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NotaPublicado: Vie Abr 17, 2015 9:17 pm 
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Cruela de vil
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Registrado: Vie Dic 26, 2003 7:50 pm
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LA GRIETA


Oscuras nubes preñadas de tormenta amenazaban el ramillete de tejados inclinados. Cubrían el pueblo hasta donde los arrugados ojos de Victorina alcanzaban a ver. No, aquel tiempo inclemente se había propuesto no darles tregua. Se cubrió media cara con la tupida bufanda de lana y, avanzando con precaución sobre los adoquines mojados, encorvada por el peso de los años, enfiló la calle del mercado.
Sin embargo, hoy no había mercado. Victorina sabía, por lo tanto, dónde podría encontrar a gran parte de las matronas del lugar. Estarían apiñadas en la tienda de ultramarinos, cotilleando entre las cajas de frutas y hortalizas, entre aromas de café y pescado en salazón. Y era de esperar que alguna, tras alzar la voz para proclamar que el dolor de piernas la estaba matando, habría aposentado las carnosas nalgas sobre una de las cubas de vino o de aguardiente que doña Enriqueta, la tendera, vendía a granel.


—¿Sabéis quiénes han regresado al pueblo? —soltó Victorina no bien hubo cruzado la puerta de la abarrotada tienda. De inmediato se hizo el silencio, todas las miradas escrutaron el rostro de la recién llegada.
—¿Noticias frescas? Cuenta, cuenta... —apremió una vecina.
—Suéltalo antes de que se te gangrene esa lengua, so víbora —refunfuñó otra por lo bajini, fingiendo luego un acceso de tos. Todas sabían que, a causa de una antigua afrenta por la linde de unas tierras, hacía muchos años que no se hablaban.
—Los hijos de los Salvador. Ya sabéis, ¡los huerfanitos! Parece que han regresado a la casa grande.
—¡Cómo! ¿Estás segura de eso?
—¿¡Después de tantos años!?
—Pero si ese caserón se está cayendo a pedazos... Y está maldito —añadió la esposa del boticario, persignándose.
—Anoche, cuando empezó a llover, salí al jardín a por las sábanas que había lavado por la mañana —comenzó a explicar Victorina—. Durante todos estos años me he acostumbrado a ver la mole oscura de esa casa deshabitada, siempre rodeada de sombras. Por eso me sorprendió tanto ver luz en algunas de las ventanas.
—¿Y los viste?
—Más tarde, cuando la tormenta estaba en su apogeo. Me levanté de la cama y fui a la cocina para prepararme un vaso de leche caliente. En aquel momento un relámpago iluminó el exterior y la vi: había una mujer ahí afuera, ante la casa grande. Tenía la cabeza y los brazos levantados hacia el cielo. Y gritaba como una posesa.
—¡Válgame el Señor!
—Me abrigué y crucé la calle. Me costó un poco reconocerla, porque ahora tendrá unos cuarenta años. Parecía un pajarito mojado. Solo me dijo que ella y su hermano habían regresado para quedarse. Luego corrió hacia la casa.
—Uhm..., ¿cómo se llamaba aquella niña? —preguntó una de las mujeres, frunciendo el poblado ceño.
—¿Cristina?
—Sí. Cristina.

******

—¡Cristina! ¡Mira qué he descubierto!
—¿Qué?
—¡Ven y lo verás, tontorrona!
La jovencita deja el bordado sobre el canapé y se apresura a salir al jardín. Está harta de que su madre la obligue a practicar las labores de punto, una y otra vez. Una y otra vez. Como si en el mundo no hubiera nada más importante que hacer.
El jardín la recibe con una explosión de color y mil y un aromas de primavera. Es un festival para los sentidos. Cristina adora el jardín, el sol, la primavera. Sonríe feliz. Su hermano está junto a la tapia, cerca del invernadero, y le hace señas con la mano para que se acerque. Ella cruza el jardín aspirando el aroma de las flores y, aquí y allá, se detiene para acariciar los pétalos de alguna flor particularmente hermosa. Cuando pasa junto a la fuente, las aguas cantarinas le salpican el vestido.
Félix está ante el muro, esperándola con los ojos brillantes y una sonrisa torcida. Al fin se aparta y queda expuesto lo que ocultaba tras su cuerpo: hay una grieta en la tapia, ancha y profunda; fea y perturbadora.
—¿Imaginas que esta grieta fuese la entrada a otro mundo? —pregunta Félix de improviso—. Fíjate qué profunda es...
—¡Ay!, no digas esas cosas. Cuando te pones así me asustas.
Y en ese instante, sonriendo, Félix introduce la mano en la oscura hendidura. A Cristina se le escapa un gritito.
—¿No ves que no pasa nada? —dice él, soltando una carcajada—. Esta puerta es demasiado pequeña para los humanos. No podemos pasar.
—Qué cosas tienes... Venga, saca la mano de ahí, que me haces sufrir.
Pero entonces, cuando el chico comienza a extraer su mano, parece que algo tira de ella hacia el interior, porque la extremidad aún se hunde más en el muro. Félix se debate contra la pared y grita. Cristina se alarma mucho, porque hasta ahora nunca había visto a su hermano tan asustado. Ella, sollozando de pánico, decide agarrarle el brazo y tira de él con todas sus fuerzas.
Ambos van a dar con las nalgas en el suelo. Félix estalla en carcajadas y su hermana, al comprender que todo era una broma, se enoja y le da un cachete.
—¿¡Pero qué ocurre aquí!? —exclama muy enfadada su madre. Al verla, los hermanos se incorporan y recomponen rápidamente sus ropas. El vestido de Cristina está manchado de barro y el lazo blanco que recogía sus rizos cobrizos está colgando de un arbusto—. ¿Cuántas veces te he dicho que una jovencita no tiene que retozar por el jardín? Has destrozado un vestido de París. ¡Eres una desagradecida y una mala hija!
La madre agarra a su hija de los cabellos y de esta guisa la lleva al interior de la casa grande, la más importante del pueblo. Cristina pasa el resto del día en el canapé, encorvada sobre aquel bordado de flores. A ratos, cuando cree que nadie la ve, se atreve a levantar los ojos hacia el ventanal y vislumbra las flores del jardín bajo la calidez del sol. A ratos piensa que habría sido más fácil nacer varón y envidia a su hermano.

******

Mi hermano y yo nos teníamos el uno al otro. Es fácil de comprender: no conocíamos nada más. Nuestro mundo era tan pequeño... Era lógico, pues, que nos buscásemos constantemente en esa casa tan grande, llena de recovecos y silencios. Era lógico que nos necesitásemos tanto.
Nuestro padre, don Félix Salvador Milà, flamante fundador de Tejidos Salvador, prácticamente hacía vida en la capital. Dirigía con mano férrea su floreciente empresa textil desde la misma ciudad condal. Era lo más práctico y conveniente, por supuesto. Raras veces pasaba un día entero con nosotros, en la casa grande. Nuestra madre tenía la salud delicada y los médicos le recomendaban que se mantuviera alejada de la ciudad; le convenía el aire del campo, decían. Y nosotros estábamos allí con ella, en aquella casa grande y fría que más parecía un mausoleo.
No nos permitían salir solos de la casa. Mi hermano, a veces, acudía al pueblo acompañado de algún criado. Yo no podía hacerlo. Yo no podía salir más que con mamá, los domingos, para ir a la iglesia. Y eso cuando ella se sentía mejor «de los nervios» y tenía fuerzas, y ganas, de arreglarse. En esas ocasiones exigía a todo el servicio que asistiese también al oficio religioso. Mamá, Félix y yo teníamos que recorrer entonces todo el camino hasta la iglesia del pueblo seguidos, a unos metros de distancia, por la comitiva de la servidumbre. Dudo que eso fuera lo más práctico ni conveniente, pero así tenía que ser.
Una mañana, Félix se me acercó con su sonrisa torcida de niño travieso y me propuso una locura. Las mejillas se me cubrieron de rojo, aunque acepté de inmediato. Aquel día mamá se sentía particularmente indispuesta y había anunciado que no se levantaría de la cama. Además, era el día libre de las sirvientas. Solo quedaba la cocinera, que ya estaba muy vieja. Tras preparar el desayuno, era su costumbre tomar una copita de coñac y echar una siesta. Así lo hizo.
Félix me llevó a su habitación. Tras rebuscar en el armario, me ofreció uno de sus pantalones viejos y un jersey un tanto deshilachado. Las prendas me iban un poquito grandes, pero sirvieron. Luego, me recogí los cabellos y los oculté bajo un gorro de lana. Estuve largo rato contemplándome ante el espejo, pues no podía creer que ese reflejo fuera el mío. «Este es el varón que debería haber sido», pensé.
¡He recordado tantas veces aquel día! A lo largo de la vida hay algunos momentos preciosos, mágicos, que suponen un bálsamo para el dolor del alma. Pero esos momentos, por desgracia, suelen ser tan escasos...
Corriendo hacia el pueblo junto a mi hermano por aquel camino embarrado, sorteando guijarros y excrementos de los animales, con mi nueva indumentaria varonil, me sentí libre y feliz. Más libre y más feliz que nunca.
Era día de mercado. Recorrimos toda la plaza, nos detuvimos en cada parada. Había tantas cosas que contemplar, explorar y descubrir que no podía parar quieta. Admiré el colorido de las telas expuestas y el plumaje majestuoso de los gallos. Me embriagó la fragancia de las flores y de las especias. Acaricié la lana de las ovejas, las crines de los caballos e, incluso, bebí leche recién ordeñada. El mundo estaba lleno de color, aroma, sabor, emoción.
Cuando algunos vendedores empezaron a recoger sus mercancías reparamos en lo tarde que era. Habíamos perdido la noción del tiempo. La tarde ya declinaba cuando regresamos a la casa grande, tan sucios como sonrientes. Entramos por la puerta del servicio y, a hurtadillas, sofocando unas risitas, subimos la escalera. Me dirigía hacia mi habitación, pero Félix tiró de mi brazo y me hizo entrar en la suya. De improviso, rodeó mi cintura y me atrajo hacia su cuerpo. Sus labios acariciaron los míos.
Nuestro padre entró en la habitación. Empujó la puerta con tal fuerza que esta rebotó contra la pared. Grité.


******

Gritos. La casa se llena de gritos. Don Félix Salvador Milà se acerca a sus sorprendidos hijos con el rostro desencajado. Aquello que acaba de ver con sus propios ojos es inconcebible. ¡Un escándalo intolerable! Aquello va contra las leyes de Dios y, además, podría hundirle en la más ignominiosa ruina.
El hombre da tal bofetada a su hija que esta cae hacia atrás, sobre la cómoda.
—¡Zorra! —grita don Félix, expulsando gotitas de saliva.
Del labio partido de la chica comienza a manar sangre. Ella pide clemencia y solloza, arrodillada sobre la alfombra. Félix, viendo a su hermana en tan lamentable estado, se indigna. Por primera vez en su vida siente que la sangre le hierve en las venas. Y se enfrenta a su padre.
La madre, alertada por el griterío, también irrumpe en la habitación. No obstante, queda tan acongojada que se desmaya.
Justo en ese instante, retrocediendo con agilidad felina, Félix esquiva un derechazo. El padre, más pesado y lento de reflejos, se desequilibra y tropieza con la arrugada alfombra persa. Cae. Cae con tan mala fortuna que se fractura un brazo y, lo que es peor, se golpea la cabeza con el morillo de la chimenea.
El hombre queda inmóvil. Una mancha carmesí se va extendiendo sobre el hermoso mármol blanco de Carrara. La vida del próspero industrial, fundador de la empresa textil Tejidos Salvador, llega a su fin de forma tan abrupta como trágica.

******

«¡Una tragedia!», exclamaban todos a mi alrededor. Salieron tíos, primos y sobrinos hasta de debajo de las piedras. Un desfile de rostros, hasta ese momento desconocidos, acudió a la casa grande. Entonces no pude comprenderlo, pero ahora sé que los lobos siempre acuden tras oler la sangre.
Nuestra madre se levantó de la cama por última vez la mañana que se celebró el funeral. Hacía mucho frío. Recuerdo que, mientras estábamos en el cementerio, empezó a nevar. He recordado muchas veces, no sé por qué, aquellos copos de nieve sobre el abrigo negro de mamá. Tal vez porque esos copos, igual que nuestra madre, iban fundiéndose hasta desaparecer...
Cuando ella se fue, todo acabó. Lobos y hienas pelearon por el botín. Félix, el primogénito, quedó bajo la tutela de los tíos, en la capital. Arrasaron nuestra casa, se llevaron muebles, alfombras, lámparas, tapices, cuberterías, los incunables que papá atesoraba bajo llave en su biblioteca. Y, por último, me encerraron en un convento.
No ha habido día, a lo largo de estos treinta años languideciendo entre muros de piedra como una muerta en vida, que no haya recordado el jardín de nuestra niñez en la casa grande. El aroma de las flores, la calidez del sol, Félix y yo. Pero lo peor, lo más desesperante, lo que realmente me ha consumido por dentro, ha sido el hecho de que Félix nunca me buscara, que ni siquiera acudiera a verme una sola vez.
En fin. Hará apenas dos días que me comunicaron en el convento que Félix ha muerto. Parece ser que se dirigía a Inglaterra para gestionar la compra de unos nuevos telares y el barco naufragó. Se ha ido para siempre.
He escapado. Por eso he regresado a nuestro jardín, pero solo he encontrado ruinas y flores muertas. Entonces he visto la grieta. ¡Sí! ¡Es lo único que queda! Ahora ya sé qué tengo que hacer. Y, mientras espero, escribo estas letras para que el viento se las lleve más allá de donde mis ojos pueden alcanzar.
Repto. Mi cuerpo se arrastra sinuosamente hacia las entrañas de la grieta. El olor a tierra mojada es muy intenso. Está oscuro y hace frío, pero sé que regreso a casa. Avanzo por momentos con mayor facilidad. Ya no tengo miedo. De repente distingo una luz, hacia ella me dirijo. Estoy muy cerca, incluso tengo que entrecerrar los ojos para no deslumbrarme. Llega hasta mí el embriagador aroma de las flores.
Nuestro jardín vuelve a estar lleno de vida. Siento la caricia del sol y escucho las aguas cantarinas de la fuente. Es primavera. No me sorprende descubrir que Félix está a mi lado. Nos damos la mano.
Sonrío, vuelvo a ser feliz. Estoy en paz.


******

—¡Qué paz! —exclamó Victorina en voz alta, admirando el cielo azul que les había traído el nuevo día—. ¡Ya iba siendo hora de que mejorara el tiempo!
Aquella mañana se había levantado muy temprano y había horneado bizcocho y galletas. Colocó los dulces dentro de una cesta y los cubrió con un paño. Luego añadió una botellita de ratafía. Desde que la vio bajo la lluvia clamando al cielo, no podía dejar de pensar en Cristina. ¿Qué estaría haciendo aquella mujer sola en una casa abandonada? Así que, movida por la preocupación pero también por la curiosidad, se encaminó hacia la casa grande con la cesta colgada del brazo.
Cruzó el jardín con cuidado, pues se había encharcado el agua tras la tormenta. Los tablones del porche crujieron cuando entró en la casa. Llamó a Cristina muchas veces, pero no obtuvo respuesta. Victorina se sintió inquieta, en aquella casa solo había un silencio sepulcral. Tal vez la mujer del boticario tuviese razón al proclamar que estaba maldita, pues aquellas paredes encerraban historias muy tristes.
No la encontró hasta un rato después, cuando decidió dar una vuelta por el jardín antes de marcharse de allí. En un primer momento no la vio porque las paredes medio derruidas del invernadero ocultaban su cuerpo.
Estaba sentada sobre la tierra húmeda, con las rodillas dobladas. Su diestra reposaba lánguida sobre el suelo, sujetaba aún una pluma. El brazo izquierdo se perdía en el interior de una grieta que había en la tapia. Estaba muy pálida, pero su expresión era serena y tenía los ojos cerrados. Victorina sintió escalofríos al contemplar las profundas heridas de sus muñecas.
Sobre su regazo encontró dobladas unas hojas de papel, un tanto emborronadas pero legibles. Habían sido sus últimas palabras. Y junto a la tapia, anunciando la llegada de la primavera, Victorina descubrió que había florecido una solitaria rosa blanca.


-Fin-

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NotaPublicado: Mar Abr 21, 2015 12:03 pm 
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Bacteria

Registrado: Mié Jul 09, 2008 1:18 pm
Mensajes: 5408
Este relato me ha gustado mucho.
Viejas cotillas, misterio, dramas familiares. Tiene un poco de todo, y para mi gusto mantiene muy bien el interés y la tensión.
Por ponerle alguna pega, la florecilla blanca que brota al final me ha parecido un puntito un poco cursi, pero es que yo no tengo sensibilidad :lol:


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NotaPublicado: Mar Abr 21, 2015 9:02 pm 
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Vivo aquí
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Registrado: Lun Abr 05, 2010 9:35 pm
Mensajes: 13217
Ubicación: En las ramas del jacarandá...
Es una historia bonita, no del todo original (encierra una serie de tópicos: el incesto inocente entre niños, la infancia idealizada, el convento como castigo, el padre malísimo, la madre enferma…etc.), pero que se lee bien.
Para mi gusto da demasiados detalles y hay, sobre todo al principio, un exceso de adjetivos.
Un relato que sin encontrarlo sobresaliente, me ha resultado muy agradable de leer. :60:

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El esfuerzo para llegar a las cimas basta
para llenar un corazón de hombre



Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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Agüita y fanguito de mis entretelas forever


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NotaPublicado: Mar Abr 21, 2015 11:32 pm 
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No puedo vivir sin este foro
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Registrado: Mié Oct 29, 2014 2:01 pm
Mensajes: 513
Me gustó la forma de contar la historia, se lee fácil.
Sobre el tema no encontré mayor novedad , se me antoja que es algo que, si se basa en un hecho real, debió ocurrir hace muchos años, a finales del siglo 19 tal vez?.

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El camino es fatal como la flecha,
pero en las grietas está Dios, que acecha.


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NotaPublicado: Mié Abr 22, 2015 1:58 am 
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Dragonet
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Registrado: Vie Nov 14, 2008 2:54 pm
Mensajes: 53279
Ubicación: Logroño
Me ha gustado la historia, tiene una ambientación muy lograda, sobre todo en la parte que hablas del pueblo y de la mansión :D

No me esperaba el giro con la muerte repentina del padre :o

Lo que no he entendido es porque Félix no va a buscar a su hermana cuando está encerrada en el convento teniendo en cuenta lo unidos que estaban :?

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Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

:101: RECUENTO 2017 :101:


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NotaPublicado: Mié Abr 22, 2015 10:04 pm 
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Lector voraz
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Registrado: Sab Oct 09, 2010 11:57 pm
Mensajes: 215
Ubicación: Barcelona
A mi la escritura me ha parecido la mar de correcta y hasta en ocasiones bastante bien, pero no lo suficiente como para captarme con el argumento que me ha parecido un pelín trillado. Dado lo que me cuesta conseguir a mi un argumento decente, tampoco puedo aportarle al autor mucho...

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El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto


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NotaPublicado: Jue Abr 23, 2015 9:08 pm 
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Arquera
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Registrado: Lun May 09, 2011 3:53 pm
Mensajes: 6858
Ubicación: En un hospital de campaña...
Pues estaba yo tan contenta leyendo esta historia porque me parece que está escrita de una forma estupenda... Y resulta que el argumento no transcurre por los derroteros que yo esperaba. Esa grieta que hubiera dado tanto de sí para fantasmas y seres malignos... Pero es tu historia, autor. Y es una buena historia, aunque es verdad que juega con bazas que ya hemos leído más veces y eso le resta un poco de emoción al asunto.
La alternancia de narradores me ha gustado mucho.
Es un buen trabajo. :60:

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Mi página: Curvas de tinta y tatuajes del alma

Y el aullido del lobo negro se coló bajo la piel nevada de la loba...


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NotaPublicado: Vie Abr 24, 2015 1:40 pm 
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Murciélago
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Registrado: Lun Sep 24, 2012 2:11 pm
Mensajes: 5571
Está bastante guay.

Hay algunos trozos algo recargados que quedan un poco mal, pero en general tiene un buen ritmo y es cómodo de leer. Bien hecho, autor/a.

:hola:


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NotaPublicado: Vie Abr 24, 2015 1:51 pm 
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Ranita
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Registrado: Vie Jul 22, 2011 6:01 pm
Mensajes: 28565
Ubicación: Mursiya
Ratpenat escribió:
Está bastante guay.

Esta juventud....

Me ha gustado bastante, pasa a mi lista de finalistas, la historia se me ha hecho muy liviana, tranquila, ese pseudoincesto, la madre malvada, la niña sola, el padre ausente... ahora que me cabrea mucho que el hermano nunca fuera a por ella en 30 años!!! ¿Sería por la vergüenza que le hacía sentir recordar el abrazo y la muerte del padre?

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Katerina. CL viajero
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NotaPublicado: Sab Abr 25, 2015 9:57 pm 
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Vivo aquí
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Registrado: Jue Abr 01, 2010 9:28 pm
Mensajes: 6159
Ratpenat escribió:
Está bastante guay.

Aunque puede tener un buen planteamiento y ser correcto, este relato no me ha llegado. Supongo que por preferencias personales. Pero hay cosas que me han gustado y que me gustaría resaltar.

El que la narración vaya adelante y atrás. Los recuerdos de la niña están bien narrados y le da un nivel de profundidad interesante. La descripción de la relación con el hermano también me ha gustado. Aunque sí hubiera querido que se le diera más importancia a la grieta.


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NotaPublicado: Dom Abr 26, 2015 8:19 am 
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Vivo aquí
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Registrado: Mar Ago 04, 2009 10:07 am
Mensajes: 12594
Ubicación: Barcelona, la más bonita del mundo.
Imagino, intuyo, que el hermano no fue a verla al convento porque estaba avergonzado de ese beso y de lo que había desencadenado.

He leído con sumo placer todo el relato, autor. No sé qué haré contigo, pero me ha gustado bastante. :60:

Buen trabajo.

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"Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde."


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NotaPublicado: Dom Abr 26, 2015 10:36 am 
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La enciclopedia
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Registrado: Mié May 02, 2012 9:32 am
Mensajes: 3493
Me ha gustado bastante. El simbolismo de la grieta cierra muy bien el relato, aunque lo de la rosa no lo he entendido bien, no sé si tiene algún significado o es poesía, simplemente. Se lee muy fácil, no tiene grandes florituras y el cambio de narrador me ha parecido un acierto. Felicidades :hola:

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NotaPublicado: Dom Abr 26, 2015 11:43 am 
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Foroadicto
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Registrado: Sab Mar 22, 2008 2:27 pm
Mensajes: 2802
Ubicación: Salamanca
Me ha gustado. Estoy de acuerdo con la cuestión de los tópicos, pero no todo va tener que ser originalidad en esta vida.

PD: te he pillado :boese040:

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Es el terreno resbaladizo de los sueños lo que convierte el dormir en un deporte de riesgo


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NotaPublicado: Dom Abr 26, 2015 1:01 pm 
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Lector

Registrado: Dom Oct 06, 2013 12:54 pm
Mensajes: 99
Me ha gustado, lectura fácil aunque estoy de acuerdo con lo de los tópicos que apunta algún comentario.
Poco más que aportar. Felicidades autor/a


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NotaPublicado: Dom Abr 26, 2015 8:02 pm 
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Foroadicto
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Registrado: Jue Jun 12, 2008 11:21 pm
Mensajes: 4318
Ubicación: Aovillada en la Luna
Me ha gustado mucho la atmósfera de este relato, lo he sentido cargado de nostalgia y tristeza. Y ese final con la rosa, qué bonito, se me ha quedado rondando. Formalmente creo que está muy bien escrito. Coincido con Nini en que me hubiera gustado más un poquito de fantasía con la grieta. Pero en general lo he disfrutado mucho.

Gracias por llenarnos de letras esta primavera. :chino:

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Me sale del floripondio.
Mi blog: http://relatosdemetaliteratura.blogspot.com/


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