CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto - Berlín

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Ratpenat
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CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto - Berlín

Mensaje por Ratpenat » 01 Ene 2015 10:31

De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Era una tarde de finales de diciembre cuando mi tío, que era alto y guapo como un actor de cine francés, llegó conduciendo un descapotable rojo, bajo un cielo preñado de nieve. Sentada a su lado iba una rubia despampanante, que se enlazó a su cintura nada más poner el pie en tierra. En su mano libre mi tío cargaba un gran paquete para nosotros.
En mi recuerdo aquellos inviernos eran muy helados, el aire era más puro y cuando llovía el agua estancada iba formando finas pátinas de hielo. Entonces los niños éramos como gatos callejeros: ignorábamos el frío y jugábamos en la calle hasta que se moría la tarde, entonces nuestra madre se asomaba a una ventana y gritaba nuestro nombre a pleno pulmón todas las veces que hiciera falta: no había escondite posible para el grito materno. Si la llamada nos encontraba en mitad de un duelo de pistolas nos encogíamos de hombros y nos perdonábamos la ofensa; en el caso de que el grito se escuchase en mitad de una contienda entre indios y soldados, si daba tiempo se le rebanaba el pescuezo al soldado molesto, o se le cercenaba la cabellera al indio cabrón, si no daba tiempo, se guardaban los cuchillos de madera y se dejaba el baño de sangre para el día siguiente.
Aquella tarde andaba yo en la ardua tarea de robar una diligencia blindada, subida a lomos de mi caballo Anacleto y en lo alto de un cañón, cuando mi madre berreó que subiera de manera inmediata. Subí enfurruñada, pero mi expresión cambió cuando, al entrar en casa, vi que el dios más hermoso de Asgard me esperaba con los brazos abiertos para recogerme entre ellos. Cuando bajé de los cielos vi que llevaba una rubia colgando del brazo y sentí el aguijón de los celos en mi corazoncito de siete años. La rubia en cuestión dijo llamarse Colette y nos contó, en un español que bien podría haber sido de Guadalajara, que era de Toulouse. Mi padre afirmaría años más tarde que nunca había visto unos muslos mejor torneados; a mi madre en cambio la chica, que se presentó con minifalda en pleno diciembre, le pareció una fulana gabacha, así lo dijo mientras golpeaba con furia una pastilla de turrón de almendras. A mi esta definición, por lo inusual, me pareció tan enigmática que luego, hallándonos todos sentados a la mesa, le pregunté a la rubia que si le gustaba trabajar de fulana gabacha y como ella sonrió y su sonrisa me pareció bellísima di por hecho que su profesión le encantaba.
Por aquellos días yo andaba locamente enamorada de mi tío. Ninguno de los más fieles generales de mi tropa podía competir con su porte, su elegancia, sus modales de gentleman, la delicada blancura de sus manos. Adoraba sus visitas sorpresivas, sus regalos costosos que nunca valían para nada, adoraba sus abrazos. Luego, para mi desdicha, mi tío desaparecía durante meses. Tiempo después entendí la relación existente entre las ausencias de mi tío y unos extraños paquetes que mi madre llevaba personalmente a cierto lugar. Esos paquetes casi siempre contenían lo mismo: una camisa blanca, jabón, cuchillas de afeitar y cajetillas de tabaco.
—¿A dónde llevas esas cosas, mami?
—Son para las monjitas, nena. Que son muy pobres.
—¡Ah!
Y aunque la imagen de las monjitas medio desnudas afeitándose la barba con el cigarrillo colgando de aquellos labios castos, creados únicamente para la oración, me perturbó ligeramente, creo que lo que más me sorprendió de la respuesta materna fue el descubrimiento de que existiese gente más pobre que nosotros, que éramos nueve y todavía comíamos en una mesa endeble de un metro y medio devorada por la carcoma, un mueble quejumbroso cercano al derrumbe que bailaba al compás de las sillas. Supongo que por este motivo cuando mi tío aparecía con nuevos regalos todos saltábamos de alegría. En esta ocasión el obsequio en cuestión era un reloj de cuco: una exquisita pieza de madera tallada, que anunciaba las horas y las medias horas de una manera simpática y escandalosa.
Aquella tarde todos colmamos de alabanzas la labor del lindo pajarito: su belleza, su gracilidad, su exactitud; pero cuando llegó la noche y el animal se asomó doce veces para ilustrarnos de que por fin habíamos llegado a la medianoche, el mayor de mis hermanos, que se levantaba a las cinco y esperaba la llegada de Morfeo desde las nueve con los ojos ensangrentados de sueño, se levantó colérico, anunciando que si el jodido pájaro de los demonios volvía a aparecer para anunciar algo, iría de cabeza por el balcón.
Personalmente a mí el pajarillo de marras no me parecía demoníaco en absoluto, pero otro de mis hermanos, que por aquellos tiempos leía a un tipo pálido y cabezón que escribía sobre entierros precipitados, gatos oscuros y corazones chivatos, me comunicó que tenía la sospecha de que aquel bicho se había escapado del mismo averno para espantar a sus reales majestades.
Esta afirmación lapidaria me sumió en un mar de confusiones. No podía dejar de pensar en mi maletín de enfermera, aquel regalo navideño que con tanto ardor esperaba yo y el resto de mi tropa. Un maletín que contendría los instrumentos necesarios para amputar una pierna gangrenada, extraer una bala en mitad de un bombardeo o aliviar a un quemado de la tortura del fuego; ese maletín no iba a llegar jamás, no llegaría porque el pérfido cantor asustaría a los camellos con su trino escandaloso y los mansos dromedarios se precipitarían, enajenados, escaleras abajo y se romperían las piernas y sus majestades nos borrarían para siempre de la lista de beneficiarios de su generosidad. Debíamos deshacernos del bicho y nadie más apropiado que mi hermano, que leía aquellos libros extraños. Así se lo hice saber, haciéndole partícipe de mi hondo pesar.
—Entiendo tu preocupación—dijo acariciando la pelusa incipiente de su bigote—. El diablo a veces adopta formas diversas para enredarnos.
Este hermano mío era un sujeto de frases lapidarias, piernas muy largas y orejas algo separadas. Yo sentía verdadera fascinación por él, porque hablaba poco pero siempre decía cosas sumamente profundas e interesantes. Una biblia y agua bendita, dijo él al rato y dicho esto se abismó nuevamente en su letargo.
El asunto de la biblia no me pareció descabellado, pues mi madre guardaba un viejo ejemplar de mi abuela, pero lo del agua bendita me preocupó un poco más. ¿Nos sirve ese anisete que toma mamá mientras escucha la radionovela de las cinco? Siempre dice que es cosa bendita, sugerí. Mi hermano, tras sopesar la solución alternativa, se encogió de hombros y yo lo tomé como un gesto afirmativo.
La noche de autos vino a despertarme a la hora convenida, portando una vela, cerillas y el libro sagrado. Ya nos disponíamos a leer el salmo correspondiente para devolver a las profundidades estigias a aquel ser impío, cuando de pronto sonó por dos veces el timbre de la puerta.
¡Vaya por dios! dijo mi hermano, y no nos quedó más remedio que escondernos bajo los faldones de la mesa. ¿Quién será a estas horas? Dijo mi madre. Es muy tarde, dijo mi padre con su voz cazallera, y añadiendo «ya abro yo» se dirigió a la puerta, vestido tan sólo con unos calzoncillos llenos de zurrapas.
De manera prudente preguntó «quién es» y tras la madera se escuchó un lamento de gato despellejado. Alguien llora, le comunicó a mi madre y ella respondió: «pues ábrele, coño», y como los deseos de mi madre siempre eran órdenes, mi padre descorrió el cerrojo, soltó la cadena y sin encender las luces abrió la puerta y cuando la puerta quedó de par en par una exclamación de todo punto asombrosa escapó de su boca: ¡Por todos los diablos del infierno! Exclamó agarrándose el pecho con las uñas y la exclamación rebotó contra las paredes oscuras del rellano y las palabras retumbaron en la noche y el eco las multiplicó.
Como el autor de mis días no era ni mucho menos un individuo asustadizo, que era, por el contrario, un hombre aguerrido y valiente, la sola mención del diablo y sus dominios erizaron todos los vellos de mi cuerpo, mas no se deja a un padre solo ante un peligro de esa magnitud, así que muerta de miedo salí de mi escondite y me cobijé bajo sus piernas temblorosas, para proporcionarle apoyo moral, pero… ¡Ay! Lo que vieron mis ojos no lo olvidaré nunca en la vida: allí, iluminada por la parpadeante y mortecina luz de la escalera, se encontraba, oscura y replegada como un cuervo negro, la anciana del segundo piso. Debo anunciar, antes de continuar con este relato, que por aquellos tiempos sentía yo un terror angustioso por los ancianos, un miedo visceral que me sacudía el cuerpo entero cuando me asomaba a aquellas bocas desdentadas con olor a muerte inminente, bocas como sepulturas negras, como túmulos removidos.
Aquel ser enjuto como una caña de bambú, con olor a orines y enlutado de arriba abajo venía a pedir un pañuelo para amortajar a su esposo, que había fallecido y al que no había forma humana de cerrar la mandíbula. Detrás de mí apareció mi madre, con su viso negro de encajes y sus zapatillas rosas de pompones y tras ella toda la prole, pero nadie supo aportar una solución para doblegar el rigor mortis del finado, hasta que mi hermano, aquel joven taciturno y pensador, salió suspirando de su escondite y abriéndose paso entre la turba dijo algo que no olvidaré jamás: yo tengo una soga guardada en mi cajón. Al otro día me contó que la boca del anciano se mantuvo abierta mucho rato como si tuviese algo que decir.
El tema era inquietante, sí, pero a mí lo que me atormentaba de veras era la llegada de sus majestades. No tenemos tiempo para erradicar el mal, dijo mi hermano, pero podemos vigilar su llegada para prevenirles. Cuando el pájaro cante doce veces nos reuniremos bajo la mesa. Y así fue.
El pájaro cantó las doce, las doce y media, la una y ya comenzaba yo a entrar en una especie de estado hipnagógico cuando mi hermano, para amenizar la espera, me hizo partícipe de un relato de terror que había leído aquella tarde: trataba de una bella mujer que volvió a su casa con gusanos enredados en el pelo, porque su esposo, que no conseguía lidiar con el dolor de la perdida, la llamaba constantemente ¡Oh!, dije yo y añadí: ¿Cómo debe ser la muerte? La muerte siempre se presenta de luto y está encorvada por el tiempo que lleva caminando, dijo él. Yo tragué saliva, porque recordé a la anciana del segundo piso.
Cuando el pájaro anunció las dos, una luz muy tenue se coló por debajo de los faldones de la mesa y mi corazón latió como loco. ¿Serán ellos? le susurré bajito a mi hermano. Tras la luz se oyó una voz sofocada, un gruñido adormilado, pasos arrastrados, luego un golpe y una queja de dolor, el sonido de más pasos amortiguados, ruido de envoltorios, el sonido crujiente del papel al ser cortado, más pasos y de pronto la mesa carcomida tiritó y bailó como bailaba cuando nos sentábamos todos a cenar. Mis ojos desorbitados no entendían nada. De pronto una mano levantó con cuidado una silla, luego otra, se oyeron más risas sofocadas y finalmente el sonido de cristales al entrechocar. Chin chin. ¿Un brindis? No entiendo nada, le dije a mi hermano y él me sonrió, divertido, mientras me colocaba el dedo índice sobre los labios conminándome al silencio más absoluto. Sonreía aún cuando me señaló algo que asomaba por debajo de la mesa: era una zapatilla rosa, era la zapatilla rosa con pompones de mi madre.
Hace unos años me confesó, entre risas y un café, que aquella noche se divirtió muchísimo, pero después se arrepintió un poco. Hoy, ese hermano que todo lo arreglaba, es una de esas sillas vacías, uno de esos abrazos insustituibles, una ausencia.
Y así fue como la Navidad perdió todo su encanto.

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Tolomew Dewhust
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Tolomew Dewhust » 01 Ene 2015 10:56

:164nyu:
Tengo un castillo con ventanas a la mar y una puerta sin portal,
si te gusta, es tu castillo.

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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Sinkim » 01 Ene 2015 23:43

Me ha gustado este relato, tiene momentos muy simpáticos como la aparición del tío con su amiga y las monjitas afeitándose :cunao: :cunao:

Me ha chocado un poco la frase final que pega un giro tan brusco al tono, más o menos, alegre del resto del relato :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Shigella » 02 Ene 2015 12:52

Sinkim escribió: Me ha chocado un poco la frase final que pega un giro tan brusco al tono, más o menos, alegre del resto del relato :D
Jo, a mí me ha pasado al revés, estaba disfrutando con la siniestrez de la vecina anciana y su marido rígido, el hermano sombrío lector de Poe (que me ha recordado a mí misma con 14 años) y el final descubriendo que los Reyes son los padres se me ha hecho demasiado realista, incluso simpático, con las zapatillas de pompones rosas y el hermano divirtiéndose.
Esperaba algo más de la vecina, del tío, del ambiente de terror... no sé, me he quedado interruptus. :|

Lo mejor, lo de las monjitas afeitándose.

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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Orr » 02 Ene 2015 13:56

Me ha gustado. Está bien escrito. La parte que más me gustó fue la de la vieja :cunao: . El problema es que me quedé un poco "colgado" porque empiezas hablando del tio y la "fulana gabacha" pero luego desaparecen del relato para no volver. Y ese final también me ha dejado un poco descolocado.
Saludos.
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por barrikada » 02 Ene 2015 16:44

Primer relato que leo (con mi maravilloso aparatito, de tacto suave. Lo amo, os podéis pasar por el hilo Kobo que tenemos) y aovillado me he quedado.

Cuando leo este tipo de relatos me digo a mí mismo... ¿Y para qué demonios me he atrevido a presentar algo? Veo -bueno, leo, ya sabéis- mucha mano para escribir y un estilo impresionante con muchas coletillas que le dan al relato mucha personalidad. Ese detalle de las comparaciones y expresiones originales me ha llamado mucho la atención. Eso sí, eso de que el cielo esté preñado de nieve.... No sé, no sé, no sé...

Debo ser un poco corto, porque he tenido que leer el final tres veces para entenderlo bien. El tema del vecino, la gabacha me ha descolocado muchísimo. Es más, estaba convencido que algo tendrían que ver con el final. También he visto tantos y tantos detalles que brillan por sí mismos, que estoy deseando releerlo de nuevo para poder aportar algo más de luz. El hermano me parece un grandísimo personaje, así como sus frases. La dosis del final melancólica, también me ha encantado. Gran trabajo, autor, muy buen trabajo, enhorabuena!
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por ukiahaprasim » 03 Ene 2015 00:10

Pues a ni este relato me suena un poco a "no-se-muy-bien-que-quiero-contar"... y voy tirando por la calle de enmedio... que si un hermano, que si una fulana, que si el maletin de enfermera, que si el otro hermano, que si la vieja, que si nos escondemos debajo de la mesa... que si ahora un toque nostalgico (esto ultimo con pinta de ser algo autobiografico)..

... y fue asi como este relato perdió su encanto... entre tanta dispersion.... muchos frentes abiertos, y muy pocos culminados...

En lo formal, algunas cosillas sueltas... lo mas clamoroso, la indecision de como plantear los dialogos en el texto... a veces con rayas, a veces en medio del parrafo.. en estos casos, a veces con comilla latina, a veces sin nada...

y lo que es peor: «quién es» .. «pues ábrele, coño»... esas mayusculas... :no: :no: :no:

Tiene madera el relato, pero está sin tallar...

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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por joserc » 03 Ene 2015 10:09

Este relato es un trozo de vida. A medida que lo iba leyendo me imaginaba a ese relator enfrente mío, sentados los dos delante de un café en una terraza a media tarde, desgranando trocitos de recuerdos, buenos y malos. Este escrito sería uno de esos trocitos.

La sensación es como si te enseñaran fotos antiguas y te contaran quién era cada persona en blanco y negro. Pocas personas enseñan sus fotos y mucho menos hablan sobre ellas.

Siempre que leo algo que pertenece al interior más profundo digo lo mismo: sois muy valientes mostrandoos así y aquí no caben análisis de ortografía y estructuras.

Gracias por compartir.

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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Yuyu » 03 Ene 2015 11:15

Una manera muy elegante de contar el descubrimiento de los verdaderos reyes magos. He de confesar que leí dos veces el final porque la primera vez no caí en que estábamos en la noche de reyes.
Se me quedó un poco descolgado el personaje del tío que parece va a tener más protagonismo y al final no es así. A la anécdota del finado tampoco le veo conexión con el argumento, quizás solo el susto para la prota.
Por otra parte me gusta como el reloj de cuco va marcando las horas y los acontecimientos. El final me encanta, con la silla vacía del hermano y la vuelta al título.
En resumen me gusta el principio y el final, el nudo no. Muy bien escrito, mucho vocabulario.
Buen relato, gracias por compartirlo. :60: :hola:
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por iliada » 03 Ene 2015 19:49

En general me ha parecido un conjunto de recuerdos del autor bien contados pero que podrían estar mejor hilados entre sí. Algunos párrafos y algunos hilos argumentales como por ejemplo el del tio que desaparece cada 7 meses y los paquetes que lleva la madre (a donde? no he conseguido saberlo), quedan sin explicación y sin integrarse bien en la historia.
Todo desemboca en la niña con el hermano debajo de la mesa y en como descubre quienes eran los reyes, un punto de nostalgia final para terminar un buen relato.

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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por ukiahaprasim » 03 Ene 2015 21:20

Creo que los paquetes iban a la carcel, Joy..

Ukiah

Enviado via TamTam. (Olvidé la yesca en casa, así que las señales de humo están descartadas hoy).
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Topito » 04 Ene 2015 13:26

A pesar de lo bien que escribes, me resulta tedioso el uso excesivo de subordinadas que tiene el relato y la escasez de frases cortas. Disipa mucho la historia a contar e impacienta al lector, pues no sabe que es lo que realmente quieren contarle.

Sigo pensando que este tipo de narración es más propia para una novela, pero intercalando frases cortas para no saturar al lector. Defines bien a los personajes, pero tampoco es esencial para la historia.

Eso sí, a jilguero le vas a enamorar.

Es una opinión y, por tanto, puedes ignorarlo.

Gracias por tu relato, compi.
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Berlín » 04 Ene 2015 17:30

Uf, podrías al menos haber separado un poco los párrafos. Me ha dado miedo entrar, porque me ha dado la impresión de que el relato me iba a tragar de tan espeso que lo he visto desde fuera.

Muy ñoño para mi gusto, pero es que yo este año he optado por la sangre, por litros y litros de sangre coagulada y putrefacta...

Pero en fin, al menos el título te lo has currado un poco y no sale ningún fun fun fun y eso es meritorio.
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Estrella de mar » 05 Ene 2015 13:29

Ay, plumita, que me comería tu relato, pedacito a pedacito. Para mí es una maravilla. Habría leído treinta páginas más de aventurillas así en la gloria bendita. :lol: Quiero releerlo para degustarlo a fondo pero la niña ya me ha conquistado. Y ese hermano tan enigmático, "pensador taciturno", pá qué te cuento. :lol: Me ha dado mucha penita el final. :( Pero el relato demuestra que es una ausencia con una huella muy presente.

Gracias por plumearnos, cálamo vivo. :lol:
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Re: CN3 - De cómo la Navidad perdió todo su encanto

Mensaje por Nínive » 05 Ene 2015 18:34

Aquí se da puntadas maravillosas, pero sin tener claro qué se quiere bordar. Es lo que tienen los recuerdos, que para el protagonista todos tienen sentido, un hilo conductor... Pero el lector puede perderse en la prosa y no encontrarse.
Eso sí, hay frases y detalles que brillan con luz propia.
Un abrazo :60:
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Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...

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