UN PROBLEMA HEMISFÉRICO Traducción de Pablo Oyarzún R. La mitad del mundo, o casi, está siempre bajo la luz del sol: a medida que el mundo gira, este hemisferio de luz se desplaza también en redondo, y pasa sucesi- vamente sobre cada parte de aquél. Supongamos que un martes es de mañana en Londres; a la hora siguiente será martes de mañana al oeste de Inglaterra; si todo el mundo fuese tierra, podrí- amos ir a la siga1 del martes de mañana a todo el rededor, hasta que a las veinti- cuatro horas volviésemos a Londres. Pero sabemos que en Londres veinticuatro horas después del martes por la mañana es miércoles de mañana. ¿Dónde, pues en su paso alrededor de la Tierra, cambia el día su nombre? ¿Dónde pierde su identi- dad? En la práctica, no hay dificultad en ello, porque una gran parte del viaje es por aguas, y lo que ocurra por allá nadie puede decirlo; y, además, hay tantas len- guas diversas, que sería sin esperanza tratar de ir en pos del nombre de cada día a lo largo de todo el año. Pero, ¿es que no se puede concebir que una misma Tierra y una misma lengua se prolongaran alrededor del mundo? No me parece que sea in- concebible; y en ese caso2 no habría ninguna diferencia entre un día y el siguiente, y lo mismo con la semana, con el mes, etc., de manera que tendríamos que decir: “La batalla de Waterloo ocurrió hoy día, hace como dos millones de horas”. O bien habría que fijar una línea donde tuviese lugar el cambio, de suerte que los habitan- tes de una casa se despertarían y dirían: “¡Ahum3 martes por la mañana!”, y los habitantes de una casa vecina (al otro lado de la línea), escasas millas al oeste, des- pertarían unos pocos minutos después y dirían: “¡Ahum, miércoles por la maña- na!” No me cabe a mí decir en qué desesperada confusión se hallaría la gente a quienes tocara en suerte vivir sobre la línea misma. Habría pelea todas las mañanas a propósito de cuál sería el nombre del día. No puedo imaginarme un tercer caso, a menos que a cada cual se le permitiese decidir por sí mismo, lo que sería un estado de cosas harto peor que cualquiera de los otros dos. Me doy cuenta de que esta idea se ha presentado antes, a saber, al descono- cido autor de a aquel hermoso poema que empieza: “Si todo el mundo fuera tarta de manzana”,4 etc. El resultado peculiar que discutimos aquí, sin embargo, no pa- rece habérsele ocurrido, puesto que se limita a las dificultades para obtener bebida que con toda certeza seguiríanse. 1 Lo mejor es imaginarse uno mismo caminando con el sol, y preguntando a los habitantes a medida que avanza: “¿Qué mañana es ésta?” Si supone usted que viven a todo el derredor, y hablando todos la misma lengua, es obvia la dificultad. 2 Este, claramente, es un caso imposible, y sólo lo pongo a modo de hipótesis. 3 La exclamación usual al despertarse, generalmente dicha con un bostezo. 4 “Si todo el mundo fuera tarta de manzana, Y de tinta fuera todo el mar, Y todos los árboles pan y queso, ¿Qué tendríamos para tomar?”