Urnales (Fragmento de una pesadilla)

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Carlos A.V.
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Urnales (Fragmento de una pesadilla)

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Copia Roj Friberg (9).jpg
URNALES (fragmento)


Los pequeños animales del primer piso quedaban a medio camino entre un bonsái y una cabeza reducida: respiraban y envejecían, pero nada los despertaba.
El Museo no estaba abierto al público. Nadie recordaba la última vez que había abierto. Era un palacete de a principios del siglo pasado. Las salas, las habitaciones, incluso la cocina, habían sido convertidas en salones de exposición. Febe se perdía por momentos en la ciudad de urnas, una megalópolis que crecía hacia adentro, multiplicada por los espejos y el bálsamo extraño de todas las casas que pasan demasiado tiempo cerradas. Lo que había sido un baño de invitados pronto había empezado a llenarse de acuarios y de instrumentos inservibles. El moho saltaba de un objeto a otro como un continente fantasma y carnívoro. Febe raspó con la yema de los dedos la herrumbre colorada y el abuelo la regañó. Cada cosa debe sucumbir justo en el momento en el que debe sucumbir, dijo sofocado y se llevó a la boca su inhalador.
El trabajo de Andrea y de Febe durante la ausencia del abuelo iba a ser cuidar las urnas. Febe no había entrado antes al Museo. El abuelo no la había dejado, creía que podía asustarse y que no estaba lista para entender los procedimientos mediante los cuales el feto era extraído del vientre y reacomodado en las urnas. A grandes rasgos se podía decir que el Museo preservaba la vida fuera del vientre como si siguiera en el vientre (sin vista, oído, gusto, olfato o tacto). Una vez operada y puesta en una urna, la criatura podía existir en paz consigo misma y con Dios, libre de tormentos. Ninguna criatura reducida había muerto y se sospechaba que en condiciones idóneas podían vivir para siempre, como algunas anémonas de mar.
Febe se detuvo en un armadillo del tamaño de una rata. Sus escasos pelos tenían el grosor de pelos corrientes. Las patas estaban atrofiadas a causa de nunca haber sido usadas y las garras crecían afiladas e inútiles en la carne. Debían ser cortadas cada cierto tiempo. Eso no lo tienes que hacer tú, aclaró el abuelo justo antes de usar su inhalador para el asma. Solo tienes que alimentarlo con una jeringuilla ordinaria y limpiar la urna. Febe miró a su hermana Andrea, parecía escuchar con tedio las instrucciones, como si las hubiera escuchado ya miles de veces.
El orden de un museo (como el de una biblioteca) en cierto modo es el mapa de una concepción del mundo: un museo reproduce en sus vitrinas divisiones de saberes, la geología, la astronomía, la botánica. Las categorías son siempre provisionales y utilitarias, por eso las autoridades del Museo las desechan y ponen cada urna en el lugar que encuentren libre. Cuando lo oía hablar así, a Febe le parecía que su abuelo era un demiurgo, con su barba blanca y sedosa. ¿Vas a mostrarme la otra parte?, le preguntó y el abuelo soltó un suspiro y miró a Andrea, como buscando una aprobación. Andrea afirmó con la cabeza. Su hermana menor estaba lista.
Subieron las colosales escaleras de caracol. La luz no parecía viajar en línea recta, sino curvarse en una espiral de aire y desaparecer en un vórtice negro en el techo, en una pequeña cúpula a la que habían clausurado sus lucernarios. Los largos ropajes del abuelo a veces tocaban los peldaños como navegantes que extendían sus brazos para tocar el agua. El abuelo sacó de su bolsillo una llave fina pero pesada y abrió la primera puerta. El vitral del fondo teñía de rojo, azul y amarillo la transparencia sepulcral de las urnas humanas.
El hombre más viejo, de doscientos años, era anterior a la construcción del palacete. Tenía el tamaño de un feto. Su piel se había arrugado y se había llenado de manchas. Febe se fijó en sus diminutos dientes y en los pelos que le crecían en las orejas. El anciano respiraba. Las costillas se agrandaban y contraían de un modo casi imperceptible. En sus doscientos años de vida aquel hombre diminuto jamás había sido perturbado por el mundo, por tanto, todo lo que había en él, en su misterioso e infinito pensamiento, había sido entregado por Dios. El abuelo dio una larga bocanada a su inhalador y dijo unas palabras sagradas. El paraíso no está en el paraíso, sino en los hombres. Y el infierno no está en el infierno, sino en el mundo. Nuestros sentidos son una puerta al infiero, y nosotros, Febe, cuidamos a la humanidad desde el infierno.

(...)
Este es el inicio de una novela corta.
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