CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas - Topito

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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Ratpenat
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CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas - Topito

Mensaje por Ratpenat » 01 Ene 2015 10:43

Juramentos de latón y plateadas promesas

Estamos celebrando la Nochebuena cuando le digo a mi mujer que estoy enamorado de otro hombre. Ella me mira, indiferente, para después continuar sorbiendo la sopa con parsimonia, como si nunca la hubiera hablado. Yo me quedo quieto, observándola, pensando si Gabriel tenía razón y yo estaba equivocado.

—¿Realmente crees que va a reaccionar?
—¿Por qué no lo iba hacer? —contesté.
—José, desde que te conozco, siempre has sido muy ingenuo con tu mujer.

Las agujas de mi reloj avanzan, lentas, pausadas, casi como si navegaran por un espacio eterno e infinito y quisieran detener el tiempo.

—Gabi… nadie puede ser impasible ante un tema como este.

Sin embargo, el tiempo no se detiene y corre, vuela, gira a nuestro alrededor, mientras contempla, intrigado, como observo a mi mujer comer frente a un plato ya vacío.

—¿Un tema? ¿Lo nuestro es un tema? —me dijo, incorporándose.
—Gabi…, cariño…, tú sabes que no he querido decir eso.
—¡Claro! Tú nunca das una puntada sin hilo… ¿verdad?
—Cariño, sabes bien que para mí es mucho más que un tema.
—Siempre me dices lo mismo, pero…

En realidad, no le mentía. Nuestra relación era mucho más que un simple tema, nada que ver con las que le precedieron. Desde que le conocí en aquella habitación del hospital, cuando me anunció el nacimiento de mi hijo, nuestros encuentros habían sido excitantes, frenéticos y prohibidos. Hasta tal punto fue así que se convirtieron en musa de mi inspiración, aquella misma que se desvaneció tras mi matrimonio y que ahora había regresado a mí.

—Gabriel, te juro que es así.
—No jures, José, si no es cierto.
—Es cierto. Por eso… se lo voy a decir a mi mujer.
—Claro, como cuando me juraste que te dejaría tras la publicación de nuestro libro —me dijo, azotándome con sus palabras.
—Aquello fue diferente. Pensé que me dejaría tras leerlo. —Callé mientras buscaba las palabras adecuadas—. Pero ella… no comprendió mi intención al escribirlo.

Lo cierto era que mi mujer nunca leía mis novelas.

—José, ¡por el amor de Dios!… ¿Cómo lo iba a comprender si escribiste una novela de ficción?
—Eso no es cierto y tú lo sabes. Acabas de decirlo: era nuestro libro y en él expuse mis sentimientos hacia ti.

Gabriel, justo un año antes de publicar aquel libro, comenzó a alejarse de mí, pues ya no soportaba tenerme en contadas ocasiones. Él necesitaba más. Mucho más. Aunque yo… no pudiera dárselo. Por ello, no tuve más remedio que urgir la forma de retenerlo. Y ¿qué mejor manera de hacerlo que escribir un libro sobre nuestro amor? Era la mejor opción, pues él amaba la literatura y a mí por ser escritor.

Gabriel se levantó de la cama y caminó hasta la ventana.

—Cariño… No te vayas de mi lado y escúchame: sabes que aquel libro era mi declaración de amor…

Sin girarse, mientras contemplaba la calle, me interrumpió.

—José… ¿No comprendes que las declaraciones se deben decir y no escribir?
—Pero tú sabes que yo soy escritor —respondí, mientras me levantaba y caminaba hacia él.
—No siempre puedes esconderte tras una hoja de papel…
—Pero lo mío es escribir, Gabi. No hablar.

Entonces, le abracé por la espalda y sentí el calor de su piel contra mi pecho.

—Algunas veces… uno debe ser valiente y enfrentarse cara a cara a sus sentimientos —me respondió, agarrándome las manos y apretándolas contra su pecho.

Yo le besé en el cuello y, mientras le acariciaba, se fue desvaneciendo la luz del atardecer que entraba por la ventana, permitiendo que la penumbra avanzara lentamente hacia la cama. Luego, una vez la oscuridad se adueñó de la habitación, regresamos a ella.

—José... —me dijo Gabriel.
—¿Sí?—pregunté, mientras deslizaba mi mano por su muslo.
—¿Me amas?
—¡Claro! —respondí—. ¿Cómo no lo iba hacer? —añadí, sintiendo su erección.
—Debes decírselo…
Gabriel abrió sus piernas y yo me deslice entre ellas.
—José…, si me amas: debes decírselo.
—Lo haré —respondí, justo antes de llenar mi boca.

Lo cierto era que no me quedaba más remedio que confesárselo. Si no lo hacía… Gabriel me dejaría y mi inspiración se evaporaría tan rápido como las gotas del rocío tras la salida del sol.

—Cariño… ¿me has oído? —le pregunto, pero ella calla—. María… debemos hablar—le ruego, pero ella continúa sorbiendo la sopa, sin dar indicios de que vaya a responder—. No puedes ignorar lo que te he dicho —insisto, mientras extiendo el brazo hacia ella—. Estoy enamorado de otro hombre… De otro hombre… ¿Me has oído, María? —añado, tras asir su mano, deseando que deje de sorber una sopa que ya no existe.

Justo entonces, mi mujer se queda quieta, clavando su mirada en el plato, para después elevarla y clavarla sobre mí.

—¿Podemos marcharnos? —me dice con voz turbada.

En mis novelas… siempre me resultó sencillo encontrar el escenario perfecto para este tipo de escenas. Por ello, sabía que L’Arpége era perfecto para plantear el divorcio a mi mujer. María era discreta —así eran los de su clase— y nunca montaría una escena mientras estuviéramos rodeadores de otros comensales. Uno siempre debía guardar las apariencias y, ante todo, comportarse, dejando las riñas y reproches para la intimidad del hogar. Yo, con el tiempo, supe adaptarme, y María siempre me lo agradeció.

Tras conseguir el escenario idóneo, a pesar de las fechas y gracias a mi fama en este país, sólo restaba construir un buen diálogo. ¡Y doy fe que lo conseguí! Sin embargo, no consideré que mi mujer era autónoma y no uno de mis personajes. Por ello, ahora, estoy perdido y sin saber cómo actuar ante la página en blanco que María ha colocado frente a mí.

—Sí es lo que deseas, nos iremos.

Elevo la mano y llamo al garçon.

L’addition, s’il vous plait!
L’addition, monsieur?—me contesta, contrariado.
Oui, garçon —digo con voz áspera, tras su impertinente pregunta.

Una vez traspaso el umbral de la puerta los copos de nieve azotan mi cara. Me subo el cuello del gabán y resguardo mis manos en los bolsillos. Entonces, María se prende de mi brazo y siento el leve temblor de su endeble cuerpo.

—¿Quieres regresar al hotel? —le digo.
—Prefiero pasear, si no te importa.

Caminamos hasta el final de la calle, en silencio, escuchando el retumbar de nuestros pasos sobre el inusual adoquinado de la acera. Después, cuando nos encontramos frente a la fachada este de Los Inválidos, giramos hacia a la derecha, sin un rumbo fijo, dejando que nuestros cuerpos fluyan hacia la avenida de Maréchel Gallineni entre penumbras y tenues luces de farolas.

Una vez allí, María se detiene, para contemplar la dorada cúpula de la capilla de San Luis, que resplandece como un faro en medio de una tormenta.

—Bella —me dice.
—Sí —respondo.
—¿Sabes…? Estoy colmada de felicidad.
—¿Felicidad?
—Sí, José, felicidad.

Quisiera contestar, pero no puedo.

Ella me mira, sonriendo, como tantas otras veces lo ha hecho mientras paseamos por París.

—Estoy tan feliz de poder contemplar esta bella ciudad en tu compañía.
—Y yo —la contesto, como si fuera un autómata.
—Sólo falta Jesús y sería plenamente dichosa.

La miro, sintiéndome culpable de sus palabras.

Apenas una semana atrás, cuando terminé las extenuantes semanas presentando mi libro, alegué la necesidad de unos días de descanso e insistí que se reuniera conmigo. María, sin embargo, no quería pasar la Nochebuena alejada de nuestro hijo. Yo la persuadí, claro está, argumentando que deseaba celebrar las bodas de plata en la ciudad donde nos casamos.

Ella, por supuesto, no se pudo negar.

La abrazo y apoya la cabeza sobre mi hombro. Justo después, su cuerpo comienza a temblar y exhala un leve sollozo.

—José, continuemos —dice, ocultándome el rostro—. Hace demasiado frío para que nos quedemos quietos.

El gélido viento nos arrastra hacía el puente Alexander III. Una vez lo cruzamos, giramos hacia la derecha, y, paseando por la ribera norte del Sena, llegamos hasta el puente du Carrousel. Después, tras unos metros caminando, teniendo a nuestra izquierda la fachada sur del Louvre, nos topamos con el acceso hacia el muelle de las Tullerías.

Mi mujer, de improviso, se queda quieta y, contemplando la rampa, me dice:

—¿Te acuerdas?
—¿Acordarme?
—Sí, José. ¡Le Pont des Arts!
—¿El puente de las Artes? —digo, con un rictus de incomprensión en el rostro.

María, súbitamente, se suelta de mi brazo e inicia una frenética carrera con ademán juvenil. Yo me quedo quieto, aturdido, mirando cómo se aleja mientras deja sus huellas sobre el fino y níveo manto que cubre la acera.

—¡No se quede ahí, señor escritor! —me grita con voz juvenil, girando la cabeza y sin detenerse—. ¡Le Pont des Arts nous attend!

Mientras la observo, temo que se caiga, pues el suelo está cada vez más resbaladizo y mi mujer calza unos botines con un tacón demasiado alto para su edad.

Cuando reacciono, apenas han pasado unos minutos, pero María ya me lleva bastante ventaja. Así pues, inicio una rápida carrera para poder alcanzarla. Sin embargo, tras varias zancadas, noto como mi edad ancla mis pasos al suelo. Entonces, me detengo y tomo aliento, pues el frío ambiente asfixia mis pulmones. Al final, desisto en mi empeño y, mientras la contemplo alejarse de mí, decido caminar hasta la pasarela.

Una vez llego, la veo apoyada sobre la barandilla, en medio del puente de madera, con la vista hacia el cielo y los copos de nieve cubriéndole los hombros.

Camino hacia ella y me sitúo a su lado.

—María, por Dios, ya no somos unos jóvenes... ¡Podrías haberte caído!
—José, este es el puente —me dice, girándose y agarrando mis manos—. ¡Aquí es dónde me enamoré de ti!
—María, tenemos que hablar de lo que ha pasado en el restaurante.

Me suelta las manos y, mientras me quedo quieto, ella camina hasta un banco situado en el centro del puente.

—Aquí nos prometimos en matrimonio —me dice, sentándose sobre la nieve que cubre el asiento—. ¿Te acuerdas?... Te subiste y lanzaste mi nombre al cielo. —Por un momento, se queda callada—. ¡Fue un acto tan apasionado, José! —añade, cerrando los ojos.

A pesar de que haya pasado veinticinco años de aquello y los detalles se difuminen en mi memoria, intento recordar.

—¿Lo recuerdas… José?

Me siento a su lado y paso mi brazo por su espalda.

¿Lo recuerdas? —repite, reclinando la cabeza sobre mi hombro.

—Recuerdo… que había multitud de turistas a nuestro alrededor…
—Y ellos nos miraban…
—Y tú me pediste que me bajara…
—Y te bajaste…
—Entonces, me arrodille y te pedí la mano…
—Y después…
—¿Después…?
—Sí, José, después… ¿No lo recuerdas?

La miro desconcertado, pues mi memoria siempre fue más frágil que la suya.

—Después… pronunciaste aquella promesa.
—¿Promesa?
—Sí, mi amor. Una promesa aún mayor que la del matrimonio.
—No lo recuerdo.
—Sí, José. Tras sacar el anillo y ponérmelo en el dedo, me dijiste: «María, pase lo que pase, siempre estaré a tu lado».

Entonces, pienso en Gabriel y en la inspiración que se impregna en mi cuerpo en cada uno de nuestros encuentros.

—Cariño…, de eso hace mucho tiempo, ahora…
—¡José, no hables! —me pide, mientras posa su dedo sobre mis labios—. Sólo escucha.

A continuación, me mira y prende con delicadeza mis manos.

—José, nunca me han importado tus diversiones. Ni cuando escribiste aquella novela dándome a entender que ahora ocupaba el lugar un hombre y no una mujer. —Aparto mis manos de las suyas y clavo la mirada sobre mi regazo—. José, mírame —me pide, mientras aferra mi barbilla y me obliga a elevar la mirada—. Mi amor, en estos veinticinco años de mutua compañía, nunca has roto la promesa que enunciaste en este mismo banco. Ahora…, aquí, en el mismo lugar, te imploro que pronuncies una nueva...

—¿Una nueva? —pregunto con voz desgarrada.
—Sí, mi amor. Una nueva promesa.

Entonces, la miro, sintiéndome ingenuo frente a sus palabras.

—Prométeme que nunca más hablaremos de este tema.

Callo por respuestas.

—José..., por favor..., prométemelo… Prométeme que nunca más lo hablaremos…
—Yo…
—Prométemelo…
—María…
—José… —me dice, con lágrimas en los ojos.
—Te lo prometo —tartamudeo.
—¿Sí? —me dice, abrazándome.
—Sí —afirmo —. Nunca más hablaremos de este tema —añado, mientras pienso en Gabriel.

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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Gisso » 01 Ene 2015 21:29

De este relato me quedo con la ambientación y la forma de narrar del autor/a. Me ha gustado como nos paseas por la fría historia con gran calidez. En cuanto al tema tratado me he quedado un poco helado, está bien llevado, pero me esperaba algo más llegando al final, el resultado, por gusto personal, no me ha convencido. En cuanto al tema del concurso, ambientación justita y los nombres, bueno, tiene su aquel. Gabriel, como mensajero y "anunciador" de la nueva condición de José... Aunque yo lo veo más como un Judas :cunao:

¡¡¡Feliz año nuevo!!!

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joserc
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por joserc » 02 Ene 2015 10:26

No está muy relacionado con el tema del concurso, aparte del día en el que se desarrolla, que podría haber sido cualquier otro.

Me gustan las historias con muchos diálogos. Me parecen muy difíciles de armar y son muy legibles. Es un esfuerzo muy bueno, autor. Hay un detalle que no me ha gustado en esas conversaciones: llama demasiadas veces al interlocutor por su nombre ("José, creo que esto", "José, permanece a mi lado", etc.). Es un diálogo de dos personas, por lo tanto no debería hacer falta mencionar al otro tantas veces. Entiendo que es una forma de remarcar, de llamar la atención de quién está hablando sobre el otro, pero para mi gusto se hace demasiadas veces. Es mi gusto personal, claro.

Gracias por compartir.

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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Sinkim » 02 Ene 2015 14:09

Una historia curiosa, esperaba otro final pero parece que al final María se sale con la suya en detrimento del amor de José y Gabriel. Aunque no creo que dure mucho porque está claro que José hace mucho que no quiere a María.

Te ha faltado incluir algo sobre la infidelidad de María y la dudosa paternidad de Jesús :twisted:

Coincido con Joserc en lo de las repeticiones del nombre :D
Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:

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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Berlín » 02 Ene 2015 18:51

Pues si a María no le importa que José tenga un rollete con Gabriel "el anunciador" ¿Quien soy yo para preocuparme?
El amor es lo primero y no soy yo mujer que se escandalice por semejante fruslería.

Pues no sé, autor, me da que buscabas la originalidad, pero a mi me has dejado algo fría y es que esperaba otro tipo de desenlace.
Por otra parte me ha gustado mucho ese paseo por París, yo tengo alguna foto en ese puente.
Bueno, le daré otra pasada a ver si me haces cambiar de opinión. :60:
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Gavalia » 02 Ene 2015 19:34

Lo encuentro muy bien escrito aunque la historia es algo sosilla si me lo permites. La navidad no es que sea el hilo argumental del relato. Me parece bien que cada uno proponga lo que quiera pero creo que te lo valorarïa mucho mejor si te hubieras ajustado un poco o algo más al tema propuesto. Suerte con el resto de lecturas porque lo que yo diga no tiene por qué ser lo correcto no de lejos. Saludos autor.
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por ukiahaprasim » 03 Ene 2015 01:46

pues si... esta bien pensado y bien armado este relato, en el que un tal jose y una tal maria celebran sus bodas de plata bajo la sombra de Gabriel.....

imaginacion y redaños no te faltan para darle la vuelta a los cuernos mas famosos de la historia....

y al final, pase lo que pase, ellos siempre eligen quedarse...


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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Tolomew Dewhust » 03 Ene 2015 11:13

:164nyu:
Tengo un castillo con ventanas a la mar y una puerta sin portal,
si te gusta, es tu castillo.

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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Shigella » 03 Ene 2015 21:51

A mí este relato es de los que más fría me han dejado.
Creo que la historia empezaba muy bien, el amor entre José y Gabriel prometía grandes dosis de drama romántico o escapadas a lugares paradisíacos, pero no. El deber con María llama y gana al amor. :|

Por cierto, otra cosa que me ha decepcionado es que por el título pensaba que el relato iría de robots. :evil:

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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por ukiahaprasim » 03 Ene 2015 22:36

¿Laton?.. ¡¿Laton, dices?!.... :evil:

Ukiah

Enviado via TamTam. (Olvidé la yesca en casa, así que las señales de humo están descartadas hoy).
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Wintermute » 04 Ene 2015 14:23

Este no es de mis favoritos. A mi, personalmente, lo de pasear por París es uno de mis top topicazos y la historia (debo admitir que no he captado lo de José, María y Gabriel- soy cortito) me ha parecido excesivamente simple (seguramente si hubiese captado la alusión bíblica me hubiese gustado más).
El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto

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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Topito » 04 Ene 2015 14:46

Una historia sencilla, como muchos de los relatos de autores americanos que leo.

Lo cierto es que algún José se puede quitar o sustituir, pero eso en una revisión se puede hacer.

La estructura del relato es correcta y me gusta la agilidad que desprende.

La historia me gusta. Lo cierto es que tan real como la vida misma que parece simple a simpre vista. Sin embargo, esconde detalles en frases sueltas que me definen a cada uno: el prota infiel por naturaleza y egoista por haber encontra la nueva inspiración. Un Gabriel tan inocente como un ángel que sigue al lado del que ama y, por último, una mujer de clase alta que está más preocupada del que diran que de las infidelidades de su esposo, mientras siga a su lado, pues uno tiene que guardar las apariencias, no importa. Pena me da Gabriel ante tal panorama.

Pero, vamos, yo no conozco casado que deje a la mujer por un amante. Y menos, si encima es un tio.

No es de los mejores que he leído. Pero tiene un gran nivel. Simple con sus frases que lo dicen todo como los relatos americanos.
leyendo: Haruki Murakami
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por joserc » 04 Ene 2015 15:06

Pero, vamos, yo no conozco casado que deje a la mujer por un amante.
Yo si que conozco alguno. Lo que pasa es que no solo debe ser una situación de "no" amor. Además debe haber una convivencia "infierno". Entonces si que sales por la puerta y te vas con quien te hace feliz.

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Topito
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por Topito » 04 Ene 2015 15:31

joserc escribió:
Pero, vamos, yo no conozco casado que deje a la mujer por un amante.
Yo si que conozco alguno. Lo que pasa es que no solo debe ser una situación de "no" amor. Además debe haber una convivencia "infierno". Entonces si que sales por la puerta y te vas con quien te hace feliz.
Sí, pero si es con hombre.... No sé yo si lo harían.
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Re: CN3 - Juramentos de latón y plateadas promesas

Mensaje por joserc » 04 Ene 2015 15:46

Sí, pero si es con hombre.... No sé yo si lo harían.
No veo la diferencia. Las malas lenguas siempre encontrarán algo que llamarle a uno, da igual con quien te vayas.

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