LA DAMA DE BLANCO WILLIAM WILKIE COLLINS Prefacio a la presente edición (1861) La dama de blanco ha sido acogida con tan señalado interés por un inmenso círculo de lectores, que esta edición apenas necesita una introducción que la presente. He intentado, mediante repetidas enmiendas y una minuciosa revisión, que esta obra fuese digna del constante favor del público. Algunos errores técnicos que me habían escapado cuando escribí el libro se han corregido. Ninguno de estos pequeños defectos menoscaba el interés del relato, pero debían rectificarse en cuanto fuera posible, por respeto a mis lectores; en esta edición, pues, ya no existen. Se me han expuesto algunas dudas en forma capciosa en orden a la presentación más o menos correcta de los puntos legales que incidentalmente aparecen en esta historia. Por ello, he de mencionar que no he regateado esfuerzos tanto en este aspecto como en otros, para no llevar intencionadamente a engaño a mis lectores. Un hombre de leyes de gran experiencia profesional ha guiado amable y cuidadosamente mis pasos siempre que el curso de la narración me ha conducido por los laberintos de la ley. Antes de aventurarme a poner mi pluma en el papel, he sometido todas mis dudas a este caballero, y su mano ha corregido todo cuanto se refería a materias legales antes de su publicación. Puedo añadir apoyado por altas autoridades judiciales, que estas precauciones no han sido tomadas en vano. La «ley» contenida en este libro ha sido discutida, desde su publicación, por más de un competente tribunal y se decidió que era fundado cuanto en él se expone. Antes de terminar quiero añadir unas palabras de agradecimiento por la gran deuda de gratitud que he contraído con mis lectores. Por mi parte, no siento afectación de ningún género al manifestar que el éxito de esta obra ha sido extraordinariamente grato para mí, ya que implica el reconocimiento del principio literario que he sostenido desde que por primera vez me dirigí a mis lectores como novelista. Sostengo la vieja opinión de que el primer objetivo en una novela ha de ser el de narrar una historia, y jamás he creído que el novelista que cumple adecuadamente con esta primera condición esté en peligro de descuidar por ello el trazo de los personajes, por la sencilla razón de que el efecto producido por el relato de los acontecimientos no depende tan sólo de éstos, sino esencialmente del interés humano que se encuentre relacionado con ellos. Al escribir una novela pueden presentarse personajes bien dibujados sin por ello llegar a contar una historia satisfactoriamente sin describir los personajes; su existencia, como realidad reconocible, es la sola condición en que puede apoyarse la narración. El único relato capaz de producir una profunda impresión en los lectores es aquel que logra interesarles acerca de hombres y mujeres, por la perfectamente obvia razón de que ellos son también hombres y mujeres. La acogida que se ha dispensado a La dama de blanco ha confirmado en la práctica esta opinión y me ha satisfecho de tal modo que me ha dado confianza para el futuro. He aquí una novela que ha sido bien recibida precisamente porque se trata de una Historia; he aquí una historia cuyo interés —que conozco por el testimonio voluntario de los mismos lectores— no se ha separado nunca de los personajes. Laura, Miss Halcombe, Anne Catherick, el Conde Fosco, Mr. Fairlie y Walter Hartright me han conseguido amigos en todas partes donde han sido conocidos. Espero que no esté muy lejano el día en que pueda encontrarme de nuevo con ellos, cuando intente, a través de otros personajes, despertar su interés en otra historia. WILKIE COLLINS Harley—Street, Londres Febrero de 1.861 I PREAMBULO Esta es la historia de lo que puede resistir la paciencia de la Mujer y de lo que es capaz de lograr la tenacidad del Hombre. Si en el mecanismo de la Ley para investigar cada caso sospechoso y conducir cualquier proceso la influencia lubricante del oro desempeñase un papel secundario, los sucesos que vamos a narrar en estas páginas podrían haber reclamado la atención pública ante los Tribunales de Justicia. Pero la Ley, en algunos casos, está inevitablemente a las órdenes del que presenta la bolsa más repleta y por ello contamos la historia por primera vez en este lugar tal como debió haberla oído algún día el Juez; así va a escucharla ahora el Lector. Ninguna circunstancia importante, de principio a fin de esta declaración, ha de relatarse de oídas. Cuando el que escribe estas líneas introductorias (de nombre Walter Hartright) haya estado en relación más directa que otros con los sucesos de que habla él mismo lo contará. Cuando falle su conocimiento de los hechos dejará su lugar de narrador, y su tarea la continuarán, desde el punto en que él lo haya dejado, personas que pueden hablar de las circunstancias de cada suceso con tanta seguridad y evidencia como él mismo ha hablado en anteriores ocasiones. Por tanto esta historia la escribirá más de una pluma, tal como en los procesos por infracciones de la Ley el Tribunal escucha a más de un testigo, con el mismo objeto, en ambos casos, de presentar siempre la verdad de la manera más clara y directa; y para llegar a una reconstrucción completa de los hechos intervienen personas que tuvieron una estrecha relación con ellos en cada una de sus sucesivas fases, que relatan palabra por palabra, su propia experiencia. Oigamos primero a Walter Hartright, profesor de dibujo, de veintiocho años de edad. PRIMERA PARTE RELATO DE WALTER HARTRIGHT, DE CLEMENT'S INN, LONDRES I Era el último día de Julio. El largo y caliente verano llegaba a su término, y nosotros, los fatigados peregrinos de las empedradas calles de Londres, pensábamos en los campos de cereales sombreados por las nubes o en las brisas de otoño a orillas del mar. En lo que a mí se refiere, el agonizante verano me estaba quitando la salud, el buen humor y, si he de decir la verdad, también dinero. Durante el último año no administré mis ingresos tan cuidadosamente como otras veces, y esa imprevisión me obligaba ahora a pasar el otoño de la manera más económica entre la casa de campo que poseía mi madre en Hampstead y mi apartamento en la ciudad. Aquella tarde, recuerdo, estaba el ambiente cargado y melancólico; la atmósfera londinense resultaba más asfixiante que nunca, y apenas se oía el lejano murmullo del tráfico callejero; el pequeño latido de la vida en mi interior y el gran corazón de la ciudad que me rodeaba parecían decaer al unísono, lánguidamente, con el sol en su declinar. Levanté la cabeza del libro que intentaba leer y que más bien me hacía soñar y dejé mis habitaciones, saliendo al encuentro del fresco aire de la noche, paseando por los alrededores. Era una de las dos tardes semanales que solía pasar con mi madre y mi hermana, así que dirigí mis pasos hacia el Norte, camino de Hampstead. Los acontecimientos que he de referir me obligan a explicar ahora que mi padre había muerto hacía ya algunos años y que mi hermana Sarah y yo éramos los únicos supervivientes de una familia de cinco hijos. Mi padre también había sido profesor de dibujo. Sus esfuerzos le habían proporcionado éxitos en su profesión y su ansiedad, que movía su amor por nosotros, para asegurar el porvenir de los que dependíamos de su trabajo, le llevaron, desde su matrimonio, a dedicar al pago de un seguro de vida una parte de sus ingresos más sustancial de lo que la mayor parte de los hombres destinarían a este propósito. Gracias a su admirable prudencia y abnegación, después de su muerte mi madre y mi hermana pudieron mantener la misma situación holgada con la misma independencia que tuvieron mientras él vivió. Yo heredé sus relaciones, y tenía sobrados motivos para sentirme lleno de gratitud ante la perspectiva que me aguardaba en mi inicio en la vida. Cuando llegué ante la verja de la casa de mi madre, el sereno crepúsculo centelleaba todavía en los bordes más altos de los brezos, y a mis pies veía Londres sumergido en un negro golfo, en la oscuridad de la noche sombría. Apenas toqué la campanilla me abrió ya bruscamente la puerta mi ilustre amigo italiano el profesor Pesca, que acudió en lugar de la sirvienta y se adelantó alegremente para recibirme. Tanto por su personalidad como, debo añadir, por mi propia conveniencia, el profesor merece el honor de una presentación formal. Las circunstancias han hecho que tenga que ser éste el punto de partida de la extraña historia de familia que tengo el propósito de revelar en estas páginas. Conocía a mi amigo italiano por haberle encontrado en algunas casas aristocráticas, en las que él enseñaba su idioma y yo el dibujo. Todo cuanto yo sabía entonces de su pasado era que había ocupado un cargo importante en la Universidad de Padua; que había tenido que abandonar Italia por cuestiones políticas (la naturaleza de las cuales jamás dejó entrever a nadie), y que hacía muchos años que estaba establecido en Londres como profesor de idiomas. Sin ser lo que se dice un enano —pues estaba perfectamente proporcionado de pies a cabeza— Pesca era, en mi opinión, el hombre más pequeño que había visto, aparte de los que se exhiben en barracas. Si su físico resultaba llamativo, se distinguía aún más de sus congéneres por la inofensiva excentricidad de su carácter. Lo que parecía obsesionarle era la idea de mostrar su agradecimiento a la nación que le había ofrecido asilo y medios para ganarse la vida, por lo que hacía cuanto le era posible por convertirse en un perfecto inglés. No se contentaba con expresar su entusiasmo por las costumbres del país cargando siempre con paraguas, sombrero blanco y unas inevitables polainas sino que aspiraba a ser un inglés tanto en sus gustos y costumbres como en su indumentaria. Encontrando que nuestro pueblo se distinguía por su afición a los deportes, el hombrecillo, ingenuamente, era un apasionado de todos nuestros entretenimientos y juegos y se unía a ellos siempre que encontraba ocasión, con el firme convencimiento de que podía adoptar nuestras diversiones nacionales mediante un esfuerzo de voluntad, tal como había adoptado las polainas y el sombrero blanco. Le había visto arriesgar ciegamente sus piernas en una caza de zorros y en un campo de cricket, y poco después, pude ver el peligro que corrió su vida en la playa de Brighton. Nos encontramos allí casualmente y nos bañamos juntos. Si nos hubiéramos dedicado a alguna práctica específica de mi nación, me hubiera visto obligado a preocuparme, por supuesto, del profesor Pesca; pero como los extranjeros, por lo general, pueden cuidarse de sí mismos en el agua tan bien como nosotros, no se me ocurrió que se podía incluir el arte natatorio en la lista de pruebas de valor que él se creía capaz de superar improvisadamente. Inmediatamente después de haber dejado ambos la orilla, me detuve, descubriendo que mi amigo no había llegado hasta mí y me volví para buscarle. Con pasmo y horror advertí entre la orilla y yo la presencia de dos bracitos blancos que durante unos instantes bregaron por encima de las aguas hasta desaparecer de la vista. Cuando me sumergí en su busca, el pobrecillo estaba tendido en el fondo embutido en la oquedad de una roca, y mucho más diminuto de lo que me había parecido hasta entonces. Durante los pocos minutos que transcurrieron mientras le saqué, el aire libre lo revivió, y pudo subir los escalones de la máquina con mi ayuda. Con la parcial recuperación de su vitalidad, recobró también su maravilloso delirio de grandeza al respecto de la natación tan pronto como sus dientes dejaron de castañetear y pudo pronunciar alguna palabra; me dijo sonriendo y como sin darle ninguna importancia que «había sufrido un calambre». Cuando se reunió de nuevo conmigo en la playa repuesto ya por completo, dejó por un momento su artificiosa reserva británica y brotó su cálida naturaleza meridional, apabullándome con sus impetuosas muestras de afecto —exclamaba apasionadamente con la clásica exageración italiana, que en lo sucesivo su vida estaría a mi disposición— y afirmando que jamás volvería a ser feliz hasta encontrar la oportunidad de probar su gratitud rindiéndome un servicio tal que yo debiese recordar hasta el fin de mis días. Hice cuanto pude para detener aquel torrente de lágrimas y manifestaciones de afecto, insistiendo en tratar aquel episodio humorísticamente; al final, como imaginaba, el sentimiento de obligación que sentía Pesca hacia mí fue atenuándose. ¡Poco pensaba yo entonces, —como tampoco lo pensé cuando acabaron nuestras alegres vacaciones— que la oportunidad de brindarme un servicio que tan ardientemente ansiaba mi agradecido amigo iba a llegar muy pronto, que él la aceptaría al momento y que con ello alteraría el curso de mi vida, cambiándome de tal modo que casi no era capaz de reconocerme a mí mismo tal como había sido en el pasado! Y así sucedió; si yo no hubiese arrancado al profesor de su lecho de rocas en el fondo del mar, en ningún caso hubiera tenido relación con la historia que se relatará en estas páginas, ni jamás, probablemente, hubiera oído pronunciar el nombre de la mujer que ha vivido constantemente en mi imaginación, que se ha adueñado de toda mi persona y que con su influencia dirige hoy mi vida. II La cara y la actitud de Pesca, la noche en que nos encontramos ante la verja de mi madre, fueron más que suficientes para hacerme saber que algo extraordinario había sucedido. Sin embargo fue completamente inútil pedirle una pronta explicación. Lo único que saqué en limpio, mientras me conducía hacia el interior con ambas manos, era que, conociendo mis costumbres, había venido aquella noche a casa seguro de encontrarme y que tenía que comunicarme noticias de muy agradable naturaleza. Nos dirigimos al salón de una manera bastante poco correcta y precipitada. Mi madre estaba sentada junto a la ventana abierta, riendo y abanicándose. Pesca era uno de sus favoritos, y cualquiera de sus excentricidades hallaba siempre disculpa ante sus ojos ¡Pobre alma sencilla! Desde el momento en que se dio cuenta de que el diminuto profesor estaba lleno de gratitud y profesionalmente unido a su hijo, le abrió su corazón sin reservas y pasó por alto todas sus desconcertantes rarezas de extranjero, sin intentar siquiera comprenderlas. Mi hermana Sarah, a pesar de gozar de la ventaja de su juventud, era curiosamente mucho menos flexible. Reconocía las excelentes cualidades de Pesca, pero no las aceptaba ciegamente, como hacía mi madre, sólo por ser amigo mío. La veneración que Pesca profesaba hacia todo lo que fueran apariencias, estaba en permanente contradicción con la corrección británica de ella, y no podía por menos de sentir un desagradable asombro cada vez que el excéntrico y pequeño extranjero se permitía ciertas familiaridades con mi madre. He observado, no sólo en el caso de mi hermana, sino en otros muchos, que nuestra generación es menos impulsiva y cordial que la de nuestros mayores. Constantemente veo personas mayores excitadas y emocionadas ante la expectitiva de deleite que les espera, el cual no logra perturbar la serena tranquilidad de sus nietos. Yo me pregunto: ¿es que los jóvenes de ahora somos muchachos y muchachas tan auténticos como lo eran nuestros abuelos en su tiempo? ¿habrán avanzado demasiado las ventajas de la educación? ¿somos en esta época nueva una mera escoria humana que ha recibido una educación demasiado buena? Sin intentar aclarar estas importantes cuestiones puedo sin embargo decir que cuando veía a mi madre y a mi hermana en compañía de Pesca jamás dejaba de notar que la primera resultaba la más juvenil de las dos. En aquella ocasión, por ejemplo, mientras la dama de mayor edad estaba riendo abiertamente de la manera atropellada con que entramos en el salón, Sarah recogía con visible desazón los pedazos de una taza de té que el profesor había roto al precipitarse a mi encuentro. —No sé lo que hubiera sucedido si llegas a retrasarte, Walter —dijo mi madre—. Pesca está medio loco de impaciencia y yo medio loca de curiosidad. El profesor trae alguna noticia maravillosa que te concierne y se ha negado cruelmente a darnos la más mínima pista hasta que su amigo Walter apareciese. —¡Qué lata! ¡Ya se ha descalabrado la partida!— murmuró Sarah entre dientes, absorbida en la recogida de los restos de la taza rota. Mientras eran pronunciadas esas palabras, el bueno de Pesca, sin preocuparse lo más mínimo del irreparable destrozo que había causado, empujatba tan contento una de las butacas hacia el otro extremo de la sala, situándonos a los tres tal como haría un orador desde su tribuna. Volvió la butaca de espalda a nosotros, se colocó en ella de rodillas y con gran excitación empezó a dirigir la palabra a su pequeña congregación de tres, desde su improvisado púlpito. —Y ahora, queridos míos —empezó Pesca (que siempre decía «queridos», en lugar de «amigos»)—, escuchadme. Ha llegado el momento. Ahí va mi buena noticia. Empiezo a hablar. —¡Escuchad, escuchad! —dijo mi madre siguiendo la broma. —Lo primero que le toca romper, mamá, será el respaldo de la mejor butaca que tenemos —dijo Sarah por lo bajo. —Vuelvo la vista atrás y me dirijo, como siempre, a la más noble de las criaturas humanas —continuó Pesca con vehemencia, señalando mi humilde persona desde su sitial—. ¿Quién me encontró muerto en el fondo del mar (a causa de un calambre) y me sacó a flote, y qué dije cuando volví a la vida y a vestir mis ropas? —Mucho más de lo necesario —contesté yo lo más ceñudamente que pude, pues sabía que tratar este asunto era equivalente a liberar las emociones de Pesca en una riada de lágrimas. —Dije —insistió Pesca— que mi vida le pertenecía a mi querido amigo Walter hasta el fin de mis días y así es. Dije que nunca volvería a ser feliz si no encontraba una oportunidad de hacer algo por él, y, en efecto, nunca he estado satisfecho conmigo mismo hasta que ha llegado este venturoso día. Ahora —gritó entusiasmado el hombrecito— la felicidad rebosa por todos los poros de mi cuerpo, porque juro por mi fe, mi honor y mi alma que ocurre algo bueno y que sólo queda por decir: ¡bien, todo está muy bien! Conviene aquí explicar que Pesca tenía el prurito de creerse un perfecto inglés tanto en su lenguaje como en sus costumbres, diversiones e indumentaria. Había adoptado algunas de nuestras expresiones más familiares y las usaba en sus conversaciones siempre que se le ocurría, repitiéndolas una tras otra como si constituyeran una larga sílaba, sólo por el gusto de decirlas y generalmente sin saber con exactitud su sentido. —Entre las casas elegantes de Londres que frecuento para enseñar la lengua de mi país —continuó el profesor, decidiéndose al fin a explicar el asunto dejándose de más preámbulos—, hay una más opulenta que todas las demás, situada en la gran plaza de Portland. Todos sabéis dónde está ¿no?. Sí, claro, por supuesto. Esta gran casa, queridos amigos, cobija a una gran familia. Una mamá rubia y gorda, tres señoritas rubias y gordas; dos jóvenes caballeros rubios y gordos y un papá más rubio y gordo que todos ellos, que es un adinerado comerciante, forrado de oro, hombre de gran distinción en otro tiempo y que ahora, con su cabeza calva y su doble barbilla, resulta de mucho menos porte. Pues bien, atención: Yo enseño el sublime Dante a las tres jóvenes señoritas pero, ¡Dios me ampare!, no hay palabras para explicar el rompecabezas que el sublime crea en esas tres lindas cabezas. Pero no importa, todo llegará y cuantas más lecciones se necesiten, mejor para mí. Imagínense ustedes que hoy estaba enseñando a las señoritas como siempre: estamos los cuatro juntos en el inferno del Dante, en el séptimo círculo —pero esto no tiene importancia—, todos los círculos son lo mismo para las tres señoritas gordas y rubias, y en el que se hallan firmemente ancladas; yo trato de avanzar recitando, declamando, y sofocándome con mi propio entusiasmo..., cuando de repente oigo por el pasillo el crujir de unas botas y enseguida entra en la sala el rico papá, poderoso comerciante de cabeza calva y papada. ¡Ay queridos, creo que el asunto empieza a interesarles. ¿Me habéis escuchado con paciencia o habéis pensado: «Al diablo con Pesca, que esta noche habla interminablemente»? Declaramos que estábamos profundamente interesados. El profesor continuó: —El adinerado papá lleva una carta en su mano, y después de excusarse por haber interrumpido nuestra estancia en las regiones infernales con asuntos de este mundo, se dirige a las tres señoritas y empieza del modo con que siempre empiezan los ingleses cada conversación: con un gran ¡Oh! «¡Oh queridas! dice el poderoso mercader, tengo aquí una carta de mi amigo el señor...» (he olvidado el nombre; pero no importa, ya que nos ocuparemos luego de esto). Así que el papá dice «tengo una carta de mi amigo el señor, en la que me pregunta si podría recomendarle un profesor de dibujo que estuviera dispuesto a trasladarse durante una temporada a su casa de campo» y ¡por mi alma que si en aquel momento tengo los brazos bastante largos hubiera sido capaz de abarcar con ellos la poderosa humanidad del rico papá para estrecharle contra mi corazón en señal de gratitud por haber lanzado tan estupendas palabras! Como no pude hacerlo, me contenté con agitarme en mi asiento como si me estuvieran pinchando, pero no dije nada y le dejé hablar. «¿Conocéis vosotras, hijas mías, algún profesor de dibujo que yo pueda recomendar?», dice el buen fabricante de dinero mientras da vueltas a la carta entre sus dedos cuajados de oro. Las tres jovencitas se miran y responden (con el inevitable ¡Oh! inglés): «¡Oh! no, papá, pero aquí está el señor Pesca...» Al oír pronunciar mi nombre no puedo contenerme; su recuerdo, querido amigo, se me sube a la cabeza como una oleada de sangre: doy un brinco sobre la silla y digo en el más correcto inglés al poderoso comerciante: «Estimado señor, conozco al hombre que necesita, al mejor profesor de dibujo del mundo. Recomiéndele usted sin falta para que salga la carta en el correo de la noche y envíele mañana mismo con todo su equipaje.» (¡Vaya frase inglesa!, ¿eh?) «Bueno, un momento, —dice el papá—, ¿es inglés o extranjero?» «Inglés hasta la médula de los huesos», respondo. «¿Honorable?» «Caballero —contesto con viveza, pues esta pregunta suena a insulto ya que él me conoce— la llama inmortal del genio arde en el alma de ese inglés, y lo que es más, ha brillado antes en la de su padre». «Eso no me importa», dice papá, aquel caníbal de oro. «Eso no me importa, señor Pesca. En este país no nos interesa el genio si no va acompañado de honorabilidad, pero si la hay, somos felices de ver un genio, verdaderamente felices. ¿Su amigo puede presentar referencias, cartas que acrediten su comportamiento?» Hago un gesto despectivo con la mano. «¿Cartas? —digo— ¡Dios me ampare! ¡Ya lo creo, ya! Montones de cartas, fajas de referencias si usted lo desea». «Con una o dos tenemos bastante —respondió aquel hombre lleno de flema y dinero—. Que me las envíe con su nombre y sus señas, y espere un poco, señor Pesca, antes de que vaya a ver a su amigo quiero darle un billete». «¿Un billete de banco? —le digo con indignación— Nada de billetes por favor, hasta que mi amigo inglés los haya ganado», «¿Billete de banco? —dice el papá, muy sorprendido—. Pero ¿quién habla de eso? Me refiero a que voy a escribir un billete, una nota que le explique sus obligaciones. Siga usted con su lección, Pesca, mientras copio lo que interesa de la carta de mi amigo» . El hombre de mercancías y dinero se sienta con su pluma, tinta y papel y yo vuelvo al Infierno de Dante en compañía de las tres señoritas. Al cabo de diez minutos el billete está escrito y las crujientes botas del papá se alejan por el pasillo. Desde aque momento ¡juro por mi fe, mi honor y mi alma que no me doy cuenta de nada! La idea feliz de que por fin he hallado mi oportunidad y de que el grato servicio que rindo a mi amigo más querido de este mundo ya es realidad casi, esta idea me sube a la cabeza y me embriaga. Cómo regreso ya con mis discípulas de la Región Infernal, ni cómo cumplo mis otros quehaceres, ni cómo mi frugal comida se desliza sola en mi garganta, no lo sé, es como si estuviera en la luna. Lo único importante es que estoy aquí, con la nota del omnipotente comerciante en mi mano, y que me siento inmenso como la vida misma, ardiente como el fuego y feliz como un rey. ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!, ¡Bien, bien, bien, muy bien! Y el profesor agitó la nota con las condiciones sobre su cabeza, rematando su largo y fogoso relato con su estridente imitación italiana del alegre hurra británico. Entonces mi madre se levantó de su asiento y, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, cogió las dos manos del profesor y le dijo emocionada: —Mi querido, mi querido Pesca, nunca había dudado de su sincero afecto hacia Walter; pero ahora estoy más convencida de ello que nunca. —Desde luego que estamos muy agradecidas al profesor Pesca por lo que ha hecho por Walter —añadió Sarah, y con estas palabras hizo el movimiento de incorporarse como queriendo acercarse al sillón de Pesca también, pero al ver a éste besar con efusión las manos de mi madre se puso seria y volvió a hundirse en su asiento. «Si se permite con mamá estas familiaridades, sabe Dios las que se tomará conmigo». Los rostros a veces dicen la verdad; y, sin duda, esto fue lo que pensaba Sarah mientras volvía a sentarse. A pesar de que yo también sentía verdadero agradecimiento por el afecto de Pesca, no experimentaba la alegría que debiera producirme la perspectiva del nuevo empleo que se me ofrecía. Cuando el profesor acabó de besar las manos de mi madre y cuando yo le di las gracias por su intervención, le pedí que me dejara echar un vistazo al billete que su respetable señor me dirigía. Pesca me alargó el papel con un gesto de triunfo. —¡Lea —me dijo el hombrecillo majestuosamente— Le aseguro, amigo mío, que la misiva del papá de oro le hablará con lenguaje de trompetas. La nota estaba redactada en términos lacónicos, contundentes y, en todo caso inteligibles. Se me comunicaba: Primero. Que el caballero Frederich Fairlie, de la casa Limmeridge, en Cumberland, desea contratar por un período de cuatro meses como mínimo un profesor de dibujo de reconocida competencia. Segundo. Que este profesor deberá encargarse de dos clases de trabajo. La enseñanza de pintura a la acuarela a dos señoritas y dedicará las demás horas de trabajo a la restauración de una valiosa colección de dibujos que ha alcanzado un estado de abandono total. Tercero. Que los honorarios que se ofrecen a la persona que acepta a su cargo y cumplirá debidamente con dichos trabajos serán de cuatro guineas a la semana; que residirá en Limmeridge; que se le concederá el trato correspondiente a un caballero. Cuarto y último. Que se abstenga de solicitar esta colocación la persona que sea incapaz de presentar las referencias más indispensables respecto a su persona y aptitudes. Tales referencias se enviarán a Londres, a casa del amigo del señor Fairlie, que está autorizado para efectuar todos los trámites definitivos. A estas instrucciones seguían el nombre y señas del patrón de Pesca en Portland, y aquí la nota —o el billete— terminaba. Ciertamente, esta oferta de un empleo fuera de la ciudad resultaba atractiva. El trabajo prometía ser tan fácil como agradable; además, la proposición llegaba en otoño, en la época del año en que yo estaba menos ocupado; la remuneración, según mi propia experiencia en esta profesión, era sorprendentemente generosa. Yo lo comprendía; comprendía que debería considerarme muy afortunado si llegaba a ocupar aquel puesto, pero tan pronto como hube leído la nota sentí una inexplicable inapetencia de hacer algo por conseguirlo. Nunca antes mi deber y mi gusto se habían encontrado en una divergencia tan irreconciliable y dolorosa. —¡Oh Walter! Nunca tuvo tu padre una suerte como esta —dijo mi madre, devolviéndome la nota después de leerla. —¡Conocer a una gente tan distinguida y, encima, esta gentileza suya, para tratarse de igual a igual! —añadió Sarah, enderezándose en su silla. —Sí, sí, las condiciones parecen bastante tentadoras en todos los aspectos —añadí con cierta impaciencia —pero antes de enviar mis referencias me gustaría reflexionar un poco... —¡Reflexionar! —exclamó mi madre—, Pero Walter, ¿qué dices? —¡Reflexionar! —repitió Sarah detrás de ella—, ¡Como se te ocurre pensarlo siquiera! —¡Reflexionar! —tomó la palabra el profesor—. ¿Sobre qué se ha de reflexionar? ¡Contésteme! ¿No se quejaba usted de su salud, y no suspiraba por lo que usted llama el sabor de la brisa campestre? ¡Vamos! Si este papel que tiene en su mano le ofrece todas las bocanadas de la brisa campestre que puede respirar durante cuatro meses hasta sofocarse. ¿No es así? ¿Eh? También quería dinero. ¡De acuerdo! ¿Cuatro guineas semanales le parecen una tontería? ¡Dios misericordioso! ¡Que me las den a mí y ya verán ustedes como crujen mis botas tanto como las del papá de oro, y con plena conciencia de la descomunal opulencia del que las gasta! Cuatro guineas cada semana sin contar la encantadora presencia de dos señoritas jóvenes, sin contar la cama, el desayuno, la cena, los magníficos tés ingleses y meriendas, la espumeante cerveza, todo a cambio de nada, oiga, ¡Walter, querido amigo!, ¡que el diablo me lleve! ¡Por primera vez en mi vida mis ojos no me sirven para verle y para asombrarme de usted! Ni la evidente sorpresa de mi madre ante mi actitud fervorosa, ni la relación que Pesca me hacía de los beneficios que el nuevo empleo me brindaba, consiguieron hacer tambalear mi irrazonable resistencia a la idea de viajar hacia Limmeridge. Cuando todas las débiles objecciones que se me ocurrían eran rebatidas una tras otra, ante mi completo desconcierto, intenté erigir un último obstáculo preguntando qué sería de mis alumnos de Londres durante el tiempo que me dedicase a enseñar a copiar del natural a las señoritas Fairlie. La respuesta fue fácil: la mayoría de ellos estarían fuera haciendo sus habituales viajes de otoño, y los que no salieran de la población podrían dar clase con un compañero mío, de cuyos discípulos me encargué yo una vez, bajo circunstancias similares. Mi hermana me recordó que aquel caballero me había ofrecido expresamente sus servicios si este año se me ocurría hacer algún viaje en verano; mi madre muy seria, me increpó diciendo que no tenía derecho a jugar con mis intereses ni con mi salud, por un capricho absurdo; y Pesca me imploró que no hiriera su corazón al rechazar el primer servicio que él pudo rendir, en señal de su agradecimiento, al amigo que le había salvado la vida. La sinceridad y franco afecto que inspiraban estos discursos hubieran sido capaces de conmover a cualquiera que tuviese un átomo de sentimiento en su composición. Aunque yo no pude combatir mi extraña perversidad, por lo menos fui lo suficientemente honrado como para avergonzarme de todo corazón y puse fin a la discusión complaciendo a todos: cedí y prometí cumplir lo que todos los presentes esperaban de mí. El resto de la velada se consumió con cierto regocijo en hacer jubilosas suposiciones sobre mi futura convivencia con las dos señoritas de Cumberland. Pesca, inspirado con nuestro grog, que cinco minutos después de estar englutiendo obraba los milagros más sorprendentes con su cabeza, quiso demostrarnos que era todo un inglés emitiendo una serie de brindis que se sucedían con rapidez, en los que hacía votos por la salud de mi madre, de mi hermana, de la mía, y por la salud de todos a la vez, del señor Fairlie y de sus hijas; inmediatamente después se dio las gracias a sí mismo con mucho énfasis en nombre de todos los presentes. —Un secreto, Walter —me dijo mi amigo cuando los dos caminábamos hacia nuestras casas, en tono confidencial. —Estoy excitado por mi propia elocuencia. Mi pecho rebosa de ambiciones. Ya verá cómo me eligen un día miembro de su noble Parlamento. ¡Es el sueño de toda mi vida: ser el ilustrísimo señor Pesca, Miembro del Parlamento! A la mañana siguiente envié al patrón del profesor mis referencias. Pasaron tres días; y llegué a la conclusión —para mi secreta satisfacción— de que mis informes no habían resultado bastante convincentes. Sin embargo al cuarto día llegó la respuesta. Se me comunicaba que el señor Fairlie aceptaba mis servicios y me instaba a partir para Cumberland de inmediato. En la posdata se especificaba clara y minuciosamente todas las instrucciones necesarias para emprender el viaje. Hice los preparativos de mi viaje sin la menor ilusión, para salir de Londres por la mañana del día siguiente. Al atardecer se presentó Pesca, camino de una cena festiva, a despedirme. Cuando usted no esté aquí, mis lágrimas se secarán —dijo alegremente— al pensar que fue mi mano feliz la que le dio el primer empujón en su camino de glorias y riquezas. ¡En marcha, amigo mío! ¡Cuando su sol brille en Cumberland, métale en casa, en nombre de Dios. Cásese con una de las señoritas y llegará a ser el honorable Hartright, M. P. Y cuando esté en la cumbre de la gloria, recuerde que Pesca, desde abajo, le mostró el sendero para alcanzarla. Traté de sonreir a mi diminuto amigo siguiéndole su broma, pero no estaba mi espíritu para sonrisas. Algo en mi interior temblaba penosamente, mientras aquél me dedicaba su alegre despedida. Cuando me dejó, lo único que me quedaba por hacer era encaminarme hacia la casa de Hamsptead para despedirme de mi madre y mi hermana. III El día había sido caluroso en extremo, y al llegar la noche continuaba el bochorno y la pesadez de la atmósfera. Mi madre y mi hermana habían pronunciado tantas palabras de despedida y tantas veces me habían pedido esperar cinco minutos más que casi era ya medianoche cuando el criado cerró tras de mí la verja del jardín. Anduve algunos pasos por el atajo que me llevaba a Londres, pero luego me detuve vacilando. En el cielo sin estrellas brillaba la luna, y en su misteriosa luz el quebrado suelo del páramo aparecía como una región salvaje, a miles de millas de la gran ciudad que yo contemplaba a mis pies. La idea de sumergirme en seguida en el bochorno y la oscuridad de Londres me repelía. La perspectiva de ir a dormir a mis habitaciones sin aire, se me antojaba, agitado como estaba en mi espíritu y cuerpo, idéntica a la de sofocarme poco a poco. Me decidí, pues, por el aire más puro, escogiendo el camino más desviado posible para pasear por blanquecinos senderos aireados por el viento a través del desierto páramo y llegar a Londres por los suburbios, tomando la carretera de Finchley y así regresar a casa con el fresco de la madrugada por la parte occidental de Regent's Park. Seguí caminando lentamente por el páramo, gozando de la divina quietud del paisaje y admirando el suave juego de luz y sombra que reverberaba sobre el agrietado terreno a ambos lados del camino. En toda esta primera y más bella parte de mi paseo nocturno, mi pasiva mente recibía las impresiones que la vista le proporcionaba; apenas si pensaba en algo, y de hecho lo que experimentaba en aquellos momentos no dejaba lugar a pensamientos algunos. Pero cuando dejé el páramo para seguir por la carretera, donde había menos que admirar, las ideas que el próximo cambio en mis costumbres y ocupaciones había despertado, fueron acaparando toda mi atención. Al llegar al fin de la carretera estaba completamente absorto en mis visiones fantasmagóricas de Limmeridge, del señor Fairlie y de las dos señoritas cuya educación artística iba a estar muy pronto en mis manos. Llegué en mi caminata al lugar donde se cruzaban cuatro caminos: el de Hampstead, por el cual había venido; la carretera de Finchley; la de West—End y el camino que llevaba a Londres. Seguí mecánicamente este último y avanzaba fantaseando perezosamente sobre cómo serían las señoritas de Cumberland, cuando pronto se me heló la sangre en las venas al sentir que una mano se posaba sobre mi hombro. Tan ligera como inesperadamente. Me volví bruscamente apretando con mis dedos el puño de mi bastón. Allí, en medio del camino ancho y tranquilo, allí, como si hubiera brotado de la tierra o hubiese caído del cielo en aquel preciso instante, se erguía la figura de una solitaria mujer envuelta en vestiduras blancas; inclinaba su cara hacia la mía en una interrogación grave mientras su mano señalaba las oscuras nubes sobre Londres, así la vi cuando me volví hacia ella. Estaba demasiado sorprendido, por lo repentino de aquella extraordinaria aparición que surgió ante mi vista en medio de la oscuridad de la noche y en aquellos lugares desiertos, para preguntarle lo que deseaba. La extraña mujer habló primero: —¿Es este el camino para ir a Londres? —dijo. La miré fijamente al oír aquella singular pregunta. Era ya muy cerca de la una. Todo lo que pude distinguir a la luz de la luna fue un rostro pálido y joven, demacrado y anguloso en los trazos de las mejillas y la barbilla; unos ojos grandes, serios, de mirada atenta y angustiosa, labios nerviosos e imprecisos cabellos de un rubio pálido con reflejos de oro oscuro. En su actitud no había nada salvaje ni inmodesto, expresaba serenidad y dominio de sí misma, se notaba un aire melancólico y como temeroso; su porte no era precisamente el de una señora, pero tampoco el de las más humildes de la sociedad. Su voz, aunque la había oído poco, tenía flexiones extrañamente reposadas y mecánicas, a la vez que la dicción era notablemente apresurada. Llevaba en la mano un pequeño bolso, y tanto éste como sus ropas, capota, chal y traje eran blancos y, hasta donde yo era capaz de juzgar, las telas no parecían finas ni costosas. Era esbelta y de estatura más que mediana, no se observaba en sus gestos nada que se pareciese a la extravagancia. Aquello fue todo lo que pude ver de ella entonces, a causa de la escasa luz y de mi perplejidad ante las extrañas circunstancias de nuestro encuentro. ¿Qué clase de mujer sería aquélla, y qué haría sola en una carretera, pasada una hora de la medianoche? No llegaba a entenderlo. De lo único que estaba seguro era de que el más lerdo de los hombres no hubiera podido interpretar en mal sentido sus intenciones al hallarme, ni siquiera considerando la hora tan tardía y sospechosa y el lugar tan sospechoso y desértico. —¿Me oye usted? —repitió con la misma calma y rapidez, y sin el menor signo de impaciencia o enfado—. Preguntaba si este es el camino que lleva a Londres. —Sí— respondí—. Este es el camino que va hasta San John Wood y al Regent's Park. Perdone que haya tardado en contestarle. Me ha sorprendido su repentina aparición, y aun ahora sigo sin comprenderla. —No sospechará usted que es por algo malo, ¿verdad?. No he hecho nada que sea malo. Tuve un accidente..., y me siento desgraciada por estar aquí sola a estas horas. ¿Por qué piensa usted que he hecho algo malo? Hablaba con una seriedad y agitación innecesarias y retrocedió unos pasos ante mí. Hice lo posible por tranquilizarla. —Por favor, no crea que se me ha ocurrido sospechar de usted —dije—, no he tenido otro deseo que serle útil en lo que pueda. Lo que me chocó de su aparión en el camino fue que un momento antes lo había mirado y estaba completamente vacío. Se volvió hacia atrás y señaló el lugar en que se unen los caminos de Londres y Hampstead, que era un hueco en el seto. —Le oí venir —contestó—, y me escondí allí para ver qué clase de hombre sería antes de arriesgarme a hablarle. Tuve dudas y temores hasta que pasó a mi lado, y entonces hube de seguirle a hurtadillas y tocarle. ¿Seguirme a hurtadillas y tocarme? ¿Por qué no me llamó? Extraño, por no decir otra cosa. —¿Puedo confiarme a usted? —preguntó—. ¿No pensará usted de mí lo peor porque haya sufrido un accidente? Se calló como avergonzada, cambió el bolso de una mano a la otra y suspiró amargamente. La soledad y desamparo de aquella mujer me conmovían. El impulso natural de socorrerla y salvarla se impuso a la serenidad de juicio, precaución y mundología que hubiera demostrado un hombre mayor, más experto y más frío ante esta extraña emergencia. —Puede confiar en mí si su propósito es honesto— contesté—. Y si le violenta confesar el motivo de hallarse en esta extraña situación, no volvamos a hablar de ello. Dígame en qué puedo ayudarla y lo haré si está en mi mano. —Es usted muy amable y estoy muy, muy feliz de haberle encontrado. Por vez primera escuché resonar en su voz algo de ternura femenina cuando pronunciaba estas palabras; pero en sus grandes ojos, cuya angustiosa mirada de atención se fijaba en mí con insistencia, no brillaban lágrimas. —No he estado en Londres más que una vez —continuó hablando aún más de prisa— y no conozco esos lugares. ¿Podría conseguir un coche o un carro o lo que fuese? ¿Es demasiado tarde? No sé. Si usted pudiera indicarme dónde encontrarlo, y fuera capaz de prometerme no intervenir en nada y dejarme marchar cuándo y dónde yo quiera... Tengo en Londres una amiga que estará encantada de recibirme, y yo no deseo otra cosa. ¿Me lo promete? Miró con ansiedad a ambos lados de la carretera, cambió una y otra vez de mano su bolso blanco, repitió aquellas palabras: «¿Me lo promete?» y me miró largamente con tal expresión de súplica, temor y desconcierto que me sentí alarmado. ¿Qué iba yo a hacer? Se trataba de un ser humano desconocido, abandonado completamente a mi merced e indefenso ante mí, y este ser era una mujer desgraciada. Cerca no había ni una sola casa, ni pasaba nadie a quien yo pudiera consultar, ningún derecho terrenal me daba el poder de mandar sobre ella, aunque hubiera sabido cómo hacerlo. Escribo estas líneas lleno de desconfianza hacía mí mismo, bajo las sombras de los acontecimientos posteriores que nublan el propio papel en que las trazo, y sigo preguntándome: ¿Qué hubiera podido hacer entonces? Lo que hice fue tratar de ganar tiempo con preguntas. —¿Está segura de que su amiga de Londres la recibirá a estas horas de la noche?— le dije. —Completamente segura. Pero prométame que me dejará sola en cuanto se lo pida y que no se entremeterá en mis asuntos. ¿Me lo promete? Al repetir por tercera vez esta pregunta se acercó a mí y, con un furtivo y suave movimiento, puso su mano en mi pecho, una mano delgada, una mano fría (lo noté cuando la aparté con la mía), incluso en aquella noche bochornosa. Recordad que yo era joven y que la mano que me tocó era una mano de mujer. —¿Me lo promete? —Sí. ¡Una sola palabra! La palabra tan familiar que está en los labios de todos los hombres a cada hora del día. ¡Pobre de mí, ahora, al escribirla, me estremezco! Y andando juntos dirigimos nuestros pasos hacia Londres en aquellas primeras y tranquilas horas del nuevo día, ¡yo con aquella mujer, cuyo nombre, cuyo carácter, cuya historia, cuyo objeto en la vida, cuya misma presencia a mi lado en aquellos momentos eran misterios insondables para mí! Creía estar soñando. ¿Era yo en verdad Walter Hartright? ¿Era aquél el camino para Londres, tan corriente y conocido, tan poblado de gentes ociosas los domingos? Había estado yo hacía poco más de una hora en el ambiente sosegado, decente y convencionalmente doméstico de la casita de mi madre? Me sentía demasiado aturdido, a la vez que demasiado consciente de un sentimiento de reprobación hacia mí mismo para poder hablar a mi extraña acompañante en los primeros minutos. Y fue también su voz la que rompió el silencio que nos envolvía. —Quiero preguntarle una cosa— dijo de golpe—. ¿Conoce usted mucha gente en Londres? —Sí, muchísima. —¿Mucha gente distinguida y aristocrática? Había en esta pregunta una inconfundible nota de desconfianza, y yo vacilé sobre lo que debía contestar. —Algunos— dije después de un momento. —Muchos— se paró en seco, y me escrutó con su mirada—. ¿Muchos hombres con el título de barón? Demasiado sorprendido para contestarle, interrogué yo a mi vez. —¿Por qué me lo pregunta? —Porque espero, en mi propio interés, que exista un barón que usted no conozca. —¿Quiere decirme su nombre? —No puedo..., no me atrevo... Pierdo la cabeza cuando le nombro. Hablaba en voz alta, casi con ferocidad, y levantando su puño cerrado, lo agitó con vehemencia; luego se dominó repentinamente, y dijo en voz baja, casi en un susurro: —Dígame a quiénes de ellos conoce usted. No podía negarme a satisfacerla en una pequeñez como aquélla y le dije tres nombres. Dos eran de padres de mis alumnas, y otro, el de un solterón que me llevó una vez de viaje en su yate para que le hiciese unos dibujos. —¡Ah, no le conoce a él!— dijo con un suspiro de alivio.— ¿Es usted también aristócrata? —Nada de eso. No soy más que un profesor de dibujo. Cuando le di esta respuesta, quizá con alguna amargura, agarró mi brazo con la brusquedad que caracterizaba todos sus movimientos. —¡No es un aristócrata!— se repitió a sí misma—. ¡Gracias a Dios, puedo confiar en él! Hasta aquel momento había logrado dominar mi curiosidad por consideración a mi acompañante, pero ahora no pude contenerme. —Me parece que tiene usted graves razones contra algún aristócrata, —le dije— me parece que el barón a quien no quiere nombrar le ha causado un agravio. ¿Es por éso por lo que se halla aquí a estas horas? —No me pregunte, no me haga hablar de ello— contestó—. No me siento con fuerzas ahora. Me han maltratado mucho y me han ofendido mucho. Le quedaría muy agradecida si va más de prisa, y no me habla. Sólo deseo tranquilizarme, si es que puedo. Seguimos adelante con paso rígido, y durante más de media hora no nos dijimos una sola palabra. De cuando en cuando, como tenía prohibido seguir con mis preguntas, yo lanzaba una furtiva mirada a su rostro, su expresión no se alteraba: los labios apretados, la frente ceñuda, los ojos miraban de frente, ansiosos pero ausentes. Habíamos llegado ya a las primeras casas y estábamos cerca del nuevo colegio de Wesleyan, cuando la tensión desapareció de su rostro y me habló de nuevo. —¿Vive usted en Londres? —dijo. —Sí Pero al contestarle pensé que quizá tuviese intención de acudir a mí para que la aconsejase o ayudase y me sentí obligado a evitarle desencantos, advirtiéndole que pronto saldría de viaje. Así que añadí: —Pero mañana me voy de Londres por algún tiempo. Me marcho al campo. —¿Dónde? —preguntó—. ¿Al Norte o al Sur? —Al Norte, a Cumberland. —¡Cumberland!— repitió con ternura—. ¡Ah! ¡Cuánto me gustaría ir allí también! Hace tiempo fui muy feliz allí. Traté de nuevo de levantar el velo que se tendía entre aquella mujer y yo. —Quizá ha nacido usted en la hermosa comarca del Lago. —No— contestó—. Nací en Hampshire, pero durante un tiempo fui a la escuela en Cumberland. ¿Lagos? No recuerdo ningún lago. Lo que me gustaría ver es el pueblo de Limmeridge y la mansión de Limmeridge. Entonces me tocó a mi detenerme, de golpe. Mi curiosidad estaba ya excitada y la mención casual que mi extraña acompañante hacía de la residencia del señor Fairlie me dejó atónito. —¿Ha gritado alguien? —preguntó, mirando temerosa hacia todas partes en el instante en que me detuve. —No, no. Es que me ha sorprendido el nombre de Limmeridge, porque hace pocos días he oído hablar de él a unas personas de Cumberland. —¡Ah! pero son pocas las personas que yo conozco. La señora Fairlie ha muerto, su marido también, y su hija se habrá casado y se habrá marchado de allí. No sé quién vivirá ahora en Limmeridge. Si allí vive todavía alguien con ese nombre, sólo sé que le querría por amor a la señora Fairlie. Pareció como si fuera a añadir algo más; pero mientras hablaba habíamos llegado a la barrera de portazgo al final de la avenida Avenue—Roas, y entonces, atenazando su mano alrededor de mi brazo, miró con recelo la verja que teníamos delante y preguntó: —¿Está mirando el guarda del portazgo? No estaba mirando y no había nadie más alrededor cuando pasamos la verja; pero la luz de gas y las casas parecían inquietarla, llenándola de impaciencia. Ya estaremos en Londres —dijo—. ¿Ve usted algún coche que pudiese alquilar? Estoy cansada y tengo miedo. Quisiera meterme dentro y que me conduzca lejos de aquí. Le contesté que tendríamos que andar algo más hasta llegar a una parada de coches a no ser que tuviésemos la suerte de tropezar con alguno libre; luego pretendí seguir con el tema de Cumberland. Fue inútil. El deseo de meterse en un coche y marcharse se había apoderado de su mente. Era incapaz de pensar ni hablar de otra cosa. Apenas habríamos andado la tercera parte de Avenue—Roas cuando vi que un coche de alquiler se paraba a una manzana de nosotros ante una casa situada en la acera de enfrente; bajó un señor que desapareció en seguida por la puerta del jardín. Detuve al cochero cuando ya se subía al pescante. Al cruzar el camino, era tal la impaciencia de mi compañera que me hizo atraversarlo corriendo. —Es muy tarde— dijo— tengo tanta prisa sólo porque es muy tarde. —Sólo puedo llevarle, señor, si va hacia Tottenham Court— dijo el cochero con corrección cuando yo abrí la portezuela—. Mi caballo está muerto de fatiga, y no llegará muy lejos si no lo llevo directamente al establo. —Sí, sí. Me conviene. Voy hacia allá, voy hacia allá—. Habló ella jadeando de angustia; y se precipitó al interior del coche. Me aseguré, antes de dejarla entrar, de que el hombre no estaba borracho. Cuando ella estaba ya sentada la quise convencer de que me permitiese acompañarla hasta el lugar adonde se dirigía, para su mayor seguridad. —No, no, no— dijo con vehemencia— ahora estoy a salvo y soy muy feliz. Si es usted un caballero, recuerde su promesa. Déjele que siga hasta que yo le detenga. ¡Gracias, gracias, mil gracias! Mi mano seguía aguantando la portezuela. La cogió entre las suyas, la besó y la empujó fuera. En aquel mismo instante el coche se puso en marcha; di unos pasos detrás de él con la vaga idea de detenerlo, sin saber bien por qué, dudaba por miedo a asustarla y disgustarla, llamé al fin pero no lo bastante alto como para que me oyese el cochero. El ruido de las ruedas se fue desvaneciendo en la distancia; el coche se perdió en las negras sombras del camino, y la mujer de blanco había desaparecido. Pasaron diez minutos o más. Yo continuaba en el mismo sitio; daba mecánicamente unos pasos hacia delante, volvía a pararme, confuso. Hubo un momento en que me sorprendí dudando de la realidad de la aventura; luego me encontré desconcertado y desolado por la sensación desagradable de haber cometido un error, la cual, sin embargo, no resolvía mi incertidumbre acerca de lo que podía haber sido el proceder correcto. No sabía adónde iba ni qué debía hacer ahora del barullo de mis pensamientos, cuando de pronto recobré mis sentidos —tendría que decir desperté—, al oír el ruido de unas ruedas que su aproximaban rápidamente por detrás. Me hallaba en la parte oscura del camino, a la sombra frondosa de los árboles de un jardín, cuando me detuve para mirar a mi alrededor. Del lado opuesto y mejor iluminado, cerca de donde estaba, venía un policía en dirección al Regent's Park. Un coche pasó a mi lado; era un cabriolé descubierto; en él iban dos hombres. —¡Para! —gritó uno de ellos—. Aquí hay un policía. Vamos a preguntarle. El coche paró en seco, a pocos pasos del sombrío lugar en que yo estaba. —¡Policía!— llamó el que había hablado primero—. ¿Ha visto usted pasar por aquí una mujer? —¿Qué mujer, señor? —Una mujer con un traje lila pálido... —No, no —interrumpió el otro hombre—. Las ropas que le dimos nosotros las ha dejado sobre la cama. Debe de haberse escapado con las que ella llevaba cuando llegó. Vestía de blanco, agente. Una mujer vestida de blanco. —No la he visto, señor. —Si usted o alguno de sus hombres encuentran a esa mujer, deténganla y envíenla muy vigilada a estas señas. Pago todos los gastos y doy una buena recompensa. El policía miró la tarjeta que le entregaban. —¿Por qué hemos de detenerla? ¿Qué ha hecho, señor? —¡Qué ha hecho! Se ha escapado de mi Sanatorio. No lo olvide, una mujer de blanco. Adelante. IV «¡Se ha escapado de mi Sanatorio!» Si he de confesar la verdad, todo el horror de estas palabras no cayó sobre mí como una revelación. Algunas de las extrañas preguntas que me hizo la mujer de blanco, después de mi irreflexiva promesa de dejarle hacer lo que quisiera, me hicieron pensar que tenía un natural inconstante y revoltoso o que algún reciente choque nervioso había perturbado el equilibrio de sus facultades. Pero la idea de una locura total, que todos nosotros asaciamos con la palabra sanatorio, puedo declarar con toda honradez que no se me había ocurrido nunca tratándose de aquella mujer. No había observado nada en su modo de hablar ni de actuar que justificara semejante cosa; y aun con lo que había sabido por las palabras que intercambió el desconocido con el policía, no veía en ella nada que las justificase. ¿Qué había hecho yo? ¿Ayudar a escapar de la más horrible de las prisiones a una de sus víctimas, o lanzar al inmenso mundo de Londres una criatura desventurada cuando mi deber, como el de cualquier otro hombre, era vigilar piadosamente sus actos? Me dio vértigo cuando se me ocurrió la pregunta y sentí remordimientos por planteármela demasiado tarde. En el estado de inquietud en que me hallaba era inútil pensar en acostarme cuando al fin llegué a mi habitación de Clement's Inn. No me faltaba mucho para salir camino a Cumberland. Me senté y traté primero de dibujar y luego de leer, pero la dama de blanco se interponía entre mí y mi lápiz, entre mí y mi libro. ¿Le habría sucedido alguna desgracia a aquella desamparada criatura? Este fue mi primer pensamiento, aunque mi egoísmo me impidió proseguir con él. Siguieron otros cuya consideración me resultaba menos dolorosa. ¿Dónde había parado el coche? ¿Qué habría sido de ella a esas horas? ¿La habrían encontrado y llevado consigo los hombres del cabriolé? O: ¿Sería aún capaz de controlar sus actos? ¿Seguíamos nosotros dos unos caminos separados que nos llevaban hacia un mismo punto del futuro misterioso, donde volveríamos a encontrarnos? Fue para mí un alivio que llegase la hora de cerrar mi puerta y de decir adiós a las ocupaciones de Londres, a los alumnos de Londres y a los amigos de Londres y de ponerme de nuevo en camino hacia nuevos intereses y hacia una vida nueva. Hasta el alboroto y la confusión de la estación que tanto me aturdían y fatigaban en otras ocasiones me animaron y reconfortaron. Siguiendo las instrucciones recibidas me dirigí a Carlisle, donde debía tomar un tren de enlace que me llevase hasta la costa. Para empezar el relato de mis infortunios, el primer percance ocurrió cuando la locomotora tuvo una avería entre Lancaster y Carlisle. A causa del retraso ocasionado por este accidente perdí el tren de enlace que debía coger a la hora justa de llegar a la estación. Tuve que esperar varias horas; así cuando el próximo tren me dejó en la estación más cercana a la casa de Limmeridge, eran más de las diez y la noche tan oscura que apenas pude encontrar el cochecillo que me aguardaba por orden del señor Fairlie, El cochero, visiblemente irritado por mi retraso, se encontraba en ese estado de enfurruñamiento intachablemente respetuoso que sólo se da entre criados ingleses. Emprendimos nuestro viaje en la oscuridad, lentamente y en absoluto silencio. Los caminos eran malos y la lobreguez cerrada de la noche hacía aún más difícil avanzar con rapidez por aquel terreno. Según marcaba mi reloj, había pasado casi hora y media desde que dejamos la estación cuando oí el rumor del mar en la lejanía y el blando crujir de la grava bajo las ruedas. Habíamos atravesado un portón antes de entrar en el camino de grava, y pasamos por otro antes de pararnos delante de la casa. Me recibió un criado majestuoso que me informó que los señores estaban ya descansando y me condujo a una espaciosa estancia de techos altos donde me esperaba la cena, tristemente olvidada sobre un extremo de la inhóspita desnudez de la mesa de caoba. Estaba demasiado cansado y desanimado para comer y beber mucho, sobre todo teniendo delante a aquel majestuoso criado que me servía con el mismo esmero que si a la casa hubieran llegado varios invitados a una cena de gala y no un hombre solo. En quince mmutos quedé dispuesto para ir a mi cuarto. El majestuoso criado me guió hacia una habitación elegantemente decorada y dijo: «El desayuno es a las nueve, señor», miró a su alrededor para asegurarse de que todo estaba en orden, y desapareció silenciosamente. «¿Cuáles serán mis sueños esta noche? —me pregunté, apagando la vela—. ¿La mujer de blanco? ¿Los desconocidos moradores de la mansión de Cumberland? ¡Era una sensación extraña la de dormir en una casa, como un amigo de la familia, y no conocer a uno solo de sus ocupantes ni siquiera de vista!». V Cuando me levanté a la mañana siguiente y abrí las persianas, ante mí se extendía gozosamente el mar iluminado por el sol generoso de agosto y la lejana costa de Escocia rozaba el horizonte con rayas de azul diluído. Este espectáculo era tan sorprendente y de tal novedad para mí, después de mi extenuante experiencia del paisaje londinense compuesto de ladrillo y estuco, que me sentí irrumpir en una vida nueva y en un orden nuevo de pensamientos en el mismo momento de verlo. Se me imponía una sensación imprecisa de haberme desligado súbitamente del pasado, sin haber alcanzado una visión más clara del presente o del porvenir. Los sucesos de no hacía más de unos días se borraron de mi recuerdo, como si hubieran ocurrido muchos meses atrás. El excéntrico relato de Pesca sobre los procedimientos que utilizó para conseguirme mi nuevo empleo, la despedida de mi madre y mi hermana, hasta la misteriosa aventura que me sucedió al volver aquella noche a casa desde Hampstead, de pronto todo parecía haber acontecido en cierta época lejana de mi existencia. Y aunque la dama de blanco seguía ocupando mi pensamiento, su imagen se había vuelto ya deslucida y empañada. Poco antes de las nueve salí de mi habitación. El majestuoso criado del día anterior que me recibió a mi llegada me encontró vagando por los pasillos y me guió compasivamente hasta el comedor. Lo primero que vi cuando el sirviente abrió la puerta fue la mesa ya dispuesta para el desayuno, situada en el centro de una larga estancia llena de ventanas. Mi mirada cayó sobre la más alejada y vi junto a ella a una dama que me daba la espalda. Desde el primer momento que mis ojos ia vieron quedé admirado por la insólita belleza de su silueta y la gracia natural de su porte. Era alta, pero no demasiado; las líneas de su cuerpo eran suaves y esculturales, pero no era gorda; su cabeza se erguía sobre sus hombros con serena firmeza; sus senos eran la perfección misma para los ojos de un hombre, pues aparecían donde se esperaba verlos y su redondez era la esperada, ostensible, y deliciosamente no estaban deformados por un corsé. La dama no advirtió mi presencia, y me permití durante algunos minutos quedarme admirándola, hasta que yo mismo hice un movimiento con la silla como la manera más discreta de llamar su atención. Entonces se volvió hacia mí con rapidez. La natural elegancia de sus movimientos que pude observar cuando se dirigió hacia mí desde el fondo de la habitación me llenó de impaciencia por contemplar de cerca su rostro. Se apartó de la ventana y me dije: «Es morena». Avanzó unos pasos y me dije: «Es joven». Se acercó más, y entonces me dije con una sorpresa que no soy capaz de describir: «¡Es fea!». Nunca quedó tan desmentida la antigua máxima de que la Naturaleza no yerra, nunca ni de manera más decisiva quedaban desmentidas las promesas de hermosura como lo eran para mí ante aquella cabeza que coronaba un cuerpo escultural. Su tez era morena y la sombra de su labio superior bien podía calificarse de bigote; la boca, de líneas firmes, era grande y varonil; los ojos, castaños y saltones, con mirada resuelta y penetrante; los cabellos, espesos, negros como el ébano, enmarcaban una frente asombrosamente baja. Su expresión serena, sincera e inteligente carecía —al menos cuando callaba— de las dulzura y suavidad femeninas, sin las cuales la belleza de la mujer más apuesta parece incompleta. Al contemplar aquel semblante sobre aquellos hombros que un escultor hubiera ansiado por modelo, y al recrearse en la tenue gracia de sus gestos que reflejaban la belleza de sus miembros, para encontrarse luego con los rasgos y expresión varoniles que remataban aquel cuerpo perfecto, se experimentaba una extraña y desagradable sensación, parecida a la que se experimenta durante el sueño cuando reconocemos las incongruencias y anomalías de una pesadilla, pero no podemos conciliarlas. —¿El señor Hartright?— preguntó la dama. Su rostro se iluminó con una sonrisa y se volvió dulce y femenino en el momento en que empezó a hablar. —Anoche tuvimos que acostarnos, pues perdimos la esperanza de verle, le ruego nos perdone esta aparente desatención y permítame que me presente como una de sus discípulas. ¿Le parece que nos demos la mano? Supongo que estará conforme, puesto que hemos de hacerlo antes o después y ¿por qué no hacerlo cuanto antes? Dijo estas originales palabras de bienvenida con una voz clara, sonora y de timbre agradable, y me tendió su mano, grande pero de líneas correctísimas, con la gracia y desenvoltura propias de una mujer de cuna aristocrática. Después me invitó a sentarme a la mesa con tanta familtaridad como si nos conociéramos de muchos años atrás y nos hubiéramos citado en Limmeridge para hablar de otros tiempos. —Imagino que llegará usted con ánimo de pasarlo aquí lo mejor posible y sacar todo el partido que pueda de su situación —continuó la dama—. Por de pronto, hoy ha de contentarse usted con mi única compañía para el desayuno. Mi hermana no baja aún porque tiene una de esas enfermedades, tan características en las mujeres, que se llama jaqueca. Su anciana institutriz, la señora Vesey, la socorre caritativamente con su reconfortante té. Nuestro tío, el señor Fairlie, nunca nos acompaña en nuestras comidas,pues está muy enfermo y lleva una vida de soltero en sus habitaciones. De modo que no queda en casa nadie más que yo. Hemos tenido la visita de dos amigas que pasaron aquí unos días, pero se fueron ayer desesperadas, y no es de extrañar. Durante todo el tiempo que duró su visita y a causa del estado de salud del señor Fairlie no pudimos ofrecerles la compañía de un ser humano de sexo masculino para poder charlar, bailar y flirtear. En consecuencia no hacíamos más que pelearnos, principalmente a las horas de cenar. ¿Cómo cree usted que cuatro mujeres pueden cenarjuntas todos los días sin reñir? Las mujeres somos tan tontas que no sabemos entretenernos solas durante las comidas. Ya ve usted que no tengo muy buena opinión de mi propio sexo, señor Hartright... ¿Qué prefiere usted, té o café?... Ninguna mujer tiene una gran opinión de las demás, pero hay muy pocas que lo confiesen con franqueza como lo hago yo. ¡Dios mío!... Con qué asombro me está mirando. ¿Por qué? ¿Le preocupa si le van a dar algo más para desayunar o le extraña mi sinceridad? En el primer caso, le aconsejo como amiga que no se ocupe de este jamón frío que tiene delante y que espere a que le traigan la tortilla, y en el segundo, le voy a servir un poco de té para serenarle y haré cuanto puede hacer una mujer (que por cierto es bien poco) para callarme. Me alargó una taza de té, riéndose con regocijo. La fluidez de su charla y la animada familiaridad con que trataba a una persona totalmente extraña para ella, iban acompañadas de una soltura y de una innata confianza en sí misma y en su situación que le hubieran asegurado el respeto del hombre más audaz. Siendo imposible mantenerse formal y reservado con ella, era más imposible aún el tomarse la menor libertad, ni siquiera en el pensamiento. Me di cuenta de ello instintivamente, aun cuando me sentía contagiado de su buen humor y su alegría, aun cuando procuraba contestarle en su mismo estilo, sincero y cordial. —Sí, sí —dijo, cuando le ofrecí la única explicación de mi asombro que se me ocurría—, comprendo. Es usted un completo extraño en esta casa y le sorprende que le hable de sus dignos habitantes con esta familiaridad. Es natural. Debía haber pensado en ello. Sea como fuere, todavía puede arreglarse. Supongamos que empiezo por mí misma para acabar lo antes posible. ¿Le parece? Me llamo Marian Halcombe. Mi madre se casó dos veces, la primera con el señor Halcombe, que fue mi padre y la segunda con el señor Fairlie, padre de mi hermanastra; y soy tan imprecisa como suelen serlo las mujeres, al llamar al señor Fairlie mi tío y a la srta. Fairlie mi hermana. Salvo en que las dos somos huérfanas, mi hermanastra y yo somos completamente distintas. Mi padre era pobre y el suyo muy rico; por tanto, yo no tengo nada de nada y ella una fortuna; yo morena y fea y ella rubia y bonita. Todo el mundo me tacha de rara y antipática (con perfecta justicia) y a ella todos la consideran dulce y encantadora (con más justicia aún). En suma, ella es un ángel, y yo... Pruebe usted esa mermelada, señor Hartright, y termine para usted esta frase... ¿Qué voy a decirle ahora respecto del señor Fairlie? La verdad es que no lo sé, y como probablemente le llamará en cuanto desayune, usted mismo podrá juzgarle. Mientras tanto, le adelantaré que es el hermano menor del difunto señor Fairlie, que es soltero, que es el tutor de su sobrina. Y como yo no quisiera vivir lejos de ella y ella no puede vivir sin mí, ésta es la razón de que yo viva en Limmeridge. Mi hermana y yo nos adoramos mutuamente, lo cual comprendo que le parecerá a usted inexplicable teniendo en cuenta las circunstancias que nos rodean, pero es así. De manera que o nos resulta usted agradable a las dos o a ninguna, y lo que es aún más penoso, que tiene usted que contentarse con nuestra única compañía por todo entretenimiento. La señora Vesey es excelente y está dotada de todas las virtudes imaginables, que no le sirven de nada, y el señor Fairlie está demasiado delicado para poder ser una compañía para nadie. Yo no sé lo que le pasa, ni los médicos lo saben, ni él mismo lo sabe. Todas decimos que son los nervios, aunque ninguna sabemos por qué lo decimos. De todos modos le aconsejo que le siga en sus manías inocentes cuando le vea luego. Ganará su corazón si admira sus colecciones de monedas, de grabados y acuarelas. Le doy mi palabra de que, si la vida de campo le satisface, no veo motivo para que su estancia aquí le desagrade. Desde el desayuno al almuerzo estará ocupado con los dibujos del señor Fairlie. Después del almuerzo, mi hermana y yo cargaremos con nuestras cajas de pintura y nos dedicaremos a hacer malas copias de la Naturaleza bajo su dirección. El dibujo es el entretenimiento favorito de mi hermana, no el mío. Las mujeres no podemos dibujar. Nuestra mente es demasiado versátil y nuestros ojos son demasiado desatentos. Pero no importa, a mi hermana le gusta, así que yo derrocho pintura y estropeo papel por su gusto y con la misma tranquilidad que cualquier otra inglesa. En cuanto a las veladas, espero que podamos pasarlas lo mejor posible. La señorita Fairlie toca muy bien el piano. Yo, pobrecita, no soy capaz de distinguir una nota de la otra, pero puedo jugar con usted una partida de ajedrez, de chaquete, de écarté y, teniendo en cuenta mis inevitables desventajas por ser mujer, hasta de billar. ¿Qué le parece este programa? ¿Podrá gustarle nuestra vida tranquila y monótona? ¿O se sentirá inquieto en esta aburrida atmósfera y ansiará en secreto variedad y aventuras? Me soltó esta parrafada con la gracia burlona que la caracterizaba y sin más interrupciones por mi parte que las frases indispensables a que me obliga la cortesía elemental. Pero la expresión empleada en su última pregunta, mejor dicho, una sola palabra, «aventuras» que pronunció sin énfasis, trajo a mi imaginación mi encuentro con la mujer de blanco, y sentí la necesidad de conocer en seguida la relación que, según las palabras de la desconocida acerca de la señora Fairlie, había existido entre la antigua dueña de Limmeridge y la anónima fugitiva del Sanatorio. —Aunque yo fuera el más inquieto de los hombres— dije —mi sed de aventuras está aplacada por algún tiempo. La misma noche, antes de llegar a esta casa, tuve una y le aseguro, señorita Halcombe, que el asombro y excitación que me produjo me durarán todo el tiempo que habite en Cumberland y quizá mucho después. —¡No me diga, señor Hartright! ¿Podría contármela? —Tiene usted perfecto derecho a saberlo. La protagonista de esta aventura me es absolutamente desconocida y puede que también lo sea para usted; pero en su conversación, nombró a la difunta señora Fairlie con el más sincero cariño y gratitud. —¡Nombró a mi madre! Me interesa todo esto de un modo indecible, le suplico que lo cuente. Entonces le relaté mi encuentro con la mujer de blanco, tal y como me había sucedido, y le repetí palabra por palabra lo que me dijo con referencia a la señora Fairlie en Limmeridge. Los ojos brillantes y resueltos de la señorita Halcombe estuvieron fijos en los míos todo el tiempo que duró mi relato. Su semblante reflejaba el asombro, el interés más vivo, pero nada más. Era evidente que ella, como yo, no tenía la menor idea de cuál podía ser la clave del misterio. —¿Está usted completamente seguro de que ella se refería a mi madre?— preguntó. —Completamente —repuse—. Sea quien fuere la mujer, ha estado alguna vez en la escuela del pueblo de Limmeridge; la señora Fairlie la trató con el mayor cariño y ella lo recuerda con agradecimiento y siente un afectuoso interés por todos los miembros de su familia que le sobreviven. Ella sabía que la señora Fairlie y su marido habían muerto y me hablaba de la señorita como si ambas se hubieran conocido de niñas. —¿Me parece que usted ha dicho que ella negó que fuese de aquí, verdad? —Sí, me dijo que venía de Hampshire. —Y ¿no consiguió que le dijera su nombre? —No. —Qué extraño. Yo creo que obró muy bien, señor Hartright, al dejar en libertad a la pobre criatura, pues delante de usted no hizo nada que probase que no merecía disfrutarla. Pero desearía que se hubiera mostrado más insistente en saber su nombre. Sea como sea tenemos que aclarar este misterio. Haría usted mejor en no hablar aún de ello con el señor Fairlie ni con mi hermana. Estoy segura de que los dos ignoran tanto como yo quién puede ser aquella mujer y qué relación tiene con nosotros. Son ambos, aunque cada uno a su manera, muy sensibles y nerviosos, y sólo conseguiría usted alarmar a uno e inquietar a la otra, sin sacar nada en limpio. En cuanto a mí, estoy muerta de curiosidad y voy a dedicar desde ahora todas mis energías al esclarecimiento del asunto. Cuando mi madre vino aquí después de su segundo matrimonio, es cierto que fundó la escuela del pueblo tal y como se halla ahora. Pero todos los maestros de entonces han muerto y no podemos esperar ninguna luz por ese lado. Lo único que se me ocurre es... La entrada de un criado diciendo que el señor Fairlie tendría mucho gusto en verme cuando hubiese desayunado, interrumpió nuestra conversación. —Espere usted en el hall —contestó por mí la señorita Halcombe con un estilo rápido y autoritario—. El señor Hartright irá en seguida... Le iba a decir —continuó dirigiéndose a mí— que mi hermana y yo poseemos una gran colección de cartas de nuestra madre, dirigidas a mi padre y al suyo. Como esta mañana no tengo otra cosa que hacer, voy a dedicarme a revisar todas las que mi madre escribió al señor Fairlie. A él le encantaba Londres y se pasaba la vida fuera de esta casa y, cuando él estaba ausente, ella tenía la costumbre de contarle todo lo que sucedía en Limmeridge. Sus cartas están llenas de noticias de la escuela en la que tanto entusiasmo había puesto, y estoy segura de que cuando nos volvamos a ver a la hora del almuerzo habré descubierto algún indicio. El almuerzo es a las dos, señor Hartright, y entonces tendré el gusto de presentarle a mi hermana. Durante la tarde daremos una vuelta por los alrededores para enseñarle a usted nuestros rincones favoritos. Así que hasta luego, a las dos nos veremos, Me saludó con una graciosa inclinación, tan espontánea y natural como todo lo que hacía y decía, y desapareció por una puerta que había al fondo de la habitación. En cuanto se fue salí al hall y seguí al criado, para comparecer por vez primera ante el señor Fairlie. VI Volví a subir la escalera, guiado por mi acompañante que me condujo hasta un pasillo en el que estaba el cuarto en que yo había dormido la noche anterior, y abriendo la puerta siguiente me dijo que entrase. —Tengo orden del señor de enseñarle a usted su estudio particular y preguntarle si está conforme con su ubicación y si hay suficiente luz. Muy exigente hubiera tenido yo que ser si no hubiese quedado satisfecho del cuarto y de su decoración. El delicioso panorama que se contemplaba desde el ventanillo era el mismo que había admirado aquella mañana desde mi dormitorio. Los muebles eran una maravilla de belleza y lujo; la mesa, colocada en el centro, estaba llena de libros exquisitamente encuadernados y en ella lucía un elegante juego para escribir y hermosas flores; cerca de la ventana había otra mesa con todo lo necesario para pintar a la acuarela y dibujar, y cerca de aquélla también, un caballete pequeño que podía plegarse o extenderse. Las paredes estaban cubiertas con alegres telas de colores, y el suelo con esteras de la India, rojas y amarillas. Era el saloncito más atractivo y lujoso que había visto en mi vida. El ceremonioso criado estaba excesivamente aleccionado para dejar traslucir la menor satisfacción. Se inclinó con fría deferencia cuando agoté el caudal de mis alabanzas y silenciosamente abrió la puerta ante mí para que volviéramos al pasillo. Doblamos una esquina y fuimos por otro corredor, en cuyo extremo había unos escalones, atravesamos un pequeño hall circular en la planta superior y nos detuvimos ante una puerta forrada de paño oscuro. El criado la abrió y nos encontramos frente a dos cortinas de seda verde pálido. Levantó una de ellas sin hacer ruido, y pronunció quedamente: —El señor Hartright. Y me dejó. Me encontré en un salón amplio y espacioso, con un techo magnífcamente artesonado y con una alfombra tan suave y espesa que me parecía pisar terciopelo. Una parte del cuarto estaba ocupada por una larga librería de una madera extraña muy trabajada y desconocida por completo para mí. No tendría más de seis pies de altura, y en la parte superior se veían varias figuras de mármol colocadas a la misma distancia unas de otras. En el lado opuesto había dos bargueños antiguos; en medio, encima de ellos, colgaba un cuadro de la Virgen y el Niño protegido por un cristal y con el nombre de Rafael escrito en una tablilla dorada colocada debajo. A mi derecha y a mi izquierda había chiffoniers y aparadores de marquetería y con incrustaciones, llenos de figuras de porcelana de Dresden, vasos raros, adornos de marfil, fruslerías y curiosidades salpicadas de piedras preciosas, plata y oro. Al fondo del salón, frente al lugar en que yo estaba, las ventanas se hallaban medio cubiertas y la luz de sol, tamizada con grandes persianas del mismo tono verde que las cortinas de la puerta, resultaba deliciosamente suave, misteriosa y tenue, iluminando todos los muebles y objetos con la misma intensidad, contribuyendo a que el profundo silencio y el tono de recogimiento que reinaban en aquel lugar fuesen más pronunciados, envolviendo en una tranquila atmósfera la figura solitaria del amo de la casa, el cual descansaba con un gesto de indiferencia en una gran butaca, en uno de cuyos brazos había un atril para leer y en el otro una mesita. Si pudiera conocerse por las apariencias exteriores —de lo cual yo dudo mucho— la edad de un hombre que acaba de salir de su tocador y ha pasado ya de los cuarenta, la del señor Fairlie, cuando le vi por vez primera, podria calcularse entre cincuenta y sesenta años. Su cara, cuidadosamente afeitada, era delgada, de palidez transparente y con expresión de cansancio, aunque sin arrugas, la nariz fina y aguileña; los ojos grandes, saltones y de un apagado gris azulado, tenían enrojecidos los párpados; el cabello escaso, suave en apariencia y de ese tono rubio ceniciento que se confunde con las canas. Vestía una levita oscura, de una tela mucho más fina que el paño, y pantalones y chaleco de inmaculada blancura. Los pies, casi afeminados por su pequeñez, calzaban calcetines de color marrón y zapatillas parecidas a las de mujer, de piel rojiza. En sus manos blancas y delicadas brillaban dos sortijas que, incluso a mis inexpertos ojos, se me figuraron de enorme valor. Todo su aspecto daba la impresión de fragilidad, languidez veleidosa y extremo refinamiento, que si resultaba algo sorprendente y revulsivo considerado en un hombre, tampoco parecería natural y apropiado de trasladarlo a la imagen de una mujer. Mi conversación de aquella mañana con la señorita Halcombe me había predispuesto favorablemente hacia cada uno de los habitantes de la casa, pero mis simpatías se desvanecieron con la primera impresión que me produjo el señor Fairlie. Al acercarme a él me di cuenta de que se hallaba más ocupado de lo que me pareció a primera vista. Colocado entre otros objetos raros y hermosos que llenaban una gran mesa redonda que estaba junto a él, se hallaba un diminuto bargueño de ébano y plata en cuyos minúsculos cajones, forrados de terciopelo rojo, se veían toda clase de monedas de distintas formas y tamaños. Uno de estos cajones estaba sobre la mesita de la butaca, además de una serie de diminutos cepillos de los que se usan para limpiar las joyas, un paño de gamuza y un frasco lleno de un líquido, todo ello preparado para eliminar con variados procedimientos cualquier impureza accidental que se dejase observar en algunas de las monedas. Sus frágiles y blancos dedos jugueteaban como al desgaire con una cosa que a mis ignorantes ojos se me antojó una medalla de peltre sucia y con los bordes desiguales cuando me acerqué a él y me detuve a respetuosa distancia de su butaca para saludarle con una inclinación. —Tengo mucho gusto en verle a usted en Limmeridge, señor Hartright —me dijo una voz entre quejumbrosa y gruñona, cuyo sonido no resultaba más agradable por combinar un tono chillón con una somnolente y lánguida dicción—. Le ruego se siente. Y por favor, no se tome la molestia de mover la silla. Dado el estado precario de mis nervios el menor ruido me resulta extremadamente doloroso. ¿Ha visto usted su estudio? ¿Le servirá? —Ahora mismo vengo de verlo, señor Fairlie, y puedo asegurarle... Me cortó a media frase, cerrando los ojos y extendiendo su blanca mano en gesto de súplica. Sobresaltado, me callé, y la voz gruñona me honró con esta explicación: —Le ruego que me disculpe. Pero ¿podría usted dominar su voz para hablar en un tono más bajo? Dado el estado precario de mis nervios cualquier sonido fuerte es para mí una tortura indecible. ¿Sabrá disculpar a un pobre enfermo? Sólo le digo lo que el lamentable estado de mi salud me obliga a decir a todo el mundo. Así es. ¿De veras le gusta el cuarto?... —No podía haber deseado nada más bonito ni más cómodo— contesté, bajando la voz y empezando a descubrir que la exagerada afectación del señor Fairlie y los destrozados nervios del señor Fairlie eran una misma cosa. —Me alegro. Aquí podrá comprobar, señor Hartright, que se reconocerán sus méritos en lo que valen. En esta casa no existe ese horrible y salvaje prejuicio inglés respecto a la situación social de un artista. He pasado tantos años en el extranjero que he cambiado completamente mi piel insular en lo que se refiere a esta opinión. Ya me gustaría poder afirmar lo mismo de la nobleza —palabra detestable, pero creo que es la que tengo que emplear—, de la nobleza de estos alrededores. Son unos pobres bárbaros ante el Arte, señor Hartrigt. Son gente, se lo puedo asegurar, que hubieran quedado boquiabiertos de asombro si hubiesen visto a Carlos V recoger con sus manos los pinceles de Tiziano. ¿Quiere usted tener la amabilidad de poner estas monedas en el bargueño y darme otro cajón? Dado el estado precario de mis nervios cualquier esfuerzo es para mí un trastorno indecible. Así es. Gracias. Como una puesta en práctica de la liberal teoría social que el señor Fairlie se había dignado aclararme, aquella fría demanda no pudo menos de hacerme gracia. Devolví un cajón a su sitio y le entregué otro con toda la deferencia de que fui capaz. Inmediatamente él volvió a juguetear con sus monedas y cepillos; y al mismo tiempo que hablaba no dejaba de contemplarlas con lánguida admiración. —Mil gracias y mil perdones. ¿Le gustan las monedas? Así es. Estoy encantado de que tengamos otra afición común además de nuestra inclinación por el Arte. Y ahora hablando de la parte pecuniaria de nuestro trato, dígame, ¿le parece satisfactorio? —Completamente satisfactorio, señor Fairlie. —Me alegro. ¿Qué más? ¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Hablando de su amabilidad en beneficiarme con sus conocimientos del Arte, al final de la primera semana mi administrador se entrevistará con usted para complacerle en todo lo que le parezca necesario. ¿Algo más? ¿No le parece curioso? Tenía mucho más que decirle y parece que lo he olvidado todo. ¿Quiere usted tocar esa campanilla? En aquel rincón. Así es. Gracias. Llamé y apareció, sin hacer el menor ruido, otro criado, que parecía extranjero, con una sonrisa fija en los labios y el pelo irreprochablemente peinado, un ayuda de cámara de pies a cabeza. —Louis —dijo el señor Fairlie limpiándose con aire soñador las puntas de los dedos con uno de sus minúsculos cepillos para las monedas—, esta mañana hice algunas anotaciones en mis tablillas. Búsquelas. Mil perdones, señor Hartright. Me temo que se aburre conmigo. Como volvió a cerrar cansadamente los ojos antes de que pudiera contestarle, y como, en efecto, me aburría muchísimo, permanecí en silencio contemplando la Virgen con el Niño de Rafael. Mientras tanto, el criado había salido y había vuelto trayendo un pequeño libro con tapas de marfil. El señor Fairlie se reconfortó lanzando un débil suspiro, abrió el libro con una mano y con la otra hizo un signo a su criado de que esperase nuevas órdenes, levantando el cepillito. —Sí, ésto es —dijo, después de consultar sus notas —Louis, saca aquella carpeta...— se refería a una serie de carpetas colocadas en unos estantes de caoba cerca de la ventana—. No, no, la verde, en ésta están mis aguafuertes de Rembrandt, señor Hartright. ¿Le gustan los aguafuertes? ¿Sí? Cuánto me alegro de que tengamos otra afición en común. La carpeta de tapas rojas. Louis. ¡Que no se te caiga! Señor Hartright, si Louis tirara esta carpeta no tiene usted idea de la tortura que supondría para mí. ¿Estará segura sobre esa silla? ¿Cree usted que lo estará, señor Hartright? ¿Sí? Pues me alegro. Me hará el favor de mirar estos grabados si de verdad cree que están seguros. Louis, vete. Pero que burro eres. ¿No ves que tengo las tablillas en la mano? ¿Crees que me gusta tenerlas? ¿Por qué no me libras de este peso antes de que te lo diga? Mil perdones, señor Hartright, los criados suelen ser tan burros, ¿no cree usted? Dígame qué le parecen los dibujos. Proceden de una subasta y se encuentran en un estado escandaloso. Me pareció que apestaban a los dedos de los horrendos chamarileros cuando los vi la última vez. ¿Podría usted restaurarlos? Aunque mi olfato no era tan sutil como para detectar el olor de los dedos plebeyos que tanto había ofendido las nobles narices del señor Fairlie, estaba suficientemente educado como para apreciar en todo su valor los dibujos que tenía en la mano. Casi todos ellos eran muestras realmente exquisitas de acuarelas inglesas, y desde luego merecían mucho mejor trato que el que habían recibido en manos de su dueño anterior. —Estos dibujos —dije—, necesitan una limpieza y restauración totales, y creo que merece la pena... —Dispense —interrumpió el señor Fairlie—. ¿Me permite que cierre los ojos mientras habla? Hasta esta luz se me hace irresistible. ¿Decía usted?... —Le decía que merece la pena dedicarles todo el tiempo y el trabajo... De repente el señor Fairlie abrió los ojos y con expresión de sobresalto y angustia miró hacia la ventana. —Le suplico me perdone —murmuró débilmente—, pero creo haber oído gritos de chiquillos en el jardín. ¡En mi jardín particular! Justamente debajo de esta ventana... —No lo puedo decir, señor Fairlie. No he oído nada. —Le quedaría muy agradecido. Ha sido usted tan indulgente con mis pobres nervios... le quedaría muy agradecido si abriese usted un poquito la persiana... No deje que me dé el sol; ¡señor Hartright! ¿Ha subido ya la persiana? ¿Será tan amable de mirar el jardín y comprobar si hay alguien abajo? Cumplí aquel deseo. El jardín estaba cercado con sólidas tapias. En ninguna parte de aquel sagrado recinto se veían rastros de ser humano alguno, grande o pequeño. Comuniqué aquella feliz nueva al señor Fairlie. —Mil gracias. Sería una aprensión mía. Afortunadamente no hay niños en esta casa, pero los criados (que han nacido sin sistema nervioso) son capaces de traer a los del pueblo. Son tan necios, ¡Dios mío si lo son! ¿Se lo confesaré, señor Hartright? Estoy deseando que haya una reforma en la constitución de los niños. Parece que la Naturaleza los ha concebido con la única intención de crear máquinas que produzcan ruidos incesantes. A buen seguro que el propósito de nuestro delicioso Rafael es infinitamente preferible. Dijo ésto señalando el cuadro de la Virgen, en cuya parte superior se veían los angelitos convencionales del arte italiano cuyas barbillas reposaban sobre redondas nubes amarillas. —¡Una familia absolutamente ejemplar! —dijo el señor Fairlie contemplando aquellos querubines—. Qué hermosas caritas redondas, qué hermosas alas tan ligeras..., y nada más. ¡Fuera las piernas sucias que corren y se meten en todos los rincones y ni asomos de pequeños pulmones vociferantes! ¡Cuán inconmensurablemente superior a la constitución existente de niños! Voy a cerrar un poco los ojos si me lo permite. ¿Puede usted realmente restaurar los dibujos? Me alegro. ¿Tenemos que acordar algo más? Si es así, creo que lo he olvidado ¿Llamaremos a Louis otra vez? Como yo tenía tantas ansias como, según parecía, el señor Fairlie por terminar aquella entrevista cuanto antes, decidí suprimir la intervención del criado y encargarme yo mismo de la deseada solución. —Me parece que lo único que queda por tratar, señor Fairlie —dije— es el plan que quiere usted que siga con las señoritas para enseñarles a pintar acuarela. —¡Ah, es verdad! —dijo el señor Fairlie— y bien quisiera tener suficiente energía para tratar ese punto, pero no puedo. Las mismas señoritas, que son las que van a disfrutar de sus amables servicios, deben acordarlo, decidir. Mi sobrina es una entusiasta de este arte encantador, señor Hartright. Ya tiene suficientes conocimientos para juzgar sus propios defectos. Por favor, esmérese usted con ella. Bueno ¿queda algo más? No. Creo que estamos de acuerdo en todo, ¿verdad? No tengo derecho a detenerle más en sus deliciosas tareas. Me alegro de haber solucionado todas las cuestiones. Es un descanso haber tratado tantos asuntos. ¿Podría usted llamar a Louis para que le lleve a su estudio esa carpeta? —Si usted me lo permite la llevaré yo mismo, señor Fairlie. —¿Usted mismo? ¿Tendrá bastante fuerza? ¡Qué delicia tener tanta fuerza! ¿Está seguro de que no la dejará caer? Me alegro de tenerlo a usted en Limmeridge, mis dolencias no me permiten esperar que pueda disfrutar mucho de su compañía. Sea amable y procure cerrar las puertas sin ruido y no deje caer la carpeta. Gracias. Cuidado con las cortinas, se lo suplico. El menor ruido de la tela se me clava como si fuera un cuchillo. ¡Buenos días!... Cuando volvió a caer la cortina verde y cerré tras de mí las dos puertas forradas de paño me detuve un momento en el hall circular y dejé escapar un largo suspiro de placentero alivio. Al encontrarme fuera del cuarto del señor Fairlie me sentía como si acabara de salir a la superficie del mar después de haber estado sumergido en sus profundidades. En cuanto me vi confortablemente instalado en mi agradable estudio me forjé el decidido propósito de no volverjamás a dirigir mis pasos hacia las habitaciones del amo de la casa, excepto en el caso —altamente improbable— de que él me honrase de nuevo con la invitación expresa de que le hiciera una visita. Una vez establecido este plan de conducta con respecto al señor Fairlie recobré la serenidad de mi ánimo que durante algún tiempo me había robado mi nuevo amo con su altiva familiaridad y su cortesía insolente. El resto de la mañana lo pasé con cierta placidez, revisé las acuarelas, ordenándolas por series, recortando sus bordes destrozados y haciendo otros preparativos necesarios para emprender la definitiva restauración. Quizá hubiera podido trabajar más en todo ello, pero a medida que se acercaba la hora del almuerzo me iba poniendo nervioso, intranquilo e incapaz de fijar mi atención en nada, incluso en una labor tan mecánica y simple como aquélla. Cuando a las dos bajé al comedor sentía cierta ansiedad. Volver a entrar en aquella parte de la casa significaba para mí resolver algunas expectativas de cierta importancia. Iba a conocer a la señorita Fairlie, y si la revisión de la señorita Halcombe de las cartas de su madre había dado el resultado que esperaba, llegaría también el momento de aclarar el misterio de la dama de blanco. VII Al entrar en el comedor hallé a la señorita Halcombe y a una dama anciana sentadas a la mesa. Fui presentado a esta última, la señora Vesey, institutriz de la señorita Fairlie, a quien mi alegre compañera de desayuno me había descrito como un ser dotado de «todas las virtudes cardinales que de nada servían». No puedo hacer más que dar mi humilde testimonio de la veracidad con que la señorita Halcombe había defnido el carácter de la anciana señora. La señora Vesey parecía personificar la compostura humana y la benevolencia femenina. El sereno gozo de una existencia plácida se manifestaba en somnolientas sonrisas de su cara redonda y apacible. Hay personas que atraviesan la vida corriendo y otras que pasean. La señora Vesey se pasaba la vida sentada. Sentada en casa mañana y tarde, sentada en el jardín, sentada siempre junto a la ventana cuando viajaba, sentada (en una silla portátil) cuando sus amigos intentaban llevarla de excursión al campo; sentada para ver alguna cosa, sentada para hablar de cualquier asunto, sentada para contestar «sí» o «no» a las preguntas más sencillas, siempre con la misma sonrisa serena vagando en sus labios, la misma inclinación de cabeza reposadamente atenta y la misma colocación dormilona y confortable de los brazos y manos por muy distintas que fuesen las circunstancias domésticas de cada momento. Una anciana dulce, complaciente, inefablemente tranquila, inofensiva y que jamás, bajo ningún pretexto, desde el momento en que nació, había dado motivo para pensar que estaba viva de verdad. La Naturaleza tiene tantos quehaceres en este mundo y que engendrar tal diversidad de producciones coetáneas que, de cuando en cuando, debe hallarse demasiado confusa y agitada para no equivocar los diferentes procesos que efectúa a la vez. Partiendo de este punto de vista, me quedará siempre la firme convicción de que la Naturaleza estaba absorta en la producción de berzas cuando nació la señora Vesey, la cual hubo de sufrir las consecuencias de las preocupaciones vegetales que habían acaparado la atención de la Madre de todos nosotros. —Bueno, señora Vesey— preguntaba la señorita Halcombe, que parecía aún más viva, más perspicaz y más despierta en contraste con la impasible anciana que tenía a su lado—, ¿Qué quiere usted? ¿Una chuleta? La señora Vesey cruzó las regordetas manos sobre el borde de la mesa, y dijo, sonriendo plácidamente: —Sí, querida. —¿Qué es lo que hay a este otro lado del señor Hartright? ¿Pollo hervido? Creía que usted prefería pollo hervido a la chuleta, señora Vesey. La señora Vesey separó sus regordetas manos del borde de la mesa para cruzarlas sobre su regazo, hizo un gesto afirmativo con la cabeza mirando el pollo hervido y repitió: —Sí, querida. —Bueno, pero ¿qué es lo que quiere hoy? ¿Que le dé pollo el señor Hartright o que le sirva yo una chuleta? La señora Vesey puso nuevamente una de sus manos regordetas sobre el borde de la mesa, meditó con somnolencia y contestó: —Lo que usted quiera, querida. —¡Por amor de Dios! Es para usted mi querida amiga, no para mí. Supongamos que toma usted un poco de cada cosa y que empieza por el pollo, porque el señor Hartright parece que se muere de ganas de trincharlo para usted. La señora Vesey colocó la otra mano regordeta en el borde de la mesa y pareció animarse durante un momento pero en seguida, recuperando su impasibilidad, inclinó la cabeza sumisamente y dijo: —Cuando usted quiera, señor. Desde luego se trataba de una señora muy dulce, complaciente, inefablemente tranquila e inofensiva, ¿no es cierto? Pero creo que tenemos bastante por ahora acerca de la buena señora Vesey. Y a todo esto ni rastro de la señorita Fairlie. Terminábamos de almorzar y seguía sin aparecer. La señorita Halcombe, a cuya penetración no escapaba nada, se dio cuenta enseguida de que yo lanzaba miradas furtivas de tiempo en tiempo hacia la puerta. —Comprendo lo que está pensando, señor Hartright —me dijo—. Quiere saber qué habrá pasado con su otra discípula. Bajó antes y ya se ha disipado su jaqueca, pero no tenía bastante apetito para acompañarnos en la comida. Si quiere usted confiarse a mí, creo que podremos encontrarla en algún lugar del jardín. Cogió una sombrilla que había sobre un asiento próximo a ella y se dirigió hacia una gran cristalera, al extremo del comedor, que daba al mismo jardín. Es inútil advertir que dejamos a la señora Vesey sentada a la mesa, con las manos regordetas cruzadas aún en su borde; al parecer, tenía ya postura para toda la tarde. Cuando cruzamos la explanada la señorita Halcombe me miró significativamente y me dijo moviendo la cabeza: —Su misteriosa aventura continúa envuelta en la misma impenetrable oscuridad. Me he pasado la mañana leyendo cartas de mi madre y no he descubierto nada todavía. Sin embargo no pierda la esperanza, señor Hartright. Es una cuestión de curiosidad y tiene usted a una mujer por aliada. Con esta condición el éxito es seguro, antes o después. Todavía no he agotado las cartas, me quedan tres paquetes de ellas y créame que pasaré toda la tarde leyéndolas. Así pues, otra de mis ilusiones matutinas seguía todavía sin realizarse. Luego me pregunté si al conocer a la señorita Fairlie también se verían defraudadas las expectativas que me había formado a su respecto después del desayuno. —¿Y qué tal le fue con el señor Fairlie?— me preguntó la señorita Halcombe cuando dejamos la explanada para entrar en una alameda—. ¿Estaba muy nervioso esta mañana? No medite la respuesta, señor Hartright. El mero hecho de tener que meditarla me lo dice todo. Leo en su cara que estuvo muy nervioso y como no quiero llevarle a usted al mismo estado, no le pregunto más. Mientras hablaba llegamos a un sendero tortuoso y nos acercamos a una preciosa casita de madera que representaba en miniatura un chalet suizo. En la única estancia de la casita en la que nos encontramos al subir unos escalones, se hallaba una joven. Estaba de pie junto a una mesa rústica, contemplando por la ventana el paisaje de montañas y brezos que se distinguían entre los árboles y pasando distraídamente las hojas de un pequeño álbum de dibujo que tenía a su lado. Era la señorita Fairlie. ¿Seré capaz de describirla? ¿Podré separarla de mi sentimiento y de todo lo que ocurrió después? ¿Puedo verla de nuevo tal y cómo apareció ante mis ojos por primera vez, y como debe aparecer ahora ante los ojos que van a contemplarla en estas páginas? La acuarela que hice de Laura Fairlie poco después, mostrándola en el mismo sitio y en la misma actitud en que la vi por primera vez, está sobre mi mesa mientras escribo. La estoy mirando y ante mí emerge, radiante desde el oscuro fondo marrón—verdoso del pabellón, su figura joven y ligera, vestida con un sencillo traje de muselina de anchas rayas blancas y celestes. Un chal de la misma tela envuelve y enmarca sus hombros, un pequeño sombrero de paja de color natural, adornado sobria y sencillamente con un lazo que armonizaba con el vestido, cubría de suaves sombras perladas su frente y sus ojos. Su cabello es de un castaño ligero y pálido; su color no es pajizo pero es igual de claro; no es dorado pero reluce como si lo fuera; casi se confunde con la sombra del sombrero. Lo llevaba partido con una raya en el centro y peinado hacia sus orejas, dejando que los rizos naturales cayesen sobre su frente. Las cejas son más oscuras que el cabello, los ojos son de ese azul turquesa límpido y tenue, tantas veces cantado por poetas y tan pocas veces visto en la realidad. Ojos adorables por la forma, grandes, tiernos y pensativos, pero hermosos sobre todo por la abierta veracidad de su mirada que emana de su fondo mismo y que brilla en todas sus variadas expresiones con la luz de un mundo más puro y mejor. El encanto —tan gentil y tan distinguido a la vez— que sus ojos confieren a todo su rostro, encubre y transforma sus pequeños defectos, naturales en todo ser humano, hasta tal punto que resulta difícil considerar las relativas ventajas e imperfecciones de los demás rasgos. Cuesta darse cuenta de que la parte inferior del rostro es demasiado afilada al llegar a la barbilla para considerarlo correctamente proporcionado en relación con la parte superior y que la nariz en su comienzo procede de los moldes de la rectitud aquilina (siempre dura y cruel en una mujer, por perfecta que esta rectitud haya sido considerada abstractamente) y se hace respingona en la punta, faltando así a la pureza ideal de la línea, y que los labios, dulces y sensuales, sufren una ligera contracción nerviosa cuando ella sonríe, de modo que uno de sus extremos se tuerce ligeramente hacia arriba. Quizá sea posible advertir estos defectos en la cara de otra mujer, pero no es fácil verlos en la suya, donde se funden sutilmente con todo lo personal y característico de su expresión, que para llenarse de vida, para animarse en cada facción, necesita el impulso móvil de los ojos. ¿Es que mi pobre retrato, mi obra tavorita, la labor paciente de largos y felices días, me muestra todo esto? ¡Ah!, ¡Qué poco muestra un borroso dibujo mecánico y cuánto la imaginación que lo contempla! Una muchacha de pelo claro, delicada, vestida con un bonito traje ligero, vuelve las hojas de un álbum, mientras mira por encima de él con sus ojos azules, inocentes y veraces, esto es todo lo que el dibujo puede decir; quizá todo lo que puedan decir el pensamiento y la pluma en su lenguaje distinto y más preciso. La mujer, que es la primera en dar vida, luz y forma a nuestras vagas concepciones estéticas, llena un vacío en nuestro espíritu, vacío que desconocíamos hasta que ella se nos apareció. Hay atracciones que resultan demasiado profundas para sentimientos que se encuentran a una profundidad inalcanzable para las palabras, inalcanzable para los pensamientos, que despiertan gracias a otras fuerzas distintas a las asequibles a nuestros sentimientos y que los medios de expresión pueden transmitir. El misterio que se esconde tras la belleza de las mujeres está fuera del alcance de las simples emociones humanas hasta que lo desentraña el misterio aún más profundo de nuestras propias almas. Entonces, tan sólo entonces, sale fuera de la angosta región en la que para iluminarlo basta la luz del pincel y de la pluma. Pensad en ella como pensaríais en la primera mujer que hizo latir vuestro corazón más de prisa, como no lo había conseguido ninguna otra mujer. Dejad que los cándidos y dulces ojos azules tropiecen con los vuestros como han tropezado con los míos con esa única mirada incomparable que tan bien recordamos los dos. Dejad que su voz os hable con la música que otrora habéis amado, ninguna otra sonará tan deliciosa para vuestro oído, tal como ha sonado para el mío. Dejad que sus pasos que van y vienen por estas páginas, sean iguales a aquellos pasos alados que resonaron otra vez en vuestro propio corazón. Miradla, consideradla como una visión engendrada por vuestra fantasía que crecerá para presentarse ante vosotros con más claridad, hasta aparecer como la mujer real que colma para siempre mi propia fantasía. Entre las diversas sensaciones que se agolparon en mi interior en cuanto mis ojos se posaron en ella —sensaciones familiares para casi todos los hombres que, si bien nacen en tantos corazones en muchos de ellos mueren pronto y retornan en muy pocos—, había una que me turbaba y me dejaba perplejo; una sensación que parecía completamente inconsistente y que estaba fuera de lugar en presencia de la señorita Fairlie. A la fuerte impresión que me produjo el encanto de su bellísimo rostro, de su dulce expresión y de la arrebatadora sencillez de sus gestos se mezclaba otra que me hacía pensar oscuramente que faltaba algo. Al principio me parecía que era a ella a quien le faltaba ese algo y en otros instantes me parecía que me faltaba a mí; un algo que no me permitía comprenderla como yo quería. Esta impresión adquiría cada vez más fuerza y resultaba más contradictoria cuando me miraba o, en otras palabras, cuando más sentía la armonía y el atractivo de su belleza, estaba al mismo tiempo más turbado por ese sentimiento de lo incompleto imposible de descubrir. Algo falta, algo falta..., pero dónde o qué era, no llegaba a comprenderlo. Como consecuencia de este capricho de mi imaginacián (así lo calificaba yo entonces) no era fácil que en mi primera entrevista con la señorita Fairlie fuera dueño de mi persona. Casi no fui capaz de contestar con las obligadas frases de cortesía a las breves palabras de bienvenida que ella me dirigió. Observando mi desconcierto y atribuyéndolo a un acceso de timidez, la señorita Halcombe intervino en la conversación con su naturalidad y viveza de costumbre. —Vea usted, señor Hartright —dijo, señalando el álbum que estaba sobre la mesa y la mano delicada que jugueteaba con sus hojas: se me figura que se habrá dado cuenta de que al fin ha encontrado a la discípula ideal. Desde el momento en que se ha enterado que está usted en casa, coge su inapreciable álbum y se enfrenta cara a cara con la Naturaleza, ansiando que llegue el momento de empezar. La señorita Fairlie se echó a reír de tan buena gana que su cara se iluminó como si hubiera descendido hasta ella uno de los rayos del sol. —No puedo creer lo que no merece crédito —dijo mirándonos alternativamente a la señorita Halcombe y a mí con aquellos ojos azules tan serenos y leales—. Tanto como de mi entusiasmo por la pintura, estoy convencida de mi propia ignorancia y más bien asustada que ansiosa de empezar. Ahora que se halla usted aquí, señor Hartright, me encuentro contemplando mis bocetos lo mismo que revisaba las lecciones cuando era niña y tenía un miedo horrible de que no me entrasen en la cabeza para repetirlas. Nos hizo esta confesión con gracia y sencillez y retiró el álbum de donde estaba, guardándolo a su lado con una curiosa expresión de seriedad infantil. La señorita Halcombe disipó la sombra de turbación que flotaba en el ambiente, con su estilo resuelto y llano. —Buenos, malos o medianos, los dibujos de la discípula tienen que pasar por la dura prueba del juicio del maestro, y ahí finaliza la cuestión. ¿Y si nos los llevamos, Laura, al carruaje y damos un paseo para que el señor Hartright los examine por primera vez entre los tumbos y paradas? Y si además lográsemos que durante el paseo, mientras mira los paisajes y nuestro álbum, confunda la misma Naturaleza con lo que hemos trasladado al papel, no le quedará más remedio que dedicarnos cumplidos, y así saldremos de sus expertas manos sin merma en nuestro vanidoso plumaje. —Espero que el señor Hartright no me dedique ningún cumplido —dijo la señorita Fairlie cuando salimos del pabellón. —¿Me quiere usted decir el motivo de esta esperanza? —pregunté. —El de que yo creeré todo lo que me diga— contestó con sencillez. Con estas breves palabras ella, sin saberlo, me proporcionaba la clave para entender todo su carácter; aquella confianza generosa que tenía en los demás se desprendía inocentemente de su propio sentido de lealtad. En aquel instante lo supe por intuición. Hoy lo sé por experiencia. Esperamos el tiempo preciso para levantar a la buena señora Vesey de su asiento, que seguía ocupando junto a la desierta mesa en el comedor, y subimos al carruaje descubierto que iba a llevarnos al paseo. La señorita Fairlie y yo nos colocamos frente a la anciana señora con el álbum que yacía abierto entre los dos para ser juzgado por mi severidad crítica de profesor. Pero toda crítica seria, aun en el caso de que hubiese estado dispuesto a hacerla, hubiera sido imposible dada la decidida resolución de la señorita Halcombe de no ver más que la parte ridícula de las Bellas Artes si eran ella, su hermana o el sexo femenino en general quienes las practicaban. Me resulta mucho más fácil recordar nuestra conversación que los esbozos y dibujos que iba ojeando mecánicamente. Sobre todo aquella parte en que intervino la señorita Fairlie está de tal modo grabada en mi mente como si la hubiera escuchado hace sólo algunas horas. ¡Sí! He de reconocer que en este primer día me dejé llevar del hechizo de su presencia hasta olvidarme de mí mismo y de la posición que yo ocupaba. La más insignificante de las preguntas que me hiciera sobre el modo de manejar los pinceles y mezclar los colores, o cualquier cambio de expresión en sus adorables ojos cuando miraban a los míos con el deseo de aprender todo lo que yo fuese capaz de enseñarle y descubrir todo lo que yo podía mostrarle, atraían infinitamente más mi atención que los maravillosos paisajes que íbamos atravesando, o el grandioso juego de luz y sombra que se desplegaba mientras los eriales ondulantes sucedían a la ribera llana. En cualquier momento y bajo cualquier circunstancia en que esté en juego algo que interese al ser humano ¿no es extraño comprobar lo poco que vale para nosotros el mundo de la Naturaleza frente al que vivimos y el escaso lugar que ocupa en nuestro corazón y en nuestra mente? Sólo en los libros ocurre que acudamos a la Naturaleza en busca de consuelo para nuestras penas o para que participe de nuestras alegrías. Nuestra admiración por las bellezas del mundo inanimado que tanto y tan elocuentemente nos describe la poesía moderna, no es ni mucho menos, ni siquiera en el mejor de nosotros, un instinto que nos sea consustancial. De niños ninguno de nosotros lo ha tenido. Ningún hombre o mujer que no hayan recibido la debida educación, lo tiene. Aquellos que pasan su vida en medio de las continuamente cambiantes maravillas del mar y de la tierra son precisamente los más insensibles a cualquier aspecto de la Naturaleza que no esté directamente relacionado con su propio interés. Nuestra capacidad para apreciar las bellezas del suelo en que vivimos es, en verdad, uno de los efectos de la civilización que aprendemos como un arte y aún más: esta capacidad pocas veces la practicamos ninguno de nosotros, a no ser que nuestra mente se halle enteramente desocupada e indolente. ¿Qué parte tienen los atractivos de la naturaleza en las emociones e intereses, agradables o penosos, nuestros o de nuestros amigos? ¿Qué espacio ocupa, en los miles y miles de narraciones sobre sucesos corrientes que salen a diario de nuestros labios para que los escuchen los demás? Todo lo que nuestras mentes pueden concebir, todo lo que nuestros corazones pueden aprender podemos alcanzarlo con la misma certeza, con el mismo provecho y con la misma satisfacción para cada uno de nosotros en cualquier panorama que la faz de la tierra pueda ofrecernos, sea el más pobre, o el más rico. Esta es sin duda la razón de que exista la atracción innata entre la criatura y la creación que la rodea, razón que quizá pueda hallarse en la enorme diferencia entre los destinos del hombre y su esfera terrestre. La más grandiosa perspectiva de una montaña que pueda alcanzar la visión del hombre está destinada al aniquilamiento. El más pequeño de los intereses humanos que el corazón pueda anidar está destinado a la inmortalidad. El paseo había durado casi tres horas cuando el coche volvió a atravesar las verjas de Limmeridge. En el camino de vuelta dejé que las señoras escogiesen por sí mismas el paisaje que empezaríamos a esbozar al día siguiente bajo mi dirección. Cuando fueron a vestirse para la cena y me encontré solo en mi cuarto sentí que decaía mi espíritu. Me hallaba disgustado e insatisfecho de mí mismo, sin saber bien por qué. Quizá empezaba a advertir que había disfrutado demasiado de un paseo que había hecho más como invitado que como profesor de dibujo. Quizá el sentimiento de que algo faltaba en la señorita Fairlie o en mí mismo, sensación que me asaltó cuando la vi por vez primera, volvía de nuevo a perseguirme. Sea como fuere resultó para mí un alivio que llegase la hora de la cena y me viese obligado a dejar mis soledades regresando a la compañía de las damas de la casa. Al entrar en el salón quedé sorprendido por el contraste entre las ropas que vestían, contraste entre las telas más bien que entre los colores. Mientras que la señora Vesey y la señorita Halcombe estaban ricamente ataviadas (de la manera que mejor correspondía a la edad de cada una), la primera de color gris y plata y la segunda con ese tono amarillo pálido que tan bien armoniza con la tez morena y el cabello oscuro, la señorita Fairlie vestía un sencillo y casi pobre vestido de muselina blanca. El traje era de una pureza inmaculada, y le sentaba de maravilla, pero se trataba de un vestido que hubiera podido llevar la hija o la mujer de un hombre modesto, y su aspecto resultaba mucho menos imponente que el de su propia institutriz. Algún tiempo después, cuando llegué a conocer mejor el carácter de la señorita Fairlie, supe que este raro contraste se debía a su natural delicadeza y a la repugnancia que sentía por cualquier detalle que pudiera aparecer ante los demás como una ostentación de su riqueza. Nunca consiguieron, ni la señora Vesey ni la señorita Halcombe, inducirla a que las aventajara en el vestir, ella que era rica, a ellas dos que eran pobres. Al finalizar la cena volvimos al salón. Aunque el señor Fairlie (emulando el gesto portentoso del monarca que recogió los pinceles de Tiziano) había dado órdenes al mayordomo de informarse acerca de mis preferencias para con el vino de después de la cena, estaba resuelto a resistir la tentación de pasar la velada en una soledad esplendorosa rodeado de botellas elegidas por mí mismo, y me consideraba lo bastante sensato como para seguir las civilizadas costumbres extranjeras pidiendo permiso a las señoras para levantarme al mismo tiempo que ellas de la mesa durante todo el tiempo que durase mi permanencia en Limmeridge. El salón en que nos habíamos instalado para el resto de la velada estaba en la planta baja y tenía las mismas proporciones y tamaño que el salón del desayuno. Al fondo, unas grandes puertas de cristal daban a una terraza maravillosamente adornada en toda su longitud con profusión de flores. La luz del crepúsculo, suave y opaca, caía sobre las flores y el follaje, mezclando armoniosamente sus sombras con los sobrios colores de las plantas, y el dulce aroma noctumo de las flores con toda su fragancia nos dio su saludo de bienvenida, entrando por las abiertas cristaleras. La buena señora Vesey (siempre la primera de todos nosotros en sentarse) se apoderó de una butaca situada en una esquina, se arrellanó en ella cómodamente y se durmió. La señorita Fairlie, atendiendo a mis ruegos se puso al piano, y cuando la seguí para sentarme junto a ella vi a la señorita Halcombe retirarse a un rincón junto a las ventanas laterales para proseguir con la lectura de las cartas de su madre bajo los apacibles últimos reflejos de la luz crepuscular. ¡Con cuánta fuerza revive en mi imaginación aquel plácido cuadro familiar mientras escribo! Desde el sitio que yo ocupaba podía contemplar la grácil figura de la señorita Halcombe, mitad en la sombra misteriosa y mitad tenuemente iluminada, inclinada sobre las cartas de su madre que tenía sobre su falda; mientras, más cerca de mí, el delicioso perfil de la pianista se destacaba perfecto sobre el fondo oscuro de la pared del salón. Fuera, en la terraza, las abundantes flores, la alta hierba y las enredaderas se movían con tanta suavidad en el aire ligero de la noche que no nos llegaba el menor susurro. El cielo estaba despejado y el despuntar sigiloso de la luna empezaba ya a rayar en la parte oriental del cielo. La sensación de paz y de retraimiento aquietaba todo pensamiento, toda emoción, imponiendo un reposo sublime y arrobador. Esta quietud balsámica era más profunda a medida que la luz se extinguía y su influjo sobre nosotros se hacía más placentero al mezclarse con la celestial ternura de la música de Mozart. Fue una noche de visiones y de sonidos inolvidables. Todos guardábamos silencio sin movernos de nuestros asientos. La señora Vesey seguía durmiendo, la señorita Fairlie seguía tocando. la señorita Halcombe seguía leyendo, hasta que la oscuridad nos invadió por completo. Entonces la luna envió su luz a posarse sobre la terraza y sus rayos suaves y misteriosos refulgieron en el extremo opuesto del salón. El contraste con la oscuridad del crepúsculo era tan maravilloso, que de común acuerdo rechazamos las lámparas cuando las trajo el criado y la espaciosa estancia quedó sin otra iluminación que las llamas titilantes de dos velas sobre el piano. La música continuó sonando durante más de media hora, hasta que la deliciosa vista de la terraza bañada en la luz de la luna atrajo a la señorita Fairlie y yo la seguí. La señorita Halcombe había cambiado de sitio cuando encendieron las velas del piano, para seguir la lectura de las cartas. La dejamos allí sentada sobre una silla baja, al lado del piano, tan absorta que ni siquiera pareció darse cuenta de lo que hacíamos. No habíamos estado en la terraza ni cinco minutos, apoyados en su baranda frente a las puertas de cristal, cuando, en el momento en que la señorita Fairlie, por consejo mío, cubría su cabeza con un pañuelo para protegerse de la brisa del anochecer, oí la voz de la señorita Halcombe, llena de ansiedad, profunda, alterado su alegre sonido habitual, pronunciar mi nombre. —Señor Hartright ¿quiere venir un momento? Tengo que hablarle. Entré inmediatamente al oírla. El piano se hallaba poco más o menos en el centro de la pared interior. La señorita Halcombe estaba sentada junto a él, del lado más alejado de la terraza, con las cartas esparcidas sobre su regazo y tendía una de ellas a la luz de la vela. En la parte más cercana a la terraza había una otomana en la que me senté. Allí estaba cerea de las cristaleras y podía distinguir la silueta de la señorita Fairlie, mientras paseaba lentamente de un extremo al otro de la terraza, alumbrada por la radiante luna. —Quiero que escuche usted los últimos párrafos de esta carta. —dijo la señorita Halcombe—. Dígame si cree que arrojan algo de luz sobre su extraña aventura de la carretera de Londres. La carta es de mi madre, dirigida a su segundo marido, el señor Fairlie; está escrita hace unos once o doce años. En aquella época mi madre, su marido y mi hermanastra Laura vivían aquí mientras yo estaba fuera, terminando mis estudios en un colegio de París. Me miraba y hablaba con serenidad y también me pareció que con cierto esfuerzo. En el momento en que levantó la carta hasta la vela para empezar su lectura, la señorita Fairlie pasó delante de nosotros por la terraza, se paró un momento y, viendo que estábamos hablando, se alejó lentamente. La señorita Halcombe comenzó a leer lo que sigue: «Estarás ya aburrido, mi querido Philip, de oír perpetuamente cosas de mi escuela y mis alumnos. Te ruego que achaques estas repeticiones a la tediosa monotonía de la vida de Limmeridge y no a mí. Además hoy tengo algo interesante que contarte sobre una nueva alumna. «Ya conoces a la anciana señora Kempe, la de la tienda del pueblo. Pues bien, después de muchos años de cama, el doctor la ha desahuciado y se esta muriendo poco a poco. Por toda familia tiene una hermana que llegó la semana pasada para cuidarla. Su hermana viene de Hamsphire y se llama Catherick. Hace cuatro días vino a visitarme y trajo a su única hija, una niña preciosa, un año más grande que nuestra querida Laura...» Cuando esta última frase salía de labios de la lectora, la señorita Fairlie pasó de nuevo delante de nosotros por la terraza. Canturreaba una de las melodías que acababa de tocar al piano. La señorita Halcombe esperó a que se alejara para continuar su lectura. «La señora Catherick es una mujer honrada, educada y respetable, de mediana edad, se diría que su belleza fue regular, sólo regular. Hermosa. Pero sin embargo hay un no sé qué en su persona que no acabo de interpretar. Es tan reservada en lo que a ella se refiere que parece ocultar algo, y tiene una mirada, no podría describirla, que me hace pensar que está tramando algo. Total, que uno diría que tiene delante un misterio viviente. En cuanto al objeto de su visita a Limmeridge es bien sencillo. Cuando dejó Hampshire para asistir a su hermana en esta última enfermedad, tuvo que traer con ella a su hija por no tener a nadie con quien dejarla. La señora Kempe puede morir en una semana o resistir meses y meses, y la señora Catherick vino a pedirme que permitiese a su hija Anne asistir a las clases en mi escuela; aunque sólo sería de manera provisional porque después de la muerte de la señora Kempe, tendría que dejarlas para regresar junto con su madre a casa. Accedí enseguida, y ese mismo día, cuando Laura y yo salimos de paseo, llevamos a la niña, que tiene once años, a la escuela. Nuevamente volvió a surgir ante nosotros la figura grácil y esplendorosa de la señorita Fairlie envuelta en su níveo traje de muselina; su cara estaba deliciosamente enmarcada por los pliegues del pañuelo que había anudado bajo la barbilla. Una vez más la señorita Halcombe esperó a que se alejara para seguir leyendo. «Me he encaprichado locamente, Philippe, con mi nueva discípula por una razón que te diré al final y que será una sorpresa para tí. La madre me ha hablado tan poco de su hija como de sí misma y he tenido que descubrir yo sola (el mismo día de comenzar las clases, cuando empecé a preguntarle) que la pobre criatura no está desarrollada intelectualmente como corresponde a su edad. En vista de ello me la he traído a casa al día siguiente y he llamado al médico con la mayor reserva para que la observe, la interrogue y me diga cómo la encuentra. Su opinión es que se le pasará con el tiempo. Pero dice que es de gran importancia el sistema de enseñanza que se emplee con ella en la escuela, porque su extrema lentitud en aprender cosas nuevas implica una extraordinaria tenacidad para retenerlas cuando hayamos conseguido que su mente las haya asimilado. Y ahora, amor mío, no vayas a figurarte con tu acostumbrada ligereza que me he encariñado con una retrasada mental. Esta pobre Anne Catherick es una niña muy cariñosa, dulce y agradecida; dice cosas graciosas y divertidas (como podrás juzgar por tí mismo enseguida) cuando menos lo esperas, te mira con asombro y casi con miedo. Aunque va siempre muy limpia, las ropas que lleva son de mal gusto, tanto en el color como en el corte. Así que ayer dispuse que arreglasen para Anne Catherick algunos de los viejos vestidos y sombreros blancos de nuestra querida Laura. Le expliqué que a las niñas pequeñas que tienen su tez, el blanco les sienta mejor que ningún otro color y las hace parecer más limpias. Durante un minuto estuvo callada, visiblemente turbada, luego se puso colorada y pareció haber comprendido. Su pequeña mano se aferró a la mía. La besó, Philip, y me dijo con gravedad, con mucha gravedad: «Vestiré de blanco mientras viva. Así me acordaré de usted, señora, y pensaré que sigue queriéndome aunque me vaya de aquí y no la vea más» Ésta es sólo una muestra de las muchas cosas extrañas que dice con tanta gracia. ¡Pobrecita mía! Le haré una colección de trajes blancos con grandes dobladillos para que le sirvan cuando crezca.» La señorita Halcombe calló y me miró por encima del piano. —La mujer solitaria que encontró en la carretera ¿era joven? ¿Podria tener veintidós o veintitrés años? —me preguntó. —Sí, señorita Halcombe; era de esta edad. —¿Y vestía de forma extraña, toda de blanco, de pies a cabeza? —Toda de blanco. En el momento en que salía de mis labios la respuesta, la señorita Fairlie pasó ante la puerta por tercera vez, pero en lugar de seguir paseando se detuvo, dándonos la espalda, apoyada sobre la balaustrada de la terraza y contemplando el jardín. Mi mirada resbaló por el blanco resplandor de su traje de muselina y del tocado, rutilantes bajo la luz de la luna, y una sensación que no consigo expresar, una sensación que aceleró los latidos de mi corazón y cortó mi respiración, se apoderó de mí. —¿Toda de blanco? —repetía la señorita Halcombe—. La parte más importante de la carta es la última, señor Hartright, la que le voy a leer ahora. Pero no puedo por menos de insistir en la coincidencia del traje blanco de la mujer que usted encontró y los vestidos blancos que inspiraron esta extraña respuesta en la pequeña discípula de mi madre. El doctor pudo haberse equivocado cuando al descubrir el retraso mental de la niña, predijo que se le pasaría con el tiempo. Probablemente no se le pasó nunca y su antiguo capricho de expresar su gratitud vistiéndose de blanco, que fue un sentimiento profundo en la niña, probablemente sigue siéndolo en la mujer. Contesté con pocas palabras y ni sé lo que dije. Toda mi atención se concentraba en el blanco reflejo del traje de muselina de la señorita Fairlie. —Escuche el último párrafo de la carta —dijo la señorita Halcombe—. Le va a sorprender; estoy segura. Cuando ella levantó la carta a la luz de la vela, la señorita Fairlie se volvió de espaldas a la balaustrada, miró hacia un lado y otro de la terraza como dudando qué hacer, dio un paso hacia la puerta, y se detuvo mirándonos. Entre tanto la señorita Halcombe me leía el último párrafo de la carta: «Y ahora, amor mío, viendo que se me acaba el papel, te diré la verdadera razón asombrosa de mi cariño por la pequeña Anne Catherick. Querido Philip, aunque no sea ni la mitad de bonita, es, sin embargo, por uno de esos fenómenos casuales de parecido que se hallan a veces, el retrato viviente, por el cabello, por el tono de su tez, por el color de sus ojos y el óvalo de su cara...» De un salto me levanté de la otomana antes de que la señorita Halcombe hubiese terminado la frase. La misma sensación escalofriante recorrió mi cuerpo, como en aquel momento en que en el desértico camino real de Londres una mano se posó sobre mi hombro. ¡Allí estaba la señorita Fairlie, una figura blanca y solitaria iluminada por la luz de la luna, y en su actitud, en la inclinación de su cabeza, en el color y en el óvalo de su rostro veía ya la imagen viviente, a aquella distancia, y en tales circunstancias, de la mujer de blanco! La duda que había turbado mi mente horas y horas atrás, en un instante se volvió certidumbre. Aquel «algo que faltaba» era mi inconsciente convicción del ominoso parecido entre la fugitiva del sanatorio y mi discípula de Limmeridge. —¡Lo ve usted! —dijo la señorita Halcombe. Dejó caer la carta, que ya era inútil, sus ojos brillaban al encontrarse con los míos—. Lo está viendo ahora como lo vio mi madre hace once años. —Lo veo... aunque no puedo decirle cuán a pesar mío. El solo hecho de asociar la imagen de aquella mujer desamparada, abandonada, perdida aunque no sea más que por el parecido casual, con la señorita Fairlie, me parece como proyectar una sombra sobre el futuro de la radiante criatura que nos contempla. Ayúdeme a disipar esta impresión tan pronto como pueda... ¡Llámela, sáquela de esa funesta luz de la luna!... ¡Por favor, dígale que venga! —Señor Hartright, me sorprende usted. Sean lo que sean las mujeres, yo creía que los hombres del siglo diecinueve estaban por encima de las supersticiones. —¡Llámela, por favor! —¡Chis! Ella viene sin que la llamemos. No diga nada en su presencia. Que sea un secreto entre usted y yo este parecido que hemos descubierto. Ven, Laura; ven y despierta con el piano a la señora Vesey. El señor Hartright está clamando por la música y ahora la quiere alegre y ligera, lo más alegre posible. VIII Así terminó mi primera jornada en Limmeridge, después de un día lleno de emociones. La señorita Halcombe y yo guardamos nuestro secreto. Después de haber descubierto aquel extraordinario parecido yo ya no esperaba que ninguna otra luz aclarase el misterio de la mujer de blanco. En la primera oportunidad que se le presentó, la señorita Halcombe llevó con cautela la conversación a los viejos tiempos e hizo que su hermanastra hablase de su madre y de Anne Catherick. Pero los recuerdos de la señorita Fairlie respecto a la pequeña eran sumamente vagos e imprecisos. Evocaba el parecido entre ella y la alumna favorita de su madre como algo supuestamente existente en el pasado, pero no dijo nada del regalo de los trajes blancos ni de las palabras singulares con que la niña había expresado torpemente su gratitud por ello. Recordaba que Anne había permanecido tan sólo unos meses en Limmeridge, y que luego regresó a su casa de Hampshire, pero no tenía idea de si la madre y la hija volvieron alguna vez a Limmeridge o de si se supo algo de ellas. Las investigaciones de la señorita Halcombe, leyendo las pocas cartas de su madre que quedaban sin revisar, fueron inútiles para disipar la incertidumbre que nos consternaba tanto. Habíamos identificado a la desventurada mujer que yo encontré aquella noche como Anne Catherick, por tanto algo habíamos adelantado relacionando la probable anormalidad y retraso en el cerebro de la pobre niña con su extraña inclinación por vestirse toda de blanco y con su gratitud infantil, que conservó durante todos aquellos años hacia la señora Fairlie, y ahí, por lo que sabíamos, los resultados de nuestra investigación terminaban. Transcurrieron los días, pasaron las semanas, y las huellas doradas del otoño empezaron a notarse entre el follaje verde de los árboles. ¡Qué tiempos tan apacibles y felices y qué rápidos volaron! Ahora mi historia resbala sobre ellos como ellos resbalaron sobre mí entonces. De todos los tesoros de goces y delicias que derramasteis sobre mi corazón con tanta liberalidad, ¿qué es lo que me queda que tenga interés y valor bastante para apuntarlo en estas páginas? Nada. Tan sólo la más triste de todas las confesiones que pueda hacer un hombre. La confesión de su locura. Hablar del secreto que descubre esta confesión no requiere esfuerzos, porque de forma indirecta se me había escapado ya en mi anterior relato. Las pobres y débiles palabras que no fueron capaces de describir a la señorita Fairlie han conseguido traicionar las sensaciones que despertó ella en mí. A todos nos sucede lo mismo: nuestras palabras parecen gigantes cuando pueden perjudicarnos y resultan pigmeos cuando intentan prestarnos un buen servicio. Yo la amaba. ¡Dios mío! ¡Cómo me doy cuenta de toda la tristeza y sarcasmo que se encierran en estas tres palabras! Puedo lanzar un suspiro sobre mi lúgubre confesión como la más emotiva mujer que lea estas líneas y que me compadezca. Puedo reírme con la misma actitud con que el más duro de los hombres la alejaría de sí con desprecio. ¡La amaba! Sentid conmigo o despreciadme, lo confieso con la misma resolución inconmovible del que posee una verdad. ¿No existía disculpa para mí? De seguro que se podría encontrar alguna, teniendo en cuenta las condiciones en las que prestaba mis servicios en Limmeridge. Las horas de la mañana transcurrían mansamente en la quietud y retraimiento de mi estudio. Tenía bastante trabajo con restaurar los dibujos de mi patrono, labor que ocupaba gratamente a mis ojos y a mis manos mientras que la imaginación quedaba libre para deleitarse con el lujo pernicioso de sus pensamientos desenfrenados. Peligrosa soledad que se prolongaba lo suficiente como para enervarme y no lo bastante para fortalecerme. Peligrosa soledad a la que seguían tardes y noches, día tras día y semana tras semana, que me permitían gozar a mí solo de la compañía de dos mujeres, una de las cuales poseía gracia, intetigencia y una educación refinada, y la otra reunía todo el encanto de la belleza, de la dulzura y sinceridad que pueden conquistar y purificar el corazón de un hombre. No pasó un día de esta peligrosa intimidad del profesor con sus discípulas en el que mis manos no estuvieran muy cerca de las de la señorita Fairlie y mi mejilla no rozase casi con la suya cuando juntos nos inclinábamos sobre su álbum de dibujos. Cuanto más atentamente observaban ellas los movimientos de mis pinceles, más profundamente respiraba yo el perfume de sus cabellos y la fragancia cálida de su aliento. Una parte de mi obligación consistía en vivir bajo la luz de sus ojos, y a veces cuando me inclinaba sobre su seno, tan cerca, temblaba ante la idea de tocarla; otra, sentirla inclinarse sobre mí para ver lo que yo le señalaba, cuando su voz se apagaba para decirme alguna cosa y los lazos de su pamela acariciaban mi rostro llevados por el viento antes de que pudiese retirarlos. Las veladas que seguían a estas excursiones pictóricas de la tarde variaban, más bien que refrenaban, estas inocentes e inevitables familiaridades. Mi entusiasmo natural por la música, que ella interpretaba con tanta sensibilidad y con tal femenina ternura, y su lógico deseo de devolverme con su arte los placeres que yo le proporcionaba con el mío, formaban otra cadena que nos unía más y más. Los incidentes de la conversación, la simple costumbre que supone una cosa tan sencilla como nuestros sitios en la mesa, las bromas de la señorita Halcombe, que se burlaba siempre de su entusiasmo como alumna y de mi afán por cumplir como maestro, la inofensiva aprobación somnolienta de la pobre señora Vesey con la que nos unía a la señorita Fairlie y a mí en el modelo dejóvenes que jamás la perturbábamos..., cada una de estas nimiedades y otras muchas conseguían envolvernos a los dos en una atmósfera familiar y nos conducían imperceptiblemente al mismo final sin escapatoria. Debí haber recordado siempre mi posición y haberme mantenido secretamente alerta. Así lo hice, pero cuando ya era demasiado tarde. Toda la discreción, toda la experiencia que me habían asistido cuando se trató de otras mujeres y que me sostuvieron contra diversas tentaciones, me abandonaron frente a ésta. Desde hacía años ésto había sido mi profesión: encontrarme en tan estrecho contacto con muchachas jóvenes de distintas edades y más o menos guapas. Yo había aceptado estas situaciones como parte de mi oficio, consiguiendo dejar todos los sentimientos propios de mi edad en los suntuosos vestíbulos de mis patronos con la misma frialdad con que dejaba mi paraguas antes de subir a sus estancias. Aprendí y comprendí hacía mucho tiempo con toda indiferencia y como un hecho consumado, que mi situación en la vida podía considerarse suficiente garantía de que cualquier sentimiento que pudiera despertar en mis alumnas no podía ser más que mero interés, y sabía que se me admitía entre las más bellas y cautivadoras mujeres de la misma manera con que se admite la presencia de un inofensivo animal doméstico. Este provechoso conocimiento me había llegado muy pronto, y me había guiado firme y rectamente por mi angosta senda miserable y estrecha, impidiéndome apartarme nunca de ella, desviarme a la derecha o a la izquierda. Y ahora mi cotizado talismán y mi propia persona estábamos separados por primera vez. Sí, el dominio de mí mismo, que había adquirido con tanto esfuerzo, lo había perdido por completo como si nunca lo hubiera poseído; lo había perdido como lo pierden cada día otros hombres en otras tantas situaciones críticas a las que las mujeres los abocan. Me doy cuenta ahora de que debía haberme controlado desde el principio. Debía haberme preguntado: ¿Por qué en cualquier cuarto de la casa me sentía mejor que si estuviera en mi propio hogar cuando ella entraba, y me parecía tan árido como vacío cuando lo abandonaba? ¿Por qué advertía y recordaba siempre las más insignificantes variaciones en su atavío como nunca había advertido ni recordado las de ninguna otra mujer. ¿Por qué la miraba, la escuchaba y la tocaba (cuando nos dábamos la mano mañana y tarde) como jamás había mirado, escuchado ni tocado a mujer alguna en mi vida? Debí haber escrutado mi propio corazón para descubrir estos brotes nuevos y arrancarlos al nacer. ¿Por qué esta labor tan fácil y sencilla de cuidar de mí mismo me resultaba demasiado trabajosa? La explicación ya está escrita con aquellas tres palabras que me han bastado y sobrado para hacer mi confesión. Yo la amaba. Pasaron días, transcurrieron semanas, hacía ya casi dos meses de mi llegada a Cumberland. La monotonía deliciosa de la vida que llevábamos a nuestro apacible retiro me arrastraba como una suave corriente arrastra al nadador que descansa sobre sus olas. Todo recuerdo del pasado, todo pensamiento del futuro, toda consciencia de lo falso y desesperado de mi situación callaban dentro de mí, sumergidos en traicionera calma. Las sirenas que cantaban en mi propio corazón habían cerrado mis ojos y mis oídos ante el peligro y yo navegaba a la deriva acercándome a los nefastos escollos. La advertencia que por fin me despertó, que me llenó de conciencia acuciante y acusadora de mi propia debilidad, fue la más clara, sincera y grata puesto que me llegaba silenciosamente de ella. Fue una noche en que nos despedimos como siempre. Ni aquella vez ni antes había pronunciado una sola palabra que pudiese traicionar mis sentimientos o sorprenderla con la revelación de la verdad. Pero cuando nos volvimos a ver a la mañana siguiente, el cambio que observé en ella me lo dijo todo. Yo rehuía entonces —y sigo rehuyendo ahora— penetrar en el santuario inviolable de su corazón y dejarlo al descubierto ante los extraños como he dejado el mío. Me limitaré a decir que el momento en que ella adivinó mi secreto fue, y estoy firmemente convencido de ello, el mismo en que ella adivinó el suyo, el momento que le hizo cambiar de la noche a la mañana su actitud frente a mí. Si era demasiado noble para engañar a nadie, también lo era para engañarse a sí misma. Cuando brotó en su corazón la duda que yo había hecho callar en el mío, su sinceridad se impuso y dijo con su habitual lenguaje franco y sencillo: «Lo siento por él y por mí». Yo no supe entonces comprender ésto ni otras cosas que declaraban sus miradas. Pero comprendí muy bien el cambio de su trato, más amable, más dispuesta a complacer mis deseos, y también más distante y triste, buscaba con ansiedad cualquier ocupación en que concentrarse cuando nos quedábamos a solas. Comprendí por qué entonces aquellos labios finos y sensibles sonreían tan poco y como a la fuerza, y por qué aquellos transparentes ojos azules me miraban a veces con la piedad de un ángel y otras con el pasmo inocente de los niños. Pero la transformación de Laura llegaba aún a más. Había frialdad en su mano, una rigidez innatural en su rostro, en todos sus movimientos traslucía un temor permanente y un reproche insistente hacia sí misma. Aquellos no eran los indicios ocultos que podían descubrir en ella o en mí que sentíamos algo en común. El cambio que en ella se había producido conservaba algo de aquella atracción secreta que existía entre nosotros, pero también había en él otra fuerza secreta que empezaba a separarnos. Lleno de dudas y perplejidades, de una vaga intuición de que con mis propias fuerzas y sin ayuda de nadie debía descubrir algo que se me ocultaba, presté más atención a lo que hacía y decía la señorita Halcombe esperando encontrar una indicación. Dentro de la intimidad en que vivíamos era imposible que se produjesen cambios graves en cualquiera de nosotros sin que los demás los advirtiesen. El cambio de la señorita Fairlie se reflejaba en su hermanastra. Aunque a la señorita Halcombe no se le escapó ni una palabra que indicase que sus sentimientos hacia mí habían cambiado, sus ojos penetrantes me observaban ahora sin cesar. A veces aquellas miradas suyas parecían descubrir una cólera contenida; otras veces, un contenido temor; otras no expresaba nada que yo pudiera comprender. Transcurrió otra semana, en la que a los tres nos envolvió una violencia secreta. Mi situación agravada por el reconocimiento, que se despertaba en mí demasiado tarde, de mi miserable flaqueza y de mi irreflexión, se hacía insoportable. Sentía que debía cortar de una vez y para siempre aquella opresión en que vivía, pero estaba fuera de mi alcance el decidir la manera de actuar con eficacia o de hablar con oportunidad. La señorita Halcombe fue quien me libró de aquella situación desesperada y humillante. Sus labios me dijeron la verdad amarga, inesperada y necesaria; su bondad cordial me sostuvo en aquel choque horrible; su sensatez y su valor se impusieron al peor suceso que pudo acontecerme a mí y al resto de los moradores de Limmeridge. IX Aquel jueves se cumplían los tres meses de mi llegada a Cumberland. Cuando bajé a desayunar a la hora de siempre y por primera vez desde que la conocí, no estaba la señorita Halcombe en su sitio habitual. La señorita Fairlie estaba en el jardín. Me saludó desde lejos, pero no se acercó a mí. Ni ella ni yo habíamos dicho una palabra que pudiera haber alterado nuestras relaciones, y, sin embargo, palpamos aquella especie de violencia que nos hacía temblar y evitar encontrarnos a solas. Así, pues, ella esperó fuera y yo dentro hasta que llegasen la señora Vesey o la señorita Halcombe. ¡Con qué rapidez me hubiese acercado a ella quince días antes, con qué alegría nos hubiéramos estrechado la mano y con qué naturalidad nos hubiéramos entregado a nuestra charla habitual! A los pocos minutus entró la señorita Halcombe. Parecía preocupada, y se disculpó por el retraso con un aire distraído. —Me ha detenido el señor Fairlie —dijo— quería discutir conmigo un asunto doméstico. La señorita Fairlie regresó del jardín y nos saludamos como siempre. Me sobresaltó el helor de su mano, más intenso que nunca. No me miraba y estaba muy pálida. Hasta la señora Vesey lo notó cuando entró en el comedor un momento después. —Creo que es el cambio del viento —dijo—. Ya llega el invierno, ay querida mía, ¡ya llega el invierno! ¡Para su corazón y para el mío el invierno ya había llegado! Nuestros desayunos, antes tan animados por las dicusiones y planes sobre lo que íbamos a hacer durante el día eran ahora rápidos y silenciosos. La señorita Fairlie parecía agobiada por los largos silencios en la conversación y miraba suplicante a su hermana esperando que dijese algo. Dos o tres veces me pareció que la señorita Halcombe estuvo a punto de hablar, pero no se decidió, una cosa insólita en ella, y, por fin dijo: —Laura... he hablado con tu tío esta mañana y cree que el cuarto rojo es el más apropiado; además, me confirma lo que yo te dije. Es el lunes, no el martes. Mientras hablaba, Laura mantenía la mirada fija en la mesa. Sus manos jugueteaban nerviosamente con las migajas del pan desparramadas sobre el mantel. La palidez de su rostro se extendió hasta sus labios, que empezaron a temblar. No fui yo solo quien notó estas alteraciones. La señorita Halcombe las vio también y en seguida se levantó de la mesa obligándonos a seguir su ejemplo. La señorita Fairlie y la señora Vesey salieron juntas del comedor. Los dulces y tristes ojos azules se posaron en mí un instante como si quisiera darme una última y eterna despedida. Sentí cómo mi corazón le respondía con un dolor punzante, un dolor que me anunciaba que pronto iba a perderla y que su pérdida sólo haría mi amor más profundo. Miré hacie el jardín cuando la puerta se cerró tras ella. La señorita Halcombe estaba de pie junto al ventanal que daba al parque, con su sombrero en la mano, y su chal doblado en el brazo, observándome con atención. —¿Puede usted dedicarme unos minutos —me preguntó— antes de comenzar su trabajo? —Por supuesto, señorita Halcombe. Siempre tengo tiempo disponible para usted. —Tengo que hablarle a solas, señor Hartright. Coja el sombrero y vayamos al jardín. A estas horas no creo que nos estorbe nadie. Al salir nos tropezamos con un ayudante del jardinero —un niño casi— que venía hacia la casa con una carta en la mano. La señorita Halcombe le detuvo. —¿Es para mí esa carta? —le preguntó. —No, señorita; aquí pone que es para la señorita Fairlie— contestó el muchacho mostrando la carta. La señorita Halcombe la cogió y miró el sobre. —No conozco esta letra —se dijo a sí misma—. ¿Quién podría escribir a Laura?... ¿Dónde te la dieron? —continuó dirigiéndose al jardinero. —Verá, señorita —dijo el muchacho—. Me la ha dado ahora mismo una mujer. —¿Qué mujer? —Una mujer vieja. —¿Una vieja? ¿Tú la conoces? —No podría decir que la haya visto antes. —¿Por qué camino se fue? —Por allí —dijo el aprendiz del jardinero volviéndose con resolución hacia el sur y señalando toda la parte meridional de Inglaterra con un generoso movimiento de la mano. —Es curioso —dijo la señorita Halcombe—. Seguramente es de alguien que pide dinero. Bueno —añadió, devolviendo la carta al muchacho—, llévala a casa y entrégasela a uno de los criados. Y ahora, señor Hartright, si no tiene inconveniente, vámonos por aquí. Seguimos el mismo sendero por el que me condujo el primer día de mi estancia en Limmeridge. Al llegar al pabellón en que me encontré por primera vez con Laura Fairlie, se detuvo y rompió el silencio que había guardado durante todo el camino. —Lo que tengo que decirle se lo diré aquí. Con estas palabras entró en la casita, cogió una de las sillas que había al lado de la pequeña mesa redonda, y con un gesto me invitó a sentarme también. Yo sospeché lo que iba a decirme desde que me habló en el comedor, y en aquel instante tuve la certeza absoluta. —Señor Hartright —empezó diciendo—, voy a hacerle una declaración sincera. Quiero que sepa (se lo digo sin preámbulos, que detesto, y sin cumplidos, que odio de todo corazón) que durante todo este tiempo en que hemos vivido juntos he llegado a ver en usted un buen amigo. Desde el primer día en que me explicó cómo se había portado con la desventurada mujer que encontró en unas circunstancias tan extrañas, me sentí predispuesta en favor suyo. Su comportamiento, aquella noche, tal vez no demostró demasiada prudencia, pero sí el dominio de sí mismo, delicadeza y la compasión de un hombre que es todo un caballero. El suceso me hizo esperar mucho de usted, y la verdad es que no se han defraudado mis esperanzas. Calló un momento, pero levantó la mano en señal de que no esperaba una respuesta de mí hasta que terminase. Cuando entré en el pabellón, nada estaba más lejos de mi pensamiento que la mujer de blanco. Pero ahora las palabras de la propia señorita Halcombe me hicieron recordar mi aventura. Aquel recuerdo no se separó ya de mí mientras duró nuestra entrevista, y su presencia tuvo sus consecuencias. —Como amiga —siguió diciendo— quiero decirle de una vez, a mi modo claro, directo y rudo, que he descubierto su secreto sin que nadie me advirtiese ni ayudase. Señor Hartright, usted ha cometido la ligereza de permitirse desarrollar un afecto, y me temo que es un afecto serio y profundo, hacia mi hermana Laura. No quiero someterle a la tortura de confesarlo ante mí, pues sé que es demasiado honrado para negarlo. Ni siquiera le compadezco por haber abierto su corazón a un sentimiento sin esperanza. Usted no ha intentado nada a hurtadillas ni ha hablado con mi hermana en secreto. Sólo le culpo de falta de carácter y olvido de sus propios intereses. Si hubiera actuado en cualquier sentido con menos modestia y delicadeza me hubiera visto obligada a indicarle que dejase esta casa, sin vacilar un momento y sin consultar a nadie. Pero así como están las cosas, sólo acuso a la fatalidad que estropea sus años y su porvenir... No le acuso a usted. Démonos la mano. Le estoy haciendo sufrir y le voy a hacer sufrir aún más, pero no me es posible evitarlo, y antes que nada quiero que estreche usted la mano de su amiga Marian Halcombe. Aquella repentina cordialidad, aquella simpatía cálida, noble e intrépida que se me ofrecía con compasión, pero de igual a igual, que se dirigía a mi corazón, a mi honor y a mi valor con un ímpetu tan delicado y generoso, me conmovió profundamente. Quise mirarla cuando ella cogió mi mano, pero mi mirada se enturbiaba. Quise darle las gracias, pero la voz me falló. —Escúcheme usted —continuó sin querer darse cuenta de mi desconcierto— escúcheme y acabemos de una vez. Siento un verdadero, un auténtico alivio por no tener que entrar en el tema que considero duro y cruel, el de las diferencias sociales, cuando le diga lo que tengo que decirle ahora. Circunstancias que le obligarán a usted a obrar con rapidez me evitan a mí el dolor de herir la sensibilidad del hombre que ha vivido bajo nuestro mismo techo y en intimidad amistosa con nosotras, haciendo cualquier mención humillante de su condición y situación. Tiene usted que abandonar Limmeridge, señor Hartright, antes de que el daño sea mayor. Decírselo es mi obligación como también lo sería, por el mismo motivo grave y urgente, decírselo si perteneciese a la más antigua y pudiente familia de Inglaterra. Tiene usted que marcharse, no porque sea profesor de dibujo... Se detuvo un momento, me miró de frente y alargando su mano sobre la mesa, apretó fuertemente mi brazo. —No porque sea usted un profesor de dibujo —repitió ella—, sino porque Laura Fairlie está prometida en matrimonio. Al escuchar estas últimas palabras creí que una bala me atravesaba el corazón. No sentía ya en mi brazo el contacto de la mano que lo aferraba. No me moví, no hablé. La penetrante brisa del otoño que removía las hojas a nuestros pies de pronto me heló, como si mis locas ilusiones también fueran hojas caídas que el viento impulsaba. ¡Ilusiones! Prometida o no, se hallaba igualmente alejada de mí. ¿Hubieran olvidado esto otros hombres en mi lugar? No, si la hubieran amado tanto como yo. Pasó el tremendo choque y sólo quedó el entumecimiento desolado y doloroso. Volví a sentir la mano de la señorita Halcombe que apretaba mi brazo, levanté la cabeza y la miré. Sus grandes ojos negros estaban fijos en mí, observando la palidez repentina de mi rostro, que yo sentía y ella veía. —¡Destrúyalo —me dijo. —Aquí mismo, donde la vió por primera vez, ¡destrúyalo! No se deje aptastar como una mujer. Rómpalo, aplástelo con el pie, como un hombre. La vehemencia contenida de sus palabras, la fuerza que su voluntad, concentrada en la mirada que clavaba en mí y la constante presión de su mano sobre mi brazo, comunicaba a la mía me devolvieron el valor. Ambos esperamos unos minutos en silencio. Por fin me mostré digno de su generosa confianza en mi hombría y al menos por fuera recobré el dominio sobre mí mismo. —¿Ha vuelto usted en sí? —Lo bastante, señorita Halcombe, para rogarle a usted y a ella que me perdonen. Lo bastante para dejarme guiar de su consejo demostrándole de esta manera mi gratitud, ya que no puedo hacerlo de otra. —Ya lo ha demostrado usted —contestó— con estas palabras. Señor Hartright, entre nosotros han terminado los disimulos. No puedo ocultarle lo que mi hermana inconscientemente me ha dejado descubrir. Tiene usted que abandonarnos tanto por su bien como por el de ella. Su presencia en esta casa y su obligada proximidad a nosotras, por inocente que fuera, bien sabe Dios, en todos los demás sentidos, la han debilitado y la han perjudicado. Yo, que la quiero más que a mi propia vida y que he aprendido a creer en su alma pura, noble e inocente —como creo en mi religión— me doy perfecta cuenta de lo que sufre en silencio por sus remordimientos desde que la primera sombra de un sentimiento desleal a su compromiso ha penetrado en su corazón contra su voluntad. No quiero decir, y además seria inútil intentar pretenderlo después de lo sucedido, que su noviazgo se haya basado en sus inclinaciones sentimentales. Es un compromiso de honor más que de amor, que su padre dispuso hace dos años desde su lecho de muerte; ella ni se opuso ni se entusiasmó; lo aceptó con satisfacción. Hasta que usted vino a esta casa se hallaba en la misma situación que centenares de mujeres que se casan con hombres sin experimentar ni una gran atracción ni una especial antipatía y que aprenden a quererlos (¡si no aprenden a odiarlos!) después de la boda, en vez de antes. Espero con mayor ansia de la que puedo expresar con palabras (y usted debe ser lo bastante abnegado para desearlo como yo) que los nuevos sentimientos y afectos que han perturbado su antigua serenidad y su alegría no hayan echado raíces tan profundas que no puedan arrancarse. Su ausencia (si no tuviera tanta confianza en su valor, honorabilidad y sensatez no tendría las esperanzas que tengo), su ausencia ayudará a mis esfuerzos y el tiempo nos ayudará a los tres. Ya es algo para mí el saber que la confianza que he despositado en usted está bien segura. Ya es algo saber que no ha de ser usted menos caballero, menos honesto y menos considerado con la discípula cuya posición ha tenido usted la desgracia de olvidar, que con la abandonada desconocida que no imploró en vano su protección. ¡Otra vez el recuerdo de la mujer de blanco! ¿Es que no iba a ser posible hablar de la señorita Fairlie y de mí sin evocar la memoria de Anne Catherick, interponiendo entre los dos su figura como una fatalidad ineludible? —Dígame qué disculpas puedo dar al señor Fairlie para romper mi compromiso —contesté—. Dígame cuándo he de marcharme una vez sea aceptada mi disculpa. Le prometo una obediencia absoluta a sus consejos. —Desde luego que el tiempo tiene gran importancia —contestó—. Recordará usted que antes, en el comedor, me referí al próximo lunes y a la necesidad de preparar el cuarto rojo. El huésped que esperamos ese día es... No pude dejarla seguir. Sabiendo lo que ahora sabía y al recordar la mirada y la actitud de la señorita Fairlie durante el desayuno, comprendí que el huésped esperado en Limmeridge era su futuro esposo. Quise dominarme, pero algo superior a mi voluntad se me impuso, e interrumpí a la señorita Halcombe. —Déjeme usted marchar hoy mismo —le dije con amargura—. Cuanto antes, mejor. —No, hoy no —dijo ella—. La única razón que puede dar usted al señor Fairlie para romper su contrato es la de que una necesidad inesperada le obliga a solicitar su autorización para irse inmediatamente a Londres. Tiene usted que esperar hasta mañana para decírselo, después de que llegue el correo, pues de ese modo relacionará el rápido cambio de sus planes con alguna carta de Londres. Es triste y despreciable tener que rebajarse a estos engaños, aunque sean tan inofensivos para todos, pero conozco al señor Fairlie y, si le da el menor motivo para que sospeche que le está mintiendo, se negará a dejarle libre. Hable con él el viernes por la mañana; ocúpese después (por su propio interés y el de su patrón) en dejar su trabajo inacabado en el mayor orden posible, y márchese de esta casa el sábado. Así habrá tiempo sufciente, señor Hartright, para usted y para todos nosotros. Antes de que pudiera asegurarle que obraría conforme a sus indicaciones, nos sobresaltamos al oír unos pasos que se acercaban por el camino. ¡Alguien venía de la casa para buscarnos! Sentí que la sangre se me subía a las mejillas y luego refluía. ¿Sería la señorita Fairlie la persona que se acercaba deprisa precisamente en aquel momento y en aquellas circunstancias? Fue para mí un alivio —tan triste y tan desesperado era el cambio que se había producido en mi situación respecto a ella—, un verdadero alivio, cuando la persona que nos había alertado apareció en la puerta del pabellón y resultó ser sólo la doncella de la señorita Fairlie. —Señorita ¿puedo hablarle un momento? —dijo la muchacha con premura y visiblemente preocupada. La señorita Halcombe bajó los escalones de la casita y anduvo unos momentos junto a la muchacha. Al quedarme solo pensé, con tanta amargura y desolación que no puedo describir, en mi próximo regreso a la soledad y el desorden de mi casa de Londres. Recuerdos de mi pobre y vieja madre y de mi hermana que se habían regocijado con tanta inocencia de la buena suerte que me esperaba en Cumberland, recuerdos que durante largo tiempo yo había ahuyentado de mi corazón y que ahora me hacían avergonzarme y arrepentirme, volvían a mí trayendo consigo la cariñosa tristeza de viejos y abandonados amigos. ¿Qué sentirían mi madre y mi hermana cuando volviese a ellas con mi compromiso incumplido, con la confesión de mi desgraciado secreto, ellas que se habían despedido de mí llenas de ilusiones aquella última y feliz noche en nuestra casa de Hampstead? ¡Otra vez Anne Catherick! El recuerdo de la noche en que me despedí de mi madre y mi hermana no podía volver a mí sin que evocara al mismo tiempo el de mi paseo a la luz de la luna, camino de Londres. ¿Qué significaría todo ello? ¿Habríamos de vernos una vez más aquella mujer y yo? Cuando menos, era posible. ¿Sabía ella que yo vivía en Londres? Sí, pues yo mismo se lo dije, no sé si antes o después de que me hiciera aquella extraña y recelosa pregunta sobre si yo conocía a muchas personas con el título de barón. Si se lo dije antes o después, repito, no tenía yo entonces la mente lo bastante clara como para recordarlo. Pasaron unos minutos antes de que la señorita Halcombe dejase a la doncella y regresase. También ella tenía ahora el aire de premura y preocupación. —Señor Hartright —dijo—, ya lo hemos dejado todo arreglado. Nos hemos entendido como buenos amigos; ahora podemos volver a casa. Si he de decirle la verdad estoy muy preocupada con Laura. Ha enviado a buscarme porque quiere verme en seguida, y dice la muchacha que su señorita parece muy agitada por una carta que ha recibido esta mañana, sin duda la misma que le envié cuando veníamos hacia aquí. Apresuramos el paso bajo la fronda del sendero. Aunque la señorita Halcombe me había manifestado todo lo que creía necesario, yo, por mi parte, aún tenía cosas que decirle. Desde el momento en que me había enterado de que el esperado visitante era el futuro esposo de la señorita Fairlie, experimentaba una amarga curiosidad, un ansia malsana y abrasadora por saber quién era. Era probable que no se me presentara otra ocasión de hacer esta pregunta, y me arriesgué a preguntarlo mientras volvíamos a la casa. —Ahora que ha sido usted tan amable, señorita Halcombe —dije— al decirme que nos hemos entendido muy bien, y ahora que está segura de mi gratitud por su comprensión y de mi obediencia a sus deseos, ¿puedo preguntarle quién... (vacilé un instante, pues me había forzado a pensar en él como su prometido) quién es el caballero que está prometido a la señorita Fairlie? Su mente estaba evidentemente ocupada con el recado que había recibido de su hermana. Su respuesta fué rápida y distraída. —Un gran hacendado de Hampshire. ¡Hampshire! ¡El lugar donde había nacido Anne Catherick! Una y otra vez la mujer de blanco. En aquello había una fatalidad. —¿Cómo se llama? —pregunté con toda la calma e indiferencia de que fui capaz. —Sir Percival Glyde. Sir... ¡Sir Percival! La pregunta de Anne Catherick —aquella pregunta recelosa sobre las personas con título de barón que yo podía conocer— que había recordado poco antes de regresar la señorita Halcombe al pabellón, ahora volvía a mi memoria al escuchar esta respuesta. —Sir Percival Glyde —repitió, suponiendo que no había oído bien. —¿Caballero o barón?— pregunté con un desasosiego que no podía disimular más. Calló un instante y me contestó, con notable frialdad. —Barón, por supuesto. X No volvimos a decirnos una palabra mientras caminábamos juntos. La señorita Halcombe se dirigió precipitadamente al cuarto de su hermana y yo me refugié en mi estudio para ordenar todos los dibujos del señor Fairlie que no había terminado de restaurar y que pasarían al cuidado de otras manos. Todos los pensamientos que había intentado rechazar —pensamientos que hacían mi situación aún más dificil de afrontar— se agolparon en mi mente cuando estuve solo. Estaba prometida en matrimonio, y su futuro esposo era Sir Percival Glyde. Un hombre que llevaba título de barón, gran propietario de Hampshire. En Inglaterra había cientos de baronías, y docenas de propietarios en Hampshire. Juzgando con frialdad, no había, pues, ni razón ni sombra de ella para relacionar a Sir Percival Glyde con las inquisitivas palabras que me dirigió, recelosa, la dama de blanco. Y, sin embargo, yo lo relacionaba con ellas. ¿Sería porque ahora se asociaba en mi imaginación con la señorita Fairlie, y la señorita Fairlie a su vez con Anne Catherick, desde la noche en que descubrí aquel siniestro parecido entre ellas? ¿Me habían enervado tanto los acontecimientos de la mañana que me hallaba a merced de cualquier absurda fantasía que las casualidades más sencillas y las coincidencias más corrientes pudieran sugerirme? Imposible aclararlo. Sólo me daba cuenta de que la conversación sostenida entre la señorita Halcombe y yo cuando volvíamos a casa me había afectado de una forma muy rara. La premonición de un peligro indetectable que guardaba oculto a todos nosotros el impenetrable futuro, se apoderaba de mí. La duda sobre si yo estaba atado ya a una cadena de acontecimientos que no podría romperse incluso al marcharme de Cumberland —esta duda sobre si alguno de nosotros era capaz de prever el final tal y como iba a producirse en realidad—, esta duda ofuscaba por completo mi mente. Incluso el dolor punzante que me causaba el final miserable de mi amor breve y arrogante parecía calmarse y desvanecerse ante la sensación creciente de que algo oscuro e inminente, algo invisible y amenazador se cemía esta vez sobre nuestras cabezas. Había estado ocupado en los dibujos media hora escasa, cuando alguien llamó a mi puerta. Respondí, la puerta se abrió, y ante mi sopresa, en mi habitación entró la señorita Halcombe. Parecía nerviosa y angustiada. Cogió una silla antes de que pudiera ofrecérsela y se sentó a mi lado. —Señor Hartright —dijo— pensé que todas las conversaciones penosas entre usted y yo habían terminado, al menos por hoy. Pero no ha sido así. Una mano oculta está tramando una villanía para asustar a mi hermana y evitar su matrimonio. ¿Se acuerda que por orden mía el jardinero llevó a casa una carta, escrita con letra desconocida y que iba dirigida a la señorita Fairlie? —Por supuesto. —Pues era una carta anónima, una vil calumnia contra sir Percival Glyde para rebajarle ante los ojos de mi hermana... La ha puesto en tal estado de agitación y alarma que me ha costado enormes esfuerzos conseguir tranquilizarla un poco para poder salir a verle a usted... Me doy cuenta de que se trata de un asunto de familia en el cual no debería mezclarse, pues no tiene por qué interesarse ni preocuparse por ello. —Perdón señorita Halcombe. Todo lo que se refiera a la felicidad de la señorita Fairlie o a la suya propia me interesa y me preocupa profundamente. —No sabe cuánto me alegro de oírle. Es usted la única persona de la casa o fuera de ella que puede aconsejarme. El señor Fairlie, dado su estado de salud y su horror ante las dificultades y misterios de cualquier índole, queda descartado. Respecto del pastor, es una persona buena y débil y no entiende de nada que sobresalga de la rutina de sus obligaciones, y nuestros vecinos sólo son agradables compañeros de diversión a quienes no se puede molestar cuando se trata de dificultades y de peligro... Lo que deseo saber es ésto: ¿debería yo dar inmediatamente los pasos necesarios para descubrir al autor de la carta, o será mejor esperar hasta mañana y acudir al abogado consejero del señor Fairlie? Es una cuestión —quizá de gran importancia— de ganar o perder un día. Dígame lo que usted opina, señor Hartright. Si la necesidad no me hubiese obligado ya una vez a confiar en usted tratándose de circunstancias delicadas, quizá ni la soledad en que me hallo fuese bastante para disculparme. Pero tal y como están las cosas, y después de todo lo que ha sucedido entre nosotros, estoy segura de que no obro mal olvidando que sólo es usted un amigo desde hace tres meses. Me alargó la carta. Esta empezaba de forma abrupta, prescindiendo de toda palabra de introducción: «¿Cree usted en los sueños? Espero que por su bien crea en ellos. Vea lo que dice la Biblia sobre los sueños y sobre su cumplimiento (Génesis. XI, 8; XLI, 25; Daniel, IV, 18—25) y haga caso de mi advertencia, antes que sea demasiado tarde. «Anoche soñé con usted, señorita Fairlie. Soñé que me hallaba en el presbiterio de una iglesia. A un lado tenía el altar y al otro estaba el sacerdote con la sobrepelliz y un misal en la mano. «Al poco rato un hombre y una mujer se adelantaban por la iglesia hasta llegar a nosotros: venían a casarse. La mujer era usted. Parecía tan guapa e inocente, con su precioso vestido de seda blanco y el largo velo de encaje, que mi corazón se enterneció y mis ojos se llenaron de lágrimas. «Eran lágrimas de compasión, señorita; lágrimas que el cielo bendice; y en lugar de caer de mis ojos como caen las lágrimas de cada día que derramamos todos nosotros, se convirtieron en dos rayos de luz que se fueron alargando hasta acercarse más y más al hombre que estaba a su lado, hasta que tocaron su pecho. Los rayos se convirtieron en dos arcos parecidos al arco iris que iban de mis ojos a su corazón, y a través de ellos pude llegar hasta el fondo de su alma. «El hombre con quien usted iba a casarse era de aspecto muy atractivo. No era ni alto ni bajo; quizá un poco menos que la estatura media. Parecía una persona inteligente, valiente y llena de vida, de unos cuarenta y cinco años. De rostro pálido, con grandes entradas sobre la frente y de cabello oscuro. Unas patillas bien cuidadas le llegaban hasta el labio superior. Sus ojos también eran castaños y muy brillantes; su nariz era tan recta, fina y hermosa que podría pertenecer a una mujer, lo mismo que sus manos. De cuando en cuando una tos seca le obligaba a llevarlas hasta su boca, y en el dorso de la mano derecha se veía la cicatriz roja de una antigua herida. ¿He soñado con el hombre que usted conoce? Usted lo sabe mejor, señorita Fairlie, y podrá decir si me he equivocado o no. Pero siga leyendo, se lo ruego. Lea y sepa lo que descubrí en el interior de este hombre. «Miré a través de los arcos iris y vi el fondo de su corazón. Era negro como la noche y en él estaba escrito con letras incandescentes, que son las letras que emplea el ángel caído: «Sin piedad y sin remordimientos. Sembró de miserias el sendero de los demás y desde ahora vivirá para sembrar de miseria y dolor el de la mujer que está a su lado». Eso fue lo que leí. Entonces los rayos de luz se elevaron hasta sobrepasar la altura de su hombro, y allí, tras él, vi a un demonio que reía. Los rayos de luz se desplazaron otra vez, hacia usted, y vi detras a un ángel llorando. Después se colocaron entre usted y el hombre y fueron ensanchando y ensanchando el espacio que los separaba hasta hacer imposible la unión. El pastor intentaba en vano leer las oraciones de ritual porque éstas se habían borrado por completo, y entonces cerró el libro y lo colocó desesperado sobre el altar. En aquel momento desperté con los ojos cuajados de lágrimas y el corazón oprimido de pena, porque yo creo en los sueños. «Crea usted también en ellos, señorita Fairlie, se lo suplico, por lo que más quiera... José, Daniel y otros profetas creían en los sueños. Haga averiguaciones sobre la vida pasada del hombre de la cicatriz en la mano, antes de pronunciar palabras que la conviertan en su triste esposa. No le hago esta advertencia pensando en mí, sino por su propia felicidad. Me preocupa tanto su bienestar que mientras tenga un soplo de vida pensaré en usted. La hija de su madre ocupa un lugar excepcional en mi corazón, porque su madre fue mi primera, mi única y mejor amiga.» Así terminaba aquella carta singular sin firma, ni palabras de despedida. La escritura no presentaba el menor indicio que sirviese de aclaración. El papel era rayado y estaba cubierto de garabatos convencionales, escolásticos. La letra era insegura y descuidada, ilegible a veces a causa de los borrones, pero sin ningún rasgo característico. —No parece la carta de un analfabeto —dijo la señorita Halcombe, y al mismo tiempo es demasiado incoherente para ser escrita por una persona educada y de alto nivel social. La descripción del traje y del velo de novia y otras cosas por el estilo hacen pensar que la autora sea una mujer. ¿Qué piensa usted, señor Hartright? —Creo lo misrno. Y no solamente eso, sino que lo ha escrito una mujer cuya mente estaba un tanto... —¿Trastornada?... —sugirió la señorita Halcombe—. También a mí se me ha ocurrido. No contesté. Mientras hablaba, mis ojos se fijaron en las últimas frases de la carta: —«La hija de su madre ocupa un lugar excepcional en mi corazón, porque su madre fue mi primera, mi única y mi mejor amiga.» Estas palabras, y la duda que acababa de manifestar acerca del estado de las facultades mentales de la persona que escribió la carta, me sugirieron una idea realmente horripilante, que no me atrevía a expresar ni a continuar pensando en ella. Hasta empecé a dudar del equilibrio de mis propias facultades y tuve miedo de que estuvieran en peligro de flaquearme. Aquello parecía una monomanía, relacionar cualquier suceso extraño, cualquier palabra sorprendente, con la misma fuente oculta y con la misma influencia siniestra. Esta vez decidí, por proteger mi valor y mi razón, no admitir como cierta ninguna idea que no estuviese probada por hechos concretos y rechazar terminantemente todo aquello que me llevara al terreno de las suposiciones. —Si tenemos alguna posibilidad de descubrir a la persona que lo ha escrito —dije, devolviendo la carta a la señorita Halcombe—, debemos aprovechar cualquier oportunidad que se nos ofrezca. Creo que podemos hablar con el jardinero y preguntarle detalles sobre la mujer que le dió la carta y luego continuar nuestras pesquisas en el pueblo. Pero ante todo permítame que le haga una pregunta. Hace un momento usted ha mencionado la alternativa de consultar con el abogado consejero del señor Fairlie si esperamos hasta mañana. ¿Es que no hay modo de comunicarnos antes con él? ¿Por qué no hoy mismo? —Sólo puedo explicárselo —replicó la señorita Halcombe— contándole ciertos detalles relacionados con la boda de mi hermana que no consideré necesarios ni propios de tratar esta mañana. Uno de los motivos de la visita de Sir Percival Glyde el lunes es el de fijar la fecha de la boda, que hasta ahora no se ha decidido. Desea casarse antes de fin de año. —¿Conoce este deseo la señorita Fairlie? —pregunté con ansiedad. —Ni lo sospecha, y después de lo que ha pasado no quiero asumir la responsabilidad de decírselo. Sir Percival sólo ha comunicado sus anhelos al señor Fairlie, quien me ha dicho que, como tutor de Laura, está dispuesto a hacer lo posible por satisfacerlo. Ha escrito a Londres, al consejero de la familia, el señor Gilmore. Da la casualidad de que el señor Gilmore debía ir a Glasgow por asuntos profesionales y ha contestado que a la vuelta de su viaje podría detenerse en Limmeridge. Llegará mañana; estará unos días con nosotros, los que sean necesarios para tratar el asunto con sir Percival. Si éste consigue lo que desea, el señor Gilmore volverá a Londres con las instrucciones necesarias para preparar el contrato de matrimonio de mi hermana. ¿Comprende usted ahora, señor Hartright, por qué hablaba yo de esperar hasta mañana para consultar con un abogado? El señor Gilmore es el viejo y fiel amigo de dos generaciones Fairlie; podemos confiar en él como en ningún otro. ¡El contrato de matrimonio! Al escuchar estas palabras sentí que los celos y el resentimiento envenenaban y oscurecían mis mejores y más elevados instintos. Empecé a pensar —es muy duro confesarlo, pero no quiero ocultar nada, desde el principio al fin de la terrible historia que me he propuesto narrar—, empecé a pensar, digo, lleno del ansia odiosa de descubrir una esperanza, en las confusas acusaciones que contenía la carta anónima contra sir Percival Glyde. ¿Y si en estas acusaciones disparatadas hubiese un fondo de verdad? ¿Y si pudiera probarse su veracidad antes de que fuesen pronunciadas las fatales palabras de consentimiento, antes de que el contrato de matrimonio fuese firmado? Más tarde traté de convencerme de que los sentimientos que experimentaba en aquellos momentos comenzaban y terminaban en mi sincera devoción respecto a los intereses de la señorita Fairlie. Pero nunca he conseguido engañarme creyéndolo y no he de tratar ahora de engañar a otros. Estos sentimientos comenzaban y terminaban en el odio alocado, vengativo, exasperado que me inspiraba el hombre que iba a casarse con ella. —Si queremos encontrar alguna pista —dije, hablando ya bajo la influencia de estos sentimientos—, no debemos perder ni un minuto. Una vez más insisto en la necesidad de preguntar por segunda vez al jardinero y seguir inmediatamente las pesquisas en el pueblo. —Creo que en ambos casos puedo servirle de ayuda —dijo la señorita Halcombe, levantándose—. Vamos en seguida, señor Hartright, y hagamos juntos todo cuanto podamos. Iba a abrir la puerta para dejarla pasar cuando me detuve de sopetón para hacerle una pregunta importante antes de que empezáramos nuestra investigación. —En uno de los párrafos de la carta anónima —le dije—, se describe detalladamente a una persona. El nombre de sir Percival Glyde no está mencionado, lo sé, pero ¿la descripción guarda algún parecido con él? —El máximo, incluso al establecer que tiene cuarenta y cinco años. ¡Cuarenta y cinco, cuando ella no había cumplido veintiuno! Cada día hay hombres de esa edad que se casan con mujeres de la edad de ella, y la experiencia nos demuestra que muchas veces son estos matrimonios los más afortunados. Yo lo sabía, y, sin embargo, la sola mención de su edad, cuando la comparé con la de ella, aumentó mi odio ciego y mi desconfianza contra él. —El parecido es completo —continuaba la señorita Halcombe—, incluso por la descripción de la cicatriz de la mano derecha, que le quedó de una herida que sufrió durante un viaje por Italia. No cabe la menor duda de que la persona que ha escrito la carta conoce hasta el último detalle de su aspecto físico. —¿Hasta la tos que padece como se dice en la carta, si no recuerdo mal? —También eso es cierto. Él no le da importancia, aunque es a veces causa de serias preocupaciones para sus amigos. —Supongo que su persona nunca ha sido objeto de rumores malignos. —¡Señor Hartright! Espero que no sea usted tan injusto como para dejar que esa carta infame le influya. La sangre me subió a la cabeza, porque sabía que me había influido. —Espero que no —contesté confuso—. Quizá no tenía siquiera derecho a hacerle esta pregunta. —Me alegro de que me la haya hecho —dijo—, porque ello me permite hacer justicia a la reputación de sir Percival. Ningún rumor ha llegado hasta mí ni a mi familia acerca de él, señor Hartright. Dos veces ha resultado elegido en las elecciones, y las dos veces ha salido de la prueba limpiamente. El que consigue ésto en Inglaterra es un hombre de reputación acreditada. Abrí en silencio la puerta ante ella y la seguí. No me había convencido. Y si el ángel justiciero hubiese bajado del cielo para confirmarme sus afirmaciones, tampoco me hubiese convencido aunque hubiera colocado ante mis mortales ojos su libro celestial. Encontramos al jardinero ocupado como siempre en su trabajo. Por muchas preguntas que le hicimos no hubo modo de sacar nada que fuera de importancia, dada la estupidez impermeable del muchacho. La mujer que le entregó la carta era una vieja, no le había dicho ni una palabra y se había marchado muy deprisa por la parte del Sur. Eso fue todo lo que nos dijo. El pueblo estaba al Mediodía con respecto a la casa. Así que luego nos dirigimos al pueblo. XI Seguimos nuestras pesquisas en Limmeridge, dirigiéndolas en todas direcciones, preguntando a toda clase de gentes. Pero nada sacamos en limpio de todo ello. Tres de los aldeanos aseguraron haber visto a la mujer, mas como eran incapaces de describirla o de indicar con precisión hacia donde se encaminaba cuando la vieron por última vez, aquellas tres excepciones de la regla general de ignorancia total no nos fueron más útiles que el resto de sus vecinos ineficaces y nada observadores. Nuestras andanzas nos llevaron hasta el extremo del pueblo, donde se hallaba la escuela que fundó la señora Fairlie. Cuando pasamos por delante de la parte destinada a los muchachos, sugerí la idea de hacer una última investigación con el maestro quien, teniendo en cuenta su cargo, debía de ser la persona más instruida del pueblo. —Temo que el maestro estuviese dando sus clases cuando la mujer pasó por el pueblo a la ida y a la vuelta —dijo la señorita Halcombe—. No obstante vamos a intentarlo. Dimos la vuelta por el patio de recreo y pasamos por delante de las ventanas de la escuela, dirigiéndonos a la puerta, que estaba en la parte posterior del edificio. Yo me detuve ante una de aquellas para observar el interior de la clase. El maestro estaba sentado en su alto pupitre, de espaldas a mí y parecía amonestar a sus alumnos que se agrupaban frente a él, todos menos uno. Aquel era un muchachote fuerte y rubio, que estaba de pie encima de un taburete en un rincón de la clase, un pequeño e indefenso Crusoe cumpliendo su condena solitaria aislado en su propia isla desierta. La puerta de la clase estaba entornada, y cuando nos detuvimos en el portal pudimos oír con perfecta nitidez la voz del maestro. —Y ahora, muchachos —explicaba—, escuchad bien lo que voy a deciros. Si vuelvo a oír en esta escuela una sola palabra acerca de fantasmas será peor para vosotros. Los fantasmas no existen y por lo tanto, todo el que crea en ellos cree en algo que no puede ser, y un muchacho que pertenece a la escuela de Limmeridge y crea en lo que no puede ser se aparta de toda disciplina y sentido común y debe ser castigado, tal como corresponde. Ahí tenéis a Jacob Postlethwaite, expuesto a la vergüenza, encima de un taburete. Está castigado, no porque dijese que anoche vio un fantasma, sino porque es demasiado necio y obstinado y no atiende a razones y porque se empeña en asegurar que ha visto un fantasma incluso después de que yo le dijera que tal cosa no puede ser. Si no hay otro remedio sacaré el fantasma de Jacob Postlethwaite a palos y si la cosa se propaga a alguno de vosotros, iré un poco allá y sacudiré a palos el fantasma de toda la escuela. —Me parece que hemos escogido un momento poco oportuno para venir —dijo la señorita Halcombe empujando la puerta cuando el maestro terminó su discurso, y entramos en la clase. Nuestra aparición produjo un fuerte alboroto entre los chicos. Debieron creer que habíamos llegado con el expreso propósito de ver azotar al pobre Jacob Postlethwaite. —Id todos a casa —dijo el maestro—, que ya es hora de cenar, todos menos Jacob. Jacob se quedará donde está; que el fantasma le sirva su cena, si es tan amable. La entereza de Jacob le abandonó cuando se vio privado tanto de la compapañía de sus amigos como de la perspectiva de recibir su cena. Sacó las manos de los bolsillos, las miró fijamente, las elevó con resolución a la altura de sus ojos y cuando sus puños la alcanzaron, los hundió en ellos, frotándolos lentamente y acompañando sus movimientos de breves resoplidos espasmódicos que se sucedían a intervalos regulares, como diminutos cañonazos nasales. —Hemos venido para hacerle una pregunta, señor Dempsten —dijo la señorita Halcombe dirigiéndose al maestro—, y poco me figuraba que había de encontrarle exorcizando fantasmas. ¿Qué significa todo ésto? ¿Qué ha sucedido exactamente? —Este condenado muchacho ha asustado a toda la escuela, señorita Halcombe, asegurando que anoche vio un fantasma —respondió el maestro—. Y sigue empeñado en su absurda fantasía a pesar de todo lo que he dicho. —Increíble —dijo la señorita Halcombe—. Jamás hubiese pensado que ninguno de estos chicos tuviese bastante imaginación como para ver fantasmas. Es una nueva tarea que se añade a su dura labor de instruir a la juventud de Limmeridge, y de todo corazón le deseo que pueda superarla con éxito, señor Dempster. Entretanto, voy a explicarle la razón de que me encuentre aquí y lo que quiero saber de usted. Preguntó al maestro lo que tantas veces habíamos preguntado a casi todos los habitantes del pueblo, y obtuvimos la misma descorazonadora respuesta. El señor Dempster no había visto a la forastera a quien perseguíamos. —No nos queda otra cosa que hacer que volvernos a casa, señor Hartright —me dijo la señorita Halcombe—. Es evidente que nadie nos dará la información que pretendemos. Saludó al maestro, y ya se disponía a abandonar la escuela cuando el doliente Jacob Postlethwaite, que seguía lanzando sus lastimeros resoplidos desde el taburete de penitencia, atrajo su atención y deteniéndose delante del pequeño prisionero y antes de abrir la puerta le dijo con simpatía: —Pero tonto ¿por qué no pides perdón al señor Dempster, te callas y dejas en paz a los fantasmas? —Pero es que yo vi al fantasma —insistió Jacob Postlethwaite, mirándola con espanto y prorrumpiendo en lágrimas. —¡Que tonterías! No viste nada. Fantasma, ¡Vaya por Dios! Qué fantasma... —Perdone usted, señorita Halcombe —interrumpió el maestro algo inquieto—; creo que haría usted mejor en no preguntarle nada al chico. Lo disparatado de su cuento pertinaz supera todos los límites de la imaginación, y va a conseguir usted que por ignorancia... —Por ignorancia, ¿Qué? —inquirió la señorita Halcombe con dureza. —Por ignorancia él ofenda su sensibilidad —contestó el maestro, perdiendo su compostura. —A fe mía, señor Dempster, usted halaga mi sensibilidad cuando piensa que es tan delicada que una criatura como ésta puede ofenderla. Se volvió con una expresión de cómico desafío hacia el pequeño Jacob y se puso a interrogarle directamente: —¡Venga! —le dijo—. Quiero saberlo todo ¿Cuándo viste al fantasma, pillastre? —Ayer al oscurecer —contestó Jacob. —¿Le viste ayer al oscurecer, en el crepúsculo? Y, ¿como era? —Todo vestido de blanco..., como van todos los fantasmas, —contestó el mira—fantasmas con un aplomo inesperado para sus años. —Y ¿dónde fue? —Fuera del pueblo, en el cementerio..., donde suelen estar los fantasmas. —¡Como todos los fantasmas y donde suelen estar los fantasmas! ¡Parece que conoces sus costumbres, tontuelo, como si los estuvieras tratando desde tu niñez! En todo caso, has aprendido bien el cuento. ¿A que ahora vas a decirme que sabes quién era el fantasma? —¡Claro que lo sé!— contestó Jacob, asintiendo con la cabeza entre triunfante y severo. El señor Dempster había tratado varias veces de decir algo mientras la señorita Halcombe interrogaba a su alumno, y en aquel momento cortó decididamente el diálogo para hacerse escuchar. —Perdone, señorita Halcombe, —le dijo—, si me atrevo a afirmar que está envalentonando al muchacho preguntándole estas cosas. —Sólo quiero hacerle una pregunta más para quedar satisfecha, señor Dempster. Bueno —continuó dirigiéndose al chico—, y ¿quién era el fantasma? —El espíritu de la señora Fairlie —respondió Jacob en un susurro. El efecto que tuvo esta asombrosa respuesta sobre la señorita Halcombe justificaba plenamente los afanes del maestro por evitarla. El rostro de la joven enrojeció de indignación, se volvió rápidamente hacia el pequeño Jacob con una mirada tan furiosa que amedrentó al muchacho y provocó un nuevo acceso de sollozos; ella abrió la boca para hablarle, pero se dominó, y se dirigió al maestro. —Es inútil —le dijo— hacer responsable a un niño de las cosas que dice. No dudo que alguien le ha metido eso en la cabeza. Si hay personas en el pueblo, señor Dempster, que han olvidado el respeto y el agradecimiento que aquí todos deben a la memoria de mi madre, quiero encontrarlas y a poco que influya sobre el señor Fairlie se arrepentirán de lo que han hecho. —Pues yo espero, mejor dicho, estoy seguro —contestó el maestro—, que está usted en un error, señorita Halcombe. La cuestión empieza y termina con la estúpida perversidad de esta criatura. Vió o creyó ver anoche, al pasar por el cementerio a una mujer vestida de blanco; la figura real o fantástica permanecía inmóvil ante la cruz de mármol que todo el mundo sabe en Limmeridge que pertenece a la tumba de la señora Fairlie. Y estas dos casualidades han sido suficientes para que el muchacho haya contestado lo que a usted, como es natural, tanto le ha dolido. Aunque la señorita Halcombe no parecía muy convencida, comprendió, sin embargo, que la opinión del maestro era muy sensata y no se atrevió a discutirla abiertamente. Se limitó a darle las gracias por sus atenciones y a prometerle una visita cuando hubiese averiguado algo sobre el caso. Con estas palabras se despidió y salió de la escuela. Durante todo el transcurso de la extraña escena yo me mantuve aparte, escuchando con atención y extrayendo mis propias conclusiones. En cuanto volvimos a encontramos solos, la señorita Halcombe me preguntó si me había formado un juicio respecto a lo que había oído. —Y muy firme, por cierto —contesté—. Creo que el cuento del muchacho tiene algún fundamento, y confieso que estoy deseando ver la sepultura de la señora Fairlie y examinar el terreno. —Ahora la verá usted. Hizo una pausa al decir esto y estuvo un rato pensativa mientras caminábamos. —Lo sucedido en la escuela —dijo— me ha distraído tanto de nuestro asunto de la carta que estoy un poco indecisa de volver a ello. ¿No será mejor que desistamos de hacer más indagaciones y lo dejemos en manos del señor Gilmore cuando llegue mañana? —De ninguna manera, señorita Halcombe. Lo sucedido en la escuela es lo que precisamente me anima más a seguir las investigaciones. —Y ¿por qué le anima? —Porque me afirma en una sospecha que tuve cuando me enseñó usted la carta. —Supongo que habrá tenido usted motivos para haberme ocultado esa sospecha hasta ahora, señor Hartright. —Me asustaba la idea de darle alas en mí mismo. Pensé que era algo completamente absurdo y lo deseché, como algo que provenía de mi imaginación perversa. Pero ya no me es posible dudarlo. No sólo las respuestas del niño, sino también una frase del maestro cuando le quiso dar una explicación para tranquilizarla, volvieron a evocarme la misma sospecha. Quizá los acontecimientos demuestren que todo ha sido una quimera, señorita Halcombe, mas en este momento tengo la seguridad de que el supuesto fantasma del cementerio y la autora de la carta son una misma persona. Se paró en seco, palideció y me miró en los ojos con ansiedad. —¿Qué persona? —Inconscientemente se lo indicó el maestro. Cuando habló de la persona que estaba en el cementerio, la llamó «una mujer de blanco». —¡No pensará usted en Anne Catherick! —Sí. Pienso en Anne Catherick. Asió con fuerza mi brazo y se apoyó en él con todo su peso. —No sé por qué —habló muy bajo—, hay algo en esa sospecha suya que me estremece. Siento que... Se detuvo e intentó sonreir. —Señor Hartright —continuó—, voy a enseñarle la tumba y en seguida regreso a casa. No he debido dejar tanto tiempo sola a Laura. Debo regresar y estar con ella. Estábamos ya muy cerca del cementerio. La Iglesia era una mole austera de piedra gris situada en un pequeño valle que la protegía de los vendavales que azotaban los páramos de su alrededor. El cementerio se extendía desde un lado de la iglesia hasta la falda de la montaña. Estaba rodeado por una tosca tapia de piedra de escasa altura. Su superficie se abría ante el cielo en completa desnudez, salvo un extremo en el que un grupo de árboles raquíticos prestaban una ligera sombra a la hierba reseca y baja y entre los cuales serpenteaba un arroyo. Detrás del arrollo y de los árboles y no lejos de uno de los tres portillos que daban entrada al cementerio, se levantaba la cruz de mármol blanco que distinguía el sepulcro de la señora Fairlie de sepulturas más humildes que había a su lado. —No necesito acompañarle más lejos —dijo la señorita Halcombe, señalando la tumba—. Usted me dirá luego si ha encontrado algo que confirma la sospecha que acaba de confesarme. Nos veremos en casa. Me dejó solo. Bajé al cementerio y crucé el portillo que daba justamente frente a la sepultura de la señora Fairlie. Era el suelo tan duro y tan corto el césped que rodeaba la tumba, que era imposible distinguir los rastros de pisadas humanas. Desanimado, me puse a examinar la cruz y el bloque de mármol cuadrado sobre el que ésta se apoyaba y en el que estaba tallada la inscripción con el nombre de la difunta. La blancura de la cruz se veía algo empañada por las manchas naturales del tiempo, al igual que más de la mitad de la lápida, por la parte donde se hallaba la inscripción. En cambio, la otra parte llamó mi atención instantáneamente por la extraordinaria blancura y limpieza de su superficie, donde no se distinguía ni la menor sombra de manchas. Me acerqué más y me di cuenta de que la habían limpiado hacía poco tiempo con movimientos que iban de arriba a abajo. La línea que separaba la parte limpia de la sucia era tan recta que parecía estar trazada con ayuda de algún medio artificial y resultaba perfectamente visible en el espacio libre entre las letras. ¿Quién habría comenzado a limpiar el mármol y lo habría dejado a medio hacer? Miré a mi alrededor buscando respuesta a esta pregunta. Desde donde yo estaba, no se divisaba la menor señal de que alguien habitase allí; los muertos eran dueños absolutos de aquel terreno. Volví a la iglesia, di una vuelta hasta llegar a la parte posterior del edificio, y cruzando otra vez uno de los portillos de la tapia me encontré en el comienzo de un senderillo que conducía hasta ana cantera de piedra abandonada. A uno de sus lados se encontraba una casa de dos habitaciones; junto a su puerta una mujer ya vieja estaba lavando la ropa. Me acerqué a ella e inicié una conversación sobre la iglesia y el cementerio. La mujer parecía no desear otra cosa y sus primeras palabras me informaron de que su marido era al mismo tiempo enterrador y sacristán. Dediqué unas palabras de admiración al monumento de la señora Fairlie. La vieja movió la cabeza con tristeza y me dijo que yo no lo había conocido en sus mejores tiempos. Su marido era el encargado de cuidarlo pero había estado varios meses enfermo y tan débil que apenas podía arrastrarse hasta la iglesia los domingos para cumplir con sus obligaciones, y en consecuencia el monumento estaba abandonado de sus cuidados. Pero ahora se encontraba un poco mejor y esperaba que en siete o diez días estaría lo bastante restablecido para volver a su trabajo y limpiar el monumento. Esta información, extraída de una respuesta larga y voluble, pronunciada en el más cerrado dialecto de Cumberland, me hizo saber todo cuanto yo deseaba. Di unas monedas a la pobre mujer y volví en seguida a Limmeridge. La limpieza parcial de la lápida obviamente había sido hecha por una mano desconocida. Y relacionando este hecho con la sospecha que me sugirió la historia escuchada en la escuela sobre el fantasma entrevisto en el crepúsculo, me afirmé en mi decisión de vigilar en secreto la tumba de la señora Fairlie aquella noche, volviendo al cementerio al acabar el día y esperando escondido hasta que cayera la noche. La limpieza del mármol estaba a medio hacer, y la persona que la empezó podía muy bien regresar para terminarla. En cuanto llegué a casa informé a la señorita Halcombe de mi proyecto. Mientras le explicaba mi intención, parecía sorprendida y preocupada, pero no hizo objección alguna contra ella. Dijo tan sólo: —Dios quiera que todo termine bien. Cuando se levantó para marcharse le pregunté con toda la serenidad de que fui capaz por la salud de la señorita Fairlie. Estaba más animada y la señorita Halcombe esperaba convencerla de que diese un paseo al caer la tarde. Volví a mi estudio para terminar de poner en orden los dibujos. Además de que era mi obligación hacerlo así, necesitaba ocupar mi mente en algo que pudiese distraer mi atención de mí mismo y del triste porvenir que me aguardaba. De cuando en cuando dejaba mi trabajo y me acercaba a la ventana para mirar el cielo donde el sol declinaba lentamente hacia el horizonte. En una de estas ocasiones distinguí una figura que paseaba por la amplia avenida cubierta de grava, debajo de mi ventana. Era la señorita Fairlie. No la había visto desde la mañana y apenas había hablado con ella. Un día más en Limmeridge era todo lo que me quedaba, y después quizá no volviese a verla jamás. Este solo pensamiento bastó para que no pudiera apartarme de la ventana. Quise ser considerado con ella y coloqué la persiana de tal manera que ella no pudiera verme si mirara hacia arriba; pero no tuve fuerzas para resistir la tentación de seguirla con los ojos hasta donde alcanzaba mi vista. Llevaba una capa marrón sobre un sencillo traje de seda negro. Cubría su cabeza el mismo sombrero sencillo de paja de aquella mañana en que nos vimos por primera vez. Ahora lo completaba un velo que me ocultaba su rostro. A su lado correteaba un galgo italiano, compañero favorito de todos sus paseos, graciosamente arropado en un abriguito escarlata para proteger su delicado pellejo del aire fresco. Ella parecía no ver al perro. Caminaba mirando hacia delante, con la cabeza inclinada hacia el suelo y los brazos ocultos en la capa. Las hojas muertas que se habían arremolinado en el viento delante de mí aquella mañana cuando supe que se iba a casar con otro, se arremolinaban delante de ella, subían, bajaban y se esparcían a sus pies mientras se alejaba bajo la pálida luz del sol poniente. El perro temblaba y se estremecía restregándose contra su falda, impaciente por su atención y caricias. Pero ella seguía sin hacerle caso. Andaba alejándose más y más de mí, las hojas muertas se arremolinaban en el sendero a su paso y seguía andando cuando mis ojos agotados no pudieron distinguirla más y volví a quedar de nuevo a solas con mi apesadumbrado corazón. Una hora después cuando terminé mi trabajo, ya faltaba poco para que se pusiera el sol. Cogí el sombrero y el abrigo y salí de la casa sin tropezar con nadie. Nubes tormentosas avanzaban desde el Oeste, y del mar llegaba un viento helado. Aunque la costa estaba lejos, el rumor de la marea llegaba por los páramos y retumbaba pesadamente en mis oídos cuando entré en el cementerio. En todo aquel contorno no respiraba un alma viviente. El lugar parecía más solitario que nunca cuando elegí mi escondite, y me puse a esperar y a observar, los ojos fijos en la cruz blanca que se levantaba sobre la tumba de la señora Fairlie. XII El cementerio se hallaba en un lugar tan al descubierto que hube de ser cauto en la elección de mi escondite. La entrada principal de la iglesia daba junto al cementerio y estaba protegida por un pórtico exterior. Después de algunas vacilaciones causadas por la natural repugnancia a ocultarme para espiar, por muy necesario que fuese aquel espionaje para el objeto que se perseguía, resolví esconderme en el pórtico. A cada uno de sus lados había una abertura hecha en la pared. Por una de ellas podía ver la tumba de la señora Fairlie. La otra daba a la cantera de piedra donde se encontraba la casucha del sacristán. Ante mí, frente a la entrada, veía una parcela del cementerio sin tumbas, la silueta de la tapia de la piedra y una faja de la montaña oscura y solitaria, coronada por las nubes de la puesta del sol que avanzaban con pesadez cediendo ante el viento fuerte y recio. No se veía ni oía rastro de ser viviente, ni un pájaro revoloteó a mi lado ni perro alguno ladró en la casa del sacristán. Cuando cesaba el lejano rumor de la marea se oía el susurro somnoliento de los árboles raquíticos que daban guardia a la tumba y el desmayado murmullo del arroyo sobre su lecho pedregoso. Lúgubre escena y hora lúgubre. Yo me sentía deprimido mientras contaba los minutos que iban transcurriendo en mi escondite del pórtico de la iglesia. No había oscurecido todavía —la luz del sol poniente resplandecía aún en el cielo, mientras yo llevaba poco más de media hora en mi acecho solitario— cuando oí el ruido de pasos y la voz. Los pasos se aproximaban desde la otra parte de la iglesia, y la voz era la de una mujer. —No te preocupes por la carta, querida mía —decía la voz—; se la entregué al muchacho sin ninguna dificultad y no me dijo ni una palabra. Siguió su camino y yo me fui por el mío. Puedo garantizarte que no hubo alma viviente que me viese, te lo aseguro. Estas palabras aumentaron de tal modo mi ansiedad que casi sentí dolor físico. Hubo una pausa, pero los pasos seguían avanzando. Un instante después dos personas —dos mujeres— estaban frente a mi mirilla dirigiéndose directamente hacia la tumba, de espaldas a mí. Una de las mujeres se cubría con una cofia y un chal, y la otra llevaba un amplio capote de viaje, azul oscuro, cuya capucha le tapaba la cabeza. Por debajo del capote se veían unos centímetros del vestido. Mi corazón latió velozmente cuando pude ver su color: era blanco. Cuando se hallaban a medio camino entre la iglesia y el sepulcro, se detuvieron, y la mujer del capote se volvió hacia su acompañante. Pero la parte de su cara que la cofia me hubiese permitido distinguir, quedaba en la oscuridad por la sombra que proyectaba el borde de la capucha. —No te quites el abrigo, que te viene muy bien —decía la misma voz que yo había escuchado, la voz de la mujer del chal—. La señora Todd tiene razón cuando dice que ayer resultabas demasiado extravagante, toda vestida de blanco. Voy a dar una vuelta mientras estás aquí; los cementerios no me atraen nada, a pesar de lo que a tí te gustan. Acaba lo que quieras antes de que vuelva, y a ver si no nos exponemos a nada desagradable y volvemos a casa antes de que oscurezca. Con estas palabras dio media vuelta y empezó a andar de cara hacia mí. Pude ver el rostro de una mujer mayor, morena, tosca y vigorosa, sin la menor sombra de mal aspecto ni nada sospechoso en su figura. Al llegar junto a la iglesia se detuvo para ceñirse el chal a su gusto. —¡Siempre tan extraña! Dios mío qué rarezas ha tenido toda la vida desde que la conozco. Y, sin embargo, la pobrecita es tan inofensiva como un niño —murmuraba la mujer. Suspiró, miró a su alrededor con recelo, movió la cabeza como si el tétrico paisaje no acabara de gustarle y desapareció detrás de la esquina de la iglesia. Dudé un momento si debía seguirla y encararme con ella o no. Mi ansiedad febril por verme cara a cara con su compañera me hizo optar por esto último. Podría ver a la mujer del chal, si quisiera, esperando al lado del cementerio hasta que volviese, aunque era más que dudoso que ella pudiera suministrarme la información que yo buscaba. La persona que había entregado la carta tenía poca importancia. La que la había escrito era el único centro de interés y la única fuente de información, y tenía ya la seguridad de que esa persona se encontraba en el cementerio, a pocos pasos de mí. Mientras que estas ideas se aglomeraban en mi imaginación, vi a la mujer del capote acercarse a la tumba y quedarse unos instantes contemplándola. Enseguida miró a su alrededor, y sacando un trapo blanco o un pañuelo de debajo del capote, se dirigió al arroyo. Sus exiguas aguas entraban en el cementerio por un orificio en forma de arco hecho bajo la tapia y reaparecía, tras recorrer sinuosamente unos metros, por otra abertura similar. La mujer mojó el trapo en el agua y volvió a la tumba. La vi besar la blanca cruz, luego se arrodilló frente a la lápida y comenzó a limpiarla con el trapo mojado. Después de meditar sobre la manera de presentarme ante ella asustándola lo menos posible, decidí cruzar la tapia que tenía enfrente y dar la vuelta alrededor hasta entrar por el portillo que daba al lado de la tumba, con objeto de que pudiese verme cuando me acercase. Se hallaba tan absorta en su trabajo que no me oyó llegar hasta que aparecí en el portillo. Entonces levantó la cabeza, se puso en pie lanzando un débil grito y se quedó mirándome con terror, sin poder hablar ni moverse. —No se asuste —le dije—. Seguramente me recuerda. Me detuve mientras hablaba; luego avancé unos pasos con suavidad, volví a detenerme y así, avanzando poco a poco, llegué por fin hasta ella. Si hubiera tenido un resto de duda, se hubiera desvanecido en aquel momento. Allí, elocuente en su espanto, me miraba por encima de la tumba de la señora Fairlie el rostro que se me había aparecido una noche en medio del camino real. —¿Me recuerda? —le dije—. Nos encontramos a altas horas de la noche y yo la ayudé a buscar el camino de Londres. ¿No lo ha olvidado? Sus rasgos se suavizaron y lanzó un suspiro de alivio. Vi que la expresión de su cara perdía la rigidez de muerte que imprimió en ella el terror y resucitaba lentamente al reconocerme. —No trate de hablarme aún —continué—. Tranquilícese sin prisas y asegúrese de que soy su amigo. —Es usted muy bueno conmigo —murmuró—. Es tan bueno ahora como lo fue entonces. Se calló, y yo también guardé silencio. No sólo quería ganar tiempo para que ella se repusiera, sino que lo necesitaba también para mí. Bajo la lívida claridad del crepúsculo, una vez más volvíamos a encontrarnos aquella mujer y yo separados por una tumba, rodeados por la muerte y encerrados entre los montañas solitarias. El lugar, la hora y las circunstancias bajo las cuales volvíamos a vernos cara a cara, en medio de la paz nocturna del lúgubre valle; el vital interés que podían alcanzar las primeras palabras que intercambiáramos entre nosotros; la sensación de que, aunque no podría evitarlo, todo el porvenir de Laura Fairlie podía decidirse para bien o para mal según que yo ganase o perdiese la confianza de aquella desventurada criatura que temblaba apoyada sobre la tumba de la madre de aquella..., todo ello me quitaba la fortaleza y el dominio de mí mismo, de los cuales dependía ahora hasta el último detalle de todo cuanto yo pretendía conseguir. Traté, por mucho que me costase, de hacer acopio de todas mis facultades y de dominar mi emoción, con el fin de sacar el máximo partido de los pocos minutos de que disponía para reflexionar. —¿Está más tranquila ahora? —le dije en cuanto lo creí oportuno—. ¿Puede hablar conmigo sin temor y sin olvidar que soy su amigo? —¿Cómo ha venido aquí? —preguntó ella sin darse cuenta, al parecer, de lo que yo le había dicho. —¿No recuerda que le dije, cuando nos encontramos, que me iba a Cumberland? Desde entonces he estado en Cumberland y he vivido todo el tiempo en Limmeridge. —¡En Limmeridge! Su rostro pálido pareció iluminarse al repetir estas palabras, y su vaga mirada se clavó en la mía con repentino interés. —¡Ah, qué feliz ha debido de ser usted! —añadió con ansiedad; y toda sombra de recelo abandonó su expresión. Aproveché aquella confianza que parecía inspirarle de nuevo para observar con atención y curiosidad su rostro, que hasta entonces había tratado de ocultar por precaución. La contemplé, con la imaginación llena de aquel otro rostro amado que fatalmente me hizo recordar a la pobre desgraciada la noche memorable en la terraza bañada por la luz de la luna. Vi entonces la imagen de Anne Catherick en la señorita Fairlie. Ahora veía la imagen de la señorita Fairlie en Anne Catherick y la veía con más y más claridad porque la diferencia entre ambas me parecía sólo reforzar su parecido. En el trazo general de las facciones y en las proporciones entre ellas, en el color del cabello, en cierta indecisión nerviosa de los labios, en la estatura, en la silueta de su cuerpo y en la inclinación de la cabeza, en el porte, el parecido me sorprendía más que nunca. Pero aquí la similitud terminaba y comenzaba la diferencia de pequeños detalles. La belleza delicada de la tez de Laura, la claridad transparente de sus ojos, la pureza de su cutis, el tierno florecer del color en sus labios, no existían en el rostro extenuado y sufrido que se volvía hacia mí. Aunque me detestaba a mí mismo por pensar semejante cosa, al ver a la mujer que estaba delante de mí no pude combatir la idea de que tan sólo un triste cambio en el futuro era lo que faltaba para que se completase aquel parecido que ahora se me ofrecía como imperfecto en sus detalles. Si algún día las penas y las desdichas profanasen con su huella la juventud y belleza de la señorita Fairlie, entonces y sólo entonces ella y Anne Catherick serían hermanas gemelas, estampas vivientes la una de la otra. Sentí escalofríos ante esta idea. Había algo morboso en la ciega e irrazonable desconfianza sobre el futuro que mi cerebro parecía imprimir a cualquier pensamiento que pasara por mi mente. Saludé la sensación que interrumpía estos pensamientos al posarse la mano de Anne Catherick en mi hombro. Su gesto fue tan sigiloso e inesperado como aquel otro que me dejó petrificado de pies a cabeza la noche en que nos encontramos por primera vez. —Me está usted mirando y está pensando en algo —dijo ella con su insólita dicción apresurada y sofocada—. ¿En qué? —En nada especial —contesté—. Me pregunto cómo llegaría usted hasta aquí. —He venido con una amiga que es muy buena conmigo. No he estado más que dos días. —¿Ayer vino aquí usted también? —¿Cómo lo sabe? —Me lo figuraba. Me dio la espalda y se arrodilló ante la sepultura, mirando una vez más el epitafio. —¿Dónde he de ir que no sea aquí? —dijo—. La mujer que fue para mí más que una madre, es la única amiga a quien puedo visitar en Limmeridge. ¡Dios mío, qué pena me da ver estas manchas en su lápida! Debían mantenerla siempre blanca como la nieve por ser de ella. Ayer tuve la tentación de empezar a limpiarla, y hoy no he podido resistir al deseo de volver para terminarla. ¿Es que hay algo malo en ello? No lo creo. ¡No puede ser malo nada de lo que haga por el bien de la señora Fairlie! Era indudable que el antiguo sentimiento de gratitud hacia la memoria de su bienhechora persistía como la idea dominante en la mente de la pobre criatura que no había recibido otra impresión más perdurable desde aquella primera de los días felices de su niñez. Comprendí que la mejor manera de ganar su confianza era la de animarla a que continuase el inofensivo trabajo por el que había llegado al cementerio. Trabajo que continuó en cuanto se lo indiqué, tocando el duro mármol con la misma ternura con que hubiese tocado algo dotado de sentimientos y susurrando las palabras del epitafio una y otra vez, como si aquellos días lejanos hubieran vuelto y se hallara aprendiendo pacientemente sus lecciones sobre las rodillas de la señora Fairlie. —¿Le extrañaría mucho —comencé a decir, preparando el terreno con toda la cautela que pude para preguntarle lo que me interesaba— si le confesara que me he alegrado tanto como me he sorprendido, de verla a usted aquí? Me quedé muy intranquilo después de dejarla en el coche. Levantó bruscamente la cabeza y me miró con recelo. —¿Intranquilo? —repitió—. ¿Por qué? —Porque sucedió algo extraño cuando nos separamos aquella noche. Me crucé con dos señores que iban en un cabriolé. No me vieron, pero se detuvieron cerca y hablaron con un policía que estaba al otro lado de la calle. Suspendió instantáneamente su ocupación y dejó caer la mano que sostenía el trapo mojado con que limpiaba la lápida. Con la otra mano se aferró a la cruz de mármol de la cabecera de la tumba. Volvió con lentitud hacia mí su rostro, endurecido de nuevo por la mirada de terror. Me aventuré a proseguir, pues ya era tarde para retroceder. —Los dos hombres de dirigieron al policía —continué— para preguntarle si la había visto a usted. Contestó que no, y uno de los hombres dijo entonces que usted se había escapado de su sanatorio. Se incorporó de un salto como si mis palabras hubieran puesto a sus perseguidores sobre su pista. —¡Espere! déjeme terminar —grité—. ¡Espere! véa que me considero su amigo. Una palabra mía hubiera bastado para que aquellos hombres la encontrasen, pero no pronuncié esa palabra. La ayudé a escapar, aseguré y protegí su fuga. Piénselo, debe pensar. Debe comprender lo que le estoy diciendo. Mi tono pareció convencerla más que mis palabras. Hizo esfuerzos para captar aquella nueva idea. Sus manos cambiaron nerviosamente el trapo blanco de una a otra, exactamente igual que aquella noche, cuando la vi por primera vez, cambiaban entre sí el pequeño bolso. Poco a poco, el significado de mis palabras fue abriéndose paso en medio de la confusión y agitación de su cerebro. Lentamente su expresión se suavizó y sus ojos me miraban ya más con curiosidad que con miedo. —Usted no cree que tenga que volver al sanatorio, ¿verdad? —dijo. —Claro que no. Me alegro de que usted se escapara y me alegro de haberla ayudado a ello. —Sí sí, es cierto, me ayudó; me ayudó en lo peor —continuó diciendo, algo distraída—. Salir fue muy fácil. Si no, no lo hubiera conseguido. No sospecharon nunca de mí como de los demás. ¡Yo era tan tranquila y obediente y me asustaba con tanta facilidad. Lo peor fue encontrar el camino de Londres, y en eso me auxilió usted. ¿Le di las gracias entonces? Pues se las doy ahora de todo corazón. —¿Estaba el sanatorio muy alejado de donde me encontró? Vamos a ver si demuestra que me considera su amigo y me dice dónde estaba. Lo nombró y comprendí por su situación que se trataba de un sanatorio particular no muy lejos del sitio donde nos encontrábamos: luego, con evidente rccelo por el uso que yo pudiera hacer de su confianza, me repitió ansiosamente la misma pregunta de antes: —¿Usted no cree que tenga que volver allí, verdad? —Una vez más le repito que me alegro de que se escapara y de que se pusiera a salvo cuando yo la dejé —le contesté—. Me dijo usted que tenía una amiga en Londres. ¿La encontró? —Sí. Era muy tarde cuando llegué, pero había una muchacha en la casa que estaba todavía levantada cosiendo y me ayudó a despertar a la señora Clements. La señora Clements es mi amiga. Una mujer muy cariñosa, pero no como la señora Fairlie. ¡Eso, no; nadie pude ser como la señora Fairlie! —¿La señora Clements es una antigua amiga suya? ¿La conoce usted desde hace mucho? —Sí. Cuando vivíamos en Hampshire era vecina nuestra y me quería mucho y me cuidaba, cuando yo era muy pequeña. Hace años, cuando se separó de nosotros, escribió en mi devocionario las señas de su casa de Londres y me dijo: «Si algún día necesitas algo, Anne, ven a mi casa. No tengo ya marido que pueda mandarme, ni tengo niños para cuidar de ellos y haré lo que pueda por tí.» ¿Verdad que son palabras cariñosas? Me parece que las recuerdo porque eran cariñosas. Además, es tan poco lo que recuerdo, ¡tan poco, tan poco! —¿No tiene padre o madre que se ocupen de usted? —¿Padre? Nunca le conocí. Jamás oí a mi madre hablar de él. ¿Padre? ¡Pobre! Me figuro que ha muerto: —¿Y su madre? —No me llevo bien con ella. Nos molestamos y nos tememos mutuamente! ¡Nos molestamos y nos tememos mutuamente! Al oír estas palabras cruzó por mi mente la primera sospecha de que fuera su misma madre la persona que la había encerrado. —No me pregunte por mi madre —continuó—. Prefiero hablar de la señora Clements. La señora Clements piensa como usted que no debo volver al sanatorio. Y se alegra tanto como usted de que me haya escapado de allí. Ha llorado por mi infortunio y dice que tengo que ocultarme y guardar el secreto a todos. iSu «infortunio»? ¿En qué sentido empleaba esa palabra? ¿En el que podría explicar sus motivos para escribir la carta anónima? ¿En el sentido que puede parecer tan corriente y tan usual y que conduce a tantas mujeres a imponer anónimamente obstáculos ante el matrimonio del hombre que las deshonró? Y antes de hablar de otro asunto resolví aclarar aquella duda. —¿Qué infortunio? —pregunté. —El infortunio de verme encerrada —contestó, algo sorprendida por mi pregunta—. ¿De qué otro infortunio podía tratarse? Me decidí a insistir en el tema con toda la delicadeza y cuidado de que fuese capaz. Era de gran importancia estar absolutamente seguro sobre cada paso que daba, ahora que mi investigación empezaba a avanzar. —Existe otro mfortunio —repetí— al que cualquier mujer se halla expuesta y por el que se condena a sufrir toda la vida de vergüenza y de dolor. —¿Cuál es? —preguntó con desazón. —El infortunio de creer con demasiada ingenuidad en su propia virtud y en el honor y la fidelidad del hombre a quien ama —respondí. Me miró con la turbación indisimulada de un niño. Ni la menor sombra de confusión ni de rubor, ni la más ligera señal que dejase traslucir una conciencia atormentada por un secreto vergonzoso se reflejó en su rostro, en aquel rostro en el que se reflejaba con tanta claridad cualquier otra emoción. Ninguna palabra me hubiera convencido tanto como su mirada, y la expresión de su rostro me convencía de que el motivo que yo le atribuí para escribir aquella carta y enviarla a la señorita Fairlie, estaba obvia y enteramente equivocado. Sea como fuere, aquella duda estaba ya resuelta, pero al disiparla se abría ante mí un nuevo horizonte de incertidumbres. La carta, me lo habían confirmado positivamente, señalaba a Sir Percival Glyde, aunque no lo nombrase. Debía tener algún motivo de importancia, originado por alguna injuria grave, para denunciarlo secretamente a la señorita Fairlie en los términos en que lo había hecho; y el motivo era indudable que no tenía nada que ver con cuestiones de inocencia perdida. ¿Cuál era su naturaleza? —No le entiendo— me dijo después de tratar en vano de comprender el sentido de mis últimas palabras. —No se preocupe por eso —contesté—. Volvamos a nuestra conversación de antes. Dígame cuánto tiempo estuvo en Londres con la señora Clements y cómo vino aquí. —¿Cuánto tiempo? —repitió—. Estuve con la señora Clements hasta que vinimos las dos a este pueblo hace dos días. —Entonces, ¿vive en el pueblo? —dije—. Es raro que no haya sabido nada de usted aunque sólo lleve aquí dos días. —No, no, no en el pueblo. Estamos en una granja, a tres millas de distancia. ¿No la conoce usted? La llaman Todd's Corner. Me acordaba perfectamente de aquel sitio; varias veces habíamos pasado por delante en nuestras paseos en coche. Era una de las más antiguas granjas de aquellos contornos, situada en un lugar solitario y aislado, encerrado entre dos montañas. —En Todd's Corner viven parientes de la señora Clements —continuó—, y muchas veces la han invitado a que venga. Dijo que iría y me llevaría a mí porque necesitaba el aire fresco y la calma. ¿Verdad que es muy amable de su parte? Hubiera ido a cualquier sitio con tal de estar trariquila y a salvo y fuera del alcance de los otros. Pero cuando supe que Todd's Corner estaba cerca de Limmeridge me puse tan contenta que hubiera andado todo el camino descalza para llegar a él y volver a ver la escuela y el pueblo y la casa de Limmeridge. Hay muy buena gente en Todd's Corner. Espero estar aquí mucho tiempo. Sólo hay una cosa que no me gusta en ellos y tampoco en la señora Clements... —¿Qué es ello? —Que me reprenden porque voy siempre vestida de blanco. Dicen que es muy extravagante. ¿Qué saben ellos? La señora Fairlie lo sabía mejor. Seguramente nunca me hubiera obligado a llevar este feo capote azul. ¡Dios mío!, cuando vivía le encantaba el blanco, y estas piedras de su sepultura son blancas, y por su gusto las estoy haciendo más blancas. Ella misma a menudo vestía de blanco y a su hija la vestía siempre de blanco. ¿Está bien la señorita Fairlie y es feliz? ¿Se viste de blanco ahora como cuando era niña? La voz le tembló al nombrar a la señorita Fairlie, su mirada se apartaba cada vez más de mí. Creí percibir en su expresión alterada la consciencia angustiosa del riesgo que había corrido al enviar la carta, anónima, e inmediatamente decidí formular mi respuesta de tal manera que la obligase a reconocerlo. —La señorita Fairlie no está muy bien ni muy contenta desde esta mañana. Murmuró algo, pero sus palabras salían atropelladas y hablaba tan bajo que no pude suponer siquiera qué decía. —¿No me pregunta por qué no estaba bien ni contenta esta mañana, la señorita Fairlie? —pregunté. —No —contestó en seguida con desasosiego—. ¡Oh, no! No he preguntado eso. —Se lo voy a decir yo sin que me lo pregunte —continué—. La señorita Fairlie ha recibido su carta. Hacía un rato que se había arrodillado quitando cuidadosamente las últimas manchas de la lápida mientras seguíamos conversando. La primera frase de lo que acababa de decirle le hizo olvidar su trabajo y volver la cabeza lentamente, sin levantarse del suelo, hasta que nuestras miradas se cruzaron. La segunda frase la dejó literalmente petrificada. El trapo se deslizó de sus manos, se entreabrieron sus labios y en un instante desapareció de sus mejillas el escaso color que tenían. —¿Cómo lo sabe? —dijo débilmente—. ¿Quien se la enseñó? La sangre de pronto coloreó sus mejillas, encendiéndolas violentamente, apenas atravesó su mente la idea de que sus propias palabras la habían delatado. Se retorció las manos con desesperación. —¡Yo no la escribí! —murmuró asustada—. ¡No sé nada de eso! —Sí —le dije—, usted la escribió y sabe de qué se trata. No hizo bien en enviar esa carta, no hizo bien en asustar a la señorita Fairlie. Si usted tenía que decirle algo que le conviniese conocer, debió haber ido usted misma a Limmeridge; debió hablar con ella con sus propios labios. Se derrumbó sobre la lisa lápida del sepulcro y escondió la cabeza sin contestar una palabra. —La señorita Fairlie será con usted tan buena y cariñosa como lo fue su madre si usted obra con justa intención —continué—. La señorita Fairlie guardará su secreto y no permitirá que le suceda nada malo. ¿Quiere verla mañana en la granja? ¿Prefiere encontrarla en el jardín de Limmeridge? —¡Oh, si pudiera morir y esconderme y descansar contigo! —murmuraron sus labios pegados a la tumba; fue una súplica apasionada dirigida a los restos que yacían bajo el mármol—. ¡Sabe cuánto quiero a su hija por cariño a usted! ¡Oh señora Fairlie! ¡Señora Fairlie! Dígame cómo he de salvarla. ¡Sea una vez más mi madre y mi amiga y dígame qué es lo que debo hacer! Oí que besaba la piedra y vi que sus manos la tocaban con fervor. Lo que oía y lo que veía me conmovió profundamente. Me incliné hacia ella, tomé quedamente sus pobres y débiles manos entre las mías y traté de tranquilizarla. Pero fue inútil. Liberó sus manos y no levantó la cabeza de la tumba. Viendo la necesidad imperiosa de calmarla por todos los medios y a toda costa, apelé a la única preocupación que mi presencia y mi opinión sobre ella parecían despertar la suya por convencerme de que merecía disponer libremente de su persona. —Vamos, vamos —le dije suavemente—. Trate de dominarse o tendré que cambiar mi opinión respecto a usted. No me haga pensar que la persona que la encerró en el sanatorio podía tener algún fundamento... Las últimas palabras murieron en mis labios. En el momento en que me aventuré a mencionar a «la persona que la había llevado al sanatorio» dio un salto y se puso en pie. El cambio más extraordinario e inesperado se operó en su persona. Su rostro, hasta ahora tan conmovedor por la expresión de nerviosa sensibilidad, debilidad e indecisión, se ensombreció de pronto con la mirada intensa de un monomaníaco llena de odio y temor, que comunicaba una fuerza salvaje e innatural a sus facciones. Sus pupilas se dilataron en la tenue luz crepuscular como las de una fiera. Cogió el trapo que había caído al suelo como si fuera un ser viviente a quien pudiera matar, y lo retorció entre sus manos con tal fuerza convulsiva que las pocas gotas de agua que quedaban en él resonaron sobre la piedra. —Hable de cualquier otra cosa —susurró entre dientes—. Si habla de eso, perderé la cabeza. Ya no quedaba en su expresión el menor vestigio de los dulces pensamientos que parecían colmarla hacía un instante. Era evidente que, contra lo que yo había creído, el cariño de la señora Fairlie hacia ella no era el único recuerdo que había quedado grabado fuertemente en su memoria. Junto al agradecimiento con que evocaba su estancia en la escuela de Limmeridge, albergaba en su memoria la idea de la venganza por el daño que le había infligido quien la recluyó en el sanatorio. ¿Quién le causaría este daño? ¿Sería en realidad su madre? A pesar de lo que me contrariaba desistir de mis investigaciones, me resigné ante la idea de dejarlas inconclusas. Viéndola en tal estado, en aquellos minutos hubiera sido cruel pensar en otra cosa que en la humanitaria necesidad de ayudarla a recobrar su serenidad. —No le hablaré de nada que la perturbe— le dije, intentando calmarla. —Usted quiere saber algo —contestó con brusquedad y desconfianza—. No me mire de ese modo. Hábleme, dígame qué desea. —Sólo deseo que usted se calme y, cuando esté tranquila, que piense lo que le he dicho. —¿Dicho? Se calló un momento, siguió retorciendo entre sus manos el trapo y murmuró entre dientes: —¿Qué es lo que ha dicho? Se volvió de nuevo hacia mí y movió la cabeza con impaciencia. —¿Por qué no me ayuda? —preguntó con repentino enfado. —Sí, sí —le dije—. Voy a ayudarla y recordará en seguida. Le he pedido a usted que vea mañana a la señorita Fairlie y le aclare lo que decía en la carta. —¡A... la señorita Fairlie..., Fairlie..., Fairlie!... Pronunciar aquel nombre tan familiar y tan querido parecía sosegarla. Su rostro se suavizó y volvió a ser el de siempre. —No tiene usted que temer nada de la señorita Fairlie —continué—, ni preocuparse por lo que le pueda perjudicar haber escrito esa carta. Sabe ya tanto sobre el asunto que no tendrá usted ninguna dificultad en contarle el resto. No hay motivos para secretos cuando apenas hay nada que ocultar. Usted no menciona nombres en la carta, pero la señorita Fairlie sabe que la persona de la que usted habla es Sir Percival Glyde... En el instante mismo en que pronuncié este nombre se puso en pie lanzando un gemido que resonó por todo el cementerio, llenándose de terror. La sombría expresión que acababa de borrarse de su rostro reapareció con intensidad duplicada. El grito que le arrancó el oír aquel nombre y la mirada de odio y espanto que le siguieron lo explicaban todo. Su madre era inocente de haberla encerrado en el sanatorio. La había enviado allí un hombre y ese hombre era Sir Percival Glyde. Mas su gemido había llegado a otros oídos que los míos. De un lado me llegó el ruido de la puerta que se abría en la casa del sacristán, y del otro la voz de su acompañante, la mujer del chal a la que se había referido como Clements. —¡Estoy aquí, estoy aquí!— gritaba la voz tras el follaje de los árboles enanos. Y un instante después apareció la señora Clements. —¿Quién es usted? —gntó encarándose conmigo llena de resolución en cuanto puso el pie en el portillo—. ¿Cómo se atreve usted a asustar a una pobre mujer indefensa como ésta? Se había plantado junto a Anne Catherick rodeándola con un brazo antes de que yo pudiera contestarle. —¿Qué pasa, cariño? —dijo—. ¿Qué te ha hecho? —Nada —contestó la pobre criatura—. Nada. Simplemente tengo miedo. La señora Clements se volvió hacia mí indignada y sin miedo alguno, y confieso que me inspiró por ello el mayor respeto. —Estaría profundamente avergonzado de mí mismo si mereciese esa mirada —le dije—. Pero no la merezco. Desgraciadamente la he aterrado sin quererlo. No es ésta la primera vez que me ve. Pregúntele usted misma y le dirá que soy incapaz de hacerle daño, ni a ella ni a ninguna mujer. Hablé con voz clara para que Anne Catherick pudiera oírla y entenderme, y vi que mis palabras y su significado la habían alcanzado. —Sí, sí —dijo—; fue bueno conmigo, me ayudó... Murmuró el resto al oído de su amiga. —¡Sí que es extraño!— dijo la señora Clements, mirándome con perplejidad—. Esto cambia todo el asunto. Siento haberle hablado tan bruscamente, señor; pero tendrá que reconocer que las apariencias eran sospechosas para quien estuviese ajeno. Mayor es mi culpa que la suya por seguir sus caprichos y dejarla sola en semejante sitio. Ven, hija mía; vámonos ahora a casa. Me pareció que la buena mujer no estaba demasiado tranquila por la perspectiva del paseo que la esperaba, y me ofrecí a acompañarlas hasta que estuvieran en los alrededores de su casa. La señora Clements me dio las gracias con mucha cortesía y rechazó mi proposición. Me dijo que estaba segura de encontrar a alguno de los jornaleros de la granja en cuanto llegasen al páramo. —Trate de perdonarme —dije, cuando Anne Catherick se cogió del brazo de su amiga para marcharse. Aunque no había sido mi intención aterrorizarla ni trastornarla, se me encogió el corazón viendo aquel pobre rostro pálido y desencajado. —Lo intentaré —contestó—. Pero ya sabe usted demasiado y tengo miedo de que me asuste cada vez que le vea. La señora Clements me miró y movió la cabeza compasivamente. —Buenas noches, señor; ya sé que no pudo usted evitarlo, pero hubiera preferido que me hubiese asustado a mí y no a ella. Avanzaron unos pasos. Creía que nos habíamos despedido, pero Anne se detuvo de repente y se separó de su amiga. —Espere un poco —me dijo—. Tengo que decir adiós. Volvió hasta la tumba, pasó con ternura las manos sobre la cruz de mármol y la besó. —Ahora me siento mejor —suspiró, mirándome serena—. Le perdono. Volvió a donde su compañera la esperaba y las dos se fueron del cementerio. Las vi detenerse cerca de la iglesia y hablar con la mujer del sacristán, que había salido de casa y había estado observándonos desde lejos. Luego se dirigieron hacia el camino que conducía al páramo. Seguí con la mirada a Anne Catherick hasta que su silueta se perdió entre las sombras del crepúsculo. La miraba con tanta tristeza y ansiedad como si aquella fuera la última vez que habría de ver en este mundo la figura de la mujer de blanco. XIII Media hora más tarde ya estaba en casa, dando cuenta a la señorita Halcombe de todo lo sucedido. Me escuchó del principio al fin con atención, tensa y silenciosa, lo cual, en una mujer de su temperamento, era la prueba más convincente de que mi relato tenía gran importancia. —Tengo tristes pensamientos —fue todo lo que dijo cuando terminé—, muy tristes presentimientos acerca del futuro. —El futuro puede depender —sugerí— del uso que hagamos del presente. No sería improbable que Anne Cathenck hablase con más libertad y con más gusto con una mujer que conmigo. Si la señorita Fairlie... —Ahora ni pensarlo— interrumpió la señorita Halcombe con mayor resolución aún que de costumbre. —Entonces permítame que le sugiera —continué— que se entreviste usted con Anne Catherick y que haga todo lo posible por ganar su confianza. Por mi parte tiemblo ante la idea de asustar por segunda vez a esa infeliz criatura como desgraciadamente acabo de hacer. ¿Ve usted algún inconveniente en acompañarme mañana hasta la granja? —En absoluto. Iré a cualquier sitio y haré lo que sea para ayudar a Laura. ¿Cómo dijo usted que se llamaba la granja? —Tiene usted que conocerla. Se llama Todd's Corner. —En efecto. Todd's Corner es una de las posesiones del Señor Fairlie. Nuestra vaquera es la segunda hija del granjero. Constantemente está yendo y viniendo de aquí a su casa y tiene que haber oído o visto algo que pueda ser conveniente que nosotros sepamos. ¿Le parece a usted que averigüe enseguida si está abajo la muchacha? Tocó la campanilla y dio el encargo al criado. Este regresó para anunciar que la vaquera estaba en la granja. No había estado allí durante tres días, y el ama de llaves le permitió ir a su casa aquella tarde por una o dos horas. —Hablaré con ella mañana —dijo la señorita Halcombe cuando el criado salió—. Mientras tanto explíqueme, con toda exactitud, qué propósito debo conseguir en mi entrevista con Anne Catherick. ¿Usted no tiene ninguna duda de que la persona que la ha recluído en el sanatorio es Sir Percival Glyde? —Ni sombra de duda. El único misterio que nos queda por aclarar es el motivo de esa orden. Considerando la enorme diferencia entre la posición social de ambos, que parece excluir toda idea del parentesco más remoto, es de máxima importancia, aun dando por hecho que en Anne haya motivos para que se la vigile, saber por qué es él la persona que hubo de asumir la grave responsabiliad de encerrarla... —En un sanatorio privado. ¿No me dijo usted eso? —Sí, en un sanatorio privado donde hay que pagar, por la estancia de una paciente, una cantidad de dinero que está fuera del alcance de una persona pobre. —Ya veo el motivo de sus sospechas, señor Hartright, y le prometo que todo se aclarará, tanto si mañana Anne Catherick nos ayuda como si no... Sir Percival Glyde no permanecerá mucho tiempo en esta casa si no nos da explicaciones satisfactorias al señor Gilmore y a mí. El porvenir de mi hermana es mi mayor preocupación en la vida, y tengo bastante influencia sobre ella como para que me conceda cierta libertad en lo que concierne a su matrimonio. Y nos despedimos hasta el día siguiente. En la mañana de ese día, después del desayuno, se presentó un impedimento que los acontecimientos de la víspera ni me permitieron prever, por el que fue imposible salir inmediatamente hacia la granja. Era mi último día en Limmeridge y necesitaba, en cuanto llegase el correo, y siguiendo el consejo de la señorita Halcombe, pedir autorización al señor Fairlie para rescindir mi contrato y regresar a Londres un mes antes de lo establecido, obligado por mandato de imprevistas necesidades. Afortunadamente, y como para dar más visos de verdad a esta disculpa, aquella mañana el correo me trajo dos cartas de amigos de Londres. Fui a mi cuarto con ellas y envié recado al señor Fairlie, preguntándole si podría recibirme para tratar un asunto de importancia. Esperé el regreso del criado, sin la menor preocupación por la actitud que su señor adoptase ante mi solicitud. Con su venia o sin ella tenía que irme. La conciencia de haber dado el primer paso para emprender el penoso camino que iba a separar para siempre mi vida de la de la señorita Fairlie pareciá haber embotado mi sensibilidad en todo lo que a mí mismo se refiere. Había dejado a un lado mi pobre y quisquilloso orgullo de hombre, había olvidado mi vanidad de artista, y ni siquiera la insolencia del señor Fairlie, si tenía a bien ser insolente, conseguiría herirme. Volvió el criado con una respuesta que no me pilló de sorpresa. El señor Fairlie lamentaba que el estado de su salud, especialmente precario aquella mañana, le hiciera descartar cualquier esperanza de tener el ptacer de recibirme. Me rogaba, por consiguiente, que aceptase sus disculpas y que tuviese la amabilidad de exponerle lo que deseaba en una carta. Ya había recibido varios mensajes como éste durante los tres meses que había vivido en Limmeridge. En dicho tiempo el señor Fairlie se había felicitado de contar conmigo pero nunca se encontró suficientemente bien como para verme en persona por segunda vez. El criado llevaba a su señor los dibujos y aguafuertes ordenados, restaurados y acompañados de todos mis respetos; y volvía con las manos vacías, trayéndome «efusivas gracias», «afectuosas felicitaciones» y «sinceros pesares» del señor Fairlie, a quien su estado de salud le obligaba a permanecer prisionero, solitario en su propio cuarto. No podíamos haber llegado a un arreglo más satisfactorio para ambas partes. Sería difícil decir cuál de nosotros dos sentía mayor agradecimiento hacia los serviciales nervios del señor Fairlie. Me senté para escribir inmediatamente la carta con toda la cortesía, claridad y brevedad posibles. El señor Fairlie no se dio prisa en contestar. Transcurrió cerca de una hora antes de que su respuesta fuese depositada en mis manos. Estaba escrita con correcta letra clara y hermosa, con tinta de color violeta y sobre un papel pulido como el marfil, del grueso de la cartulina, y me hablaba en los sigmentes términos: «El Señor Fairlie saluda al señor Hartright. El señor Fairlie está tan sorprendido y contrariado con la solicitud del señor Hartright, que no puede expresarlo tal como debiera dado el estado actual de su salud. El señor Fairlie no es hombre de negocios, pero ha consultado el caso con su administrador, cuya opinión ha confirmado la del señor Fairlie de que la petición que hace el señor Hartright para romper su compromiso no puede ser satisfecha cualesquiera que sean las necesidades alegadas, salvo, tal vez, el caso de tratarse de una cuestión de vida o muerte. Si algo pudiera entibiar el altísimo respeto y veneración que el señor Fairlie siente por todo lo que sea Arte y sus maestros que constituyen el consuelo y alegría para su existencia de enfermo, la conducta seguida por el señor Hartright lo hubiese conseguido. Pero no ha sido así, sino que este sentimiento tan sólo ha alcanzado a la persona del señor Hartright. Habiendo expuesto su opinión hasta donde se lo permiten los agudos sufrimientos por los que atraviesa debido a sus nervios, el señor Fairlie no tiene nada que añadir, salvo expresar la decisión adoptada ante la incorrecta solicitud que se le ha presentado. Siendo de máxima importancia en este caso el perfecto reposo moral y físico del señor Fairlie, no podría sufrir la permanencia en su casa del señor Hartright, que alteraría este reposo dadas los circunstancias tan esencialmente violentas para las dos partes. Por tanto, el señor Fairlie renuncia a su derecho de declinar la petición con el solo objeto de no altetar su tranquilidad, e informa al señor Hartright que puede marcharse.» Doblé la carta y la puse con los demás papeles. En otro tiempo la hubiera considerado un insulto, pero ahora la aceptaba tal y como era, considerándola simplemente como la autorización para romper mi contrato. Casi se me había borrado de la memoria cuando bajé al comedor para decirle a la señorita Halcombe que estaba dispuesto a acompañarla hasta la granja. —¿Le ha dado el señor Fairlie una respuesta positiva? —me preguntó cuando salíamos. —Me da permiso para marcharme, señorita Halcombe. Me dirigió una mirada rápida, y por vez primera desde que la había conocido tomó la iniciativa de apoyarse en mi brazo. De ninguna otra forma hubiese demostrado con mayor delicadeza hasta qué punto comprendía la forma en que se me había concedido este permiso, y me demostraba su simpatía, no desde una posición superior, sino como una amiga. No me había hecho efecto la insolente carta del hombre, pero me llegó al alma la dulce comprensión de la mujer. Mientras caminábamos hacia la granja decidimos que la señorita Halcombe entraría sola, y que yo la esperaría fuera, dispuesto a acudir cuando me necesitase. Adoptamos este procedimiento por miedo a que mi presencia, después de lo sucedido la noche anterior en el cementerio, pudiera renovar el choque emocional de Anne Catherick y aumentara el recelo causado al ver a una señora extraña para ella. La señorita Halcombe me dejó, con la intención de hablar antes que nada con la mujer del granjero, de cuyo afán por complacerla estaba segura, y yo esperé paseando por las inmediaciones. Creí que habría de estar solo bastante tiempo. Sin embargo, ante mi sorpresa al pasar poco más de cinco minutos, la señorita Halcombe regresó. —¿Es que Anne Catherick se niega a verla? —pregunté con asombro. —Anne Catherick se ha marchado —contestó. —¡Se ha marchado! —Sí, se ha marchado con la señora Clements. Salieron de la granja esta mañana a las ocho. Me quedé sin habla. Sólo pude darme cuenta de que con ellas se había desvanecido nuestra última probabilidad de descubrir lo que queríamos. —Todo lo que la señora Todd sabe sobre sus huéspedes lo sé también yo ahora —continuó la señorita Halcombe—, y me deja tan desconcertada como a ella. Ambas regresaron anoche sin problemas, después de que usted las dejó, pasaron la primera parte de la velada con la familia Todd, como siempre. Pero justamente un poco antes de cenar Anne Catherick los sobresaltó a todos con un largo desmayo. Había tenido un ataque similar la noche que llegaron, aunque fue menos alarmante; la señora Todd lo achacó en aquella ocasión a alguna noticia que acababa de leer en el períodico local que se hallaba sobre la mesa y que había recogido unos minutos antes. —¿Sabe la señora Todd qué noticia del periódico fue la que la afectó de tal manera? —pregunté. —No —replicó la señorita Halcombe—. Lo miró y remiró y no vió nada que pudiese alarmar a nadie. Pero yo se lo pedí para hojearlo a mi vez, y al abrir la primera plana vi que el editor, para enriquecer su escaso acopio de noticias, se interesó por los asuntos de nuestra familia y entre otras notas de sociedad, copiadas de los periódicos de Londres, publicó el compromiso de mi hermana. Inmediatamente deduje que ésta era la causa del extraño ataque de Anne Catherick y que era también el motivo que la impulsó a escribir la carta que envió al día siguiente a casa. —No hay duda de ambas cosas. Pero ¿qué le dijeron acerca del segundo ataque de anoche? —Nada. Es un misterio absoluto. No había nadie extraño en el cuarto. La única visita era nuestra vaquera, que como le dije es una hija de los Todd, y no se habló más que de cotilleos habituales del pueblo. De repente dio un grito y se puso pálida como una muerta sin la menor causa aparente que lo justificara. La señora Todd y la señora Clements la subieron a su cuarto, y esta última se quedó con ella. Las oyeron hablar mucho, hasta bastante tiempo después de la hora a la que acostumbraban irse a la cama, y esta mañana temprano, la señora Clements llamó aparte a la señora Todd y la dejó estupefacta cuando le dijo que tenían que marcharse. La única razón que pudo sonsacarle para explicar esta fuga era que había sucedido algo que no tenía nada que ver con nadie de la granja, pero que era suficientemente grave para obligar a Anne Catherick a dejar enseguida Limmeridge. Fue inútil pretender que la señora Clements fuese más explícita. Movió la cabeza y suplicó que por el bien de Anne no le preguntasen más detalles. Repitió con insistencia, y con todo el aspecto de estar muy seriamente preocupada ella también, que Anne tenía que irse, que ella debía acompañarla y que tenían que guardar el mayor secreto sobre el lugar a donde se dirigían. No voy a cansarle con todas las protestas hospitalarias de la señora Todd para que se quedasen. Terminó llevándolas en su carro a la estación más próxima, hace más de tres horas. Durante el camino hizo todo lo posible para hacerlas hablar con más claridad, pero sin éxito. Las dejó en la estación, ofendida y molesta por la falta de consideración que mostraban marchándose de forma tan inesperada y por su actitud tan poco amistosa negándole toda confianza, y volvió muy enfadada, sin esperar a despedirlas. Esto es exactamente lo acontecido. Rebusque en su memoria, señor Hartright y dígame si en el cementerio no sucedió algo que pudo originar la extraordinaria fuga de las dos mujeres. —Ante todo me gustaría saber, señorita Halcombe, si hubo alguna causa que produjese aquel cambio repentino en Anne Catherick que tanto alarmó a los granjeros, horas después de que ella y yo nos separamos y cuando había pasado el tiempo suficiente para que se restableciese del horrible choque que desgraciadamente le causé. ¿Preguntó usted qué rumor estaban comentando cuando se desmayó? —Sí, pero los quehaceres domésticos de la señora Todd parecen haber distraído su atención de la conversación de su salón. Todo lo que ha podido decirme es que hablaban simplemente de cosas», y supongo que eso quiere decir que hablarían de todos los demás, como siempre. —Quizá la lechera tenga mejor memoria que su madre —dije—. Convendría que en cuanto lleguemos a casa hable usted con esa muchacha, señorita Halcombe. En cuanto llegamos, la señorita Halcombe siguió mis consejos. Nos dirigimos a la parte de las dependencias donde estaba la lechería y encontramos a la vaquera muy ocupada en fregar un gran ordeñadero, con las mangas recogidas y acompañando su trabajo con una alegre canción. —He traído a este señor a ver su lechería, Hannah —dijo la señorita Halcombe—. Es una de las cosas dignas de ver en esta casa, gracias a usted. La muchacha se sonrojó, hizo una inclinación y tímidamente dijo que trataba de tener siempre las cosas limpias y en orden. —Acabamos de venir de casa de sus padres —continuó la señorita Halcombe—. Me dijeron que estuvo usted allí anoche. ¿Encontró huéspedes, verdad? —Sí, señorita. —Una de ellas se desmayó y estuvo mal, según decían. Me figuro que no harían ni dirían nada que pudiese asustarla. ¿No estarían hablando de nada terrorífico? —¡Oh, no señorita! —dijo riendo la lechera—. Estábamos hablando de las cosas que pasan. —Sus hermanos le contarían las cosas de Todd's Corner, supongo. —Sí, señorita. —Y usted les contaría las de Limmeridge. —Sí, señorita. Estoy completamente segura de que no se dijo nada que pudiese asustarla ¡pobrecilla!, porque estaba yo hablando precisamente cuando se desmayó. ¡Qué susto me llevé, señorita, porque nunca me he desmayado! Antes de que pudiese preguntarle otra cosa, la llamaron para que saliese a buscar una cesta de huevos a la puerta de la lechería. Cuando quedamos solos murmuré al oído de la señorita Halcombe: Pregúntele si por casualidad dijo anoche que se esperaban huéspedes en esta casa. La señorita Halcombe me dio a entender con su mirada que me había entendido, e hizo la pregunta en cuanto la lechera regresó. —Sí, señorita, lo dije —contestó con naturalidad—. Las únicas noticias que podía contar en la granja eran la venida de los huéspedes y el accidente ocurrido a la vaca roja. —¿Dio usted nombres? ¿Dijo que se esperaba a Sir Percival el lunes? —Sí, señorita. Les dije que venía Sir Percival. Espero que no haya en ello nada malo ni haya podido causar ningún perjuicio. —¡Ningún perjuicio, por supuesto! Venga, señor Hartright. Hannah va a pensar que la estamos estorbando si seguimos más tiempo interrumpiendo su trabajo. En cuanto estuvimos solos nos paramos, mirándonos el uno al otro. —¿Le queda ahora a usted alguna duda, señorita Halcombe? —O Sir Percival Glyde desvanece esta duda o Laura Fairlie no será nunca su mujer, señor Hartright. XIV Cuando nos acercábamos a la puerta principal de la casa, un cabriolé que solía hacer el servicio de la estación se aproximaba por la avenida hacia nosotros. La señorita Halcombe se detuvo en los escalones de la entrada hasta que el coche se paró adelantándose para saludar a un hombre de edad que se apeó con agilidad en el momento en que dispusieron la escalerilla. El señor Gilmore había llegado. Cuando nos presentaron le contemplé con un interés y una curiosidad que apenas podía disimular. Este señor se quedaría en Limmeridge después de marcharme yo. Escucharía las disculpas de Sir Percival Glyde y con su experiencia ayudaría a la señorita Halcombe a tomar la decisión. Esperaría hasta que la cuestión de la boda quedase arreglada, y sería su mano —si el asunto se solucionaba afirmativamente— la que cerraría el trato que comprometía a la señorita Fairlie de una manera irrevocable al matrimonio. Incluso entonces, cuando no sabía nada de lo que ahora sé, miraba al consejero de la familia con un interés que jamás había experimentado antes sobre un hombre que fuera un perfecto desconocido para mí. En su aspecto, el señor Gilmore era absolutamente opuesto a la idea convencional que suele tenerse de un viejo abogado. Su rostro se conservaba lozano, su cabello blanco, bastante largo, estaba cuidadosamente peinado; su levita negra, chaleco y pantalones, eran de corte perfecto; el lazo de su corbata blanca estaba anudado con el mayor esmero, y los guantes de cabritilla color lila pálido hubieran podido verse en las manos de un clérigo elegante sin que nadie pudiese objetar la menor tacha. Sus modales eran muy agradables, con esa gracia y refinamiento de la vieja escuela de cortesía, avivados por el ingenio agudo de un hombre cuya ocupación lo obliga a tener siempre alerta sus facultades. De natural sanguíneo y de físico atractivo; una carrera larga y consecuente basada en la prosperidad, confortable y justificada; una vejez jovial, bien asistida y comúnmente respetada, —estas fueron las impresiones generales que me produjo el primer encuentro con el señor Gilmore, y he de añadir en su honor que cuando le conocí más, cuando mis experiencias fueron más completas con el tiempo, confirmé mi primera impresión. Me separé de la señorita Halcombe cuando se dirigió hacia el interior de la casa con el anciano caballero, para que la presencia de un extraño no les estorbase mientras trataban de asuntos de familia, y bajé los escalones para dedicarme a vagar por el jardín. Mis horas en Limmeridge estaban contadas; todo estaba irrevocablemente preparado para que me marchase a la mañana siguiente, y mi participación en la investigación que la carta anónima nos había obligado a emprender tocaba a su fin. No perjudicaba a nadie, sino a mí mismo, dejando libre a mi corazón por el breve tiempo que me quedaba de la fría y cruel opresión que la necesidad me había obligado a imponerle despidiéndome de los lugares que estaban unidos con mi efimero sueño de dicha y amor. Instintivamente entré en la avenida que se extendía bajo la ventana de mi estudio, donde la vi la tarde anterior paseando con su perrito. Y por aquel camino que tantas veees hollaron sus pies llegué hasta el portilio que conducía a su rosaleda. La fúnebre aridez del invierno reinaba entonces. Las flores que ella me había enseñado a conocer por sus nombres, las flores que yo le había enseñado a pintar, habían desaparecido, y los estrechos senderos blancos entre diversos macizos se hallaban ya húmedos y verdeando. Seguí por la alameda en la que tantas veces habíamos respirado juntos la cálida fragancia de las noches de agosto y donde habíamos admirado juntos las infinitas combinaciones de luz y de sombra que alfombraban el suelo bajo nuestros pies. Pero ahora las hojas caían a mi alrededor desde los árboles quejumbrosos y la atmósfera de desolación terrenal me heló hasta los huesos. Anduve un poco más y me encontré fuera del parque, siguiendo el sendero que ascendía hasta la colina más próxima. Un viejo tronco derribado a la orilla del camino, en el que algunas veces nos sentamos para descansar, se hallaba humedecido por la lluvia, y las hierbas y helechos que dibujé para ella y que se cobijaban junto al muro de piedra que teníamos enfrente se habían convertido en un charco de agua, donde destacaba un islote de hierbajos sucios. Llegué a la cima de la colina y vi el panorama que tantas veces contemplamos en los días más felices. Era árido y frío; ya no era el paisaje que yo recordaba. El resplandor de su presencia no me alcanzaba y el encanto de su voz ya no murmuraba a mi oído. En el lugar desde el que yo ahora miraba hacia abajo me habló ella de su padre, último varón de su familia, me contó lo que se querían el uno al otro y cuánto le echaba de menos cuando entraba en algunas dependencias de la casa y tomaba objetos o se divertía con juegos que en otros tiempos disfrutaron juntos. ¿Era este paisaje, que había contemplado mientras escuchaba aquellas palabras, el mismo que ahora veía solo, desde la cumbre de la colina? Di la vuelta y dirigí mis pasos hacia el páramo y las dunas de la ribera. Allí estaba la blanca espuma de la resaca y la magnífica grandeza de las olas rompientes, pero ¿dónde estaría el sitio en que una vez ella había dibujado con una sombrilla caprichosas figuras en la arena, el sitio donde nos quedamos sentados mientras me preguntaba sobre mí mismo y mi hogar, mientras con femenina escrupulosidad, me hacía minuciosas preguntas sobre mi madre y mi hermana y me interrogaba con inocencia acerca de si yo dejaría un día mi solitaria habitación de alquiler para tener una mujer y casa propia? El viento y las olas habían borrado hacía mucho las huellas que ella dejó sobre la arena. Seguí contemplando la inmensa monotonía del océano, y el lugar en que habíamos dejado desvanecer tantas horas soleadas me pareció tan perdido para mí como si nunca lo hubiera conocido, tan extraño como si me encontrara en otro país. El silencio absoluto de la orilla llenó de frío mi corazón. Volví a la casa y al jardín donde tantas señales me hablaban de ella, a cada recodo de camino. Cuando pasaba por la terraza de poniente tropecé con el señor Gilmore. Sin duda andaba buscándome, pues en cuanto me distinguió apresuró el paso. No estaba yo muy dispuesto a charlar con un desconocido. Mas era inevitable el encuentro y me resigné a afrontarlo. —Es precisamente a usted a quien quería ver —dijo el anciano caballero-. Tengo que decirle dos palabras, señor mío, y si no tiene usted inconveniente, aprovecho esta oportunidad. Empezaré por comunicarle que la señorita Halcombe y yo hemos estado hablando de asuntos familiares; asuntos que son el motivo de mi estancia en esta casa, y en el curso de la conversación hubo de contarme, como es natural, ese desagradable asunto de la carta anónima y cómo usted con tanto acierto y discreción ha participado en las averiguaciones. Su actuación, lo comprendo muy bien, le hará sentir un extraordinario interés por saber si las investigaciones que usted ha comenzado y que hay que continuar han sido encomendadas a alguien de confianza... Quiero tranquilizarle a usted en este punto, querido amigo: me han sido encomendadas a mí. —En todo concepto está usted mucho más capacitado que yo para actuar en el asunto, señor Gilmore. ¿Sería una indiscreción de mi parte preguntarle si ha decidido usted ya el procedimiento que piensa seguir? —Hasta donde es posible lo he hecho, señor Hartright. Pienso enviar una copia del anónimo acompañada de un informe sobre las circunstancias del hecho al procurador de Sir Percival Glyde, de Londres, con el que tengo alguna amistad. La carta auténtica la conservo para mostrársela a Sir Percival en cuanto llegue. Ya me he ocupado de seguir la pista de las dos mujeres enviando a un criado del señor Fairlie, una persona de toda confianza, a la estación para que haga las pesquisas que pueda. Por si logra descubrir algún indicio, le hemos dado también instrucciones y dinero suficiente para seguirlas a donde sea. Esto es todo cuanto se puede hacer hasta el lunes, día en que llega Sir Percival. Yo, personalmente, no tengo la menor duda de que las explicaciones que puedan esperarse de un caballero nos las facilitará al instante. Porque Sir Percival está muy alto, querido señor; ocupa una posición muy elevada y se halla por encima de toda sospecha, así que estoy muy tranquilo por el resultado de las investigaciones, y me alegra poder afirmarlo. Esta clase de cosas ocurre constantemente en mi trabajo. Cartas anónimas, mujeres desgraciadas, el triste estado de la sociedad. En este caso no le niego que existen complicaciones particulares, pero el hecho en sí mismo, por desgracia, es muy corriente. —Temo, señor Gilmore, que yo tengo el disgusto de disentir de usted en cuanto a la manera de considerar el asunto. —Es natural, querido señor, es natural. Yo soy un viejo y tomo las cosas desde el punto de vista práctico. Usted es joven y las considera desde un punto de vista más romántico. No vamos a discutir por nuestros puntos de vista. Profesionalmente vivo en una atmósfera de discusiones y estoy encantado de escapar a ella estando aquí, señor Hartright. Esperaremos los acontecimientos. Sí sí, sí, vamos a esperar los acontecimientos. ¡Es un sitio encantador! ¿Hay buena caza? Probablemente, no. Me parece que el señor Fairlie no tiene ningún coto en sus posesiones. Pero de todos modos es un sitio delicioso y la gente es agradable. Me han dicho señor Hartright que usted pinta y dibuja. ¡Qué envidiable talento! ¿En qué estilo lo hace usted? Nos enzarzamos en una conversación general; mejor dicho, el señor Gilmore hablaba y yo escuchaba. Mi atención se hallaba muy lejos de él y de los tópicos que emitía con tanta fluidez. El solitario paseo de las últimas dos horas había aportado sus efectos y me acogí a la idea de marcharme de Limmeridge cuanto antes. ¿Por qué había de prolongar sin necesidad un minuto siquiera aquel tormento cruel de mi despedida? ¿Qué servicios podían exigirme aún aquí? Mi estancia en Cumberland no era ya de ninguna utilidad, y la autorización que me había concedido el señor Fairlie no me imponía plazo para marcharme. ¿Por qué no acabar con todo ello de una vez, ahora mismo? Decidí, pues, partir. Aún quedaban unas horas diurnas, y no había razón alguna que me impidiese salir camino de Londres aquella misma tarde. Di al señor Gilmore la primera disculpa aceptable que se me ocurrió para separarme de él y regresé precipitadamente a la casa. Me dirigía a mi cuarto cuando encontré en la escalera a la señorita Halcombe. Al notar mi prisa y el cambio que se había producido en mi humor comprendió que tenía alguna nueva idea y me preguntó qué había ocurrido. Le expliqué las razones que me inducían a marcharme en seguida, exactamente tal como acabo de exponerlas. —No, no —dijo con firmeza y amabilidad—. Despídase de nosotras como un amigo y parta el pan con nosotros una vez más. Quédese a cenar, quédese para ayudarnos a pasar nuestra última velada con tanta alegría como pasamos las primeras, si podemos. Se lo pido yo, se lo pide la señora Vesey y... —vaciló y luego dijo— y se lo pide también Laura. Prometí quedarme. Dios sabe que no hubiese querido dejar en ninguna de ellas ni sombra de una impresión penosa. Mi cuarto era el mejor lugar para esperar que tocase la campana para la cena. Allí estuve hasta que llegó la hora de bajar al comedor. No había hablado con la señorita Fairlie, ni siquiera la había visto en todo el día. El primer momento de nuestro encuentro, cuando entré en el salón, fue una prueba dura para su dominio de sí y para el mío. También ella hizo lo posible para volver en aquella última velada al feliz tiempo pasado que no volvería jamás. Llevaba el traje que a mí más me gustaba de todos los suyos, uno de seda azul oscuro adornado con preciosos encajes antiguos. Se adelantó a saludarme con la naturalidad de otros tiempos, y me alargó su mano con la inocencia y franca alegría de días más felices. Pero sus dedos fríos que temblaron sobre los míos, sus mejillas pálidas encendidas con una mancha febril y la sonrisa apagada que sus labios trataban de esbozar y que se desvaneció bajo mi mirada, me dijeron a costa de qué sacrificios había logrado mantener su compostura. Si mi corazón hubiera podido amarla más aún, lo hubiese hecho en aquel instante como nunca. El señor Gilmore nos ayudó mucho en aquella ocasión. Estaba del mejor humor y llevó la conversación con permanente gracejo. La señorita Halcombe le secundó resueltamente y yo hice cuanto pude por imitar su ejemplo. Los adorables ojos azules, cuyos menores cambios de expresión tan bien había aprendido a interpretar, me miraron suplicantes cuando nos sentamos a la mesa: «Ayude a mi hermana —parecía decir su dulce rostro lleno de ansiedad—, y me ayudará a mí.» Superamos la cena con cierto éxito, al menos en lo que se refiere a apariencias exteriores. Cuando las damas se levantaron de la mesa y el señor Gilmore y yo quedamos solos en el comedor, se presentó una circunstancia que exigió nuestra máxima atención, al tiempo que me permitió serenarme regalándome unos instantes de silencio tan necesario y tan grato. El criado enviado para seguir la pista de Anne Catherick y de la señora Clements volvió con el resultado de su misión, e inmediatamente fue conducido al comedor. —Bueno —dijo el señor Gilmore—. ¿Qué ha averiguado usted? —Pues he averiguado, señor, que las dos mujeres tomaron billetes en nuestra estación para Carlisle. —¿Fue usted a Carlisle cuando lo supo, naturalmente? —Sí, señor; pero siento decirle que allí no encontré ni rastro de ellas. —¿Preguntó usted en la estación? —Sí, señor. —¿Y en los distintos hostales? —Sí, señor. —¿Y dejó usted en el puesto de la Policía la nota que yo escribí? —Sí, señor, la dejé. —Bien, amigo mío. Ha hecho usted todo lo que pudo, lo mismo que yo, y ahora tenemos que esperar que se sepa algo nuevo sobre el asunto. Hemos jugado con nuestros ases, señor Hartright —continuó diciendo el anciano caballero cuando el criado se fue—. Al menos por ahora las mujeres supieron burlarnos y no tenemos otro recurso que esperar a que llegue Sir Percival el lunes. ¿Quiere usted otra copita? Es un excelente Oporto, un buen vino, viejo, espeso, saludable. Aunque en mi bodega hay vinos mejores. Volvimos al salón, a la estación donde habían transcurrido las más felices veladas de mi vida y a la que no regresaría jamás después de aquella noche. Su aspecto había cambiado desde que los días eran más cortos y el tiempo más frío. Las puertas de cristal de la terraza estaban cerradas y ocultas tras gruesas cortinas. En lugar de la deliciosa penumbra crepuscular en que nos sentábamos allí hacía algún tiempo, cegó mis ojos el intenso resplandor de las lámparas. Todo había cambiado, dentro de la casa y fuera de ella. La señorita Halcombe y el señor Gilmore se sentaron junto a la mesa de juego, y la señora Vesey ocupó su silla de costumbre. Disponían de su velada libres de opresión alguna, pero al observarlo sentí con más dolor qué opresión pesaba sobre la mía. Vi que la señorita Fairlie se dirigió hacia el musiquero. Había pasado el tiempo en que podía seguirla hasta allí. Esperé indeciso sin saber ni a dónde ir ni qué hacer. Hasta que ella me lanzó una furtiva mirada, cogió del estante una pieza de música y vino hacia mí por su propia iniciativa. —¿Quiere que le toque alguna de estas melodías de Mozart que le gustaban tanto? —me preguntó, abriendo el cuaderno con nerviosismo y mirando las notas mientras me hablaba. Antes de que pudiese darle las gracias, estaba ya en el piano. La silla próxima a la que yo ocupaba siempre se hallaba vacía. Dio unos acordes, —se volvió a mirarme—, y sus ojos escrutaron de nuevo el cuaderno de música. —¿Por qué no se sienta donde siempre? —dijo muy de prisa y en voz muy baja. —Me sentaré por ser la última noche —repuse. No contestó. Su atención parecía concentrarse en la música que conocía de memoria y que había tocado infinitas veces sin necesidad de partitura. Yo sólo me di cuenta de que me había oído y que sabía que estaba junto a ella, porque el rubor de la mejilla que estaba más cerca de mí, se apagó y todo su rostro quedó completamente pálido. —Siento mucho que se vaya —me dijo bajando su voz a susurro, mientras sus ojos se clavaban en las notas y sus dedos volaban sobre el teclado con extraña energía febril que jamás había notado en ella hasta entonces. —Recordaré sus amables palabras, señorita Fairlie, mucho después de que pase el día de mañana. La palidez se extendió más aún por su rostro y ella lo ocultó a mi mirada. —No hable de mañana —replicó—. Dejemos que esta noche nos hable la música en su lenguaje, más dichoso que el nuestro. Sus labios temblaron, salió de ellos un débil suspiro que en vano quiso dominar. Sus dedos vacilaron y dio una nota falsa, confundiéndose más cuando quiso corregirse, hasta que acabó por dejar caer las manos sobre el regazo, con gesto de desesperación. La señorita Halcombe y el señor Gilmore levantaron la cabeza con asombro desde la mesa donde jugaban una partida de cartas. Hasta la señora Vesey, que dormitaba en la silla, se despertó al cesar de repente la música y preguntó que sucedía. —¿Juega usted al whist, señor Hartright? —preguntó la señorita Halcombe mirando significativamente hacia el sitio en que yo estaba. Yo sabía a qué se refería, sabía que tenía razón, y me levanté al instante para ir a la mesa de juego. Cuando me separaba del piano, la señorita Fairlie abrió otra página del cuaderno de música y golpeó las notas con mano más firme. —Quiero tocarlo —dijo, hiriendo las notas casi con pasión—. Quiero tocarlo esta última noche. —Venga, señora Vesey —dijo la señorita Halcombe—. El señor Gilmore y yo estamos cansados de écarté. Juegue usted ahora con el señor Hartright al whist. El viejo abogado sonrió irónicamente. Era él quien iba ganando y acababa de sacar un rey. Evidentemente atribuía el brusco cambio de la señorita Halcombe en el régimen de la mesa al rasgo femenino de no saber perder en el juego. El resto de la velada transcurrió para mí sin una mirada ni una palabra de ella. Continuó en su sitio frente al piano y yo en el mío, junto a la mesa de juego. Tocó sin descanso, como si la música fuera su única defensa contra ella misma. A veces sus dedos acariciaban las notas con lánguida suavidad, con una ternura dulce, suplicante y tenue que llegaba al oído con una tristeza inefable en su hermosura, y otras se movían titubeando, fallaban o corrían sobre el teclado mecánicamente, como si su trabajo les pesara. Sin embargo, aunque la expresión que daban a la música variaba y titubeaba, ella seguía tocando con la misma resolución. No se levantó del piano hasta que todos lo hicimos para despedirnos. La señora Vesey estaba más cerca de la puerta y fue la primera en estrechar mi mano. —No le veré más, señor Hartright —me dijo—, y siento mucho que se marche usted. Ha sido muy amable y atento, y una mujer vieja como yo sabe apreciar la amabilidad y la atención. Le deseo mucha suerte, señor, y que tenga buen viaje. El señor Gilmore se despidió después. —Espero que tengamos ocasión de conocemos mejor, señor Hartright. ¿Está usted bien seguro de que ese pequeño asunto queda en mis manos, verdad? Sí sí, no lo dude. Pero, Señor, ¡qué frío hace! No le detengo más en la puerta. Bon voyage, amigo mío; como dicen los franceses. La señorita Halcombe fue la siguiente. —Hasta mañana a las siete y media —dijo; y añadió en un susurro—: He oído y visto más de lo que usted cree. Su comportamiento de esta noche me hace considerarle como un amigo para toda la vida. La señorita Fairlie fue la última. No tenía seguridad en mí mismo para mirarla cuando cogí su mano y pensé en la mañana siguiente. Me voy muy temprano, señorita Fairlie —dije—. Me iré antes de que usted... —No, no —se apresuró a interrumpirme—; no antes de que yo me haya levantado. Bajaré a desayunar con Marian. No soy tan ingrata ni tan olvidadiza para que después de estos tres meses... Su voz se entrecortó, estrechó suavemente mi mano entre la suya y la soltó con rapidez. Antes de que yo hubiese podido darle las buenas noches había desaparecido. El final de mi relato se aproxima con rapidez y es tan inminente como lo fue el amanecer de aquella última mañana en Limmeridge. Apenas habrían sonado las siete y media cuando bajé al comedor, pero las dos ya estaban esperándome para desayunar. Tratamos de comer y de hablar en medio del triste silencio de aquella hora, bajo la luz mortecina y la frialdad del ambiente. Los esfuerzos por conservar las apariencias eran inútiles y desoladores, y me levanté para acabar de una vez. Al tender yo la mano y estrechármela la señorita Halcombe, que se hallaba más cerca, Laura se dio la vuelta repentinamente y salió corriendo del comedor. —Así es mejor —dijo la señorita Halcombe cuando la puerta se cerró—, así es mejor para ella y para usted. Esperé un instante hasta que pude hablar de nuevo —era duro perderla sin una palabra de despedida, sin una mirada de adiós. Quise dominarme, despedirme de la señorita Halcombe con palabras adecuadas, pero todas las palabras de despedida que hubiera querido decir se esfumaron dejando una sola frase: —¿He merecido que usted me escriba? —fue todo lo que pude decir. —Ha merecido con honor, noblemente, todo cuanto pudiera hacer yo por usted mientras vivamos. Sea cual fuere el final, usted lo sabrá. —Y si alguna vez pudiera ser útil en algo, de nuevo en un futuro lejano, cuando se haya olvidado mi pretensión y mi locura... No pude continuar. La voz me falló y se me nublaron los ojos, bien a pesar mío. Entonces ella me cogió ambas manos, las estrechó con la energía de un hombre; brillaron sus ojos oscuros, sus mejillas morenas enrojecieron, la fuerza y energía de su rostro resplandecieron hermosamente iluminadas por la candorosa luz de la generosidad y de la piedad. —Confiaré en usted si alguna vez lo necesito, como si fuese mi amigo y su amigo, como si fuese mi hermano y su hermano. No dijo más; me atrajo hacia sí —noble e impávida criatura—, rozó con sus labios mi frente en un beso fraternal, y llamándome por mi nombre de pila, añadió: —¡Dios le ayude, Walter! Quédese un poco aquí a solas, serénese usted. Será mejor que le deje, por el bien de los dos. Será mejor que le despida desde el balcón. Y salió del comedor. Me volví hacia la ventana, donde sólo vi el paisaje solitario del otoño... Me situé de espaldas a la ventana para tranquilizarme antes de salir de allí para siempre. No transcurriría más de un minuto cuando oí que la puerta volvía a abrirse con suavidad y unas faldas rozaban la alfombra avanzando hacia mí. Mi corazón latía con vehemencia cuando me volví... La señorita Fairlie venía hacia mí desde el otro extremo del comedor. Se detuvo vacilante cuando nuestros ojos se encontraron, y se dio cuenta de que estábamos solos. Entonces, con ese valor que casi siempre suele faltar a las mujeres en los momentos de poca trascendencia y casi nunca en las ocasiones decisivas, llegó hasta mí, extrañamente pálida y serena, llevando en una mano algo que ocultaba entre los pliegues de su vestido y apoyándose con la otra en la mesa junto a la que iba andando. —Sólo he salido para buscar esto en el salón —dijo—. Le recordará su estancia aquí y los amigos que deja. Me indicó usted cuando lo hice que había adelantado mucho, y pensé que le gustaría... Volviendo la cabeza me ofrecía un dibujo que había hecho ella sola del pabellón de verano, donde nos encontramos por primera vez. El papel tembló en su mano, mientras me lo alargaba, y tembló en la mía cuando lo cogí. Tuve miedo de decirle lo que sentía y contesté tan sólo: —Nunca me abandonará; durante toda mi vida será mi tesoro más preciado. Estoy muy agradecido por ello y muy agradecido a usted por no haberme dejado marchar sin decirle adiós. —¡Oh! —dijo con inocencia—. ¡Cómo iba a dejarle marchar así, después de todos estos días felices que hemos pasado juntos! —Esos días tal vez no volverán jamás, señorita Fairlie... Mi vida y la suya van por muy distintos caminos. Pero si llegase un instante en que la entrega de todo mi corazón, de mi alma y de mis fuerzas pudiesen darle a usted un segundo de felicidad o evitarle un instante de tristeza, ¿querrá usted recordar al pobre profesor de dibujo que un tiempo la guió? La señorita Halcombe me ha prometido confiar en mí ¿Quiere usted prometerme lo mismo? La tristeza de la despedida que leía en aquellos adorables ojos azules centelleó débilmente entre las lágrimas que las enturbiaban. —Se lo prometo —dijo con voz entrecortada—. ¡Dios mío no me mire así! Se lo prometo de todo corazón. Me atreví a acercarme un poco más a ella, y alargué mi mano. —Tiene usted muchos amigos que la quieren, señorita Fairlie. La felicidad en su porvenir es la ilusión acariciada por muchos de ellos. ¿Me permite que le diga al marcharme que es también mi deseo más ardiente? Las lágrimas corrieron por sus mejillas. Con una mano temblorosa se apoyó en la mesa ofreciéndome la otra. Yo la estreché con ansia. Mi cabeza cayó sobre aquella mano helada. Mis lágrimas la humedecieron y mis labios se apoyaron en ella, pero no era amor lo que sentía en aquel último momento, no, no era amor sino la agonía y el abandono de la desesperación. —¡Por amor de Dios, déjeme! —dijo débilmente. La confesión del secreto de su corazón brotó en aquellas palabras suplicantes. Yo no tenía derecho a escucharlas ni a contestarlas: eran las palabras que me ordenaban, en nombre de su sagrada debilidad, dejar la habitación. Todo había terminado. Solté su mano y no dijo más. Las lágrimas cegaron mi vista borrando su imagen, las enjugué para mirarla por última vez. Una mirada, y vi cómo se desplomaba en una silla, cómo caían sus brazos sobre la mesa y sobre ellos la hermosa cabeza. Una mirada de despedida y la puerta se cerró, abriéndose entre los dos el abismo sin límites de la separación. La imagen de Laura Fairlie ya no era más que un recuerdo del pasado. RELATO DE VICENT GILMORE, PROCURADOR DE CHANCERY LANE, LONDRES I Escribo estas líneas a petición de mi amigo Walter Hartright. Intento con ellas relatar algunos acontecimientos que afectaron seriamente a los intereses de la señorita Fairlie y que tuvieron lugar poco después que el señor Hartright abandonara Limmeridge. No tengo la necesidad de decir si mi opinión sanciona o no el hecho de que se descubra tan extraordinaria historia de familia, en la cual mi relato constituye una parte muy importante. El señor Hartright ha asumido esta responsabilidad y las circunstancias que van a exponerse demostrarán que se ha ganado con creces el derecho de hacerlo, si así lo considera oportuno. El plan que él ha trazado para presentar esta historia a los demás de la manera más real y auténtica exige que la vayan contando —en cada etapa sucesiva del curso de los acontecimientos— aquellos que tuvieron participación directa en ellos cuando ocurrieron. El que aparezca yo ahora en el papel de narrador es una consecuencia necesaria de este proyecto. Estuve presente durante la estancia de Sir Percival Glyde en Cumberland, y al menos un resultado importante de su breve visita a la mansión del señor Fairlie fue debido a mi intervención personal. Por tanto, es mi deber añadir estos nuevos eslabones a la cadena de acontecimientos y recogerla en el mismo lugar en que, tan sólo por el momento, la ha soltado el señor Hartright. Llegué a Limmeridge el viernes 2 de noviembre. Pensaba permanecer en casa del señor Fairlie hasta la llegada de Sir Percival Glyde. De llegar a fijar la fecha de la boda de Sir Percival con la señorita Fairlie, yo regresaría a Londres con las instrucciones necesarias para ocuparme en seguida de preparar el contrato de matrimonio para la futura esposa. No tuve el honor de saludar al señor Fairlie el mismo viernes. Desde hacia años era, o se figuraba ser, un enfermo y no se encontró con fuerzas para concederme una entrevista. El primer miembro de la familia que vi fue a la señorita Halcombe. Me recibió en la puerta de la casa, y me presentó al señor Hartright, que vivía en aquella desde hacía algún tiempo. No vi a la señorita Fairlie hasta muy avanzado el día, a la hora de cenar. No tenía muy buen aspecto y me dio pena advertirlo. Es una criatura encantadora, dulce y amable, tan amistosa y atenta con todos los que la rodean como lo fue su admirable madre, aunque hablando de su físico, es el retrato de su padre. La señora Fairlie tenía ojos y pelo oscuros, y su hija mayor, la señorita Halcombe me la recuerda mucho. La señorita Fairlie tocó aquella noche el piano, pero me pareció que no tan bien como otras veces. Jugamos una partida de whist. Fue una verdadera profanación lo que hicimos de este noble juego. Me hizo muy buen efecto el señor Hartright desde que me lo presentaron, pero pronto descubrí que su comportamiento acusaba las taras naturales de su edad. Hay tres cosas que ninguno de los jóvenes de la presente generación son capaces de hacer. No pueden saborear el vino, no pueden jugar al whist y tampoco pueden decirle un piropo a una dama. El señor Hartright no era una excepción a la regla común. Aparte de esto en esos pocos días y en el poco tiempo que lo traté me pareció un joven modesto y al que poco faltaba para ser un caballero. Así, pues, transcurrió el viernes. No aludo a los asuntos más importantes que ocuparon ese día mi atención,la carta anónima a la señorita Fairlie, las medidas que juzgué oportuno adoptar cuando me comunicaron lo sucedido y la convicción que tenía de que toda posible explicación de los hechos íbamos a obtenerla sin problemas de Sir Percival, ya que todo se ha expuesto, según creo, en el relato anterior. El sábado se marchó el señor Hartright antes de que yo bajase a desayunar. La señorita Fairlie no salió de su cuarto en todo el día y me pareció que la señorita Halcombe no estaba muy animada. La casa no era ya lo que fue en tiempo del señor Philip Fairlie y su señora. Me fui a dar un paseo yo solo hasta el mediodía; anduve por lugares que había descubierto cuando estuve en Limmeridge la primera vez, hacía treinta años, para tratar algún asunto de familia. Pero tampoco eran lo que habían sido. A las dos de la tarde el señor Fairlie me mandó un recado diciendo que se encontraba lo suficientemente bien como para recibirme. El sí que no había cambiado en ningún aspecto desde que le conocí. Su conversación giraba en torno al mismo tema que siempre; él mismo, sus dolencias, sus maravillosas monedas y sus incomparables aguafuertes de Rembrandt. En cuanto pretendí enfocar la conversación hacia el asunto que me había llevado a aquella casa, cerró los ojos y dijo que le «trastornaba». Persistí en trastornarle volviendo una y otra vez sobre el mismo punto. Mas todo lo que pude sacar en claro fue que consideraba el matrimonio de su sobrina como una cosa hecha que su padre había sancionado y que él tambien sancionaba; que era un matrimonio envidiable y que personalmente estaría encantado cuando terminasen las molestias que ocasionaba aquel asunto. En cuanto a los contratos, podía consultar con su sobrina y luego estudiar todo lo que me pareciese, dado lo bien que yo conocía todos los asuntos de familia, para prepararlo todo y limitar su participación en el asunto a decir su «sí» de tutor en el momento convenido, porque por supuesto apoyaría con infinito placer mis deseos y los de todos los demás. Mientras tanto, yo podía ver cómo estaba, un pobre enfermo condenado a vivir encerrado en su cuarto. ¿Acaso me parecía que quería que le atormentasen? No. Pues entonces, ¿por qué atormentarlo? Quizá me hubiera asombrado de esta increíble ausencia de responsabilidad e interés por parte del señor Fairlie en su calidad de tutor, si no estuviese tan enterado de los asuntos de la familia como para recordar que el señor Fairlie era un hombre soltero y que la propiedad de Limmeridge sólo le interesaba por cuanto él la habitaba. Así que, tal y como se hallaban las cosas, no salí ni sorprendido ni decepcionado por el resultado de la entrevista. El señor Fairlie simplemente había justificado mis expectativas, sin más. El domingo fue un día gris dentro y fuera de la casa. Llegó una carta para mí del procurador de Sir Percival Glyde acusando recibo de mi informe y de la copia del anónimo. La señorita Fairlie se reunió con nosotros por la tarde; estaba pálida y desanimada, muy distinta de como era ella siempre. Habló un rato conmigo, y en la conversación me aventuré a mencionar de paso a Sir Percival. Escuchó y no contestó nada. Cuando hablamos de otras cosas seguía muy gustosa la conversación, pero pasó en silencio este tema. Empecé a sospechar que tal vez estaba arrepentida de su comprorniso, y tal como les pasa a muchas jóvenes el arrepentimiento llega demasiado tarde. El lunes llegó Sir Percival Glyde. Le encontré, tanto en su aspecto como en sus modales, sumamente atractivo. Me pareció algo más viejo de lo que esperaba, su frente se ensanchaba en una calvicie y su rostro parecía rugoso y gastado. Pero sus movimientos eran tan ágiles y su alegría tan contagiosa como los de un muchacho. Saludó a la señorita Halcombe con una cordialidad deliciosa y natural, y cuando le fui presentado se mostró tan desenvuelto y afable que enseguida nos tratamos como viejos amigos. La señorita Fairlie no se hallaba presente cuando llegó, pero entró en el cuarto unos diez minutos después. Sir Percival se levantó y la saludó con elegante distinción. Expresó con ternura y respeto su evidente preocupación al ver el triste cambio que se había producido en el aspecto de la joven y la delicadeza y el recato de su tono, de su voz, de sus palabras, pusieron de manifiesto al mismo tiempo su refinada educación y su buen sentido. A pesar de estas circunstancias vi con sorpresa comó la señorita Fairlie continuaba cohibida y violenta en su presencia, y a la primera oportunidad se fue del salón. Sir Percival pareció no darse cuenta ni de su cohibición en el momento de saludarlo, ni de su repentino abandono de nuestra reunión. Mientras estuvo presente no la agobió con sus cumplidos, y cuando salió no turbó a la señorita Halcombe comentando su desaparición. Ni en esta ocasión ni en ninguna otra mientras estuve con él en Limmeridge fallaron ni su tacto, ni su buen gusto. En cuanto la señorita Fairlie salió del salón él mismo nos evitó el embarazoso deber de empezar a hablar del anónimo, abordando el tema por su propia iniciativa. Volviendo de Hampshire se había detenido en Londres, había visto a su procurador y había leído los documentos que yo envié, poniéndose inmediatamente en camino para Cumberland, ansioso de tranquilizarnos ofreciendo la explicación más rápida y completa que puede formularse con palabras. Al oírlo expresarse en ese sentido le mostré la carta original que conservaba para que él la estudiase. Me dio las gracias y se negó a leerla, diciendo que ya había visto la copia y que deseaba que el original quedase en nuestras manos. Las aclaraciones que nos dio inmediatamente eran tan claras y satisfactorias como yo había esperado que fuesen. Nos contó que la señora Catherick le había prestado hacía varios años algunos señalados servicios a él y a otras personas de su familia. Fue doblemente desgraciada por casarse con un hombre que la abandonó y porque su única hija tenía desde muy temprana edad, perturbadas sus facultades mentales. Aunque al casarse se había establecido en una región de Hamsphire muy alejada de donde se hallaban las posesiones de Sir Percival Glyde, éste procuró no perderla nunca de vista; sus sentimientos amistosos hacia la pobre mujer, que le guardaba en consideración a los servicios prestados, estaban reforzados en gran medida por la admiración que despertaba en él la paciencia y el valor con que sobrellevaba sus calamidades. Al correr del tiempo, los síntomas de la dolencia mental de su desgraciada hija se agravaron tanto que se hizo necesario someterla a los cuidados de un médico. La misma señora Catherick reconocía aquella necesidad, pero a la vez experimentaba esa repugnancia natural en una persona modesta y respetable ante la idea de recluir a su hija en un manicomio de beneficencia como si fuese una indigente. Sir Percival respetó su prejuicio, como respetaba toda libertad de sentimientos en cualquiera de las clases sociales, y para pagar de algún modo a la señora Catherick la lealtad que había demostrado en otros tiempos hacia él y hacia su familia, resolvió sufragar los gastos de la estancia y tratamiento de su hija en un sanatorio particular y de su confianza. Con gran sentimiento de la madre y de él mismo, la pobre criatura había descubierto la parte que las circunstancias le indujeron a tomar en su reclusión y había concebido, como es lógico, el mayor odio y desconfianza hacia él. El anónimo que había escrito después de su escapada era una consecuencia obvia de este odio y desconfianza de los cuales había dado varias pruebas también mientras estuvo recluída. Si la impresión que la carta anónima causó en la señorita Halcombe o en el señor Gilmore contradecía sus manifestaciones, o si deseaban algunos detalles más del mismo manicomio —nos facilitó sus señas—, así como los nombres de los dos médicos que dieron los certificados necesarios para realizar el ingreso, estaba dispuesto a contestar cualquier pregunta y disipar cualquier duda. Había cumplido con su deber respecto a la infeliz muchacha dando órdenes a su procurador para que no ahorrase ni dinero ni molestias en buscarla y ponerla de nuevo al cuidado de los médicos que la trataban. Ahora sólo deseaba cumpiir con su deber respecto a la señorita Fairlie y su familia de la misma manera noble y recta. Fui el primero en contestar a esta declaración. Veía con claridad la conducta que debía seguir. Una de las grandes perfecciones de la Ley es la de que puede discutir cualquier aseveración humana hecha en cualquier circunstancia y expresada en cualquier forma. Si se hubiesen requerido mis servicios profesionales para presentar un pleito contra Sir Percival, en base a su propia declaración, sin duda alguna hubiera podido conseguirlo. Pero mi deber no era ése; mis funciones eran puramente de orden judicial. Tenía que sopesar la explicación que habíamos escuchado; debía concederle toda la fuerza que le prestaba la intachable reputación del caballero que nos la ofrecía y decidir honradamente si las probabilidades presentadas por el mismo Sir Percival eran francamente favorables o desfavorables. Abrigaba la convicción de que le eran favorables y le declaré honradamente que, a mi parecer, su explicación era plenamente satisfactoria. La señorita Halcombe, después de mirarme con gravedad, dijo por su parte algunas palabras en el mismo sentido, pero con cierta vacilación que no me pareció muy apropiada en semejantes circunstancias. No puedo afirmar que Sir Percival Glyde se diera cuenta de ello. Mi opinión es que se dio y por eso decidió volver a tratar del asunto, aunque podía, con toda propiedad, darlo por concluido. —Si esta sincera exposición de los hechos hubiera sido dirigida sólo al señor Gilmore —dijo—, hubiera considerado innecesario volver a insistir en este desagradable asunto. Me atrevo a pensar que el señor Gilmore, como caballero, se fiará de mi palabra y, una vez hecha esta justicia, ha terminado la discusión entre nosotros. Pero mi actitud con respecto a una señorita no es la misma. Le debo (a lo que no hubiera accedido con ningún hombre) una prueba de la autenticidad de mi explicación. Usted no puede solicitar esta prueba, señorita Halcombe, pero es mi deber hacia usted, y más aún hacia la señorita Fairlie, el ofrecerla. ¿Puedo pedirle a usted que escriba ahora mismo a la madre de esa pobre mujer, a la señora Catherick, pidiéndole una confirmación de todo cuanto les he dicho? Vi que la señorita Halcombe palidecía y parecía turbada. A pesar de la delicadeza con que había expresado su sugerencia Sir Percival, tanto ella como yo comprendimos que estaba contestando con gran comedimiento a la duda que su comportamiento acababa de delatar. —Espero, Sir Percival, que no me hará la injusticia de pensar que desconfío de usted —dijo con rapidez. —Por supuesto que no, señorita Halcombe. Hago mi propuesta únicamente por atención a usted. ¿Me perdonará mi obstinación si me atrevo a repetirla? Diciendo esto fue hacia el escritorio, acercó una silla y abrió el cajón para sacar papel. —Permítame suplicarle que escriba la carta —insistió—, como un favor personal. No la ocupará más que unos minutos. Sólo tiene que preguntar a la señora Catherick dos cosas. Primera, si su hija ha sido recluída en el sanatorio con su conformidad y conocimiento. Segunda, si yo merezco su gratitud por la parte que he tomado en ello. El señor Gilmore está ya completamente tranquilo respecto a este desdichado asunto..., y usted también lo está. Así que por favor deme a mí ahora esa tranquilidad escribiendo esta nota. —Me obliga usted a satisfacer su ruego, sir Percival, aunque preferiría denegarlo. Con estas palabras la señorita Halcombe se levantó de su asiento y fue hacia el escritorio. Sir Percival le dio las gracias, le alargó una pluma y regresó a su sitio junto a la chimenea. Sobre la alfombrilla estaba tendido el galgo italiano de la señorita Fairlie. Sir Percival tendió la mano hacía él y lo llamó con voz apacible. —Ven aquí, Mina —dijo—; nosotros nos conocemos ¿verdad? El animalito, tan cobarde y cabezota como suelen serlo los perros favoritos, le miró con furia, se desvió de la mano que se le extendía, se estremeció, dio un ladrido quejumbroso y se ocultó bajo el sofá. Es absurdo pensar que Sir Percival se hubiera desconcertado porque un perro le recibiese de tal manera mas, no obstante, observé que de pronto se retiró hacia la ventana. Quizá era de natural irascible. Si es así, podría comprenderlo. Yo también soy irascible algunas veces. La señorita Halcombe no tardó en escribir la carta. Cuando terminó se levantó del escritorio y se la alargó a Sir Percival. Este se inclinó, la aceptó, la dobló inmediatamente, sin echar ni una ojeada a su contenido, la selló, escribió las señas y se la devolvió en silencio. En mi vida he visto nada que se hiciera con mayor soltura y gracia. —¿Insiste usted en que yo envíe esta carta, Sir Percival? —dijo la señorita Halcombe. —Le suplico que la envíe usted —contestó—. Y ahora que está escrita y sellada permítame que le haga dos o tres últimas preguntas referentes a la desventurada mujer a quien se refiere. He leído la comunicación que el señor Gilmore tuvo la amabilidad de remitir a mi procurador describiendo las circunstancias bajo las cuales habían identificado a la autora del anónimo. Pero hay algunos puntos sobre los que esa nota no dice nada. ¿Anne Catherick vio a la señorita Fairlie? —Por supuesto que no —dijo la señorita Halcombe. —¿La vio usted? —No. —¿Entonces no vio a nadie de la casa salvo a un cierto señor Hartright que accidentalmente la encontró en el cementerio? —A nadie más. —El señor Hartright estaba en Limmeridge como profesor de dibujo, según he oído. ¿Es miembro de una de las sociedades de acuarelistas? —Creo que sí —constestó la señorita Halcombe. Calló durante algunos instantes, como si estuviese pensando en estas últimas palabras, y añadió: —¿Han averiguado ustedes dónde vivía Anne Catherick mientras estuvo aquí? —Sí, en una granja del páramo que se llama Todd's Corner. —Todos tenemos ante esa desgraciada criatura, el deber de seguir su pista —continuó diciendo Sir Percival—. Puede haber dicho en Todd's Corner algo que nos haga posible encontrarla. Voy a ir allí para ver si consigo averiguar algo. Mientras tanto, señorita Halcombe, como no puedo tratar yo mismo este penoso tema con la señorita Fairlie, ¿sería demasiado pedirle que le diese usted las explicaciones necesarias, no antes, por supuesto, de que llegue la respuesta a la carta? La señorita Halcombe prometió hacerlo. Le dio las gracias, saludó sonriente y nos dejó para dirigirse a sus habitaciones. Cuando abría la puerta, el galgo cabezota asomó su larga cabeza bajo el sofá, le ladró y le enseñó los dientes. —Una buena mañana de trabajo, señorita Halcombe —dije en cuanto nos quedamos solos—. Ya hemos terminado con las preocupaciones que nos embargaban. —Sí —repuso ella—. Sin duda. Me alegro mucho de que esté usted satisfecho. —¡De que yo esté satisfecho! De seguro que con esa carta en sus manos también lo estará usted. —Sí... ¿cómo es posible otra cosa? Ya sé que es imposible —siguió diciendo dirigiéndose más a sí misma que a mí— pero estoy a punto de lamentar que Walter Hartright no se hubiese quedado más tiempo para poder presenciar esta explicación y escuchar esta propuesta de escribir la carta. Quedé un poco sorprendido y... quizá también, un poco irritado por estas últimas palabras. —Es cierto que los acontecimientos han hecho que el señor Hartright tenga que ver bastante con la historia del anónimo —contesté—, y estoy dispuesto a admitir que en todo momento se ha comportado con gran delicadeza y discreción. Pero no acabo de comprender qué influencia provechosa hubiera podido ejercer su presencia sobre el efecto que hayan podido hacernos a usted o a mí las justificaciones de Sir Percival. —Era una absurda fantasía —dijo distraída—. No vale la pena hablar de ello. Su experiencia debe ser, y lo es, la mejor guía a que puedo aspirar, señor Gilmore. No me agradó demasiado ver que dejaba sobre mí el peso de toda la responsabilidad de una taxativa. Si lo hubiese hecho el señor Fairlie no me hubiera sorprendido pero la resuelta e inteligente señorita Halcombe era la última persona de este mundo de la que yo pudiese esperar que soslayara el exponerme su propia opinión. —Si existe todavía alguna duda que le preocupa —dije—, ¿por qué no me la confiesa en seguida? Dígame francamente, ¿tiene algún motivo para desconfiar de Sir Percival Glyde? —Ninguno. —¿Ve usted algo inverosímil o contradictorio en su explicación? —¿Cómo voy a decir que lo veo después de la prueba de su veracidad que me ha ofrecido? ¿Puede haber otro testimonio más a su favor, señor Gilmore, que el de la misma madre de la mujer? —Ninguno. Si la contestación de su carta es satisfactoria, yo por lo menos no sé si un amigo de Sir Percival puede exigirle más. —Entonces vamos a enviar la carta al correo —dijo levantándose para marcharse— y no tratemos más este tema hasta que llegue la respuesta. No dé importancia a mis dudas. No tienen otra justificación sino la de que estos días pasados estuve demasiado preocupada por Laura; y las preocupaciones, señor Gilmore, acaban trastornando a cualquiera por muy fuerte que sea. Dio la vuelta bruscamente y salió de prisa. Su voz, tan firme de ordinario, tembló al decir estas últimas palabras. Tenía una naturaleza apasionada, vehemente y sensible, mujeres como ella se encuentran una entre diez mil en estos tiempos triviales y superficiales. La conocía desde su niñez, la había visto afrontar, mientras crecía, más de una penosa crisis familiar, y mi larga experiencia me hizo dar importancia a sus vacilaciones en las circunstancias que acabo de describir como no se la hubiera dado a las de ninguna otra mujer en caso semejante. No veía causa alguna para que dudase o se preocupase y, sin embargo, consiguió transmitirme sus dudas y preocupaciones. En mi juventud me hubiera irritado e indignado conmigo mismo por la irrazonable intranquilidad de mi ánimo. Pero los años me habían dado mayor comprensión, lo tomé con filosofía y me fui a dar un paseo. II Nos volvimos a reunir todos a la hora de cenar. Sir Percival se hallaba de buen humor, tan exultante que apenas reconocí en él al hombre cuyo tacto, refinamiento y buen sentido tanto me habían impresionado durante nuestra conversación de la mañana. Lo único que había quedado de su anterior personalidad, y que se manifestaba de manera constante era, como pude observar, su modo de tratar a la señorita Fairlie. Una palabra o una mirada de ella eran suficientes para cortar su carcajada más estrepitosa, para refrenar la festiva fluidez de su discurso y para concentrar en ella toda su atención prescindiendo de los demás comensales. Aunque nunca trató abiertamente de hacerla intervenir en la conversación, no perdía la menor ocasión que ella le daba para hacerle expresar su opinión o para decirle, aprovechando las circunstancias, palabras que otro hombre de menor tacto y delicadeza le hubiera dedicado sin preámbulos. Me sorprendió ciertamente el hecho de que la señorita Fairlie parecía darse cuenta de sus atenciones, sin mostrarse emocionada por ellas. Cuando él la miraba o le dirigía la palabra se turbaba un poco, pero jamás demostró que le agradase ni que lo agradeciese. La fortuna, el rango, la buena crianza y la buena presencia, el respeto de un caballero añadido a la devoción del amante, todo estaba humildemente depositado a sus pies, pero las apariencias eran de que estaba depositado en vano. Al día siguiente, que era martes, Sir Percival fue por la mañana a Todd's Corner, llevando un criado como guía. Mas, según supe más tarde, sus pesquisas no aportaron ningún resultado. Cuando volvió tuvo una entrevista con el señor Fairlie, y por la tarde salió a caballo con la señorita Halcombe. No sucedió nada más que merezca recordarse. La tarde transcurrió sin novedad y no advertí cambio alguno en Sir Percival ni en la señorita Fairlie. El correo del miércoles nos trajo un acontecimiento: la respuesta de la señora Catherick. Copié aquel documento, que he conservado, por lo que ahora puedo reproducirlo aquí. Decía lo siguiente. «Señora: Acuso recibo de su carta, en la que me pregunta si mi hija Anne estuvo sometida a tratamiento médico con mi autorización y conformidad y si la participación que tuvo en ello sir Percival Glyde merece mi gratitud hacia este caballero. Tengo el gusto de enviarle mi respuesta afirmativa a ambas cuestiones, y créame su solícita servidora, JANE ANNE CATHERICK» Corta, seca y concisa, aquella carta se parecía demasiado a una carta de negocios para ser escrita por una mujer y su contenido ofrecía una confirmación tan contundente como sólo podía desear sir Percival. Esta fue mi opinión, y, con algunas reservas, fue también la de la señorita Halcombe. Cuando le enseñamos la carta a Sir Percival no se sorprendió por su tono cortante y seco. Nos dijo que la señora Catherick era mujer de pocas palabras, sobria, recta y sin imaginación, que escribía con tanto laconismo y sencillez como hablaba. Una vez recibida la respuesta satisfactoria que esperábamos, había que comunicar a la señorita Fairlie las aclaraciones presentadas por Sir Percival. La señorita Halcombe se encargó de hacerlo y salió del salón para subir a ver a su hermana pero muy pronto volvió a entrar y se sentó junto al sillón en que yo me hallaba leyendo el períódico. Sir Percival acababa de salir para visitar las cuadras, y en la habitación no estábamos más que nosotros dos. —Supongo que hemos hecho honestamente todo lo que podemos —dijo ella dando vueltas entre sus manos a la carta de la señora Catherick. —Si somos amigos de Sir Percival, lo conocemos y confiamos en él, hemos hecho todo lo que debíamos y aún más de lo que era necesario —contesté un poco molesto por aquella reincidencia en las dudas—, pero si somos enemigos que sospechamos de él... —No hay por qué pensar en esta alternativa —interrumpió—. Somos amigos de Sir Percival, y si la generosidad y la paciencia se pudieran añadir a la consideración que nos merece, deberíamos ser también admiradores suyos. ¿Sabe usted que ayer vio al señor Fairlie y que después salió conmigo? —Sí, vi que salieron ustedes dos a caballo. —Al empezar el paseo hablamos de Anne Catherick y de la manera tan extraordinaria en que la encontró el señor Hartright. Pero dejamos pronto este tema y Sir Percival habló de su compromiso con Laura en los términos más desinteresados. Dijo que ya había notado que ella está muy abatida y se inclina a achacar a esta historia el cambio que observa en el modo de tratarlo, mientras no se le ofrezca otra explicación. Sin embargo, si hubiese alguna causa más sería para el cambio, suplicaría que ni el señor Fairlie ni yo forzáramos sus inclinaciones. Todo lo que él pediría en este caso sería que por última vez ella recordase las circunstancias en las cuales se prometieron y la conducta que él había seguido desde el principio de su noviazgo hasta el momento actual. Si después de considerar debidamente estos dos argumentos, manifestara un serio deseo de que él renunciase a su pretensión de conseguir el honor de ser su esposo y así se lo dijera ella misma clara y abiertamente, se sacrificaría dejándola perfectamente libre para romper el compromiso. —Ningún hombre podría decir más, señorita Halcombe. Sé por experiencia que muy pocos en su caso hubieran dicho tanto. Se calló cuando yo dije estas palabras, y me contempló con una singular expresión, entre perpleja y desolada. —Ni acuso a nadie ni sospecho nada —prorrumpió bruscamente—, pero no puedo ni quiero cargar con la responsabilidad de persuadir a Laura para que se case. —Esta es exactamente la actitud que le ha indicado Sir Percival que tome usted —repliqué con asombro—. Le ha suplicado que no fuerce sus inclinaciones. —E indirectamente me obliga a que la fuerce si le transmito su mensaje. —¿Cómo es posible? —Consulte con usted mismo, señor Gilmore, conociendo a Laura como la conoce. Si le digo que reflexione sobre las circunstancias de su compromiso apelo a la vez a los dos sentimientos más intensos de su naturaleza: su devoción a la memoria de su padre y su estima estricta por la verdad. Usted sabe que jamás en su vida ha faltado a su palabra, usted sabe que contrajo este compromiso al comienzo de la fatal enfermedad de su padre y que éste, en su lecho de muerte, hablaba con esperanza e ilusión de su boda con Sir Percival Glyde. Confieso que me sorpendió su manera de enfocar las cosas. —¿No querrá decir—repuse— que cuando Sir Percival le habló ayer esperaba obtener con su proposición los mismos resultados que acaba usted de mencionar? Su rostro abierto y valiente me contestó antes de que hablase. —¿Cree usted que soportaría un instante la presencia de un hombre al que sospechase capaz de una bajeza similar? —preguntó furiosa. Me agradó advertir la viva indignación con que pronunció aquellas palabras. Por mi profesión estoy acostumbrado a ver mucha malicia y muy poca indignación. —En ese caso —añadí—, permítame que le advierta que se está apartando de la cuestión. Sean las que sean las consecuencias, Sir Percival tiene derecho a esperar que su hermana considere desde todos los puntos de vista su compromiso antes de pretender romperlo. Si esta desdichada carta le ha hecho desconfiar, vaya en seguida y dígale que se ha justificado perfectamente a los ojos de usted y a los míos. ¿Que objeción puede alegarnos después de ésto? ¿Que excusa puede oponer para que cambie de este modo el concepto que tenía de un hombre al que virtualmente considera su prometido desde hace dos años? —A los ojos de la ley y de la razón no hay excusa, señor Gilmore, tengo que confesarlo. Si aún duda y lo hago yo, achaque nuestra extraña conducta, si así lo desea, a un capricho por parte de las dos y soportaremos esa imputación lo mejor que podamos. Con estas palabras se levantó bruscamente y salió del salón. Cuando una mujer sensata, ante una pregunta seria, sale con evasivas, es señal indefectible, en el noventa y nueve por ciento de los casos, de que tiene algo que ocultar. Volví a coger el periódico, sospechando seriamente que la señorita Halcombe y la señorita Fairlie guardaban un secreto que no nos confesaban ni a Sir Percival ni a mí. Lo creí cruel respecto a nosotros dos, sobre todo para Sir Percival. Mi duda, o dicho con más propiedad, mi convicción, me la confirmó la propia señorita Halcombe con sus palabras y su actitud cuando nos volvimos a ver aquella misma tarde. Me dio cuenta de su entrevista con su hermana de una manera concisa y con una reserva sospechosa. Por lo visto la señorita Fairlie había escuchado serenamente su explicación de que el asunto de la carta estaba aclarado; pero cuando la señorita Halcombe comenzó a decirle que el objeto de la visita de Sir Percival a Limmeridge era convenir con ella el día definitivo de la boda, no quiso escuchar nada más sobre el tema y suplicó que le dieran tiempo. Si es que Sir Percival consentía en no insistir de momento, se comprometía a darle su respuesta final antes de terminar el año. Se mostró tan ansiosa e inquieta al pedir esta prórroga que la señorita Halcombe le había prometido emplear su influencia si fuera necesario para conseguirlo. Con ello se terminó, por deseo expreso de la señorita Fairlie, su conversación en lo que se refería a la boda. Esta solución exclusivamente temporal, que tal vez podía satisfacer a la joven le pareció algo embarazosa al autor de estas líneas. El correo de la mañana había traído una carta de mi socio que me obligaba a regresar a la ciudad al día siguiente en el tren de la tarde. Era muy probable que no encontrase otra oportunidad de desplazarme a Limmeridge en lo que quedaba del año. Suponiendo que la señorita Fairlie se decidiese al fin a mantener su compromiso, sería indispensable que yo me pusiese de acuerdo con ella antes de establecer el contrato de matnmonio, lo cual iba a ser totalmente imposible, por lo que nos veríamos obligados a tratar por escrito cuestiones que deben tratarse siempre de viva voz y frente a frente. Sin embargo no dije nada a propósito de aquella dificultad hasta que se consultó con Sir Percival si accedía a conceder la prórroga deseada. Era un caballero demasiado galante para no concederla inmediatamente. Cuando la señorita Halcombe me lo comunicó le dije que tenía absoluta necesidad de hablar con su hermana antes de dejar Limmeridge, y decidimos que vería a la señorita Fairlie la mañana próxima en su salón particular. No bajó a cenar ni nos acompañó en nuestra velada. Se disculpó pretextando una indisposición, y me pareció que a Sir Percival le contrarió oírlo, cosa perfectamente lógica. A la mañana siguiente, en cuanto terminamos de desayunar, subí al salón de la señorita Fairlie. La pobre muchacha estaba tan pálida y triste, y se adelantó a saludarme con tanto apresuramiento y simpatía, que el discurso que pensaba expresarle mientras subía la escalera acerca de sus caprichos y vacilaciones se me vino abajo en cuanto la vi. La acompañé hasta la silla que ocupaba cuando entré, sentándome yo enfrente. Su galgo cabezota estaba en la habitación y yo no esperaba otra cosa que me saludara ladrando y enseñando los dientes. Pero, ¡cosa extraña!, la mimada bestezuela defraudó mis expectativas saltando sobre mis rodillas en cuanto me senté, y husmeando familiarmente mis manos con su puntiagudo hocico. —Usted solía sentarse sobre mis rodillas cuando era niña, querida, —le dije—, y ahora parece que su perrito está dispuesto a sucederla sentándose en el trono vacío. ¿Es obra suya este precioso dibujo? Señalé, al decirlo, un álbum que había sobre la mesa junto a ella y que evidentemente estaba hojeando cuando llegué. Estaba abierto en una página que mostraba un paisaje pintado a la acuarela y logrado con gran finura. Este dibujo fue el que suscitó mi pregunta, bastante insulsa por cierto, pero ¿cómo empezar hablándole de negocios ya en el instante de abrir la boca? —No, —dijo mirando con cierta confusión hacia otra parte— no es obra mía. Recuerdo que desde niña tenía la costumbre de no dar jamás descanso a sus dedos y de juguetear con lo primero que tuviese a mano mientras alguien le hablaba. En esta ocasión sus dedos manejaron el álbum acariciando distraídamente los márgenes de la acuarela mientras la expresión de su rostro se fue haciendo más melancólica. Ni miraba el álbum ni a mí. Sus ojos iban de un lado al otro por la habitación, haciéndome comprender que sospechaba el motivo de mi visita. Pensé que lo mejor sería ir directamente a la cuestión. —Querida mía, uno de los motivos que me traen aquí es despedirme de usted —comencé diciendo—. Tengo que volver a Londres hoy mismo, pero antes de marcharme quiero hablar con usted sobre un asunto de su propio interés. —Siento mucho que se vaya, señor Gilmore —me dijo, mirándome con cariño—. Ahora que está usted aquí es como si volvieran los felices viejos tiempos. —Espero volver alguna vez y despertar de nuevo tan agradables recuerdos —continué— pero como el futuro es incierto tengo que aprovechar esta oportunidad para hablarle ahora. Soy un viejo amigo y su abogado de toda la vida; por eso me permito referirme a su posible matrimonio con Sir Percival Glyde, en la seguridad de que no voy a ofenderla. Separó tan bruscamente la mano del álbum como si de repente se hubiese convertido en fuego que la abrasaba. Sus dedos se entrelazaron nerviosos sobre su regazo, fjó la mirada en el suelo y adquirió una expresión tan contraída que más bien parecía sentir dolor físico. —¿Es absolutamente necesario que hablemos de mi matrimonio? —preguntó en voz muy baja. —Es necesario que nos refiramos a ello —contesté—, pero no hace falta insistir sobre ese punto. Pensemos únicamente en que usted se puede casar o puede no hacerlo. En el primer caso tendría que disponer el contrato, y sería desconsiderado por mi parte prepararlo sin haber consultado con usted. Quizá sea esta la única ocasión en la que yo pueda conocer sus deseos. Vamos a suponer por un momento que usted se casa, y permítame que le diga con la mayor brevedad posible cuál es su situación y cuál será, si usted lo desea, en el futuro. Le expliqué cuál era el propósito de un contrato matrimonial y le informé con detalte sobre las perspectivas que le esperaban; primero al alcanzar su mayoría de edad y después al morir su tío, señalando la diferencia existente entre las propiedades en usufructo y las que poseía en propiedad. Me escuchó con atención, la expresión de tensión no abandonaba su rostro, y sus manos seguían nerviosamente entrelazadas sobre su regazo. —Y ahora —dije, para terminar—, dígame si quiere usted que establezca en el contrato alguna cláusula, a reserva desde luego de la autorización de su tutor, puesto que no es mayor de edad. Se agitó en la silla con desasosiego, y de pronto me miró de frente, muy seria. —Si eso ocurre —comenzó débilmente—, si yo... —Si usted se casa —dije para ayudarla. —¡No deje usted que él me separe de Marian! —gritó, en un arranque de súbita energía—: ¡Oh, señor Gilmore, por favor, haga constar la condición de que Marian tiene que vivir siempre conmigo! En otras circunstancias quizá hasta me hubiese divertido esta interpretación tan esencialmente femenina de la pregunta que acababa de hacerle y de mi extensa explicación precedente. Pero acompañaron sus palabras una mirada y tono de voz que no sólo me hicieron tomarlas en serio, sino que me entristecieron profundamente. Sus palabras descubrían su ansia desesperada por asirse al pasado y presagiaban un funesto porvenir. —El que Marian Halcombe viva con usted puede establecerse fácilmente en un contrato privado —le dije—. Pero creo que no ha entendido mi pregunta. Yo me refería a su fortuna..., a las disposiciones que usted deseara tomar acerca del empleo de su dinero. Supongamos que usted tiene que hacer su testamento, cuando sea mayor de edad, ¿a quién querrá dejar su dinero? —Marian ha sido para mí hermana y madre a la vez —repuso aquella muchacha buena y leal y sus ojos azules brillaron cuando habló—. ¿Podría dejárselo a Marian, señor Gilmore? —Desde luego, querida mía —contesté—; pero recuerde que se trata de una gran cantidad de dinero. ¿Se lo querría dejar todo a la señorita Halcombe? Calló, vaciló; se puso pálida y luego encendida y su mano volvió a posarse en el álbum. —No; todo, no —dijo—. Existe alguien además de Marian... Se detuvo; se ruborizó aún más, y sus dedos, que descansaban sobre el álbum, golpearon ligeramente el borde de la acuarela como si su memoria les hiciera recordar mecánicamente una tonada favorita. —¿Quiere usted decir que hay alguna otra persona de la familia además de la señorita Halcombe? —sugerí yo, viendo que no se atrevía a continuar. El color rojo de sus mejillas se extendió por su frente y su cuello, y sus dedos nerviosos se cerraron bruscamente en el borde del álbum. —Hay alguien más —dijo, sin reparar en mis últimas palabras, aunque era evidente que las habia oído— que apreciaría mucho un pequeño recuerdo si... si yo pudiera dejárselo. No habría mal en ello, si yo me muero antes... Se calló de nuevo. Con la misma rapidez con que sus mejillas se ruborizaron primero, volvieron a palidecer. La mano que reposaba sobre el álbum tembló ligeramente y lo apartó de su lado. Me miró un instante, volvió la cabeza al otro lado. Su pañuelo cayó al suelo y se apresuró a ocultar su rostro entre las manos. ¡Qué tristeza! Recordaba aquella niña vivaracha y más feliz que cualquier otra niña, que pasaba días enteros riendo y la contemplaba ahora —en la flor de su edad y de su belleza— destrozada y abatida. La pena que me inspiraba me hizo olvidar que los años habían pasado, olvidé el cambio que suponía para nuestra relación. Acerqué mi silla a la suya, recogí su pañuelo y separé con suavidad sus manos del rostro. —No llore, querida mía —le dije, secando con mi mano las lágrimas que nublaban sus ojos, como si continuase siendo la pequeña Laura de hacía diez largos años. Fue la mejor manera que pude hallar para calmarla. Apoyó su cabeza en mi hombro y sonrió débilmente a través de sus lágrimas. —Cuánto siento haberme comportado de este modo —declaró con sencillez—. No me encontraba muy bien, me he sentido muy nerviosa y débil estos últimos días y muchas veces lloro sin razón cuando estoy sola. Ya me encuentro mejor y puedo contestarle como es debido, señor Gilmore, de veras puedo hacerlo. —No, no —repliqué—. Demos por terminada la cucstión por ahora. Ya me ha dicho usted bastante para que sepa lo que tengo que hacer y lo que más convenga a sus intereses. Dejemos los detalles para otra ocasión. Vamos a olvidarnos de los negocios, hablemos de otras cosas. Y en seguida llevé la conversación por otro camino. A los diez minutos se había calmado y me levanté para despedirme. —Vuelva —dijo con gravedad—. Trataré de responder mejor a su afecto hacia mí y su preocupación por mis intereses cuando vuelva otra vez. Continuaba agarrándose al pasado...., ¡al pasado que yo representaba para ella, a mi manera, como a la suya lo representaba la señorita Halcombe! Me preocupaba profundamente verla mirar para atrás cuando se hablaba del comienzo de su camino exactamente como miro yo ahora cuando me hallo al final del mío. —Si vuelvo, espero encontrarla mejor —le dije—, mejor y más feliz. ¡Dios la bendiga, querida mía! Me contestó ofreciéndome su mejilla para que la besase. Hasta los abogados tienen corazón, y el mío se crispó al despedirme de ella. La entrevista no habría durado más de media hora, y sin que ella dejase entrever con una sola palabra cuál era el misterio de su profunda tristeza y decaimiento ante la idea de casarse, había conseguido ganarme para su causa con el fin de apoyarla en este pleito sin que yo supiera cómo ni por qué. Al entrar en su cuarto estaba persuadido de que Sir Percival tenía completa razón para quejarse de la manera con que le trataba, y cuando salí alimentaba la secreta esperanza de que las cosas terminasen de modo que ella le hiciera cumplir su palabra y rompiera el compromiso. Un hombre de mis años y experiencia debía saber guardarse de dudas tan irrazonables. No puedo buscar disculpas para mi actitud; únicamente puedo contar la verdad, decir: fue así. Se acercaba la hora en que debía marcharme. Envié recado al señor Fairlie diciéndole que esperaría para despedirme de él, si así lo deseaba, pero que tendría que disculparme, pues no disponía de mucho tiempo. Me envió un mensaje escrito a lápiz en una cuartilla que decía: «Reciba mi afecto y mejores deseos, querido Gilmore. Las prisas de todo tipo siempre son indeciblemente perjudiciales para mí. Por favor, cuídese usted. Adiós.» Antes de marcharme me encontré un momento a solas con la señorita Halcombe. —¿Ha dicho usted a Laura todo lo que quería decirle? —preguntó. —Sí —repliqué—. Está muy débil y nerviosa. Me alegro mucho de que la tenga a usted para cuidarla. Los ojos penetrantes de la señorita Halcombe escudriñaron los míos. —Ha variado usted su opinión respecto a Laura —dijo—. Está usted más dispuesto a hacerle concesiones de lo que estaba ayer. No hay hombre sensato que se atreva a sostener un sutil intercambio de palabras con una mujer sin estar preparado para ello. Me limité a contestar: —Téngame al corriente de lo que suceda. No haré nada hasta tener noticias suyas. Siguió mirándome con fijeza. —¡Cuánto desearía que todo hubiera terminado ya, señor Gilmore..., lo mismo que lo desea usted! Y con estas palabras se separó de mí. Sir Percival insistió con extrema cortesía en acompañarme hasta el coche que esperaba a la puerta. —Si alguna vez se encuentra usted cerca de mi casa —me dijo—, no olvide, se lo ruego, que deseo sinceramente que nos conozcamos mejor. El viejo y fiel amigo de esta familia será siempre bienvenido en cualquiera de mis casas. Era un hombre realmente irresistible —cortés, considerado, encantador en su falta de orgullo, un caballero de los pies a la cabeza. Mientras el coche me llevaba a la estación, comprendí que era capaz de hacer cualquier cosa, y con verdadero gusto, para favorecer a Sir Percival Glyde.. Cualquier cosa de este mundo menos prepararle el contrato de matrimonio de su prometida. III Después de mi regreso a Londres transcurrió una semana sin que recibiera noticias de la señorita Halcombe. Al octavo día encontré sobre mi mesa, entre otras cartas, una escrita de su puño y letra. En ella me anunciaba que Sir Percival Glyde había sido aceptado definitivamente, y que el matrimonio se celebraría por expreso deseo del novio, antes de fin de año. Según todas las probabilidades, se casarían en la segunda quincena de diciembre. La señorita Fairlie cumplía veintiún años a finales de marzo. Por tanto si se cumplía lo convenido, sería la esposa de Sir Percival unos tres meses antes de llegar a su mayoría de edad. No debería haberme sorprendido, no debería haberme entristecido; pero sin embargo me sorprendió y entristeció. A estos sentimientos se unía cierta decepción por el laconismo de la señorita Halcombe, y todo ello acabó con mi serenidad para lo que restaba del día. En seis líneas mi corresponsal me anunciaba que la boda estaba concertada; en tres líneas más, me decía que Sir Percival había abandonado Cumberland para retornar a su casa de Hampshire, y en dos frases concluyentes me informaba primero, que Laura necesitaba cambiar de aire y ambiente y, segundo, que había resuelto intentar este cambio y llevar a su hermana a Yorkshire a casa de unos antiguos amigos. Así terminaba la carta sin una palabra que me explicase qué circunstancias habían hecho que la señorita Fairlie aceptase a sir Percival Glyde tan sólo una semana después de que yo la hubiera visto. Algún tiempo después supe la causa que determinó esta rápida decisión. Mas no me corresponde a mí relatarlo, con las imperfecciones que supone una evidencia indirecta. Ya que sucedió en presencia de la señorita Halcombe, ella lo contará cuando le llegue el turno con todo detalle y tal y como sucedió. Mientras tanto, la obligación que me queda por cumplir —antes de que yo, a mi vez deje mi pluma y desaparezca de esta historia— es relatar el único acontecimiento relacionado con el matrimonio de la señorita Fairlie en el que tomé parte activa: es decir, la redacción de su contrato. Es imposible contar de una manera clara cómo hubo de redactarse el documento sin entrar en ciertos detalles referentes al pecunio de la novia. Trataré de ser breve y conciso y de prescindir de oscuros tecnicismos profesionales. El tema es de máxima importancia. Advierto a todos los que lean estas líneas que la herencia de la señorita Fairlie ocupa un lugar muy especial en su historia; y que, en este particular, la intervención del señor Gilmore es indispensable que sea conocida por los que deseen comprender los sucesos que siguen. La herencia que correspondería a la señorita Fairlie procedía de dos partes de distinta índole: una de ellas era una posible herencia que le dejaría al morir su tío en bienes raíces, es decir tierras, y otra una herencia real, propiedad personal, es decir, el dinero que recibiría al alcanzar la mayoría de edad. Vamos a ocuparnos ante todo de las tierras. En tiempos del abuelo paterno de la señorita Fairlie (al que designaremos como señor Fairlie el mayor), la sucesión de las propiedades de Limmeridge se hallaba establecida en las condiciones siguientes: Al morir el señor Fairlie, el mayor, quedaron tres hijos varones: Philip, Frederick y Arthur. Philip, como hijo mayor, heredaría las propiedades de Limmeridge. Si moría sin dejar un hijo varón, la propiedad pasaba al hermano segundo, Frederick, y si éste también moría sin hijo varón, todo quedaba para el tercer hermano, Arthur. Murió primero Philip Fairlie, dejando una hija única, nuestra Laura; por tanto, todas las propiedades, según establecía la ley, pasaron al segundo hermano, Frederick, que estaba soltero. El tercer hermano, Arthur, había muerto muchos años antes de Philip, dejando un hijo y una hija. El hijo se ahogó a los dieciocho años en Oxford, y quedó Laura, hija del señor Philip Fairlie, como presunta heredera de las propiedades de su tío Frederik si éste moría sin dejar descendencia masculina. Por tanto, excepto en el caso de que se casara el señor Frederick Fairlie y dejase un heredero (probablemente las últimas cosas en este mundo que le gustaría hacer), su sobrina Laura sería su heredera, pero, no había que olvidarlo, sólo tendría derecho al usufructo de las propiedades. Si muriese soltera o sin hijos, las propiedades recaerían en su prima Magdalena, hija del señor Arthur Fairlie. Si se casaba, disponiendo el correspondiente contrato —es decir, el contrato que yo había de redactar, disfrutaría de la renta de las fincas (tres mil libras al año, bien contadas). Si moría antes que su marido, éste sería el usufructuario hasta su muerte. Si dejase un hijo varón, éste sería el heredero con preferencia ante su prima Magdalena. Así que al casarse Sin Percival con la señorita Fairlie, esperaba aquél (en lo que se refería a los bienes raíces de su mujer), que a la muerte de su tío Frederick se le presentasen estas dos agradables posibilidades: una, la de disfrutar de la renta anual de tres mil libras (con autorización de su mujer, mientras ésta viviese y por derecho propio si él la sobrevivía), y otra, la herencia de Limmeridge para su hijo si es que lo tuviese. Eso era lo establecido respecto a los bienes raíces y la distribución de sus rentas en lo que afectaba al matrimonio de la señorita Fairlie. En esta parte no era de esperar que surgiese dificultad alguna o desacuerdo entre el abogado de Sir Percival y yo mismo a la hora de establecer el contrato de la esposa. La fortuna personal, o dicho de otra forma, el dinero del que dispondría la señorita Fairlie en cuanto alcanzase su mayoría de edad, es el segundo punto que hay que considerar. Esta parte de la herencia constituía por sí sola una cantidad muy respetable. Se estipulaba en el testamento de su padre y alcanzaba la suma de veinte mil libras. Además disponía del usufructo de la renta de otras diez mil que en caso de su fallecimiento pasarían a su tía Eleonor, única hemana de su padre. Para que los lectores puedan darse cuenta clara y exacta de los asuntos de la familia, será conveniente que me detenga a exponer las razones por las cuales la tía había de esperar a la muerte de su sobrina para entrar en posesión de su legado. El señor Philip Fairlie se mantuvo en perfecta armonía con su hermana Eleonor, mientras ésta permaneció soltera. Mas cuando se casó, ya un poco tarde, con un caballero italiano llamado Fosco (más exactamente, un aristócrata italiano, pues usaba el título de conde) su decisión provocó una reprobación tan severa por parte del señor Fairlie que cortó toda relación con ella y llegó hasta a borrar su nombre de su testamento. Los demás miembros de la familia encontraron que tal manifestación de su resentimiento por el matrimonio de su hermana era más o menos infundado. El conde Fosco no era rico, pero tampoco un pelagatos aventurero. Tenía una renta propia, modesta pero nada despreciable, había vivido muchos años en Inglaterra y ocupaba una excelente posición social. Pero estos méritos no valían nada a los ojos del señor Fairlie. En muchas de sus convicciones era un inglés de la vieja escuela; odiaba a un extranjero simplemente porque era extranjero. Lo más que se consiguió de él al cabo de los años y gracias a la mediación de la señorita Fairlie, fue restituir el nombre de su hermana en el antiguo lugar de su testamento, mas con la condición de que esperase a disponer de su legado, pues su hija percibiría la renta vitalicia del capital, y el propio capital, en el caso de que su tía falleciese antes que ella, pasaría a su prima Magdalena. Considerando las edades de ambas mujeres las posibilidades de la tía, si nada alteraba el curso normal de la vida, de entrar en posesión de las diez mil libras, quedaban reducidas al límite de lo probable y Madame Fosco demostró su resentimiento contra la manera de ser tratada por su hermano con una decisión tan injusta como suele ocurrir en estos casos cuando prohibió a su sobrina la entrada en su casa, resistiéndose a creer que, gracias a la intervención de la señorita Fairlie, su nombre había sido restituido en el testamento del señor Fairlie. Esta era la historia de las diez mil libras. Tampoco aquí había desavenencias con el abogado de sir Percival. La renta estaría a disposición de la esposa, y a su muerte la fortuna iría a su tía o a su prima. Aclaradas todas estas cuestiones previas, llego por fin al punto crucial de la historia. A las veinte mil libras. Esta fortuna sería propiedad absoluta de la señorita Fairlie en cuanto cumpliese veintiún años; y las disposiciones que pudiese tomar para el futuro dependían en primer término de las condiciones que yo consiguiese establecer en su contrato de matrimonio. Las restantes cláusulas del documento tenían carácter estrictamente formal y no merecen siquiera mencionarse. Pero la relativa a este dinero es demasiado importante para pasarla por alto. Unas cuantas líneas darán idea clara de ello. Las condiciones que presenté referentes al uso y disposición de las veinte mil libras fueron las siguientes: la totalidad de la fortuna debería colocarse de modo que su dueña disfrutase de la renta íntegra durante toda su vida. Si moría, su esposo dispondría del usufructo y el capital pasaría a los hijos si los hubiese. Si no los hubiese, su dueña podía disponer libremente de la fortuna en su testamento para lo cual yo le resevaba el derecho de testar. El resultado de estas condiciones puede resumirse así: si Lady Glyde (Laura) moría sin dejar hijos, su hermanastra la señorita Halcombe, y otros familiares, percibirían, a la muerte de su esposo, los legados que ella hubiera dispuesto. Y por otro lado, si moría dejando hijos, naturalmente los derechos de éstos se imponían a los de todos los demás. Esta era la cláusula que redacté, y espero que todo el que la lea esté de acuerdo conmigo en que no podía ser más justa con cada parte interesada. Veamos cómo se recibieron mis proposiciones por parte del marido. Cuando recibí la carta de la señorita Halcombe me hallaba más ocupado que de ordinario. Pero me esforcé por encontrar tiempo para ocuparme del contrato. Y no había transcurrido una semana desde que la señorita Halcombe me escribió anunciándome el matrimonio, que lo tuve redactado y envié la copia al procurador de Sir Percival para que diese su conformidad. Al cabo de dos días me remitieron el documento con notas y observaciones del abogado del barón. En general, sus objecciones eran de índole técnica y de escasa importancia, hasta llegar a la cláusula relativa a las veinte mil libras. Esta estaba marcada con dos líneas en tinta roja y la acompañaba la siguiente nota: «Inadmisible. El capital debe ir a Sir Percival Glyde si sobreviviese a lady Glyde no habiendo descendencia de ambos». Es decir, que ni un penique de las veinte mil libras pasaría a la señorita Halcombe o a cualquier otro pariente o amigo de lady Glyde. La totalidad de la fortuna iría a parar al bolsillo de su marido. A esta atrevida proposición contesté todo lo seca y brevemente que pude: «Muy señor mío: Respecto al contrato de la señorita Fairlie, mantengo íntegra la cláusula que se niega a aceptar. Suyo afectísimo...» Un cuarto de hora después llegó la respuesta: «Muy señor mío: Contrato de la señorita Fairlie. Mantengo íntegra la nota a tinta roja que usted rechaza. Suyo afectísimo...» Hablando en la detestable jerga moderna, nos hallábamos en un «punto muerto» y no nos quedaba otro remedio que consultar con nuestros respectivos clientes. Tal como estaban las cosas, mi cliente —ya que la señorita Fairlie, no había cumplido los veintiún años—, era su tutor, el señor Frederick Fairlie. Le escribí ese mismo día y le presenté el caso tal y como lo veía; no sólo aportando todos los argumentos que se me ocurrieron para que se sostuviese en los términos que yo estableeí, sino que le hacía resaltar que la base de la negativa para la cláusula de las veinte mil libras se fundaba en un motivo ruín. Además, yo me había tenido que enterar de la situación económica de Sir Percival Glyde al revisar las escrituras de sus propiedades que, como es natural me remitieron para mi conocimiento, y pude ver que eran enormes las hipotecas que gravaban sus tierras, y aunque nominalmente sus rentas eran cuantiosas, para un hombre de su posición social resultaban insignificantes. Lo que necesitaba Sir Percival era dinero contante y sonante, y la nota que puso su abogado en mi cláusula no era sino la expresión de sus deseos egoístas. Recibí a vuelta de correo la respuesta del señor Fairlie, que resultó ser lo más desatinada e irritante que cabe. Traducida al inglés corriente se expresaba, poco más o menos en estos términos: «¿Quisiera ser tan amable, querido Gilmore, de no molestar a su cliente y amigo con una contingencia tan remota como exigua? ¿Es probable que una joven de veintiún años muera antes que un hombre de cuarenta y cinco y que además muera sin sucesión? Por otro lado, ¿será posible apreciar en todo su valor, en un mundo de miserias tal como el que vivimos, el mérito inmenso de la paz y de la tranquilidad? Si estas dos bendiciones del Cielo pudieran comprarse a cambio de esa insignificancia material que supone la remota posibilidad de poseer veinte mil libras, ¿no resultará el negocio maravilloso? A buen seguro que sí. Entonces, ¿por qué no hacerlo?» Con indignación tiré la carta. Apenas había caído al suelo, llamaron a mi puerta y apareció en el umbral el señor Merriman, procurador de Sir Percival. En este mundo hay muchas especies de hombres de leyes hábiles, pero la más difícil de tratar es la de los que le cogen a uno por sorpresa burlando su atención con las apariencias de un buen humor impertubable. Un hombre de negocios gordo, bien alimentado, sonriente y amigable es lo más desesperante que existe para cualquiera que tenga que tratar con él. Y el señor Merriman pertenecía a esta especie. —¿Qué tal sigue el bueno del señor Gilmore? —empezó diciendo a la vez que irradiaba el calor de su propia afabilidad—. Encantado de verle en tan excelente estado de salud. Pasaba por delante de su casa y creí que lo mejor sería subir a saludarle por si tenía usted algo nuevo que comunicarme... Bien... Si le parece vamos a ver si entre los dos y de palabra solucionamos nuestra pequeña diferencia de criterio. ¿Ha tenido usted noticia de su cliente? —Sí. ¿Las ha tenido usted del suyo? —¡Amigo mío, lo que desearía tenerlas! De todo corazón estoy soñando con que me libre de este agobio y responsabilidad que pesa sobre mí, pero es obstinado, mejor dicho, resuelto, y no cederá... «Merriman, ocúpese de los detalles. Haga lo que crea más acertado para mis intereses y considere que yo no cuento para nada en este asunto hasta que no esté todo arreglado.» Estas fueron las palabras de Sir Percival hará cosa de quince días, y todo lo que he conseguido de él ahora es que me las vuelva a repetir. Yo no soy un hombre inflexible, como usted sabe, señor Gilmore. Personal y particularmente le aseguro que me encantaría borrar ahora mismo esa nota mía. Pero si Sir Percival Glyde no quiere ocuparse de este asunto y cierra los ojos a todo lo que yo decida respecto a su intereses, ¿qué partido voy a tomar sino el de defenderlos cuanto pueda? Tengo las manos atadas, ¿no lo ve usted, mi querido señor? Tengo las manos atadas. —Entonces ¿mantiene usted la nota sobre la cláusula? —dije. —¡Sí, y que el diablo se la lleve! No me queda otra alternativa. Fue hacia la chimenea y se puso al amor de la lumbre, campechanamente canturreando una tonada con hermosa voz de bajo. —¿Qué dice su cliente? —continuó—. Dígame, por favor, ¿qué dice su cliente? Me dió vergüenza contestarle la verdad. Traté de ganar tiempo. E hice algo peor. Mis instintos legales me dominaron y quise llegar a un acuerdo. —Veinte mil libras es una cantidad demasiado cnnsiderable para que la familia de la novia renuncie a ella en dos días —contesté. —Muy cierto— replicó el señor Merriman contemplando pensativo la punta de sus botas—. Muy lógica esa contestación, completamente lógica, señor... —Quizá a mi cliente no le hubiera asustado tanto si se llegase a un compromiso que pusiera a salvo los intereses de la familia de la esposa tanto como los del marido —continué diciendo—. Veamos, veamos, quizá esta contingencia pueda resolverse tras un pequeño regateo, después de todo. ¿Cuál es el mínimo con que se contentaría? —El mínimo con que nos contentaríamos —dijo Merriman— es diecinueve mil novecientas noventa y nueve libras, diecinueve chelines, once peniques y tres centavos. ¡Ja, ja, ja! señor Gilmore, perdóneme, pero no puedo prescindir de estas pequeñas bromas. —¡Pequeñas! —observé—. Vale exactamente el octavo que me queda para mí. El señor Merriman estaba encantado. Mi respuesta le hizo desternillarse de risa. Yo, por mi parte, no estaba ni la mitad de divertido que él y volví al asunto para terminar la entrevista. —Estamos a viernes —le dije—. Concédanos plazo hasta el próximo martes para dar la respuesta definitiva. —Desde luego —contestó Merriman—. Y más días aún, mi querido señor, si usted quiere. Cogió el sombrero para salir, pero me habló de nuevo: —Por cierto —dijo—. ¿Han vuelto a saber sus clientes de Cumberland de la mujer que escribió el anónimo? —No —contesté—. ¿Ha encontrado usted alguna pista de ella? —Aún no —dijo mi amigo jurista—. Pero no perdemos la esperanza. Sir Percival sospecha que hay alguien que la esconde, y lo que estamos haciendo es vigilar a ese alguien. —¿Se refiere usted a la vieja que la acompañaba en Cumberland? —pregunté—. —Vamos por otro lado, señor Gilmore —contestó el señor Merriman—. No hemos logrado dar con la vieja todavía. Nuestro alguien es un hombre. Le tenemos muy vigilado aquí en Londres y albergamos serias sospechas de que él tiene algo que ver con su escapatoria del sanatorio. Sir Percival quería interrogarle en seguida, pero yo le dije: «No. Si le interrogamos le ponemos en guardia. Vigilémoslo y esperemos» Ya veremos que pasa. Es una mujer peligrosa, señor Gilmore, para dejarla suelta, y nadie sabe lo que puede ocurrírsele hasta ahora. Buenos días. Espero que el próximo martes tendré el placer de recibir noticias suyas. Esbozó una sonrisa amigable y abandonó mi despacho. Durante la última parte de la conversación con mi amigo jurista había estado distraído. Me hallaba tan preocupado con el contrato que otros temas no podían llamar mi atención, y en cuanto quedé solo empecé a pensar en lo que debería hacer desde ese momento. Si mi cliente no hubiese sido quien era, hubiera seguido sus instrucciones, por mucho que me desagradasen, y renunciaría en el acto a la cláusula acerca de las veinte mil libras. Mas no podía obrar con esa indiferencia profesional cuando se trataba de la señorita Fairlie. Me inspiraba un honesto sentimiento de afecto y admiración, tenía gratos recuerdos de su padre, quien fue para mí el mejor cliente y amigo que un hombre puede encontrar; sentía hacia ella, ahora que preparaba su contrato de matrimonio, lo mismo que sentiría por una hija, si no fuese un viejo solterón, y estaba decidido a cualquier sacrificio para defender sus intereses. No había que pensar en escribir al señor Fairlie por segunda vez, pues sólo serviría para darle una nueva oportunidad para salirse por la tangente. Si le viera y pudiera convencerle personalmente, tal vez consiguiera algo más útil. Al día siguiente era sábado. Decidí comprar el billete de ida y vuelta, y dirigir mis viejos huesos hacia Cumberland con la pretensión de convencerle para que se mantuviera en los cauces de lo justo, independiente y honrado. No tenía duda de que era una pretensión vana, pero cuando hubiera intentado realizarla mi conciencia quedaría más tranquila. Debía hacer todo lo que era posible hacer en mi situación por la única hija de mi antiguo amigo. El sábado amaneció un día espléndido con viento de poniente y sol radiante. Ultimamente había vuelto a tener esa opresión y pesadez de cabeza contra la que mi médico venía haciéndome serias advertencias desde hacía más de dos años; decidí aprovechar la oportunidad para hacer un poco de ejercicio adicional y, después de enviar mi maleta por delante, fui andando hasta la estación de Euston. Cuando daba la vuelta por la calle de Holborn, un señor que andaba muy deprisa se paró y me dirigió la palabra. Era el señor Walter Hartright. Si él no me hubiese saludado yo hubiera pasado de largo. Había cambiado tanto que me costó reconocerlo. Su rostro estaba pálido y demacrado, sus movimientos eran precipitados y vacilantes, y yo, que le recordaba vestido con elegancia y pulcritud, cuando le conocí en Limmeridge, le veía ahora tan desaliñado que me avergonzaría si uno de mis escribientes se vistiera así. —¿Cuándo volvió usted de Cumberland? —me preguntó—. Hace poco tuve noticias de la señorita Halcombe. Ya sé que han aceptado las explicaciones de sir Percival Glyde. ¿Se celebrará pronto la boda? ¿Lo sabe usted, señor Gilmore? Hablaba con tanta precipitación y me hacía sus preguntas simultáneamente, de manera tan extraña y confusa, que apenas le podía seguir. Aunque incidentalmente hubiese tratado con cierta intimidad a la familia de Limmeridge no creía yo que tuviese derecho a aspirar a que se le informase sobre sus asuntos privados. Decidí, pues, acabar pronto y lo mejor que pudiese con el asunto de la boda de la señorita Fairlie. —El tiempo lo dirá señor Hartright, el tiempo lo dirá —contesté—. Quiero decir que falta poco para que leamos sobre la boda en los periódicos. Perdóneme que se lo diga... pero lamento ver que no tiene usted tan buen aspecto como cuando le conocí. Una momentánea contracción nerviosa agitó sus labios y sus ojos y casi me hizo arrepentirme de haberle contestado con tan marcada reserva. —No tengo derecho a preguntarle nada acerca de la boda —dijo con amargura—; he de esperar a leerlo en los periódicos como todo el mundo. Sí —continuó, antes de que yo pudiese disculparme—. No he estado bien últimamente. Me voy a marchar fuera de Inglatera para cambiar de ambiente y de ocupación. La señorita Halcombe ha tenido la amabilidad de apoyarme y se han aceptado mis informes. Me marcho muy lejos, pero me tiene sin cuidado ni dónde voy, ni si el clima es bueno, ni cuánto tiempo estaré fuera. Miraba a su alrededor mientras hablaba, al tumulto de la gente que pasaba a derecha e izquierda, con una expresión de extraña suspicacia, como si temiese que alguien nos estuviera observando. —Le deseo buena suerte y que vuelva sano y salvo —le dije. Y añadí, para disipar su impresión de que lo mantenía a raya en lo que se refería a los Fairlie—. Me voy ahora a Limmeridge para tratar unos asuntos. La señorita Halcombe y la señorita Fairlie se han ido a Yorkshire, a casa de unos amigos. Brillaron sus ojos y me pareció que quería decirme algo, pero la misma contracción nerviosa de antes desfiguró su rostro. Cogió mi mano, la estrechó con fuerza y desapareció entre la multitud sin añadir una palabra. A pesar de ser para mí casi un extraño, le seguí con la mirada unos instantes, casi apenado. Por mi profesión he adquirido bastante experiencia sobre la gente joven, y sé muy bien qué importancia tienen los indicios exteriores cuando emprenden un mal camino, y cuando llegué a la estación tenía, aunque me desagrade decirlo, mis serias dudas acerca del porvenir del señor Hartright. IV Como salí temprano de Londres, llegué a Limmeridge a la hora de cenar. La casa, vacía y oscura, me pareció deprimente. Creí que la señora Vesey me haría compañía en ausencia de las señoritas, pero no salió de su cuarto a causa de un fuerte catarro. Los criados se sorprendieron de verme llegar y echaron a corretear y a dar voces sin orden ni concierto, haciendo numerosas y molestas sandeces. Incluso el mayordomo, que era lo bastante viejo para saber lo que hacía, me trajo una botella de Oporto completamente helada. Las noticias sobre la salud del señor Fairlie eran las de siempre. Y a mi aviso de que deseaba verle me contestó que estaría encantado de recibirme al día siguiente, pero que la impresión recibida por mi súbita aparición lo había postrado, víctima de palpitaciones, para el resto del día. Durante toda la noche el viento aulló funestamente y la casa vacía se llenó de extraños crujidos y chirridos que procedían de todas partes. Dormí lo peor que cabe y me levanté por la mañana malhumorado, para desayunar en solitario. A las diez me vinieron a buscar para conducirme a las habitaciones del señor Fairlie. Se hallaba en la habitación de siempre, en la butaca de siempre y en un estado de ánimo y de salud tan preocupante como siempre. Cuando entré, su ayuda de cámara estaba a su lado, sosteniendo para que lo mirase un grueso álbum de grabados, tan largo y ancho como el tablero de mi escritorio. El infeliz criado extranjero, con el rostro crispado en la muerte más miserable, estaba a punto de desfallecer mientras su amo hojeaba con elegancia los grabados ayudándose de una lupa para descubrir sus ocultas bellezas. —Mi querido, mi buen y viejo amigo —dijo el señor Fairlie reclinándose perezosamente en su sillón para verme mejor—. ¿Está usted bien? Qué amable es por su parte venir a visitarme y alegrar mi soledad. ¡Querido Gilmore! Esperaba que al entrar yo, ordenase al criado marcharse pero no sucedió tal cosa. Seguía erguido delante de su amo temblando bajo el peso del álbum mientras el señor Fairlie seguía en su sillón y sus blancos dedos jugueteaban tranquilamente con la lupa. —He venido a tratar con usted de un tema muy importante —dije— y me perdonará si le digo que preferiría que hablásemos a solas. El desdichado sirviente me miró con agradecimiento. El señor Fairlie repitió débilmente mis últimas palabras: «Preferiría que hablásemos a solas», con las señales del más profundo asombro. No me encontraba yo de humor para seguir perdiendo el tiempo, y decidí hacerle comprender a qué me refería. —Tenga la amabilidad de decir a este hombre que se marche —le dije, señalando al criado. El señor Fairlie arqueó las cejas y frunció los labios con expresión de sarcástica sorpresa. —¿Hombre? —repitió—. Me irrita usted, Gilmore. ¿En qué piensa usted llamando hombre a ésto? No tiene nada de un hombre. Quizá fuese hombre hace media hora, cuando le pedí mis grabados, y quizá sea un hombre media hora depués, cuando ya no lo necesite. Ahora no es más que un atril para sostener mis libros. ¿Qué puede importarle, Gilmore, un atril? —Me importa. Por tercera vez, señor Fairlie, le ruego que comprenda que debemos hablar a solas. Mi tono y mi actitud no le dieron alternativa para otra cosa, y tuvo que complacerme. Miró al criado y señaló perezosamente una silla a su lado. —Deje el álbum y váyase —dijo al criado—. No me disguste perdiendo el punto en que estoy. ¿No lo habrá perdido? ¿Está seguro de que no lo ha perdido? ¿Ha dejado la campanilla a mi alcance? ¿Sí? ¿Pues entonces por qué no se va ya de una vez? El criado salió. El señor Fairlie se acomodó en el sillón, limpió la lupa con un fino pañuelo de batista y se recreó echando una mirada de reojo al abierto álbum de grabados. No me fue fácil contener mi enojo viendo todo aquello, pero lo conseguí. —He venido aquí a pesar de grandes inconvenientes personales —dije— para salvar los intereses de su sobrina y de su familia y creo que tengo algún derecho para que usted me conceda un poco de atención. —¡No me censure! —exclamó el señor Fairlie cayendo hacia atrás con desmayo y cerrando los ojos—. ¡Por favor no me censure! No tengo fuerzas para resistirlo. Estaba resuelto a no dejarme llevar de mi indignación por el bien de Laura Fairlie. —Lo que pretendo —continué— es rogarle que vuelva a considerar su carta y no me obligue a despreciar los justos derechos de su sobrina y de sus familiares y amigos. Deje que vuelva a exponerle el caso y ésta será la última vez. El señor Fairlie movió la cabeza y suspiró lastimosamente. —No tiene usted corazón, Gilmore —dijo—, no lo tiene. Pero no importa... Continúe. Le expuse con la mayor claridad el estado de las cosas; se lo presenté desde todos los puntos de vista imaginables. Todo el tiempo que estuve hablando siguió apoyado en el respaldo de la butaca, con los ojos cerrados. Cuando terminé los abrió indolentemente, cogió su frasco de plata con sales que tenía sobre la mesa y las aspiró con expresión de gozo placentero. —¡Qué bueno es usted Gilmore —decía mientras las olfateaba—, qué amable es por su parte hacerlo! ¡Consigue usted que uno se reconcilie con la naturaleza humana! —Señor Fairlie... le ruego que me conteste con la misma claridad con que yo le pregunto. Vuelvo a repetirle que Sir Percival no tiene el menor dereho a pretender otra cosa que las rentas del capital. El capital en sí, en caso de que su sobrina no tuviera hijos, debe pasar a las personas de su familia. Si usted muestra firmeza, Sir Percival tendrá que ceder, no tiene más remedio que ceder, se lo aseguro, pues de otro modo se expone a despertar sospechas de que se casa con la señonta Fairlie por razones exclusivamente de interés. El señor Fairlie sacudió el frasco de plata con un gesto de amenaza burlona. —Mi querido viejo Gilmore... ¡Lo que usted odia es todo lo que sea nombre y rango en sociedad!... Usted detesta a Glyde sencillamente porque lleva el título de barón. ¡Es usted un radical! Oh, Dios mío, ¡es usted un radical! ¡¡¡Un radical!!! Podría aguantarle muchas impertinencias pero habiendo sostenido toda la vida los principios más conservadores no pude resistir el oír llamarme radical. Sentí que la sangre me hervía, salté de la silla y me quedé mudo de indignación. —¡No dé golpes en el suelo! —gimió el señor Fairlie—. ¡Por amor de Dios, no dé golpes en el suelo! ¡Dignísimo entre todos los Gilmores posibles! No he querido ofenderle. Yo mismo tengo unas ideas tan sumamente liberales que creo que también yo soy un radical. Sí. Somos una buena pareja de radicales. Por favor no se enfade. No estoy en condiciones de discutir..., no tengo suficiente vitalidad para ello. ¿Dejamos este tema? Sí. Acérquese a comprender la pureza divina de estas líneas ¡Por favor, sea bueno querido Gilmore! Mientras balbuceaba estas palabras yo, por suerte para mi capacidad de respetarme a mí mismo, fui recobrando mis sentidos. Cuando volví a hablar tuve el suficiente dominio de mí para contestar a sus impertinencias con el tácito desprecio que merecían. —Está usted totalmente equivocado, señor —le dije—, suponiendo que mantengo el menor prejuicio contra Sir Percival Glyde. Lamento que se haya confiado a ciegas a su abogado para tratar esta cuestión, hasta el punto de ser imposible acercársele para tratarla; pero no tengo ningún prejuicio contra él. Lo que sostengo se lo diría de cualquiera que se encontrase en su situación, sea cual fuere su posición social. El principio que mantengo es reconocido por todos. Si usted acudiese al primer abogado serio que encontrase en el primer pueblo que se le ocurra le diría, sin conocerle, lo mismo que yo le digo como amigo. Le haría saber que ese absoluto abandono del capital de la mujer en manos del hombre con que se casa va contra todas las leyes. Se negaría con la prudencia jurídica más elemental a dar al marido, sean cuales fueren las circunstancias, la posibilidad de ser dueño de veinte mil libras a la muerte de su mujer. —¿Haría eso realmente, Gilmore? —dijo el señor Fairlie—. Con que dijese algo que fuera la mitad de horrible le aseguro a usted que yo tocaría la campanilla y ordenaría a Louis que le echara inmediatamene de mi casa. —No conseguirá usted alterarme, señor Fairlie. Por el bien de su sobrina y por la memoria de su padre no me hará perder los estribos. Antes de abandonar esta habitación descargaré sobre usted toda la responsabilidad de este contrato ignominioso. —¡No..., por favor! —dijo el señor Fairlie—. Piense que su tiempo es precioso, Gilmore; no lo malgaste. Yo discutiría con usted si pudiese, pero no puedo, no tengo suficiente vitalidad. Quiere transtornarme, trastornarse a sí mismo, trastornar a Glyde y trastomar a Laura; y ... ¡válgame Dios!, todo por causa de algo que no tiene la menor probabilidad del mundo de suceder. No, amigo mío, no... En bien de la paz y de la tranquilidad, positivamente. No. —¿Debo entender entonces que sigue firme en la decisión expresada en su carta? —Sí, por favor. Encantado de que al fin nos entendamos. Siéntese, se lo pido. Al momento me dirigí a la puerta, y el señor Fairlie agitó con resignación su campanilla. Antes de salir me volví y le hablé por última vez. —Pase lo que que pase en el futuro, señor —le dije—, recuerde que he cumplido con mi obligación de prevenirle a usted. Antes de marcharme quiero decirle también como fiel amigo y servidor de su familia, que jamás permitiría que una hija mía se casase con ningún hombre del mundo con base en un contrato semejante al que me obliga usted a hacer para la señorita Fairlie. Se abrió la puerta y el criado esperó en el umbral. —Louis —dijo el señor Fairlie—; acompañe abajo al señor Gilmore y vuelva luego para sostenerme el libro de grabados. Haga que le sirvan un buen almuerzo, Gilmore. Sí, haga que estos bestias de criados que tengo le sirvan un buen almuerzo. Me encontraba demasiado desanimado para contestar, así que di media vuelta y me marché en silencio. A las dos de la tarde había un tren para Londres y en él regresé a mi casa. El martes envié el contrato modificado, en el que, prácticamente, desheredaba a las personas a las que la propia señorita Fairlie me había dicho que deseaba beneficiar. No tenía otro remedio. Si me hubiese negado a ello, otro abogado hubiera consumado el hecho. Ha terininado mi tarea. La parte que tomé en esta historia de familia no alcanza más que a lo que acabo de relatar. Otras plumas distintas contarán los extraños acontecimientos que siguen. Con tristeza y con solemnidad concluyo este breve atestado. Con tristeza y con solemnidad repito ahora las palabras con que me despedí en Limmeridge: «Jamás una hija mía se hubiese casado con ningún hombre del mundo con base en un contrato semejante al que yo estaba obligado a hacer para Laura Fairlie.» RELATO DE MARIAN HALCOMBE EXTRAIDO DE SU DIARIO1 * Limmeridge, 8 de Noviembre El señor Gilmore nos abandonó esta mañana. Es evidente que su entrevista con Laura le ha sorpendido y apenado mucho más de lo que él quisiera reconocer. Me chocaron tanto su aspecto y su actitud cuando nos separamos, que temí que ella, sin darse cuenta, hubiera descubierto el auténtico secreto de su depresión y de mi intranquilidad. Esta duda me atormentaba tanto cuando se marchó, que decliné la invitación de pasear a caballo con Sir Percival y fui en vez de ello al cuarto de Laura. En lo referente a este difícil y lamentable asunto, experimentaba yo una desolada desconfianza en mí misma desde que me di cuenta de mi ignorancia respecto a lo fuerte que era la desdichada inclinación de Laura. Debí haber pensado que la delicadeza y sensibilidad y el concepto del honor que me habían atraído hacia el pobre Hartright, y que me habían hecho admirarle y respetarle con tanta sinceridad, eran precisamente las cualidades que resultaban más irresistibles para Laura, por su misma naturaleza sensible y generosa. Y sin embargo, hasta que, por su propio deseo, no me descubrió la verdad, no fui capaz de sospechar que este sentimiento, nuevo en ella, había echado tan hondas raíces. Entonces pensé que el tiempo y mis cuidados lo borrarían. Ahora temo que este sentimiento perdurará y alterará su vida. Y el descubrir que he cometido un grave error juzgándola como lo hice me hace dudar ahora de todo lo demás. Dudo de Sir Percival, teniendo delante las pruebas más palpables. Dudo incluso de hablar con Laura. Esta misma mañana, en fin, con la mano en el picaporte, he dudado si debería formular las preguntas que había venido a hacerle. Cuando al fin entré en su habitación la hallé paseando de un lado a otro de su saloncito con muestras de impaciencia. La excitación había coloreado su rostro; se abalanzó sobre mí antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. —¡Cuánto deseaba que vinieses! —dijo—. Siéntate conmigo en el sofá... ¡Marian!, no puedo resistir más tiempo... Debo y quiero terminar con esta situación. Había demasiado calor en sus mejillas, demasiada energía en su actitud y demasiada firmeza en su voz. En una mano tenía el álbum de dibujos de Hartright, ese libro fatal sobre el que se pasa las horas soñando siempre que este sola. Empecé por quitárselo con decidida suavidad y lo puse sobre una mesa, lejos de su mirada. —Cálmate y dime, querida, qué es lo que pretendes hacer —dije—. ¿Es que el señor Gilmore te ha aconsejado algo? Movió negativamente la cabeza. —No, no me ha dicho nada respecto a lo que estoy pensando ahora. Fue muy cariñoso y muy bueno conmigo, Marian, y me da vergüenza confesarte que le hice pasar un mal rato, porque me eché a llorar... Soy una desgraciada, no consigo controlarme. Mas por mi bien y por el de todos he de tener el valor suficiente para terminar de una vez. —¿Quieres decir que necesitas valor para anular el compromiso? —pregunté. —No —repuso con sencillez—. Valor, querida, para decir la verdad. Me echó los brazos al cuello y ocultó la cabeza en mi pecho. En la parte opuesta de la habitación había un retrato de su padre. Me incliné sobre ella y vi que no separaba de él su mirada mientras su cabeza descansaba sobre mi pecho. —No podría pedir jamás que se anulase mi compromiso —continuó—. Cualquiera que sea el final, para mí será desastroso. Lo único que puedo hacer es no agravar el desastre anulando un compromiso olvidando así las últimas palabras de mi padre. —Entonces, ¿qué te propones? —pregunté. —Decir la verdad a Sir Percival; decírsela de mis propios labios —contestó-, y si él quiere, que me libere voluntariamente de mi promesa, y no porque yo se lo pida sino porque él lo sabrá todo. —¿Qué quieres decir con todo? A Sir Percival le bastará saber (él mismo me lo dijo) que el cumplimiento de este compromiso contraría tus deseos. —¿Cómo voy a decírselo, si fue mi padre quien estableció el compromiso con mi consentimiento? Yo hubiera mantenido mi promesa; sin alegría, siento decirlo, pero en todo caso con satisfacción... —se detuvo, volvió la cabeza hacia mí y apretó su mejilla contra la mía—. Yo hubiera mantenido mi promesa, Marian, si no hubiera invadido mi corazón otro amor que no existía cuando prometí a Sir Percival ser su mujer. —¡Laura! ¡No te rebajarás hasta el extremo de confesárselo! —De todos modos me rebajaría a mí misma si consiguiera la anulación a costa de ocultarle lo que tiene perfecto derecho a saber. —¡No tiene ni un ápice de derecho a enterarse! —Te equivocas, Marian, te equivocas. No puedo engañar a nadie, y todavía menos al hombre al que me prometió mi padre y a quien me prometí yo por mi voluntad —dijo, besándome—. Querida mía —continuó con dulzura—, me quieres tanto y estás tan orgullosa de mí que incluso olvidas, cuando se trata de mí, lo que nunca olvidarías si se tratase de tí misma. Es mejor que Sir Percival dude de los motivos que tengo y desapruebe mi conducta, a que yo sea hipócrita y me aproveche de una mentira para ser libre. Me aparté para mirarla con asombro. Por vez primera en la vida se habían cambiado nuestros papeles: ella estaba llena de resolución y yo vacilaba. Miré aquel rostro joven, pálido, triste y resignado; vi aquellos ojos rebosantes de amor que me miraban, el reflejo de un corazón puro e inocente, y las mezquinas advertencias y objeciones terrenales que tenía a flor de labios desfallecieron y murieron en su propio vacío. Incliné la cabeza en silencio. En su lugar el orgullo vil y detestable que hace mentir a muchas mujeres hubiera sido mi orgullo y me hubiera hecho mentir a mí también. —No te enfades conmigo, Marian —dijo, interpretando mal mi silencio. Le contesté con un estrecho abrazo, pues tenía miedo de echarme a llorar si hablaba. Mis lágrimas no brotaron con facilidad. Son como las lágrimas de los hombres, sollozos que me destrozan y asustan a cuantos me contemplan. —Hace muchos días que estoy pensando en ésto —continuó diciendo, mientras toqueteaba mis cabellos con aquella infantil impaciencia de sus dedos que la pobre señora Vesey seguía tratando, tan paciente y tan infructuosamente, corregir—. He pensado en ello muy seriamente y estoy convencida de que no me faltará valor si mi conciencia me dice que es eso lo que debo hacer. Deja que le hable mañana, Marian, y delante de tí. No diré nada que no deba, nada que nos haga sentir vergüenza a tí o a mí, pero, ¡qué alivio sentirá mi corazón al acabar con estos miserables disimulos! Tan sólo déjame sentir que no tengo ninguna mentira sobre mi conciencia, y cuando me haya escuchado y lo sepa todo, que obre como quiera. Suspiró y volvió a apoyar la cabeza sobre mi pecho. Me asaltaron tristes pensamientos sobre el porvenir, mas como seguía desconfiando de mis opiniones le dije que haría como ella deseaba. Me dio las gracias, y en seguida hablamos de otras cosas. A la hora de la cena estuvo con Sir Percival mucho más natural y más a gusto de lo que la había visto hasta entonces. Durante la velada se sentó al piano, pero escogió unas piezas nuevas, más rápidas, menos melódicas que de costumbre y muy sofisticadas. Las encantadoras melodías de Mozart, que tanto entusiasmaban al pobre Hartright, nunca volvieron a sonar desde que él partió. Sus notas han desaparecido del atril. Ella misma quitó de allí el cuaderno para que a nadie se le pudiera ocurrir, al verlo, pedirle que tocara aquella música. No tuve la ocasión de comprobar si su intención de aquella mañana había cambiado, hasta que al despedirse aquella noche de Sir Percival comprendí por sus propias palabras que seguía firme en su propósito. Le dijo muy serena que desearía hablar con él al día siguiente después de desayunar y que la encontraría junto a mí en su saloncito. Al oír sus palabras, Sir Percival palideció, y noté que su mano temblaba un poco cuando me la dio para desearme buenas noches. A la mañana siguiente se decidiría su futuro, y él indudablemente lo comprendía así. Como de costumbre, entré por la puerta que comunicaba nuestros dormitorios para dar las buenas noches a Laura antes de que se durmiese. Al inclinarme para darle un beso vi que por debajo de la almohada asomaba el álbum de dibujos de Hartright. Era el mismo sitio en que escondía sus juguetes favoritos cuando era niña. No tuve valor para decirle nada, pero señalando el libro hice un gesto de reproche con la cabeza. Puso las dos manos en mis mejillas, me atrajo hacia sí buscando mis labios y murmuró: —Déjalo aquí esta noche. Mañana puede ser un día cruel y quizá tenga que despedirme de él para siempre. Día 9 El primer acontecimiento de la mañana no ha sido de los que levantan el ánimo; he recibido una carta del pobre Walter Hartright en respuesta a la mía, en la que le contaba como Sir Percival había disipado las sospechas suscitadas por la carta de Anne Catherick. Habla brevemente y con acritud de las explicaciones de Sir Percival, y sólo dice que él no es nadie para juzgar el comportamiento de personas cuya posición es más elevada que la suya. Todo esto es triste; pero me apena más aún lo poco que me cuenta de sí mismo. Dice que los esfuerzos que hace por retornar a sus costumbres y preocupaciones de antes cada día le resultan más duros en lugar de resultarle más fáciles; y me explica que, si quiero ayudarle, utilice mi influencia para conseguirle una colocación que le obligue a abandonar Inglaterra y lo lleve entre gente y ambientes nuevos. Pero el último párrafo de su carta es el decisivo para que me haya decidido a atender a su ruego, pues me ha alarmado de verdad. Después de comentar que ni ha vuelto a ver a Anne Catherick ni ha oído nada de ella, se interrumpe para dejarme entrever de la manera más misteriosa e inconsecuente que, desde su regreso a Londres, lo vigilan y lo siguen constantemente hombres desconocidos. Reconoce que no puede indicar a ninguna persona en particular para justifiar aquella sospecha extravagante, pero asegura que día y noche experimenta la sensaaón de que le siguen. Me ha asustado, porque parece como si la idea fija de Laura resultara insoportable para su mente. Voy a escribir inmediatamente a Londres a ciertos amigos de mi madre, personas de gran influencia, para suplicarles que le apoyen. Puede ser que cambiar de ambiente y de ocupación sea de verdad su salvación en este momento crítico de su vida. Con gran alivio para mí, Sir Percival nos mandó decir que no podía desayunar con nosotras. Había tomado una taza de café en su habitación y continuaba allí, pues le faltaban aún algunas cartas por escribir. Si a las once era una hora conveniente, tendría el honor de estar a la disposición de la señorita Fairlie y de la señorita Halcombe. Mientras nos comunicaban este recado no aparté la mirada del rostro de Laura. La había encontrado extrañamente serena y sosegada cuando fui a su cuarto al levantarme; lo estuvo también durante todo el tiempo en que estuvimos desayunando. Incluso mientras esperábamos a Sir Percival, sentadas en el sofá del saloncito, no perdió su control. —No te preocupes por mí, Marian —fue todo lo que me dijo—. Puedo dejarme llevar por las penas con un viejo amigo como Gilmore o con una querida hermana como tú, pero delante de Sir Percival sabré dominarme. La miré y escuché con muda sorpresa. A pesar de tantos años de íntima unión entre las dos, esta fuerza pasiva de su carácter se había mantenido oculta para mí. Oculta incluso para ella misma, hasta que el amor la descubrió y el sufrimiento la forzó a que hiciera uso de ella. Cuando el reloj de la chimenea dió las once, Sir Percival llamó a nuestra puerta y entró. En todos los rasgos de su fisonomía se leían la agitación y la ansiedad contenidas. Aquella tos seca y aguda que le molestaba con frecuencia parecía asaltarle con más insistencia que nunca. Se sentó frente a nosotras junto a la mesa y Laura continuó a mi lado. Miré a los dos con atención y vi que él estaba más pálido que ella. Dijo algunas frases sin importancia, haciendo visibles esfuerzos por mantener la habitual soltura de sus maneras. Pero no conseguía que su voz sonase firme ni que desapareciese la inquietud y la consternación de su mirada. El mismo debió notarlo cuando en medio de una frase se calló bruscamente y desistió de disimular por más tiempo su preocupación. Hubo un breve instante de mortal silencio antes de que Laura se dirigiese a él. —Deseo hablar con usted, Sir Percival —dijo— sobre un tema que es de gran importancia para los dos. Mi hermana se halla presente, porque me anima verla conmigo y así estoy más serena. No me ha sugerido ni una sola palabra de lo que voy a decirle. Hablo por propia decisión y no por la suya. Estoy segura de que sabrá usted comprenderlo antes de que prosiga, ¿verdad? Sir Percival asintió. Ella se había expresado con absoluta serenidad y con perfecta corrección. Laura lo miraba y él le devolvía la mirada. Parecía, al menos a primera vista, que estaban enteramente decididos a comprenderse mutuamente. —He sabido por Marian —continuó Laura— que sólo con que le pida que me libere de la promesa que le hice me devolverá usted la palabra. Esto demuestra su generosidad y su indulgencia, Sir Percival. Si le digo que le agradezco su proposición, no hago más que estricta justicia a su mérito, y creo que me la hago a mí al decirle que me niego a aceptarla. El ansioso rostro perdió su tensión. Pero noté que uno de sus pies golpeaba suave e incesantemente en el suelo y comprendí que sin mostrarlo continuaba experimentando la misma ansiedad. —No he olvidado —prosiguió Laura— que antes de hacerme el honor de solicitar mi mano obtuvo usted la autorización de mi padre. Quizá no habrá olvidado, por su parte, lo que le dije cuando accedí a ello. Me atreví a asegurar que la influencia y el consejo de mi padre eran lo que principalmente me decidía a aceptar el compromiso. Me dejé guiar por mi padre, pues en él encontré siempre al más fiel de los consejeros, al mejor y más cariñoso de los protectores y amigos. Y ahora que le he perdido, sólo puedo amar su memoria; la fe que me inspiró mi querido amigo muerto no ha flaqueado. En este momento estoy convencida, con la misma firmeza de siempre, de que él sabría mejor que nadie lo que más me conviene y que sus deseos y esperanzas deben ser también los míos. Su voz tembló por primera vez. Sus inquietos dedos se deslizaron por mi manga y estrecharon mi mano. Hubo otro instante de silencio hasta que habló Sir Percival. —¿Puedo preguntar —dijo— si es que me he mostrado indigno de la confianza puesta en mí y cuya posesión era mi mayor honor y mi máxima felicidad? —No hay nada que yo reproche en su conducta —contestó ella—. Siempre me ha tratado con la misma paciencia y delicadeza. Ha merecido usted mi confianza y, lo que es aún más importante para mí, mereció la confianza de mi padre, a cuya sombra ha nacido la mía. No me ha dado usted ningún motivo, aunque quisiera buscarlo para pretender liberarme de nuestro compromiso. Lo que he dicho hasta abora obedecía a mi deseo de demostrarle que le aprecio profundamente. El respeto a este aprecio, el respeto a la memoria de mi padre, el respeto a mi propia palabra, todo ello me impide dar el primer paso en renunciar a nuestra actual situación. La ruptura de nuestro compromiso debe obedecer enteramente a su voluntad y a su proceder, Sir Percival, y no a los míos. El nervioso golpeteo del pie en el suelo se detuvo de repente, y él se inclinó sobre la mesa, lleno de ansiedad. —¿Mi voluntad? —dijo—. ¿Qué razón puede haber por mi parte para romper el compromiso? Escuché la respiración de Laura acelerarse, sentí que su mano se helaba en la mía. A pesar de lo que me había asegurado empecé a temer por ella. Me equivoqué. —Una razón que me cuesta confesarle —contestó—. En mí se ha producido un cambio, Sir Percival, un cambio que es lo bastante grave para justificarlo a usted y justificarme a mí misma en caso de que sea roto nuestro compromiso. Sir Percival palideció de tal modo que hasta sus labios quedaron lívidos. Levantó el brazo que apoyaba en la mesa, se reclinó en su silla y dejó caer la cabeza sobre la mano de modo que sólo podíamos verle el perfil. —¿Qué cambio? —preguntó. El tono con que pronunció estas palabras me hizo estremecer, pues traslucía algo que él se esforzaba en evitar y que le dolía. Laura suspiró profundamente, se inclinó sobre mí y reclinó su hombro en el mío. Sentí cómo temblaba y quise evitarle ese sufrimiento hablando en su lugar. Me detuvo estrechando con más fuerza mi mano, y se dirigió a Sir Percival, pero esta vez sin mirarle. —He oído decir —comenzó—, y creo en ello, que el amor más entrañable y más verdadero es el que las mujeres deben sentir por sus maridos. Cuando nos prometimos yo hubiera podido ofrecerle ese amor, y usted, si hubiera querido, podría recibirlo. ¿Me perdonará y me permitirá no continuar, Sir Percival si digo que ahora no sucede lo mismo? Algunas lágrimas nublaron sus ojos y se deslizaron por sus mejillas cuando se detuvo esperando la respuesta. Pero él no pronunció una palabra. Desde que ella había empezado a hablar había ocultado su rostro en la mano en que se apoyaba. Lo único que podía ver era la parte de su cuerpo que se erguía sobre la mesa. Ni un solo músculo se movió en él. Los dedos de la mano en que apoyaba su cabeza estaban hundidos en su pelo. El gesto tanto podía expresar una oculta cólera como dolor, era difícil decidirlo, pues no lo recorría ningún temblor traicionero. Nada, absolutamente nada, descubría el secreto de su pensamientos en aquel momento decisivo que señalaba lo que iba a ser de su vida y de la de ella. Quise obligarle a hablar para tranquilidad de la pobre Laura. —¡Sir Percival! —empecé con brusquedad—, ¿no tiene usted nada que decir cuando mi hermana le ha dicho tanto? En mi opinión —añadí dejándome llevar de mi desgraciado temperamento—, mucho más de lo que cualquier hombre del mundo, en sus circunstancias, tiene derecho a oír. Esta última y apresurada frase le permitía eludir mi pregunta si así lo prefería, y él no tardó en aprovechar aquella circunstancia. —Perdone, señorita Halcombe —dijo, sin separar la mano de su rostro—, perdone si le recuerdo que yo no he reclamado semejante derecho. Estaba a punto de digirirle breves y tajantes palabras que le hubieran hecho volver a la cuestión que esquivaba, cuando Laura habló de nuevo. —Espero que no habré hecho en vano esta dolorosa confesión —continuó ella—. Espero que seguirá usted concediéndome su completa confianza para lo que tengo que añadir. —Esté segura de ello, se lo ruego. Dio esta breve respuesta dejando caer su mano sobre la mesa en un gesto de aliento y volviéndose otra vez frente a nosotras. Si su rostro se había alterado momentos antes, ahora no quedaba ni rastro de ello. Su expresión de seriedad y expectación no reflejaba más que una intensa impaciencia por oír lo que ella iba a decirle. —Quisiera que se diese usted cuenta de que no he hablado por motivos egoístas —dijo Laura—. Si usted me deja, Sir Percival, después de lo que ha escuchado, no me dejará para casarme con otro hombre, usted me permitirá únicamente permanecer soltera el resto de mi vida. Mi culpa ante usted comienza y termina en mi propio pensamiento. Jamás seguirá adelante. Ni una sola palabra... Vaciló antes de pronunciar la expresión que iba a emplear, vaciló cediendo a una momentánea confusión; verlo fue muy triste y muy penoso. Luego continuó resuelta y resignada. —Ni una sola palabra pronunciada por mí o por esa persona, a quien menciono por primera y última vez delante de usted, aludió jamás a lo que yo sentía por él, o el sentía por mí; ni una sola palabra se pronunciará jamás, lo más probable es que no volvamos nunca a vernos en esta vida. Le ruego que me evite continuar y que crea lo que acabo de confesarle. Es la pura verdad, Sir Percival; la verdad que creo tiene derecho a conocer el hombre que está prometido en matrimonio, aunque sea a costa del sacrificio de mi amor propio. Espero de su generosidad que sabrá perdonarme, y de su honor, que sabrá guardar mi secreto. —Esas dos esperanzas son sagradas para mí y le prometo que las cumpliré con sagrado respeto —dijo. Después de dar esta respuesta la miró, como esperando oír algo más. —He dicho todo cuanto deseaba decirle —añadió ella muy serena—. He dicho más de lo necesario para justificar el que usted se retracte de su compromiso. —Ha dicho usted más que suficiente —contestó— para que la cosa más deseada de mi vida sea mantener el compromiso. Diciendo ésto se levantó de su silla y avanzó algunos pasos hacia Laura. Esta se estremeció violentamente y lanzó un débil grito de sorpresa. Cada una de sus palabras habían descubierto inocentemente su pureza y veracidad a un hombre que de sobra comprendía el inapreciable valor de una mujer pura y veraz. Su misma noble conducta fue el enemigo traicionero de todas sus esperanzas. Desde el principio lo temí. Lo hubiera impedido si ella me hubiera dado la menor posibilidad de intervenir. Ahora que el daño estaba hecho, esperé y observé, por si alguna palabra de Sir Percival me permitía ponerlo en apuros. —Me concede el derecho a renunciar a usted, señorita Fairlie —continuó diciendo— y no tengo tan poco seso como para renunciar a una mujer que ha demostrado ser la más noble de las mujeres. Habló con tal calor y sentimiento, con tal apasionado entusiasmo, y al mismo tiempo con tanta delicadeza, que ella levantó el rostro, se ruborizó ligeramente y lo miró vivamente con repentino interés. —¡No! —dijo con firmeza—. La más despreciable de todas, si es que debe ir al matrimonio sin poder ofrecer a su marido su amor. —¿No podrá dárselo más tarde —preguntó él— si el único objeto de la vida de su marido es merecerlo? —¡Jamás! —contestó—. Si usted persiste en mantener el compromiso, yo seré su mujer fiel y sumisa, pero conociéndome como me conozco, nunca le amaré, Sir Percival. Estaba tan bella y tan irresistible al pronunciar estas audaces palabras, que no hay hombre en el mundo cuyo corazón la hubiera rechazado. Yo me empeñaba en censurar interiormente la conducta de Sir Percival, pero a pesar mío comprendí que le compadecía, como le compadecería cualquier mujer. —Acepto agradecido su fidelidad y su confianza —dijo—. Ese poco que puede usted ofrecerme significa más para mí que lo mucho que pudiera esperar de cualquier otra mujer en el mundo. La mano izquierda de Larua seguía asiéndose a la mía, pero la derecha caía cansadamente. El la llevó a sus labios, rozándola más que besándola, se inclinó frente a mí y, con su habitual elegancia y discreción, salió en silencio de la estancia. Ella no se movió ni dijo una palabra cuando hubo desaparecido. Siguió a mi lado inerte y fría, con la mirada clavada en el suelo. Comprendí que era inútil hablarle y me contenté con abrazarla en silencio. Permanecimos tanto tiempo inmóviles, tanto y tan largo tiempo, que empecé a sentir angustia y le hablé en voz baja con la esperanza de provocar algún cambio en su actitud. El sonido de mi voz pareció devolverla a la realidad. De repente se separó de mí y se puso en pie. —No tengo más remedio que resignarme, Marian —dijo—. Mi nueva vida me impone obligaciones muy duras, y la primera de ellas empieza hoy. Mientras hablaba fue hasta una mesita que estaba junto a la ventana donde tenía todos sus materiales de dibujo; los recogió con sumo cuidado y los guardó en uno de los cajones de su escritorio. Cerró éste y me entregó a mí la llave. —Tengo que separarme de todo lo que me lo recuerde —añadió—. Guarda la llave donde quieras, pues nunca te la pediré. Antes de que pudiese contestarle dio la vuelta y cogió de la librería el álbum de dibujos de Walter Hartright. Vaciló un momento, mirando con ternura el álbum en la mano y luego se lo llevó hasta sus labios y lo besó. —¡Oh Laura, Laura! —le dije sin enfado y sin reproche, pues en mi voz, como en mi corazón sólo había tristeza. —Es la última vez, Marian —suplicó—. Me despido para toda la vida. Dejó el libro sobre la mesa y se desprendió de las peinetas que sujetaban su cabellera. Su hermoso pelo cubrió sus hombros y cayó hasta más allá de la cintura. Apartó un rizo largo y fino, lo cortó y con gran cuidado lo fijó dándole la forma de un anillo, en la primera página en blanco del álbum. En seguida lo cerró precipitadamente y lo puso en mis manos. —Tú le escribes y recibes sus cartas —dijo—. Mientras yo viva dile siempre que estoy bien, y nunca le confíes que soy desgraciada. No le entristezcas, Marian, te lo pido por mi propio bien, no le entristezcas. Si muero antes prométeme que le entregarás este álbum con sus dibujos y ese rizo mío. Cuando yo no esté no hay ningún mal en que le digas que lo puse ahí con mis propias manos. Y dile también, Marian, ¡díselo por mí, dile lo que yo no podré decirle nunca, dile que le quería! Me echó los brazos al cuello y murmuró estas palabras a mi oído con tal pasión que me destrozaba el corazón. Parecía que toda su ternura, tanto tiempo contenida, salía a borbotones en aquella primera y última ocasión. Se separó de mí con vehemencia histérica y cayó en el sofá deshecha en un paroxismo de sollozos y lágrimas que la sacudía de pies a cabeza. Traté en vano de tranquilizarla y consolarla; mis palabras no podían alcanzarla. Aquél fue el final triste e inesperado, para nosotras dos, de la memorable jornada. Cuando el acceso de desesperación desapareció por sí solo, estaba demasiado extenuada para hablar. Hacia el atardecer se adormiló, y yo guardé el álbum de dibujos para que no lo volviese a ver al despertarse. Cuando abrió los ojos y me buscó con la mirada, mi semblante aparecía tranquilo, a pesar de la tormenta que agitaba mi alma. No hablamos más de la penosa entrevista de la mañana. No mencionamos el nombre de Sir Percival, y ninguna de nosotras se refirió a Walter Hartright en todo el resto del día. Día l0 Encontrándola esta mañana más tranquila y animada me atreví a aludir de nuevo al desdichado tema de ayer, con el solo objeto de convencerla para que me dejase tratarlo con el señor Fairlie y con Sir Percival, pues yo podría hablar con más independencia y claridad que ella respecto de aquel lamentable matrimonio. Sin embargo me interrumpió suave, pero firme, a la mitad de mi discurso. —Quise que ayer se decidiese —dijo—, y ayer se decidió. Es demasiado tarde para retroceder. Sir Percival me habló esta tarde de lo sucedido en el cuarto de Laura. Me aseguró que la confianza sin igual que le demostró le inspiraba tal convicción de su integridad y su inocencia, que ni un segundo había pasado por su mente la más remota sombra de celos; ni cuando estuvo con ella ni después. Aunque lamentaba profundamente este desdichado sentimiento de Laura, que había retrasado su avance en ganar su inclinación y estima, creía firmemente que si en el pasado aquel sentimiento había pemanecido oculto, en el futuro lo permanecería también, cualesquiera que fuesen las circunstancias que podían presentarse. Tenía la absoluta convicción de ello, y la prueba más irrefutable que daba de su fe en Laura era la de que no tenía la menor curiosidad por conocer al hombre que ella amaba, ni por saber si ese sentimiento era ya viejo o si había surgido hacía poco. Su explícita confianza en la señorita Fairlie le hacía aceptar como bueno todo lo que ella juzgase oportuno descubrirle, siendo él incapaz de sostener la menor curiosidad por saber más. Al decir ésto se detuvo y me miró. Yo estaba tan consciente de la irrazonable desconfianza que me inspiraba, —tan consciente de mis mezquinas sospechas acerca de que él podía contar con que le diese una respuesta impulsiva a sus preguntas —que quise eludir toda referencia a un tema que me llenaba de confusión. Al mismo tiempo estaba dispuesta a no perder la menor oportunidad que se me presentase para abogar por la causa de Laura, y tuve el atrevimiento de decirle que lamentaba que su generosidad no hubiese llegado a mayor altura, dejándola libre y renunciando al matrimonio. Al llegar a este punto me desarmó como la víspera, pues intentaba defenderse. Tan sólo me hizo notar la diferencia que existía entre consentir que la señorita Fairlie devolviera su palabra, en lo que sólo sería cuestión de resignarse, a que fuese él quien se la devolviera a ella, lo cual, dicho en otras palabras, sería pedirle cometer un suicidio en lo que se refería a sus propias esperanzas. La conducta de su novia en la víspera había engrandecido tanto su constante amor y admiración por ella, después de dos largos años de ilusiones, que cualquier intento de destruir aquellos sentimientos estaba fuera del alcance de sus fuerzas. Yo podría pensar que él era débil, egoísta, insensible con aquella mujer a la que idolatraba. Y él inclinaría la cabeza y se sometería a mi censura, con la mayor resignación; tan sólo me preguntaría si era mucho mejor para Laura un futuro solitario, siempre soñando con un amor imposible que nunca debería ser revelado que una vida junto al hombre que adoraba incluso el suelo que ella pisara. En este último caso había esperanzas, que por remotas que fuesen podían cumplirse con el tiempo, mientras que en el primero no había ninguna, según ella misma confesaba. Le contesté, y lo hice más bien porque soy mujer y tengo lengua de mujer que porque tuviese algo convincente que decirle. Era más que obvio que la actitud que Laura había adoptado el día anterior le ofrecía ventajas que de él dependía aprovechar y que había optado por hacerlo así. Lo pensé entonces, como lo pienso ahora que estoy escribiendo estas líneas sola en mi cuarto. La única esperanza que me queda es la de suponer que sus motivos se basan, como él dice, en la fuerza irresistible de su amor por Laura. Antes de terminar mi Diario esta noche, quiero recordar que he escrito hoy a dos antiguos amigos de mi madre, personas de gran posición e influencia en Londres, para pedirles ayuda para el pobre Hartright. Si pueden hacer algo por él estoy segura de que lo harán. Después de Laura, Walter es la persona que me preocupa más en este mundo. Todo lo sucedido desde que nos dejó ha fortalecido mi simpatía y confianza por él. Espero obrar bien ayudándole a encontrar empleo fuera de Inglaterra, y espero con sinceridad e impaciencia que todo sea para su bien. Día 11 Sir Percival ha tenido una entrevista con el señor Fairlie, y me han llamado para que yo estuviera presente. Encontré al señor Fairlie sumamente satisfecho por haber solucionado al fin aquel «problema de familia» (como tuvo la oportunidad de definir el enlace de su sobrina). No esperaba que me hubiese llamado para darle mi opinión sobre el tema, pero cuando comenzó a insinuar de la manera más impertinente y lánguida que convenía fijar en seguida la fecha de la boda, accediendo a los deseos de Sir Percival, tuve el gusto de atormentar el sistema nervioso del señor Fairlie protestando con toda la energía que puede expresarse mediante palabras, contra cualquier intento de apresurar la decisión de Laura. Sir Percival me aseguró al instante que comprendía la razón de mis objeciones y me rogaba creerle que la sugerencia se hacía sin presión alguna por su parte. El señor Fairlie se apoyó en el respaldo de la butaca, cerró los ojos, dijo que nosotros dos honrábamos al género humano y repitió su propuesta con tanta indolencia como si ni Sir Percival ni yo hubiésemos hecho la menor observación sobre el asunto. Todo acabó cuando me negué rotundamente a mencionarle el tema a Laura, salvo si ella lo abordase por su propia iniciativa. En seguida, después de hacer esta declaración, salí del cuarto. Sir Percival parecía estupefacto de enojo. El señor Fairlie estiró sus perezosas piernas sobre su escabel de terciopelo y dijo: —Querida Marian, ¡cómo envidio el equilibrio de tu sistema nervioso! No cierres la puerta de golpe, por favor. Cuando me dirigía al cuarto de Laura me dijeron que ella me había buscado y que la señora Vesey le había informado que estaba con el señor Fairlie. Me preguntó inmediatamente para qué me había llamado, y le conté todo lo sucedido, sin ocultarle la indignación y rabia que me dominaban. Su respuesta me sorprendió y entristeció indeciblemente, pues era lo último que esperaba oír. —Mi tío tiene razón —dijo—. Bastantes preocupaciones y disgustos habéis tenido todos por mi culpa. Acabemos con ello, Marian, dejemos que decida Sir Percival. La amonesté cariñosamente, pero todo cuanto pude decirle no le hizo cambiar de parecer. —Mi compromiso me obliga —contestó—. He roto con mi vida pasada. El día fatal ha de llegar, aunque nos empeñemos en retrasarlo. ¡No, Marian! Una vez más mi tío tiene razón. Os he proporcionado bastantes molestias y bastantes angustias. No quiero causaros más. Ella, que era la docilidad en persona, se mostraba ahora inflexible en la misma resignada pasividad; mejor dicho, en su desesperación. Con todo lo que yo la quería hubiese preferido verla nerviosa y agitada, tan poco propio de su carácter era mostrarse fría e insensible, tal como la veía ahora. Día l2 Durante el desayuno, Sir Percival me interrogó sobre Laura de tal modo que no tuve más remedio que confesarle lo que me había dicho. Mientras hablábamos de ello, bajó Laura y se sentó con nosotros. Delante de Sir Percival siguió mostrándose tan extrañamente serena como lo fue conmigo. Cuando terminamos el desayuno, pudo decirle él algunas palabras en el recodo de una de las ventanas. No estuvieron solos ni tres minutos y, al separarse, ella salió de la estancia con la señora Vesey y Sir Percival se acercó a mí. Me dijo que le había rogado conservar su privilegio de que ella eligiera la fecha de la boda cuando mejor le pareciese. Ella le contestó con palabras de agradecimiento y le recomendó comunicar a la señorita Halcombe sus deseos al respecto. No tengo paciencia para seguir escribiendo. En este detalle, como en todos los restantes, Sir Percival ha hecho lo que se proponía sin dar motivo para desconfiar de sus intenciones, pese a cuanto pueda yo decir y hacer. Desde luego sus deseos siguen siendo los mismos que tenía cuando vino aquí por primera vez, y Laura después de haber aceptado el inevitable sacrifcio de casarse con él sigue con la misma fría desesperación y tan resignada como siempre. Al separarse de los pocos recuerdos y reliquias que poseía de Hartright, parece haberse separado también de toda su ternura y sensibilidad. No son más que las tres de la tarde cuando estoy escribiendo estas líneas, y ya Sir Percival nos ha dejado con la prisa ilusionada del novio para prepararse a recibir a la novia en su residencia de Hampshire. A menos que suceda algún suceso extraordinario que lo impida, se casarán exactamente cuando él deseaba celebrar la boda: antes de fin de año. ¡Me queman los dedos escribiendo ésto! Día l3 He tenido una noche de insomio pensando en Laura. Ya de madrugada tomé la decisión de que cambiar de aire puede resultar benéfico para ella. Seguro que sale de esa rígida insensibilidad si me la llevo de Limmeridge, si se ve rodeada del cariño de viejos amigos. Después de dar algunas vueltas, decidí escribir a Yorkshire, a los Arnold. Son gentes sencillas, cordiales y hospitalarias. Ella los conoce desde niña. Se lo dije después de echar la carta al buzón. Hubiera sido para mí un alivio que hubiera protestado o me hubiera objetado inconvenientes. Pero no fue así, únicamente dijo: —Contigo iré a todas partes, Marian. Si tú lo propones estoy segura que estarás acertada. El cambio de ambiente ha de sentarme bien. Día 14 He escrito unas líneas al señor Gilmore anunciándole que parecía que el desdichado matrimonio iba a celebrarse de verdad y también que pienso sacar de aquí a Laura. No he tenido ánimo para darle detalles. Ya habrá tiempo para ello cuando el final del año esté más cerca. Día 15 Tres cartas para mí. Una de los Arnold, encantados con la idea de vernos a Laura y a mí. Otra de uno de los señores a quienes recomendé el asunto de Walter Hartright, comunicándome que ha tenido suerte en sus gestiones y que han encontrado la oportunidad de complacerme. La tercera del mismo Walter, dándome las gracias, ¡pobre criatura!, de la manera más efusiva por la ayuda que le he prestado para dejar su patria, su madre y sus amigos. Una expedición privada que va a hacer excavaciones en las ruinas de algunas ciudades de América Central está a punto, según parece, de embarcar en Liverpool. El delineante que estaba contratado no se atrevió a participar y lo anunció a última hora, y Walter ocupará su puesto. Ha firmado un contrato por seis meses, contados desde el momento en que desembarquen en Honduras y prorrogable por un año si las excavaciones tienen éxito y les alcanzan los fondos. Termina su carta prometiéndome escribir unas líneas de despedida cuando esté a bordo y el piloto les deje. Sólo deseo y espero que tanto él como yo obremos con acierto. Es un paso tan definitivo para él, que tiemblo al pensarlo. Y sin embargo, en la desgraciada situación en que se halla, ¿cómo voy a desear que se quede en Inglaterra? Día 16 El coche espera a la puerta. Laura y yo emprendemos nuestro viaje para visitar a los Arnold. * Polesdean Lodge, Yorkshire Día 23 Una semana en medio de estos paisajes nuevos y esta gente tan cariñosa ha producido alguna mejora en Laura, aunque no tanta como yo esperaba. He resuelto prolongar nuestra estancia aquí una semana por lo menos. Es inútil volver a Limmeridge mientras no sea absolutamente necesario. Día 24 El correo de esta mañana me trae tristes noticias. La expedición para América Central se hizo a la mar el día 21. Hemos perdido un fiel amigo y nos alejamos de un hombre honrado... Walter Hartright no está ya en Inglaterra. Día 25 Ayer, tristes noticias y hoy, noticias siniestras. Sir Percival ha escrito al señor Fairlie y éste nos ha escrito a Laura y a mí reclamándonos inmediatamente en Limmeridge. ¿Qué significará esto? ¿Habrán fijado la fecha de la boda en nuestra ausencia? Limmeridge, día 27. Mis pensamientos se han confirmado. Han fijado para el veintidós de diciembre la fecha de la boda. Al día siguiente de salir nosotras pard Polesdean, Sir Percival escribró, según parece, al señor Fairlie, para decirle que las obras y reformas necesarias en su casa de Hampshire iban a requerir más tiempo del que había pensado al principio. Ahora estaba esperando que le enviasen presupuestos y desearía saber la fecha exacta de la boda, lo cual le facilitaría llegar a un trato definitivo con los albañiles. Ademas de saber él a qué atenerse, tenía que escribir a algunos amigos a los que había invitado aquel invierno para disculparse, pues no podía recibirlos mientras la casa estuviera en manos de los operarios. A esta carta contestó el señor Fairlie diciendo que escogiese él mismo la fecha de la boda, y aunque ésta quedaría pendiente de la aprobación de la señorita Fairlie, él como tutor se encargaría gustoso de conseguir su consentimiento. Sir Percival volvió a escribir a vuelta de correo, proponiendo (conforme a su idea, fija desde el principio) el final de diciembre, el día 22 ó 24, o cualquier otro que prefiriese Laura o su tutor. Como la novia no se hallaba cerca para ser consultada el tutor decidió en su ausencia que cuanto antes mejor, y que el 22 podía celebrarse la boda, por lo cual nos escribió para que regresáramos inmediatamente a Limmeridge. Ayer, después de explicarme todo ésto en una entrevista privada, el señor Fairlie me sugirió de la manera más amistosa de que era capaz que empezase hoy mismo las gestiones oportunas. Comprendí que era inútil oponerse antes de haber conseguido que Laura me autorizase para ello, y accedí a hablar con ella, pero declaré al mismo tiempo que bajo ningún pretexto trataría de forzarla para que secundase los deseos de Sir Percival. El señor Fairlie me felicitó por mi «excelente conciencia», lo mismo que me podía haber felicitado por mi «excelente salud» si estuviéramos paseando en el jardín, y se quedó muy satisfecho después de trasladar de sus espaldas a las mías una nueva responsabilidad familiar. Esta mañana hablé con Laura, según había prometido. La sangre fría —debiera decir la insensibilidad—, que con tanta resolución y tan extrañamente había sostenido desde que se marchó Sir Percival no resistió el choque que le produjeron las noticias que le comuniqué. Se puso pálida y todo su cuerpo tembló. —¡No tan pronto! —suplicó— ¡Marian, no tan pronto, por favor! Por ligera que fuese la protesta, fue suficiente para mí. Me levanté para salir de la habitación y enfrentarme con el señor Fairlie en defensa de los intereses de Laura. Ya tenía la mano en el picaporte, cuando me agarró por el vestido y me detuvo. —¡Déjame ir! —le dije—. Me arde la sangre por decirle a tu tío que él y Sir Percival no van a salirse siempre con la suya. —¡No! —dijo ella débilmente—. ¡Es tarde, Marian, es demasiado tarde! —Qué va a ser tarde —insistí—. La cuestión del tiempo está en nuestras manos, déjame aprovecharlo como una mujer sabe aprovechar las circunstancias. Separé su mano de mi vestido mientras hablaba, pero en ese mismo instante rodeó mi cintura con ambos brazos y me estrechó con más cariño que nunca. —Sólo traería más preocupaciones y más confusión —dijo—. Conseguirías reñir con mi tío y hacer que volviese Sir Percival con nuevos motivos de queja. —¡Mejor que mejor! —exclamé apasionadamente—. ¿Qué nos importan su motivos para quejarse? ¿Es que quieres destrozarte el corazón para que él se tranquilice? No hay hombre en el universo que merezca que nosotras las mujeres nos sacrifiquemos por él. ¡Hombres! Son los enemigos de nuestra inocencia y de nuestra paz, nos arrancan del cariño de nuestros padres y de la amistad de nuestras hermanas, acaparan nuestro cuerpo y nuestra alma y arrastran con ellos nuestras vidas lo mismo que se le pone la cadena a un perro. Y ¿qué es lo que nos entrega a cambio el mejor de los hombres?... Déjame ir, Laura. Me vuelvo loca de pensarlo. Las lágrimas —miserables e impotentes, lágrimas de angustia y de rabia de mujer— llenaron mis ojos... Sonrió tristemente y cubrió mi rostro con su pañuelo, para ocultarme el golpe bajo de mi propia debilidad, aquella debilidad que yo más despreciaba, y ella lo sabía. —¡Marian! —dijo—. ¡Llorando tú! Piensa en lo que me dirías si se cambiasen nuestros papeles y estas lágrimas fueran mías. Tu cariño, tu valor y tu abnegación hacia mí no conseguirán alterar ni evitar lo que tiene que suceder tarde o temprano. Deja que se haga como mi tío quiere. Deja que terminen las angustias y las pesadumbres que, con un sacrificio por mi parte, podemos evitar. Di que vivirás conmigo cuando me case y no necesito que digas otra cosa, Marian. Pero yo sí las dije. Me tragué aquellas lágrimas despreciables que no me aliviaban y que la destrozaban a ella; razoné y supliqué con toda la serenidad de que fui capaz. No sirvió de nada. Me hizo repetir dos veces la promesa de vivir con ella cuando se casase, y súbitamente me hizo una pregunta que dio otra dirección a mi tristeza y mi compasión. —Mientras estuvimos en Polesdean —me dijo—, tuviste una carta, Marian... Su voz alterada, la prontitud con que dejó de mirarme escondiendo su rostro en mi hombro, y la vacilación que la hizo detenerse antes de terminar la frase, me explicaron claramente a quién se refería aquella pregunta inconclusa. —Creía Laura, que entre tú y yo jamás se volvería a hablar de él —le dije con suavidad. —¿Tuviste carta de él? —insistió. —Sí —contesté—, si quieres saberlo. —¿Piensas volverle a escribir? Dudé. No me había atrevido a decirle que había abandonado Inglaterra, y que yo había participado en ello consiguiendo que se cumplieran sus nuevas esperanzas y proyectos. ¿Qué podía contestarle? Se había alejado hacia lugares donde las cartas tardarían meses, quizás años, en llegar. —Supongamos que él escriba —dije al fin—. ¿Qué pasaría entonces, Laura? Sentí cómo su mejilla pegada a mi cuello ardía; y sus brazos temblaron al estrecharme más aún. —No le hables del veintidós —murmuró—. ¡Prométeme, Marian..., por favor, prométeme que ni siquiera mencionarás mi nombre cuando le escribas! Se lo prometí. No hallo palabras para expresar mi tristeza al hacerle esta promesa. Instantáneamente separó sus brazos de mi cintura, fue hacia la ventana y se quedó allí, de espaldas a mí. Después de unos momentos volvió a hablar, pero sin volverse, sin dejarme ver su rostro. —¿Vas al cuarto de mi tío, Marian? —preguntó—. ¿Quieres decirle que aceptaré cualquier decisión que tome? No te preocupes por dejarme. Es mejor que me quede sola un rato. Salí. Si al verme en el pasillo hubiese podido transportar a Sir Percival y al señor Fairlie a los más lejanos extremos de la tierra con un solo movimiento de mi dedo lo habría hecho sin la menor vacilación. Sin embargo, hubiera estallado en violentos sollozos si mis lágrimas no se hubieran consumido abrasadas por el ardor de mi rabia. Tal y como estaban las cosas, corrí al cuarto del señor Fairlie, entré como un huracán, le grité con la mayor dureza: «Laura consiente en que sea el veintidós»; y me precipité fuera sin esperar su respuesta. Di un portazo al salir que espero que transtornara, para todo el resto del día, el sistema nervioso del señor Fairlie. Día 28 Esta mañana volví a leer la carta de despedida del pobre Hartright, pues desde ayer ha cruzado por mi mente la duda de si hago bien al ocultarle a Laura que ha partido. Reflexionando mejor, sigo pensando que hago bien. Lo que dice en su carta sobre los preparativos que se hacen para la expedición a América Central demuestran claramente que los que la organizan saben que su empresa es peligrosa. Si el saber ésto me tiene a mí tan inquieta, ¿qué será para ella? Ya es bastante desolador pensar que su viaje nos ha privado de un amigo en cuya lealtad podíamos confiar a la hora de la necesidad, si tal hora llega y nos encuentra indefensas... Pero es mucho peor aún saber que se haya alejado de nosotras para ir en busca de peligros, a vivir en un clima insano, en un país salvaje y en medio de un población levantisca. ¿No sería una franqueza cruel decirle ésto a Laura sin que haya necesidad inmediata de que lo sepa? No sé si debo dar un paso más y quemar esta carta ahora mismo, por temor a que pueda caer algún día en manos indiscretas. No sólo habla de Laura en términos que deben permanecer ocultos para siempre entre el autor y yo, sino que repite sus sospechas con insistencia, alarma y extrañeza, de que está vigilado constantemente desde que se marchó de Limmeridge. Dice que pudo ver los rostros de dos desconocidos que le siguieron por las calles de Londres mezclados entre la multitud que presenciaba en Liverpool la salida del barco que conducía a los expedicionarios y asegura de una manera positiva que oyó pronunciar el nombre de Anne Catherick a sus espaldas cuando entraba en la lancha que iba a llevarlo al barco. Sus palabras textuales son éstas: «Estos acontecimientos tienen un significado; deben conducir a un resultado. El misterio de Anne Catherick sigue sin aclararse. Tal vez nuestros caminos no se crucen más pero si un día la encuentra usted en el suyo, aproveche mejor esa oportunidad, señorita Halcombe, de lo que yo supe aprovecharla. Hablo con absoluta convicción. Le ruego que no olvide lo que le advierto.» Estas son sus palabras. No hay peligro de que yo las olvide, y es más que fácil alertar mi memoria con una palabra de Hartright que se refiere a Anne Catherick. Pero existe peligro en que yo conserve la carta. La casualidad más sencilla puede hacerla llegar a manos extrañas. Puedo enfermar, puedo morir... ¡Es mejor quemarla ahora mismo y quitarme una preocupación de encima! ¡Ya ha ardido! Las cenizas de esta carta de despedida, quizá la última que reciba de él, no son más que un polvo negro en la chimenea. ¿Será éste el fin de la triste historia? No, no es el fin, ¡estoy segura, más que segura, de que el fin no ha llegado todavía! Día 29 Han comenzado los preparativos para la boda. Llegó el sastre que ha de ponerse a las órdenes de Laura. Ella sigue impasible, sin preocuparse de cosas que para otras mujeres en sus circunstancias serían fundamentales. Ha dejado que el sastre y yo lo decidamos todo. Si el pobre Hartright hubiera estado en lugar del barón y fuese el novio escogido por su padre, ¡qué distinto sería su comportamiento! ¡Qué caprichosa y exigente hubiese sido! ¡El mejor de los sastres no hubiera logrado contentarla! Día 30 Todos los días tenemos noticias de Sir Percival. Las últimas nos comunican que las reparaciones de su casa requerían de cuatro a seis meses, hasta que todo esté arreglado. Si los pintores, tapiceros y empapeladores pudieran proporcionar felicidad lo mismo que lujo, cuánto me interesarían sus habilidades en el hogar futuro de Laura. Pero no es así, y un fragmento de la última carta de Sir Percival me ha sacado de quicio y ha acabado con mi indiferencia ante todos sus proyectos; fue aquél en que se refería a su viaje de novios. Propone que, como Laura está algo delicada y el invierno promete ser más duro que habitualmente, sería conveniente llevarla a Roma y quedarse en Italia hasta la primavera. Si no está conforme con estos planes, él está dispuesto, aunque no tiene vivienda en Londres, a pasar el invierno en la ciudad alquilando la casa mejor acondicionada que pueda encontrar. Dejando de lado mis propios sentimientos (que es lo que debo hacer y he hecho), no dudo que es más apropiado aceptar su primera proposición. De cualquier modo la separación entre Laura y yo es inevitable. Será más larga si se van al extranjero que si se quedan en Londres, pero debemos considerar esta desventaja aparte, que a Laura le ha de beneficiar pasar el invierno en un clima suave, y la reconciliará con su nueva existencia este primer viaje de su vida al país más interesante det mundo. Ella no es de las que buscan el esparcimiento en las convencionales diversiones de Londres. Sólo conseguirían hacer su desgraciado matrimonio más deprimente para ella. Me asusta el inicio de su nueva vida de tal modo que no tengo palabras para expresarlo, pero tengo alguna esperanza en su felicidad si hace este viaje y ninguna si se queda en Londres. Qué extraño se me hace volver a leer esta última parte de mi Diario y ver que escribo sobre la boda de Laura y de nuestra separación como si hablase de algo decidido. ¡Es tan frío y desdeñoso ver el futuro con esta resignación cruel! Mas ¿cómo voy a pensar de otra forma cuando queda tan poco tiempo? Antes de que transcurra un mes será suya, no mía. ¡Su Laura! Me cuesta tanto hacerme a la idea de lo que significan estas dos palabras... Mi alma está destrozada y aturdida con tales pensamientos. Me parece como si en lugar de estar escribiendo sobre el matnmonio de Laura lo estuviese haciendo sobre su muerte. Día 1o. de Diciembre Un día triste, muy triste; un día que no tengo ánimo para describir minuciosamente. Anoche quise olvidarlo pero esta mañana no tuve más remedio que hablarle a Laura de los planes de Sir Percival respecto al viaje de novios. Con la completa convicción de que yo les acompañaría a cualquier sitio que fuesen, la pobre niña (pues en muchas cosas es todavía una niña) casi se sintió feliz ante la idea de conocer Florencia, Roma y Nápoles con todas sus maravillas. Sentí que se me desgarraba el corazón al tener que desilusionarla y ponerla cara a la dura realidad. Tuve que decirle que no hay hombre que admita un rival, aunque éste sea una mujer, que le dispute el cariño de su esposa cuando acaba de casarse aunque luego tenga mayor tolerancia. Me vi obligada a decirle que las probabilidades que yo tenía de poder vivir siempre con ella, en su propia casa, dependían enteramente de que no despertara celos ni desconfianza en Sir Percival, interponiéndome entre ellos, como la única depositaría de los secretos más íntimos de su mujer. Gota a gota fuí derramando la amargura profanadora que otorga la sabiduría de este mundo en aquel corazón puro y en aquella alma inocente, mientras cada una de las fibras de mi ser y los sentimientos más elevados de mi espíritu se sublevaban ante mi miserable tarea. Ya pasó todo. Laura ha aprendido la lección, dura e inevitable. Las dulces ilusiones de su juventud han desaparecido y mis manos son las que la han despojado de ellas. Mejor es que hayan sido las mías y no las suyas. Es mi único consuelo. Así es que aceptó la primera solución. Se marcharán a Italia, y tengo que prepararme, con la venia de Sir Percival, para esperarlos e instalarme en mi casa en cuanto retorne a Inglaterra. Dicho en otras palabras, tengo que pedir un favor por primera vez en mi vida, y pedírselo a un hombre a quien menos que a nadie quisiera deberle nada ni tener nada que agradecerle. ¡No importa! Creo que sería capaz de hacer más que eso por el bien de Laura. Día 2 Cuando reviso mis escritos me encuentro con que siempre que me refiero a Sir Percival lo hago en términos despreciativos. Con los nuevos derroteros que han tomado los acontecimientos debo y deseo arrancar de mí estos prejuicios contra él. No sé cuándo los concebí. Antes no los tenía, de eso estoy segura. ¿Es la repugnancia de Laura a ser su mujer lo que me ha hecho contemplarle como a un enemigo? ¿Es que las justas y comprensibles sospechas de Hartright han influído en mí sin que yo lo advierta? ¿Es que la carta de Anne Catherick sigue proyectando sus sombras en mi alma y acechándome con sus recelos, a pesar de las explicaciones de Sir Percival y de la prueba palpable que poseo? No sé cuál es el estado de mi propio sentir. De lo único que estoy segura es de que cumplo mi deber, ahora con doble motivo, no perjudicando a Sir Percival con mis injustas desconfianzas. Si ha llegado a ser ya en mí una costumbre el escribir sobre él de este modo tan poco favorable, debo y quiero romper con esta propensión indigna, incluso si el esfuerzo me obliga a cerrar las páginas de este cuaderno hasta que se celebre la boda! Me siento francamente descontenta de mí misma. Y hoy no escribo más. * Día 16 Han pasado quince días y no he abierto el cuaderno. Me he alejado tanto tiempo de mi Diario para volver a él con el ánimo mejor dispuesto y más favorable en lo que se refiere a Sir Percival. No hay mucho que contar sobre estas dos últimas semanas. Los vestidos están casi todos terminados y los flamantes baúles que llevarán los novios en el viaje han llegado ya de Londres. ¡Pobre Laura de mi alma! Apenas se separa de mí en todo el día, y anoche, cuando ninguna de las dos podíamos conciliar el sueño, vino a mi cuarto y se metió en mi cama para charlar. «Te voy a perder tan pronto, Marian —me dijo—, que mientras pueda no quiero desaprovechar ni un momento de estar contigo. Se van a casar en la iglesia de Limmeridge, y gracias al cielo no se va a invitar a ninguno de los vecinos para la ceremonia. El único invitado va a ser nuestro viejo amigo el señor Arnold, que viene de Polesdean para entregar a Laura, ya que su tío es demasiado delicado para atreverse a salir mientras sigan estas inclemencias del tiempo que tenemos ahora. Si hoy no estuviese decidida a no ver las cosas más que por el lado optimista, esta ausencia de todos los parientes masculinos de Laura en el momento más importante de su vida me produciría gran tristeza y desconfianza ante el futuro. Pero quiero acabar con tristezas y desconfianzas, es decir, no hablaré más ni de lo uno ni de otro en este Diario. Sir Percival llega mañana. Nos ha ofrecido, en caso de que deseemos tratarle con rigurosa etiqueta, escribirle él mismo a nuestro párroco para pedirle que le diese hospitalidad en la casa rectoral durante los breves días que permanezca en Limmeridge antes de la boda. Pero en las circunstancias en que estamos, tanto el señor Fairlie como yo creemos innecesario molestarnos en respetar estas ridículas formas y ceremonias. En nuestra región, solitaria y salvaje, y en esta inmensa casa vacía, podemos estar a salvo de los convencionalismos triviales que embarazan a la gente de otros lugares. Escribí a Sir Percival agradeciéndole su amable ofrecimiento y rogándole que ocupara sus antiguas habitaciones, igual que siempre, en Limmeridge. Dia 17 Hoy ha llegado, y me ha parecido un poco nervioso y cansado, aunque ríe y charla como un hombre que está de magnífico humor. Ha traído de regalo algunas alhajas verdaderamente preciosas que Laura ha aceptado con elegancia al menos aparentemente, y con completa serenidad. La única señal que pude advertir del esfuerzo que debía costarle guardar las apariencias en estos momentos difíciles fue su repentino deseo de no quedarse sola ni un segundo. En vez de retirarse a su habitación, como de costumbre, parecía asustada ante esa idea. Cuando después de almorzar subí esta tarde a mi cuarto para coger el sombrero y salir a dar un paseo, quiso acompañarme, y luego, antes de cenar, abrió la puerta que comunicaba nuestros cuartos para poder hablar mientras nos vestíamos: «Procura que siempre esté ocupada —me dijo—, procura que siempre esté alguien conmigo. No me dejes pensar Marian. Eso es lo único que te pido ahora. ¡No me dejes pensar!». Este hermoso cambio la vuelve aún más atractiva a los ojos de Sir Percival. Me parece que lo interpreta como más le conviene. Las mejillas y los ojos de Laura tienen brillo y ardor febril, pero él lo considera como el resucitar de su belleza y el retorno de su alegría. Durante la cena, ella habló esta noche con desenvoltura, tan falsa y tan llamativamente distinta de lo que en realidad es, que yo estaba deseando secretamente hacerla callar y sacarla del comedor. La sorpresa y el júbilo de Sir Percival parecían no tener límite. El nerviosismo que creía observar en su fisonomía cuando llegó había desaparecido por completo; incluso a mis ojos parecía haber rejuvenecido diez años. No hay duda, —aunque alguna extraña perversidad me impida verlo por mí misma— de que el futuro marido de Laura es un hombre muy guapo. La corrección de las facciones otorga una ventaja, y él la tiene. Ojos oscuros y brillantes, tanto en un hombre como en una muJer, constituyen un gran atractivo, y los suyos lo son. Incluso la calvicie, cuando sólo abarca la parte contigua a la frente (como en su caso), es más bien simpática, pues hace la frente más alta y añade inteligencia al rostro. Gracia y soltura de movimientos, discreta animación de gestos, don de conversación fácil y flexible, —todos esos son méritos indudables, y él los posee todos—. ¿No es cierto que no puede reprochársele al señor Gilmore, quien desconoce el secreto de Laura, su sorpresa al verla lamentar su compromiso? Cualquiera en su lugar hubiera sido de la misma opinión que nuestro buen amigo. Si en este momento me preguntasen qué defectos he descubierto en Sir Percival, sólo le encontraría dos. Uno, su incesante agitación y nerviosismo, que puede ser la fuente de la energía extraordinaria de su carácter. Otro, ese modo áspero, seco e irritable con que habla a los criados, aunque después de todo debe de ser un mal hábito y nada más. No, no puedo negarlo y no lo hago: Sir Percival es un hombre muy guapo y agradable. ¡Ya está! Lo he escrito por fin, y me alegro de ello. Día 18 Esta mañana me encontraba cansada y deprimida, dejé a Laura con la señora Vesey y salí a dar mi habitual paseo corto del mediodía que últimamente había dejado de hacer. Tomé el camino del parámo, el seco y amplio que conduce a Todd's Corner, y después de haber andado más de media hora me sorprendió enormemente ver a Sir Percival que se me acercaba viniendo de la granja. Andaba muy deprisa, balanceando el bastón, con la cabeza tan erguida como siempre y su chaqueta de caza desabrochada y flotando al aire. Cuando nos encontramos no esperó a que yo le hiciera preguntas. Me dijo en seguida que había estado en la granja a preguntar si la señora o el señor Todd habían recibido noticias de Anne Catherick desde que se fue de Limmeridge. —¿Por supuesto le han dicho que no saben nada? —pregunté. —Nada en absoluto —contestó—. Empiezo a temer que hemos perdido su pista. ¡Sabe por casualidad —continuó, mirándome fijamente— si ese artista, el señor Hartright, estará en condiciones de facilitarnos alguna nueva información. —Ni la ha visto ni ha oído nada de ella desde que él se fue de Cumberland —repliqué. —Es una pena —dijo sir Percival como si estuviera contrariado y al mismo tiempo, y extrañamente, dando la impresión de sentirse aliviado—. Es imposible saber qué desdichas pueden haberle ocurrido a esa pobre criatura. No puedo decir cuánto me entristece que fracasaran todos mis esfuerzos por devolverla al cuidado y la protección que precisa con urgencia. En ese momento sí parecía estar preocupado. Le dije dos palabras banales propias del caso, y hablamos de otros temas en nuestro regreso a Limmeridge. ¿Será posible que mi encuentro casual haya servido para descubrir otra buena cualidad suya? Porque es un rasgo que demuestra falta de egoísmo y caridad pensar en Anne Catherick en las vísperas de su boda, y haberse dado una caminata hasta Todd's Corner para preguntar sobre ella cuando podía haber pasado ese tiempo con Laura en forma mucho más agradable. Considerando, pues, que haya obrado por motivos puramente altruistas, su conducta expresa una generosidad poco corriente, y merece alabanzas sin reserva. ¡Bueno! Le dedico estas alabanzas y acabo con él. Día 19 Nuevos descubrimientos en la mina inagotable de Sir Percival. Hoy empecé a insinuar algo de nuestro proyecto de vivir en la casa de su mujer cuando la traiga de vuelta a Inglaterra. Apenas había empezado a hablar cuando me cogió la mano con afecto diciendo que le había propuesto precisamente la cosa que él más deseaba. Era yo la compañera que soñaba para su mujer, asegurándome que le había hecho un señalado favor ofreciéndome vivir con Laura después de la boda, exactamente tan unidas como habíamos vivido hasta ahora. Cuando le di las gracias en nombre de ella y en el mío por su amable condescendencia con nosotras, hablamos de su viaje de novios y de la sociedad inglesa de Roma, en la que quería introducir a Laura. Nombró a varios amigos que esperaba ver allí este invierno. Todos eran ingleses, menos uno; esta excepción era el conde Fosco. Al oírle mencionar al conde Fosco y saber que el conde y su esposa probablemente se encontrarían en el continente con los recién casados, vi por por primera vez el matrimonio de mi hermana con buenos ojos. Ello podía poner fin a una rencilla familiar. Hasta ahora, la condesa Fosco no ha querido saber nada de su sobrina Laura, rencorosa por el comportamiento del difunto señor Fairlie a la hora de hacer testamento. Sin embargo, ahora no podrá perserverar en su actitud. Sir Percival y el conde Fosco son desde siempre íntimos amigos y sus esposas no tendrán mas remedio que tratarse. La condesa Fosco, antes de casarse, era una de las mujeres más impertinentes que he conocido en mi vida, caprichosa, vana e insensata hasta el límite de lo absurdo, y si su marido hubiese conseguido hacerla entrar en razón merecería la gratitud de todos y cada uno de los miembros de la familia de su mujer, empezando por mí, que también se lo agradecería. Estoy deseando conocer al conde. Es el amigo más íntimo del marido de Laura, y por eso despierta en mí un profundo interés. Ni Laura ni yo le hemos visto jamás. Todo lo que sé de él es que su presencia casual, hace años, en Trinitá del Monte, en Roma, libró a Sir Percival de unos ladrones que querían robarle y asesinarle, pues después de haberle herido en la mano estaban a punto de darle una puñalada en el corazón. Recuerdo a la vez que cuando el difunto señor Fairlie se opuso de una manera tan absurda a la boda de su hermana, el conde le escribió una carta sensata y deferente que —avergüenza confesarlo— quedó sin respuesta. Esto es todo cuanto conozco del amigo de Sir Percival. Me gustaría saber si un día regresará a Londres. Me pregunto si me resultaría agradable. Estoy dejando correr la pluma y me pierdo en puras conjeturas. Volvamos a la sombría esencia de los hechos. Es evidente que Sir Percival ha atendido mi deseo de vivir siempre con su mujer no sólo con amabilidad, sino casi con afecto. Estoy segura de que el marido de Laura no tendrá quejas de mí si sigo como hasta ahora. ¡Ya he declarado que es un hombre atractivo y afable, caritativo con los necesitados y cariñoso y atento conmigo! La verdad es que no me reconozco a mí misma en esta nueva faceta de mejor amiga de Sir Percival. Día 20 ¡Odio a Sir Percival! Niego de plano su buena presencia. Le considero eminentemente antipático y desagradable, y carece en absoluto de buenos sentimientos y de delicadeza. Anoche llegaron a casa las tarjetas del nuevo matrimonio, Laura abrió el paquete y por primera vez vio impreso su futuro nombre. Sir Percival echó una ojeada por encima de su hombro sobre la tarjeta que había convertido a la señorita Fairlie en Lady Glyde, sonrió con odiosa satisfacción y le murmuró algo al oído. No sé qué le dijo ni Laura ha querido repetírmelo. Sólo vi que su rostro se volvía lívido y creí que iba a desmayarse. El no advirtió nada, y parecía ser brutalmente ajeno a haber dicho algo que pudiera herirla. Mi antigua hostilidad contra él renació en el acto; las horas que han pasado desde aquel instante no la han disipado. Soy más insensata e injusta que nunca. Dicho en tres palabras —¡con qué volubilidad las escribe mi pluma!: yo le odio. * Día 21 ¿Es que las angustias de estos angustiosos días me han despertado al fin? Este último tiempo he estado escribiendo en un tono ligero y frívolo que bien sabe Dios cuán lejos está de mi ánimo y que me ha chocado cuando he vuelto a releer los apuntes de mi diario. Quizá se me ha contagiado la excitación febril de Laura en esta última semana. Si hubiera sido así ya ha pasado el acceso, dejándome en un estado anímico más bien extraño. Desde la otra noche no puedo deshacerme de la persistente sensación de que ha de suceder algo que evitará el matrimonio. ¿Por qué se me ha ocurrido esta fantasía? ¿Es el resultado indirecto de mis dudas respecto al porvenir de Laura? ¿O me la han sugerido la irritabilidad e intranquilidad creciente que observo en Sir Percival a medida que se acerca el día de la boda? Imposible decirlo. Sé que tengo esta sensación —la más absurda, dadas las circunstancias, que jamás haya penetrado en la cabeza de una mujer—, pero por más que lo intento no llego a descubrir su origen. El último día todo ha sido confusión y desbarajuste. ¿Qué podría yo escribir sobre ello? Sin embargo, he de escribir. Todo es preferible a dejarme destruir por mis pensamientos demoledores. Para empezar, la buena de la señora Vesey, a quien hemos olvidado y descuidado mucho últimamente, nos ha proporcionado con la mayor inocencia una mañana aciaga. Hace ya muchos meses que está tejiendo secretamente un chal para su querida discípula. Un trabajo precioso y sorprendente para estar hecho por una mujer de sus años y costumbres. El regalo fue entregado este mañana, y la pobre Laura, que tiene un corazón de oro, estuvo profundamente conmovida cuando le colocó el chal sobre sus hombros con orgulloso entusiasmo la fiel amiga y guardiana de su niñez sin madre. Apenas tuve tiempo de calmarlas a ambas y serenarme yo misma cuando me envió a buscar el señor Fairlie para obsequiarme con una larga relación sobre las precauciones que había adoptado para que el día de la boda no trastornase su tranquilidad. «Su querida Laura» iba a recibir el regalo de su tío, una sortija estropeada, con unos cabellos de su querido tío que ocupaban el lugar de una piedra preciosa y con una despiadada inscripción en francés, por dentro, sobre eterna amistad y afinidad sentimental. «Su querida Laura» recibiría inmediatamente de mis manos esta dádiva enternecedora de modo que tendría tiempo de recobrarse de la emoción que le produciría el regalo antes de aparecer ante el señor Fairlie. «Su querida Laura» tendría la amabilidad de hacerle una breve visita esta tarde, pero sería lo bastante sensata para no hacer escenas. «Su querida Laura» le vería otra vez la manaña siguiente, vestida de novia, y también le suplicaba que no le hiciese escenas. «Su querida Laura» le vería por tercera vez antes de marcharse, pero sin decirle cuándo se iba para no perturbarle en su sensibilidad, y sin llorar... «Por piedad, por lo que más quieras, Marian, con la corrección más cariñosa y más íntima, y más deliciosa y más encantadora, ¡que no llore!...» Me indignaron tanto estas tonterías miserables y egoístas, que seguramente le hubiera molestado con unas verdades duras y tan bastas como nunca oyó en su vida si la llegada del señor Arnold de Polesdean no me hubiese reclamado a atender otros asuntos abajo. El resto del día no puede describirse. Creo que ninguno de los moradores de la casa podría decir cómo transcurrió. La confusión que crearon diversos y múltiples pequeños acontecimientos acabó por desquiciarnos a todos. Se habían enviado a casa algunos trajes que no recordábamos, y hubo que hacer algunos baúles, deshacerlos y volverlos a hacer; llegaron regalos de amigos próximos y lejanos, de amigos humildes y opulentos. Todos teníamos unas prisas innecesarias, llenos de expectación por el día de mañana. Sobre todo Sir Percival estaba tan inquieto que no era capaz de quedarse cinco minutos en el mismo sitio. Su característica tos breve y aguda le atormentaba más que nunca. Se pasó el día entrando y saliendo de casa; de pronto le dio por interrogar a toda persona extraña que entraba en ella aunque fuese para un insignificante recado. Todo ésto iba unido a la constante obsesión de Laura y mía de que al día siguiente teníamos que separarnos y al temor que nos perseguía —aunque ninguna de las dos lo expresáramos—, de que este deplorable matrimonio pudiera ser el error fatal de su vida y la más desesperante desdicha para mí. Por vez primera después de tantos años de inalterable intimidad y unión evitábamos mirarnos a la cara y nos abstuvimos, de común acuerdo, de hablarnos solas en toda la tarde. No puedo seguir escribiendo más sobre esto. Sean cuales fueren las penas y desgracias que me amenacen en la vida, siempre consideraré este 21 de diciembre como el día más desolado y espantoso de mi vida. Estoy escribiendo estas líneas en la soledad de mi cuarto, y hace mucho que la media noche ha pasado, acabo de asomarme al dormitorio de Laura para verla dormir en su camita blanca..., la cama en que había dormido desde que era niña. Allí estaba tendida, sin tener idea de que la estaba mirando, inmóvil, más inmóvil de lo que yo esperaba, pero no estaba durmiendo. Al resplandor de la lamparilla he podido comprobar que sus ojos estaban cerrados del todo y que entre sus párpados brillaban las lágrimas. Mi modesto regalo —sólo un broche— estaba sobre su velador junto al devocionario y la miniatura de su padre, que la acompaña a todas partes. Me quedé un momento más mirándola por encima de su almohada, estaba muy cerca de mí, un brazo descansaba sobre la colcha blanca, respiraba tan suave, tan tenuemente, que ni se movía la pechera de su camisón. Me quedé mirándola, así como la había visto miles de veces y como ya no volveré a verla más... Hasta que me deslicé otra vez en mi cuarto. ¡Querida mía! ¡Con toda tu belleza y tu fortuna, qué desamparada estás! El único hombre que daría toda la sangre de sus venas para defenderte se halla muy lejos de ti; navegando por el terrible mar esta noche tormentosa. ¿Quién te queda en el mundo? No tienes padre, ni hermano... No existe criatura viviente que se ocupe de ti, si no es esta inútil y débil mujer que escribe estas amargas páginas y vela por ti esta noche, aterrada por el fantasma de mañana con un terror que no puede dominar y una sospecha que no puede vencer. ¡Dios mío, qué tesoro se confiará mañana a las manos de ese hombre! Si lo olvida alguna vez, si llega a tocar un solo cabello de tu cabeza... * Día 22 de Diciembre Siete de la mañana. Una mañana borrascosa e inestable. Se acaba de levantar, está mejor y más serena que ayer, ahora que ya llegó el momento. ------------------------ Diez de la mañana. Ya está vestida. Nos hemos abrazado, nos hemos prometido mutuamente no perder el valor. Me he retirado durante unos minutos a mi habitación. Detrás del remolino y confusión de mis pensamientos puedo distinguir esa extraña fantasía de que algún acontecimiento inesperado detenga el matrimonio. ¿Es que también le asalta a él este presentimiento? Le veo desde la ventana moviéndose de acá para allá entre los carruajes estacionados a la puerta... ¿Cómo es posible que se me ocurran estas tonterías? El matrimonio es un hecho inevitable. Antes de media hora salimos para la iglesia. Once de la mañana. Todo ha terminado. Ya están casados. ---------------------------- Tres de la tarde. ¡Se han marchado! ¡Me ciegan las lágrimas! No puedo seguir escribiendo... * Blackwater Park, Hampshire, 11 de junio de 1.85O Han pasado seis meses. ¡Seis largos y solitarios meses desde que Laura y yo nos vimos por última vez! ¿Cuántos días he de esperar aún? ¡Uno tan sólo! Mañana, día 12, los viajeros retornaran a Inglaterra. Apenas puedo concebir mi propia felicidad; apenas puedo creer que las próximas veinticuatro horas son las del último día que ha de separarnos a Laura y a mí. Ella y su marido han pasado todo el inviemo en Italia y luego han ido al Tirol. Vuelven acompañados del conde Fosco y su mujer, que tienen el proyecto de instalarse en cualquier sitio de los alrededores de Londres y vivirán en Blackwater Park durante este verano hasta decidir su residencia definitiva. Con tal de que Laura vuelva me tiene sin cuidado quienes lleguen con ella. Sir Percival es muy dueño de abarrotar su casa de arriba abajo, si así le place, a condición de que Laura y yo vivamos juntas. Mientras tanto aquí estoy instalada en Blackwater Park, «la antigua e interesante mansión del barón Sir Percival Glyde», según cuentan las crónicas del condado, y la futura morada de Marian Halcombe, sin título y soltera como añado yo por mi cuenta, que en este momento se ha instalado en un saloncito muy acogedor, con una taza de té a su lado y con todo lo que posee este mundo encerrado en tres cofres y una maleta y colocado a su alrededor. Ayer salí de Limmeridge pues el día anterior recibí la deliciosa carta de Laura enviada desdes París. No estaba segura de si los esperaría en Londres o en Hampshire, pero ella me decía que Sir Percival había propuesto desembarcar en Southampton y venir directamente a su casa de campo. Habrá gastado tanto dinero en el viaje que no le quedará nada para afrontar la expendiosa vida londinense durante el resto de la temporada y le resultará más económico pasar el verano y el otoño en Blackwater. Laura está harta de cambios de paisaje y diversiones, y le alegra la perspectiva de vivir en medio de la rústica tranquilidad y retraimiento que la prudencia de su marido pone a su dispocición. En cuanto a mí estoy dispuesta a ser feliz en cualquier sitio estando con ella. Así que por ahora todos estamos muy contentos, cada uno a nuestro modo. Anoche dormí en Londres, y hoy me he entretenido tanto con varios recados y encargos que no pude llegar a Blackwater antes del anochecer. A juzgar por mis vagas impresiones, este sitio es en todo opuesto a Limmeridge. La casa se halla situada en un páramo y parece estar encerrada, casi diría que agobiada, por una arboleda. No he visto a nadie más que al criado que me abrió la puerta y al ama de llaves, una persona muy correcta, que me condujo hasta mi cuarto y me ha traído el té. Dispongo de un pequeño salón y del dormitorio, que están al fondo de un largo pasillo del pnmer piso. Las habitaciones del servicio y algunas destinadas a los huéspedes se hallan en el piso segundo, y todas las salas de estar se encuentran en la planta baja. No he visto todavía nada de la casa y sólo sé que un ala del edificio tiene, según dicen, quinientos años, que la casa estaba antes rodeada por un foso y que el nombre de Blackwater le viene de un lago que hay en el parque. Acaban de dar las once con un sonido fantasmal y solemne desde el torreón situado sobre el centro de la casa y que pude distinguir cuando llegué. Un perro enorme se ha despertado, indudablemente por la campana del reloj y está aullando y bostezando fúnebremente en alguna parte muy cerca de aquí. Oigo resonar pasos por los pasillos de abajo, y rechinar de cerrojos y barras de la puerta de entrada. Por lo visto, los criados van a acostarse. ¿Seguiré yo su ejemplo?... No, no tengo sueño. ¿Sueño digo? Me siento como si nunca más pudiera volver a cerrar los ojos. La mera esperanza de contemplar mañana de nuevo ese rostro querido y escuchar su voz tan conocida me tiene en un estado de permanente excitación febril. Si tuviese los privilegios de un hombre, ordenaría que inmediatamente me ensillasen el mejor caballo de Sir Percival y me lanzaría a galope hacia oriente hasta que el sol saliera a mi encuentro; sería un galopar largo, duro, fuerte, sin descanso, un galopar de horas y horas como la escapada del famoso bandolero a York. Pero como no soy más que una mujer condenada a tener paciencia, corrección y faldas para toda la vida, tengo que respetar la opinión del ama de llaves y arreglármelas como pueda de una manera débil y femenina. Leer, ni pensarlo. No puedo concentrar mi atención en los libros. Voy a tratar de escribir hasta que el sueño y la fatiga me venzan. Ultimamente he descuidado mucho mi diario. ¿Qué podría recordar, estando en el umbral de una nueva vida, sobre las personas y acontecimientos, ocasiones y cambios que se han sucedido en estos seis últimos meses, el largo, insoportable y vacío intervalo transcurrido desde el día en que se casó Laura? El recuerdo de Walter Hartright es el que predomina en mi imaginación, ése es el primero que ha de pasar en la sombría procesión de mis amigos ausentes. Recibí unas líneas suyas que me envió después de que la expedición desembarcó en Honduras, y me pareció que se encontraba más esperanzado y optimista de lo que yo había notado hasta entonces. Un mes o mes y medio más tarde leí un artículo copiado de un periódico americano que describía la salida de los aventureros hacia el interior del país. Se les había visto por última vez entrando en un bosque salvaje y primitivo, llevando cada hombre el rifle al hombro y su equipaje en la espalda. Desde aquel instante el mundo civilizado les perdió de vista. Por mi parte, no he vuelto a recibir ni una línea de Walter, ni he visto en los periódicos un solo párrafo que hablase de la expedición. La misma oscuridad densa y desalentadora envuelve el destino y rumbo de Anne Catherick y de su amiga, la señora Clements. No se ha vuelto a oír nada de ninguna de las dos. No sabemos si viven en este país o si se han marchado a otro o si están vivas o muertas. Hasta el procurador de Sir Percival ha perdido toda esperanza y ha dado orden de dejar por fin la búsqueda inútil de las fugitivas. Nuestro buen amigo, el viejo señor Gilmore, ha tenido un desgraciado contratiempo que interrumpió sus actividades profesionales. Al inicio de la primavera recibimos la triste noticia de que se le había encontrado sin sentido en su despacho a causa de un ataque de apoplejía. Hacía mucho que sentía pesadez y opresión en la cabeza, y su médico le advirtió las consecuencias que sufriría tarde o temprano si se empeñaba en trabajar como si siguiera siendo joven. El resultado de todo ello ha sido que ahora está obligado a abandonar su despacho durante un año por lo menos, y a buscar el reposo de cuerpo y espíritu en un cambio total de vida y de costumbres. Por tanto, un socio suyo se ha encargado de llevar el despacho, y él se ha marchado a Alemania para visitar a unos parientes que tienen allí sus negocios. Así que este otro fiel amigo y buen consejero también está perdido para nosotras. Confío con toda mi alma que sólo le hayamos perdido para una temporada. La pobre señora Vesey vino conmigo hasta Londres. Era imposible dejarla abandonada en la soledad de Limmeridge, marchándonos Laura y yo, y decidimos que podía vivir con una hermana soltera, menor que ella, que dirige una escuela en Clapham. Vendrá aquí este otoño para ver a su discípula, mejor dicho, a su hija adoptiva. Acompañé a la buena mujer hasta su destino y la dejé al cuidado de su hermana, llena de feliz esperanza de volver a ver a Laura, dentro de pocos meses. En cuanto al señor Fairlie, no creo ser injusta al afirmar que siente un alivio indecible al ver la casa limpia de mujeres. La idea de que echa de menos a su sobrina es sencillamente absurda, pues cuando vivía con él dejaba pasar meses sin tratar de verla, y en cuanto a mí y a la señora Vesey nos dijo al despedirse que su corazón estaba destrozado porque nos íbamos, lo que yo interpreto como una confesión de que en secreto se hallaba entusiasmado de librarse de nosotras. Su último capricho ha sido traer dos fotógrafos a Limmeridge a los que tiene ocupados todo el día retratando todos los tesoros y curiosidades que posee. Una copia completa de esta colección de fotografías se presenta al Instituto de Mecánica de Carlisle, montada sobre las cartulinas más finas, con un letrero ostentoso en caracteres rojos: «Madonna del Niño, de Rafael. Propiedad de Frederick Fairlie Esquire»; «Moneda de cobre de la época de Tiglatpileser. Propiedad de Frederick Fairlie, Esquire»; «Aguafuerte de Rembrandt, único en su género, conocido en toda Europa con el nombre de El Tiznado, por un borrón que dejó el pintor en una esquina y que no existe en ninguna otra copia. Valorada en trescientas guineas. Propiedad de Frederick Fairlie, Esquire». Antes de salir yo de Cumberland ya se habían hecho docenas de fotografías por el estilo con estas mismas inscripciones, y quedaban por hacer cientos de ellas. Con esta nueva e interesante ocupación, el señor Fairlie será un hombre feliz durante meses enteros; y los dos desventurados fotógrafos participarán en un martirio social que hasta ahora sólo infligía a su ayuda de cámara. Ya he dicho bastante de las personas y sucesos que ocupan un lugar eminente en mi memoria. ¿Qué diré de la única persona que ocupa un lugar eminente en mi corazón? Laura ha vivido en mi pensamiento todo el tiempo que he estado escribiendo estas líneas. ¿Qué podría recordar de ella durante estos seis meses pasados, antes de cerrar esta noche mi cuaderno? Sólo poseo sus cartas que pueden iluminarine, pero ninguna de ellas arroja luz sobre la cuestión más importante de todas cuantas pudiéramos haber tratado en nuestras cartas. ¿La trata bien su marido? ¿Es más feliz ahora de lo que fue el día en que nos despedimos, después de su boda? En todas mis cartas le hacía estas dos preguntas de forma más o menos directa; y todas ellas en este punto han quedado sin contestar o me contestaba como si yo le preguntase por su salud. Me repite una y otra vez que está perfectamente, que el viaje es muy de su gusto, que por primera vez ha pasado el invierno sin haberse acatarrado ni una vez. Pero no puedo descubrir ni una palabra que me diga claramente si se ha reconciliado con su matrimonio y que puede volver la vista atrás hasta el veintidos de diciembre sin sentir la amargura del arrepentimiento. El nombre de su marido apenas se menciona en sus cartas, como si fuera el de un amigo que acompañase y se ocupase de la organización de los viajes. «Sir Percival ha decididó que salgamos tal día.» «Sir Percival dice que vamos a tomar el tren de...» En alguna ocasión escribe sólo «Percival», pero muy raramente. En nueve casos de diez utiliza su título. No me da la sensación de que las costumbres y las ideas de su marido hayan cambiado ni que hayan influido en algo las de ella. Esa transformación moral, tan corriente, que se produce de forma imperceptible en una mujer joven, sensible y juiciosa al casarse, no parecía haber ocurrido en Laura. Me habla de sus impresiones y de sus pensamientos en medio de todas las maravillas que está conociendo, exactamente igual que se lo hubiera escrito a cualquier otra persona si en lugar de viajar con su marido viajase conmigo. No veo el menor indicio de que exista entre ellos afecto de ningún género. Hasta cuando deja de hablarme de sus viajes y se ocupa de los proyectos relacionados con su regreso a Inglaterra lo hace pensando en su futuro como mi hermana, y de modo persistente evita cualquier alusión a su porvenir como esposa de Sir Percival. Y en todo esto no existe la menor nota de queja que pueda advertirme que es muy desgraciada en su matrimonio. La impresión que saco de nuestra correspondencia, gracias a Dios, no me hace pensar en una contingencia tan espantosa. Sólo veo una triste apatía, una indiferencia inmutable cuando la recuerdo en su antiguo papel de hermana y la miro a través de sus cartas, en su nuevo papel de mujer casada. Dicho en otras palabras, sigue siendo Laura Fairlie la que me ha estado escribiendo durante seis meses, y no Lady Glyde. Este extraño silencio que mantiene en lo referente al carácter y a la conducta de su marido lo extiende también con idéntica actitud, a su íntimo amigo, al que escasamente menciona en sus últimas cartas: el conde Fosco. Por alguna razón oculta, el conde y su mujer parece que cambiaron bruscamente sus planes a fines del pasado otoño y se marcharon a Viena en lugar de irse a Roma, donde Sir Percival esperaba encontrarlos al marcharse de Inglaterra. No salieron de Viena hasta la primavera, en que fueron al Tirol para reunirse con los novios en el viaje de regreso de éstos. Laura me habla con cierta franqueza de su encuentro con Madame Fosco, asegurándome que ha cambiado mucho, que resulta como casada mucho más reposada y sensata de lo que fue como soltera, tanto que ni la conoceré cuando la vuelva a ver por aquí. Pero respecto al conde Fosco, que me interesa infinitamente más que su mujer, Laura se muestra insoportablemente reservada y circunspecta. No me dice más sino que a ella le desconcierta y que no me dirá qué impresión le causa hasta que yo lo vea y forme mi propia opinión sobre él. Esto no me hace esperar nada bueno del conde. Laura ha conservado —mucho mejor que la mayoría de los adultos—, la sutil capacidad que tienen los niños de reconocer por instinto a los amigos, y si estoy en lo cierto en suponer que la primera impresión que le ha producido el conde no ha sido favorable para éste, otra vez estoy en peligro de dudar y sospechar de este ilustre extranjero antes de haberle echado la vista encima. Pero paciencia, paciencia. Esta incertidumbre y otras muchas más no durarán ya mucho tiempo. Mañana estaré en camino de aclarar todas mis dudas, más tarde o más temprano. Han sonado las doce y vuelvo a mi cuaderno para cerrarlo después de asomarme a mi ventana abierta. Es una nuche sin luna, serena y bochornosa. Las estrellas son pocas y no brillan. Los árboles, que por todas partes rodean al edificio, parecen negros e impenetrables como un macizo muro de rocas. Oigo el canto de las ranas, débil y lejano, y los ecos del gran reloj resuenan en la quietud asfixiante mucho después de que el carrillón ha callado. Me pregunto con curiosidad cómo será el aspecto de Blackwater Park a la luz del día. Porque con la luz de la noche no me gusta nada. Día 12 Día de indagaciones y descubrimientos. Un día mucho más interesante, por varios motivos, de lo que podía esperar. Como es natural, mi excursión empezó por la casa. El cuerpo principal del edificio es de la época de aquella gloriosa mujer que fue la reina Isabel. En la planta baja hay dos galerías interminables, bajas de techo y paralelas, que resultan aún más oscuras y agobiantes por unos tétricos retratos de familia que me gustaría ver arder. Las habitaciones que dan sobre las galerías están bastante bien restauradas, pero apenas se usan. La complaciente ama de llaves que me sirvió de guía se ofreció a enseñármelas, pero añadió indecisa que temía que los encontrase algo desordenados. El respeto que me merecen mis propias faldas y medias excede en mucho al que pueden inspirarme todas las habitaciones de la reina Isabel que quedan en el país, y sin vacilar renuncié a explorar las regiones superiores de polvo y mugre por miedo a ensuciar mi hermoso y limpio vestido. El ama de llaves dijo: «Soy de su misma opinión, señorita.» Parecía creer que yo era la mujer más sensata que había conocido desde hacía muchos años. He hablado del edificio principal. Dos alas se añaden a sus extremos. El ala semidestruida de la izquierda —mirando la casa por el frente—, fue una residencia independiente construida en el siglo catorce. Uno de los antepasados maternos de Sir Percival, no recuerdo cuál ni me importa, unió nuevas construcciones al edificio principal, bajo ángulos rectos, en la época de la citada reina Isabel. El ama de llaves me advirtió que esta «ala antigua» se consideraba, tanto exterior como interiormente, una maravilla arquitectónica, según aseguraban personas muy entendidas. Poco después pude ver que esas personas tan entendidas sólo habrían podido ejercitar sus habilidades en esta antigua propiedad de Sir Percival si previamente hubieran desterrado de su ánimo todo miedo a humedad, oscuridad y ratas. Por ello no dudé en declararme poco entendida en la materia y sugerí a mi guía que deberíamos tratar al «ala antigua» del mismo modo que habíamos tratado las habitaciones de la reina Isabel. El ama de llaves me contestó con la misma admiración na disimulada ante mi extraordinario sentido común: «Soy de la misma opinión, señorita.» Entonces nos dirigimos al ala de la derecha, que había sido construida en tiempos de Jorge II y completaba aquella maravillosa promiscuidad arquitectónica de Blackwater Park. Era la parte habitable de la casa que habían decorado y restaurado interiormente con motivo de la llegada de Laura; mis dos cuartos y los mejores dormitorios de la casa se encuentran en el primer piso, y en la planta baja están el salón, el comedor, una biblioteca, un salón para el desayuno y un gabinete precioso acomodado para Laura. Todo ello decorado y amueblado con lujo y refinamiento modernos. Ninguna de las habitaciones de Blackwater puede compararse a las salas grandes y espaciosas de Limmeridge; sin embargo, todas parecían acogedoras. Yo estaba muy asustada por lo que había oído decir de esta casa, de sus sillas pesadas y rígidas, de sus vidrieras lúgubres, de sus cortinas deslucidas y rancias, de todos esos armatostes inútiles y horribles que las gentes que nacen sin sentido de lo confortable acumulan a su alrededor sin preocuparse de su deber de cuidar que sus huéspedes estén a gusto. He sentido un alivio indecible al darme cuenta de que el siglo XIX ha invadido esta extraña mansión que va a ser mi futuro hogar y ha barrido los polvorientos «viejos tiempos», fuera del alcance de nuestra vida cotidiana. Me pasé la mañana vagando por la casa... Me entretuve en los cuartos de abajo y luego en el parque y en la gran plazoleta formada por las tres fachadas de la casa, junto a la majestuosa verja de hierro y la puerta cochera que la cerraban de frente. En el centro de la plaza se ve un gran estanque redondo con los bordes de piedra y en medio de él se levanta la figura de bronce de un monstruo alegórico. En el estanque saltan pececillos dorados y plateados y lo rodea una ancha franja de césped, el más suave que pisé en mi vida. Por allí anduve paseando por el lado sombreado hasta que llegó la hora del almuerzo, después de la cual me puse el sombrero de paja y salí sola, bajo los cálidos rayos del sol, a conocer los alrededores. La luz del día me confirmó la impresión que tuve la noche anterior de que en Blackwater hay demasiados árboles. La casa está asfixiada por ellos. En su mayor parte son árboles jóvenes y están plantados demasiado cerca unos de otros. Sospecho que el anterior propietario de la finca hizo una tala abundante para vender madera, y sir Percival ha tenido un rabioso empeño en llenar todos los espacios vacíos con creces y lo más rápido posible. Miré a mi alrededor y vi frente a la parte izquierda de la fachada un jardín de flores; me encaminé hacia allí para ver qué podía descubrir en él. Al acercarme vi que el jardín era pequeño, pobre y poco cuidado. Lo crucé y, abriendo una cancela que vi en la empalizada, me encontré en medio de una plantación de abetos. Un hermoso sendero tortuoso hecho artificialmente me llevó a través de los árboles, y por lo que sabía de aquella tierra comprendí que me acercaba a un terreno arenoso y abundante en brezos. Después de haber andado por el bosque de abetos más de media milla, según mis cálculos, el sendero daba un brusco giro y me encontré de repente con que los árboles se habían terminado y me hallaba en una gran explanada a orillas del lago de aguas negras de donde le viene el nombre a esta finca. Todo el terreno en declive que tenía delante estaba cubierto de arena, con montecillos de brezos que rompían la monotonía del paisaje. Era evidente que en otro tiempo el lago debió llegar hasta donde me hallaba y poco a poco se había ido secando y reduciéndose hasta ocupar una tercera parte del tamaño primitivo. Vi sus aguas tranquilas y estancadas como a un cuarto de milla de distancia, formando charquitos separados entre sí por montoncillos de tierra, por ramas y juncos. En la otra orilla, muy lejos de mí, los árboles volvían a aparecer espesos y oscuros, ocultando a mi vista todo el panorama y reflejando sus sombras negras sobre las aguas perezosas y poco profundas. Cuando me acerqué vi que en la orilla contraria el terreno era húmedo y pantanoso, cubierto de hierba frondosa y con sauces escuálidos. El agua, muy clara en la parte que bañaba la orilla de arena, descubierta bajo el sol, parecía negra y emponzoñada en la orilla cenagosa, ensombrecida por las ramas curvadas de los árboles que caían sobre sus márgenes. Las ranas cantaban y las ratas saltaron asomando por el agua sombría, como si ellas mismas fuesen sombras vivientes cuando me aproximé a la orilla pantanosa. Vi allí los restos de una barca destrozada cuya mitad sobresalía del agua. Sobre su parte seca caía el reflejo enfermizo de un rayo de sol que penetraba por un claro entre los árboles, a cuyo calor se refugiaba, traicionera en su inmovilidad y enroscada curiosamente, una serpiente. A cualquier parte que se mirase, el paisaje sugería tristeza y desolación y la luz radiante del cielo, en aquel día de verano, parecía aumentar la lóbrega melancolía y el abandono de aquellos parajes que alumbraba. Di la vuelta y ascendí al brezal y dejando el sendero me dirigí hacia una barraca de madera vieja y desportillada, en la parte que daba al bosque y a la que hasta entonces no había prestado atención, atraída por la visión del lago grande y salvaje. Al acercarme a la barraca vi que en algún tiempo había servido para guardar las embarcaciones y que posteriormente se intentó convertirla en una glorieta colocando en su interior un banco de pino, unas sillas y una mesa. Entré y me senté unos instantes para descansar y tomar aliento. No llevaría en la barraca más de un minuto cuando me sobresaltó ver cómo el sonido de mi propia respiración, acelerada, estaba secundado por un extraño eco muy próximo a mí. Escuché con atención y oí una respiración profunda y dificultosa que parecía proceder de debajo del asiento que ocupaba. Es difícil que un susto venza mis nervios, pero en aquella ocasión me levanté de un brinco, asustada. Llamé, nadie me contestó, y armándome de valor me decidí a mirar debajo del banco... Allí, acurrucado en el rincón más escondido estaba la desdichada causa de mi terror, un pobre perro... Un perro de aguas blanco y negro. Cuando lo vi y le llamé, lanzó un débil aullido pero no se movió del sitio. Corrí el banco y le miré más cerca. Los ojos del pobre animal estaban ya casi vidriados, y se veían rastros de sangre en su lustroso costado blanco. La miseria de un ser débil, abandonado y mudo, es seguramente una de las cosas más tristes y penosas que se pueden contemplar en el mundo. Lo cogí en mis brazos con el mayor cuidado y lo deposité en una especie de hamaca que hice recogiendo los bordes de mi falda. Así llevé al perrito, deprisa y tratando de no hacerle daño, a casa. No encontré a nadie en el vestíbulo y subí enseguida a mi salón, hice en uno de mis viejos chales una cama para el perro y llamé con la campanilla. Apareció la criada más gorda y alta que puede ser imaginable, llena de una exultante estupidez capaz de soliviantar la paciencia de un santo. Al ver el animal herido tendido sobre el suelo, la cara informe y grasienta de la moza se retorció en una ancha sonrisa. —¿Qué ve usted aquí de gracioso para reírse? —le dije con la misma vehemencia que si fuera una criada mía—. ¿Sabe usted de quién es este perro? —No, señorita; no tengo idea. Se detuvo, miró la sangrante herida del animal y de repente, su rostro se iluminó con el resplandor de una revelación y señalando la herida con un guiño de satisfacción exclamó: —Esto es cosa de Baxter, sí que lo es. Yo estaba tan desesperada que estuve a punto de estirarle sus orejas. —¿Baxter? —dije—. ¿Quién es ese bárbaro que se llama Baxter? La muchacha volvió a sonreír, aún más contenta. —¡Pero, señorita por Dios, si Baxter es el guarda de la finca, y cuando encuentra perros vagabundos que andan por ahí va y les pega un tiro! Es obligación suya pues es el guarda, señorita. Creo que este perro se morirá. ¿Es aquí donde le ha pegado el tiro, verdad? Esta es cosa de Baxter, ya lo creo que lo es. Son cosas de Baxter, señorita, y es su obligación. En aquel momento me indigné tanto que hubiera deseado que Baxter hubiera disparado contra la criada en vez de hacerlo contra el perro. Pero viendo que era imposible esperar que aquella criatura sublimemente obtusa me ayudase a aliviar algo los sufrimientos del pobre animal tendido a nuestros pies le dije que avisase al ama de llaves para que hiciese el favor de venir a mi cuarto. Salió con la misma sonrisa, de oreja a oreja, que exhibía al entrar. Cuando cerraba la puerta oí que decía muy bajo, a sí misma: «Es cosa de Baxter y es obligación de Baxter. No es más que eso.» El ama de llaves, una persona de cierta educación e inteligencia, llegó en seguida trayendo precautoriamente un poco de leche caliente y agua templada. En el momento de ver al perro en el suelo se detuvo y cambió de color. —¡Dios me ampare! —exclamó el ama de llaves—. Pero si éste debe ser el perro de la señora Catherick. —¿De quién? —le pregunté llena de asombro. —De la señora Catherick. ¿Es que usted conoce a la señora Catherick, señorita Halcombe? —Personalmente, no; pero he oído hablar de ella. ¿Vive aquí? ¿Sabe algo de su hija? —No, señorita. Vino precisamente a buscar noticias de ella. —¿Cuándo? —Ayer mismo. Parece ser que alguien le dijo que en la vecindad se había visto a una forastera que respondía a las señas de su hija. Pero nosotros no hemos oído nada ni tampoco saben nada en el pueblo, donde envié para que hiciesen indagaciones de parte de la señora Catherick. Seguramente trajo aquí ella al pobre perrito, pues cuando se fue vi que corría a su lado. Supongo que el pobre animal se perdió entre los abetos y le dispararon un tiro. ¿Dónde lo encontró usted, señorita Halcombe? —En ese viejo cobertizo que está cerca del lago. —¡Ah, sí, esta al lado de los abetos. Seguramente el pobre buscó algún sitio donde refugiarse para morir, como hacen los perros. Si consigue mojarle los hocicos con un poco de leche, señorita Halcombe, yo trataré de limpiarle la herida, hay que lavar estos pelos, están llenos de sangre. Me parece que desgraciadamente ya es muy tarde, pero trataremos de hacer lo que podamos. ¡La señora Catherick! Este nombre resonaba en mis oídos como si el ama de llaves no hubiera pronunciado más palabras que éstas. Mientras nos ocupábamos del pobre perro volvieron a mi imaginación las palabras premonitorias de Walter Hartright: «Si algún día Anne Catherick se cruza en su camino, señorita Halcombe, aproveche la oportunidad mejor de lo que supe aprovecharla yo». Por de pronto, el haber hallado el perro de aguas herido me había hecho enterar de la visita de la señora Catherick a Blackwater Park; este acontecimiento, a su vez podía llevarme a otros. Me propuse aprovechar la oportunidad que se me ofrecía para conocer cuanto fuera posible. —¿Dijo usted que la señora Catherick vive cerca de aquí? —pregunté. —No, qué va —dijo el ama de llaves—. Vive en Welminghan, justo al otro extremo del condado... Lo menos a veinticinco millas de distancia. —¿Supongo que conocerá a la señora Catherick desde hace años? —Al contrario, señorita Halcombe. No la había visto nunca hasta ayer. Por supuesto que había oído hablar mucho de ella, porque me habían contado lo bien que se portó Sir Percival cuidándose de poner en tratamiento médico a su hija. La señora Catherick se porta de forma algo rara, pero tiene un aspecto del todo respetable. Se puso fuera de sí cuando comprobó que no se sabía nada —al menos ninguno de nosotros sabía— de que se había visto aquí a su hija. —Me interesa bastante la señora Catherick —quise prolongar la conversación todo lo posible—. Me hubiese gustado llegar ayer a tiempo para verla. ¿Estuvo mucho rato aquí? —Sí —contestó el ama de llaves—. Estuvo bastante tiempo. Y de seguro que hubiera estado más si no me hubiesen avisado para atender a un señor desconocido que preguntaba cuándo llegaría Sir Percival. La señora Catherick se levantó y se fue enseguida cuando oyó a la doncella decirme qué quería aquel señor. Al marcharse me dijo que no era necesario que le hablase a Sir Percival de su visita. Por cierto que me pareció una observación un poco absurda, teniendo en cuenta que yo llevo la responsabilidad de todo. Yo también pensé que lo era. Sir Percival me había hecho creer en Limeridge que entre él y la madre de Anne existía una gran confianza. Si así era en realidad, ¿por qué tenía ese empeño en que para él fuese un secreto su visita a Blackwater Park? —Probablemente —dije, viendo que mi interlocutora esperaba mi opinión sobre aquel deseo de la señora Catherick— se figuraba que su visita recordaría a Sir Percival que su hija no había aparecido y que esto pudiera dolerle. ¿Y habló mucho de ese asunto? —Muy poco —contestó el ama de llaves—. Habló sobre todo de Sir Percival y me hizo mil preguntas sobre el viaje que había hecho, dónde había estado y cómo era su mujer. Ya le dije que se puso fuera de sí cuando vio que aquí no existía ni rastro de su hija, pero más bien por indignación que por tristeza. «La doy por perdida, señora, la doy por perdida», fueron sus últimas palabras, si mal no recuerdo. Y entonces empezó a hacerme preguntas sobre Lady Glyde, deseando saber si era guapa, si era agradable, si era joven y rica... ¡Dios mío, ya me parecía a mí que no había remedio! Mire usted, señorita Halcombe, el pobre animal ha dejado de sufrir. El perro estaba muerto. Cuando las palabras «joven y rica» salían de labios del ama de llaves el animal lanzó un débil gemido y se agitó con una última convulsión. Todo había sucedido con una rapidez sobrecogedora, y en el momento nuestras manos tocaban un animal exánime. Ocho de la noche. Acabo de cenar, sola, abajo. El sol rojo de poniente anda detrás de los espesos árboles que veo desde mi ventana. Vuelvo a mi diario para aplacar la impaciencia con que espero el regreso de los viajeros. Según mis cálculos, ya debían haber llegado. ¡Qué silenciosa y vacía está la casa envuelta en la quietud somnolienta de la noche! ¡Dios mío! ¿Cuántos minutos faltarán para que oiga las ruedas del coche y baje corriendo las esealeras para encontrarme en los brazos de Laura? ¡Pobre perrito! Desearía que mi primer día en Blackwater Park no estuviera relacionado con la muerte, aunque sólo fuera la de un animal extraviado. Welminghan... Volviendo un poco hacia atrás en estas páginas veo que Welminghan es el nombre del lugar donde habita la señora Catherick. Aún conservo su breve nota, su respuesta a aquella carta sobre su desdichada hija que Sir Percival me obligó a escribir. Uno de estos días, cuando encuentre una ocasión oportuna, iré a ver a la señora Catherick y llevaré conmigo su carta, que me introducirá ante ella, y tal vez la señora Catherick me dirá algo más en una entrevista personal. No comprendo su empeño en ocultar su visita a Sir Percival, y sobre todo no me siento tan segura como el ama de llaves parece estar de que su hija no está cerca de aquí. ¿Qué hubiera dicho Walter Hartright en estas circunstancias? ¡Pobre querido Hartright! Ya empiezo a echar de menos su disposición a ayudar y sus honrados consejos. Me parece que he oído algo. ¿Son los criados que se precipitan a la puerta? ¡Sí! Oigo las ruedas de un coche. Oigo piafar los caballos. ¡Fuera mi diario, mi pluma, mi tinta! Los viajeros han regresado, ¡mi querida Laura está por fin en casa de nuevo! 15 de junio. La confusión causada por su llegada ha tardado en apaciguarse. Han pasado dos días desde que regresaron los viajeros y este tiempo ha bastado para dar un nuevo ritmo a nuestra vida en Blackwater Park. Quisiera volver a mi Diario para intentar seguir contando todo lo que suceda con la misma continuidad. Me parece que tengo que empezar por una singular observación que me ha venido a la mente al reunirme de nuevo con Laura. Cuando dos miembros de una familia o dos amigos íntimos se separan, uno de ellos para irse de viaje y el otro para quedarse en casa, cuando vuelve el que estuvo viajando su primer encuentro siempre parece dejar en situación de penosa inferioridad al que se ha quedado en casa. Al chocar de repente nuevas ideas y costumbres adquiridas ansiosamente por el primero con las antiguas costumbres e ideas pasivamente mantenidas por el otro, al principio parece que entre los familiares más unidos y los amigos más íntimos se establece una separación entre los dos de forma que de repente ambos se sienten extraños inesperada e inevitablemente. Después de los primeros momentos de felicidad que sentí al abrazar a Laura, cuando ambas nos sentamos, cogidas de la mano, con el fin de recobrar el aliento y la serenidad para poder hablar, experimenté instantáneamente aquella sensación de extrañeza y me di cuenta de que ella también la tenía. Ahora en parte ya ha desaparecido, al volver poco a poco las dos a nuestras viejas costumbres y es probable que pronto desaparezca del todo. Pero lo cierto es que ha influído en la primera impresión que ella me dio, ahora que hemos vuelto a vivir bajo el mismo techo, y por esta causa me ha parecido conveniente mencionarlo en este lugar. Laura me ha encontrado como siempre, pero yo la encuentro cambiada. Ha cambiado físicamente, y en cierto modo ha cambiado también su modo de ser. No puedo afirmar que esté menos guapa de lo que era, sólo diré que a mí me parece menos guapa. Los demás, los que no la vean ni con mis ojos ni bajo la sombra de los recuerdos que guardo de ella, es posible que la encuentren embellecida. Su rostro tiene mejores colores, sus rasgos son más firmes, han adquirido redondez; su figura está más definida y sus movimientos son más seguros y graciosos de lo que eran antes de su boda. Pero cuando la contemplo echo algo de menos en su persona, algo que antes poseía Laura Fairlie, la niña feliz y despreocupada y que ahora no encuentro en Lady Glyde. Antes existía en su rostro una viveza, una dulzura, una ternura continuamente variable pero presente constantemente, un encanto que no puede explicarse con palabras ni trasladarse a los lienzos, como solía repetir el pobre Hartright. Y ésta ha desaparecido. Me pareció que por unos segundos surgió un débil reflejo de esa belleza la noche de su regreso cuando, al verme de nuevo, la emoción la hizo palidecer; pero jamás ha vuelto a aparecer. Ninguna de sus cartas me había preparado para pensar en este cambio de su persona. Al contrario, me habían hecho pensar que el matrimonio no la había alterado casi, al menos en apariencia. ¿Será que antes leí mal sus cartas y ahora leía mal en su fisonomía? ¡No importa! Si su belleza ha aumentado o ha disminuído en estos últimos seis meses, nuestra separación la ha vuelto para mí más querida y más amada que nunca, y ésta es una consecuencia agradable de su boda, ¡ésta al menos! El otro cambio, el que he observado en su carácter, no me ha sorprendido porque ya estaba preparada para ello por el tono de sus cartas. Ahora que de nuevo está en su casa encuentro que muestra el mismo empeño por no entrar en detalles de su vida de casada cuando habla conmigo, como lo demostró en sus cartas durante el tiempo en que sólo pudimos comunicarnos por escrito. Al primer intento que hice de tratar este tema prohibido me puso una mano sobre los labios, con un gesto y una mirada que me hicieron recordar conmovedoramente los días de antes y los tiempos felices en los que no había secretos entre nosotras dos. —Aunque estemos juntas, Marian —dijo—, las dos estaremos más contentas y seremos más felices si aceptamos mi vida de casada, sea lo que sea, y si hablamos de ella lo menos posible. Te lo diría todo de mí misma, querida —continuó, atando y desatando nerviosamente el lazo de mi cinturón—, si mis confidencias pudiesen limitarse a eso. Pero no sería así. Me vería obligada a hacerte confidencias relacionadas con mi marido, y ahora que estoy casada, creo que por bien suyo, por bien tuyo, por el mío y por el de todos, tengo que evitar hacerlo. No es que diga que ello te atormentaría o me entristezca. No quisiera por nada del mundo que lo pensases. Pero es yue quiero ser feliz, feliz del todo ahora que te tengo de nuevo, y quiero que también lo seas tú... Se interrumpió bruscamente, mirando a su alrededor en la habitación, en mi salón, donde nos hallábamos entonces. —¡Ah! —gritó, juntando sus manos con una alegre sonrisa de reconocimiento—. ¡Otro viejo amigo que he recuperado! Tu estantería de libros, Marian; tu estantería de madera de áloe, tan vieja, tan usada, tan pequeña y tan simpática. ¡Cuánto me alegro de que la hayas traído de Limmeridge, y también ese horrible paraguas de hombre, tan pesado y tan enorme que podías pasear aunque estuviera lloviendo! Y ante todo y sobre todo, tú misma, tu querido rostro moreno, inteligente, que me mira como antes. Me parece que aquí estoy otra vez en casa. ¿Qué más podríamos hacer para encontramos aún más en ella? Voy a colocar el retrato de mi padre en tu cuarto en vez de tenerlo en el mío, y a traer todos mis tesoros de Limmeridge, y todos los días me pasaré horas y horas contigo, entre estas cuatro paredes amigas. ¡Marian! —dijo de repente, sentándose en un escabel a mis pies y mirándome fijamente a los ojos—. ¡Prométeme que nunca te casarás y que estarás siempre conmigo! Parece egoísta decirte esto pero te aseguro que estás mucho mejor sola y soltera..., a menos... a menos que estés muy enamorada de tu marido. Pero no vas a querer a nadie más que a mí..., ¿verdad? Otra vez se calló de repente, escondió su rostro entre mis manos, que ella había cruzado sobre mi regazo. —¿Has escrito muchas cartas en estos meses y has recibido también muchas? —me preguntó con voz baja y súbitamente alterada. Comprendí el significado de aquella pregunta, pero creí mi deber no facilitarle el camino. —¿Sabes algo de él? —continuó, obligándome a que le perdonara esta súplica que se aventuraba a formular directamente, besándome las manos mientras seguía ocultando en ellas su rostro. —¿Está bien, es feliz, sigue trabajando en su profesión? ¿Se ha recobrado o me ha olvidado? No debió haberme hecho estas preguntas. Debió haber recordado la promesa que se hizo a sí misma la mañana en que Sir Percival la obligó a mantener su compromiso nupcial y me entregó, para siempre, el álbum de dibujos de Hartright. Pero, ¡ay Dios mío!, ¿quién es el ser humano tan cabal que pueda perseverar en un buen propósito sin errar o volver a tropezar? ¿Quién es la mujer que ha logrado arrancar de raíz en su alma la imagen adorada que el amor más puro grabó una vez en ella? Los libros nos dicen que esas criaturas sobrenaturales han existido, pero ¿qué responde a esas afirmaciones de los libros nuestras propias experiencias? No intenté siquiera discutírselo, quizá porque apreciaba sinceramente su temerario candor, que me descubría lo que otras mujeres en su situación hubieran ocultado aun a su más íntima amiga... Quizá porque mirando el fondo de mi propio corazón comprendía que yo en su lugar hubiese preguntado lo mismo y hubiese sentido como ella. Todo lo que honradamente podía hacer e hice fue contestarle que ni le había escrito ni sabía nada de su vida en esta última temporada, y luego dirigir la conversación hacia otros temas menos peligrosos. Esta primera entrevista confidencial que tuvimos después de su vuelta me hizo sentirme triste por muchas razones: el cambio que su matrimonio supuso para nuestras relaciones, pues por primera vez en nuestras vidas existía entre nosotras un tema prohibido, y la convicción desoladora de que todo sentimiento cálido, toda confianza cordial, estaban ausentes en sus relaciones con su marido, una convicción dada a su pesar por sus propias palabras; el penoso descubrimiento de que la influencia de aquel malhadado amor (no importa que fuese inocente e inofensivo) seguía arraigado en su corazón. Todas estas son revelaciones que entristecerían a cualquier otra mujer que la adorase tanto como yo y que sintiese sus penas con tanta intensidad como yo lo hacía. Tan sólo me queda un consuelo..., un consuelo que puede aliviarme de estas penas, y que en efecto me las alivia. Todo el atractivo y encanto de su carácter, la sincera ternura de su corazón, la gracia dulce, sencilla y femenina que la hacía ser querida y admirada de cuantos la rodeaban, todo eso de nuevo está conmigo desde que ha vuelto. A veces me inclino a dudar un poco de las otras impresiones, pero de esta úitima, la mejor y más feliz de todas ellas, cada hora del día estoy más segura. Pero ahora voy a ocuparme de sus compañeros de viaje. Ante todo debo dedicar mi atención a su marido. ¿Qué he observado en Sir Percival desde su vuelta que pueda hacer más favorable la opinión que tengo sobre él? Es difícil decir algo. Parece que desde que ha llegado no ha tenido más que preocupaciones y contrariedades, y aunque sean poco importantes no hay hombre que en semejantes circunstancias conserve su atractivo. Creo que ha adelgazado desde que se marchó de Inglaterra. Luce extenuado y su constante intranquilidad ha aumentado notablemente. Su comportamiento, al menos su comportamiento conmigo, es mucho más negligente de lo que era antes. La noche que llegaron me saludó con menos cortesía y urbanidad, por no decir con ninguna, de la que solía usar en otros tiempos, —nada de amables palabras de saludo, ninguna señal de que nuestro encuentro le causara una especial alegría—, sólo un breve apretón de manos y una respuesta seca: —Cómo está, señorita Halcombe; me alegro de volver a verla. Daba la impresión de que me aceptaba como uno de los atributos inevitables de Blackwater, que estaba contento de encontrarme colocada en su sitio, para luego pasar a otras cosas. La mayor parte de los hombres revelan en su propio hogar lo que mantienen oculto en otras partes, y Sir Percival ha resultado ser un maníaco del orden y de hábitos invariables, lo cual para mí es una verdadera revelación con respecto a lo que conocía antes de su carácter. Si cojo un libro de la librería y lo dejo sobre la mesa, me sigue y vuelve a colocarlo en su lugar; si me levanto de una silla y la dejo en el lugar en que me había sentado, él se levanta y con mucho cuidado la devuelve a su sitio junto a la pared. Recoge de la alfombra hojas de los ramos de flores y gruñe y se indigna por lo bajo, como si se tratasen de brasas que pudieran agujerearla; si ve una arruga en un mantel o falta un cuchillo riñe a los criados como si le hubieran insultado personalmente. He aludido a las pequeñas contrariedades que parece haber encontrado a su retorno. Una gran parte del cambio que he observado en él se debe, tal vez, a dichas contrariedades. Trato de persuadirme a mí misma de ello para que no me resulte descorazonador pensar en el porvenir. Desde luego que para un hombre es duro encontrarse con un disgusto en el instante en que pone los pies en su casa después de una larga ausencia; y, en efecto, a Sir Percival le ocurrió este desagradable percance, y yo misma lo presencié. La noche de su llegada el ama de llaves me siguió al vestíbulo para recibir a su señor y a sus huéspedes. En cuanto la vio, Sir Percival quiso saber si alguien había preguntado por él últimamente. El ama de llaves le contó lo que ya me había dicho a mí: que un señor desconocido había venido a informarse sobre la fecha del regreso del señor. Le preguntó en seguida el nombre del desconocido. No había querido dejar su nombre. ¿Qué negocios le habían llevado allí? No había dicho una palabra de negocios. ¿Cómo era aquel señor? El ama de llaves trató de describírselo, pero no consiguió mencionar ninguna particularidad en la figura o en el aspecto del desconocido mediante la cual su señor pudiera identificarlo. Sir Percival frunció el ceño, dio un golpe con el pie en el suelo, furioso, y entró en la casa sin hacer caso a ninguno de los presentes. Por qué le habrá afectado tanto una tontería, lo ignoro; pero lo cierto es que le afectó mucho, no cabía duda. En conjunto, tal vez sea mejor si me abstengo de formar una opinión definitiva sobre su conducta, sobre sus modales y lenguaje dentro de su propia casa, hasta que el tiempo le permita olvidar los disgustos, sea cual sea su significado, que ahora evidentemente atormentan en secreto su espíritu. Abriré una página nueva y mi pluma dejará de momento en paz al marido de Laura. Los dos huéspedes, el conde y la condesa Fosco, son a los que les llega ahora el turno en mi diario. Voy a ocuparme antes de la condesa para hablar de ella lo más brevemente posible. Laura no había exagerado al escribirme que no iba a reconocer a su tía cuando la viese de nuevo. Jamás he comprobado en ninguna mujer que el matrimonio la hubiera transformado tanto como en el caso de la condesa Fosco. Cuando la conocí, como Eleonor Fairlie y con treinta y siete años, no dejaba de decir pretenciosos disparates y mortificaba constantemente a los infortunados hombres con todos los caprichos que una mujer vanidosa y tonta puede imponer al indulgente sexo masculino. Como Madame Fosco, con cuarenta y tres años de edad, es capaz de permanecer sentada horas y horas sin decir una palabra en un extraño estado de ensimismamiento. Los repugnantes y ridículos tirabuzones que antes le caían a cada lado de la cara han sido reemplazados por unos ricitos cortos y recogidos, de los que suelen verse en las pelucas pasadas de moda. Cubre su cabeza con una sencilla cofia que le hace parecer, por primera vez en su vida, una mujer decente. Nadie puede ver ahora (exceptuando, por supuesto a su marido) lo que antes mostraba a cualquiera. Me refiero a la estructura del esqueleto femenino en su parte superior, que incluye clavículas y omoplatos. Ahora se viste con modestos trajes negros y grises que le tapan el cuello; trajes de los que se hubiera reído o hubiera abominado, según el humor del momento, cuando era soltera; se sienta callada en un rincón y sus manos blancas (tan secas que hasta los poros de su piel parecen de cal) trabajan incesantemente, bien en algún bordado interminable, bien en hacer más y más cigarrillos para el consumo particular del conde. En las pocas ocasiones en que sus fríos ojos azules dejan de fijarse en su trabajo, contempla a su marido con esta mirada de interrogación muda y sumisa que todos conocemos en los ojos de perros fieles. El único indicio de calor interior que he podido descubrir tras su reserva glacial se manifiesta alguna que otra vez en forma de unos reprimidos celos de tigresa que le inspira cualquier mujer (las criadas incluídas) a la que hable o mire el conde con algo parecido a un especial interés o atención. Excepto este detalle, se pasa el día entero (dentro o fuera de casa, con tiempo hermoso o frío) tan fría como una estatua y tan impenetrable como la piedra de que está tallada. Respecto a los efectos sociales es indudable que este cambio ha sido muy beneficioso para los que la rodean, puesto que se ha transformado en una mujer correcta, silenciosa y apacible, que no molesta nunca a los demás. Lo que haya podido cambiar realmente en su interior, es ya otra cuestión. Una o dos veces he visto cambios muy bruscos en la expresión de sus labios fruncidos, o he observado inflexiones tan alteradas en el sonido de su sosegada voz que me hicieron sospechar que ese estado de constante represión puede ocultar algo peligroso de su ser, que con la libertad de su vida anterior se evaporaba de una manera inofensiva. Es muy posible que me equivoque al sostener esta idea. Sin embargo, mi impresión personal es que estoy en lo cierto. El tiempo dirá lo que sea. ¿Y el mago que ha llevado a cabo esta transformación milagrosa, el marido extranjero que ha domado a esta mujer inglesa, antes tan voluntariosa, hasta el punto de que ni sus propios familiares la reconocen..., el propio conde Fosco? ¿Quién es el conde? Diré sólo dos palabras; tiene el aspecto de poder domar a cualquiera. Si en lugar de haberse casado con una mujer se hubiese casado con una tigresa, de igual forma la hubiera domado. Si se hubiera casado conmigo, yo le hubiera hecho los cigarrillos lo mismo que se los hace su mujer, y me hubiera callado ante su mirada, lo mismo que ella. Casi me asusta confesarlo, aunque sea en estas páginas secretas. Este hombre me interesa, me atrae y me hace sentir que me gusta. Solamente en dos días ha conseguido que le mire con buenos ojos, y no soy capaz de explicar cómo se ha obrado este milagro. ¡Lo que me deja de verdad asombrada es cómo se ha quedado grabado en mi mente para que le recuerde con la misma facilidad que si te estuviera viendo! ¡Cuánto más fácilmente puedo evocarle a él que a Sir Percival, o al señor Fairlie, o a Walter Hartright, o a cualquier otra persona cuando no la veo, con la única excepción de Laura! Puedo escuchar su voz como si estuviera hablando a mi lado; puedo recordar lo que dijo ayer con la misma exactitud que si me lo estuviera diciendo ahora. ¿Cómo podría describirle? Hay particularidades de su aspecto, de sus costumbres, de sus gustos, de los que me hubiese burlado en los términos más sangrantes y hubiera ridiculizado sin piedad en otro hombre. ¡Qué es lo que sucede para que no me sea posible ridiculizarlas en él, ni burlarme siquiera? Por ejemplo, es inmensamente gordo. Hasta ahora yo tenía una aversión especial hacia todas las personas corpulentas. He sido siempre opuesta a esa creencia popular de que la gordura en exceso de las gentes está en relación directa con el buen humor también en exceso, lo cual equivale a decir que no engordan más que personas agradables, o que el aumento casual de unas cuantas libras de carne ejerce una influencia marcadamente favorable sobre el natural de la persona en cuyo cuerpo se han acumulado. He combatido invariablemente estas dos creencias tan absurdas, recopilando ejemplos de gordos que fueron tan crueles, mezquinos y viciosos como los más delgados y malvados de sus prójimos. Yo preguntaba si Enrique VIII tenía un carácter agradable, si el Papa Alejandro VI era un hombre bueno, si los asesinos señor y señora Manning no eran ambos dos personas extraordinariamente robustas, si las nodrizas, estas mujeres de proverbial crueldad, incomparable con todo lo que se ha conocido en Inglaterra, no eran en su mayor parte tan gordas como muy poco se ha conocido en lnglaterra... Seguiría tiempo y tiempo citando docenas de ejemplos, antiguos y modernos, de compatriotas y extranjeros, de opulentos y de humildes. Poseyendo todas estas demostraciones tan definitivas, y con toda la convicción que tengo sobre lo que afirmo, confieso, sin embargo, que siendo el conde Fosco tan gordo como podría serlo Enrique VIII, sin estorbo ni obstáculo de su odiosa corpulencia, y en estos pocos días, ha logrado ganarse todas mis simpatías. ¡Es realmente extraordinario! ¿Quizá ésto se deba a su rostro? Se parece mucho, de una manera extraordinaria, a Napoleón el Grande. Sus facciones poseen la misma espléndida corrección de líneas, y su expresión evoca la majestuosa serenidad, la potencia inamovible del rostro del Gran Soldado. Es cierto que este parecido sorprendente me chocó desde el principio, pero aún hay algo que me ha causado una impresión más fuerte. Creo que este influjo, cuyo origen quiero encontrar, proviene de sus ojos. Son los ojos grises más insondables que jamás he visto, y en ocasiones tienen un brillo frío, claro, bello e irresistible, que me obliga a mirarle y me hace experimentar sensaciones que no desearía sentir. Otras partes de su rostro y de su cabeza tienen también sus particularidades extrañas. Por ejemplo su cutis es de una palidez singularmente amarillenta, tan poco adecuada con el color castaño oscuro de su cabello que sospecho que usa peluca y su rostro, afeitado por completo, es más suave y está más libre de arrugas y de marcas en la piel que el mío, a pesar de que el conde (según lo que ha contado de él Sir Percival) está frisando con los sesenta años. Mas no son éstas las especiales características personales que le distinguen, a mi parecer, de todos los demás hombres que he conocido. La señal más peculiar que le hace único entre los demás mortales, está sobre todo y ante todo y hasta donde puedo afirmar por ahora, en la expresión y en la fuerza extraordinaria de sus ojos. Sus modales y el dominio absoluto que posee de nuestro idioma han contribuido hasta cierto punto a que gane mi aprecio. Escucha a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena de un interés plácido y vivo. Le habla con una voz que trasluce una gran delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible para cualquiera de nosotras. Por supuesto que su insólito dominio de la lengua inglesa le ayuda mucho. He oído con frecuencia que los italianos poseen una facilidad asombrosa para dominar nuestro idioma nórdico, duro y seco. Pero hasta que he conocido al conde Fosco no podía sospechar que un extranjero llegase a hablar inglés como lo hace él. Hay ocasiones en las cuales es difícil apreciar y distinguir si el que habla es o no un auténtico inglés, pues su acento y su fluidez son tales que hay poquísimos compatriotas nuestros que puedan hablar evitando tan bien pausas y redundancias como el conde. Puede ser que construya las frases de un modo más o menos extranjero pero jamás le he escuchado una expresión incorrecta ni he observado que dude un momento en la elección de la palabra justa. Los rasgos más insignificantes de este hombre extraño tienen algo que impresiona por su originalidad y que le dejan a uno perplejo por lo contradictorios que resultan entre sí. Con lo gordo y viejo que es, sus movimientos son asombrosamente ligeros y elegantes. En un salón, es tan silencioso como cualquier mujer. Y aún hay más: a pesar de su aspecto, que demuestra una inequívoca fuerza espiritual, es tan nervioso y sensible como la más débil de nosotras. Se estremece al menor ruido inesperado, tanto como la misma Laura. Ayer tarde tembló de horror y de pena al ver que Sir Percival golpeó a uno de sus perros de aguas, tanto que sentí vergüenza de mi poca ternura y sensibilidad en comparación con las del conde. Por cierto que este incidente me hace pensar en una de sus peculiaridades más curiosas sobre la que aún no he hablado: su extraordinaria ternura con los animales. Ha dejado algunos en el continente, pero ha traído consigo a esta casa una cacatúa, dos canarios y una familia de ratones blancos. El mismo se ocupa en atender las necesidades de esos extraños favoritos a los que ha enseñado a quererle y conocerle. La cacatúa, que es un pájaro traidor y malvado con todo el mundo, parece adorar a su amo. Cuando saca el pájaro de la jaula, éste salta sobre sus rodillas, trepa como puede por su cuerpo enorme, hacia arriba, y frota su tupé contra la cetrina doble barbilla con ternura casi inconcebible. No necesita más que abrir la jaula de los canarios y llamarlos, para que estos deliciosos cantores magistralmente enseñados vuelen hasta sus manos, sin temor alguno, se posen sobre sus gordos dedos y salten de uno a otro, cuando él les manda que suban escaleras, y canten todos juntos al llegar al dedo más alto hasta casi desgañitarse de placer. Sus ratones blancos viven en una especie de pagoda dibujada y construida por él, con alambres pintados de alegres colores. Están casi tan domesticados como los canarios, y constantemente salen de su guarida como aquéllos. Suben a su amo, corretean por su chaleco y se sientan por parejas, como bolitas de nieve, sobre sus potentes hombros. Parece que los ratones le encantan más que los demás animales; les sonríe, los besa y los llama con nombres cariñosos. Si fuera posible concebir a un inglés propenso a estos gustos y diversiones tan infantiles es absolutamente seguro que se avergonzaría de exteriorizarlos, y delante de otros adultos buscaría excusas a su debilidades. Pero el conde, por lo que parece, no ve nada ridículo en el asombroso contraste entre su colosal tamaño y sus diminutos y frágiles favoritos. Es capaz de besar a sus ratones blancos y cantar a sus canarios en una reunión de cazadores de zorros, y de seguro que si éstos se rieran a carcajadas viéndolo, los compadecería como a unos pobres bárbaros. Apenas puede creerse, ni casi yo misma lo creo mientras lo escribo, aunque es absolutamente cierto, que este hombre que mima a su cacatúa con la ternura de una solterona y que juega con sus ratones blancos compitiendo en agilidad con un niño organista, pueda hablar, si ocurre algo que lo incite a hacerlo, con tal audacia de pensamiento, con tal cantidad de lecturas en todos los idiomas y con tal experiencia de la mejor sociedad, que le es familiar en la mitad de las capitales de Europa, que ello le situaría en un lugar privilegiado en cualquier reunión del mundo civilizado. Pues este maestro de canarios, y un arquitecto de pagodas para ratones blancos es (el mismo Sir Percival me lo ha dicho) uno de los químicos experimentales más famosos en la actualidad, y ha descubierto, entre otras maravillas, un medio de petrificar los cadáveres y de conservarlos duros como el mármol hasta el final de los siglos. Este hombre gordo, indolente y viejo, cuyos nervios están tan tensos que al menor ruido extraño se sobresalta, que tiembla cuando pegan a un perro, a la mañana siguiente después de su llegada entró en las perreras y puso su mano sobre la cabeza de un sabueso encadenado tan fiero que el mismo lacayo que le trae comida se mantiene fuera de su alcance. La condesa y yo estábamos presentes y nunca olvidaré la escena siguiente, aunque fue muy breve. —Señor, tenga cuidado con el perro —dijo el lacayo—; se echa encima de cualquiera. —Amigo mío, se echa encima de los que le temen —contestó el conde con la mayor tranquilidad—. Vamos a ver qué hace conmigo. Y como la cosa más natural del mundo, puso sus dedos amarillos y regordetes, por los que diez minutos antes habían trepado los canarios, sobre la cabeza de la formidable bestia y la miró fijamente a los ojos. —Todos los perros grandes sois unos cobardes —le dijo con desprecio, acercando mucho su rostro a la cabeza del animal. Serías capaz de huir de un indefenso gato, endemoniado cobarde. Todo aquel a quien cojas desprevenido, todo aquel que tenga miedo de tu inmenso cuerpo, de tus afilados dientes blancos y de tu bocaza babosa, sedienta de sangre, será la víctima de tu ferocidad. Ahora mismo podrías estrangularme si quisieras, miserable fanfarrón, y ni siquiera te atreves a mirarme, porque sabes que no te temo. ¿Quieres pensarlo mejor y probar a meter tus dientes en mi cuello tan gordo? ¡Ca! No eres capaz. Se volvió, riéndose del estupor de los palafreneros, y el animal, cabizbajo, retrocedió hacia la perrera. —¡Vaya por Dios!, mi chaleco blanco tan impecable —dijo, desconsolado. Cuánto lamento haber venido aquí. Este animal me ha ensuciado el chaleco con sus babas. Estas palabras expresan otra de sus incomprensibles rarezas. Tiene la misma debilidad por la buena ropa que el necio más presumido; y en los dos días que lleva en Blackwater Park ha aparecido con cuatro distintos y lujosos chalecos, todos ellos de colores claros y llamativos e inmensamente amplios, aun para él. Su tacto y clarividencia en las cosas de poca importancia es algo tan notable en él como las singulares contradicciones de su carácter y las infantiles trivialidades de sus gustos y entretenimientos en general. Ya he observado que desea vivir en perfecta armonía con todos nosotros durante su permanencia en esta casa. Es evidente que se ha dado cuenta de que él no le resulta grato a Laura (ella misma me lo ha confesado, obligada por mis preguntas), pero también ha descubierto que es una amante de las flores. Y en cuanto manifiesta deseos de un ramillete, tiene uno para ofrecerle, recogido y compuesto por él mismo, y lo que me hace más gracia es que en el mismo momento obsequia con otro ramo compuesto exactamene de las mismas flores y ordenado de la misma manera a su celosísima esposa, antes de que ésta pueda sentirse agraviada. Es digno de verse cómo trata a la condesa (en público). Se inclina ante ella, habitualmente la llama «mi ángel», lleva a los canarios sentados en sus dedos, a su lado y hace que canten para ella, le besa la mano cuando ella le entrega sus cigarrillos y, a cambio de ello, la obsequia con dulces y confites de una caja que lleva en su bolsillo y se los pone en la boca. La vara férrea con que la gobierna no aparece jamás en público, pues es una vara privada, que nunca sale de sus habitaciones. Conmigo emplea un medio muy diferente para congraciarse. Halaga su vanidad hablándome con la seriedad y la sensatez con que hablaría a un hombre. ¡Sí! me doy cuenta de ello cuando está ausente; sé que está halagando mi vanidad, lo sé cuando estoy en mi habitación; sin embargo, cuando baje para encontrarme de nuevo en su compañía, ¡él volverá a cegarme y volveré a dejarme halagar como si no me hubiera dado cuenta de nada! Me puede manejar igual que a su mujer y a Laura, que al sabueso del corral y al mismo Sir Percival, a todas horas del día. «Mi buen Percival, cómo me gusta ese carácter inglés tan brusco y sincero...» «Querido Percival, cómo admiro esa solidez de criterio en ustedes los ingleses. Así detiene tranquilamente las observaciones e ironias más rudas de Sir Percival cuando éste se burla de sus gustos y diversiones afeminados, llamando al barón por su nombre de pila; sonriéndole con aire de superioridad, dándole golpecitos en la espalda y tratándolo con la misma benevolencia que demostraría un padre ante un hijo díscolo. El interés que no puedo menos de sentir por ese hombre original y extraño me ha llevado a preguntar a Sir Percival detalles de su vida pasada. Sir Percival sabe muy poco de él, o no me quiere contar más. El conde y él se encontraron por primera vez en Roma, hace años, en las dramáticas circunstancias a que he aludido en otro lugar de este Diario. Desde entonces han estado constantemente juntos en Londres, en París y en Viena, pero nunca han vuelto a verse en Italia, pues el conde, y esto es bastante raro, no ha vuelto a cruzar la frontera de su patria desde hace muchos años. ¿Será quizá víctima de alguna persecución política? Sea lo que fuere, él parece tener un interés patriótico por no perder de vista a ninguno de sus conciudadanos que se hallan en Inglaterra. La noche que llegaron preguntó a qué distancia estábamos de la ciudad más próxima y si conocíamos a algún señor italiano que estuviera establecido allí. Lo cierto es que mantiene correspondencia con gente del continente, porque las cartas que recibe traen sellos a cuál más raro de todas partes imaginables, y esta mañana vi una que habían puesto al lado de su sitio en la mesa cuando íbamos a desayunar, que tenía un gran membrete que parece oficial. ¿Tal vez mantiene correspondencia con su gobierno? Pero ésto no concuerda con mi primera idea de que puede ser un exiliado político. ¡Cuánto he escrito sobre el conde Fosco! Como diría el pobre señor Gilmore en su estilo impenetrable de hombre de negocios, ¿y todo ello a qué conduce? Sólo quiero repetir que siento, aunque lo conozco desde tan breve tiempo, una extraña atracción por el conde, mitad voluntaria, mitad a mi pesar. Parece haber extendido sobre mí la misma influencia que evidentemente ya ejerce en Sir Percival. Por muy despreoeupado, e incluso rudo, que éste sea en algunas ocasiones con su gordo amigo, tiene miedo de ofender seriamente al conde. ¿Será que lo temo yo también? Lo cierto es que jamás conocí a hombre alguno en mi vida que me hiciera temer tanto que se convirtiese en mi enemigo. ¿Es por que me gusta o porque le tengo miedo? Chi sa..., como diría el conde Fosco en su propio idioma. ¿Quién sabe? 16 dejunio. Hay algo que hoy puedo comentar además de mis propias ideas e impresiones. Ha llegado un visitante desconocido por completo para Laura y para mí y aparentemente, completamente inesperado para Sir Percival. Estábamos todos almorzando en un salón con ventanas francesas que da a la galería, y el conde (que englute pasteles como jamás he visto a ningún otro ser humano, salvo las alumnas internas) nos estaba haciendo reír, al pedir con toda seriedad su cuarta tarta, cuando entró un criado anunciando al visitante: —Sir Percival, el señor Merriman acaba de llegar y desea verle inmediatamente. Sir Percival se estremeció al tiempo que miraba al criado con una expresión de alarma y de enojo. —¿El señor Merriman? —repitió, como si desconfiara de sus oídos. —Sí, señor, el señor Merriman, de Londres. —¿Dónde está? —En la biblioteca, Sir Percival. En cuanto oyó la respuesta Sir Percival se levantó bruscamente y sin decir palabra se precipitó fuera de la estancia. —¿Quién es el señor Merriman? —preguntó Laura dirigiéndose a mí. —No tengo la menor idea —fue todo lo que pude contestarle. El conde había terminado su cuarta tarta y se había dirigido a una mesa lateral para contemplar a su maligna cacatúa. Se volvió hacia nosotras, con el pájaro encaramado en su hombro. —El señor Merriman es el procurador de Sir Percival —dijo plácidamente. El procurador de Sir Percival. Esta era una respuesta directa a la pregunta de Laura y sin embargo, en tales circunstancias no nos satisfacía. Si el señor Merriman hubiera sido hecho venir expresamente por su cliente no tendría nada de extraño que hubiera salido de la ciudad obedeciendo a sus órdenes. Pero cuando un abogado hace un viaje desde Londres hasta Hampshire, sin que nadie le haya enviado a buscar, y cuando su llegada a la casa de un caballero hace estremecer a éste, hay que dar por sentado que el visitante es portador de noticias muy graves e inesperadas; noticias que pueden ser buenas o malas, pero en cualquier caso no pueden ser insignificantes como las que se reciben todos los días. Laura y yo seguimos sentadas a la mesa silenciosamente un cuarto de hora o más, preguntándonos con inquietud qué habría sucedido y esperando que Sir Percival volviera pronto. Pero él tardaba en regresar y nos levantamos de la mesa para salir del salón. El conde, tan atento como siempre, se acercó a nosotras, desde el rincón en que había estado dando de comer a la cacatúa, y con el pájaro en su hombro nos abrió la puerta. Laura y la condesa Fosco salieron las primeras. Cuando me disponía a seguirlas, me hizo una seña con la mano y me habló de la manera más extraña antes de que yo atravesase el umbral. —Sí —dijo, contestando tranquilamente a la idea que yo tenía entonces clavada en mi mente, como si se la hubiese confiado expresándola con palabras. Sí, señorita Halcombe, ha sucedido algo. Estuve a puntó de contestar: «Yo no le he preguntado nada», pero la maligna cacatúa agitó sus recortadas alas y profirió un chillido que me dejó con los nervios a flor de piel, así que lo único en que pensé fue en dejar la habitación. Me reuní con Laura al pie de la escalera. Sus pensamientos eran los mismos que los míos, los que el conde Fosco había sorprendido, y cuando me habló sus palabras parecían el eco de las del conde. Ella también me confió en secreto el miedo que tenía de que hubiese sucedido algo. Antes de acostarme tengo que añadir algunas líneas a lo que he anotado hoy. Unas dos horas después de que Sir Percival hubiera abandonado la mesa para recibir a su procurador, el señor Merriman, salí de mi cuarto para dar un paseo a solas por los pinares. Cuando estaba en el rellano de la escalera, se abrió la puerta de la biblioteca y los dos señores salieron de ella. Creyendo que podía molestarles si aparecía en aquel momento decidí esperar a bajar a que hubiesen cruzado la entrada. Aunque hablaban en voz baja, las palabras que pronunciaron llegaron con toda claridad a mis oídos. —Tranquilícese, Sir Percival —oí decir al abogado—. Todo depende de Lady Glyde. Ya iba a regresar a mi cuarto, pero al escuchar de labios de un extraño el nombre de Laura me detuve instantáneamente. Está muy mal y es muy incorrecto escuchar pero ¡qué mujer, entre todas las que existen, es capaz de regular sus acciones por las estrictas ordenanzas del honor, cuando éstas le señalan un camino, y sus sentimientos y los intereses que aquellas alimentan le señalan otro? Escuché, pues, y hubiera escuchado lo mismo cuantas veces me hallara en idénticas circunstancias, incluso con la oreja pegada a la cerradura si no pudiese hacerlo de otra forma. —¿Comprende usted bien, Sir Percival? —continuó el abogado—. Lady Glyde tiene que firmar en presencia de uno o dos testigos si quiere usted exagerar las precauciones, y luego tiene que poner su dedo sobre la Biblia y— decir: «Otorgo y firmo por mi propia voluntad.» Si esto se consigue, en una semana queda todo perfectamente solucionado y no tenemos por qué preocuparnos. Si no pudiera... —¿Qué quiere usted decir con «si no pudiera»? —preguntó Sir Percival con enfado—. Si hay que hacerlo se hará. Se lo prometo, Merriman. —Exacto, Sir Percival, exacto; pero en todas las transacciones existen dos alternativas, y a los abogados nos gusta considerarlas a ambas, una frente a la otra. Si a pesar de todo y por alguna circunstancia especial no se pudiera llegar a un acuerdo, espero que conseguiré que los otros acepten letras a noventa días. Pero el modo de conseguir el dinero cuando venzan las letras... —¡Al demonio con las letras! El dinero ha de conseguirse de una sola manera, y yo le aseguro que así se conseguirá. Antes de irse tome un vaso de vino, Merriman. —Muy agradecido Sir Percival, pero no puedo perder un instante si he de alcanzar el tren. ¿Me dará noticias cuando quede el asunto resuelto? No olvide que tiene que obrar con cautela... —Por supuesto que no lo olvidaré. Ya tiene usted el tílburi esperándole a la puerta. Mi lacayo le conducirá en un santiamén a la estación. ¡Benjamín, corre todo lo que puedas! Sube, rápido. Si el señor Merriman pierde el tren, tu pierdes el puesto. Agárrese bien, Merriman, y si vuelca cuente con que el diablo protegerá lo que es suyo. Con esta bendición final el barón dio media vuelta y se dirigió hacia la biblioteca. No había oído mucho, pero lo poco que llegó a mis oídos fue suficiente para dejarme muy preocupada. Este «algo» que «había sucedido», era, y se veía demasiado claro, un serio apuro económico, y dependía de Laura que Sir Percival saliese de él. La perspectiva de verla envuelta en las secretas dificultades de su marido me llenaron de angustia, agravada sin duda tanto por mi ignorancia en asuntos de dinero como por mi profunda desconfianza hacia Sir Percival. En lugar de irme a pasear como me proponía, fui al cuarto de Laura para comunicarle inmediatamente lo que había escuchado. Recibió estas malas noticias sin inmutarse, y eso me sorprendió. Era evidente que sabía más de lo que yo sospechaba acerca del carácter y de los apuros de su marido. —Ya me lo temía —me respondió—, cuando dijeron que había venido aquel extraño caballero que no quiso dejar su nombre. —¿Quién crees tú que sería ese caballero? —le pregunté. —Alguien que tiene mucho que reclamar a Sir Percival y que ha sido la causa de la visita del señor Merriman —contestó. —¿Conoces algo sobre esas reclamaciones? —No, nada; ni el menor detalle. —¿No firmarás sin leer antes lo que vas a firmar? —Por supuesto que no, Marian. Todo lo que pueda hacer por él que sea justo y no perjudique a nadie, lo haré... con tal de que tu vida y la mía sigan su curso más feliz posible. Pero no haré nada a ciegas, pues algun día podría ser motivo de que nos avergonzáramos de ello. Dejemos este tema por ahora. Te has puesto el sombrero. ¿Qué te parece si nos vamos a dar una vuelta por el campo y nos olvidamos de este mediodía? Al salir de casa nos dirigimos hacia el lugar más sombreado. Cuando pasábamos por un lugar en el que los árboles de la parte frontal de la casa dejaban un espacio abierto, vimos al conde Fosco paseando, exponiéndose al sol abrasador de aquella calurosa tarde de junio. Se había puesto un ancho sombrero de paja adornado con una cinta color violeta. Una blusa azul con profundos y fantásticos bordados cubría su cuerpo colosal y la sujetaba en el sitio en que otrora habría tenido la cintura, con una ancha correa de cuero rojo. Los pantalones de Nanking lucían también bordados blancos de fantasía en la parte de los tobillos, y se calzaba con purpúreas pantuflas moras. Estaba cantando la famosa canción de Fígaro de «El barbero de Sevilla», con esta vocalización fácil que sólo se escucha en gargantas italianas, acompañándose con la mandolina, que tocaba levantando los brazos hacia lo alto con movimientos extáticos, contorsionándose graciosamente e inclinando la cabeza al estilo de una obesa Santa Cecilia disfrazada de hombre. «¡Fígaro quà, Fígaro là. Fígaro sù, Fígaro giù!», cantaba el conde, hasta que nos vio. Entonces levantó en alto el instrumento con garbo, saludándonos con la misma eterna gracia y elegancia con que lo hubiera hecho el propio Fígaro a los veinte años —Laura, te doy mi palabra de que este hombre sabe algo sobre los apuros de Sir Percival —le dije cuando devolvimos al conde el saludo desde cierta distancia. —¿Qué es lo que te hace pensar eso? —preguntó. —¿Por qué iba a saber si no, que el señor Merriman es el procurador de Sir Percival? —repliqué—. Además, cuando yo salía del comedor detrás de tí después de almorzar, me dijo, sin que yo le hubiese preguntado nada, que había sucedido algo. Así que sólo con esto, sabe más que nosotras. —Incluso si lo sabe, no le preguntes nada. ¡No te fies de él! —Parece que no le tienes mucha simpatía, Laura. ¿Qué es lo que ha dicho o hecho que justifique tu rechazo? —Nada Marian. Al contrario me ha colmado de amabilidades y atenciones durante nuestro viaje de vuelta, y varias veces supo aplacar los arrebatos de cólera de Sir Percival mostrando la mayor consideración hacia mí. Quizá me desagrada que tenga mucha más influencia que yo sobre mi propio marido. Quizá hiere mi orgullo el que tenga que agradecerle sus intervenciones. Sólo puedo decirte que me desagrada. El resto de la tarde y la velada pasaron con cierta quietud. El conde y yo jugamos al ajedrez. Me dejó ganar amablemente las dos primeras paradas, y luego, cuando vio que yo había descubierto la maniobra, se disculpó, y en diez minutos en la tercera partida me dio jaque mate. Sir Percival no aludió en toda la noche a la visita del abogado. Pero bien sea por este suceso o por cualquier otro lo cierto es que parecía haberse producido en su estado de ánimo un cambio feliz. Con todos nosotros estuvo amable y cortés, como en la época en que hacía méritos en Limmeridge, y con su mujer se mostró de tal modo cariñoso y atento que hasta la glacial Madame Fosco se quedó mirándole con profunda sorpresa. ¿Qué significa todo ésto? Creo que puedo adivinarlo y temo que también Laura pueda adivinarlo, y estoy segura de que el conde Fosco lo sabe. En más de una ocasión, durante el transcurso de la noche, capté las miradas que le dirigió Sir Percival buscando su aprobación. 17 de Junio Día de acontecimientos. Espero fervientemente que no tenga luego que añadir que fue también día de desastres. Durante el desayuno, Sir Percival guardó idéntico silencio que la noche anterior respecto al misterioso «acuerdo» (como lo había calificado el abogado) que se cierne sobre nuestras cabezas. Sin embargo, una hora después entró de repente en el salón donde su mujer y yo estábamos esperando a Madame Fosco con nuestros sombreros puestos para salir, y preguntó por el conde. —Esperamos verle aquí enseguida —contesté. —Es el caso —dijo Sir Percival, dando vueltas por el cuarto y lleno de nerviosismo— que necesito que el conde y su mujer vengan conmigo a la biblioteca para la formalización de un documento, y también necesito que vengas tú, Laura, un instante. Se detuvo y pareció que sólo entonces se daba cuenta de que estábamos preparadas para marcharnos, y dijo: —¿Acabáis de entrar o pensáis salir? —Pensábamos irnos todos al lago, pero si tienes otros planes... —dijo Laura. —No, no —contestó con precipitación—; mis planes pueden esperar, y lo mismo me da hablaros después del almuerzo que después del desayuno. ¡Van todos hacia el lago? Una buena idea; yo también voy a darme una mañana de asueto y me voy con vosotros. Su comportamiento no dejaba lugar a dudas, aunque sus palabras pudieran confundirnos por la insólita buena disposición que expresaban para sacrificar sus propios planes a la conveniencia de los demás. Era obvio que se sentía aliviado al encontrar una excusa para posponer las formalidades del asunto que le esperaba en la biblioteca. Sentí cómo se me encogía el corazón de miedo a lo que pudiese ocurrir. En aquel momento se reunieron con nosotros el conde y su esposa. Ella llevaba en la mano la tabaquera bordada de su marido y su provisión de papel para confeccionar los eternos cigarrillos. El conde, vestido como siempre con su amplia blusa y su sombrero de paja, iba cargado con la pagoda de su familia de ratones a los que sonreía como a nosotros, con una ternura irresistible. —Contando con su amabilidad —nos dijo— he traído mi pequeña familia de ratoncitos, mis pobres pequeños, inocentes, preciosos, para que tomen el aire con nosotros. Hay muchos perros en casa. ¿Cómo voy a dejar a mis niños blancos, pobrecillos a merced de los perros? ¡Eso jamás! A través de las barras de la alegre pagoda acarició, paternal, a sus pequeños, a sus niños blancos y nos fuimos todos hacia el lago. Al llegar al bosque Sir Percival se separó de nosotros. Forma parte de su incesante movilidad el separarse de sus compañeros de paseo en ocasiones como ésta y entretenerse solo cortando ramas para hacerse bastones. El simple acto de cortar y tallar, sea lo que sea, parece complacerle. Ha llenado la casa de bastones hechos por él que no ha utilizado ni siquiera dos veces. Después de usar un bastón una vez pierde todo interés en él y no piensa en otra cosa que en hacer otros. En la caseta de los botes volvió a reunirse con nosotros. Voy a repetir toda la conversación tal como siguió cuando nos instalamos en nuestros asientos. Es una conversación importante, en lo que a mí se refiere, porque me ha inclinado a desconfiar seriamente de la influencia que el conde Fosco ejercía sobre mis ideas y sentimientos y a resistirme a ella en el futuro con la mayor resolución. La caseta de los botes era lo suficientemente grande como para acogernos a todos pero Sir Percival permaneció fuera, adornando con una navaja su último bastón. Las tres mujeres nos sentamos en el ancho banco. Laura sacó su labor, Madame Fosco comenzó a preparar sus cigarrillos y yo, como de costumbre, no tenía nada que hacer. Mis manos han sido y seguirán siendo siempre torpes como las de un hombre. El conde, bonachón, cogió un taburete demasiado pequeño para él y empezó a balancearse apoyando la espalda contra la pared del cobertizo, que crujía bajo su peso. Colocó la pagoda sobre sus rodillas, y como de costumbre dejó que los ratones treparan sobre él. Son animalitos graciosos y de aspecto inocente, pero por algún motivo verlos corretear sobre el cuerpo de un hombre no me resulta atractivo. Ello hace que mis propios nervios respondan correteando y me sugiere ideas siniestras sobre los que mueren en una prisión, con los animales que habitan las mazmorras acosándoles. La mañana era nublada y ventosa; las bruscas alteraciones de luz solar y sombra en la superficie del lago hacían el paisaje aún más salvaje, fúnebre y tormentoso. —Hay gentes que llamarían a esto pintoresco —dijo Sir Percival, señalando con su bastón a medio terminar el vasto panorama—. Yo lo califico de mancha denigrante en la finca de un caballero. En tiempos de mi bisabuelo el lago llegaba hasta aquí. ¡Vedlo ahora! No tiene ni cuatro pies de profundidad y está cuajado de charcos y lodazales. Me gustaría poder secarlo y rellenarlo. El mayordomo (un idiota supersticioso) me asegura que el lago está maldito, lo mismo que el Mar Muerto. ¿Qué opina usted, Fosco? Este sitio parece a propósito para un asesinato, ¿verdad? —¡Mi buen Percival!— protestó el conde— ¿Dónde ha dejado su lógica británica? No hay profundidad suficiente para que el cuerpo permanezca oculto; la arena está por todas partes, así que quedarían las huellas de los asesinos. Este es el peor lugar que mis ojos hayan visto para cometer un crimen. —¡Tonterias! —dijo Sir Percival clavando con furia la navaja en su bastón—. Ya sabe usted lo que quiero decir. Me refiero a la soledad de estos lugares..., al escenario tenebroso. Si quiere entenderme, bueno, y si no lo quiere, no pienso molestarme en dar otras explicaciones. —¿Por qué no —preguntó el conde— cuando su idea puede explicarla cualquiera en dos palabras? Si el asesinato fuera a cometerlo un necio, escogería este lago antes que nada; mas si el asesinato intentara cometerlo un hombre inteligente, sería éste el último lugar que escogería. ¿Es esa su idea? Si lo es, ya tiene usted la explicación a la medida. Acéptela, Percival, con el beneplácito de su buen amigo Fosco. Laura contemplaba al conde dejando traslucir en su rostro su falta de simpatía por él. Fosco estaba ocupado con sus ratones y no se daba cuenta de ello. —Lamento que el lago y sus alrededores puedan relacionarse con una idea tan horrible como la de un asesinato —dijo—, y si el conde Fosco divide a los asesinos en dos clases he de decir que está muy afortunado al elegir las palabras. El calificarlos sólo de necios me parece demostrar una indulgencia que no merecen. Y al hacerlo de inteligentes me parece que se incurre en una manifiesta contradicción. Siempre he oído decir que los hombres realmente inteligentes son también buenas personas y aborrecen el crimen. —Querida señora —dijo el conde— esos son sentimientos admirables y los he visto estampados como modelos en los cuadernos de caligrafía. Levantó una mano con un ratoncito sentado en su palma y se dirigió al animal con su habitual grandilocuencia: —Mi querido y encantador ratoncito, mi blanco bribonzuelo —le dijo—, he aquí una lección de moral para tí. Un ratón realmente sabio es un ratón realmente bueno. Ten la bondad de comunicárselo a tus compañeros y no volver a roer las barras de vuestra jaula en vuestra vida. —Es muy fácil utilizar la parte ridícula de las cosas, —dijo Laura resueltamente— pero no le será a usted tan fácil, conde Fosco, ponerme el ejemplo de un hombre sabio que haya sido un gran criminal. El conde encogió sus anchos hombros y sonrió a Laura del modo más amigable. —¡Exacto! —dijo—. El crimen de un necio es el que se descubre, y el crimen de un hombre inteligente es el que no se descubre jamás. Si pudiera ponerle un ejemplo no podría ser por tanto el de un criminal inteligente. Querida Laura Glyde, nada puedo hacer frente a su perfecto sentido común inglés. Esta vez el jaque mate ha sido para mí ¿verdad, señorita Halcombe?, ja, ja... —Laura, prepara tus baterías —dijo con sorna Sir Percival, que había escuchado el diálogo desde la puerta—. Dile ahora que el criminal se delata a sí mismo. Fosco, aquí tiene usted otra porción de moral sacada de libros de caligrafía. El criminal se delata a sí mismo. ¡Qué infernal patraña! —Pues yo creo que eso es verdad —dijo Laura muy serena. Sir Percival soltó una carcajada tan estruendosa, tan zahiriente, que a todos nos dejó desconcertados, y al conde Fosco más que a ninguno. —Yo también lo creo —dije, acudiendo en auxilio de Laura. Sir Percival, que se había mostrado indescriptiblemente divertido con la observación de su mujer, pareció indignarse en la misma proporción con la mía. Tiró al suelo con rabia el bastón que acababa de hacer y se alejó de nosotros. —¡Pobre, querido Sir Percival! —dijo el conde, siguiéndolo con una mirada burlona—. Es víctima del despecho inglés. Pero mis queridas Lady Glyde y señorita Halcombe, ¿ustedes creen realmente que el criminal se delata a sí mismo? Y tú, ángel mío, ¿crees también eso? —continuó dirigiéndose a su mujer, que no había pronunciado una palabra hasta ese momento. —Espero a estar más enterada —replicó la condesa en tono de cortante censura, dirigida sin duda a Laura y a mí— para decidirme a dar mi opinión ante caballeros tan bien informados. —¿Es cierto eso, condesa? —dije yo—. Recuerdo muy bien los tiempos en los que usted abogaba por los derechos de las mujeres, y uno de ellos era el derecho femenino a la libertad de opinión. —¿Cuál es su punto de vista en este asunto, conde? —dijo la condesa dirigiéndose a su marido sin hacerme caso y continuando tranquilamente haciendo sus cigarrillos. El conde, antes de contestar, acarició pensativo a uno de sus ratoncitos en su orondo meñique. —Es realmente asombroso —dijo al fin— ver la facilidad con que la sociedad se consuela a sí misma de sus peores defectos recurriendo a unas cuantas frases altisonantes. La maquinaria que utiliza para descubrir los crimenes es miserable en su ineficacia, pero se inventa un epigrama moral que dice que funciona bien y se consigue con ello cegar a todo el mundo para que no vea sus errores. ¿Los delincuentes se delatan a sí mismos, no es eso? ¿Y el asesinato siempre se descubre (otro epigrama moral), no es así? Lady Glyde, pregúntele usted al comisario que investiga crímenes en una gran ciudad si ésto es verdad. Pregúntele usted, señorita Halcombe, a cualquier oficinista de cualquier compañía de seguros si es ésto verdad. Lea usted los periódicos. En los pocos casos de que dan cuenta ¿no se ven ejemplos de cadáveres encontrados y de asesinos desaparecidos? Añada a los casos de los que se informa a la policía aquellos de los que no se informa, y a los cuerpos que se encuentran aquellos que no se encuentran, y ¿a qué conclusión llegamos? A ésta: a que existen delincuentes necios que se dejan descubrir y criminales inteligentes que escapan. ¿Qué decir que un delito quede oculto o se descubra? El reto que se establece entre la policía por un lado y el individuo por el otro. Cuando el criminal es un necio, bruto e ignorante, gana la policía en nueve casos de diez. Cuando el criminal es una persona resuelta y educada, con inteligencia despierta, pierde la policía de nueve de diez. Si la policía gana, habitualmente todos se enteran. Si la policía pierde, normalmente ustedes no se enterarán de nada. Y sobre esta precaria base erigen ustedes su cómoda máxima moral de que el criminal se delata a sí mismo. En efecto..., cuando se trata de crímenes de los que ustedes saben. Pero ¿y el resto? —¡Eso es diabólicamente cierto y está muy bien expuesto! —gritó una voz a la entrada de la caseta. Sir Percival había recobrado su ecuanimidad y había vuelto mientras escuchábamos al conde. —Algo de eso puede ser cierto —dije yo—, y puede estar muy bien expuesto. Pero lo que no llego a comprender es por qué el conde Fosco celebra con tal exultación el triunfo del criminal sobre la sociedad, ni por qué Sir Percival aplaude con tanto entusiasmo su defensa. —¿Lo oye, Fosco? —preguntó Sir Percival—. Siga usted mi consejo y haga las paces con su auditorio. Dígales que la virtud es admirable. Le garantizo que eso les gustará. El conde prorrumpió en una risa silenciosa, y dos o tres ratoncitos blancos que se paseaban por su chaleco, alarmados por las violentas convulsiones en la superficie bajo sus patas, se dieron a la fuga para refugiarse, empujándose unos a otros, en su jaula. —Sir Percival, son las señoras las que deben explicarme lo que es la virtud —dijo—. Están más autorizadas que yo para ello, porque saben qué es la virtud y yo no. —¿Le están oyendo? —dijo Sir Percival—. ¿No es espantoso? —Es cierto —dijo el conde, tranquilo—. Soy un ciudadano del mundo, y me he tropezado con tantas clases de virtudes que no podría decir, a pesar de mi avanzada edad, cuál es la verdadera virtud y cuál la falsa. Aquí, en Inglaterra, existe un concepto de lo virtuoso, y en China existe otro diferente. Y el John inglés dice, mi virtud es la auténtica. Y el John chino dice mi virtud es la auténtica. Y yo le digo sí a uno, o no al otro, y estoy tan desorientado respecto a lo que me dice el John que lleva polainas como a lo que me dice el John que lleva coleta. ¡Ratoncito mío, querido ratoncito, ven y dame un beso! ¡Cuál es tu opinión particular sobre el hombre virtuoso, mi pre—pre— precioso? El hombre que te tenga caliente y te dé mucha comida. También es un buen concepto, pues es, cuando menos, comprensible. —Escuche un momento, conde —le interrumpí—. Si aceptamos sus teorías, en Inglaterra poseemos por lo menos una virtud indiscutible de la que carecen los chinos. Las autoridades chinas matan a millares de inocentes con pretextos tan frívolos como horrendos. Los ingleses estamos libres de semejantes culpas; nosotros no cometemos esos crímenes tan monstruosos y aborrecemos con toda el alma derramar sangre. —Muy bien, Marian —dijo Laura—. Bien pensado y bien dicho. —Por favor, permitan al conde que continúe —dijo Madame Fosco con severa cortesía—. Ya verán ustedes, mis jóvenes amigas, que él jamás habla sin tener excelentes razones para ello. —Gracias ángel mío —contestó el conde—. ¿Quieres un bombón? Y sacando de su bolsillo una preciosa cajita con incrustaciones llenas de dulces, la puso abierta sobre la mesa. —«Chocolat á la Vanille» —anunció este hombre impenetrable, sacudiendo alegremente la caja con confites y haciéndonos reverencias—, ofrecido a Fosco en homenaje a esta deliciosa compañía. —Conde, tenga la amabilidad de continuar y conteste a la señorita Halcombe —dijo su esposa, pronunciando mi nombre con malicia. —No tengo respuesta para la señorita Halcombe —replicó el exquisito italiano—; mejor dicho, a lo que acaba de decir. ¡Sí! Estoy de acuerdo con ella. John Bull aborrece los crímenes de John el chino, pues ese anciano caballero es muy rápido en descubrir los defectos de sus vecinos y muy lento para conocer los suyos, aunque hayan dejado su huella sobre la faz de la Creación. ¡Es mejor el que procede de este modo que aquellos a quienes condena por proceder a su manera? La sociedad inglesa, señorita Halcombe, es muchas veces cómplice del crimen tal como otras su enemigo. ¡Sí, sí! En este país el crimen es el mismo que en otros, a veces buen amigo de un hombre y de los que le rodean, a veces su enemigo. El canalla procura sostener a su mujer y a su familia. Cuanto peor es él, más merece nuestra compasión su familia. Con frecuencia también se sostiene a sí mismo. Un calavera depravado que se pasa la vida pidiendo dinero prestado conseguirá de sus amigos más que un hombre recto y honrado que sólo pide prestado una vez, presionado por alguna necesidad apremiante. En el primer caso, los amigos no se asombran lo más mínimo y dan lo que se les pide; en el segundo quedarán sorprendidos y vacilarán. ¿Es menos confortable la cárcel en que vive, al final de su carrera, el señor Bribón que el asilo donde vive el señor Decente al final de la suya? Cuando John Harvard el Filántropo quiere aliviar las miserias de sus prójimos va a buscarlas en las cárceles donde pena el crimen, y no se le ocurre ir a las chozas y barracas donde la virtud pena también. ¿Cuál de los poetas ingleses ha ganado la popularidad más universal, quién ha dado el tema más fácil a la literatura y la pintura de contenido patético? Ese joven encantador que empezó su vida siendo un falsificador y la terminó con el suicidio; ese Chatterton romántico, interesante y querido por ustedes. ¿Quién consigue más, por ejemplo, entre dos costureras muertas de hambre, la que resiste a la tentación y es honrada, o la que sucumbe a ella y roba? Todos sabemos que a esta segunda mujer que se gana la vida robando se la conoce a lo largo y a lo ancho de la bondadosa y misericordiosa Inglaterra pero se la absuelve de haber quebrantado un mandamiento, mientras que de haberlo cumplido se la dejaría morir de hambre. Ven aquí, ratoncito mío querido. ¡Ea!... ¡Presto!... ¡Pass! Voy a transformarte durante unos instantes en una respetable señorita. Ponte aquí, en la palma de mi grande y fuerte mano, querido y escucha. Te casas con un hombre pobre a quien amas, ratoncito, y la mitad de tus amigos te compadecen y la otra mitad te vitupera. Y al contrario, te vendes por oro a un hombre que te tiene sin cuidado, y todos tus amigos se alegrarán por ti, y el propio ministro de la iglesia bendice el más vil de todos los tratos humanos y luego sonríe y retoza de alegría sentado a tu mesa si algún día tienes la amabilidad de invitarle a comer. ¡Ea, presto, pass! Vuelve a ser un ratón y no hables más. Si continúas mucho tiempo siendo señorita, te oiré decirme que la sociedad aborrece el crimen, y entonces, ratoncito, dudaré de si realmente tus ojos y oídos te sirven de algo. ¡Ah, Lady Glyde! ¿No cree usted que soy una mala persona? Digo lo que otras personas se contentan con pensar, y mientras el resto del mundo se ha conjurado para ocultar bajo máscaras sus verdaderos rostros, mi mano se apresura a arrancar las caretas de cartón y muestra los desnudos huesos que están debajo. Pero voy a levantarme sobre mis enormes piernas de elefante antes de que acabe por perder su estima. Me levantaré e iré a dar un paseo para tomar un poco el aire. Queridas señoras, como dice su ilustre Sheridan: «Me voy, y tras de mí dejo mi alma.» Se levantó, puso la jaula sobre la mesa y se detuvo un momento para contar los ratones que había dentro. —Uno, dos, tres, cuatro... ¡Ah! —gritó con mirada de horror—, en nombre del cielo, ¿donde está el quinto, el más joven, el más blanco, el más simpático de todos?... ¿Dónde está el Benjamín de mis ratones? Ni Laura ni yo teníamos ánimo para reírnos. El voluble cinismo del conde nos había revelado una faceta de su ser que nos repelía a ambas. Pero no es posible resistir a la cómica desesperación de aquel hombre enorme causada por la pérdida de un pequeño ratón. Nos reímos a pesar nuestro, y cuando la condesa Fosco se levantó para dar ejemplo saliendo de la caseta para que su marido pudiera rebuscar hasta en su último rincón, nos levantamos también y salimos tras ella. Antes de que hubiésemos dado tres pasos los ojos agudos del conde descubrieron al ratón perdido, oculto bajo el asiento que habíamos ocupado. Apartó el banco, cogió al animalito en su mano y de repente quedó inmóvil, de rodillas y mirando fijamente algo que había en el suelo frente a él. Cuando por fin se levantó, su mano temblaba tanto que casi no podía meter el ratón en la jaula y su rostro estaba recubierto de una lividez amarillenta. —¡Percival! —dijo en un susurro—. ¡Percival, venga aquí! Sir Percival llevaba diez minutos sin reparar en ninguno de nosotros. Estaba completamente absorto dibujando números sobre la arena y borrándolos luego con la punta de su bastón. —¿Qué pasa ahora? —dijo, dirigiéndose con desgana hacia la caseta. —¿No ve nada aquí? —dijo el conde estirando nerviosamente el cuello de su camisa con una mano y señalando con la otra hacia el lugar cerca del cual encontró el ratón. —Veo mucha arena seca —contestó sir Percival— y en el centro una mancha de suciedad. —No es suciedad —murmuró el conde; puso de repente la otra mano sobre el cuello de Sir Percival y, lleno de agitación, empezó a sacudirlo—. ¡Es sangre! Laura se hallaba lo bastante cerca de ellos como para oír esta última palabra, aunque el conde la susurró apenas. Se volvió hacia mí con un gesto de horror. —Son tonterías, querida mía —dije—. No hay por qué alarmarse. No es más que la sangre de un pobre perrito extraviado. Todos quedaron atónitos y sus miradas, inquisitivas, se clavaron en mí. —¿Cómo lo sabe? —preguntó sir Percival, hablando el primero. —Encontré aquí a un perro moribundo el día que regresaron del viaje —contesté—. El pobre animal se había perdido entre los abetos y su guarda le disparó un tiro. —¿De quién era el perro? —dijo Sir Percival—. ¿No era uno de los míos? —¿Trataste de salvar al pobre? —interrogó Laura, seria—. ¿De verdad trataste de salvarlo, Marian? —Sí —dije—. El ama de llaves y yo hicimos todo lo que pudimos, pero el perro tenía una herida mortal y murió cuando lo cuidábamos. —¿De quién era el perro? —insistió Sir Percival, repitiendo su pregunta con cierta irritación—. ¿Uno de los míos? —No, no era suyo. En el momento en que escuché esta pregunta recordé el deseo expresado por la señora Catherick de que su visita a Blackwater Park permaneciese oculta para Sir Percival, y dudé si no sería cometer una indiscreción contestar a la pregunta. Pero en mi afán de tranquilizarlos a todos, había ido ya demasiado lejos para retroceder ahora si no quería correr el riesgo de despertar sospechas que sólo empeorarían las cosas. No tenía más remedio que contestar en seguida sin preocuparme de las consecuencias. —Sí —dije—, el ama de llaves lo sabía. Me dijo que era el perro de la señora Catherick. Sir Percival había permanecido en la parte más sombría de la casilla, junto al conde Fosco, mientras yo le hablaba desde el umbral. Pero en el momento en que me oyó pronunciar el nombre de la señora Catherick, apartó de un brusco empujón a su amigo y se plantó frente a mí, a plena luz del día. —¿Cómo supo el ama de llaves que el perro pertenecía a la señora Catherick? —preguntó, fijando en mí sus ojos con interés y atención tan hostiles que me indignaron y me asombraron al mismo tiempo. —Lo supo —dije con tranquilidad— porque la señora Catherick trajo al perro consigo. —¿Lo trajo consigo? ¿Dónde lo trajo? —A esta casa. —¿Qué demonios quería en esta casa la señora Catherick? El modo de hacerme esta pregunta era aún más ofensivo que el lenguaje con que la formuló. Expresé mi reprobación por su falta de educación dándole la espalda en silencio para marcharme. En el mismo momento que lo hacía, la persuasiva mano del conde se posó en el hombro de Sir Percival, y su voz meliflua intervino para calmarle. —¡Mi querido Percival..., poco a poco, poco a poco! Sir Percival miró a su alrededor con verdadera furia. El conde sonreía y repetía su conjuro. —¡Poco a poco, amigo mío, poco a poco! Sir Percival vaciló, me siguió y —ante mi gran sorpresa— me ofreció sus disculpas. —Perdone, señorita Halcombe —dijo—. Ultimamente estoy desquiciado y temo resultar un poco irritable. Pero me gustaría saber por qué vino aquí la señora Catherick. ¿Cuándo vino? ¿El ama de llaves es la única que la vio? —La única —contesté—. Por lo que yo sé. El conde volvió a intervenir. —En ese caso, ¿por qué no preguntar al ama de llaves? —dijo él—. Percival ¿por qué no acude directamente a la fuente de esta información? —Tiene razón —dijo Sir Percival—. Claro, el ama de llaves es la primera persona a quien hay que preguntar. Soy un perfecto estúpido por no habérseme ocurrido sin que me lo dijeran. Con estas palabras nos dejó para regresar inmediatamente a la casa. El motivo de la intervención del conde, que al principio me extrañó, se aclaró en seguida, en cuanto Sir Percival nos dio la espalda. Me hizo una serie de preguntas sobre la señora Catherick y la causa de su visita a Blackwater Park, que no se hubiese atrevido a hacer en presencia de su amigo. Mis respuestas fueron breves y frías, aunque corteses, pues estaba decidida a evitar todo lo que pudiera tener visos de intercambio de confidencias entre el conde Fosco y yo. Pero Laura le ayudó, sin darse cuenta de lo que hacía, a sonsacarme cuanto yo sabía, preguntándome también ella, lo cual no me dejaba otra alternativa que contestar o aparecer a sus ojos como depositaria de los secretos de Sir Percival, lo cual sería un papel muy poco atractivo, además de falso. El resultado fue que a los diez minutos el conde conocía tanto como yo del asunto de la señora Catherick y de los acontecimientos que tan extrañamente nos unieron con su hija Anne, desde el día en que Hartright la encontró hasta este momento. El efecto que le causó mi relato fue, en un sentido, bastante curioso. A pesar de que conoce a Sir Percival íntimamente, a pesar de que parece estar estrechamente vinculado a los asuntos privados de Sir Percival, lo cierto es que está tan lejos como yo de saber algo sobre la verdadera historia de Anne Catherick. El misterio que envuelve a esta desventurada mujer se hace doblemente sospechoso a mis ojos ahora, cuando estoy absolutamente convencida de que Sir Percival ha mantenido oculta la clave de este asunto al más íntimo amigo que tiene en el mundo. Era imposible equivocarse al ver la ansiosa curiosidad que manifestaban la mirada y cada uno de los gestos del conde mientras absorbía ávidamente cada una de las palabras que brotaban de mis labios. Sé que hay muchas clases de curiosidad, pero es inconfundible la que se siente ante una revelación; y si alguna vez la he visto en mi vida fue en el rostro del conde. Entre preguntas y respuestas, atravesamos apaciblemente el bosque para regresar a casa. Lo primero que vimos al llegar, frente a la entrada principal, fue el tílburi de sir Percival con el caballo enganchado y el mozo esperando junto a él, vestido con la ropa propia de la cuadra. A juzgar por las apariencias, el interrogatorio del ama de llaves había aportado resultados importantes. —¡Buen caballo, amigo mío! —dijo el conde, dirigiéndose al mozo con una familiaridad insinuante—. ¿Va usted a salir? —No, señor; yo no salgo —contestó el hombre mirando de reojo su ropa, evidentemente pensando en si el señor extranjero no sabría distinguirla de una librea—. Mi señor va a conducirlo él mismo. —¡Ah! ¿El mismo conduce? —siguió el conde—. Me asombra que se tome esa molestia teniéndole a usted para que lo haga. ¿Piensa cansar mucho a este precioso caballo, tan reluciente y primoroso, y lo llevará hasta muy lejos? —No lo sé, señor —repuso el hombre—. Pero este caballo es una yegua, y dispénseme el señor. Es la más ligera y resistente que tenemos en la cuadra. Se llama Brown Molly y es capaz de galopar hasta caerse. Para distancias cortas Sir Percival suele llevar a Isaac de York. —¿Y a su valiente y primorosa Brown Molly para las caminatas largas? —Sí señor. —¡Deducción lógica, señorita Halcombe! —observó el conde dando una rápida vuelta sobre sus talones y dirigiéndose a mí—. Sir Percival piensa ir hoy muy lejos. No contesté nada. Había hecho mis propias deducciones de lo que me había dicho el ama de llaves y de lo que veía delante de mí, pero no pensaba compartirlas con el conde Fosco. «Cuando Sir Percival estaba en Cumberland —pensaba— dio una larga caminata para interrogar a los granjeros de Todd's Corner sobre Anne Catherick. Ahora que se halla en Hampshire, ¿va a hacer un largo viaje para interrogar a la señora Catherick en Welminghan también sobre Anne Catherick? Entramos todos en casa. Al cruzar el vestíbulo Sir Percival salió de la biblioteca a nuestro encuentro. Parecía tener prisa, estaba pálido y preocupado pero a pesar de todo se dirigió a nosotros con su mejor urbanidad. —Siento mucho decirles que me veo obligado a dejarles —empezó él—, es un viaje largo... un asunto que no me es fácil aplazar. Volveré mañana por la mañana, pero antes de marcharme quisiera cumplir estas pequeñas formalidades que hablé esta mañana... Laura, ¿tienes la bondad de venir a la biblioteca? Será menos de un minuto... una simple formalidad. Condesa, ¿podría pedirle este favor también? Les necesito a usted y a la condesa Fosco, para que sirvan de testigos en el acto de una firma. Nada más. Entren y acabamos en seguida. Aguantó la puerta de la biblioteca hasta que todos entrasen, pasó él después y la cerró tras de sí con suavidad. Permanecí un instante en el vestíbulo sola, mi corazón latía deprisa y mi ánimo se abatía. Luego me dirigí hacia la escalera y lentamente subí a mi cuarto. En el momento en que abría la puerta de mi habitación oí que me llamaba Sir Percival desde abajo. —Tengo que rogarle que vuelva a bajar —decía—. Es culpa de Fosco y no mía, señorita Halcombe, si la molesto. Habla de no sé qué impugnación absurda y no permite que su mujer sea también testigo, así que me ha obligado a que la llame. Entré inmediatamente en la biblioteca, seguida de Sir Percival. Laura esperaba sentada junto al escritorio, dando vueltas entre sus dedos a los lazos de su pamela. La señora Fosco, sentada a su lado en una butaca, miraba con imperturbable admiración a su marido, que estaba solo al otro extremo de la estancia, quitando las hojas secas de los ramos de flores que estaban en la ventana. En el momento en que aparecí, el conde se adelantó para recibirme y ofrecerme sus explicaciones. —Mil perdones, señorita Halcombe —dijo—, pero ¿conoce usted la idea que tienen los ingleses de mis compatriotas? El bueno de John Bull considera a los italianos recelosos y marrulleros por naturaleza. Así pues, tenga usted la amabilidad de no estimarme en más que al resto de mis compatriotas. Soy italiano marrullero y receloso... Ya lo había pensado usted, querida señorita, ¿verdad? Bueno. Pues forma parte de mi marrullería y mis recelos el que impugne que Madame Fosco sea testigo de la firma de Lady Glyde desde el momento en que yo también lo soy. —No hay ni sombra de razón en impugnarlo —interrumpió Sir Percival. Ya le he explicado que las leyes de Inglaterra permiten a Madame Fosco ser testigo de una firma igual que su marido. —Lo admito —replicó el conde—. Las leyes de Inglaterra dicen «Sí», pero la conciencia de Fosco dice «No» . Cubrió con sus gruesos dedos la pechera de su blusa y bostezó con solemnidad, como si quisiera presentar a todos nosotros a su conciencia en calidad de un nuevo e ilustre miembro de nuestra compañía. —Sea lo que sea el documento que va a firmar Lady Glyde —prosiguió—, no lo sé, ni deseo saberlo. Sólo digo una cosa: en el futuro pueden presentarse ciertas circunstancias que pueden exigir que Percival o sus representantes acudan a estos dos testigos, en cuyo caso sería de desear que éstos representasen dos opiniones distintas, independientes una de otra. Y esto no puede suceder si atestigua mi esposa conmigo, porque nosotros no tenemos más que un criterio y este criterio es el mío. No quiero que llegue un día en el que se me eche en cara que Madame Fosco ha actuado coaccionada por mí y que, por tanto, su testimonio carezca de valor. Y conste que hablo teniendo en cuenta los intereses de Sir Percival cuando propongo que aparezca mi nombre, por ser el más íntimo amigo del marido, y su nombre, señorita Halcombe, como el de la más íntima amiga de la mujer. Soy un jesuita, pensarán ustedes, un hombre que hila delgado, que mira mucho lo que hace, pero espero que tendrán conmigo esta consideración y se apiadarán de mi receloso carácter italiano y de mi conciencia italiana tan poco acomodaticia. Volvió a inclinarse, dio unos pasos atrás y privó a nuestra compañía de la presencia de su conciencia con la misma cortesía con la que nos la había presentado. Los escrúpulos del conde podrían ser honrados y razonables, pero en su manera de expresarlos había algo que aumentó mi deseo de no tener nada que ver con aquel acto. Ninguna otra consideración de menor importancia que mi preocupación por Laura me hubiera instigado a aceptar ser te