La invasión yanqui Oscar Wilde Los americanos de Londres corren un gran peligro. Su por­venir y su reputación dependen esta temporada exclusivamente del éxito de Buffalo Bill y de mistress Brown-Porter. El primero es seguro que atraerá público, pues el pueblo inglés se interesa mucho más por lo que hay de barbarie que por lo que hay de civilización en América. En cuanto los ingleses divisan a Sandy Hook, dirigen las miradas a sus carabinas y a sus municiones, y después de haber comido en Delmonico, marchan hacia el Colorado, California, Montana o hacia el parque de la Yellowstone. Se consideran unos amantes empedernidos de las Montañas Rocosas; les gustan más que unos millonarios achispados; in­cluso hay que prefieren los bisontes a Boston. ¿Y por qué no? Las ciudades americanas son aburridas hasta lo indecible. Los na­turales de Boston utilizan su erudición de una manera dema­siado melancólica. La cultura es para ellos una perfección ad­quirida más bien que un ambiente; su Hub, como ellos le llaman, es el paraíso de los fatuos. Chicago es como una tienda monstruosa, llena de agitación y de gente no fácilmente soportable. La vida política de Washington se parece a la de un consejo parroquial en las afueras de la ciudad. No está mal Baltimore para pasar una semana; pero Filadelfia es atrozmente provinciana, y aunque pueda uno comer en Nueva York, sería difícil vivir allí. Prefiero el Far-West con sus osos pardos y sus cow-boys en estado puro, su vida al aire libre, sus praderas infinitas y su in­finita fanfarronería. Esto precisamente es lo que Buffalo Bill va a traer a Londres; y estamos seguros de que Londres apreciará su exhibición con entusiasmo. En lo que se refiere a mistress Brown-Porter, como el talento de actor no se considera ya como requisito indispensable para el éxito en la escena inglesa, no existe en realidad ninguna razón para que la linda dama de ojos brillantes, que nos ha encantado durante todo este último mes de julio con su alegre risa y sus maneras indolentes, no consiga (para emplear una expresión de su tierra nativa) un gran boom y trastorne a Londres por com­pleto. De todo corazón, deseamos que lo obtenga, ya que, en suma, la invasión americana ha sido de las más útiles para la sociedad inglesa. Las mujeres americanas son brillantes, y asombrosamente inteligentes y cosmopolitas. Su patriotismo se limita a admirar el Niagara y a añorar el elevado; y a diferencia de los hombres, no se ponen pesadas con Bunkershill. Compran sus vestidos en París y sus modales cerca de Pic­cadilly, y lucen unos y otros de modo encantador. Poseen en singular descaro, una exquisita presunción, al igual que una es­pontánea independencia. Persisten en ser elogiadas y han conseguido casi hacer elo­cuente al inglés. Sienten una ferviente admiración por nuestra aristocracia, adoran los títulos y son una contradicción perpetua de los principios republicanos. En el arte de entretener a los hombres son diestras. Lo son por naturaleza y también por educación. No puede negarse que saben contar una historia sin olvidar para nada el rasgo mordaz, perfección extraordinariamente rara en las mujeres de otros países. También es cierto que carecen de calma y que sus voces son algo bruscas y estridentes cuando desembarcan en Liverpool; pero con el tiempo llega uno a estimar a esos lindos ciclones con faldas, que pasan tan atolondradas por la sociedad y que causan tal agitación a las duquesas con hijas. Hay algo fascinante en sus gestos graciosos, exagerados, en su manera petulante de inclinar la cabeza. Sus ojos no tienen nada mágico ni misterioso, pero nos retan a la lucha, y cuando nos lanzamos a ella, salimos siempre malparados. Sus labios parecen hechos para reír y, sin embargo, no gesticulan nunca. En cuanto a sus voces, las ponen en seguida a tono. Se ha visto a algunas de ellas adquirir en dos temporadas el deje lán­guido de moda, y cuando han sido presentadas a la familia real, arrastraban las erres con tanta energía como un petimetre o como una vieja dama palaciega. A pesar de todo, jamás se desentienden totalmente de su acento. Lo dejan traslucir a cada momento, y cuando charlan juntas parecen una manada de pavos reales. No hay nada tan divertido como espiar a dos muchachas yanquis que se saludan en un salón o en el Row. Se dirían unas niñitas con su agudo stacatto de sorpresa y sus extrañas inter­jecciones. Su conversación parece, para nuestros oídos, una serie de petardos que estallan; son de una incoherencia exquisita, y em­plean una especie de lenguaje primitivo, hecho todo de emo­ciones. A los cinco minutos, ya están lindamente jadeantes, mirán­dose una a otra con aire medio divertido, y casi afectuoso. Si un impasible joven inglés es lo bastante afortunado para serlas presentado, se queda estupefacto de su extraordinaria vi­vacidad, de la rapidez eléctrica de sus respuestas, de sus recursos inagotables en frases efectistas. Jamás logra entenderlas total­mente, pues sus ideas revolotean con la encantadora incons­ciencia de las mariposas; pero se queda encantado y divertido y le parece estar en una jaula de pajarillos. A fin de cuentas, las muchachas americanas poseen un en­canto sorprendente, y quizá el principal secreto de ese encanto consiste en que no hablan nunca en serio, excepto cuando se trata de diversiones. Pero, tienen un gran defecto: sus madres. Por lúgubres que fuesen aquellos Pilgrim-Fathers (o Padres Peregrinos) que par­tieron de nuestras casas hace más de dos siglos para fundar, al otro lado del océano, una Nueva Inglaterra, las Madres Pere­grinas que han vuelto a nosotros en este siglo son más lúgubres aún. Por supuesto que hay excepciones, pero como clase, son ellas, o grises, o cursis, o dispépticas. Significa sólo hacer justicia a la actual generación americana comprobar que no es censurable por ello. Les cuesta mucho trabajo educar correctamente a sus padres y darles una educación pasadera aunque un poco tardía. Desde muy niño, el joven americano se pasa la mayor parte del tiempo corrigiendo los defectos de sus padres, y todo el que ha tenido ocasión de observar a una familia americana en la cubierta de un trasatlántico o en el retiro suntuoso de un hotel neoyorquino se habrá quedado sorprendido, a la fuerza, ante ese rasgo característico de su civilización. La juventud americana está siempre dispuesta a que apro­vechen su experiencia las personas mayores. Un adolescente advertirá bondadosamente, pero con energía, a su padre de sus defectos, de sus maneras o de su carácter, y no se cansará nunca de ponerlo en guardia contra la extravagancia, la gandulería, el trasnochar, la falta de puntualidad y las demás tentaciones a las que están especialmente expuestas las personas de edad y, a veces, si cree que, en la mesa, acapara demasiado la conversación, le recordará, de un extremo a otro de la mesa, este adagio del hijo moderno: "Los padres no deben dejarse ver ni oír." .Jamás una idea inoportuna de ternura impedirá que la niña yanqui censure a su madre cuantas veces sea necesario. E incluso, a menudo, como comprende que una reprimenda dirigida en presencia de un tercero es de una eficacia más segura que sí fuese proferida simplemente al oído, en la calma del cuarto de los niños, llamará ella la atención de las gentes que la sean completamente desconocidas sobre la dejadez general de su madre, sobre su ineptitud en una conversación intelectual de Boston, sobre su gusto inmoderado por el agua helada, el maíz verde, sobre su tacañería en cuestión de bombones, sobre su ignorancia de los usos de la mejor sociedad de Baltimore, sobre sus indisposiciones, etcétera. Puede decirse, sin riego a equivocarme, que ningún niño yanqui se ciega ante los defectos de sus ,padres, sea el que fuere el cariño que sienta por ellos. Y, sin embargo, este sistema de educación no ha obtenido todo el éxito que se esperaba. Es cierto que en muchos casos, la materia que tenían que utilizar los hijos era basta, incapaz de un perfecto manejo, pero es innegable que la madre americana es una persona fastidiosa. El padre americano es mejor, porque no se lo ve nunca en Londres. Pasa la mayor parte de su vida en Wall-Street, y no se comunica con su familia más que una vez al mes por medio de un telegrama de una elocuencia numérica. A pesar de semejante familia, la muchacha americana es siempre bien acogida. Anima nuestras tristes comidas y hace que la vida transcurra gratamente durante la temporada. En la carrera de los títulos nobiliarios, casi siempre obtiene una medalla; pero una vez lograda la victoria, es generosa y les perdona todo a sus rivales inglesas, su belleza, incluso. El modelo de su madre le advierte que las mujeres america­nas no tienen gracia para envejecer. Y ella se esfuerza en con­servarse siempre joven y, con frecuencia, lo consigue. Tiene unas manos y unos pies exquisitos; va siempre calzada y con lindos guantes; sabe hablar con brillantez sobre cualquier tema, con tal de no entender ni una sola palabra de éste. Su sentido del humour la protege de la tragedia de una gran pasión; y como no hay en su amor ni romanticismo ni humil­dad, resulta la esposa perfecta. Si nos preguntamos cuál puede ser su influencia definitiva en la vida inglesa, es difícil contestar ahora, pero es indudable que, de todas las causas que hayan contribuido a revolucionar la so­ciedad londinense, hay pocas o ninguna, tan importantes y agradables como la invasión americana.