Historia de un infectado (Novela corta)

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mr.daily
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Historia de un infectado (Novela corta)

Mensaje por mr.daily » 12 Jul 2016 10:25

Hola a todos, no sabía muy bien con quién compartir mi obra, así que he decidido publicarla aquí ya que no creo que sea la definitiva, sino que haré varios retoques antes de proseguir. Soy consciente de que tiene algunos fallos de todo tipo, pero vuestras opiniones me ayudarán y mucho para poder mejorar. De ante mano os doy las gracias.

La novela en cuestión o al menos su primer capítulo, es la siguiente:
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Mucho tiempo ha pasado ya, desde la última vez que vi la luz del Sol. El mundo entero ha quedado dividido en dos; los seres humanos y nosotros. No hace mucho pertenecíamos a la misma especie, puede incluso que aún sea así, pero definitivamente ya no podemos convivir juntos.

Despertamos cuando llega el ocaso, y nos ocultamos en cuanto la claridad hace acto de presencia. No tenemos otra alternativa, pues son miles los que nos buscan, nos persiguen con sus armas a donde quiera que vayamos, y no vacilarán en acribillarnos sin mediar palabra.

No pedimos compasión, no creemos merecerla, pues ellos están en su deber de hacerlo, ya que de tener la oportunidad, seríamos nosotros quienes acabásemos con su existencia, engullendo luego su carne. Algo tan desagradable como indispensable, pues es ese el motivo de nuestro proceder. Desde que fuimos infectados por el virus, la carne humana es la única cosa que sacia nuestro apetito, y alimentarnos exclusivamente de eso es lo que nos permite sobrevivir otro día más.

Recuerdo con nitidez cuando todo empezó. Con síntomas similares a los de cualquier gripe estival no parecía nada de lo que preocuparse. Por ello, puede que ese fuera el motivo por el que los científicos de todo el mundo no hicieran nada por encontrarle rápidamente una cura. Otros muchos, por el contrario, especulaban que la vacuna había sido inventada al poco de ser necesaria, pero que sin embargo era demasiada la gente a la que no le convenía que todo se solventara de forma temprana, y así poder lucrarse con la venta de vacunas.

Sin embargo, el virus fue más voraz de lo que ellos pensaban y acabaron pagando las consecuencias de satisfacer las necesidades personales antes que las globales. No deseo postularme hacia una u otra teoría, al fin y al cabo ¿de qué me serviría ahora? Aunque totalmente diferentes, los creyentes de una y otra hipótesis coincidían en el hecho de creer que el primer portador del virus fue un banquero, que atacó a sus propios clientes después de haber sido contagiado, o al menos, eso fue lo que anunciaron periódicos y televisiones de todo el mundo una semana después del suceso.

No se trataba de un virus mortal. Los infectados eran simples personas que, tras haber sido contagiadas habían modificado su anatomía gastroenteróloga, haciendo que la carne humana fuese el único alimento que éstos podían tolerar.

Era éste el principal motivo por el que muchos nos llamaban ‘caníbales’ al fin y al cabo, esa era la única diferencia que nos distinguía del resto.
Al poco de todo comenzar, meses atrás, el caos y el descontrol reinaban en todas partes. Por aquel entonces eran muchos los infectados, y muy débiles el resto de humanos, que acababan siendo presa fácil.

Nuestra conciencia no ha sido alterada, y muchos fueron los que ante las atrocidades que tenían que ver, pero sobre todo por las que tenían que llevar a cabo, no soportaron más, y ejecutaban un solo asesinato, el suyo propio.

Los que continuaron por el otro camino, fueron seres sin escrúpulos, u otros que como yo, temen tanto a la muerte que son capaces de casi cualquier cosa por evadirla.
Tras la guerra que se mantuvo desde el más céntrico hasta el más recóndito lugar del planeta, el ser humano como hoy lo conocemos, logró vencer, y los pocos infectados que no perecieron se ocultaron en las sombras, formando pequeños grupos y permaneciendo allí hasta que el instinto más primitivo se despertase en ellos, y a la luz de la Luna saliesen a cazar.

En un mundo tan apocalíptico, aquellos que recelaban de todo y de todos aumentaban considerablemente sus esperanzas de subsistencia. En el lado opuesto, los ingenuos recibieron la peor parte, y es que cuando los alcaldes de muchas ciudades y regiones nos dieron por exterminados, y los confiados ciudadanos aceptaron este hecho, nos facilitaron mucho nuestro cometido.

Conocedores de la importancia de que el pensamiento general siguiera siendo ese, nos esforzamos mucho en no dejar rastro alguno de nuestra presencia. Nuestras víctimas eran meticulosamente escogidas, y frecuentemente eran personas solitarias, sin amistades, a los que tardarían mucho en echarles en falta, y cuando así lo hicieran, no habría evidencias de su fallecimiento, y menos aún de nuestra implicación en tales sucesos. De hecho, en cada oportunidad que se les presentaba a alcaldes y mandatarios de turno, abogaban en pro de la teoría de que los “infectados”, como así nos llamaban, ya no eran un peligro público.

La realidad, no obstante, fue muy distinta. Las continuas desapariciones alertaron a la población, la cual estaba cada vez más armada y preparada para enfrentarse a cualquier peligro, lo cual nos incluía a nosotros.

Craso error fue el no darnos cuenta de que tocaba emigrar a otros lugares, y no permanecer mucho tiempo en la misma zona, evitando así ser descubiertos.
Por aquella época cazábamos todos juntos, en busca de un único objetivo. Una vez logrado nuestro propósito, uno de los nuestros engullía a la víctima, lo limpiábamos todo, y raudos acudíamos a por el siguiente blanco, repitiendo la secuencia una y otra vez hasta que todos quedásemos con el estómago lleno. Nuestras acciones debían transcurrir íntegramente en una noche, así que debíamos ser rápidos e implacables.

Dentro de lo que cabía, debíamos de estar contentos, pues en tales circunstancias, era difícil imaginar una mejor situación. No obstante, cazar en grupo era un grave desacierto, pues siendo los humanos muy superiores a nosotros en número, poco o nada podíamos hacer si una de las víctimas nos estaba esperando, y en tal caso, a diferencia de la caza individual, si caía uno, caíamos todos.

Sin embargo, no nos dimos cuenta hasta que en una de nuestras cacerías nocturnas, un grupo de veinte hombres armados con mucho más que valor y sed de venganza, nos pillaron desprevenidos en una de las casas a las que acudimos. La masacre acabó con prácticamente todo nuestro grupo, y actualmente seguimos vivos tan solo doce.
De aquel día aprendimos mucho más que de cualquiera de nuestras exitosas cacerías anteriores. Lo ocurrido nos llevó a elaborar unas reglas de obligatorio cumplimiento, que se basaban en anteponer el bienestar del grupo, al individual.

Establecimos, en dichas reglas, dejar de cazar conjuntamente, y cada uno pasó a ser responsable de buscar su propia comida. Llegados a este punto mis peores pesadillas se materializaron. Aquello que llevaba tanto tiempo posponiendo ya no podía aplazarlo más y debía tomar una decisión. Hasta ese momento había logrado lo imposible, pues aún no había sentido como la vida de otro finalizaba por mi culpa. Cual buitre, siempre me había limitado a alimentarme de los cuerpos que otros habían dejado a medio devorar. Mientras cazábamos en grupo, siempre había otro dispuesto a matar, incluso a aquellas personas de las que no pensaba alimentarse, y yo aprovechaba esta circunstancia para nutrirme y proseguir mi camino.

Largas noches en vela he pasado pensando que muchos han muerto a causa mía, ¿Cómo conciliar el sueño, cuando era yo quien le había arrebatado todo? No creo que pudiera vivir con semejante sentimiento de culpa, pero, ¿a caso tenía alternativa?

Durante el mes posterior a la elaboración de aquellas normas, me vi obligado a hacer caso omiso de una de ellas, dado que había continuado cazando junto con mi gran amigo Lucas, a quien conocía mucho antes de que todo esto sucediera y con quien me había reencontrado semanas después de que el virus se propagara contagiándonos a ambos, y desde entonces habíamos decidido continuar juntos. Conocedor de mi dilema, era él quien se encargaba de todo, y yo, al igual que siempre, únicamente me alimentaba de un cuerpo sin vida.

Parecía haber olvidado aquello que me atormentaba, pero aquel solo fue un remedio provisional que no solventó en absoluto mis preocupaciones.
Mañana harán tres días que Lucas fue alcanzado por un humano, que llevado por la ira y la venganza había arremetido contra nosotros al mismo tiempo que gritaba “¡Esto es por Lucía!”. Sus balas lo alcanzaron mortalmente a él y, aunque ningún proyectil atravesó mi cuerpo yo también fallecí aquel día.

Aunque desearía hacerlo, no le guardo ningún rencor, ¿cómo hacerlo después de que nosotros intentásemos hacer lo mismo? Puede que yo nunca haya matado a nadie con mis manos, pero de igual modo, me siento un asesino, pues fueron muchos los que murieron para que yo pudiera continuar con vida.

Desde el fallecimiento de Lucas y con el estómago vacío miles de pensamientos han rondado mi cabeza. ¿Era el momento de volverme un ser sin escrúpulos? ¿Debo de perder cualquier síntoma de humanidad y alejarme por completo de lo que algún día fui? ¿Qué hay de la ética en un mundo como éste? ¿Dónde queda el bien y el mal cuando tu supervivencia está en peligro?

Finalmente he tomado una decisión: temo mucho a la muerte, pero aún temo más acabar con la vida de otro. Que Dios se apiade de mi alma.
Última edición por mr.daily el 19 Jul 2016 13:31, editado 1 vez en total.

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mr.daily
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Re: [Novela corta] Historia de un infectado

Mensaje por mr.daily » 12 Jul 2016 16:01

Necesito que opinéis y digáis sobre todo si el concepto de "infectado" se entiende bien. Esto es importante para que el resto del libro se entienda... Agradecería que los que habéis leído el texto me digáis algo (bueno o malo), pero dadme vuestra opinión. Gracias.

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Julio777
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Re: [Novela corta] Historia de un infectado

Mensaje por Julio777 » 15 Jul 2016 19:02

En mi opinión, está bastante claro que las personas han sido infectadas por un extraño virus, y que el hambre y el deseo por sobrevivir es lo que los impulsa a comer. Pienso que la idea del libro es interesante, pero no creo que debas empezar el libro con un capítulo que describe toda la historia desde el principio. Pero tengo una idea de cómo mejorar un poco la historia. Ya que la historia está siendo narrada en primera persona, podrías empezar el libro relatando alguno de los eventos mencionados en el texto que escribiste, de preferencia uno que consideres tendrá un buen impacto en los lectores. A medida que relates cada evento, podrías informar a los lectores, poco a poco, sobre cómo el mundo llego a ese estado y cómo es que la sociedad se ha enfrentado a los "infectados". De esa forma crearás un poco más de interés en la audiencia, pues explicar todo el problema de forma detallada desde el principio puede arrebatarte la oportunidad de conseguir que el lector se cuestione cómo es que el mundo llegó a ese estado, o por qué el personaje principal se encuentra en un estado tan terrible.
Una cosa más que podría enriquecer tu historia es explicar la naturaleza del virus. ¿Apareció de la nada, o fue desarrollado de alguna forma? ¿Fue creado por error? ¿Es posible que haya sido usado con ciertos propósitos militares o políticos?

Espero que haya sido de ayuda.

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lucia
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Re: [Novela corta] Historia de un infectado

Mensaje por lucia » 17 Jul 2016 15:04

Si decides no continuarla, está bien así. De todas formas, si dices que siguen siendo humanos y solo ha cambiado la fisiología del aparato gastrointestinal, los que tuviesen algo de escrúpulos, pero fuesen mas como tu protagonista, se dedicarían a cazar a los infectados mas despiadados. Por eso de hacer un bien a la humanidad, pero seguir viviendo ellos.

Y lo de la infección, entre los zombies y los vampiros, se entiende de sobras.

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mr.daily
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Re: [Novela corta] Historia de un infectado

Mensaje por mr.daily » 19 Jul 2016 13:26

Hola. Muchísimas gracias a ambos por la respuesta. Sí, efectivamente tengo intención de continuarla, es una novela corta, me gustaría que tuviese al menos 100-150 páginas, así que está claro que me gustaría continuar.

Estoy de acuerdo en que debo explicar un poco más los acontecimientos previos que depararon esa situación.

Por otro lado, también deseo agradecer la idea de lucia de ver por qué los infectados no se comen a otros infectados. Tendré que plantear esta problemática antes o después.

Debo hacer algunos cambios, sobre todo explicar el comienzo y demás, pero bueno he hecho una continuación, a ver qué les parece:



CAPÍTULO II

Desde que tomamos la decisión de dejar de cazar en grupo la relación entre los miembros se había ido deteriorando y casi no nos hablábamos entre nosotros aunque, pensándolo bien, puede que esto no fuera algo necesariamente negativo, pues los únicos temas de conversación posibles eran de lo más macabros y desagradables. Desde luego lo mejor era callar, y eso era exactamente lo que hacíamos.

Tobías -considerado por todos como el cabecilla del grupo- era el único que trataba de mantener la unidad. Se trataba de un hombre risueño cuyas canas denotaban que ya no se trataba precisamente de un chaval. Su personalidad abierta, su madurez y una gran capacidad para saber tomar decisiones en los momentos más difíciles habían provocado que se ganase a pulso dicho rol.

Cada noche, antes de salir a buscar nuestro alimento diario, Tobías se ponía en pie ante todos y, señalando un mapa de la ciudad que él mismo había realizado, nos iba distribuyendo por las diferentes zonas con la intención de no estorbarnos.

El mapa estaba dibujado hasta el más mínimo detalle. Había delineado desde los edificios más imponentes hasta los barracones más insignificantes y había remarcado con un doble círculo de color rojo dónde estaban situados los puntos de control así como los lugares que debíamos de evitar a toda costa.

Su gran destreza para reflejar toda una ciudad en un desgastado y mugriento trozo de papel dejaban entrever cuál era su rutina antes de que el mundo evolucionase hacia una versión mucho más caótica de lo que ya lo era.

Si tuviésemos que desglosar las viviendas de aquella ciudad en edificios y casas univecinales podríamos afirmar que estas últimas representaban una amplia mayoría. Lo cual era muy positivo para nosotros ya que llevar a cabo nuestros actos en edificios repletos de vecinos era una tarea notablemente más complicada.

Sin embargo, por evidente que nos pueda parecer ahora esta afirmación, toca resaltar que no lo tuvimos tan claro durante los comienzos del virus. Muchos de los infectados, impulsados por un hambre desmesurada de carne humana atacaban a cualquier cuerpo que manifestase el más mínimo rastro de vida.

Esta irracionalidad a la hora de cometer este tipo de actos les acabó llevando a alcanzar una muerte prematura cuando las agrupaciones vecinales optaron por dejar atrás sus desavenencias del día a día y se organizaron para tenderles auténticas emboscadas mediante la burda estratagema del señuelo.

Los humanos habían comprendido que la unión hace la fuerza y es por ello que los edificios eran para nosotros auténticos lugares prohibidos.

Teniendo muy clara esta aserción, Tobías había establecido un plan mediante el cual nos iría alejando cada vez más del núcleo urbano -en donde se situaba la mayor cantidad de edificios- y nos iría acercando poco a poco hacia las zonas más rurales, lugar en el que las aisladas víctimas acabarían siendo presa fácil.

Aquella noche, como sucedía una y otra vez desde que estábamos juntos, Tobías nos iba llamando uno a uno y nos asignaba una de las casas del mapa. En una misma noche nunca designaba a dos personas en la misma calle, por lo que los integrantes del grupo se repartían a lo largo y ancho de la ciudad.

En cuanto Tobías te hubiese asignado un objetivo, sabías perfectamente lo que debías hacer, el cómo llevarlo a cabo eso ya era cosa tuya. Únicamente se debían respetar dos reglas:
1º No dejar cabos sueltos
2º Volver al refugio antes de que el primer rayo de Sol hiciera acto de presencia.

La primera de ellas dejaba patente en qué nos habíamos convertido: unos burdos asesinos capaces de cualquier cosa con tal de seguir con vida y no dejar que descubriesen nuestra tapadera.

En líneas generales se podría decir que dicha primera norma consistía básicamente en impedir que nadie que se percatase de nuestra presencia permaneciese con vida. Así de simple; así de cruel.

Huelga decir que cuando esta idea fue propuesta me postulé airadamente en contra de esta iniciativa. Sin embargo y tal como y como ocurre en las democracias, no sucede lo que uno desea; sino lo que vota la mayoría, y es por ello que no me quedó más remedio que acatar la opinión mayoritaria.

La tristeza se apoderaba de mí cuando pensaba en aquellas pobres víctimas inocentes cuya mayor culpa era la de hayarse en el lugar equivocado en el momento equivocado y que, por si fuera poco, sus cuerpos sin vida tampoco podían ser utilizados para consumo personal.

El motivo de que esto fuera así se debía al hecho de que, a causa de diversos factores, los cadáveres comenzaban a pudrirse pasadas las 24 horas. Una vez transcurrido dicho tiempo sólo alguien que verdaderamente hubiese perdido cualquier indicio de cordura se atrevería a comer dicha carne.

A causa del mismo motivo, el excedente de lo que cazábamos tampoco podía emplearse como nutrimento más allá de la noche de cazería, de ahí que cada vez que el Sol se retiraba a sus aposentos nosotros entrábamos en acción.

Si bien el cumplimiento de estas reglas era obligatorio para todos los miembros del grupo, las normas no especificaban cómo debían de respetarse éstas, por lo que cada uno tenía su propia percepción acerca de cómo debían hacerse las cosas.

Oliver sin duda era el más violento y el más sangriento de todos. Parecía que disfrutaba con lo que hacía y, más de uno estaba seguro de que ya había cometido asesinatos antes de que el virus hubiese infectado su cuerpo.

A donde quiera que acudiese, Oliver llevaba consigo una vieja mochila de gimnasio en cuyo interior se encontraba un enorme catálogo de cuchillos de múltiples medidas, un hacha con una hoja extremadamente afilada, un destornillador y diversas cuerdas. El sonido de sus herramientas golpeándose las unas contra las otras alertaban de su presencia. Era un sonido de lo más siniestro, pero sólo era uno de los motivos por los que todos los miembros del grupo sintiésemos verdadero respeto por él.

La razón principal de nuestro temor hacia él se remontaban a lo acontecido algunas noches antes del fallecimiento de Lucas. Por aquel entonces todos los miembros del grupo aún cazábamos de forma conjunta y, cuando le llegó el turno a Oliver, todos nos quedamos atónitos ante su forma proceder.

Aún no he logrado quitarme de la cabeza lo que viví aquella noche, en la que después de haber entrado en casa de la víctima sin hacer el menor ruido, Oliver se acercó sigiloso hacia ésta -que se encontraba viendo la televisión en un sillón- y, una vez y estuvo justo detrás suya, sacó una enorme sierra eléctrica de su macabra mochila, y de su boca vociferó un estruendoso sonido.

Cuando su víctima dio un brinco provocado por el susto, él encendió a toda velocidad la sierra eléctrica y la partió por la mitad. Lo peor de aquella escena fue que la víctima logró sobrevivir durante 5 interminables y angustiosos minutos, algo que poco pareció importarle pues siguió engullendo su carne haciendo caso omiso de sus desgarradores gritos.




Gracias por leer y comentar :D

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lucia
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Re: [Novela corta] Historia de un infectado ACT. CAPITULO II

Mensaje por lucia » 20 Jul 2016 20:30

Pues poco hay que decir de este capítulo que no sea similar a lo del anterior.

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