movió con incomodidad en su silla y empezó a sudar; sabía hacia dónde llevaba el tema del presupuesto. Aldana se lo notó al instante y se reclinó tratando de ponerse más cómodo aún para descargar la tensión que siempre generaba hablar de dinero.

—Cuando se creó el instituto —empezó a decir—, el presupuesto fue de 600.000€, por aquel entonces en pesetas. Al año siguiente, coincidiendo con el inicio de una década, se revisó y se aumentó a 900.000€ al año. Este presupuesto se mantendría durante cinco años, hasta 1995, fecha en la que se volvió a revisar y se aumentó a 1.200.000€, algo razonable teniendo en cuenta que el IPC aumenta y tal vez se contratase personal nuevo, etc. En el 2000, cinco años después, el presupuesto aumenta a 1.500.000€ anuales, supongo que también es razonable.

En ese momento y en perspectiva de lo que a continuación saldría de los labios de Aldana, el doctor se retorció en su sillón y no pudo evitar palidecer.

—Sin embargo —continuó Aldana impasible al malestar de Montes—, en la siguiente revisión, la que tuvo lugar en el año 2005, el presupuesto para su investigación ascendió nada menos que a 15 millones de euros, eso supone diez veces más que el anterior.
—¡Oh, sí, eso! —tartamudeó el doctor intentando disimular sin ningún éxito—, en la genética todo evoluciona tan rápido, instrumental, nuevos métodos…

Aldana levantó la mano con la palma extendida hacia Montes invitándole a guardar silencio.

—No he venido a pedir explicaciones de en qué se han gastado ese dinero, por favor déjeme acabar —dijo con un tono seco y frío.

A pesar de la autoridad con la que Aldana había hablado, el doctor sintió alivio al no tener que dar explicaciones al respecto, pero, ¿de qué otra cosa podría tratarse entonces? La incertidumbre le hizo sentir más incómodo aún.

—Una vez llegados a este año, el presupuesto pasó a revisarse anualmente, y en todas las ocasiones eso supuso un gasto extra para el estado —Aldana continuó recitando datos—. En 2006 se aumentó a 18 millones de euros, en 2007 se aprobó una subida de siete millones, 25 en total para ese periodo de tiempo. En 2008 fueron 35 millones de euros, en 2009 nada menos que 50 millones, en 2010 el presupuesto para su instituto ascendió a 75 millones y en la última revisión, hecha a principios de este año, su presupuesto ha subido a la escalofriante cifra de 125 millones de euros —hizo una pausa para respirar profundamente antes de continuar—. Como le he dicho, no he venido aquí a pedir explicaciones acerca del destino de ese dinero, supongo que si el estado ha invertido aquí tendría intereses en ello —de nuevo hizo una pausa, pero esta vez se inclinó sobre la mesa con los dedos de las manos entrecruzados y miró fijamente a los ojos del doctor—. La cuestión es que lo que usted está estudiando aquí, está obsoleto.

Montes se vio sorprendido por el nuevo rumbo de la conversación.

— ¿Obsoleto? —preguntó intuyendo la respuesta.
—¿Le sorprende? —contestó Aldana con otra pregunta—. ¿Sabe?, aunque tuviera usted éxito en su investigación, invertir en ella ya no tendría sentido. Su aplicación principal está enfocada a reducir la contaminación de las ciudades provocada por la combustión fósil, sin embargo, las reservas de petróleo del planeta agonizan y con ellas su utilidad como fuente de energía. La sociedad necesita fuentes de energía alternativas y da la casualidad de que esas alternativas son limpias. Sus arbustos, y no se lo tome a mal, no tienen sitio en la sociedad del futuro.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó el doctor sabiendo de sobra lo que quería decir eso exactamente.
—Lo que quiero decir con eso —empezó a decir Aldana—, es que el estado está haciendo un esfuerzo muy grande para llegar a fin de mes. La presión que viene de Europa nos obliga a tomar decisiones que no nos agradan en absoluto y, lamentablemente, el instituto que usted dirige ahora mismo es prescindible.

El doctor se quedó paralizado. Hacía mucho tiempo que el estudio de los transgénicos había pasado a ser una tapadera que les permitiera seguir siendo financiados por el gobierno y el hombre que tenía enfrente parecía no saber nada al respecto. ¿Estaría Javier Leguade, impulsor del experimento que allí se llevaba a cabo, al corriente de la clausura del mismo? Y si lo estaba, ¿por qué no era él quién se sentaba enfrente suyo en ese momento? ¿Por qué su nombre ni siquiera había sido mencionado en la conversación? Demasiadas incógnitas para un tema tan delicado que el doctor no estaba dispuesto a dejar sin resolver.

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Tadeus Nim
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por Tadeus Nim » 21 Ene 2013 13:45

:402: :402: :402:

Mañana mas :babear: :luxhello: :luxhello: :luxhello:

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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por Gisso » 21 Ene 2013 15:46

Ah, no David. P. por cortesía seguro que no, pero me cuesta seguir un poco los relatos largos (hasta el mío lo tengo abandonado :| ). La cuestión es que en este, mi sensación es que ha sido algo largo para lo que se ha querido contar y al acabar el capítulo, no ha mantenido mi atención como esperaba... Todo bajo mi punto de vista, claro. Aunque sigue interesante, a ver por donde sale mañana el asunto. Saludos :hola: .

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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por lucia » 21 Ene 2013 20:46

Pues yo espero que no cuelgue trozos tan largos, que si no no me da tiempo a leer todo.

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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por chemitamiau » 21 Ene 2013 23:41

Muy buen comienzo. Sí señor, con fundamento :P

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Ororo
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por Ororo » 21 Ene 2013 23:45

Descargado y en cola.
Lo leeré cuando sea. Quizá todos los capítulos seguidos :P

Lo de la portada son hematíes?
No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.

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David P. González
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por David P. González » 22 Ene 2013 11:52

Gracias a todos por comentar, me legro de que os vaya gustando :60:

lucia escribió:Pues yo espero que no cuelgue trozos tan largos, que si no no me da tiempo a leer todo.

Este era el más largo Lucia. El doble de largo que el más largo de los que quedan :P
Hay uno que es muy cortito, en uno o dos minutos se lee.

Ororo escribió:Lo de la portada son hematíes?


Sí, lo son :boese040:

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David P. González
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por David P. González » 22 Ene 2013 11:56

3

Apenas pasaban unos minutos de las diez de la mañana cuando Almudena retiró las mantas que la cubrían y saltó de la cama. Levantó la persiana y la luz irrumpió en la habitación obligándola a cerrar los ojos por un instante. Entró en el cuarto de baño para asearse y al salir se puso una bata a la que no le sobraba estilo, quizás por las dos décadas que castigaban sus desgastados estampados. Fue a la cocina. Abrió el armario de encima del fregadero. Estaba dividido en dos partes horizontalmente, la de abajo sostenía los platos sobre una rejilla y la de arriba los vasos y las tazas. En la de abajo se podían ver tres platos hondos y cinco llanos, todos transparentes; el resto habían ido quedando por el camino a lo largo de los años y como sólo eran dos en casa, ella y su marido, no necesitaban disponer de una vajilla completa. En la parte de arriba del armario había seis vasos iguales y cinco tazas, una de cada clase, de las que regalan cuando compras cereales o galletas, o incluso comida para perros, aunque ese no fuera su caso. Estiró la mano y cogió una taza roja en la que se podía leer «Smacks» debajo del dibujo de una rana. De todas las tazas esa era su preferida, quizás porque era la única que tenía color. Echó un poco de café hecho el día anterior y lo calentó en el microondas durante minuto y medio, abrió otro armario, sacó una bolsa con azúcar, se echó un poco con una cucharilla que sacó de un cajón semivacío, lo giró repetidamente unos instantes y se lo tomó, a sorbos, sin ninguna prisa. Una vez lo hubo terminado se quedó un rato apoyada en la encimera con la taza vacía entre las manos, aprovechando el calor residual que desprendía. Cuando el calor desapareció, la dejó en el fregadero con un poco de agua y fue al salón a levantar la persiana y abrir la ventana para que se renovara el aire viciado de toda la casa. Al entrar la luz, Almudena pudo ver a su marido tumbado en el sofá, vestido y cubierto con una fina manta de ganchillo.

—¿Así que estás aquí? —dijo con desdén al tiempo que, de un tirón, retiraba la manta que le cubría—, ¿tan borracho ibas que no encontraste el camino a la cama?
—¿Qué coño haces? —se quejó Juan adormilado al sentir la gélida brisa sobre su espalda medio descubierta.
—¿A qué hora llegaste anoche? —preguntó Almudena enfadada.
—¡No es asunto tuyo joder!, ¡dame la manta! —gritó de mala gana.
—Ni lo sueñes, levántate de ahí, si quieres seguir durmiendo te vas a la cama —dijo ella zarandeándole para que prefiriese marcharse donde no le molestaran.

Juan se levantó despotricando y se fue al dormitorio, no se sentía con posibilidades de poder ganar una discusión con su esposa, en esas condiciones no, quizás después de dormir otro rato.

—¡Eso, vete a dormir, no sabes hacer otra cosa, si tuvieses los mismos huevos para trabajar…! —gritaba Almudena desde el salón hacia la puerta que acababa de cruzar su marido—, ¡pero tienes los mismos huevos para trabajar que vergüenza: ningunos! ¡Vergüenza ninguna y huevos para trabajar ningunos tampoco!

Durante unos minutos siguió dedicándole improperios con desdén, desprecio y resignación al mismo tiempo, al hombre con el que se había casado hacía ya 17 años y junto al que había jurado permanecer en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte los separase. Ella aún esperaba a que “lo bueno” hiciera acto de presencia en su vida o que “la riqueza” se acordase de su número de cuenta corriente. Esperaba desde hacía tanto tiempo que empezaba a considerar que “la enfermedad” podría ser bien recibida en esa casa, en concreto en el dormitorio en ese preciso instante, así cobraría algún dinero del seguro y puede que incluso una pensión por viudedad. Pero ella sabía que nada de eso ocurriría, se había equivocado de hombre y lo había asumido hacía ya mucho tiempo, y mientras estuviese a su lado nada cambiaría.

—¡Vaya por dios!, ¡mira quién se digna a vivir! —dijo con sorpresa al ver que, instantes después, Juan salía del dormitorio y se dirigía a la puerta de la calle—. ¿Dónde vas ahora, te traigo los curriculums? —continuó con sarcasmo.
—Dame diez euros anda —le pidió éste sin mirarla a la cara siquiera.
—¿Diez euros? —contestó Almudena con ironía—, como no los pinte.
—Venga, déjate de tonterías —dijo Juan cogiendo el monedero de su mujer y mirando dentro—. ¿Qué coño es esto?, ¿dónde lo has guardado?

El monedero sólo contenía unas monedas, todas de color rojo.

—¿Qué dónde lo he guardado?, —dijo ella con un tono de voz más severo—, en el frigorífico está todo.

Juan fue corriendo a la cocina y lo abrió para mirar dentro. Removió algunas cosas, abrió los cajones de la fruta y las verduras, incluso abrió algunos paquetes de carne y fiambre, pero ni rastro de dinero, sólo había comida.

—¿Dónde está?, ¡maldita sea! —espetó cerrando la puerta de un golpe tan violento que las botellas de cristal chocaron entre sí volcando una de ellas.

Almudena se acercó hasta él, agarró la puerta de la nevera y la abrió de nuevo con la misma violencia con la que su marido la había cerrado. Las botellas volvieron a sonar y otra volcó junto a la anterior.

—¡Aquí!, ¡¿no lo ves?! —contestó cogiendo un cartón de leche mientras decía su precio en voz alta.

A continuación hizo lo mismo con un cartón de huevos y luego con unos plátanos, unos yogures y con todo lo que le dio tiempo antes de ser interrumpida.

—¡No me toques los huevos!, ¿dónde lo has escondido? —insistió Juan golpeando la puerta del frigorífico con la palma de la mano para cerrarla.
—Los únicos huevos que hay en esta casa están ahí dentro —dijo Almudena desafiante haciendo un gesto con la cabeza para referirse al interior de la nevera—, y no busques dinero porque se acabó hace días; si quieres más sal a buscarlo.

Juan dio media vuelta y se metió en una de las habitaciones. Tenían una caja de herramientas para pequeños arreglos caseros, pero él nunca la usó, no en la casa desde luego. Cogió el destornillador más grande que encontró y se lo guardó en un bolsillo del pantalón, luego fue hacia la puerta de la calle de nuevo y se enfundó un forro polar cuyo color difería mucho del tinte que el fabricante había usado en su elaboración, un azul tan apagado, que daba la sensación de estar sucio, algo que a Juan no le importaba por dos razones: era caliente y no tenía ningún otro.

—¿Dónde coño vas? —preguntó Almudena.
—A buscar dinero, ¿no es eso lo que has dicho? —contestó él con desdén—. Déjame el móvil.
—Hace dos meses que nos lo dieron de baja por no pagar, ¿ya no te acuerdas? —dijo Almudena haciendo aspavientos con las manos.
—Ese no, el otro —espetó su marido con un tono seco y autoritario.

Se refería a un teléfono prepago que Almudena guardaba celosamente. La línea del fijo había sido la primera en caer junto con internet, de esto hacía ya más de un año. Al poco tiempo se vieron obligados a dar de baja el móvil de ella y se quedaron únicamente con el de él, pero no duró mucho tiempo, apenas un par de meses después también tuvieron que darlo de baja por no poder pagarlo. Pensaron que sería una buena inversión comprar uno de esos teléfonos Bic de usar y tirar que se podía encontrar en las cajas de cualquier supermercado y guardarlo para emergencias. Afortunadamente, ninguna emergencia les obligó a utilizarlo, lo que no impidió que el saldo fuese menguando.

—Olvídalo, sólo tiene un euro de saldo, y ni siquiera —intentó persuadir a su marido para que no se lo llevara.

Juan la apartó con el brazo y fue a la cocina, abrió un cajón y cogió el teléfono mientras su mujer lo contemplaba impotente desde la puerta, sabía que no podría impedirlo, así que no lo intentó siquiera. Juan pasó a su lado mirándola.

—Me lo llevo —dijo en voz baja con tono victorioso.

Sin guardarse el teléfono en el bolsillo salió de casa y dio un portazo tras de sí que ahogó los improperios que salían del interior. Bajó las escaleras y salió del portal, giró a la derecha y echó a andar hasta que estuvo lo suficientemente lejos de cualquiera que pudiese oírle, entonces hizo una llamada.

—¿Quién es tronco? —contestó una voz lánguida y pausada al otro lado de la línea.
—Soy el Juanillo
—¡Hombre Juanillo!, tío, has cambiado de número, antes me salía tu nombre en la pantalla y ahora no me sale.
—Sí, sí, es un teléfono nuevo, pero escucha…
—¡Ah, vale tronco!, me lo tienes que dar ¿eh?, ¿nos tomamos unas birritas?
—¡Venga, que sí!, luego te lo apuntas, pero ahora escucha, que tengo poco saldo y se va a cortar de un momento a otro.
—¿Qué tienes poco qué…?
—¡Calla coño!, y atiende a lo que te digo.
—¡Vale, vale!, atiendo tronco.
—¿Todavía tienes aquella pistola?
—¡Anda claro!, ¿y por qué no la iba a tener?
—Pues escóndetela en el pantalón o donde quieras, pero bájatela, que estoy de camino a tu casa.
—¿Qué quieres, que te la deje?
—No, no, ¿te acuerdas del chalet que estuvimos estudiando?
—Si tronco, al final te rajaste.
—Pues lo vamos a hacer.
—¡No jodas!, ¿y cuándo va a ser eso?
—¡Ahora coño!
—¡Hostia puta!, qué cojones le echas tronco. Ahora mismo bajo con la pipa.
—Venga, voy para allá —dijo Juan antes de cortar la llamada y ponerse en camino.

Shigella
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Re: Janícula - episodio 1 (Suspense/CienciaFicción)

Mensaje por Shigella » 22 Ene 2013 13:45

De momento me he leído sólo la primera parte, pero me ha gustado.

Lo único, si lo de la portada son glóbulos rojos, tienen muchas aristas en vez de ser más redonditos, a mí me parecían fichas de casino :cunao:
Imagino que serán glóbulos rojos mutados o de algún tipo de androide futurista o algo similar... ya nos enteraremos del porqué de la portada.

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