Charles Dickens Papeles póstumos del Club Pickwick, 1 Los pickwickianos El primer rayo de luz que hiere la penumbra y convierte en claridad ofuscante las tinieblas que parecían envolver los primeros tiempos de la vida pública del inmortal Pickwick surge de la lectura de la siguiente introducción a las Actas del Club Pickwick, que el editor de estos papeles se complace altamente en mostrar a sus lectores como una prueba de la cuidadosa atención, infatigable perseverancia y pulcra exégesis con que ha llevado a cabo su investigación entre la profusión de documentos que le han sido confiados: «12 de mayo de 1827.—Presidencia de José Smiggers, Esq., V.P.P, M.C.P.# Se toman por unanimidad los siguientes acuerdos: »Que esta Asociación ha oído leer con sentimientos de complacencia inequívoca y de la más entusiasta aprobación la Memoria presentada por Samuel Pickwick, P.G., M.C.P.#, titulada Especulaciones acerca del origen de los pantanos de Hampstead, con algunas observaciones sobre la Teoría de los murciélagos, y que esta Asociación expresa por ella a dicho Samuel Pickwick, Esq., P.G., M.C.P, su más ferviente gratitud. »Que al mismo tiempo que esta Asociación se declara hondamente convencida de las ventajas que para el progreso de la ciencia representa tanto el trabajo mencionado como las incansables investigaciones de Samuel Pickwick, no puede menos de abrigar el vivo presentimiento de los inestimables beneficios que si el referido docto señor ensanchara el campo de sus estudios, dilatase la zona de sus viajes y extendiera el horizonte de sus observaciones se seguirían para el desarrollo de la cultura y la difusión de la enseñanza. »Que, con la mira arriba expresada, esta Asociación ha tomado seriamente en consideración la propuesta formulada por el antedicho Samuel Pickwick, PG., M.C.P, y otros tres pickwickianos, cuyos nombres luego se reseñan, para constituir una nueva rama de la Unión Pickwickiana, bajo el título de Sociedad Correspondiente del Club Pickwick. »Que esta propuesta ha sido sancionada y aprobada por la Asociación. »Que la Sociedad Correspondiente del Club Pickwick ha quedado, por tanto, constituida, y que Samuel Pickwick, Esq., P.G., M.C.P; Tracy Tupman, Esq., M.C.P.; Augusto Snodgrass, Esq., M.C.P., y Nathaniel Winkle, Esq., M.C.P., han sido nombrados y reconocidos como miembros de la misma, y que han sido requeridos para que de tiempo en tiempo comuniquen al Club Pickwick, establecido en Londres, memorias auténticas de sus viajes e investigaciones, de sus observaciones acerca de tipos y costumbres y del conjunto de sus aventuras, así como todas las narraciones y notas a que diese lugar el espectáculo de la vida local individual y colectiva. »Que esta Asociación sienta de muy buen grado el principio de que cada miembro de la Sociedad Correspondiente sufrague sus propios viajes, y que no ve inconveniente alguno en que los miembros de la indicada Sociedad prolonguen sus estudios todo el tiempo que les plazca, dentro de dichas condiciones. »Que los miembros de la Sociedad Correspondiente deben darse por enterados de que su propuesta de costear por sí mismos todos los gastos de correo y transporte de paquetes ha sido objeto de deliberación por parte de la Asociación; que esta Asociación considera semejante propuesta digna de los preclaros entendimientos de que dimana y que hace constar su perfecta conformidad». Un observador —cualquiera añade el secretario, a cuyas anotaciones debemos la referencia que sigue—, un observador casual, no hubiera advertido nada de extraordinario en la desnuda cabeza y circulares antiparras que se volvieron intencionadamente hacia su rostro (el del secretario) mientras leía los acuerdos transcritos; mas, para aquellos que supieran que la gigantesca mentalidad de Pickwick palpitaba detrás de los cristales, era el espectáculo bien interesante. Allí se sentaba el hombre que había recorrido hasta su origen los pantanos de Hampstead y conmovido al mundo científico con su Teoría de los murciélagos, hombre tan inmóvil y encalmado como las aguas de uno de aquéllos en un día de helada, o como un solitario individuo de los de esta familia en el retiro interno de un cántaro de barro. Pero ¡cuánto más interesante se ofrecía el espectáculo cuando, al unánime grito de «¡Pickwick!», proferido por sus secuaces, animándose y lleno de vida, subió aquel grande hombre al sillón de Windsor, en que anteriormente se hallara sentado, y dirigió la palabra al Club que él mismo había fundado! ¡Qué escena tan sugestiva y digna de estudio para un artista!: el elocuente Pickwick, con una mano graciosamente escondida tras el faldón de su levita y agitando la otra en el aire para acentuar su brillante perorata; su erguido cuerpo ponía de manifiesto sus tirantes y polainas, prendas que si vestidas por un hombre vulgar hubieran pasado inadvertidas, usadas por Pickwick —si se admite la expresión— inspiraban veneración y respeto espontáneos; rodeado este hombre por aquellos que voluntariamente habían compartido con él los riesgos de sus viajes, y que estaban destinados a participar de las glorias de sus descubrimientos: a su derecha sentábase Mr. Tracy Tupman, el quisquilloso Tupman, que a la sabiduría y experiencia de la edad madura añadía el entusiasmo y el ardor de un mozo en la más interesante y dispensable de las humanas flaquezas: el amor. Los años y el mucho comer habían desarrollado aquella figura, un tiempo romántica. El negro chaleco de seda se había ensanchado más y más; pulgada a pulgada, la cadena del reloj había desaparecido del horizonte visible de Tupman, y gradualmente la abundante papada iba colgando cada vez más de los bordes de la corbata; mas el espíritu de Tupman no cambió jamás: la admiración por el bello sexo era su pasión dominante. A la izquierda del gran caudillo se sentaba el poeta Snodgrass, y no lejos, el deportivo Winkle: el primero, poéticamente envuelto en una chaqueta azul con cuello de piel de perro, y luciendo el último una verde y nueva pelliza de caza, corbatín escocés y ceñido pantalón. La alocución de Mr. Pickwick en esta ocasión, así como el debate que siguió, figuran en las Actas del Club. Ambos acusan una estrecha afinidad con las discusiones mantenidas en otras ilustres corporaciones, y, como no está de más señalar las coincidencias que se observan en las normas seguidas por los grandes hombres, vamos a trasladar a estas páginas la reseña. Mr. Pickwick observó —dice el secretario— que la fama es un anhelo del corazón humano. La fama poética constituía un afán para el corazón de su amigo Snodgrass; la fama de las conquistas era igualmente ambicionada por su querido amigo Tupman y el deseo de ganar la celebridad por los deportes en tierra, aire y agua anidaba hondamente en el pecho de su amigo Winkle. Él mismo —Mr. Pickwick— no negaba sentirse influido por las humanas pasiones, por las afecciones humanas (Rumores.), tal vez por las humanas flaquezas (Voces: No, no.); pero él aseguraba que si alguna vez el ardor de la vanidad brotaba en su pecho, el deseo del bien del humano linaje se sobreponía y ahogaba aquélla. Si la alabanza de los hombres era su trapecio de equilibrio, la filantropía era su clave de seguridad. (Vehementes aclamaciones.) Él había experimentado cierto orgullo —paladinamente lo reconocía, y entregaba esta confesión al ludibrio de sus enemigos—, él había sentido alguna vanidad al lanzar al mundo su Teoría de los murciélagos, podría o no merecer la celebridad. (Una voz: «Sí que la merece». Fuertes rumores.) Aceptaba la afirmación del honorable pickwickiano cuya voz acababa de oír: merecía la celebridad; mas si la fama de aquel tratado hubiera de extenderse hasta los últimos confines del mundo conocido, el orgullo despertado por la paternidad de tal producción nunca podría compararse con el halago que sentía al mirar a su alrededor en este momento, el más glorioso de su vida. (Aplausos.) Él era un hombre humilde. (No, no.) Por ahora sólo podía afirmar que se le había elegido para una misión honrosísima y no exenta de riesgos. Los viajes se realizaban en malas condiciones y las cabezas de los mayorales parecían bastante inseguras. Que mirasen si no hacia fuera y contemplasen las escenas que se producían a su alrededor: los coches de postas volcaban por todas partes; los caballos cojeaban; los barcos daban la vuelta y las calderas reventaban. (Aprobación. Una voz: «¡No! ¡No!». Rumores.) A ver, ese honorable pickwickiano que ha gritado «No» con tanta energía, que avance y lo niegue, si puede. (¡Bravo!) ¿Quién ha sido ese que ha gritado: «No»? (Aclamaciones entusiastas.) Se trataba acaso de algún fatuo o de algún desengañado, no llegaría a decir de algún baratero (Bravos ensordecedores.), que, celoso de los elogios, tal vez inmerecidos, que se habían dedicado a sus (las de Mr. Pickwick) investigaciones y aplastado por las críticas amontonadas sobre sus propios y débiles intentos de rivalidad, tomaba ahora este modo vil y calumnioso de... Mr. Blotton (de Aldgate) se levantó. ¿Aludía a él el honorable pickwickiano? (Voces de «Orden», «Señor presidente», «Sí», «No», «Continuad», «Fuera», etc.) Mr. Pickwick no estimaba procedente dejarse dominar por el clamoreo. Él había aludido al honorable caballero. Mr. Blotton, en tal caso, sólo decía que rechazaba la injuriosa y falsa acusación del honorable caballero con profundo desprecio. (Grandes rumores.) El honorable caballero era un embaucador. (Terrible confusión y fuertes voces de «Señor presidente» y «Orden».) Mr. Snodgrass se levanta. Se coloca de pie en la silla. (Expectación.) Él desea saber si este lamentable incidente entre dos miembros del Club debe tolerarse que continúe. (Siseos.) El presidente estaba seguro de que el honorable pickwickiano habría de retirar la frase que acababa de pronunciar. Mr. Blotton, dentro del mayor respeto hacia la Presidencia, estaba seguro de no retirarla. El Presidente consideraba deber suyo preguntar al honorable caballero si aquella frase que se le había escapado había sido empleada en su acepción corriente. Mr. Blotton no vaciló en decir que no; que él había empleado aquella palabra en su sentido pickwickiano. (Siseos.) Él no tenía más remedio que declarar que personalmente abrigaba el mayor respeto y la más alta estima por el honorable caballero. Él le había considerado como un embaucador desde un punto de vista puramente pickwickiano. (Siseos.) Mr. Pickwick se sentía sumamente agradecido por la noble, sencilla y franca explicación de su honorable amigo. Y solicitaba al punto que sus propias observaciones fuesen interpretadas según la construcción pickwickiana. (Rumores.) Aquí termina la relación, e indudablemente también el debate, después de llegar a un acuerdo tan claro y satisfactorio. No tenemos referencia oficial de los hechos cuya narración hallará el lector en el siguiente capítulo; pero han sido cuidadosamente tomados de cartas y de otras fuentes auténticas tan evidentemente genuinas, que justifican la narración circunstanciada. Primeros días de viaje, primeras aventuras nocturnas y sus consecuencias Ese puntual cumplidor de todo trabajo, el sol, acababa de levantarse y de alumbrar la mañana del 30 de mayo de 1827 cuando Samuel Pickwick, surgiendo de sus sueños cual otro sol, abría la ventana de su cuarto y contemplaba al mundo que debajo de él se extendía. Goswell Street hallábase a sus pies; Goswell Street tendíase a su derecha, y hasta donde la vista alcanzar podía veíase a la izquierda Goswell Street, y la acera opuesta de Goswell Street mirábase enfrente. «Tales –pensaba Mr. Pickwick— son las limitadas ideas de aquellos filósofos que satisfechos con el examen de las cosas que tienen ante sí no descubren las verdades que más allá se esconden. Así, podía yo contentarme con mirar simplemente Goswell Street sin preocuparme en penetrar las ocultas regiones que a la calle circundan.» Y después de producir Mr. Pickwick esta hermosa reflexión, embutióse en su traje, y sus trajes en el portamantas. Los grandes hombres rara vez se distinguen por la escrupulosidad de su indumento; así, pues, la operación de rasurarse, vestirse y sorber el café pronto estuvo concluida, y una hora después, Mr. Pickwick, con su portamantas en la mano, su anteojo en el bolsillo de su amplio gabán y el libro de notas en el del chaleco, dispuesto a recibir cualquier descubrimiento digno de registrarse, llegaba a la cochera de San Martín el Grande. —¡Cochero! –exclamó Pickwick. —Aquí está, sir –articuló un extraño ejemplar de la raza humana, con cazadora de tela de saco y mandil de lo mismo, que con una etiqueta y un número de latón en el cuello parecía catalogado en alguna colección de rarezas. Era el mozo de limpieza–. Aquí está, sir. ¡Vamos, el primero! Y hallado el cochero número 1 en la taberna donde había fumado su primera pipa, Mr. Pickwick y su portamantas fueron introducidos en el vehículo. —¡A Golden Cross! –ordenó Mr. Pickwick. —¡Nada, ni para un trago, Tomás! –exclamó malhumorado el cochero, dirigiéndose a su amigo el mozo, al arrancar el coche. —¿Qué tiempo tiene ese caballo, amigo? –preguntó Mr. Pickwick, frotándose la nariz con el chelín que había sacado para pagar el recorrido. —Cuarenta y dos –replicó el cochero mirándole de través. —¡Cómo! –exclamó Mr. Pickwick llevando su mano al cuaderno de apuntes. El cochero reiteró su afirmación primera. Mr. Pickwick miró fijamente a la cara del cochero; pero en vista de que los rasgos de ésta permanecieron inmutables, se decidió a consignar el hecho. —¿Y cuánto tiempo le tiene usted trabajando cada vez? —inquirió Mr. Pickwick, para ampliar la información. –Dos o tres semanas –contestó el cochero. —¡Semanas! —dijo asombrado Mr. Pickwick... y de nuevo salió el cuaderno de apuntes. —Su casa está en Pentonwill, pero rara vez le llevamos allí, por lo flojo que está –observó el cochero con frialdad. —¡Por lo flojo que está! —repitió vacilante Mr. Pickwick. —En cuanto se desengancha se cae —prosiguió el cochero—; pero cuando está enganchado le tenemos bien tieso y le llevamos tan corto, que no es fácil que se caiga; y hemos puesto un par de ruedas tan anchas y hermosas, que en cuanto él se mueve echan tras él y no tiene más remedio que correr... no puede por menos. Mr. Pickwick consignó en su cuaderno todas las palabras de esta información con propósito de comunicarlas al Club, como ejemplo singular de la tenacidad vital de los caballos bajo las más difíciles circunstancias. Apenas había terminado su anotación cuando llegaban a Golden Cross. Saltó el cochero y salió Mr. Pickwick del coche. Mr. Tupman, Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, que se hallaban esperando impacientes la llegada de su ilustre jefe, le rodearon, dándole la bienvenida. —Aquí tiene usted su servicio –dijo Mr. Pickwick, mostrando el chelín al cochero. ¡Cuál no sería el asombro de los doctos caballeros cuando aquel ente incomprensible arrojó la moneda al suelo y expresó con ademanes inequívocos su deseo de que se le permitiera luchar con Mr. Pickwick por la cantidad que se le adeudaba! —Usted está loco –dijo Mr. Snodgrass. —O borracho –añadió Mr. Winkle. —O las dos cosas –resumió Mr. Tupman. —¡Vamos, vamos! –gritó el cochero, haciendo ademán de combatir a puñetazos, marcando los movimientos como un péndulo–. ¡Vamos... con los cuatro! —¡Aquí hay jarana! –gritaron media docena de cazurros—. Manos a la obra, Sam. Y, vociferando alegremente, se agregaron al grupo. —¿Qué es ello, Sam? —preguntó un caballerete con mangas de percal negro. —¿Cómo que qué es ello? –replicó el cochero–. ¿Para qué quería mi número? —Yo no quería su número –contestó Mr. Pickwick sin salir de su estupefacción. —Entonces, ¿para qué lo ha tomado usted? –le interrogó el cochero. —¡Pero si no lo he tomado! –gritó indignado Mr. Pickwick. —¿Querréis creer –continuó el cochero, dirigiéndose al público–, querréis creer que un investigador va en un coche y no sólo apunta el número del cochero sino cada palabra que dice? Un rayo de luz brilló en la mente de Mr. Pickwick: se trataba del cuaderno de notas. —¿Pero hizo eso? –preguntó otro cochero. —Claro que lo hizo –replicó el primero–. Y luego, a prevención de que yo le atacara, tiene tres testigos para declarar contra mí. Pero le voy a dar, aunque me cueste seis meses. ¡Vamos! Y el cochero arrojó su sombrero al suelo, con notorio menosprecio de la prenda, arrancó los lentes a Mr. Pickwick y siguió el ataque con un puñetazo en la nariz a Mr. Pickwick, otro en un ojo a Mr. Snodgrass y, por variar, un tercero, en el vientre, a Mr. Tupman; luego empezó a maniobrar bailando en el arroyo; volvió a la acera y, por fin, extrajo del pecho de Mr. Winkle el poco aire que le quedaba; todo en media docena de segundos. —¿Dónde habrá un policía? –preguntó Mr. Snodgrass. —Ponedlos bajo las mangas –sugirió un vehemente panadero. —¡Tendréis que sentir por esto! –amenazó Mr. Pickwick. —¡Soplones! –gritó la concurrencia. —¡Vamos! –gritó el cochero, que no había cesado en todo el tiempo de agitar sus puños. El público allí reunido, que hasta entonces había permanecido como mero espectador de la escena, al enterarse de que los pickwickianos eran confidentes del fisco comenzó a encarecer rápidamente la conveniencia de apoyar la proposición del ardoroso panadero; y no hay que decir los actos de agresión personal que se hubieran cometido a no ser porque la trifulca quedó repentinamente interrumpida por la llegada de un nuevo personaje. —¿Qué juerga es ésta? —preguntó un joven más bien alto, con verde cazadora, que emergió de improviso ante la cochera. —¡Soplones! –gritó de nuevo la concurrencia. —¡No somos tal cosa! —rugió Mr. Pickwick en un tono que hubiera llevado la convicción a cualquier circunstante desapasionado. —¿No lo son ustedes... no lo son? –dijo el muchacho, dirigiéndose a Mr. Pickwick y abriéndose paso entre la multitud por el infalible sistema de separar a codazos a los elementos componentes de ella. El docto caballero explicó en breves y apresuradas palabras la realidad del caso. —Vengan, pues —dijo el de la verde cazadora, cargando casi a viva fuerza con Mr. Pickwick y charlando sin cesar—. Ea, número novecientos veinticuatro, recoja su servicio y márchese... Respetables señores... le conozco bien... imprudencias... Sir, ¿y sus amigos? ... Un error, ya se ve... no preocuparse... cosas que ocurren... hasta en las mejores familias... no hay que hablar de morir... un contratiempo... levantadlo... ponga eso en su pipa... el aroma... ¡maldita canalla! Y con esta larga ristra de entrecortadas frases, pronunciadas con extraordinaria volubilidad, el extraño personaje se encaminó hacia la sala de espera de viajeros, seguido de cerca por Mr. Pickwick y sus discípulos. —¡Mozo! —gritó el raro personaje, tirando de la campanilla con tremenda violencia—, ponga copas... aguardiente y agua, caliente y fuerte, y dulce, y mucho... ¿El ojo magullado, sir? ¡Mozo!, bistec crudo para el ojo del caballero...; nada como el bistec crudo para las erosiones, sir; el frío de un farol, muy bueno; pero un farol, no es posible... ¡Hay que ver pasarse media hora en la calle y pegar el ojo contra la columna del farol!... ¡Eh, muy bien! ¡Ah, ah! Y el desconocido, sin tomar resuello, se echó de un trago como media pinta del líquido espumante y se repantigó en la silla tranquilamente, como si nada hubiera pasado. En tanto que sus tres compañeros se ocupaban en expresar su gratitud al nuevo amigo, Mr. Pickwick examinaba el indumento y catadura de aquél. Era de una estatura mediana; mas lo escurrido de su cuerpo y la largura de sus piernas dábanle apariencias de una altura mayor. La verde cazadora debía de haber sido una prenda elegante por los días en que se usaban largos faldones; mas era evidente que había servido a un hombre más bajo que el desconocido, pues las deterioradas y sucias mangas no llegaban a cubrirle las muñecas. Hallábase estrechamente abotonada hasta la barbilla, con riesgo inminente de estallar por la espalda, y un viejo trapo sin la menor forma de corbata rodeábale el cuello. Los raquíticos y negros pantalones mostraban aquí y allá ese reluciente brillo que pregona un uso prolongado, y ceñíanse estrechamente sobre un par de remendados y manchadísimos zapatos, como proponiéndose ocultar un par de medias blancas e impulcras que, no obstante, se veían perfectamente. Sus largos y negros cabellos se escapaban en ondas negligentes a cada lado del viejo sombrero de alas vueltas, y entre los bordes de los guantes y las bocamangas percibíanse las muñecas. Su rostro era enjuto y hosco, y un aire indescriptible de aviesa impudencia, junto con el de un perfecto dominio de sí mismo, envolvían al individuo. Tal era el personaje que Mr. Pickwick contemplaba a través de sus anteojos (dichosamente recuperados), y al que, luego que sus amigos se hubieron cansado de hacerlo, comenzó a significar en términos selectos su agradecimiento por el reciente auxilio. —De nada —dijo el desconocido, atajando rápido el cumplimiento—; basta... nada más; buen mozo ese cochero... bien manejaba sus cinco; pero yo que su amigo el de la chaqueta verde... que me ahorquen... si no le aplasto la cabeza... no dice ni pío... también al panadero... de fijo. Esta incoherente arenga fue interrumpida por la entrada del cochero de Rochester, anunciando que iba a partir el Comodoro. —¡El Comodoro! —dijo el intruso saltando de su asiento—. Mi coche... plaza tomada... una de exterior... dejo que paguen ustedes el aguardiente y el agua... no hay cambio para uno de cinco... mala moneda... la más baja de Brummagem... no puede ser... no... ¿eh? Y sacudió su cabeza maliciosamente. Mientras que esto sucedía, Mr. Pickwick y sus tres compañeros habían resuelto hacer en Rochester su primera escala, y después de participar al nuevo amigo que se dirigían ellos a la misma ciudad, convinieron en tomar los asientos de la trasera del coche, donde podrían viajar juntos. —¡Arriba! —dijo el intruso, ayudando a Mr. Pickwick a subir al techo con tanta precipitación, que se vio materialmente comprometida la grave compostura del caballero. —¿Tiene equipaje, sir? —preguntó el cochero. —¿Quién? ¿Yo? Paquete de papel marrón, nada más; el resto va por el agua... cajas de madera, clavadas... grandes como casas... pesadas, pesadas, terriblemente pesadas —replicó el intruso, mientras procuraba meterse en el bolsillo todo lo que podía de aquel paquete marrón que, por la traza, no debía contener más que una camisa y un pañuelo. »¡Las cabezas, las cabezas... cuidado con las cabezas! —gritó el locuaz desconocido cuando atravesaban el medio punto que formaba la entrada del patio de carruajes por aquellos días—. Mal paso... peligrosa construcción... Hace días... cinco niños... madre... señora alta, comiendo sándwichs... olvidó el arco... ¡zas!... golpe... Niños miran alrededor... madre sin cabeza... sándwich en la mano... no había boca en que meterlo... Cabeza de una familia desaparecida... ¡Atroz, atroz! ¿Mira hacia Whitehall, sir?... Bello paraje... pequeña ventana... la cabeza de alguno se fue... ¿eh, sir?... no tuvo precaución bastante... ¿eh, sir? —Estoy rumiando —dijo Mr. Pickwick— la extraña mudanza de las cosas humanas. —¡Ah!, ya veo... un día se entra en palacio por la puerta, y al siguiente se sale por la ventana. ¿Filósofo, sir? —Observador de la naturaleza humana, sir —dijo Mr. Pickwick. —¡Ah, yo también! Muchos lo son cuando tienen poco que hacer y menos que ganar. ¿Poeta, sir? —Mi amigo Mr. Snodgrass posee una fuerte vena poética —dijo Mr. Pickwick. —Y yo —contestó el desconocido—. Poema épico... diez mil versos... revolución de julio... compuesto sobre el terreno... Marte de día, Apolo por la noche... cuelgo el hierro y pulso la lira. —¿Estuvo usted presente en aquella gloriosa escena? —dijo Mr. Snodgrass. —¡Presente! Ya lo creo#; disparé el mosquete; disparaba con intención; me metía en la taberna... lo anotaba... vuelta a pegar... se me ocurría otra idea... a la taberna de nuevo... tinta y pluma... vuelta otra vez... pegar y tajar... hermosos tiempos. ¿Sportsman, sir? —dijo, volviéndose súbitamente a Mr. Winkle. —Algo —respondió el caballero. —Hermosa ocupación, sir, hermosa... ¿Perros, sir? —Ahora, precisamente, no —contestó Mr. Winkle. —¡Ah! Usted debía tener perros... hermosos animales... sagaces criaturas... Un perro mío, una vez... Pointer... sorprendente instinto... salí de caza un día... nos metimos en un vedado... silbé... parado el perro... silbé otra vez... Ponto... nada, sin moverse... como una piedra... le llamé: Ponto, Ponto; no se movió... petrificado... mirando a un cartel... miré hacia arriba, vi una inscripción... «El guarda tiene orden de matar a todos los perros que encuentre dentro del coto» ... no quería pasar... maravilloso perro... valioso perro aquel... mucho. —Singular caso —dijo Mr. Pickwick—. ¿Me permite usted que lo anote? —Desde luego, sir, desde luego... cien anécdotas más del mismo animal... Hermosa muchacha, sir (a Mr. Tracy Tupman, que había dedicado varias miradas antipickwickianas a una joven que pasaba por el camino). —Mucho —asintió Mr. Tupman. —Las inglesas no son tan guapas como las españolas... magníficas criaturas... cabellos de azabache... ojos negros... formas adorables... dulces criaturas, preciosas. —¿Ha estado usted en España, sir? —preguntó Mr. Tracy Tupman. —Allí he vivido... siglos. —¿Muchas conquistas, sir? —inquirió Mr. Tupman. —¡Conquistas! Miles... D. Bolaro Fizzgig-Grande... hija única... doña Cristina... espléndida hembra... me amaba hasta el delirio... padre celoso... enérgica muchacha... apuesto inglés... Doña Cristina, desesperada... ácido prúsico... sonda de estómago en mi portamantas... operación terminada... D. Bolaro en éxtasis... consiente en nuestra unión... junta las manos y se deshace en lágrimas... cuento romántico... mucho. —¿Está ahora en Inglaterra la señora, sir? —interrogó Mr. Tupman, a quien la descripción de aquellos encantos había producido enorme impresión. —Muerta, sir... muerta —respondió el intruso, llevándose al ojo derecho el exiguo resto de un viejo y sucio pañuelo—. No se pudo extraer la sonda... constitución endeble... pereció. —¿Y su padre? —preguntó el poético Snodgrass. —Remordimiento y pena —replicó el intruso—. Repentina desaparición... comidilla de la ciudad... busca por todas partes... sin éxito... la fuente pública de una gran plaza cesa de correr... pasan semanas... sin correr... los obreros la limpian... brota el agua... suegro descubierto... la cabeza contra el caño principal, con una declaración en su bota derecha... lo sacaron, y la fuente volvió a correr lo mismo que antes. —¿Me permite usted que anote este romántico suceso, sir? —dijo Mr. Snodgrass hondamente afectado. —Claro, sir, claro... cincuenta más, si usted quiere oírlos... vida extraña la mía... curiosa historia... no extraordinaria, pero singular. De este modo, con un vaso de cerveza de cuando en cuando, como paréntesis, durante los cambios de tiro, continuó el intruso hasta que llegaron al puente de Rochester, en cuya sazón los cuadernos de notas de Mr. Pickwick y Mr. Snodgrass se hallaban completamente llenos con los rasgos notables de sus aventuras. —¡Magníficas ruinas! —dijo Mr. Augusto Snodgrass con todo el fervor poético que le caracterizaba, cuando se hizo a la vista el hermoso y viejo castillo. —¡Qué objeto de estudio para un arqueólogo! —fueron las palabras que salieron de boca de Mr. Pickwick al tiempo que enfilaba su anteojo. —¡Ah! Hermoso sitio —dijo el intruso—; gloriosa mole... imponentes muros... vacilantes arcos... oscuros rincones... Escaleras derruidas... antigua catedral... olor de tierra... pies de peregrinos que desgastaron los peldaños... puertecillas sajonas... confesonarios como taquillas de teatro... raras costumbres las de aquellos monjes... abates y limosneros, y toda suerte de antiguos tipos, de anchas caras rojas y de deformes narices, cada día más chatas... coletos de ante... sarcófagos... hermosos lugares... rancias leyendas... historias extrañas... admirable. Y el desconocido continuó su monólogo hasta que llegaron a la posada de El Toro, en la calle Alta, donde paró el coche. —¿Se queda usted aquí, sir? —preguntó Mr. Nathaniel Winkle. —Aquí... yo no ... pero ustedes debieran... buena casa... magníficas camas... yo voy a la casa de Wright, de al lado; cara... muy cara... media corona sólo por mirar al criado... le llevan a usted más por comer en casa de un amigo que por hacerlo en la fonda... gente rara... mucho. Mr. Winkle se volvió hacia Mr. Pickwick y le dirigió por lo bajo unas palabras; un murmullo pasó de Mr. Pickwick a Mr. Snodgrass, de Mr. Snodgrass a Mr. Tupman, y entre los tres se cruzaron gestos de asentimiento. Mr. Pickwick dijo al intruso: —Nos dispensaría usted un importantísimo servicio, sir —dijo—, si permitiese que le ofreciéramos una pálida señal de nuestra gratitud suplicándole el favor de acompañarnos a comer. —Gran placer... No presumo de definidor; pero las aves con setas... suculentas. ¿A qué hora? —Vamos a ver —replicó Mr. Pickwick, consultando su reloj—; van a dar las tres. ¿Diremos a las cinco? —Me conviene —dijo el desconocido—, a las cinco en punto... hasta entonces... pasadlo bien. Y levantando unas pulgadas de su cabeza el plegado sombrero y volviendo a colocárselo al desgaire hacia un lado, el intruso, dejando asomar por su bolsillo la mitad del paquete de papel de estraza, cruzó el patio rápidamente y torció por la calle Alta. —Sin duda ha viajado por muchas comarcas, y es un perspicaz observador de hombres y cosas —apuntó Mr. Pickwick. —Me gustaría conocer su poema —dijo Mr. Snodgrass. —Quisiera conocer el pasado de ese perro —dijo Mr. Winkle. Mr. Tupman nada dijo; pero pensó en doña Cristina, en la sonda de estómago y en la fuente, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Después de elegir un gabinete, inspeccionar los dormitorios y mandar que les preparasen la comida, los excursionistas salieron a curiosear la ciudad y sus cercanías. Al leer escrupulosamente las notas de Mr. Pickwick acerca de las cuatro ciudades, Stroub, Rochester, Chatham y Brompton, no encontramos que las impresiones recibidas difieran materialmente de las de otros viajeros que visitaron los mismos lugares. La descripción general se resume fácilmente así: «Las principales producciones de estas ciudades —dice Mr. Pickwick— parecen ser soldados, marineros, judíos, yeso, gambas, carabineros y cargadores del muelle. Los objetos que se ven expuestos a la venta en las calles son, por lo general, enseres marinos, galletas, manzanas, arenques y ostras. Las calles ofrecen un aspecto de vida y animación, debido especialmente a la jovialidad de los militares. Es verdaderamente delicioso para un temperamento filantrópico contemplar a estos hombres de cortesana apostura andar de acá para allá, vacilantes, bajo la influencia de un exceso de alegría natural sobreexcitada por el alcohol; más aún si recordamos el barato e inocente solaz que proporcionan a los chiquillos del pueblo, que por doquier les siguen gesticulando alegremente. Nada —añade Mr. Pickwick— puede compararse al buen humor que demuestran. El día anterior a mi llegada, uno de ellos había sido terriblemente insultado en una taberna. La muchacha del mostrador habíase negado resueltamente a servirle más licor; y como respuesta, él, simplemente por juego, había sacado su bayoneta y herido a la moza en un hombro. Y, sin embargo, este simpático muchacho fue el primero en acudir a la taberna a la mañana siguiente, manifestando su resolución de pasar por alto la cuestión y olvidar lo ocurrido. »El consumo de tabaco en aquellas ciudades —prosigue Mr. Pickwick— debe de ser considerable. Y el olor que invade las calles ha de ser extraordinariamente agradable para los muy fumadores. Un viajero somero observador podría señalar la suciedad como rasgo dominante; mas para aquellos que en ella ven un síntoma de tráfico y de prosperidad comercial, hácese verdaderamente grato». En punto de las cinco llegó el intruso, y poco después empezó la comida. Habíase despojado del envoltorio de papel de estraza, mas no había introducido modificación alguna en su atavío, y se mostraba, si era posible, más locuaz que nunca. —¿Qué es esto? —preguntó al descubrir el mozo una de las fuentes. —Lenguados, sir. —Lenguados... ¡ah!... magnífico pescado; todos vienen de Londres... Los empresarios de mensajerías organizan banquetes políticos... carros de lenguados... docenas de cestas... gente lista. Un vaso de vino, sir. —Con mucho gusto —dijo Mr. Pickwick. Y el desconocido brindó, haciéndolo después con Mr. Snodgrass, con Mr. Tupman, con Mr. Winkle y luego con todos a la vez, y poniendo en la ceremonia la misma rapidez que en su charla. —¡Qué escándalo en la escalera, mozo! —dijo el desconocido—. Figuras que pasan... carpinteros que bajan... lámparas, vasos, arpas. ¿Qué van a hacer ahí? —Baile, sir —respondió el camarero. —Reunión pública, ¿eh? —No, sir; reunión, no, sir. Baile de caridad, sir. —¿Hay muchas mujeres guapas en esta ciudad, sir? —inquirió Mr. Tupman con gran interés. —Espléndidas... maravillosas. Kent, sir... todo el mundo sabe lo que es Kent... manzanas, cerezas, lúpulo y mujeres. Un vaso de vino, sir. —Con mucho gusto —replicó Mr. Tupman. El desconocido llenó un vaso y lo apuró. —Me gustaría mucho asistir —dijo Mr. Tupman, insistiendo en lo del baile—, mucho. —Hay billetes en secretaría, sir —terció el camarero—; media guinea cada uno, sir. De nuevo expresó Mr. Tupman su ardiente deseo de concurrir a la fiesta; mas no encontrando acogida en la sombría mirada de Mr. Snodgrass ni en el abstraído continente de Mr. Pickwick, se dedicó afanosamente al Porto y a los postres, que acababan de ser traídos a la mesa. Retiróse el camarero, y los comensales se entregaron al disfrute de ese par de horas que siguen a una comida. —Perdón, sir —dijo el desconocido—; botella pagada... que corra... camina el sol... para el ojal... rubíes sobre las uñas. Y vació el vaso que dos minutos antes llenara, y escancióse otro, con el ademán de un hombre ducho en la materia. Fue trasegado el vino y pedida nueva provisión. El desconocido hablaba y escuchaban los pickwickianos. Mr. Tupman sentíase a cada instante más inclinado al baile. En el rostro de Mr. Pickwick resplandecía una expresión de universal filantropía, y tanto Mr. Winkle como Mr. Snodgrass se quedaron profundamente dormidos. —Ya empiezan arriba —dijo el intruso—; oiga usted el jaleo... templan los violines... ahora el arpa... ya van. Los ruidos diversos que venían por la escalera anunciaban el comienzo del primer rigodón. —Cómo me gustaría ir —volvió a decir Mr. Tupman. —A mí también —dijo el desconocido—; dichoso equipaje... qué pesado de barco... nada con que ir... qué molesto, ¿verdad? Mas la benevolencia para todo el mundo era el rasgo característico de la teoría pickwickiana, y ninguno tan celoso en la observancia de esta práctica como Mr. Tracy Tupman. En las actas de la Sociedad registrábanse numerosos casos de haber enviado este excelente hombre menesterosos a las casas de otros miembros en demanda de ropas o de auxilio pecuniario. —Sería muy grato para mí prestar a usted un traje para este objeto —dijo Mr. Tracy Tupman—; pero usted es más bien flaco, y yo soy... —Más bien gordo... Baco viejo... sin pámpanos... desmontado del tonel y con calzones, ¿eh?... no muy destilado, pero muy molido... ¡Ja, ja! Deme el vino. Que Mr. Tupman se sintiese indignado por el tono perentorio que el intruso empleara para pedirle el vino que tan velozmente despachaba, o que reputase escandaloso el que un significado miembro del Club Pickwick fuese ignominiosamente comparado con un Baco desmontado, no ha podido aún comprobarse. Le alargó el vino, tosió un par de veces y miró al intruso con severa intensidad por espacio de varios segundos; mas como éste mostrárase perfectamente sereno y tranquilo bajo la escrutadora mirada, pacificóse Mr. Tupman y volvió al asunto del baile. —Iba a observar, sir —dijo—, que si mi traje es demasiado ancho, uno de mi amigo Mr. Winkle le vendría a usted perfectamente. El desconocido midió con la mirada a Mr. Winkle, y su fisonomía brilló de satisfacción al decir: —Exacto. Mr. Tupman miró a su alrededor. El vino que había ejercido su influjo somnífero sobre Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, había arrobado los sentidos a Mr. Pickwick. Éste había atravesado las varias etapas que anteceden al letargo producido por la comida y experimentado sus consecuencias. Había sufrido las transiciones ordinarias que llevan del exceso de jovialidad a la tristeza profunda, y de la tristeza profunda al exceso de jovialidad. Lo mismo que un farol de gas de la calle cuando hay aire en la cañería, había mostrado un extraño fulgor momentáneo; luego había descendido hasta hacerse casi imperceptible; al cabo de un breve intervalo renació para alumbrar un momento; tembló luego inseguro, con luz vacilante, y, por fin, se extinguió en absoluto. Su cabeza pendía sobre el pecho, y un perpetuo ronquido, sincopado a las veces, era el único signo exterior que daba de su presencia el grande hombre. La tentación de asistir al baile y de recoger sus primeras impresiones acerca de la belleza de las mujeres de Kent dominaba poderosamente a Mr. Tupman, y era igualmente grande su deseo de hacerse acompañar por el intruso. Mr. Tupman desconocía tanto la localidad como sus naturales, mientras que el desconocido parecía tan familiarizado con ambas cosas, que se diría haber vivido allí desde su infancia. Mr. Winkle dormía, y tenía Mr. Tupman experiencia bastante en tales materias para abrigar la seguridad de que tan pronto como aquél despertase, según el orden natural, rodaría pesadamente hasta el lecho. Hallábase perplejo. —Llene el vaso y páseme el vino —dijo el infatigable viajero. Hizo Mr. Tupman lo que se le pedía, y al estímulo decisivo del último vaso se afirmó su determinación. —El dormitorio de Winkle está dentro del mío —dijo Mr. Tupman—; si yo ahora le despertara, podría darle a entender lo que necesito; pero sé que tiene un traje en un saco de alfombra, y si usted llevara al baile ese traje y se lo quitara al volver, podría yo colocarlo en su sitio sin molestarle para nada. —Admirable —dijo el desconocido—; famoso plan... maldita situación... catorce chaquetas en el equipaje y tener que llevar el traje de otro... es encantador... verdaderamente. —Tenemos que tomar los billetes —dijo Mr. Tupman. —No merece la pena de hacer pedazos una guinea —dijo el desconocido—; sorteemos quién ha de pagar de los dos... yo cantaré; usted primero... mujer... mujer... hechicera mujer. Y cayó la moneda mostrando el dragón (que por cortesía se dijera mujer). Llamó Mr. Tupman, compró los billetes y pidió las luces. Un cuarto de hora después hallábase el intruso vestido de pies a cabeza con el traje de Mr. Nathaniel Winkle. —Es un nuevo frac —dijo Mr. Tupman, mientras que el extranjero mirábase complacido en un espejo de viaje—; el primero que se ha hecho con los botones de nuestro Club. Y llamaba la atención del compañero hacia el gran botón dorado, en cuyo centro campeaba un busto de Mr. Pickwick con las letras «P.C.» una a cada lado. —«PC.» —dijo el intruso—; rara enseña... se parece al viejo; y «P.C.»... este «P.C.» significa propia cazadora, ¿eh? Mr. Tupman, con indignación creciente y gran prestancia, descifró la esotérica divisa. —Algo corto el chaleco, ¿no? —dijo el desconocido, retorciéndose para echar una ojeada sobre los bruñidos botones del chaleco, que sólo le alcanzaba hasta la mitad de la espalda—. Parece el traje de un cartero mayor... curiosos trajes aquellos... hechos por contrata... sin medida... misteriosas complacencias de la Providencia... Todos los bajos gastan largos fraques... los altos, cortos. Entre tanto, el nuevo amigo de Mr. Tupman se ajustaba su traje o, mejor dicho, el traje de Mr. Winkle, y, acompañado de Mr. Tupman, subía la escalera que conducía al salón de baile. —¿Qué nombres digo, sir? —preguntó el portero. Ya se disponía Mr. Tupman a pronunciar sus propios títulos, cuando le atajó el extranjero. —Nada de nombres —y murmuró al oído de Mr. Tupman—: Los nombres no resultan... no son conocidos... magníficos nombres en sí; grandiosos... incomparables para una selecta concurrencia, pero no hacen impresión en las reuniones públicas... incógnito, esto es... Caballeros de Londres... distinguidos forasteros... una cosa así. Abrióse la puerta, y Mr. Tracy Tupman y el desconocido penetraron en el salón. Era una larga estancia, guarnecida de bancos tapizados de rojo y alumbrada por bujías sostenidas por candeleros de cristal. Los músicos se hallaban cuidadosamente confinados en una elevada tarima, y varios rigodones se estaban bailando por tres o cuatro grupos de parejas. En la sala inmediata había dos mesitas de naipes, y dos pares de viejas señoras, acompañadas del mismo número de obesos caballeros, se entretenían en el whist. Concluida la danza, empezaron las parejas a pasear; Mr. Tupman y su compañero, estacionados en un rincón, dedicáronse a observar la concurrencia. —Espere usted un minuto —dijo el desconocido—; verá usted qué gracioso... los grandes gorros no han venido aún... extraño lugar; los grados superiores de la Marina no se tratan con los inferiores... los marinos inferiores no se mezclan con la clase media... la clase media no se codea con el comercio... el delegado del Gobierno no habla con nadie. —¿Quién es ese muchachito de rubio cabello y ojos enrojecidos que viste de fantasía? —inquirió Mr. Tupman. —¡Chist!, por favor... ojos encarnados... traje fantasía... muchachito... cuidado... uno del 97.°... el honorable Wilmot Snipe... gran familia... Snipe. —Sir Thomas Clubber, señora Clubber, señoritas Clubber —anunció el portero con voz estentórea. Honda sensación se produjo en la sala al entrar un caballero alto con frac azul y relucientes botones, una gruesa señora vestida de satén azul y dos señoritas de igual vitola, ataviadas a la moda con vestidos del mismo color. —El gobernador... jefe de distrito... gran hombre... hombre extraordinario —murmuraba el desconocido a Mr. Tupman, mientras que el comité organizador acompañaba a sir Thomas Clubber y a su familia hasta el fondo de la sala. El honorable Wilmot Snipe y otros distinguidos caballeros se apresuraron a rendir su homenaje a las señoritas Clubber, y sir Thomas Clubber, enhiesto y altivo, engallado sobre su negra gola, contemplaba majestuosamente a la reunión. —Mr. Smithie, señora Smithie y señoritas Smithie —fueron anunciados luego. —¿Qué es Mr. Smithie? —preguntó Mr. Tracy Tupman. —Representa algo en la comarca —replicó el desconocido. Mr. Smithie se inclinó cortés ante sir Thomas Clubber, que aceptó el saludo con notoria condescendencia. La señora Clubber, a través de sus lentes, dirigió una mirada telescópica a la Smithie y familia, y la de Smithie atalayó a su vez a una de tantas cuyo esposo no pertenecía a la Marina. —Coronel Bulder, señora Bulder y señorita Bulder —fueron anunciados posteriormente. —Jefe de la guarnición —dijo el desconocido, en respuesta a la mirada interrogante de Mr. Tupman. Miss Bulder fue calurosamente acogida por la de Clubber; el saludo que se cruzó entre la señora del coronel Bulder y la de Clubber fue afectuoso sobre toda ponderación; el coronel Bulder y sir Thomas Clubber cambiaron sus tabaqueras y se mostraron como un par de Alejandros Selkirks: reyes de todos los que veían. Mientras que la aristocracia de la localidad, los Bulder, los Clubber, los Snipe, defendían su alta dignidad congregados en un extremo del salón, los otros sectores de la sociedad imitaban su ejemplo en diversas regiones del mismo. Los oficiales del 97.°, de menos aristocrática significación, departían con las familias de los más modestos funcionarios de la Marina. Las esposas de los procuradores y la del vinatero ostentaban la representación de un grado social distinto (la mujer del dueño del café visitaba a los Bulder), y la señora Tomlinson, la esposa del jefe de Correos, presidía con aquiescencia unánime el grupo del comercio. Uno de los personajes más populares, en su círculo propio, era un hombrecito gordo, cuyo desnudo cráneo mostraba un cerco de negros cabellos y una extensa calva en el centro: era el doctor Slammer; médico del 97.° El doctor cambiaba su rapé con todo el mundo, con todos charlaba, reía, bailaba, bromeaba, jugaba al whist, lo hacía todo y hallábase en todas partes. A las muy variadas y numerosas manifestaciones de su actividad, el pequeño doctor añadía una, que era la más importante de todas: la de no cesar de prodigar atenciones a la vieja viudita, cuyo lujoso atavío y profuso tocado pregonaban la más deseable añadidura para una renta mezquina. Los ojos de Mr. Tupman y de su compañero habían permanecido fijos algún tiempo sobre el doctor y la viuda, cuando rompió el silencio el intruso: —Montones de dinero... anciana mujer... pomposo doctor... no es mala idea... buen asunto —fueron las frases ininteligibles que salieron de sus labios. Mr. Tupman se le quedó mirando con curiosidad. —Voy a bailar con la viuda —dijo el desconocido. —¿Quién es ella? —preguntó Mr. Tupman. —No sé... no la he visto en mi vida... voy a desbancar al doctor... allá voy. Y el desconocido cruzó la sala incontinente y, apoyado sobre una consola, comenzó a lanzar miradas de admiración respetuosa y melancólica sobre la oronda faz de la viejecita. Mr. Tupman le contemplaba con mudo asombro. El intruso progresaba rápidamente; el mediquillo bailaba con otra señora; la viuda dejó caer su abanico, recogiólo el intruso y se lo presentó... una sonrisa... una inclinación... una cortesía... unas cuantas palabras de conversación. Marchó el intruso con osado ademán hacia el otro extremo de la sala y volvió acompañado del maestro de ceremonias; una breve pantomima a guisa de presentación, y el intruso y la señora de Budger ocuparon su puesto en el rigodón. La sorpresa de Mr. Tupman ante la sumaria maniobra, por grande que fuera, no pudo compararse con la estupefacción del doctor. La juventud del intruso lisonjeaba a la viuda. Las atenciones del doctor eran desdeñadas por la viuda, y la indignación del doctor, completamente inadvertida para el imperturbable rival. El doctor Slammer estaba como paralizado. ¡Él, el doctor Slammer, del 97.°, ser suplantado en un momento por un hombre a quien nadie había visto antes y a quien nadie conocía ahora! ¡Slammer..., el doctor Slammer, del 97.°, rechazado! ¡Imposible! ¡No podía ser! Sí, pero era; allí estaban ellos. ¡Cómo! ¡Presentando a su amigo! ¿Podía dar crédito a sus ojos? Miró de nuevo y tuvo que aceptar la realidad penosa y admitir la veracidad de sus ópticas facultades; la señora Budger estaba bailando con Mr. Tracy Tupman; el hecho era inequívoco. Allí, delante de él, estaba la viuda danzando con vigor inusitado; Mr. Tracy Tupman, con andares saltarinos y expresión de la mayor solemnidad, bailaba (como los buenos) ni más ni menos que si el rigodón, lejos de ser cosa para tomarla a risa, constituyese un acto fundamental y serio que requiriese inflexible resolución. Con paciencia y en silencio tuvo el doctor que soportar todo esto, así como el obsequio del vino, los cuidados pertinentes de traer y llevar vasos, el ofrecimiento de bizcochos y las demás coqueterías que hubieron de seguirse; mas pocos segundos después de haber desaparecido el intruso para acompañar a la señora Budger hasta su carruaje, abandonó vivamente la estancia, denotando en su rostro su efervescente indignación, que hasta entonces tuviera embotellada, por una copiosa transpiración pasional. Volvió el intruso y se le aproximó Mr. Tupman; le habló en voz baja y rió. El pequeño doctor ansiaba la vida del intruso. Éste se hallaba radiante. Había triunfado. —¡Sir! —díjole el doctor con voz lúgubre, sacando una tarjeta y llamándole hacia un rincón del pasillo—, mi nombre es Slammer, doctor Slammer, sir.. 97.° regimiento... cuartel de Chatham... mi tarjeta, sir, mi tarjeta. Hubiera dicho más, pero le ahogaba la indignación. —¡Ah! —replicó el intruso fríamente—. Slammer... muy obligado... exquisita atención... no estoy enfermo ahora, Slammer... pero cuando lo esté... le llamaré. —Usted... es un impostor, sir —exclamó el furioso doctor—; un zascandil... un cobarde... un embustero... un... un... pero ¿es que nada le hará a usted darme su tarjeta, sir? —¡Oh!, ya veo —dijo el desconocido mirándole de lado—; el vino es aquí demasiado fuerte... conserje liberal... enloquecedor... mucho... mejor la limonada... habitación caldeada... hombre de edad... sufre las consecuencias por la mañana... cruel... cruel. Y dio uno o dos pasos. —¿Para usted en esta casa, sir? —preguntó el indignado hombrecillo—. Usted es el que está borracho, sir; tendrá usted noticias mías por la mañana, sir. Ya le encontraré, sir, ya le encontraré. —Lo mejor es que me busque usted en casa —replicó el desconocido inconmovible. El doctor Slammer revelaba indescriptible ferocidad al tiempo que se calaba el sombrero con indignado ademán. El intruso y Mr. Tupman subieron al dormitorio del último piso para restituir las prestadas plumas del inconsciente Winkle. Éste se hallaba profundamente dormido; la restitución se llevó a efecto en seguida. El desconocido mostrábase por demás jocoso, y Mr. Tracy Tupman, exaltado por el vino, los licores, las luces y las señoras, juzgaba el asunto como una deliciosa broma. Se marchó su nuevo amigo, y después de tropezar con alguna ligera dificultad para encontrar el hueco del gorro de dormir que se destina al acomodo de la cabeza y de dejar caer la palmatoria en su lucha para ponérselo, Mr. Tracy Tupman, al cabo de una serie de complicadas evoluciones, pudo llegar a meterse en el lecho, cayendo a poco en profundo reposo. Apenas habían acabado de dar las siete de la mañana siguiente cuando la sutil mentalidad de Mr. Pickwick volvió del estado de inconsciencia en que el sueño le sumiera, por un fuerte golpe dado en la puerta de su cuarto. —¿Quién es? —dijo Mr. Pickwick, incorporándose en el lecho. —El camarero, sir. —¿Qué desea usted? —Permítame, sir: ¿puede usted decirme cuál de los caballeros que le acompañan lleva frac azul con botones dorados y en ellos la marca «P.C.»? «Esto es que se lo han llevado para cepillar —pensó Mr. Pickwick—, y el hombre ha olvidado a quién pertenece... » —Mr. Winkle —exclamó—, la antepenúltima habitación a la derecha. —Gracias, sir —dijo el camarero, y se marchó. —¿Qué hay? —gritó Mr. Tupman al oír en su puerta un golpe que le sacó de su letárgico olvido. —¿Puedo hablar a Mr. Winkle, sir? —replicó el camarero desde fuera. —¡Winkle... Winkle! —exclamó Mr. Tupman, llamando a la habitación de dentro. —¡Qué! —replicó una voz desmayada que salía de entre las sábanas. —Le buscan a usted... uno, aquí, a la puerta. Y, extenuado por el esfuerzo que le costara articular tantas palabras, Mr. Tracy Tupman se volvió del otro lado y durmióse otra vez. —¡Me buscan! —dijo Mr. Winkle, saltando apresuradamente del lecho y vistiéndose a la ligera—. ¡Me buscan, tan lejos de la ciudad!... ¿Quién demonios puede buscarme? —Un caballero, en el café, sir —contestó el camarero al abrir la puerta Mr. Winkle y afrontarse con él—; un caballero dice que apenas le molestará un segundo, sir, pero que no admite excusa. —¡Qué extraño! —dijo Mr. Winkle—. En seguida bajo. Envolvióse apresuradamente en una manta de viaje, después de vestir el batín, y bajó las escaleras. Una vieja y un par de camareros hacían la limpieza del café, y un oficial con la guerrera desabrochada hallábase mirando por la ventana. Se volvió al entrar Mr. Winkle y le hizo una fría inclinación de cabeza. Después de despedir a los criados, cerró la puerta cuidadosamente y dijo: –¿Mr. Winkle, supongo? –Mi nombre es Winkle, sir. –No le sorprenderá, sir, que le haga saber que vengo a visitarle esta mañana por encargo de mi amigo el doctor Slammer, del 97.° –Doctor Slammer –dijo Mr. Winkle. –Doctor Slammer. Me ha encargado que exprese a usted su opinión de que su conducta en la pasada noche fue de tal naturaleza, que no hay caballero que la sufra, y —añadió– que ningún caballero puede hacer sufrir a otro. El asombro de Mr. Winkle era demasiado real y patente para que escapara a la observación del enviado del doctor Slammer; no obstante, prosiguió: –Mi amigo el doctor Slammer me pidió que dijera a usted, además, que está firmemente persuadido de que usted estuvo borracho durante una parte de la velada, y que posiblemente no tuvo conciencia de la gravedad del insulto de que es responsable. Me comisionó para decir que si tal estado lo alegara usted como una excusa de su conducta, él se allanaría a aceptar una explicación escrita de puño y letra de usted y dictada por mí. —¡Una explicación escrita! –repitió Mr. Winkle en el tono más enfático y sorprendido. –De modo que ya sabe usted la disyuntiva –replicó fríamente el visitante. —¿Le ha sido a usted confiado este encargo a mi nombre? –inquirió Mr. Winkle, cuyo intelecto se hallaba desesperadamente confundido por esta insólita conversación. –Yo no me hallaba presente —replicó el visitante—; y como consecuencia de la resuelta negativa de usted a dar su tarjeta al doctor Slammer, este caballero me ha suplicado que identifique al propietario de un traje verdaderamente singular... un frac de color azul fuerte con un botón dorado, en el que aparece un busto y las letras «P.C.». Mr. Winkle se sintió vacilante al escuchar con asombro describir su propio traje tan minuciosamente. El amigo del doctor Slammer prosiguió: –De las averiguaciones que acabo de hacer en secretaría he sacado la convicción de que el dueño del frac en cuestión llegó aquí ayer tarde con tres caballeros. Inmediatamente he mandado preguntar al que parece ser jefe del grupo, y él en seguida le ha señalado a usted. Si la torre más alta del castillo de Rochester se hubiera desgajado repentinamente de sus cimientos y situándose frente a la ventana del café, la sorpresa de Mr. Winkle hubiera sido insignificante comparada con la profunda estupefacción que le causaron estas palabras. Su primera impresión fue la de que el traje le había sido robado. —¿Quiere usted esperar un momento? –dijo. –Desde luego –contestó el importuno visitante. Mr. Winkle subió a escape, y con mano temblorosa abrió el saco. Allí estaba el traje en su lugar habitual, mas un detenido examen evidenciaba señales de haber sido usado la noche anterior. –Es indudable –dijo Mr. Winkle, dejando caer la prenda de sus manos. Bebí mucho después de cenar, y tengo un vago recuerdo de haber andado por las calles y haber fumado después un cigarro. El hecho es que yo estaba muy borracho... por fuerza cambié de traje... fui a alguna parte... e insulté a alguien..., no cabe duda, y este recado es la terrible consecuencia. Diciendo lo cual, Mr. Winkle volvió sobre sus pasos en dirección al café con la lúgubre y espantosa resolución de aceptar el reto del belicoso doctor Slammer y de arrostrar las graves consecuencias que pudieran seguirse. Varias fueron las consideraciones que le impulsaron a esta determinación: la primera, su reputación en el Club. Siempre habíasele mirado como una autoridad en cuestiones de deportes y gimnasia defensiva—inofensiva; y si en esta primera ocasión que se le ofrecía de hacerlo patente retrocedía ante la prueba, bajo la mirada de su jefe, su nombre y significación habíanse perdido para siempre. Recordaba además haber oído muchas veces a los no iniciados en tales materias que, por un convenio tácito entre los padrinos, las pistolas rara vez cargábanse con bala; y luego reflexionó que si él confiaba a Mr. Snodgrass el encargo de apadrinarle y le pintaba en tonos patéticos el riesgo, este caballero habría seguramente de comunicar la noticia a Mr. Pickwick, el cual sin perder momento la transmitiría a las autoridades locales, con objeto de impedir la muerte o el deterioro de uno de sus secuaces. Tales fueron sus pensamientos cuando volvió al café y participó su intención de aceptar el reto del doctor. —¿Tendría usted la bondad de dirigirme a algún amigo, para fijar la hora y el lugar del encuentro? —dijo el oficial. —No hace falta —replicó Mr. Winkle—; indíquelos usted, y yo me procuraré después la asistencia de un amigo. —Diremos... ¿al anochecer? —sugirió el oficial en tono indiferente. —Muy bien —respondió Mr. Winkle, sintiendo en su corazón que estaba muy mal. —¿Conoce usted el fuerte Pitt? —Sí, lo vi ayer. —Si quiere usted tomarse la molestia de dirigirse dando la vuelta por el campo que bordea el foso, tomar la senda de la izquierda al llegar al ángulo de la fortaleza y esperar allí hasta verme, yo guiaré a ustedes a un lugar escondido, donde el asunto puede quedar zanjado sin temor de interrupción. «¡Temor de interrupción!», pensó Mr. Winkle. —Todo convenido, ¿eh? —dijo el oficial. —No se me ocurre nada más —replicó Mr. Winkle—. Buenos días. —Buenos días. El oficial salió silbando un aire alegre. El desayuno de aquella mañana fue triste y penoso. Mr. Tupman no estuvo en condiciones de levantarse después de la gran disipación de la pasada noche; Mr. Snodgrass parecía sufrir una depresión poética de espíritu, y hasta Mr. Pickwick manifestaba una desacostumbrada inclinación al silencio y a la soda. Mr. Winkle espiaba afanosamente su oportunidad: no se hizo esperar mucho. Mr. Snodgrass le propuso visitar el castillo, y siendo Mr. Winkle el único miembro de la partida dispuesto a pasear, saldrían juntos. —Snodgrass —dijo Mr. Winkle al salir a la calle—, Snodgrass, mi querido compañero: ¿puedo confiar en su reserva? Y decía esto con la ardiente esperanza de no poder hacerlo. —Sin duda —replicó Mr. Snodgrass—. Se lo juro a usted. —No, no —le atajó Mr. Winkle, aterrado ante la idea de que su compañero se comprometiese inconscientemente a no hacer la delación—; no jure, no jure; no hace falta. Mr. Snodgrass dejó caer la mano, que en actitud patética levantara hacia el cielo, apelando a su testimonio, y adoptó una postura atenta. —Necesito su concurso, amigo querido, en una cuestión de honor —dijo Mr. Winkle. —Lo tiene usted —replicó Mr. Snodgrass estrechando la mano de su amigo. —Con un médico... el doctor Slammer, del 97.° —dijo Mr. Winkle, afanándose por tratar el asunto del modo más solemne posible—. Una cuestión con un oficial, apadrinado por otro oficial, a la caída de la tarde, en un solitario paraje de los alrededores del fuerte Pitt. —Le acompañaré a usted —dijo Mr. Snodgrass. Estaba sorprendido, pero en modo alguno asustado. Es maravillosa la serenidad que demuestran en tales casos todos, menos los protagonistas. Mr. Winkle había olvidado esta consideración. Había juzgado por las suyas las sensaciones de su camarada. —Las consecuencias pueden ser espantosas —dijo Mr. Winkle. —Espero que no —dijo Mr. Snodgrass. —El doctor, según creo, es un gran tirador —dijo Mr. Winkle. —Casi todos estos militares lo son —observó impasible Mr. Snodgrass—; pero también lo es usted, ¿no? Mr. Winkle respondió afirmativamente; mas, advirtiendo que no había logrado alarmar suficientemente a su compañero, cambió de táctica. —Snodgrass —dijo con voz trémula por la emoción—: si caigo, en un paquete que pondré en sus manos encontrará usted una carta para mi ... para mi padre. También fracasó este ataque. Mr. Snodgrass se afectó; pero ofreció aceptar la entrega de la carta, ni más ni menos que si fuera el cartero. —Si caigo —dijo Mr. Winkle—, o si cae el doctor, usted, amigo querido, será acusado como encubridor del hecho. Voy a condenar a mi amigo a deportación..., ¡tal vez perpetua! Mr. Snodgrass se sobresaltó un poco al oír esto, mas su heroísmo era incontrastable. —En cuestiones de amistad —exclamó fervorosamente—, yo desafío todos los riesgos. Cuánto maldecía Mr. Winkle en su interior la amistosa devoción de su compañero, mientras que marchaban el uno al lado del otro absortos en sus propias meditaciones. La mañana transcurría; él se desesperaba. —Snodgrass —dijo, parándose de repente—: le suplico que no haga público este asunto..., que no dé parte de él a las autoridades locales..., que no requiera el concurso de la policía para detenerme a mí o al doctor Slammer, del 97.° regimiento, acuartelado ahora en Chatham, con objeto de evitar el duelo...; le suplico que no. Mr. Snodgrass tomó las manos de su amigo, replicándole con entusiasmo: —Por nada del mundo. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Mr. Winkle al convencerse de que nada podía esperar de los temores de su amigo, y la sensación de que se hallaba destinado a servir de blanco se apoderó de él con fuerza terrible. Después de explicar detalladamente a Mr. Snodgrass las circunstancias del caso, y de alquilar una caja de pistolas de desafío, con la provisión suficiente de pólvora, balas y pistones, en casa de un armero de Rochester, volvieron los dos amigos a la fonda: Mr. Winkle, para rumiar la próxima lucha; Mr. Snodgrass, con objeto de preparar las armas de guerra y ponerlas en condiciones de uso inmediato. En la tarde, brumosa y lúgubre, salieron de nuevo para cumplir el azaroso cometido. Mr. Winkle se embozaba en una enorme capa para esquivar toda observación, y Mr. Snodgrass ocultaba bajo la suya los instrumentos de destrucción. —¿Lo lleva usted todo? —dijo Mr. Winkle con agitación. —Todo —replicó Mr. Snodgrass—; abundancia de municiones para caso de que falle alguno de los tiros. Hay en la caja un cuarto de libra de pólvora, y en mi bolsillo traigo dos periódicos para las cargas. Eran estas señales de amistad de tal naturaleza que nadie hubiera podido razonablemente dejar de agradecerlas. Se supone que la gratitud de Mr. Winkle era sobradamente poderosa para manifestarse al exterior; así que, sin decir nada, continuó su marcha..., más bien despacio. —Tenemos un tiempo excelente —dijo Mr. Snodgrass al escalar la empalizada y saltar un seto—; el sol está cayendo precisamente. Mr. Winkle miró al astro declinante y meditó con pesadumbre en la probabilidad de su «propia caída» antes de poco. —Allí está el oficial —exclamó Mr. Winkle a los pocos minutos de marcha. —¿Dónde? —dijo Mr. Snodgrass. —Allí ...; el caballero de la capa azul. Mr. Snodgrass miró en la dirección que marcaba el índice de su amigo, y vio una figura embozada, como se le había descrito. El oficial dio muestras de haberlos reconocido, llamándoles tímidamente con la mano, y los dos amigos le siguieron a corta distancia cuando echó a andar. La tarde se hacía más lúgubre a cada instante, y una brisa melancólica susurraba en los desiertos campos, como si un lejano gigante silbara llamando a su perro. La tristeza de la escena comunicaba un tinte sombrío a las sensaciones de Mr. Winkle. Se estremeció al trasponer el ángulo de las trincheras...; aquello parecía una tumba colosal. El oficial abandonó de pronto la senda y, después de trepar por una empalizada y escalar un seto, penetró en un paraje escondido. Dos caballeros en él esperaban: era el uno un hombrecito gordo, de negros cabellos, y el otro, un imponente personaje que vestía guarnecida levita y que se hallaba sentado con ecuanimidad perfecta en una silla de campaña. —El otro y un cirujano, supongo —dijo Mr. Snodgrass—. Tome usted una gota de aguardiente. Mr. Winkle tomó la botella que su amigo sacara y se propinó un buen trago del líquido hilarante. —Mi amigo, sir, Mr. Snodgrass —dijo Mr. Winkle cuando el oficial se les acercó. El amigo del doctor Slammer se inclinó y mostró una caja similar a la que llevaba Mr. Snodgrass. —Yo creo que no tenemos más que decir, sir —observó fríamente al abrir la caja—; se ha rehusado toda explicación. —Nada, sir —dijo Mr. Snodgrass, que empezó a sentirse inquieto. —¿Quiere usted venir? —dijo el oficial. —Sí, señor —replicó Mr. Snodgrass. Se midió el terreno y quedaron ultimados los preparativos. —Creo que encontrará usted éstas mejores que las suyas —dijo el otro padrino sacando sus pistolas—. Usted me ha visto cargarlas. ¿Tiene algo que objetar para que sean utilizadas? —Nada absolutamente —replicó Mr. Snodgrass. Aquel ofrecimiento le proporcionaba una gran tranquilidad, porque sus nociones en materia de cargar pistolas eran un tanto vagas e inciertas. —Tenemos que colocar a nuestros hombres —observó el oficial con la misma indiferencia que si los protagonistas fueran peones de ajedrez y los padrinos los jugadores. —Eso es —replicó Mr. Snodgrass, que hubiera aceptado cualquier proposición a causa de su ignorancia en el asunto. Dirigióse el oficial hacia el doctor Slammer, y Mr. Snodgrass se acercó a Mr. Winkle. —Todo está dispuesto —dijo, entregándole la pistola—. Deme usted su capa. —¿Ha cogido usted el paquete, mi amigo querido? —dijo el pobre Winkle. —Todo está corriente —dijo Mr. Snodgrass—. Firme, y a no marrarle. Pensó Mr. Winkle que esta advertencia se parecía mucho a la que los transeúntes suelen hacer a los chiquillos que se pegan en la calle; por ejemplo, «anda y puédele»: admirable consejo si se conocieran los medios de llevarlo a efecto. Despojóse de su capa, sin embargo, en silencio... empleando un buen rato en desembozarse... y tomó la pistola. Retiráronse los padrinos, les imitó el caballero de la silla de campaña y se aproximaron los adversarios. Siempre fue notoria la humanidad de Mr. Winkle. Podía conjeturarse que su repugnancia a herir intencionalmente a un prójimo fue la causa de que cerrara los ojos al llegar al terreno fatal, así como que esta circunstancia de llevar cerrados los ojos le impidió observar la extraordinaria e indescriptible manera con que se manifestaba el doctor Slammer. Este caballero hizo un movimiento de sorpresa, miró, retrocedió, se frotó los ojos, miró otra vez y, finalmente, gritó: —¡Alto, alto! »¿Qué es esto? —dijo el doctor Slammer, mientras que su amigo y Mr. Snodgrass corrían hacia él—. Ése no es el hombre. —¡No es el hombre! —dijo el padrino del doctor Slammer. —¡No es el hombre! —dijo Mr. Snodgrass. —¡No es el hombre! —dijo el otro caballero, con la silla en la mano. —Sin duda que no lo es —replicó el pequeño doctor—. Ésa no es la persona que me insultó anoche. —¡Es extraordinario! —exclamó el oficial. —Mucho —dijo el caballero de la silla—. Lo único que hay que determinar es si este caballero, estando ya en terreno, deberá ser considerado, en honor a la formalidad, como el individuo que insultó a nuestro amigo el doctor Slammer ayer noche; si es realmente este individuo o no. Y después de sugerir esta consideración con aire pausado y misterioso, el hombre de la silla tomó una amplia porción de rapé y miró profundamente a su alrededor con el ademán de una autoridad en tales materias. Ya Mr. Winkle había abierto sus ojos y también sus orejas, cuando oyó a su adversario anunciar la cesación de las hostilidades; y percatándose, por lo que éste había dicho después, de que sin duda ninguna había habido error, comenzó a prever el aumento que inevitablemente habría de adquirir su reputación, de ocultar el verdadero motivo que le había impulsado a acudir al terreno; avanzó, pues, con desenvoltura y dijo: —Yo no soy la persona. Lo sé. —Esto, entonces —dijo el hombre de la silla—, es una afrenta al doctor Slammer y una razón suficiente para que las cosas se resuelvan inmediatamente. —Tranquilícese, Payne —dijo el padrino del doctor—. ¿Por qué no me ha comunicado el hecho esta mañana, sir? —Claro... claro —dijo el hombre de la silla, indignado. —Le suplico que se tranquilice, Payne —dijo el doctor—. ¿Tendré que repetir mi pregunta, sir? —Porque, sir —replicó Mr. Winkle, que había tenido sobrado tiempo para meditar su respuesta—, usted me habló de un borracho, de una persona sin caballerosidad que llevaba un frac que he tenido el honor, no sólo de llevar, sino de haber inventado... el proyecto de uniforme, sir, del Club Pickwick de Londres. Por el honor de este uniforme me he sentido obligado a aceptar, sin hacer indagación alguna, el reto que usted me dirigió. —Mi querido señor —dijo el risueño doctorcito, adelantándose con la mano extendida—, rindo el debido homenaje a su caballerosidad. Permítame que le diga, sir, que admiro altamente su conducta y que siento en extremo haberle causado la molestia de esta cita sin finalidad alguna. —Le suplico que no se ocupe de eso, sir —dijo Mr. Winkle. —Para mí será un orgullo la amistad de usted, sir —dijo el pequeño doctor. —Me proporcionará el mayor placer su conocimiento, sir —replicó Mr. Winkle. Con lo cual, el doctor y Mr. Winkle se estrecharon las manos; luego, Mr. Winkle y el teniente Tappleton (el padrino del doctor); después, Mr. Winkle y el hombre de la silla, y, finalmente, Mr. Winkle y Mr. Snodgrass... presa el último de la mayor admiración hacia la noble conducta de su heroico amigo. —Creo que podemos volvernos —dijo el teniente Tappleton. —Ciertamente —añadió el doctor. —A menos —interrumpió el hombre de la silla—, a menos de que Mr. Winkle se haya sentido agraviado por el reto, en cuyo caso yo creo que tiene derecho a una satisfacción. Mr. Winkle, con gran magnanimidad, se declaró ya completamente satisfecho. —O posiblemente —dijo el hombre de la silla—, el padrino de este caballero puede haber visto afrenta para él en alguna de las observaciones que hice yo en los primeros momentos de esta reunión; si es así, yo me complacería en darle una satisfacción inmediata. Mr. Snodgrass se apresuró a mostrarse agradecidísimo al hermoso ofrecimiento del caballero que así hablaba; ofrecimiento que se sentía movido a declinar por la absoluta aprobación que le merecía todo el desarrollo del asunto. Los dos padrinos cerraron las cajas, y los concurrentes abandonaron el terreno en estado de mayor animación del que llevaban cuando a él se habían dirigido. —¿Va usted a permanecer aquí mucho tiempo? —preguntó el doctor Slammer a Mr. Winkle, mientras caminaban juntos amigablemente. —Creo que nos marcharemos pasado mañana —fue la respuesta. —Confío en que tendré el gusto de ver por mi morada a usted y a su amigo, con objeto de pasar una velada agradable después de esta desdichada equivocación —dijo el pequeño doctor—. ¿Tiene usted algún compromiso para esta noche? —Tenemos aquí algunos amigos —replicó Mr. Winkle—, y no me gustaría dejarlos esta noche. Tal vez usted y su amigo podrían ir a buscarnos a El Toro. —Con mucho gusto —dijo el pequeño doctor—. ¿Sería demasiado tarde las diez para que pasáramos juntos media hora? —¡Oh, no, querido! —dijo Mr. Winkle—. Será para mí una dicha presentar a usted a mis amigos Mr. Pickwick y Mr. Tupman. —Me dará con ello un gran placer —replicó el doctor Slammer, sin sospechar quién fuera Mr. Tupman. —¿Irán ustedes, seguramente? —dijo Mr. Snodgrass. —¡Oh, sin duda! En esto llegaron a la carretera. Cruzáronse despedidas cordiales y el grupo se dividió. El doctor Slammer y sus amigos se dirigieron al cuartel, y Mr. Winkle, acompañado por su amigo Mr. Snodgrass, volvió a su fonda. Una nueva amistad. El cuento del vagabundo. Una interrupción y un encuentro molesto Mr. Pickwick había concebido algunas inquietudes a consecuencia de la desacostumbrada ausencia de sus dos amigos, cuya misteriosa conducta durante toda la mañana había contribuido a fomentar. Fue grande, por tanto, el placer con que se levantó para recibirles cuando aquéllos entraron; y no fue menor el interés que puso en informarse de lo ocurrido, para que así le hubieran privado de su compañía. En respuesta a sus preguntas acerca de este extremo, ya se disponía Mr. Snodgrass a hacerle puntual historia de las circunstancias que acaban de reseñarse, cuando se detuvo bruscamente al observar que allí se hallaban no sólo Mr. Tupman y su compañero de diligencia del día anterior, sino otro desconocido de parecida y singular apariencia. Era un hombre enteco, cuya demacrada faz y hundidos ojos ocasionaban más profunda impresión de la que propiamente ofrecieran por su naturaleza, por los negros cabellos que le colgaban en desordenados mechones hasta la mitad de la cara. Eran sus ojos penetrantes y de un brillo sobrenatural; levantados y prominentes sus pómulos. Su mandíbula era tan larga y enjuta, que cualquier observador hubiérale juzgado que circunstancialmente tiraba adrede de la carne de su cara por una contracción de sus músculos, a no ser porque su boca semiabierta y la inmovilidad de su semblante denotaran ser aquélla su apariencia habitual. Llevaba alrededor de su cuello una bufanda verde, cuyos anchos cabos colgábanle sobre el pecho, haciendo frecuentes apariciones por los carcomidos ojales de su chaleco. Su atavío exterior era una larga levita negra, y debajo llevaba anchos pantalones de tosco paño y amplias botas que caminaban velozmente a la ruina. Hacia este mal encarado personaje dirigía sus ojos Mr. Winkle, y hacia él extendió su mano Mr. Pickwick al decir: –Un amigo de nuestro amigo. Hemos descubierto esta mañana que nuestro amigo estaba en relación con el teatro de esta ciudad, si bien no desea que esto se conozca, y este caballero pertenece a la misma profesión. Iba a favorecernos con una anécdota relacionada con esa vida cuando ustedes entraron. –Montones de anécdotas –dijo el desconocido de frac verde del día anterior, adelantándose a Mr. Winkle y hablando en tono quedo y confidencial. –Buena pieza... se aprovecha del negocio... no es actor... hombre extraño... toda suerte de miserias... Jemmi el nefasto le llamamos los del oficio. Mr. Winkle y Mr. Snodgrass acogieron amablemente al que con elegancia se designaba por Jemmi el nefasto, y pidiendo aguardiente y agua, como habían hecho los demás, sentáronse a la mesa. –Ahora, sir –dijo Mr. Pickwick–, ¿nos hará usted el obsequio de contarnos lo que nos había prometido? El melancólico individuo sacó de su bolsillo un rollo impulcro de papel y, volviéndose hacia Mr. Snodgrass, que acababa de sacar su libro de notas, dijo con voz hueca, que cohonestaba perfectamente con su apariencia externa: —¿Es usted el poeta? –Yo ... yo hago algo en ese terreno –replicó Mr. Snodgrass, algo sorprendido por lo inesperado de la pregunta. —¡Ah! La poesía es para la vida lo que las luces y la música para la escena... despojemos a la primera de sus falaces bellezas y a la segunda de sus ilusiones, y ¿qué es lo que queda de real en una y en otra que merezca la pena? –Es verdad, sir –replicó Mr. Snodgrass. –Estar delante de las candilejas –prosiguió el hombre lúgubre— es lo mismo que sentarse ante una gran corte y admirar los sedosos atavíos de la gaya multitud... estar detrás de ella no es más que ser la plebe que fabrica esos bellos ropajes; plebe ignorada, desatendida, abandonada al naufragio y a morir de hambre o a vivir según plazca a la fortuna. –Ciertamente –dijo Mr. Snodgrass, porque los hundidos ojos del hombre nefasto pesaban sobre él y consideraba necesario decir alguna cosa. –Vamos, Jemmi –dijo el viajero español—, como Susana la de negros ojos... sin interrupción... venga... con animación. —¿Quiere usted otro vaso antes de empezar, sir? –dijo Mr. Pickwick. El hombre nefasto aceptó la invitación, y mezclando en el vaso el agua y el aguardiente, bebió pausadamente la mitad de su contenido, desenrolló el papel y, en parte leyendo y hablando en parte, relató el siguiente episodio, que encontramos reseñado en las Actas del Club como «El cuento del vagabundo». EL CUENTO DEL VAGABUNDO –Nada hay de maravilloso en lo que voy a relatar –dijo el hombre nefasto—; ni siquiera hay en ello nada de extraordinario. La pobreza y los padecimientos son harto comunes en muchas situaciones de la vida para que merezcan señalarse más que las demás vicisitudes de la naturaleza humana. Si he coleccionado estas breves notas, débese a que el protagonista de ellas me fue bien conocido durante muchos años y seguí paso a paso el proceso descendente de su vida hasta que llegó al plano de miseria del que no se levantó jamás. »El hombre de quien hablo era un mimo de baja estofa y, como muchos otros de su clase, un borracho habitual. »En mejores tiempos, antes de que la disipación le debilitase y le destrozaran las enfermedades, había disfrutado un buen salario, que, de haber sido él cuidadoso y prudente, podía haber seguido gozando por algunos años..., no muchos, porque estos hombres mueren pronto, o, por administrar con despilfarro las energías de su cuerpo, pierden prematuramente las facultades físicas, base exclusiva de su sustento. Su vicio dominante le poseyó con fuerza tal, que resultaba imposible utilizarle en aquellas situaciones en que sus servicios podían haber sido convenientes para el teatro. La taberna ejercía sobre él una fascinación irresistible. El abandono, las dolencias y la pobreza desesperada habrían de ser su lote seguro, así como la muerte, si perseveraba en aquel camino; mas perseveró, y es fácil de adivinar el resultado. No pudo contratarse, y necesitaba el pan. »Todos aquellos que están algo familiarizados con asuntos de teatro conocen bien la casta de desharrapados y míseros entes oprimidos por la pobreza que dependen del escenario de una gran empresa...; no son, por lo general, actores contratados, sino gentes del cuerpo de baile, comparsas, tontos y figurantes de este jaez, de los que se echa mano mientras que se pone una pantomima o una obra oriental, y a los que se despide hasta que el estreno de una obra de gran espectáculo exige otra vez sus servicios. Tal era el género de vida que el hombre se vio precisado a abrazar, y desempeñando el oficio de acomodador por las noches en tal o cual teatrucho reunía unos cuantos chelines más, que le permitían complacer sus antiguas inclinaciones. Mas no tardó en faltarle hasta este recurso; sus irregularidades fueron demasiado frecuentes para ser compatibles con este medio de ganar la mísera pitanza, y pronto se vio conducido a las fronteras del hambre, con la que luchaba apelando de cuando en cuando al préstamo de algún viejo camarada o sirviendo circunstancialmente en teatros de inferior categoría; pero en cuanto ganaba algo, se lo gastaba, entregándose a sus viejas flaquezas. »Por este tiempo, y después de haber vivido el hombre durante un año, no se sabe cómo, tuve yo un contrato en uno de los teatros de la ribera de Surrey, y allí le encontré, después de haberle perdido de vista algún tiempo; porque yo había estado trabajando en provincias, mientras que él merodeaba por las callejuelas y avenidas de Londres. »Ya en traje de calle abandonaba yo el teatro y cruzaba el escenario, cuando me dieron en el hombro un golpecito. Nunca olvidaré el repulsivo espectáculo que encontraron mis ojos al volverme. Él estaba dispuesto para la pantomima, con el absurdo indumento que corresponde al clown. Los espectros de la Danza de la Muerte, las más espantosas formas que el pintor más hábil pudiera dibujar o imaginar, no ofrecieran apariencia más espeluznante. Su cuerpo seco y sus encogidas piernas (su deformidad aumentaba los pliegues del traje fantástico), sus ojos vidriosos, contrastaban terriblemente con la espesa capa de blanco que por su faz se extendía; la cabeza, grotescamente exornada; el temblor de la parálisis; sus largas manos huesudas, blanqueadas con yeso..., todo contribuía a darle una apariencia extraña y repulsiva, de la que no sería fácil dar idea, y que aún hoy me estremezco al recordar. Era su voz cavernosa y trémula cuando me llamó aparte y con palabras entrecortadas me hizo la relación de la interminable serie de dolencias y privaciones sufridas, y terminó, como de costumbre, por una apremiante demanda de una cantidad insignificante de dinero. Puse en su mano unos pocos chelines, y al volverme para salir oí la estrepitosa carcajada que ocasionaron sus primeros volatines. »Unas cuantas noches después me entregó un chico un sucio papelucho con unos garabatos de lápiz, en los que este hombre me daba noticia de hallarse gravemente enfermo y me rogaba que, después de la función, fuera a verle a su casa, situada en una calle, de cuyo nombre no me acuerdo ahora, no muy alejada del teatro. Prometí complacerle tan pronto como saliera, y a poco de bajarse la cortina me encaminé a cumplir mi triste misión. »Era tarde, porque yo había trabajado en la última pieza y, por ser noche de beneficio, los actos se habían prolongado excesivamente. Era una noche oscura y fría, en la que reinaba un viento helado que lanzaba con fuerza las gotas de lluvia contra las ventanas y fachadas de las casas. En las estrechas y solitarias calles se habían formado charcos, y casi todos los escasos faroles de aceite se habían apagado por la violencia del viento; por lo cual se hacía el caminar no sólo incómodo, sino dificilísimo. Por fortuna, tomé la ruta cierta y logré, después de una pequeña vacilación, dar con la casa que se me había indicado...: una carbonera, en cuya parte superior había un pequeño camaranchón y en su fondo yacía el objeto de mis pesquisas. »Una mujer de mísero aspecto, que era la esposa, salió a mi encuentro a la escalera y me dijo que él acababa de caer en una especie de delirio. Me introdujo suavemente y colocó una silla para mí junto a la cabecera de la cama. El enfermo estaba echado con la cabeza hacia la pared, pero no se percató de mi presencia, y tuve ocasión de examinar el lugar donde me encontraba. »Yacía en un viejo camastro que se desmontaba por el día; los jirones de una vieja cortina trataban de proteger la cabecera contra el viento, que, no obstante, penetraba en aquella estancia inhospitalaria a través de las rendijas de la puerta y soplaba a cada instante en todas direcciones. En una hornilla portátil veíase un fuego mortecino; en un viejo velador de mármol había algunos frascos de medicinas, un espejo roto y otros varios enseres domésticos. Un niño dormía en un lecho provisional que reposaba en el suelo, y a su lado, en una silla, se sentó la mujer. Había un par de alacenas con platos, tazas y salseras, y debajo de ellas veíase un par de zapatos de teatro y un par de floretes; con todo esto y con un pequeño montón de andrajos que habían sido cuidadosamente apartados hacia los rincones del cuarto se completaba el menaje de la vivienda. »Tuve tiempo de observar estos nimios detalles y de fijarme en la respiración fatigosa y febriles sobresaltos del enfermo antes de que advirtiera mi presencia. En uno de los innumerables intentos que hacía para buscar un sitio en que reclinar su cabeza sacó una mano del lecho, que cayó en la mía. Se incorporó sorprendido y me miró con avidez a la cara. »–Mr. Hutley, Juan –dijo su esposa–; Mr. Hutley, al que has llamado esta noche, ya sabes. »—¡Ah! –dijo el inválido, pasándose la mano por la frente—. Hutley... Hutley... quiero verte. »Pareció esforzarse en recoger por unos segundos sus pensamientos y, agarrándome nerviosamente por la muñeca, dijo: »–No me abandones... no me abandones, amigo. Va a asesinarme. Sé que va a asesinarme. »—¿Hace tiempo que está así? –dije, dirigiéndome a la esposa, que lloraba. »–Desde anoche –replicó ella—. Juan, Juan, ¿no me conoces? »–No la dejes que se acerque a mí –dijo el hombre, estremeciéndose al verla inclinarse hacia él—. Sácala fuera; no puedo sufrir que esté a mi lado. »La miró espantado, produciendo un gesto de terror, y luego murmuró en mi oído: »–La pego, Juanillo; la pegué ayer tarde y otras muchas veces. La he matado de hambre a ella y al chico; y ahora que me encuentro débil e indefenso, Juanillo, me va a asesinar; sé que ha de hacerlo. Si le hubieras visto llorar como yo la he visto, también lo temerías tú. Llévatela fuera. »Abandonó la mano mía, y con las fuerzas agotadas se hundió en la almohada. Yo sabía perfectamente lo que todo esto significaba. Si por un instante hubiera abrigado la menor duda, la contemplación de la demacrada y pálida faz de aquella mujer me hubiera dado explicación suficiente del caso. »–Lo mejor es que no permanezca usted a su lado –dije a la pobre mujer—. La presencia de usted puede hacerle daño; tal vez se calme si no la ve. »Se apartó de la vista del hombre. Él abrió sus ojos al cabo de algunos segundos y miró ávidamente a su alrededor. » —¿Se ha marchado? –preguntó afanosamente. »–Sí... sí —le dije—; no le hará a usted ningún mal. »–Le diré a usted, Juanito –me dijo el hombre en voz baja—, lo que en ella me hace daño. Hay algo en sus ojos que despierta en mi corazón un espanto tan horroroso, que me vuelvo loco. Durante toda la noche pasada sus grandes ojos inquisidores y su pálido rostro estuvieron frente a los míos; allí donde yo me volvía, volvíanse ellos; y cuando quiera que yo despertaba de mi sueño, aquí, junto a mi cama, la veía mirarme. »Me atrajo hacia sí y me dijo en tono de murmullo, que denotaba profunda alarma: »–Juanito, por fuerza tiene que ser una malvada..., ¡una infame! ¡Chist! Sé que lo es. Porque de haber sido una mujer, hace mucho tiempo que hubiera muerto. Ninguna mujer podría haber sufrido lo que ella. »Me sobrecogí al pensar en la interminable serie de crueldades y desdenes que tenían que haber ocurrido para producir en tal hombre tal impresión. No pude replicarle, porque, ¿quién podría proporcionar esperanza o consuelo a aquel ser hambriento que ante mí se hallaba? »Más de dos horas permanecí allí sentado, y durante aquel tiempo no cesó de moverse inquieto, murmurando exclamaciones de impaciencia o de dolor, tendiendo sus brazos en tregua a un lado y a otro, y volviéndose constantemente para mirar en toda dirección. »Por fin cayó en ese estado de parcial inconsciencia en el que la mente vagaba jadeante de escena a escena y de lugar en lugar, desprovista del gobernalle de la razón, mas sin llegar a perder la sensación actual de un padecer indescriptible. Advirtiendo que tal era el caso por lo incoherente de sus desvaríos y comprendiendo que, según las probabilidades, no había de aumentar la fiebre por el momento, me separé de él, prometiendo a su mujer volver a la noche siguiente y aun pasar allí la velada, si era necesario. »Cumplí mi ofrecimiento. Las últimas veinticuatro horas le habían producido una horrible alteración. Los ojos, aunque hundidos y cansados, brillaban de un modo espantoso. Los labios estaban resecos y agrietados por algunas partes; la piel, enjuta y tirante, mostraba un lustre ardoroso, y había en la cara del hombre un aire casi extraterreno, que revelaba más que nada los estragos de la dolencia. La fiebre estaba en su apogeo. »Ocupé el mismo asiento que la noche anterior, y allí permanecí horas y horas escuchando ruidos capaces de conmover profundamente a la más embotada de las humanas criaturas: los terribles estertores de un moribundo. Por lo que había oído acerca de la opinión del médico, no había esperanza. Yo estaba sentado junto a un lecho de muerte. Veía yo las extenuadas piernas, que unas horas antes se retorcieran para solaz y regodeo de una alborotada galería, contraídas por la tortura de una fiebre abrasadora, y creía oír la risa desgarrada del clown, entreverada con los apagados murmullos del agonizante. »Es siempre conmovedor observar cómo trabaja en la remembranza de las ocupaciones y quehaceres de la salud el cuerpo exangüe de un ser que yace ante nosotros; mas cuando esas ocupaciones son de una índole rudamente dispar de cuanto pueda referirse a ideas de tumba y postrimerías, la impresión se hace infinitamente penosa y opresora. El teatro y la taberna eran los temas constantes de los desvaríos de aquel desgraciado. Llegaba la noche, pensaba él, y tenía que tomar parte en la función; era tarde, y era preciso que saliera de casa sin perder instante. ¿Por qué se le retenía y se le impedía salir? Iba a perder el sueldo...; tenía que salir. ¡Nada, que no le dejaban! Escondía el rostro en sus manos ardorosas y lamentaba con débil acento su propia debilidad y la crueldad de sus perseguidores. Luego de una breve pausa empezó a balbucir unas rimas, las últimas que había aprendido. Se incorporó en el lecho, sacó sus piernas escuálidas y adoptó diversas posturas grotescas...; estaba trabajando... estaba en escena. Al cabo de un minuto de silencio murmuró el estribillo de una canción chocarrera. Llegaba a la antigua morada. ¡Qué caliente encontraba la estancia! Había estado enfermo, muy enfermo; pero ya se sentía bien y feliz. ¡Llenad mi copa! ¿Quién era el que apartaba el vaso de sus labios? Era el mismo que antes le persiguiera. Cayó en su almohada y gruñó. Después de un corto período de inhibición comenzó a vagar por una serie de lúgubres aposentos techados por bajas arcadas; tan bajas, que le era preciso arrastrarse a gatas para seguir su marcha. Era estrecho y oscuro el camino, y por todos lados hallaba obstáculos que le impedían avanzar. Había insectos también, cosas asquerosas reptantes con ojos que le seguían; seres que llenaban el aire y que brillaban horriblemente en las espesas tinieblas del lugar. Los muros y el techo, cuajados de reptiles, parecían vivos. La bóveda alcanzaba enormes proporciones...; por doquier agitábanse formas espantosas, y entre ellas se abrían paso caras conocidas, desfiguradas horriblemente por siniestras gesticulaciones; torturaban su cuerpo con hierros candentes y ataban su cabeza con cuerdas, que apretaban hasta hacerle saltar la sangre; él defendía fieramente su vida. »Al final de uno de estos paroxismos, cuando a duras penas había yo conseguido reducirle al lecho, cayó en lo que parecía un profundo sopor. Rendido yo por la vigilancia y el esfuerzo desplegado, había cerrado mis ojos por algunos minutos, cuando sentí un zarpazo en el hombro. »Desperté instantáneamente. Habíase incorporado hasta quedar sentado en la cama...; un horrible cambio se advertía en su rostro; mas había recobrado la conciencia porque era evidente que me conocía. El niño, al que desde algún tiempo antes inquietaban los arrebatos de su padre, saltó de su camita y se abalanzó hacia él gimiendo espantado...; la madre le tomó en brazos a toda prisa, temerosa de que el moribundo le hiciera daño por la violencia de su insensata disposición; pero aterrada por la alteración que veía en los rasgos del marido, quedó suspensa junto al lecho. Agarró el moribundo mi hombro convulsivamente, y golpeando su pecho con la otra mano, hizo un desesperado esfuerzo para hablar. Mas fue vano el intento. Extendió el brazo hacia ellos y tentó otro brusco movimiento. Hubo un ronco gemido en su garganta... un relámpago en sus ojos... un rugido ahogado aún... y cayó... ¡muerto! Hubiéranos complacido altamente poder registrar la opinión formada por Mr. Pickwick sobre la anécdota precedente. Y hubiéramos logrado ofrecerla a nuestros lectores, a no ser por una malhadada ocurrencia. Dejaba Mr. Pickwick sobre la mesa el vaso que había conservado en su mano durante las últimas frases de la narración, y disponíase a hablar –pues el libro de notas de Mr. Snodgrass nos permite afirmar que en aquel instante abría la boca—, cuando entró el criado diciendo: —Unos caballeros, sir. Apuntamos la conjetura de que Mr. Pickwick se preparaba a emitir algunos comentarios que hubieran incendiado el mundo, ya que no el Támesis, al ser interrumpido de esta suerte, porque miró severamente al criado y a su alrededor, como inquiriendo noticias acerca de los recién llegados. —¡Oh! –dijo Mr. Winkle levantándose—. Serán amigos míos...; hágales pasar. Simpáticos señores –prosiguió Mr. Winkle cuando hubo salido el criado—; oficiales del 97º, a quienes conocí esta mañana de un modo bien extraño. Les agradarán mucho a ustedes. Recobró Mr. Pickwick su ecuanimidad. Volvió el criado e introdujo en la estancia a tres caballeros. —El teniente Tappleton –dijo Mr. Winkle—. Teniente Tappleton, Mr. Pickwick... Doctor Payne, míster Pickwick... Mr. Snodgrass, usted ya le ha visto antes... Mi amigo Mr. Tupman, doctor Payne... Doctor Slammer, Mr. Pickwick... Mr. Tupman, doctor Slam... Calló de repente Mr. Winkle, al notar una brusca demudación en los rostros de Mr. Tupman y del doctor. —A este señor le he visto antes de ahora –dijo el doctor con énfasis marcado. —¡Ah! —dijo Mr. Winkle. —Y.. y a ese sujeto también, si no estoy equivocado –dijo el doctor, dirigiendo una mirada escrutadora al desconocido de la chaqueta verde—. Me parece haber hecho a ese sujeto una apremiante invitación la pasada noche, invitación que ha juzgado oportuno declinar. Diciendo lo cual, el doctor miró al intruso con ceño magnánimo y empezó a murmurar al oído de su amigo el teniente Tappleton. —No puede ser –dijo el teniente al fin del secreto coloquio. —Pues es –replicó el doctor Slammer. —No tiene usted más remedio que darle un puñetazo aquí mismo –murmuró con solemnidad el propietario de la silla de campo. —Calma, Payne –terció el teniente—. ¿Me permite usted que le pregunte, sir? –dijo, dirigiéndose a Mr. Pickwick, al que había picado considerablemente aquel juego verdaderamente impolítico—. ¿Me permitirá usted que le pregunte si este sujeto pertenece a la partida de usted? —No, sir —respondió Mr. Pickwick—; es un compañero de hospedaje nuestro. —¿Es miembro del Club de usted, o estoy yo equivocado? –dijo el teniente en tono inquisitivo. —Desde luego, no –replicó Mr. Pickwick. —¿Y no lleva nunca el botón de su Club? –dijo el teniente. —¡No, nunca! –repuso atónito Mr. Pickwick. El teniente Tappleton se volvió hacia su amigo el doctor Slammer con un encogimiento de hombros apenas perceptible y en cierto modo indicador de duda acerca de la exactitud de los recuerdos de éste. El pequeño doctor le miró encolerizado, pero perplejo, mientras que Payne contemplaba con gesto feroz el rostro maravillado del inconsciente Pickwick. —Sir —dijo el doctor, dirigiéndose bruscamente a Mr. Tupman en un tono que hizo estremecerse al caballero tan violentamente como si se le hubiera clavado un alfiler en el magro de la pantorrilla—, ¡usted estuvo anoche en el baile de aquí! Mr. Tupman insinuó un gesto afirmativo, sin dejar de mirar muy fijamente a Mr. Pickwick. —Este sujeto estuvo en su compañía –dijo el doctor, señalando al desconocido, que seguía impertérrito. Mr. Tupman asintió. —Ahora, sir –dijo el doctor al intruso—, yo le pregunto una vez más, en presencia de estos caballeros, si tiene usted a bien darme su tarjeta y ser tratado como un caballero, o si, por el contrario, va usted a obligarme a castigarle personalmente aquí mismo. —¡Alto, sir! —dijo Mr. Pickwick—. Yo no puedo consentir que esto siga adelante sin algunas explicaciones. Tupman, puntualice las circunstancias. Mr. Tupman, conjurado de este modo solemne, relató el caso en pocas palabras: aludió ligeramente al préstamo de la chaqueta; se extendió ampliamente en lo de que aquello se había hecho «después de comer»; mostróse arrepentido por su parte, y dejó que el intruso se sincerase como pudiera. Tal iba a hacer, a lo que parecía, cuando el teniente Tappleton, que le había estado mirando con gran curiosidad, dijo con inmenso desdén: —¿No le he visto yo a usted en el teatro, sir? —Ciertamente –replicó el imperturbable desconocido. —Es un cómico ambulante –dijo el teniente con aire despreciativo, volviéndose al doctor Slammer—. Trabaja en la función que los oficiales del 52.° dan mañana por la noche en el teatro de Rochester. No puede usted llevar adelante este asunto, Slammer... ¡imposible! —No puede ser –dijo dignamente Payne. —Lamento haber traído a ustedes a esta situación tan enojosa –dijo el teniente Tappleton, dirigiéndose a Mr. Pickwick—. Permítanme decirles que la manera mejor de evitar en lo sucesivo tales escenas será seleccionar mejor sus compañías. Buenas noches, sir. Y el teniente abandonó la estancia. —Y permítame a mí decir, sir –dijo el irascible doctor Payne—, que yo, en el caso de Tappleton, o en el de Slammer, le hubiera arrancado a usted la nariz y se la hubiera arrancado a todos los señores que están en su compañía. De fijo, sir, a todos. Me llamo Payne, sir... el doctor Payne, del 43.° Buenas noches, sir. Terminada la arenga, y después de haber pronunciado las tres últimas palabras en tono agudo, siguió a su amigo majestuosamente, saliendo acto seguido el doctor Slammer, que, sin decir palabra, se contentó con aplastar con una mirada a la concurrencia. Rabia creciente y honda extrañeza se despertaron en el noble pecho de Mr. Pickwick, casi hasta el punto de hacer estallar su chaleco, durante la proclamación del mencionado reto. Quedó estupefacto en su sitio mirando en éxtasis. Al cerrarse la puerta volvió en sí. Se abalanzó con furioso ademán y ojos de fuego. Ya estaba su mano sobre el picaporte; un momento más, y hubiera caído sobre la garganta del doctor Payne, del 43.°, de no haber atrapado Mr. Snodgrass por el faldón a su venerado jefe y obligándole a retroceder. —Contenedle –gritó Mr. Snodgrass–, Winkle, Tupman...; no puede arriesgar su preciosa vida en una causa como ésta. —Dejadme –dijo Pickwick. —Sujetadle fuerte –exclamó Mr. Snodgrass. Y gracias al esfuerzo de todos, fue Mr. Pickwick constreñido a sentarse en una butaca. —Dejadle libre –dijo el desconocido de la chaqueta verde—. Aguardiente y agua... bravo anciano... valor exuberante... tome esto... ¡ah!... cosa soberbia. Y después de haber comprobado la virtud de la bebida que había sido preparada por el hombre nefasto, aplicó el desconocido el vaso a la boca de Mr. Pickwick. El contenido desapareció inmediatamente. Siguió una breve pausa; el agua y el aguardiente hicieron su efecto; la bondadosa fisonomía de Mr. Pickwick recobró en seguida su expresión habitual. –No son dignos de que usted se ocupe de ellos –dijo el hombre nefasto. –Tiene usted razón, sir; no lo son –replicó Mr. Pickwick—. Me avergüenza el haberme acalorado de esta manera. Acerque su silla a la mesa, sir. El hombre nefasto se apresuró a complacerle; agrupáronse alrededor de la mesa, y una vez más reinó la armonía. Cierta irritabilidad mal contenida parecía esconderse en el pecho de Mr. Winkle, probablemente ocasionada por la temporal sustracción de su chaqueta..., aunque no es lícito suponer que tan nimia circunstancia puede despertar ni un leve movimiento de ira en el pecho de un pickwickiano. Con sólo esta excepción, el buen humor quedó restablecido, y acabó la velada con la misma cordialidad con que había empezado. Día de campo y vivaqueo. Nuevas amistades. Una invitación al campo Muchos autores abrigan no sólo una ligera, sino una verdaderamente condenable resistencia a reconocer los manantiales en que aprontan muchas de sus valiosas informaciones. No somos nosotros de esta opinión. Nosotros nos proponemos tan sólo desempeñar con rectitud absoluta nuestras funciones editoriales; y cualquiera que pudiera ser en otras circunstancias nuestra ambición por reclamar la paternidad de estas aventuras, el respeto a la verdad nos veda recabar otro mérito que el que corresponde a una ordenación juiciosa y a la narración imparcial. Los Papeles de Pickwick son como el Origen del Nuevo Río, y así podemos nosotros compararnos a la Compañía del Nuevo Río. La labor ajena ha acumulado ante nosotros un inmenso reservorio de hechos notables. Nosotros no hacemos más que difundirlos y comunicarlos en estilo llano, por medio de estos fascículos, al público sediento de conocer la historia pickwickiana. Según este criterio, y procediendo resueltamente de acuerdo con nuestra determinación de declarar nuestra gratitud hacia las autoridades que hemos consultado, decimos francamente que debemos al libro de memorias de Mr. Snodgrass todos los datos reseñados en este capítulo y en el siguiente; datos que, una vez descargada nuestra conciencia, pasamos a detallar sin más comentarios. Todos los habitantes de Rochester, así como los de las ciudades vecinas, se levantaron temprano al día siguiente en estado de la mayor excitación y algazara. En el campamento iban a tener lugar unas grandes maniobras. En ellas iban a tomar parte media docena de regimientos, los cuales habían de ser inspeccionados por la mirada de águila del comandante en jefe; habíanse levantado fortificaciones provisionales; iba a ser tomada la ciudadela e iba a hacerse estallar una mina. Mr. Pickwick, según habrán podido colegir nuestros lectores por el breve extracto que hemos transcrito de su descripción de Chatham, era un admirador entusiasta del ejército. Nada más deleitoso para él, nada que mejor armonizase con la afición peculiar de cada uno de sus compañeros, que un espectáculo de esta naturaleza. Pronto estuvieron de pie, en consecuencia, y pronto se dirigieron al teatro de la acción, hacia el que marchaban en todas direcciones nutridos grupos de curiosos. Todas las apariencias en el campamento denunciaban que la próxima ceremonia había de tener importancia y grandeza inusitadas. Varios centinelas hallábanse apostados con objeto de reservar el terreno que las tropas habían de ocupar; en las baterías veíanse criados que estaban guardando el sitio para las señoras; los sargentos corrían de acá para allá con los libros de registro, encuadernados en pergamino, debajo del brazo; el coronel Bulder, de gran uniforme y a caballo, galopaba primero de un punto a otro; luego revolvía su caballo entre la multitud, le hacía caracolear y dar corvetas, y entre tanto gritaba del modo más alarmante con voz estentórea, mostrando su rostro encendido, sin causa ni motivo que lo justificase. Los oficiales corrían en todas direcciones; comunicaban primero con el coronel Bulder, transmitían después las órdenes a los sargentos, y, por fin, desaparecían en grupo; y hasta los soldados asomaban por sus charolados cuellos, mirando con aire de solemnidad misteriosa que pregonaba de sobra lo excepcional del acto. Mr. Pickwick y sus tres amigos, situados en la primera fila de la plebe, esperaban pacientemente el comienzo de los ejercicios. La multitud crecía por momentos, y los esfuerzos que tenían que hacer para conservar las posiciones que habían ganado bastaron para vincular su atención durante las dos horas que así transcurrieron. De pronto se dejó sentir un brusco empujón de atrás, que lanzó a Mr. Pickwick varias yardas hacia delante, con una presteza y agilidad notoriamente incompatibles con la habitual gravedad de su continente; inmediatamente después se dio la orden de «¡atrás!», y las culatas de los mosquetes, ora caían sobre los pies de Mr. Pickwick, ora amenazaban con aplastarle el pecho para garantir el cumplimiento de las órdenes. En esto, cierto ineducado caballero, después de empujar hacia un lado y de estrujar a Mr. Snodgrass hasta el límite resistible de la humana estructura, le preguntó que «hasta dónde se había propuesto empujarle»; y al expresar Mr. Winkle la honda indignación que le producía presenciar semejante atropello, un sujeto que a su espalda estaba le encasquetó el sombrero hasta los ojos y le pidió por favor que se metiera la cabeza en el bolsillo. Estas y otras cuchufletas parecidas, unidas a la inexplicable ausencia de Mr. Tupman (que había desaparecido de pronto y no se le veía por ninguna parte), hacían la situación de nuestros amigos más bien inquieta y desapacible que grata o deseable. Al cabo de un rato cruzó por la multitud ese vago rumor compuesto de muchas voces que suele anunciar la llegada de lo que se estaba esperando. Todas las miradas se volvieron hacia el fuerte. Transcurrieron unos momentos de ansiosa expectación; viéronse aparecer las banderas flotando alegremente en el aire; relumbraron las armas bajo el sol, y columna tras columna se vertieron por la llanura. Hicieron alto las tropas en formación perfecta; corrió por las líneas la voz de mando; un chasquido general de los mosquetes acompañó a la presentación de armas, y el comandante en jefe, escoltado por el coronel Bulder y numerosos oficiales, aparecieron en el frente. Todas las bandas militares rompieron a tocar; los caballos, puestos de manos, reculaban y volteaban sus colas en todas direcciones; ladraban los perros, vociferaba la muchedumbre, y sólo se veía a uno y otro lado, hasta donde la vista alcanzaba, una larga perspectiva de rojas guerreras y blancos pantalones, completamente inmóviles. Tan ocupado había estado Mr. Pickwick en caer de acá para allá y en desenredarse de las patas de los caballos, haciendo verdaderos milagros, que no tuvo ocasión de observar la escena que ante él se descubría hasta que pudo colocarse en la postura que acabamos de describir. No bien le fue posible asegurarse sobre sus piernas, su deleite y complacencia no tuvieron límites. —¿Puede haber algo más hermoso ni más agradable? —preguntó a Mr. Winkle. —Nada —respondió este caballero, que durante el cuarto de hora precedente había tenido a un hombrecillo sobre sus pies. —Es un espectáculo verdaderamente noble y brillante —dijo Mr. Snodgrass, en cuyo pecho comenzaba a encenderse la llama de la poesía— este de ver a los bravos defensores de la patria dispuestos en brillante atavío ante los pacíficos ciudadanos; sus rostros centellean, no con belicosa fiereza, sino con civilizada jovialidad; sus ojos fulgen, no con el rudo fuego de rapiña o venganza, sino con suave luz de inteligencia y humanidad. Mr. Pickwick compartió plenamente la intención de esta loa, aunque no pudo aprobarla en sus términos exactos, porque la suave luz de la inteligencia brillaba de un modo bastante débil en los ojos de los guerreros, y porque a la voz de «de frente», dada por los jefes, todos los espectadores vieron dirigirse hacia ellos varios miles de pares de telescopios, que les contemplaban osadamente y que estaban totalmente desprovistos de expresión. —Estamos ahora en una situación admirable —dijo Mr. Pickwick, mirando a su alrededor. La multitud se había ido apartando de ellos gradualmente y habían quedado casi aislados. —Admirable —repitieron a una voz Mr. Snodgrass y Mr. Winkle. —¿Qué van a hacer ahora? —preguntó Mr. Pickwick, ajustándose los anteojos. —Yo... yo... me parece... —dijo Mr. Winkle, cambiando de color—; me parece que van a hacer fuego. —¡Qué barbaridad! —se apresuró a decir Mr. Pickwick. —Que sí... que me parece que sí —insistió Mr. Winkle un tanto alarmado. —¡Imposible! —replicó Mr. Pickwick. No había acabado de pronunciar esta palabra Mr. Pickwick, cuando la media docena de regimientos, enrasando sus mosquetes según un plano único, cual si todos apuntaran a un solo objeto y este objeto fuera el grupo de pickwickianos, rompió en la más espantosa y tremenda descarga que ha hecho vacilar jamás la tierra en su centro o a cierto anciano en el suyo. En esta embarazosa situación, expuesto al fuego despiadado de balas sin plomo y agobiado por los movimientos de las tropas, un nuevo cuerpo de las cuales comenzaba a atacar por el lado opuesto, fue cuando Mr. Pickwick desplegó aquella perfecta sangre fría y aquel dominio de sí mismo que son atributos indispensables de las grandes mentalidades. Agarró a Mr. Winkle por el brazo, y colocándose entre éste y Mr. Snodgrass, les indujo a percatarse de que, aparte el peligro que corrían de ensordecer por el ruido, había un riesgo inmediato de ser cogidos por el fuego. —Porque... porque... supongamos que uno de estos hombres tuviese, por equivocación, el plomo en su bala... —argüía Mr. Winkle, pálido ante la hipótesis que él mismo formulaba—. Ahora mismo he oído silbar algo en el aire... tan agudo... junto a mi oreja... —Lo que debíamos hacer era echarnos de bruces, ¿no es verdad? —dijo Mr. Snodgrass. —No, no ... ;ya pasó —dijo Mr. Pickwick. Temblarían sus labios, palidecerían sus mejillas, pero no dejó escapar este hombre inmortal ni una sola manifestación de intranquilidad o de pavor. Estaba en lo cierto Mr. Pickwick: el fuego cesó; pero apenas si tuvo tiempo para congratularse de la exactitud de su apreciación, cuando se hizo visible en toda la línea un rápido movimiento: el eco ronco de la voz de mando corrió a lo largo de ella, y antes de que ninguno de los tres caballeros pudiera adivinar el designio de la nueva maniobra, la masa de los seis regimientos, con bayoneta calada, cargó a paso redoblado hacia el preciso lugar en que los tres amigos se hallaban estacionados. El hombre es un ser mortal, y hay un límite al que no puede llegar el valor humano. Mr. Pickwick miró un momento a través de sus anteojos hacia la masa asaltante; volvió grupas francamente, y... no diremos que huyera: primero, porque se trata de una noble expresión, y segundo, porque la figura de Mr. Pickwick no se adapta en modo alguno a este género de retirada...; se quitó de en medio tan deprisa como sus piernas podían llevarle; tan deprisa, que no pudo darse cuenta de lo ridículo de su situación, de un modo exacto, hasta más tarde. La otra masa de tropas, cuya amenaza inquietara unos segundos antes a Mr. Pickwick, aprestábase a repeler el supuesto ataque de los asaltantes de la ciudadela; el resultado fue que Mr. Pickwick y sus dos compañeros se encontraron súbitamente encerrados entre dos líneas de gran longitud, avanzando la una a paso rápido, y esperando firme la otra el choque en actitud hostil. —¡Eh, eh! —gritaron los oficiales de la columna asaltante. —¡Echarse fuera! —les advirtieron los de la tropa estacionada. —Pero ¿dónde vamos a ir? —clamaron los pickwickianos azoradísimos. —¡Eh, eh, eh! —fue la única respuesta. Hubo un momento de intensa confusión, pesado rumor de pasos, un violento choque, una risa contenida; los seis regimientos se hallaban a quinientas yardas, y las suelas de Mr. Pickwick mostráronse al aire. Mr. Snodgrass y Mr. Winkle ejercitaron con notable habilidad una involuntaria voltereta, y cuando el último se sentaba en el suelo para contener con un pañuelo de seda amarilla la corriente de la vida que manaba de su nariz, la primera cosa que vio fue a su maestro, que, a cierta distancia, corría tras de su propio sombrero, el cual revoloteaba jugueteando allá en la lejanía. Pocos momentos hay en la vida de un hombre en los que experimente más grotesco desconsuelo o en los que halle menos piadosa conmiseración que cuando persigue su propio sombrero. No poca sangre fría y un grado excepcional de prudencia se requieren para capturar un sombrero. Si se precipita, salta sobre él; si sigue táctica opuesta, se expone a perderlo para siempre. Lo mejor es conservar la serenidad frente al objeto perseguido; ser cauto y perspicaz; esperar hábilmente la oportunidad; marchar, acercarse poco a poco; hacer un rápido avance; atraparlo por el casquete y calárselo firmemente en la cabeza, y sonreír jovialmente al mismo tiempo, como si el protagonista juzgara el caso tan jocosamente como pudiera hacerlo otro cualquiera. Corría un vientecillo sutil y juguetón, y el sombrero de Mr. Pickwick rodaba grácilmente a su impulso. Soplaba el viento, Mr. Pickwick resoplaba, y el sombrero rodaba, y rodaba alegremente como golfín en mar brava; y hubiera seguido rodando hasta salir del alcance de Mr. Pickwick si su carrera no se hubiera interrumpido providencialmente cuando ya se hallaba el caballero a punto de resignarse a su destino. Extenuado Mr. Pickwick, como decimos, y a punto ya de abandonar la caza, fue a dar el sombrero violentamente contra la rueda de un coche que en línea con otros seis permanecía en el sitio hacia donde se habían dirigido los pasos de Mr. Pickwick. Advertido Mr. Pickwick de esta ventaja, saltó vivamente hacia delante, agarró la prenda, se la plantó en la cabeza y se paró a tomar resuello. No pasó ni medio minuto sin que oyera pronunciar su nombre por una voz que al punto reconoció ser la de Mr. Tupman, y alzando la vista, descubrió un espectáculo que le llenó de sorpresa y alegría. En una abierta carretela, cuyos caballos habían sido desenganchados con objeto de que aquél pudiera acomodarse entre la muchedumbre, veíase a un obeso caballero de alguna edad, de levita azul y botones brillantes, calzón de terciopelo y botas altas; dos señoritas envueltas en chales y plumas; un joven que parecía enamorar a una de las señoritas envueltas en chales y plumas; una señora de incierta edad, tía probablemente de las antedichas, y a Mr. Tupman, que se mostraba tan confiado y a sus anchas como si hubiera pertenecido a aquella familia desde su más tierna infancia. Atada a la trasera de la carretela había una cesta de grandes dimensiones: una de esas cestas que despiertan en todo espíritu observador ideas relacionadas con fiambres de ave, lenguas y botellas de vino; y sobre ella sentábase un gordo y rubicundo mozalbete, en estado de somnolencia, y al que ningún observador podría mirar un solo instante sin considerarle como el encargado de distribuir el contenido de la mencionada cesta, llegado que fuera el momento de consumir las vituallas. Sólo había echado Mr. Pickwick una fugaz ojeada sobre estos interesantes objetos, cuando fue de nuevo requerido por su fiel discípulo. —Pickwick, Pickwick —dijo Mr. Tupman—: suba. Dese prisa. —Vamos, sir. Tenga la bondad de subir —dijo el señor gordo—. ¡José! Maldito chico, ya se ha dormido otra vez... José, baja el estribo. El rollizo muchacho descendió pausadamente de la caja, bajó el estribo y abrió la portezuela del coche con ademán de invitación. En aquel momento llegaron Mr. Snodgrass y Mr. Winkle. —Hay sitio para todos —dijo el señor gordo—. Dos dentro y uno fuera. José, haz sitio para uno de estos caballeros en la trasera. Ahora, sir, venga usted. Y el gordo caballero tendió su brazo y alzó a Mr. Pickwick primero, y luego a Mr. Snodgrass, a viva fuerza, hasta colocarlos en el coche. Montó Mr. Winkle en la trasera, se encaramó el muchachote a la misma percha, y se quedó dormido instantáneamente. —Bien, señores —dijo el señor gordo—. Mucho me alegro de ver a ustedes. Yo conozco a ustedes perfectamente, aunque ustedes no pueden acordarse de mí. He pasado en su Club algunas noches el último invierno...; descubrí aquí esta mañana a mi amigo Mr. Tupman, y me puse muy contento de verle. Bien, sir, ¿cómo está usted? A lo que parece está usted admirablemente. Mr. Pickwick agradeció el cumplimiento y estrechó cordialmente la mano del señor gordo de las botas altas. —Bueno; y usted, ¿cómo va, sir? —dijo el señor gordo dirigiéndose paternalmente a Mr. Snodgrass—. Magníficamente, ¿verdad? Bien, muy bien; perfectamente..., perfectamente. Y usted, ¿cómo está? —a Mr. Winkle—. Bueno; encantado de saber que se hallan bien. Mis hijas, caballeros..., son mis joyas; ésta es mi hermana, Miss Wardle. Es soltera, y, sin embargo, no parece una señorita, ¿eh? Y el obeso caballero metió jocosamente el codo en las costillas de Mr. Pickwick y se echó a reír con toda su alma. —Lord... ¡hermano! —dijo Miss Wardle con sonrisa suplicante. —Cierto, cierto —dijo el obeso señor—; no hay quien pueda negarlo. Con permiso, señores; éste es mi amigo Mr. Trundle. De modo que ya se conocen todos; cómodos y contentos veamos lo que va a pasar. Ésta es la cosa. Diciendo esto, el gordo caballero se caló los anteojos, sacó los suyos Mr. Pickwick, y ya todos de pie en el coche, apoyándose cada uno en el hombro del otro, contemplaron los movimientos de las tropas. Lleváronse a cabo sorprendentes evoluciones; cada fila de soldados disparaba por encima de las cabezas de la precedente, desapareciendo en seguida; una nueva línea disparaba a su vez en la misma forma, dejando el campo también; se formaron cuadros con los oficiales en el centro; veíase a los soldados bajar por las trincheras con escaleras de mano y subir por otras valiéndose de igual medio; demolíanse las barricadas de mimbre y efectuábanse todos estos movimientos con la mayor elegancia y limpieza. Luego se atacaban los cañones con materiales que parecían estropajos colosales, y se hacían tan aparatosos preparativos para cargarlos y era tan espantoso el ruido de las descargas, que el aire se llenaba con el griterío de las señoras. Las de Wardle se asustaron de tal manera, que Mr. Trundle se vio obligado a sostener a una de ellas, mientras que Mr. Snodgrass soportaba a la otra; y la hermana de Mr. Wardle sufrió tal acceso de nervios por aquella alarma, que Mr. Tupman consideró absolutamente necesario rodearle el talle con su brazo para mantenerla de pie. Todos se hallaban excitados, salvo el chico gordo, que dormía tan dulcemente como si el estampido del cañón fuera su arrullo habitual. —¡José, José! —dijo el gordo caballero cuando, ya tomada la ciudadela, se sentaban a comer sitiados y sitiadores—. Dichosa criatura, ya se ha dormido otra vez. Tenga la bondad de pellizcarle, sir.... en la pierna, se lo ruego; si no es así, no se despierta...; gracias. Desata la cesta, José. El chico gordo, que había despertado, en efecto, gracias a la presión que cierta porción de su pierna sufriera entre el índice y el pulgar de Mr. Winkle, deslizóse nuevamente de la trasera del coche y empezó a desocupar la cesta con más presteza de la que hubiera sido de esperar, dada su inercia anterior. —Tenemos que sentarnos muy apretados —dijo el señor gordo. Después de unas cuantas bromas por haberse chafado las mangas de las señoras y entre fuertes sonrojos de las mismas ante ciertas maliciosas proposiciones para que se sentaran en las rodillas de los caballeros, todos los de la partida tomaron asiento en el coche... Entonces el señor gordo fue pasando las cosas que le entregaba el muchacho, que había subido al coche con este objeto. —Ahora, José, los cuchillos y los tenedores. Distribuyéronse cuchillos y tenedores, y sentados en el interior las señoras y los caballeros, y en la trasera Mr. Winkle, todos se hallaron provistos de tan necesarios utensilios. —Los platos, José, los platos. El mismo proceso en la distribución de la loza. —Ahora los pollos, José. Maldito chico, ya se ha dormido otra vez. ¡José, José! —Varios golpes administrados en la cabeza del joven con un bastón le despertaron con alguna dificultad de su letargo—. Trae los comestibles. Algo hubo en el eco de esta última palabra que despertó al untuoso muchacho. Saltó el mozo, y sus pesados ojos, que brillaban tras de sus montuosas mejillas, claváronse horriblemente sobre las viandas al tiempo que las sacaba de la cesta. —Vamos, date prisa —dijo Mr. Wardle, pues el muchacho se cernía muy cariñosamente sobre un capón, del cual parecía no poder separarse. Suspiró profundamente, y lanzando una ardiente mirada sobre el apetitoso volátil, se lo entregó a su amo, bastante mal de su grado. —Perfectamente... pon cuidado. Ahora, la lengua... el pastel de pichón. Ten cuenta de la ternera y del jamón... ocúpate de las langostas... saca el escabeche... dame las especias. Tales fueron las órdenes que salieron de labios de Mr. Wardle, mientras iba sacando los comestibles descritos, y al mismo tiempo repartía los platos, colocándolos en las manos y en las rodillas de todos, en número incalculable. —¿No es esto admirable? —dijo el alegre personaje al comenzar la labor destructora. —¡Admirable! —asintió Mr. Winkle, que a la sazón trinchaba un pollo sobre el asiento. —¿Un vaso de vino? —Con muchísimo gusto. —Mejor será que se quede con una botella ahí, ¿no es verdad? —Es usted muy amable. —¡José! —Mande, sir —esta vez no estaba dormido, porque acababa de apoderarse de una empanada de ternera. —Una botella de vino para el señor de la trasera. Encantado de verle, sir. —Gracias, chico. Mr. Winkle apuró su vaso y puso la botella en el asiento junto a sí. —¿Quiere usted hacerme el honor, sir? —dijo Mr. Trundle a Mr. Winkle. —Con mucho gusto —respondió Mr. Winkle a Mr. Trundle. Y ambos señores bebieron, después de lo cual hubo una ronda general, incluyendo a las señoras. —Cómo coquetea mi Emilia con ese señor (el intruso) —dijo la solterona a su hermano Mr. Wardle, con verdadera envidia de solterona. —¡Oh, no sé! —dijo el jovial anciano—; me parece eso muy natural... nada me extraña. ¿Quiere usted vino, Mr. Pickwick? Mr. Pickwick, que había practicado hondas investigaciones en el interior del pastel de pichón, aceptó sin vacilar. —Emilia querida —dijo la solterona con aire protector—, no hables tan alto, rica. —¡Por Dios, tía! —La tía y el viejo gordito me parece que no necesitan a nadie —murmuró Isabela Wardle a su hermana Emilia. Ambas muchachas rieron de muy buena gana, y la vieja trató de aparecer risueña, pero no pudo conseguirlo. —¡Tienen un humor estas chicas! —dijo Miss Wardle a Mr. Tupman, como si el buen humor de las criaturas fuese contrabando y licencia excesiva o crimen poseerlo sin autorización. —Sí que lo tienen —replicó Mr. Tupman, sin saber a punto fijo el género de respuesta que de él se esperaba—. Es encantador. —¡Hum! —dijo Miss Wardle en tono de duda. —¿Me permite usted? —dijo Mr. Tupman con la mayor dulzura, acariciando la encantadora muñeca de Raquel y exhibiendo alegremente la botella—. ¿Me permite usted? —¡Oh, sir! Mr. Tupman la miró conmovido y Raquel insinuó el temor de que hubiera más cañonazos, en cuyo caso, como era consiguiente, habría de necesitar nuevamente apoyo. —¿Le parecen a usted guapas mis sobrinas? —murmuró a Mr. Tupman la entrañable tía. —Tal vez, si no estuviera aquí su tía —replicó el decidido pickwickiano con mirada de pasión. —¡Oh!, embustero...; pero, en realidad, si tuvieran el cutis un poco mejor, ¿no es verdad que serían unas chicas muy bonitas... con luz artificial? —Sí; me parece que sí —dijo Mr. Tupman con aire de indiferencia. —Burlón... Ya sé lo que iba usted a decir. —¿Qué? —preguntó Mr. Tupman, al que precisamente nada se le había ocurrido. —Iba usted a decir que Isabela está algo encogida... ¡Yo sé que ustedes..., los hombres, son tan observadores! Pues sí que lo es; no se puede negar; y realmente, si hay algo que afea a las mujeres es el encogimiento. Yo suelo decirle que cuando tenga unos años más va a resultar tremenda. Es usted un burlón. Mr. Tupman no tenía nada que objetar a una reputación ganada con tan poco esfuerzo, por lo cual no hizo más que mirar con gesto de inteligencia y sonreír misteriosamente. —¡Qué risa tan sarcástica! —dijo la admirada Raquel—. Confieso que me asusta usted. —¡Asustarse de mí! —¡Oh!, no puede usted disimularme nada...; sé muy bien lo que esa sonrisa significa. —¿Cómo? —dijo Mr. Tupman, que no tenía la menor noción de nada. —Usted quiere decir —dijo la amable tía, apagando aún más la voz—, usted quiere decir que no encuentra tan mal el encogimiento de Isabela como el descoco de Emilia. ¡Porque es descarada! No puede usted figurarse lo que me apena algunas veces. Crea usted que me paso llorando horas enteras...; mi querido hermano es tan bueno y tan confiado, que nada ve; si lo viera, estoy segura de que se le traspasaría el alma. Yo quisiera creer que es sólo en los modales...; confío en que así sea —aquí la entrañable tía lanzó un hondo suspiro y movió su cabeza con desaliento. —No tengo duda de que la tía está hablando de nosotras —murmuró Emilia Wardle a su hermana—. Estoy segura... ¡Tiene un aire tan malicioso! —¿Ah, sí? —replicó Isabela—. ¡Hum, querida tía! —¿Qué, rica? —Tengo miedo de que cojas un catarro, tía. Toma un pañuelo de seda para taparte la cabeza...; debías ocuparte de ti un poco más... ¡No olvides la edad que tienes! Si el castigo del Talión había sido merecido, no puede negarse que hubiera sido difícil hallar mejor venganza. Fácil sería de adivinar la réplica en que hubiera prorrumpido la indignada tía de no haber cambiado inconscientemente la conversación Mr. Wardle, llamando enérgicamente a José. —Maldito chico —dijo el viejo—; ya se ha dormido otra vez. —Caso curioso el de ese muchacho —dijo Mr. Pickwick—. ¿Siempre duerme así? —¿Que si duerme? —respondió el viejo—. No cesa de dormir. Va a los recados dormido, y ronca mientras sirve la mesa. —¡Qué cosa más particular! —dijo Mr. Pickwick. —Sí que es raro —replicó el viejo—. Estoy orgulloso de este chico...; por nada del mundo me desprendería de él ...; es un fenómeno de la naturaleza. Vamos, José, José: llévate todo esto y abre otra botella..., ¿oyes? Despertó el obeso mancebo, abrió sus ojos, tragó el bocado de torta que había empezado a masticar al dormirse y obedeció sin demora las órdenes de su amo..., dirigiendo lánguidas miradas glotonas hacia los restos del festín, mientras recogía los platos y los depositaba en la cesta. Salió la nueva botella y fue rápidamente consumida; se ató la cesta en su lugar primitivo...; montó nuevamente el muchacho en la trasera...; requiriéronse otra vez anteojos y gemelos, y reanudaron las tropas sus evoluciones. Hubo truenos de cañones y aspavientos de señoras..., y por fin reventó una mina, con general regocijo...; no bien dispersáronse los humos, militares y curiosos se dispersaron también. —Que no se le olvide —dijo el viejo al estrechar la mano de Mr. Pickwick al terminar un coloquio celebrado a intervalos durante los ejercicios— que mañana les esperamos a todos. —Sin duda —replicó Mr. Pickwick. —¿Tiene usted ya las señas? —Manor Farm, Dingley Dell —dijo Mr. Pickwick consultando su cuaderno. —Eso es —dijo el viejo—, y no les he de dejar en una semana; ya pueden ustedes estar seguros de que han de ver todo cuanto hay digno de visitarse. Si han venido ustedes a observar la vida del campo, vengan a mí y yo les enseñaré toda la que quieran. José...; dichoso chico, ya se durmió. Ayuda a Tom a enganchar. Engancháronse los caballos...; subió el cochero al pescante...; montó el chico a su lado...; cambiáronse despedidas, y partió el coche. Al volverse los pickwickianos para echarle una última ojeada, vertía el sol poniente sus arreboles sobre las caras de sus amigos y bañaba la faz del gordo mancebo. Caída la cabeza sobre el pecho, dormitaba de nuevo. Capítulo breve, en el que se cuenta, entre otras cosas, el viaje en coche de Mr. Pickwick, el paseo a caballo de Mr. Winkle y el modo que tuvieron de realizarlos Esplendoroso y admirable estaba el cielo, embalsamado el aire, y era encantadora la apariencia de cuantos objetos poblaban el panorama que descubría Mr. Pickwick, apoyado en el pretil del puente de Rochester, mientras se acercaba la hora del almuerzo. El espectáculo era, en efecto, capaz de maravillar a un temperamento mucho menos impresionable que el de aquel que ahora lo presenciaba. A la izquierda tendíase la ruinosa muralla, derruida en muchos puntos, pero enhiesta en algunos otros, dominando en grandes moles la estrecha ribera. Grandes matas de algas que colgaban entre las melladas rocas temblaban al más leve soplo del aire, y la verde hiedra guarnecía melancólicamente los bordes de las negras y ruinosas almenas. Levantábase detrás el viejo castillo, con sus desmanteladas torres y sus espesas paredes a punto de desgajarse, mas dándonos fe orgullosamente de su fuerza y poder, como cuando siete siglos atrás tronaba con el fragor de las armas o resonaba con el eco de fiestas y rebatos. De otro lado, las lomas de Medway, cubiertas de prados y sembradura, con su molino de viento aquí y allá, o con su iglesia lejana, extendíanse más allá del alcance de la vista, ofreciendo un rico y variado paisaje, embellecido aún por las sombras cambiantes que lo atravesaban dulcemente, cuando las nubes tibias y vagas cruzaban bajo el sol de la mañana. El río, reflejando el claro azul del cielo, resplandecía y chispeaba corriendo silencioso; los remos de los pescadores hundíanse en el agua con líquido y blando sonido, mientras que las pintorescas barcazas resbalaban pausadamente corriente abajo. Mr. Pickwick despertó del agradable sueño en que cayera a favor de aquel espectáculo al oír un profundo suspiro y al sentir un golpe en el hombro. Volvióse y halló a su lado al hombre nefasto. —¿Contemplando el panorama? —preguntó el hombre nefasto. —Sí —respondió Mr. Pickwick. —¿Y encantado de haberse levantado tan temprano? Mr. Pickwick asintió con la cabeza. —¡Ah! Es preciso levantarse temprano para ver en todo su esplendor al sol, porque rara vez brilla todo el día. La mañana del día se parece mucho a la mañana de la vida. —Dice usted bien, sir —dijo Mr. Pickwick. —Se dice con frecuencia —continuó el hombre nefasto—: «La mañana es demasiado hermosa para que dure». Bien podía esto aplicarse a cada día de la existencia. ¡Dios mío, cuánto daría yo por recobrar la niñez o por olvidar aquellos días! —¿Ha sufrido usted muchas contrariedades, sir? —dijo Mr. Pickwick compasivamente. —Ya lo creo —se apresuró a contestar el hombre nefasto—. He sufrido más de lo que pudieran creer los que me ven. Calló un instante y dijo luego súbitamente: —¿Le chocaría a usted que en una mañana como ésta el ahogarse fuese la dicha y la paz? —¡Por Dios! —replicó Mr. Pickwick, separándose un poco del pretil, ante la sospecha de que el hombre nefasto, por vía de experimento, intentase arrojarle, mal de su grado. —Yo he pensado en esto muchas veces —dijo el hombre nefasto sin reparar en el movimiento—. El agua fría y en calma parece murmurar en mi oído una invitación de sosiego y reposo. Un salto, un chapuzón, una breve lucha: cosa de un instante; poco a poco se levanta una ola graciosa, ciérranse las aguas sobre su cabeza de usted, y el mundo ha cerrado para siempre sus penas y desventuras. Los ojos hundidos del hombre nefasto centellearon al hablar; mas se desvaneció en seguida su momentánea exaltación, y recobró la calma, diciendo: —Bien ...; ya hemos hablado de eso bastante. Quiero que nos ocupemos de otra cosa. Usted me hizo leer aquel escrito anteanoche, y me escuchó atentamente mientras lo hacía. —Sí —replicó Mr. Pickwick—, y crea usted que yo pensaba... —No le pedí su opinión —dijo el hombre nefasto, interrumpiéndole— ni necesito ninguna. Usted viaja por gusto y para instruirse. Suponga que yo le enseño un curioso manuscrito...; es decir, curioso no por inverosímil ni raro, sino curioso como una página de la vida real. ¿Lo pondría usted en conocimiento de ese Club, del que tantas veces le he oído hablar? —Sin duda —replicó Mr. Pickwick—, si usted lo desea; y se insertará en las Memorias. —Usted lo tendrá —replicó el hombre nefasto—. Las señas. Y Mr. Pickwick le comunicó el itinerario aproximado que habrían de seguir, el cual fue cuidadosamente anotado por el hombre nefasto en un grasiento cuaderno. Después, rehusando la insistente invitación que para almorzar le hiciera Mr. Pickwick, quedó éste en la fonda y se marchó el otro despacio. Halló Mr. Pickwick que sus tres compañeros se habían levantado y que le esperaban para dar principio al almuerzo, que estaba ya dispuesto en ostentosa exhibición. Sentáronse a comer, y el jamón cocido, los huevos, el café, el té y otras varias cosas empezaron a desaparecer con una rapidez que a la vez testimoniaba la excelencia de los comestibles y el apetito de sus consumidores. —Ahora hacia Manor Farm —dijo Mr. Pickwick—. ¿Cómo vamos a ir? —Lo mejor sería consultar al camarero —dijo Mr. Tupman. Y el camarero fue requerido en consecuencia. —Dingley Dell, caballeros... quince millas... camino de travesía... ¿Sill