El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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lucia
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por lucia »

Artifacs escribió: 17 Oct 2021 21:54
lucia escribió: 17 Oct 2021 20:42 ¿Tribus celtíberas? :lol: :lol:
Eres un lince. Y yo pensando que nadie se daría cuenta.
Es lo que tiene leer algo de novela histórica, que de ver los mismos nombres varias veces, alguno acaba por quedársete en la memoria.
Nuestra editorial: www.osapolar.es

Si cedes una libertad por egoísmo, acabarás perdiéndolas todas.

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Cuentos Peques
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por Cuentos Peques »

de nada :hola:
Escritor de Relatos Cortos y Microrrelatos :60:
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Artifacs
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por Artifacs »

Capítulo 5

Separó el dedo de la mano y Merguíades cerró los ojos con una mueca de dolor.

Le ardía la mano izquierda. En la derecha aún sujetaba el puñal acasio. Perdió pie durante un instante y cayó de bruces sobre un suelo de madera, el puñal escapó de su mano. Abrió los ojos a la oscuridad para mirarse la herida. Con la mano delante, la examinó asiéndola por la huesuda muñeca. La luz era escasa en la estructura en la que se hallaba, pero bastaba para distinguir formas y tonos a corta distancia. La sangre surgía de la mano y le bajaba por el antebrazo. Una bruma densa y gris tapizaba la noche que la luna de Kóser vigilaba en lo alto. Rachas de viento sorteaban altos y finos postes paralelos, separados por tan escaso espacio que apenas podría sacarse un brazo entre dos de ellos.

En la noche crujía perezosamente la madera y resonaban apagados gemidos de hombres y mujeres a pocos pasos detrás de él.

Un jirón arrancado de la camisa de lino mervitio hizo buen servicio como venda para la herida y le dio calma para pensar.

Había escapado de esa bruja. El Guardián lo había transportado a otro lugar. Pero no a su casa, como él le había pedido. La estructura en la que hallaba se movía con el estertor de una gran carreta sobre un camino pedregoso.

Se pusó en pie y miró a su alrededor girando con pasos cortos y sin ceder presión en el vendaje. La bruma y la luz ofrecían solo unas brazas de visión a su alrededor. El exterior de los postes era indistinguible en la noche. Caminó unos pasos hacia los débiles gemidos.

Había personas cerca, pero Merguíades no oía pisadas ni movimientos que indicaran actividad alguna. Tras dar unos pasos vio un cuerpo tendido bocabajo, el gruñido de la caída llamó su atención. Se acercó a la mujer y se arrodilló a su lado para voltear el cuerpo. El arañado rostro de ojos cerrados era el de una joven de quizá de unos treinta años. Iba ataviada con el uniforme de la milicia cratana. En el costado derecho tenía clavada a medias una tosca daga de hierro. Junto a la vaina vacía de la espada había sujeta al cinto una cartuchera de cuero como la que los mensajeros usaban para despachos, órdenes o documentos varios. Estas cartucheras solían contener también quintaesencias, medicinas y elixires. Merg intentó abrir la correa, pero el cuero estaba hinchado por la humedad y se resistía a resbalar por la hebilla. Había que tirar del cuero y sujetar la hebilla al mismo tiempo, una maniobra complicada para realizarla a una sola mano. Al dar violentos tirones a la correa de la cartuchera, la joven miliciana abrió los ojos con un semblante de horror. Al ver al anciano y notar lo que este intentaba hacer, echó ambas manos a la cartuchera por acto reflejo. Merg estaba tan sorprendido como la mujer y se retiró del cuerpo mostrando las palmas a modo de disculpa. Aún protegiendo sus posesiones, la joven movió los ojos a su alrededor, incapaz de alzar o mover mucho la cabeza.

—No quiero hacerte mal, hija, - susurró Merg. —Soy un miembro del Consejo. Estás a salvo.

Con voz rota y seca habló la miliciana mirando a ese anciano que vestía ropas de noble: —Nadie está a salvo.

—¿Qué te ha ocurrido?

—Ayúdame a... La mujer intentó levantarse, pero un punzante dolor en el costado se lo impidió. Gruñó de dolor y quedó sin respiración, terminó la frase moviendo un dedo hacia arriba.

Merg la ayudò a incorporar el torso. La miliciana vio la daga en su costado derecho y la asió por el mango con la mano diestra. Tomó aire y la extrajo con un gruñido y un fuerte tirón. Examinó a la luz de la luna y durante unos segundos la hoja del hierro antes de clavarlo con odio en la madera del suelo a su lado.

—¿Dónde estamos? - preguntó Merg.

La miliciana miró al noble de soslayo y con los brazos caídos, como ebria, y habló respirando con dificultad: —¿Dónde crees tú que estamos, viejo? - Resolló un suspiro: —En el Infierno.

—El Infierno está en muchas partes, - replicó Merg; —¿Eres de la milicia fronteriza?

—Exploradora del norte, - tomó aire; —Nos capturaron al atardecer al otro lado de las cimas rocosas, a seis leguas del Paso de Gayena.

—Bendita sea la diosa, - susurró Merg al saber que estaban a menos de una semana a caballo del enclave fronterizo.

—¿Cómo ha acabado aquí dentro un miembro del Consejo?", dijo la mujer examinando la elaborada solapa de la chaqueta bordada de Merg. —¿Eres embajador mervitio?

—Larga historia que contar. Soy cratano. ¿Dónde estamos, hija? ¿Hacia dónde va esta jaula de grillos?

—¿Te has dañado el cerebro? - dijo ella. —Estamos detrás de las líneas enemigas. Esta caravana de esclavos cierra la marcha hacia el enclave.

Merg ponderó con horror esas palabras: —¿Qué enemigos?

—Incursores bárbaros. Huestes de jinetes. Guerreros. Y brujas. Y chamanes. Por millares. Con bueyes y mulas de carga y carretas y torres, y jaurías de bestias. Y engendros, demonios altos como árboles. El enclave fronterizo no resistirá.

—¿Bajo qué estandarte?

—Bajo muchos. Más de los que conozco. Vúrgolos. Carpetanos. Y oretanos y jacetones. Caristios, gátibros y muchos otros.

—Eso es imposible.

—No vi a Su Excelencia por aquí.

—Esos pueblos se odian.

—¿No llegan nuestros despachos a Cratón? Llevamos meses avisando al Consejo del extraño comportamiento de estas tribus.

—¿Qué visteis?

—Migraciones, alianzas, rituales de celebración.

—¿Celebración?

—La llegada de lo que llaman Hukulugh.

Merg se estremeció al oír esa palabra lugana: el Hijo de Hukul.

La mujer se esforzaba ahora por mantener los ojos abiertos y la cabeza erguida: —Mira. Tenemos un campamento oculto. Está a cinco horas al norte de aquí. Es un punto de encuentro. Si puedes escapar y queda alguien vivo, allí podrán ayudarte ¿Sabes leer marcas de senda?

—Si.

—Entonces, lo encontrarás.

—¿Y cómo se puede escapar de aquí?

—Durante el día relajan la guardia. A muchos de los bárbaros no les gusta la luz del sol. Estos esclavos llevan aquí días trabajando en un agujero en el suelo de esta carreta, pero hay que ser discretos.

—¿No vendrías tú conmigo? ¿Adónde piensas ir, hija?

—A ninguna parte, - señaló la daga que había clavado; —Pusieron veneno en la hoja. Tendrías que caminar hacia el Norte. Cuando llegues a las rocosas, sigue la ladera de piedra roja en dirección Este y busca la marca del Escarpe. Sigue la marca a partir de ahí.

—Eres valiente, hija. ¿Cómo te llamas?

—Máver Tuek. Trilladora del Tercer Destacamento de Exploradores. Avisa al Consejo, viejo. La frontera no resistirá si no envían pronto a las cohortes.

—¿Máver Tuek? ¿Eres la hija de Crag Tuek?

—Sí.

Merg se abalanzó entonces hacia el costado herido de la muchacha y empezó a retirarle las correas del peto. Ella le apartó las manos: —¿Qué haces?

Merg insistió: —He visto muchas heridas. Soy una especie de galeno.

—Ya han pasado muchas horas, - dijo Máver ayudando al viejo a retirar las correas para dejar holgado el peto. —No puedo mover las piernas.

Merg le levantó la camisa con cuidado y empujó suavemente el hombro de la paciente: —Túmbate despacio. Necesito más luz.

Máver obedeció y quedó mirando los barrotes del techo de la jaula mientras Merg examinaba la herida: —Tendrías que ser un mago para poder curar la parálisis venenosa de esas armas. - Movió los ojos hacia el rostro del viejo.

Merg levantó la cabeza para mirarla: —Bueno, resulta que también soy una especie de mago.

[Fin cap. 5]
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Capítulo 6

Tras hablar con Rahijá Fajir en el bazar de Cratón, Feraya regresaba en carruaje a su casa mientras la capital se bañaba en un océano de luz.

Los carros de mercaderes transitaban las arterias de la ciudad. Los artesanos pertrechaban sus talleres con las telas, tintes, esencias, piedras y todo tipo de lujosas mercancías traídas de las lejanas colonias. Los tenderos ofrecían reses, aves, quesos, vinos y peces frescos del día.

Y las gentes de Cratón atendían sus risueñas vidas ajenas al peligro que las acechaba.

Pues poco a poco, como el lento y silente deshielo de un glaciar, las montañas que oteaban como pacientes gigantes las lejanas murallas de la capital se infestaban de monstruosas alimañas.

El onagro crecía latiendo en su crisálida como un corazón inmundo, negro, viscoso, hambriento sin medida. Y en cada latido un creciente mar de sangre invisible se extendía hablando un idioma insepulto, vetusto, lúgubre y preciso.

Un idioma que bramaba: Aquí hay PODER.

Y atraídas por esa tácita promesa de maligna prosperidad, tenebrosas criaturas de lejanos abismos habían abandonado sus guaridas y recorrido leguas de oscuras trochas, de fangosas marismas, de subterráneos pasadizos hacia el impío territorio del onagro.

Hacia la impía Cratón.

Abkura advertía estas migraciones como una distante bruma de éxtasis a su alrededor. Mientras ascendía por los soleados y pedregosos caminos de estos gigantes rocosos, sentía oscuras presencias ocultas tras las rocas de las lejanas laderas al Norte, bajo las raíces de los árboles del valle al Este, en las grutas de las cumbres nevadas al Sur. Y al Oeste, el radiante Mar del Ocaso lamía la costa de Cratón con insistentes lenguas de argén y turquesa. Bajeles con la bandera de la Primera Cohorte vaciaban sus bodegas y vomitaban tropas cratanas hacia el puerto por largos puentes sobre la escollera.

El general Crag Tuek había llegado por fin a la capital.

Pero sería Canosa quien se encargaría de él, Abkura tenía otros problemas que resolver entre estas montañas.

La marchita y decadente Orden de Hukul había conspirado, torturado y asesinado a mucha gente importante durante décadas de minuciosa investigación. Muchas hermanas se habían sacrificado por un único propósito.

Recuperar el poder que los buitres cratanos habían arrebatado a la Orden al expulsar a las huestas luganas muchos siglos atrás.

Recuperar el Portal de Lugh.

Abkura había estudiado desde la infancia planos antiguos y recientes de la región de Cratón y sabía que en alguna parte de estas agrestes montañas por las que ahora ascendía se encontraban las ruinas de la antigua ciudad de Lugh. Pero la Orden había explorado sigilosamente cada palmo del valle muchas veces y no había hallado ninguna clave definitiva.

Ella estaba segura de que el portal aguardaba enterrado en el interior de alguna mina de hierro del centenar que perforaban estas montañas.

El portal aguardaba.

Los sabios historiadores de la región acasia de Irisna aún escribían volúmenes en los que se explicaba que un milenario portal sagrado había sido construido por nómadas luganos establecidos en estas regiones. En muchos de dichos volúmenes, por supuesto, se dudaba de la existencia de tal portal, pues era causa contínua de controversias entre los eruditos.

La razón de esto era sencilla: la descripción del portal recogida en diversos incunables por todo el continente correspondía sin duda a la de una construcción de magnífica artesanía, muy superior a la imaginación y empeño de unos rudimentarios luganos nómadas que no sabían entonces ni arar los campos.

Los secretos de la Orden de Hukul eran como los pactos con los Dioses: nunca se pronunciaban a la ligera. La Orden guardaba celosamente la verdadera historia del portal, la historia que resolvía con una sencilla frase ese misterio indescibrable.

El portal lo había imaginado la misma mujer que había ordenado a los luganos construirlo.

¿Y esa mujer? También la Orden tenía respuesta a eso, y a muchas otras: la mujer era Ella, la primera hechicera de Hukul.

Hukul. Un nombre extraño para un Dios.

Los eruditos habían escrito también mucho sobre Hukul, sobre sus signos y sus posibles orígenes. Abkura no había leído ninguno de esos volúmenes. Sabía que ninguna hermana se molestaba en leer esas absurdas fabulaciones. Poco de lo que se hallaba escrito en esos tomos era cierto, y la única parte que honraba a la verdad era que un encuentro con el nombre de Hukul no era deseable.

El nombre de esta deidad no retrocedía hasta tiempos inconcebibles. No había nacido del desamparo y el pavor. No había sido fruto de una imagen inexplicable. No había germinado de nada tan prosaico como la caída un rayo sobre un arbol y la posterior transmutación de este en un brillante fuego abrasador. No había sido revelado por las eternas esencias. No había sido entregado a los mortales.

El nombre lo había imaginado Ella. Y condensaba en dos sílabas un sueño, la alquímica sublimación de sólido anhelo en vaporosa realización, en ulterior potencia definitiva.

Hukul era el Crisol del Cosmos.

Hukul no moraba en el yermo del abismo inferior. No habitaba en el palacio de las esferas celestes. No precisaba de templos ni de ofrendas ni de oráculos. Hukul residía en cada hechicera de la Orden y les exigía una única cosa: completa devoción a sus signos.

Abkura había imaginado a Hukul siendo muy niña. Lo había creado en su secreto y penoso transitar sobre los abrojos de la consciencia incompleta. Todas las hermanas de la Orden compartían ese imposible vínculo entre ellas y su Hukul concebido. Por eso la Orden no podía separarse aun cuando, por acaso, existiese volición y consenso.

Pero la Orden estaba muriendo. El poder de Hukul se disipaba entre los orbes de la realidad como los recuerdos entre las fisuras del intelecto senil.

Y por ello, desde el Norte avanzaban blasfemas hordas para impedirlo. El pastor había reunido ovejas descarriadas y las guiaba hacia el cubil negro del feroz lobo cratano. El pastor las había provisto de armas y conjuros, de causas y promesas, había susurrado en sus oídos victorias y recompensas.

Y mientras Abkura salvaba las cornisas y peñas en su marcha hacia la cima rocosa, las ovejas marchaban dichosas por carreteras imperiales blandiendo hierros sendientos para capturar exclavos, arrasar los campos, quemar las villas y babear cánticos de sumisa adoración a su líder.

Adoración a Hukulugh.

El Hijo de Hukul. La aberración imaginada por todas las hermanas de la Orden para este particular momento de necesidad.

Imaginado inmortal, Hukulugh era quimérico. Tenía cuerpo de hombre, cabeza leonina, enormes alas de murciélago y larga y afilada cola de reptil. Su fuerza era la de cien guerreros. Su altura igualaba la de cuatro lanceros de infantería cratanos. Podía sortear de una zancada la embestida a caballo de treinta jinetes. Superaba corriendo el vuelo de cualquier halcón. Volaba más rápido que el aire de una ventisca. Blandía martillo y espada, magníficos y temibles. Conocía sortilegios y pactos, madiciones y plagas.

Hukulugh era un destructor de ejércitos.

Abkura llegó a la cumbre del cerro que miraba al Oeste hacia el Desfiladero del Colmillo y al Este hacia el vasto cañón del valle que el delta del río tintaba de fértiles glaucos, cristalinos azules, pétreos ocres y azabaches.

Por encima del dosel tropical del valle, Abkura divisaba las laderas rocosas del cañón salpicadas de diminutas bocas negras llenas de actividad. Un millar de esclavos sacaba día y noche de esas bocas en toscas carretas toneladas de piedra, vigilados por numerosos capataces fuertemente armados que velaban por los intereses de Merguíades Tahik.

Según los mapas que había conseguido de los canteros, Abkura tenía que hallar un modo de entrar en tres esas bocas de la ladera Este, la ladera más lejana a la costa.

El portal la estaba esperando. Abkura pensó que sería más seguro esperar unos días, hasta que las montañas se llenaran de monstruos, y entrar en las minas durante la confusión de la noche.

Mientras tanto podía ayudar a Hukulugh con su misión en la frontera del norte.

[Fin cap. 6]
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Capítulo 7

Cercano el mediodía, Larima, Guaril y Juna estaban reunidas en la alcoba de Feraya viendo cómo su hermana pequeña se preparaba para un viaje fuera de la ciudad.

Feraya estaba sacando ropas y colocándolas en un pequeño baúl de viaje.

Sosga, la segunda de mayor edad y la única casada, entró en la alcoba a grandes zancadas: —¿Qué es esa historia de que te vas de la ciudad? ¿Adónde vas? - se paró de brazos cruzados junto al ropero.

Quien respondió fue Guaril, la cuarta en edad y cuatro años mayor que Feraya. Estaba sentada en un banco frente al tocador y se cepillaba coquetamente el largo cabello negro: —Dice que sale a buscar noticias de padre.

—Eso ya lo sé, - replicó Sosga irritada; —Pero ¿adónde?

—Voy al enclave fronterizo del norte, - dijo Feraya examinando una capa negra de ante y evaluando su utilidad.

Larima estaba sentada en la cama, observando como un gato cada movimiento de la benjamina.

Juna, gemela de Guaril, curioseaba las prendas del interior del ropero y sugería vestidos y adornos que Feraya rechazaba educadamente.

—¿Al enclave? ¿Y por qué vas allí?

Guaril habló al espejo: —Va al enclave a preguntar por padre.

—Y esto no lo entiendo, - insistió Sosga. —¿Cómo sabes que padre está bien si no sabes dónde está?

Guaril habló al espejo: —¡Pero Sosga, Feraya sabe que padre está bien!

Sosga giró la cabeza hacia Guaril: —Eso es lo que he preguntado, cabezahueca.

Feraya dejó la capa en el baúl y, de vuelta al ropero, rechazó una diadema de rubíes ofrecida por Juna, quien se puso la diadema y fue a mirarse al espejo junto a Guaril.

—Porque fui a ver al noble Rahijá Fajir, - Feraya sacó del ropero unas botas negras a juego con la capa.

Guaril habló al espejo: —Rahijá es el dueño del bazar.

—¿Y él cómo lo sabe? - insistió Sosga.

Juna volvió al ropero a probarse un colgante y unos pendientes.

—Me dijo que eso eran asuntos privados, pero que confiara en él. - Feraya dejó también unas botas negras a juego con la capa y volvió al ropero.

Guaril habló al espejo: —Su nieto Irajín también trabaja en el bazar. Es muy apuesto.

—No me gusta esto, Feraya, - opinó Sosga; —Tú eres muy joven para ir sola tan lejos.

Feraya se detuvo y encaró a Sosga: —He viajado más lejos que todas vosotras juntas. Para mí no está tan lejos.

Guaril habló al espejo: —Yo fui muy lejos una vez. A Mervitia.

—Sí, Feraya, pero no viajaste sola, - dijo Sosga; —Siempre te guió alguien.

—No necesito un guía para ir al enclave. He ido allí muchas veces.

—Pero nunca sola, - insistió Sosga; —Allí vive gente peligrosa, Feraya. No puedo permitir que vayas allí, lo siento.

Guaril habló al espejo: —Es mejor que Feraya no viaje sola.

—Tengo que ir. Y no estaré en peligro.

—Eso son tonterías. No vas y fin de la discusión, - concluyó Sosga como si hablara a una de sus hijas pequeñas.

—Pues sí voy y fin de la discusión, - Feraya imitó el mismo tono.

—En esta casa harás lo que yo te diga, - amenazó Sosga.

—Tú ya no vives en esta casa. No tengo por qué escucharte.

Sosga gruñó y miró a Larima: —¿Y tú? ¿Vas a quedarte ahí callada y dejar que nos maten a la niña sola por los caminos?

Larima se miró las manos antes de levantar la mirada hacia Feraya y exclamar airada: —¡Por supuesto que no! ¡Feraya no puede ir sola al enclave!

Feraya se giró boquiabierta hacia Larima.

Larima continuó, pero esta vez mirando a Sosga y dándose un golpe en el pecho: —¡Por eso yo viajo con ella!

Feraya parpadeó, insegura de si había oído bien o si había imaginado las palabras de Larima.

—¿Qué? - Sosga no daba crédito; —¿A qué estáis jugando vosotras dos?

Guaril habló al espejo: —Es mejor que viajemos todas con Feraya.

—¡Bien dicho, Guaril! - Larima se levantó con esfuerzo de la cama alzando un dedo al cielo: —¡Esta familia tiene que estar unida! ¡Tanto para lo bueno como para lo malo!

—¡Eso! - replicó Sosga lanzando las manos al aire: —¡Que os maten a todas por un capricho de la niña!

Larima se acercó a Sosga moviendo un dedo acusador: —¡Yo poseo una banda de mercenarios! ¡Feraya sabe moverse por los caminos! ¡Juna es muy diestra con el arco! ¡Guaril...! - miró hacia la mentada como si eso sirviera de inspiración; —Guaril...

Guaril habló al espejo: —Yo canto y sé tocar la guzla.

—¡Guaril nunca causa problemas! - decidió Larima al final apartando la cuestión con la mano.

—¡Qué bonito! - replicó Sosga. —¿Y quién va a cuidar de la casa? ¿Quién va a dirigir al servicio? ¿Quién va a atender los...?

—Puedes mudarte tú aquí unos días - interrumpió Feraya. —Aún hay cosas tuyas que querías llevarte de todos modos.

—¡Pues ya está decidido! - concluyó irritada Larima. —¡Feraya, ayuda luego a tus hermanas con su equipaje! ¡Yo tengo que informar al servicio y al montero de que Sosga se quedará unos días! - Salió de la alcoba sin mirar atrás.

Guaril dejó el cepillo y se levantó del tocador: —Vamos, Juna. Yo te diré lo que hay que llevarse. - Las gemelas salieron corriendo de la mano.

Feraya incluyó algunas prendas más a su equipaje mientras Sosga aún estaba perpleja por lo que había sucedido a su alrededor en el último minuto. Cuando la pequeña cerró el ropero y se dirigía al arcón donde guardaba efecfos personales, Sosga salió del trance: —¿Qué te dijo Rahijá exactamente?

Feraya abrió el arcón y habló sin mirar a Sosga: —No puedo decírtelo. Me dijo que no hablara de eso con nadie y que padre no estaba muerto.

—Si no me lo dices tú, iré yo misma a preguntárselo. ¿Por qué no me ahorras el paseo?

—El noble Rahijá está haciendo todo lo que puede para encontrar a padre. Si padre vuelve o envía algún mensaje, ve a hablar con él.

—¿Y cómo os aviso a vosotras?

—Rahijá me avisará, - Feraya sacó una bonita pulsera del cajón y la dejó sobre el baúl, se pausó para pensar sobre su equipaje y se dio por satisfecha. —Voy a ayudar a las gemelas, - salió de la alcoba.

Sosga suspiró y se paseó sola y pensativa por la habitación. Empezó a repasar las tareas que tendría que realizar en la casa. Al cabo de poco su mirada quedó atrapada en la bonita pulsera sobre el baúl. La recogió para verla de cerca. Parecía hecha de oro, pero era muy ligera. Su forma era sencilla, una fina banda dorada en forma de C muy cerrada. La banda tenía engarzadas siete pequeñas gemas del tamaño de una uña, con talla esférica, transparentes como diamantes, salvo por cuatro de ellas, que parecían diamantes huecos en los que un huracán de polvo rojo se enroscaba y serpenteaba lentamente en el interior como un animal enjaulado.

Sosga tomó entonces la banda con la mano izquierda, encogió los dedos de la mano derecha y empezó a meter la mano por el hueco de la pulsera.

—¡No! ¡Sosga, no te la pongas! - gritó Feraya corriendo hacia ella.

Sosga dio un brinco y sacó la mano, —Ay, chica, - miró asustada a su hermana.

Feraya tomó la pulsera y sonrió, —Perdona, es que es... - salió andando mirando atrás hacia Sosga y mostrando la pulsera con una sonrisa tímida. —No es mía. Me la han prestado.

[Fin cap. 7]
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Capítulo 8

El Palacio del Consejo era un majestuoso edificio de varias plantas con un domo circular que culminaba el hemiciclo en la parte alta de Cratón. Poseía hermosas vistas del acantilado. Era un palacio digno donde atender los asuntos de orden para velar por la expansión y la cohesión del imperio.

Crag Tuek se hallaba junto a su comandante en la sala de guerra del palacio. A sus cincuenta años aún conservaba buena parte de la musculatura y constitución que en su juventud le habían brindado una temible reputación como adversario en el campo de batalla. De pie ante la gran mesa de estrategia, movía sobre el mapa las piezas de tropas y flotas hacia sus actuales posiciones en el sur.

—La última campaña ha sido un éxito parcial, - explicó Crag a Darek Gokh, su fiel y veterano asesor en la capital. —Pero confío en que el Consejo acepte reforzar el frente enviando a las cohortes acuarteladas aquí en Cratón.

El comandante habló: —El Consejo está ocupado ahora con asuntos más urgentes.

Apoyado en la mesa con ambos brazos, Crag alzó la cabeza hacia Darek, al otro lado de la mesa frente a él: —Darek, mi buen amigo. ¿Qué hay más urgente que la conquista?

—Desde hace días ocurren cosas extrañas cerca del Desfiladero del Colmillo. Se dice que Merguíades Tahik fue asaltado por bandidos.

—Merg tiene a su servicio a los mejores mercenarios túrdolos y sordanos. Si ese viejo zorro tiene algún problema, no será con los bandidos.

—Aún así, no ha comparecido hoy en el hemiciclo. y algunos ciudadanos han informado de familiares que no han regresado a casa después de haber pasado cerca del acantilado.

—¿Eso es todo? ¿Se escribirá en los libros de historia que fueron los borrachos que no vuelven a casa a su hora quienes frenaron la expansión del imperio?

—El Consejo está nervioso, pero también hay otros asuntos.

—¡Pues habla! ¡Tengo una campaña que ganar en el sur!

—Ergio no ha ido a los barracones esta mañana. Nadie ha visto al capitán desde anoche. Tus enemigos en el Consejo ya están extendiendo rumores de traición.

Crag ponderó esas palabras: —¿Traición? Mi hijo no es un traidor. ¿Qué disparate es este? ¿Os habéis vuelto todos locos?

—Me temo que las acusaciones podrían ser ciertas. Esta mañana...

—Vigila tu lengua, Darek, - interrumpió el general. —La grandeza del imperio reposa en el sudor y la sangre de mis antepasados. Mi familia es respetada en todo...

—¡Crag Tuek! - interrumpió a su vez el hombre, —De eso no hay duda y jugará a vuestro favor. Pero hay algo que debes saber. Cuando se me informó discretamente de la ausencia del capitán Ergio, no pude creerlo. Fui personalmente a sus dependencias. No lo hallé allí, pero sí hallé mal oculta una gran saca de cuero llena de despachos. Poco después llegó a puerto tu flota.

—¿Despachos de quién?

—De los exploradores del norte. Todos los mensajes de esos destacamentos que van dirigidos al capitán de las cohortes en Cratón. No sé por qué tu hijo los escondió, pero los ha estado guardando desde hace meses.

—Los ha estado guardando, ¿y qué traición hay en eso?

—Tu hijo no ha informado de ellos al Consejo. Ni siquiera los ha leído, no ha roto el sello de ninguno de ellos.

—¿Qué disparate es...?

—Tengo esos mensajes en mis dependencias, Crag. Eso os hará ganar algo de tiempo. Pero deberías leerlos y averiguar qué está pasando antes de responder ante el Consejo.

—Tú eres quien ha estado aquí todos esos meses. ¿Qué crees que está pasando?

—Creo que esto es un ataque directo al nombre Tuek. Quieren destronarte, Crag. Te sugiero que empieces consultando tu lista de enemigos.

Crag quedó deliberando en silencio. Conocía bien a las personas que ansiaban su caída. Varios mercachifles, feriantes y usureros del Consejo envidiaban su puesto y privilegios, pero esas ratas solo envidiaban la parte compensatoria del trabajo. Esas serpientes solo envidiaban las lucrativas comisiones de astilleros, canteras y metalurgias, no el dolor, el coraje y la sangre que era menester derramar en un campo de batalla.

Sí, él había colmado de oro durante décadas las ya engrosadas arcas de los Tuek, pero había retribuido al imperio cien veces lo recaudado. Y había dado seguridad, futuro y gloria al pueblo cratano. Había honrado y honraba la memoria del clan Tuek. Clan antiguo y noble, valiente y sabio, que había reunido siglos atrás al resto de clanes cratanos y los había guiado hacia la conquista del sueño imperial que era hoy una realidad.

¿Quién podía llamar traidor a un Tuek?

Maveria y Ergio eran cratanos ejemplares. Él y su esposa se habían asegurado de ello. Tenía que hablar con Ergio. ¿Dónde diablos estaba ese muchacho?

—Tengo que hablar con Ergio, Darek.

—He hecho llamar a algunos de sus amigos más cercanos. Si el Consejo no ha cancelado la reunión de esta tarde en el hemiciclo, deberías dedicar la mañana a leer esos despachos.

—¿Por qué iba a cancelarla?

—La sesión de hoy fue... interrumpida. ¿No has subido hasta el Patio de los Ancianos?

—No.

—Es imposible respirar allí arriba. La brisa del mar trae una pestilencia que asciende por esa parte del acantilado.

—¿Causada por qué?

—La milicia ha partido en dos esquifes para explorar toda la costa. Creen que puede ser el cadáver de alguna gran bestia marina que ha quedado varada entre las rocas.

—Ballenas y borrachos. - Crag rió con ironica introspección. Luego se encaminó hacia la puerta de la sala diciendo: —Vamos, Darek. Quiero ver esos mensajes.

Los dos hombres salieron del palacio seguidos por la escolta de confianza del general. Entraron a caballo poco después en la zona militar acuartelada donde se hallaban las dependencias del comandante Darek. Una vez en las dependencias, mientras Crag cerraba la puerta tras él, Darek sacaba la saca llena de despachos y la volcaba derramando sobre la mesa decenas de pequeños rollos de papel lacrado.

Crag se acercó una silla a la mesa: —Siéntate, Darek.

Darek se sentó frente al general y tomó un rollo al azar. Lo abrió y comenzó a leer en silencio. Crag empezó a abrir rollos y a ordenar por fecha las hojas sobre la mesa, diciendo: —Veamos primero los de la última semana o nos llevará toda la mañana.

Los dos hombres leyeron con extrañeza la última semana sobre la situación en la frontera. Una nueva amenaza se gestaba en el norte, sí, pero tanto Crag como Darek coincidían en que ni diez mil bárbaros de esas blasfemas tribus podía hacer frente a mil soldados cratanos.

—Este misterio me supera - exclamó Darek. —¿Sabía acaso Ergio lo que había escrito en estos despachos y por eso los ignoró?

—Esa es la duda que blandirá contra mí quien ha urdido todo este enredo. - respondió Crag.

—¿Y ese nombre te dice algo? - continuó Darek. —¿Algún cacique bárbaro?

—¿Qué nombre?

—Un líder que llaman... ¿Hogulún?- Darek rebuscó rápido entre la pila de hojas hasta encontrar el mensaje en cuestión.

Crag le arrebató la hoja de inmediato, —¿Hukulugh? - leyó la palabra y, palideciendo, susurró: —Que Gayena nos guarde.

[Fin cap. 8]
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Muy buen relato :60:
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por Artifacs »

Cuentos Peques escribió: 24 Oct 2021 12:20 Muy buen relato :60:
Gracias. :cunao:
No me gusta mucho cómo ha quedado este capítulo. Empecé con una idea y se está torciendo un poco la trama hacia otros derroteros. Esto de escribir en plan NANOWRIMO es lo que tiene, acusa la coherencia.

El siguiente capítulo está más en la línea de lo que busco en cuestión de estilo y ambientación.
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por Cuentos Peques »

Te Pasa como ami, Algunos de mis relatos, también se tuercen, pero otros son mejores, en la vida de cada escritor, tenemos unos que estamos mas inspirados y otros menos, pero escribir es muy bonito y cada obra que escribimos es un regalo para nuestro ser :60:
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por lucia »

La trama cobra vida propia :lol: :lol:

Por cierto, vaya empuje el de Feraya.
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

Mensaje por Artifacs »

Cuentos Peques escribió: 24 Oct 2021 13:42 Te Pasa como ami, Algunos de mis relatos, también se tuercen, pero otros son mejores, en la vida de cada escritor, tenemos unos que estamos mas inspirados y otros menos, pero escribir es muy bonito y cada obra que escribimos es un regalo para nuestro ser :60:
Estoy de acuerdo con eso :60:
lucia escribió: 24 Oct 2021 18:16 La trama cobra vida propia :lol: :lol:
Cierto. Al final son los personajes quienes se rebelan y crean la historia. :lol:
lucia escribió: 24 Oct 2021 18:16 Por cierto, vaya empuje el de Feraya.
Va lanzada, sí. A ver cómo cruzan las montañas de Cratón las cuatro hermanas.

Ahí va el 9

Capítulo 9

Una larga oruga de polvo reptaba tras la extensa caravana de esclavos que atravesaba el cañón del Paso de Gayena. En lo alto, el sol estival cocía el amplio valle desértico que separaba las dos altas cadenas de pizarra, caliza y granito. El cielo lucía su domo de azules y turquesas con un calor inclemente, seco como el aliento de una fragua. Grandes ruedas de madera y hierro cantaban su estridente marcha para deleite de las líticas resonancias del cañón.

En el reino de la exigua sombra del mediodía, alacranes espinados observaban con indiferencia el moroso tranco de bueyes, carretas y jinetes. Las víboras cornudas se enroscaban entre las rocas y escrutaban el aire con sus bífidos flagelos. Roedores huían del ojo de milanos, azores y otros monarcas de los vientos.

Y en el reino de la vigilia, Maveria despertaba de un mágico trance.

Tendida sobre el lado izquierdo, con un brazo flexionado como única almohada, abrió a medias los ojos al luminoso esplendor cobrizo de las paredes del cañón. Tras los postes de su prisión rodante, un paisaje familiar la saludaba, agreste, salvaje. El sentir del aire era el del polvo y las piedras, sereno y sosegador. Máver volvió a cerrar los ojos, respiró soñolienta y, con ausente pereza, recogió las piernas hacia el cuerpo.

Ese inocente movimiento la alertó al instante de su anatomía. Abrió los ojos de golpe y bajó la vista hacia las sucias rodilleras manchadas de tierra seca de sus pantalones.

Estiró despacio una pierna y esta obedeció sin queja. Hizo lo mismo con la otra con igual éxito. Escuchó su cuerpo y ningún dolor gritó su protesta. Se aventuró a incorporar el torso, despacio despacio, y apoyó la espalda en los postes. El excruciante dolor de la herida envenenada era ahora un leve entumecimiento, como el recuerdo de una contusión, solo perceptible si forzaba mucho el músculo. Se levantó la camisa y miró el corte, pero no lo halló, bajo la cura de hojas de madremora encontró piel intacta. Solo una fina y desvaída línea verdeazulada contaba la historia de la ferreña profanación.

El viejo había obrado un milagro.

¡El viejo! ¿Dónde estaba?

Máver observó el gran espacio que compartía con otras once personas: nueve hombres y dos mujeres. Las dos mujeres miraban al exterior agarradas a los postes. Parecían buscar a alguien en las otras carretas por delante y detrás, pues emitían de vez en cuando agudos gemidos, como maullidos de gato, y quedaban en silencio en espera de una respuesta. De las otras carretas llegaban gemidos similares como futiles trinos de aves cautivas. Por su aspecto, una de las dos mujeres parecía haber visto tantas estaciones como Maveria, la otra podría ser su madre. Eran bajitas y delgadas. Vestían togas de cortas mangas y velos típicos de los muchos pueblos menguetes del norte.

En cuanto a los hombres en su carreta, eran todos "ratoneros", gente sin raíces que sobrevivía en los desiertos muy al norte del enclave, por tanto, o bien eran monteros o tramperos o bandidos. Llevaban más tiempo que nadie en la carreta y ya parecían pastores de tan ajadas que tenían las ropas. Los ocho se habían separado en dos grupos, como debía de ser su costumbre en su reciente vida de esclavo enjaulado. En un grupo se hallaba Coyén, el más veterano y con quien Maveria había hablado poco después de haber sido capturada y antes de la traidora puñalada de un guardia borracho. Ese ratonero dirigía a los demás en el plan de fuga y estaba sentado en cerrado círculo con otros cinco, todos de espaldas al paisaje, cerca del centro de la carreta. Los dos restantes vigilaban paseando por el perímetro y avisaban si se acercaba algún guardia.

Cuando Maveria vio al viejo sentado y chismorreando con Coyén, sintió mucho más ligera el alma. Ese anciano no solo le había salvado la vida, le había devuelto sus facultades y fuerzas mediante algún arte arcano que multiplicaba por cien los efectos de remedios tan básicos como las hojas de madremora y la esencia de ambidástar.

Y ella ni siquiera sabía su nombre.

Coyén respondió algo al oído del viejo y ambos dieron una muda y discreta carcajada, bajando la cabeza. Los demás en el círculo se sonrieron, concentrados en la furtiva tarea que tenían entre manos.

Máver no había oído las palabras ni entendido el contexto, pero sonrió de todos modos sin saber por qué. El viejo parecía feliz. Pero no era eso, más bien parecía contagiar felicidad y padecer su propia plaga. En ese momento no parecía un Consejero del hemiciclo de Cratón, parecía un ratonero disfrazado de noble mervitio, como si hubiese nacido en el mismo desierto y recorrido las mismas sendas que aquellos hombres. Era delgado y alto, más alto que Coyén y más que ella misma incluso. Y allí sentado mantenía la espalda recta, los hombros relajados. Lo único que delataba su avanzada edad era su voz rasgada y grave, su cabeza calva y la pálida piel arrugada. Tenía ojos vivos y atentos, como si viese en todo una historia velada para el resto de la gente.

Mientras ella le observaba, el viejo alzó una mirada causal y se encontró con la suya. Abrió entonces la boca en una O de sorpresa y avisó al grupo de que iba a abandonar el círculo. Los hombres se movieron para cerrar el espacio vacante y el viejo se acercó a ella.

Se sentó delante de ella con las piernas flexionadas. Maveria necesitaba hablar primero: —No sé cómo lo has hecho, pero gracias. Te debo la vida.

—Y yo te deberé a ti la mía, - dijo el viejo mientras le levantaba la esquina derecha de la camisa y examinaba la herida, —Te necesitaré para escapar de esta, - bajó la tela y la miró con un brillo en los ojos: —Parece que es cierto lo que dicen de ti.

Máver no entendió el comentario—¿Quién dice qué sobre mí?

—Esos de ahí, - señaló con la cabeza hacia los hombres del círculo, —te han visto muchas veces acechando las tribus y moviéndote por el territorio. Te llaman Mateyenda, la protegida por el espíritu del puma.

—Viva la numeración, entonces, - dijo ella con una breve sonrisa, luego dijo seria. —Aún no sé tu nombre.

El anciano fingió decepción, —Oh, ¿de verdad es necesario? Me estaba acostumbrando a que me llamaras viejo.

Ella se sonrojó y espetó una disculpa: —Oye, no lo digo a mal, solo es mi forma de hablar. No lo interpre...

—Merguíades Tahik, - interrumpió Merg con un susurro. —Ese es mi nombre. Pero creo que «viejo» es más conveniente, dadas las circunstancias.

—Entiendo lo que quieres decir. ¿Sobre qué cotorreabas con esos ratoneros?

—Mira detrás de ti.

Ella giró discretamente la cabeza hacia un lado. Desde la retaguardia de la caravana llegaba un grupo de seis jinetes, caristios y llercavones. Los dos bárbaros caristios montaban grandes saurios de correosa piel jaspeada. Esas monturas no eran tan veloces como los caballos, pero eran mucho más resistentes en los desiertos y podían trepar rápido por las laderas de roca. Tenían mucho vigor bajo el calor del sol, pero eran lentos y torpes durante la noche. Aunque, a diferencia de los caballos, los saurios eran carnívoros y no se espantaban fácilmente en un campo de batalla.

Maveria evaluó al grupo, que aún distaba unas diez carretas de ellos: —Cuatro lanceros a caballo. El del saurio en cabeza es un capitán. El otro puede que sea un chamán o un curandero. Los dos caristios escoltan a esos cuatro mensajeros.

—No son mensajeros, - Merg miraba hacia el grupo también, —Hace solo un año esos bárbaros se masacraban entre ellos. Ahora sirven a un mismo cacique. Los he estado observando toda la mañana. Solo son guardias contando carretas y esclavos.

Ella habló sin apartar la vista del grupo, más para sí misma que para el viejo: —Si me hiciera con uno de esos saurios ahora mismo, podría llegar al punto de encuentro antes de que cayese la noche.

Merg la miró y ella giró la cabeza hacia él al notar la mano derecha del viejo sobre su hombro: —Eso es exactamente de lo que estábamos hablando, - dijo Merg. —El plan es este: nosotros los distraemos y tú escapas en uno de esos saurios.

—Un buen plan, - dijo ella. —Pero ¿qué hay de ti? Pensé que tenía que ayudarte a salir de esta.

—Y lo harás. Si llegas a ese campamento, envía un menaje a mi amigo Rahijá Fajir en Cratón. Dile que me has visto en una caravana de esclavos camino al enclave.

—¿Cómo va ayudarte tu amigo, viejo? - dijo Maveria nerviosa. —Serás pasto de saurio o te venderán en un mercado antes de llegar al enclave. ¿Es que ese Rahijá también es mago como tú?

—¡Oh, nada de eso! - Merg sonrió. —Él es mucho mejor mago que yo.

[Fin de cap. 9]
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Bien, bien :mrgreen:
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Capítulo 10

El agujero en la carreta era un circulo tosco y estrecho. Los ratoneros habían roído con cuchillos la gruesa madera, pero el hueco tenía forma de cono, se angostaba hacia el suelo de tierra.

Maveria estaba sentada entre ellos y observaba la obra que tenía entre las piernas: —Aún es demasiado estrecho.

—Baja deprisa, - dijo Coyén frente a ella. —Se acercan.

Ella metió las piernas en el hueco y quedó sentada en el borde. Las botas quedaron colgando a distancia de un salto del suelo. Los dos ratoneros a su lado le sujetaron los brazos por las axilas. Merg vigilaba junto a los barrotes.

—Están a tres carretas, - indicó nervioso el viejo. —Bajadla ya.

—Allá voy, - Máver deslizó la pelvis hacia el hueco y levantó los brazos a ambos lados de la cabeza. Quedó sujeta en el aire por los dos ratoneros. Con el suelo de la carreta ahora bajo el pecho, los ratoneros comenzaron a bajarla. —Más despacio, - protestó ella, —me estoy clavando las astillas.

—Dos carretas, - indicó Merg.

Con los saurios en cabeza, las patrullas cabalgaban despacio a ambos lados de la caravana en filas de tres y se detenían brevemente para inspeccionar a los prisioneros y comentar sobre la mercancía.

Máver tenía ahora medio cuerpo colgando en el aire y la barbilla a nivel del suelo de madera. Sentía presión en el plexo solar y no podía respirar: —Estoy... atorada. Subidme. ¡Arriba!

Los ratoneros le tiraron de los brazos. —No no,- les reprendió Coyén. —Ella pasará.

—Daos prisa, - urgió Merg.

—Me estoy ahogando, - el rostro de Máver empezaba a ponerse rojo. —Es el peto. Quitadme el peto.

Coyén sacó el cuchillo y asintió hacia los dos hombres. Los dos ratoneros tiraron de los brazos para subir despacio a Máver, pero el cuerpo de la trilladora no ascendía.

—Una carreta, - avisó Merg. Se giró hacia las dos mujeres menguetes encerradas con ellos e hizo una seña.

Ellas asintieron, colocaron las caras entre los barrotes y se llenaron los pulmones de aire. Lo soltaron emitiendo un potente y rápido chillido gutural, agudo como el canto de un águila real y modulado en tres notas. Este grito resonó por el cañón hasta leguas de distancia. De las demás carretas surgió entonces un griterío ensordecedor. Cientos de hombres y mujeres menguetes empezaron a emitir largos alaridos y aullidos con una furia salvaje. El cañón se inundó de un clamor de ira que hizo temblar las piedras y levantó al cielo una nube de aves.

En un instante, los caballos de la guardia junto a la gente entraron en pánico y salieron al galope hacia todas direcciones. Algunos guardias, aturdidos por la sorpresa, no acertaron a asirse a las riendas y dieron con sus huesos en el suelo. Otros menos afortunados también fueron arrastrados por la tierra a causa de un traicionero estribo aferrado a una bota.

Al ver esto, las otras gentes en las caravanas sumaron sus voces a la horda de gritos menguetes y el vocerío fue tomando proporciones épicas. El cañón devino en el linchamiento de un tirano, en un coliseo de gladiadores, en un ejército cargando por el campo de batalla.

Con ayuda del resto de ratoneros, lograron izar el torso de la angustiada trilladora y Coyén comenzó a cortar las correas laterales que ceñían por ojales alternos la mitad delantera y trasera del peto de cuero.

Máver, con el cuerpo colgando como un chorizo, respiró aliviada una bocanada de aire y observó el caótico jaleo a su alrededor. Merg también observaba, agarrado a los barrotes y con grandes ojos incrédulos, lo que estaba sucediendo.

Los saurios estaban respondiendo violentamente a la amenaza. A lo largo de la caravana, docenas de ellos estaban atacando las carretas que encontraban más cerca o creían más peligrosas. Embestían los barrotes con los cuernos y los partían, mordían las ruedas, otros saltaban sobre los aterrorizados bueyes que, atrapados en los yugos, luchaban por emprender una huida imposible tirando de las carretas.

Las carretas mismas, jaladas por los bueyes en estampida, iniciaban la fuga en todas direcciones. Guardias a pie corrían tras ellas intentando alcanzar y calmar a las bestias.

Una ágiles manos le arrancaron el peto y Maveria urgió a gritos a los ratoneros, —¡Abajo! ¡Rápido!

La trilladora soltó todo el aire del cuerpo y los hombres retomaron el descenso. Su carreta estaba ahora ganando velocidad. Esta vez no notó las astillas al caer por el hueco. Cuando sacó la cabeza, miró hacia arriba y pidió que la soltaran.

Cayó al suelo y rodó por la tierra en una confusa sombra de polvo. La carreta pronto pasó por encima y Maveria se levantó, cuchillo en mano. El viejo le había regalado su puñal de acero acasio.

El paisaje que vio no era el previsto.

La caravana ya no era tal. Había decenas de carretas orientadas al azar y se alejaban con rapidez unas de otras, dando grandes bandazos. El griterío estaba perdiendo fuerza a medida que los prisioneros decidían invertir sus fuerzas en sujetarse a alguna parte. Algunas carretas habían volcado y derramaban hombres y mujeres en desesperada fuga hacia las laderas del valle. La mitad de los guardias sopesaba aturdida qué acción era más urgente, recuperar las carretas o perseguir a los fugados. La otra mitad iba a pie buscando sus caballos y saurios.

Maveria estaba en medio del valle bajo un sol abrasador. Toda actividad parecía alejarse de ella, caballos, saurios, guardias, carretas... Quedó un instante tan aturdida como los guardias. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir?

Divisó de pronto un gran saurio verde a unos cien pasos de distancia. El animal emergía de una nube de polvo y avanzaba veloz hacia ella. Su jinete era un capitán caristio. Con una mano asía una lanza larga apuntada hacia el frente, con la otra espoleaba al animal. Su postura era de ataque.

La ladera de rocas estaba a otros buenos cien pasos de ella, demasiado lejos para llegar antes de que el jinete caristio la alcanzara. Y además, montaba un saurio, por lo que huir hacia las rocas no iba a servir de mucho.

Tenía que derribar al caristio y hacerse con el animal.

Flexionó las piernas y se agachó con la espalda recta hasta apoyar la mano diestra en el suelo. Giró el torso al levantar el brazo izquierdo y mantener el cuchillo apuntado hacia el jinete a modo de amenaza, el brazo diestro quedaba así oculto al jinete. El caristio bajó un poco la lanza y sonrió ante su cercano triunfo, se enrolló las riendas al antebrazo para azuzar mejor a la montura.

«Eso es,» pensó ella manteniendo la posición, «Ven a por mí.»

Lancero y saurio llegaron a unos diez pasos de ella y la trilladora atacó con la velocidad del rayo. Con tremendo vigor, giró el torso y lanzó la piedra que había recogido con la mano derecha al apoyarla en el suelo. Aprovechó el impulso para apartarse del camino del saurio rodando hacia el lado izquierdo.

La velocidad del jinete sumada a la fuerza con que la piedra había sido lanzada creó un proyectil devastador. La roca impactó en una mejilla. El jinete ni la sospechó ni la vio siquiera. Perdió lanza y sentido al instante y se desplomó de la silla como un muñeco de trapo. Se estrelló contra el suelo y fue arrastrado del brazo por las riendas mientras el saurio continuaba su carrera.

Ella se puso en pie de un salto y dio media vuelta. El cuerpo arrastrado del jinete se alejaba, pero levantaba cada vez menos polvo a su paso. El saurio estaba reduciendo la marcha, tal y como ordenaban las pesadas riendas.

La exploradora corrió hacia el animal con rapidez prodigiosa y alcanzó al jinete caído cuando el saurio se detenía a reposar echado al sol. Asió el brazo roto del caristio y empezó a desenredar las riendas con desesperación.

Pues, por la garganta de roca y a media legua de distancia, cabalgaban refuerzos hacia la desbandada caravana: una veintena de jinetes a caballo.

Con las riendas en su poder, Maveria sorteó la enorme cola y avanzó hacia el escamoso vientre del saurio dionde pendía de la silla un amplio estribo de madera. El reptil seguía tendido inmóvil y los laterales del vientre oscilaban con rapidez. Maveria apoyó un pie en el estribo y se impulsó con un ágil salto hasta la silla. Recogió las riendas y tiró de ellas para levantar la cabeza del animal, una señal que ordenaba levantarse a la bestia.

La bestia ignoró la orden con perezosa indiferencia.

Ella tiró con todas sus fuerzas: —¡Arriba, gandul! ¡Hay que salir de aquí!

El lagarto se levantó reluctante y protestó unos graves chasquidos guturales.

—¡Quéjate luego!, - le indicó la dirección con las riendas. —¡Sube por la rocas!

El saurio obedeció lentamente al principio, pero tras posar las palmas en las primeras peñas, fue ganando velocidad. Trepar escarpes rocosos era tan sencillo como respirar para estos animales, pero no podía decirse lo mismo para quien iba montado en ellos. Las sillas de montar para los saurios tenían un respaldo alto y el movimiento del lomo durante la subida resultaba muy incómodo y doloroso para jinetes poco curtidos. Maveria solo había montado saurios en tres ocasiones y no había sido en viajes largos ni tan accidentados.

Cuando llegó a la cima de la garganta, tenía las posaderas entumecidas y la espalda dolorida.

Aunque las vistas eran espléndidas.

Abajo en el valle tenía lugar una carrera de hormigas, caótica y algo cómica. En el horizonte del sur se avistaba a muchas leguas el grueso del ejército bárbaro como una difusa mota negra camino al enclave. Hacia el norte se extendía la pradera del desierto.

Máver echó un último vistazo al valle, —Entregaré ese mensaje, viejo, aunque sea lo último que haga.

Y puso rumbo al norte sin mirar atrás.

[Fin cap. 10]
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Esta excelente, muy bien :alegria:
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Re: El Portal de Lugh - Cap 1 (Espada y Brujería)

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Capítulo 11 (Capítulo 14 en la versión final en ePub)

El ocaso empezaba a teñir de fuego escarlata el cielo del oeste.

Maveria había llegado al campamento forzando la marcha de su obediente saurio, evitando los caminos, rodeando las trochas en favor de las pendientes y riscos de las rocosas rojas. Ahora, a muchas leguas del Paso de Gayena y sentada sobre el reptil, miraba desde lo alto de un cerro el gran hueco oscuro que se adentraba casi en vertical en la piedra. Quien bajara por todo ese largo túnel llegaría a una cámara cristalina creada por los misteriosos prodigios de la naturaleza: una colosal geoda.

El campamento se hallaba oculto en esa cámara.

El aire empezaba a enfriar la piel y el saurio acusaba tanto cansancio y sopor como ella. La trilladora sabía que era mejor descender cuanto antes, pero tenía un mal presentimiento. Había algo extraño en el entorno, en el silencio y en el olor de la estepa.

Olía almizcle y se sentía vigilada.

Esperó ante el túnel observando las superficies a su alrededor, midiendo la inclinación de los tallos de los arbustos, sopesando la disposición de las pequeñas piedras. En suma, buscando indicios de movimiento reciente y de la posible ubicación de su acechador.

A veinte pasos a su izquierda halló una pista: una puntiaguda piedra baja que emergía del suelo tenía rota la punta. Faltaba un trocito en lo alto, el cual revelaba el corazón blanco de la montaña. Los cerros de las rocosas eran antiguos, pero en realidad no eran rojos. Su núcleo era casi todo piedra blanca llamada albayalde, la capa de mineral rodeno que la recubría le confería ese color.

Algo duro había golpeado esa roca y había arrancado una esquirla.

Siguió con la mirada la dirección del corte y halló muy cerca una línea rosada en la roca del suelo, una fina muesca que serpenteaba hasta perderse tras un gran peñasco. Maveria se sonrió. Era la muesca de la vaina de un torpe espadachín al caminar agachado.

—¡Sal de detrás de esa peña o te echo al saurio! - gritó.

No hubo respuesta, pero oyó a alguien arrastrando brevemente los pies tras la roca.

—¡Puedo oírte a leguas de distancia! - insistió ella.

Oyó como respuesta unos pasos que se alejaban lentamente de la roca.

«¡Será cobarde!,» pensó.

Apretó los dientes y agarró con fuerza las riendas. Se lanzó con el saurio en pos del furtivo. Con cuatro raudas zancadas, el saurio llegó a lo alto del peñasco que había servido de parapeto y Maveria sorprendió al torpe furtivo a plena vista.

La figura era humana y caminaba agachada como si luchara contra una ventisca. Tenía echada sobre la cabeza una larga y apestosa piel parda de oso o similar, cuyos faldones arrastraba ruidosamente por la roca. Iba dejando un surco rosado allí donde la vaina rozaba conspicuamente el suelo. Ni siquiera había oído al saurio subirse a la peña, pues seguía su ridículo avance con total convicción hacia ningún lugar en particiular.

En otras circunstancias, Maveria habría sentido lástima. Apuntó con las riendas hacia la figura y dio la orden al saurio con un movimiento del talón. El animal se impulsó en la roca y cayó sobre su presa sin misecordia. Empujó la espalda de la figura con una zarpa de largos dedos y la aplastó de bruces contra la roca, inmovilizándola al instante.

Los desesperados gruñidos que surgieron de debajo de esa pata eran de hombre. —Gghhh... rindo, ghh, piedad... ggh respeto... ggh... - de debajo de la pata del saurio emergieron dos desnudos brazos flexionados cuyas palmas se agitaban en el aire en señal de urgente capitulación. —Ghh, me rindo ... ghh, me someto.

—¿Eres sordo acaso? - le reprendió Maveria inclinándose hacia el hombre desde la silla.

—Ghhh... no... ghhh, me... matéis, ghhh.

—¡Que si eres sordo! - ordenó al reptil que aplastara menos para dejar hablar al hombre.

El hombre dejó caer las manos en el suelo con un suspiro y respondió: —No. Os oigo muy sana. - tomó aire y continuó con una agradable voz de tenor: —Egregia dama. Erdián es mi nombre, soy sagaz juglar y escaldo, solo un viajero barbián que acepta oro o un buen caldo.

Maveria alzó incrédulas cejas y abrió la boca para preguntar algo, pero el alcance de su inmediata curiosidad competía a tantas disciplinas diferentes que quedó atontada por sus propios pensamientos.

Erdián ocupó la pausa refunfuñando: —Si no es pedir asaz molestia a su feroz ira gualda, ¿podéis retirar la bestia que me está aplastando la espalda?

Maveria dudó un segundo antes de obedecer, sin saber muy bien por qué. ¿Era lástima? ¿Curiosidad? ¿Fatiga? Mandó al saurio dar un paso atrás y apartar la opresiva zarpa. El hombre se levantó ciñéndose al cuerpo la ominosa piel y ocultando los brazos dentro. Dio media vuelta para alzar la vista hacia ella y dar las gracias con una leve reverencia.

Al verlo de pie, notó que el hombre era alto, delgado y caminaba descalzo. La apestosa y gruesa piel le cubría todo el cuerpo desde el cuello hasta los tobillos. Él la encaraba con servil sonrisa y ojos complacidos con lo que veían. Parecía joven, pero no mucho más joven que ella. Su sudoroso rostro tenía el tono rojizo de quien, de costumbres más bien nocturnas, se había tostado al sol. Tenía pronunciada barbilla y pómulos, gruesos labios, larga y fina nariz. La barba era de varios días. Su pelo castaño, largo hasta los hombros, tenía restos pegados de tierra y algunas ramitas. La vaina de una espada asomaba inclinada por detrás de su extraño abrigo invernal.

El crepúsculo avanzaba tendiendo una manta de cansancio sobre los hombros de Maveria y del saurio. La idea de llegar al campamento y reposar la tentaba lastrándole los párpados.

—¿Por qué me seguías, Ardán? - preguntó ella sin mucho entusiasmo.

Él sacó un brazo para alzar un dedo: —Erdián, su némesis de la arpía. Viajero bardo y barbián. - escondió el brazo bajo la piel. —Y yo no os seguía. - miró al cielo como si buscara algo que hubiera perdido allí, —Oh, llega el plenilunio, - la miró de nuevo asintiendo hacia la piel que vestía, —y no llevo atuendo por un cierto infortunio. ¿Sabéis, por azar, de taberna para... ?

—¿Vas armado? - interrumpió ella.

Erdián abrió la la mitad derecha de la piel mostrando su delgado pero fibroso cuerpo, totalmente desnudo salvo por un talabarte del que pendía una vaina vacía. —No llevo arma de muerte desde la noche pasada. - se cubrió el cuerpo de nuevo y sintió necesidad de explicarse: —Pero fue por mala suerte que me robaron la espada. No creáis que de ordinario...

—Tu acento es cratano, ¿qué hace un... ? - la extraña forma de hablar del hombre la confundía. Nunca había oído a nadie usar muchas de esas palabras. —¿... un lo que seas en las rocosas del norte?

El hombre miró a su alrededor y frunció el ceño, mascullando. —Si esto son las rocosas del norte, - sacó un brazo moviendo un dedo hacia Maveria con sospecha, sin dejar de mirar el paisaje. —y vos conserváis la sesera, - se giró y alzó la vista hacia ella, moviendo una mano en señal de total ignorancia, —o llegué por arcano transporte o aún duermo con Briyet, la mesera.

Juzgando que el hombre no presentaba mayor amenaza para ella que para sí mismo, y que en aquel lugar particular no era deseable tener rondando a un chiflado de tal escala, le indicó que subiera a la silla a su lado.

Mientras descendían por el túnel hacia el campamento, él le preguntó:—¿Y tiene nombre mi guía y cardán, justa dama en idea y materia? Por...

Ella rió por cansancio, diciendo: —Oh, mi justo y cardán Erdián, podéis llamarme Maveria.

[Fin cap.11]
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