Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato)

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m.lozano91
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Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato)

Mensaje por m.lozano91 » 23 Oct 2013 07:19

Aquella madrugada, la última de su vida, el señor Lucas Mateo Arrieta despertó sobresaltado. Su habitación aún se encontraba en penumbras y apenas podían distinguirse las siluetas de los objetos en ella. Ensopado en sudor y atontado por los efectos de una noche de mal sueño, se sentó en el medio de su cama enorme y señorial, una isla de sábanas blancas en medio de aquel mar de tinieblas.

El señor Arrieta no era una persona supersticiosa. Nunca lo había sido. Pero aquella madrugada, última de su existencia en este valle de lágrimas, ahí sentado como náufrago en la isla de su cama, recordó a su abuela Esperanza. En específico, recordó la tarde de octubre en que la halló sentada en su mecedora del jardín, viendo los daguerrotipos antiguos de sus padres.

-Fíjese, hijito -le dijo ella con una sonrisa mal simulada en el rostro-, que hoy por la madrugada me desperté agitada... -hizo una pequeña pausa. Tomó aire y prosiguió-: Vi a mis papás al pie de la cama. Ya sabe lo que dicen cuando eso pasa: que han venido a traerlo a uno. Así es que...

Él la cortó en seco.

-¡Ay! ¡Por favor, abuela! Ya estás vieja para seguir creyendo en esas estupideces que la gente cuenta -le reclamó con aire de indignación-. Sólo venía a recordarte de la cena que mis papás darán esta noche en la casa. Será a las siete. Ahí te espero.

Sin dar tiempo a que su abuela le dijera nada más, dio media vuelta y emprendió hacia la calle, todavía molesto por sus “fantasías pueblerinas”, como él las llamaba.

Al anochecer, seguro de que su abuela aparecería como siempre y él podría recibirle con un “te lo dije” socarrón, el entonces joven Lucas Mateo se plantó en la puerta de su casa. Aguardó por casi tres horas, inconsciente del tiempo que llevaba ahí parado, hasta que la despedida del primer invitado en irse le hizo caer en la cuenta de la hora que era: Las diez de la noche. A todo esto, ella no había aparecido.

Negando con los labios, pero dudando en su fuero interno, Arrieta decidió coger el teléfono y llamar a la casa de su abuela. Sonó una vez, otra más. Sonó incluso hasta por una tercera ocasión. Nada. Nadie contestó. “¡No puede ser!”, se dijo para auto-convencerse, “¡Seguro que la vieja me está haciendo la jugarreta!”. Decidió ir caminando hasta el viejo caserón de lámina en que vivía la anciana.

Al llegar, el corazón le dio un vuelco al encontrarse con todas las luces apagadas. Inclusive el bombillo de la entrada, que su abuela tenía por costumbre dejar encendido durante toda la noche, estaba a oscuras. Se acercó a la puerta y entornó el pomo. Estaba sin llave ni pasador, cosa que tampoco era usual en su abuela. Con el corazón en la boca, y sintiendo que el pulso le iba a estallar en los oídos, decidió entrar.

El interior estaba, como era previsible, completamente oscuro. Tampoco se escuchaba ruido alguno. Ni siquiera los tradicionales ronquidos de la niña Esperanza, famosos en toda la cuadra por asustar a los que, de madrugada, pasaban desprevenidos frente al caserón. Solamente había algo perceptible. Perturbador, pero claramente perceptible: un fuerte olor a flores frescas.

Instintivamente, presintiendo el desenlace inexorable de aquel episodio, el joven Arrieta se adentró por el largo pasillo que conectaba el recibidor con el jardín en el que, tan solo unas horas antes, había dejado a su abuela. Efectivamente, ahí la encontró, sentada en la mecedora, como dormida, con una sonrisa en el rostro, abrazando con ambos brazos el daguerrotipo de sus padres y apretándolo contra su pecho.

Así había de recordarla Lucas Mateo Arrieta, décadas más tarde y en la antesala de su propia muerte.

En aquellas cavilaciones estaba el anciano Arrieta, cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por la sensación de que alguien le observaba desde lo más profundo de la oscuridad de su habitación. Como hemos dicho, no era un hombre supersticioso, pero el recuerdo de su abuela muerta y el conjunto de circunstancias que lo rodeaban, habían conseguido ponerle la piel de gallina.

Superando el estupor que lo mantenía inmóvil en la seguridad de su isla de sábanas blancas, extendió la mano a un costado de su cama para encender la lámpara de su mesa de noche. Apretó el interruptor y... nada, no encendió. “¡Perfecto!”, dijo entre dientes. Tratando de calmarse a sí mismo, como lo había hecho aquel día en que su abuela se durmió para siempre en su mecedora del jardín, en medio de carcajadas nerviosas, pronunció en voz alta:

-¡Esta broma ya estuvo buena! Me voy a dormir de nuevo y no estén molestando.
Se acomodó nuevamente en su cama, se echó encima las sábanas y cerró los ojos con la esperanza de quedarse dormido de una vez por todas. En algún momento, pensó en recitar un Padrenuestro, pero recordó que hacía ya muchos años desde que había decidido proscribir la religión de su vida. “La religión no es más que la superstición institucionalizada”, se le había escuchado decir una y mil veces a lo largo de su vida. Optó por contar ovejas: una, dos, tres, cuatro... Llegó a la número mil sin poder dormirse. Aún tenía la sensación de que alguien le observaba desde la oscuridad.

De pronto, en ese silencio típico de la madrugada, escuchó música. “De seguro son los borrachos de los vecinos en una de sus juergas”, se dijo en otro intento vano por tranquilizarse. Pero la música no se escuchaba en la casa vecina. No. Se escuchaba debajo de él, ¡en la primera planta de su propia casa! Sintió que el poco control que había recuperado, a base de sus escuetas auto-terapias, se le iba de las manos nuevamente. No sólo de las manos: de los brazos, de las piernas, de la cabeza. En fin, del cuerpo entero, que lo sentía helado y entumecido.

Decidió que era suficiente. De un solo tirón, se quitó las sábanas de encima, se sentó en el borde de la cama, se puso sus zapatillas y caminó a tientas en la oscuridad de la habitación. Llevaba un paso lento y trastabillante, pero decidido. Así lo vio su abuela, sentada en el sillón colocado en un extremo de la habitación, cuya presencia no alcanzó a advertir Lucas Mateo Arrieta, sino hasta que ya era demasiado tarde.

El anciano abrió la puerta de su dormitorio y salió a la espléndida, aunque vetusta, sala de estar de la segunda planta. El sonido de la música le llegó claramente y le inundó los oídos: era una especie de Fox-trot destemplado, como de película vieja. En simultáneo con la música, se escuchaba claramente el taconeo de múltiples zapatos, como si todo un cuerpo de danza estuviera en la primera planta.

Arrieta ni siquiera pudo tragar saliva: la boca se le había secado del susto. Sintiéndose encajonado entre las ideas de asomarse a ver qué era aquel jolgorio o volver a su habitación oscura y lúgubre en donde se sentía observado, optó por lo primero, con la esperanza de que el sonido de aquella orquesta, y el bailoteo trepidante que hacía retumbar la casa, fueran sólo producto de su imaginación.

Descendió las escaleras con sumo cuidado, tratando de no hacer ningún ruido que alertara a los intrusos. Al llegar al rellano de las mismas, desde el que se alcanzaba a ver todo el salón principal de la primera planta, Lucas Mateo Arrieta palideció como si hubiera visto un muerto. En realidad no había visto uno, sino muchos: toda su parentela muerta estaba ahí, en una quermés de ultratumba, amenizada por la música destemplada que había escuchado desde la segunda planta y que venía quién sabe de dónde.

Ahí estaba, por ejemplo, su tía Carolina Esmeralda Arrieta y Barillas, bailando con un solo pie, porque el otro se lo habían tenido que quitar antes de morir, a causa de una diabetes mal cuidada. Estaba también su primo José Javier Laínez Arrieta, que se empinaba a la boca una botella de un líquido de color verde transparente, el cual se le colaba por un orificio de bala que tenía a un costado de la garganta. Del otro lado del salón, comiendo de a galán con su glotonería característica, estaba su abuelo Felipe Arrieta, obeso como él solo, que había muerto hacía ya bastantes años de un infarto súbito.

Aquella visión terrible habría nublado cualquier pensamiento de cualquier hombre sensato. Pero Lucas Mateo Arrieta no era un hombre sensato, y aunque había perdido todo el color de su rostro y lo había cambiado por el color del mar de sábanas de su cama, alcanzó a pensar que le parecía extraño que su abuela Esperanza no estuviera en medio de aquel desmadre fúnebre.

No había pasado ni un minuto desde que aquel pensamiento se le había cruzado, cuando giró su cabeza hacia las escaleras que llevaban desde el rellano hacia la segunda planta, y vio a su abuela, que venía bajando abrazada del daguerrotipo de sus padres. Con una voz apagada y seria, la anciana translúcida le dijo:

-Me mandaron a traerlo del otro lado, hijito. Pero como yo sé que usted no cree en las fantasías pueblerinas de su abuela, pues me traje a toda la parentela. Tal vez ellos sí lo convencen -sentenció haciendo un gesto de resignación. Y añadió-: Alístese, que ya nos vamos.

Se dio media vuelta sin darle tiempo a contestarle y emprendió rumbo a la salida, seguida por todo el desfile de la parentela de ultratumba. Levantado por un concierto de manos transparentes, iba Lucas Mateo Arrieta, con el gesto descompuesto e inmóvil por el estupor.

Horas más tarde, cuando el alba ya había clareado, Márgara, la señora octogenaria que había trabajado por varias décadas con la familia Arrieta y que aún trabajaba para Lucas Mateo Arrieta, encontró su cuerpo tirado en el rellano de las escaleras. Encima de él, observándolo todo con una sonrisa cómplice y pícara, estaba el daguerrotipo de su abuela Esperanza.

FIN

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lucia
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Re: "Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta" (Rela

Mensaje por lucia » 23 Oct 2013 21:20

Me gusto, sí señor. Tiene un puntillo macabro de lo mas majo y la historia está bien relatada :mrgreen:

m.lozano91
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Re: Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato

Mensaje por m.lozano91 » 24 Oct 2013 21:17

Muchas gracias por tu comentario, Lucía. Me alegra que te haya gustado :D

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Rolimer
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Re: Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato

Mensaje por Rolimer » 26 Oct 2013 21:25

Muy buena, me dio como unos escalofríos a la mitad de la historia, y terminó con un simpático final. Este es del tipo de relatos que aligeran un poco esa fea sensación que tiene uno al pensar sobre la muerte.

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forus,legolas
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Re: Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato

Mensaje por forus,legolas » 27 Oct 2013 13:55

No entendí. Cual fue el pecado de el señor Lucas Mateo Arrieta.
Por que, no se fue con una sonrisa.?
El día de la fiesta, el la espero en la puerta.
Forus Legolas.

De un acaro a su acarosita.
_Ven .
_Hagamos el amor detras de un alfajor.

m.lozano91
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Re: Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato

Mensaje por m.lozano91 » 27 Oct 2013 16:58

Gracias por tu comentario, Rolimer. Yo tuve la misma sensación mientras lo escribía.

forus,legolas escribió:No entendí. Cual fue el pecado de el señor Lucas Mateo Arrieta.
Por que, no se fue con una sonrisa.?
El día de la fiesta, el la espero en la puerta.


En sentido estricto, lo que le pasó a Lucas Mateo Arrieta no fue un castigo. No es que su abuela haya regresado para castigarlo. Su abuela vino a "traerlo" en el día de su muerte, tal como a ella la vinieron a traer sus padres. El asunto está en que Lucas Mateo Arrieta era un hombre incrédulo, y su abuela, temiendo que él no creyera que había venido por él, decidió regresar con todos sus parientes muertos para que él se convenciera por sí mismo.

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Shimoda
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Re: Las fantasías pueblerinas de Lucas Mateo Arrieta (Relato

Mensaje por Shimoda » 11 Nov 2013 05:44

Felicitaciones, muy buen relato :eusa_clap: :eusa_clap: :eusa_clap: .
Cariños y :60:
¨Justifica tus limitaciones, y ciertamente las tendrás¨ Richard Bach

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