Dime Jeff (¿Terror?) (Finalizado)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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Chioban
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Dime Jeff (¿Terror?) (Finalizado)

Mensaje por Chioban » 12 Jul 2019 18:43

A ver si les gusta esto.

Hace tiempo que quería filtrar un montón de sentimientos en una trama agresiva y desagradable de leer. Repleta de tabúes y temas turbios, personajes psicóticos, ademas de un leve humor negro. Pero preferí usarla para experimentar con algo más: Creepypastas. Específicamente el de Jeff the Killer. Admito que este material de origen no es bueno. La historia de este asesino es solo una fantasía adolescente. Pero me dije: "¡Anda, prueba a ver que tal!" Y hemos aquí. Quiero sacar una historia medianamente decente sin morir en el intento.

Todo feedback es bienvenido.

Prologo.
El portón del almacén quedó entre abierto y expulsó una fetidez hedionda a muerte. Las ventanas tan oscuras que no se pudo espiar dentro, pudieron pasar por cuencas vacías en el cráneo de un fiambre. Los ladrillos rojos bajo la luna menguante palidecieron dándole un aspecto tal similar a la piel humana que incomoda. Todo en esa noche fue una señal para horribles augurios y el destino no estuvo desencaminado.

La cinta policial limitó el perímetro y mantuvo a raya a los curiosos, poderes demasiado grandiosos para un simple listón amarillo. Si eso no funciona, los policías de cara brava con el rostro pintado en un segundo de azul y en otro de rojo por las sirenas de las patrullas, espantaron a los husmeadores. Edmund no supo quienes llegaron primero, las mujeres cotillas eran tan rápidas como los rumores que esparcen, pero tampoco se pudo menospreciar a los periodistas, son unos sabuesos para las historias morbosas. En cualquier caso la policía se les adelantó, según respecta Edmund ganaron el primer round.

La curvatura de sus labios se elevó y reveló los dientes, no mucho pero si lo suficiente para mostrar confianza sin importa que esta esté por los suelos. Para las 50.000 habitantes de La Crosee él fue un hombre al que tener fe, solo superado por el tipo en la cruz y el anciano en las nubes. El Kill The Killer, ese apodo le produjo urticaria cada vez que lo escucha. El Capitán de la policía tuvo su propia cruz y la consideró más pesada que cualquier trozo de madera. Ser el tipo que libró a Wisconsin de su último asesino serial le ganó un ascenso y buena reputación, fue la manera en que el estado le agradeció por hacer segura las calles de nuevo, y permitir a los niños volver a dormir tranquilo sin orinarse encima con la idea de que Jeff les rebanaría el pescuezo durante la noche.

Salió de la patrulla y atravesó la cinta con rapidez, como deseando zamparle el diente a la escena del crimen, pero en realidad lo que más anheló fue escapar de las miradas de la multitud y las preguntas de la prensa. La peste del almacén lo golpeó antes entrar y se detuvo, ya presumió lo que venía. Su sonrisa se estremeció pero sin desaparecer. Él fue el Capitán, el mata-asesinos que nunca duda ni nunca duerme más por su extremo insomnio que por un ansia de justicia. No, mata-asesinos es demasiado violento, acaba-criminales suena como algo más aceptable que podrían decir los adolescentes en la misa o la escuela.

Ojeó de reojo a la multitud y se preguntó por qué los vecinos lucían tan pasmados por el alboroto. ¿De verdad se creyeron que las calles son seguras? ¿Qué con él pululando nada malo podría pasar y ninguna bolsa negra con sorpresa aparecería flotando sobre el Misisipi? Sí creyeron eso y Edmund maldijo en sus pensamientos.

El interior del almacén exudó el aroma intenso de la carne y el metal, como de sangre estancada mucho tiempo en un frasco. Los oficiales lo saludaron con habitual respeto y luego después, y solo después, entraron en detalles: El viejo Turner vino a revisar la propiedad para hacer arreglos y ponerla en alquiler, pero encontró más que filtración en las paredes y moscas verdes revoloteando.

— Sí, sí, un asunto enervante sin duda— Asintió sin prestar demasiada atención. Otros harían más preguntas sobre Turner, pero Edmund consideró que gastar tiempo en ese viejo tacaño sería intentar asesinar un caballo a pellizcos: tardado, difícil y estúpidamente inútil. Turner jamás mataría a nadie en su propiedad, eso reduciría el precio del terreno—. ¿Hay café?

Le trajeron uno tinto y sin azúcar. Ningún oficial alzó una ceja por el aparente desinterés del superior, el Capitán siempre actuó y se movió a su manera. Es el héroe sonriente que los salvó del psicópata sonriente.

Edmund recordó el rostro de Jeff, jamás entendió que le hacía tanta gracia al sujeto, incluso medio muerto se andaba riendo y después de estirar la pata siguió con esa espantosa sonrisa. Le echó la culpa a la cara desfigurada. Edmund rezó a Jesús, a Buda, o a cualquier entidad lo bastante desocupada para cumplir la petición, que los próximos asesinos sean más agradables de ver. ¿Por que vendrían más, no? Ya contaron con Ed Gein y el primer Jeffrey, el Dahmer, no el Woods. Quizás los locos ambientalistas tengan razón y la contaminación del Misisipi causada por las plantaciones de maíz genéticamente modificado, este convirtiendo a la gente en monstruos desalmados. Más trabajo y papeleo. Edmund deseó el día que lo balearan tres días antes de su jubilación, pero faltó unos 20 años para eso.

Natalie Parker era una muchachita encantadora, algo promiscua pero menos que la mayoría, estudiante de secundaria y flautista del coro, con el pelo corto enmarcando su rostro bronceado y labios como cerezas, pero lo más llamativo de ella fueron sus ojos de hermoso color violeta. Ahora Edmund solo pudo reparar en la carencia de estos. Se los robaron, dos agujeros sangrantes les devolvió la mirada a los policías. Sobre ella un solitario bombillo se meció por el viento que entró por una ventana rota y regó su luz azulada sobre el cadáver. Por los cortes y el charco de sangre que empapó su ropa y las patas de la silla donde fue atada y amordaza, el que lo hizo tardó bastante en aburrirse.

— Capitán, mire esto.

Observó al oficial que lo llamó, luego a la dirección donde todos apuntaron con las linternas. El papel que revistió los ladrillos se desprendió como jirones de carne debido al poco cuidado del almacén, y en lo que quedo fue escrito en letras grandes, rojas, y llorosas:

VE A DORMIR.

Los policías contuvieron el aliento. El Capitán se acercó a la pared y se le quedó admirando como si evaluara una obra de arte abstracto e inentendible. Bebió más café.

— Damas y caballeros— Sonó como un tipo del telediario queriendo venderte una aspiradora como el próximo milagro del siglo 21. Se giró y su sonrisa se hizo más grande e incómoda de mantener—. Tenemos un imitador.

Por dentro Edmund gritó como loco.



1: Almas gemelas.

El asfalto de seis pisos más abajo me llamó y pidió que lo abrasase. El viento fue su casamentera, zarandeó mis ropas y cada vez que sopló sentí que las puntas de mis zapatos sobresalieron un poco más del barandal de la azotea. Tres minutos más de meditación y sería una estrella roja justo allí, sobre la acera. Quizá si el autobús de la escuela sufriese 180 segundos de retraso esta historia nunca hubiese conocido un principio, pero el chofer es un hombre demasiado competente y las calles de La Crosee nunca tienen mucho tráfico.

— ¿Qué estás haciendo?

Mi relación con Daniel empezó con dos preguntas importantes, esa fue la primera. Miré atrás y vi un fantasma, un cegador que llegó a supervisar mi escape de este mundo o castigarme, pero luego caí en cuenta que se trató del vecino. Piel tan pálida que roza el purpura, cuerpo alto y esquelético rayando lo insano, ojos hundidos y con ojeras tan pronunciadas que parecen huecos. No pueden culparme por confundirlo con un ser del abismo. Me crucé más de una vez con él en los pasillos, siempre nos miramos por un par de minutos hasta trazar el umbral de lo incomodo, pero cada quien siguió su camino por separado, como si un cristal dividiese nuestras vidas.

— Estoy aburrido— Respondí.

— Yo igual— Dijo y se apoyó del barandal, cerca de mis pies. Pudo empujarme y sospeche que deseó hacerlo, lo noté en la forma nerviosa que me miró de reojo, pero se contuvo y observó la acera— ¿Saltamos juntos?

Esa fue la segunda pregunta importante. Mucho más importante que la primera, de esas que cambian tu vida y la de quienes te rodean. Tengo que admitir que el asfalto es atrayente, las grietas forman rostros deformes anhelando un duro beso venido desde las alturas, pero no pueden competir con la calidez y comprensión de otra persona. Desde que compartimos silenciosas miradas en mitad de los pasillos, entendí con la facilidad de las almas gemelas que ese chico cadavérico me entendía.

Bajé del barandal. Él sonrió. El cristal se rompió y sus fragmentos fueron llevados por el viento de esa noche sin luna.

Para Daniel y yo nada fue suficiente, estábamos insatisfechos con todo lo que nos entregó la vida y con la vida misma. Es como ver el mundo a través de lentillas monocromáticas que nunca te puedes quitar, degustando manjares que te saben a tierra, mirando programas de TV donde ningún chiste te saca una mísera carcajada, o leyendo historias incapaces de emocionar tu imaginación.

Tiara la mujer que me dio luz, me arrastró al psicólogo más de una vez. Los profesores le mencionaron que hablo poco y soy ajeno a todo. Tienen razón. Tiara dejó de llevarme cuando empecé con las sonrisas falsas y a reírme de los comentarios de mis compañeros. El psicólogo insistió en continuar tratándome, seguro descubrió algo malo en mí. Pero Tiara siendo madre soltera no pudo permitirse gastar tiempo con dos trabajos succionándole la poca vida y juventud que le queda.

Daniel también se vio obligado a actuar para ahorrarse molestias, por suerte para él solo duró hasta los quince. Un padre fácil de irritar, una madre infiel, un amante confiado, añádele una llamada del hijo y una pistola Calibre 38 y listo, tienes el coctel perfecto para un homicidio-suicidio capaz de encabezar cualquier periódico.

Es cinco meses cumplo 17, Daniel es cinco años mayor que yo, pero ese espacio de edad nunca obstaculizó el compartir nuestra búsqueda por la salvación. Anhelamos vernos librados de esa pesada apatía que se enterró en nosotros devorándonos y dejándonos como cascarones o fiambres caminando. Si no existe una cura, mínimo aceptaremos el descenso de la hoz con la resignación de quienes intentaron todo pero igual fracasaron.

Buscamos esperanzas en el arte. Puede que Picasso, Hockney, o Pollock nos regalen algo de color con sus singulares formas de interpretar el mundo, pero resultaron tan interesantes como garabatos colgados en imanes sobre la puerta de un refrigerador. Probamos por lo alternativo: Chris Mark, Michael Hussar, Vince Locke. Sentimos un magnetismo natural hacia lo raro y lo macabro. Por un tiempo Daniel tuvo una obsesión por los rostros de Maya Kulenovic. Podía quedarse durante horas frente al monitor, admirándolos como si deseara atravesar la pantalla y sumar su cara a los lienzos.

— Ellos comprenden, Louis— Me dijo una vez con ojos enrojecidos y llorosos. Recuerda parpadear, Daniel.

Ese experimento nos entretuvo durante un par de meses. Decidimos pasear en la parte baja de la ciudad, aquí se demuestra lo mucho que se aprovechó la arcilla de las llanuras del Misisipi para levantar grandes edificaciones de ladrillo. Mirar desde el centro de la calle produjo la ilusión de que los edificios se fusionaron hasta ser uno enorme que se perdió, junto las hileras de farolas que encendidas formaron un camino de luz, en el horizonte. Visitamos a los pintores independientes de humildes galerías sobre la acera, buscamos una perla que nos inspire pero solo encontramos guijarros, paisajes planos y burdas imitaciones de estilos de gente más talentosa. En vez de artistas eran mercenarios en busca de pagar el alquiler y capaces de vender sus lienzos maltratados por un sándwich de mayonesa.

A Daniel se le ocurrió que podríamos pintar nuestra propia interpretación de la realidad y plasmar los retorcijos de la mente. Pero la visión que poseemos es demasiado gris, hasta los demonios carecieron de encanto bajo nuestras manos inexpertas. Yo entendí al sostener el pincel y partir la hoja con un trazo negro y errático, que no fue para mí. Daniel se rió y dijo que tendríamos más suerte pintando casas, al menos así ganaríamos dinero para mantener la búsqueda un poco más. Estuve de acuerdo.
Cuando el cielo se tiñe de naranjas y rojos, solemos llevar el estéreo de Daniel a la orilla del Misisipi, nos recostamos en la arena con el equipo de sonido en medio, subimos todo el volumen y dejamos que retumbe hasta sentirlo en los huesos. Es difícil apreciar la música cuando nunca ruge lo bastante duro y pesado para motivarte. Exploramos más allá del rock y el metal, Daniel descargó por internet grabaciones de canticos fúnebres de religiones arcaicas, o composiciones que buscaron imitar himnos cósmicos y profanos en nombre de la fantasía más oscura. Jamás fue suficiente.

— La única canción capaz de satisfacernos será la que acabe con la Tierra— Declaré mirando a Daniel. No necesité una respuesta, supe por inercia que él comprendió y aceptó lo que dije. Sus ojos se mantuvieron ocultos bajo la maraña de pelo castaño, entreabrió los labios revelando una hilera de dientes inmaculados, fuera de lugar en un rostro tan enfermizo pero que a mi parecer, le otorgó la perfección de un cadáver listo para velar a ataúd abierto.

¿También los gusanos florecerán de tu piel, querido amigo?


2: De Lovecraft y divinidades.
Santana, la señora de la tierra y la reina de la Necrópolis, llegó en su carreta sagrada y trajo consigo el otoño. Es una van de buen tamaño repleta de flores pintadas, un cráneo de chacal en el parachoques, y listones de cascabeles que tintinearon con el viento y sonó para los drogadictos como el camión de helado para los niños. No sé qué embrujo utiliza para estar fuera del radar de las autoridades, pero Santana es tan imparable como el año nuevo y jamás se retrasa en su gira. Estamos a finales de Septiembre, le toca visitar Wisconsin.

Estramonio, Belladona, Ayahuasca, Peyote, Burundanga, hongos alucinógenos de multitud de colores y sabores. El jardín de Santana es un festival para estimular los sentidos, ella abre la puerta de la van, dando la bienvenida con su sonrisa de dientes negros y vestido de época con sugerente escote, repartiendo los regalos de la naturaleza a un precio particularmente caro. La calidad lo amerita, dijo Daniel. Yo, un inexperto en las artes del viaje psicodélico y la metafísica, me limité a asentir y confiar.

Santana nos invitó a pasar y asintió hacia Daniel como dándole la bienvenida a un viejo conocido. Al hablar mostró los rodados de ónix que adornaron su boca, resaltando los ojos dorados sobre el rostro curtido por el sol. Vibra con la belleza de una serpiente de coral. Mi vista sin encanto no impidió que desease ser engullido por sus colmillos. Bésame y permite que el veneno ennegrezca mis venas, noble dama.

Daniel me picó con el codo, parpadeé y volví en sí. El interior de la carreta sagrada posee un aire sofocante, inciensos que escupen estelas de humo purpuras y azules, con aromas que se te entierran en la piel y desorientan la consciencia. Las garras de la reina logran penetrar hasta nuestro mundo gris y colorearlo con difusas pinceladas. El hecho me hizo estremecer.

— Entonces mi último bebé no te bastó, te supo a medias como cualquier golosina de una máquina expendedora— El sensual y dulce tono de la dama tuvo un rastro de peligro latente asomándose entre los espacios, como una viuda negra subiendo hasta tu nuca y acariciándote la piel con sus patas delanteras. Bajo la tenue luz los rasgos de la dama se ensombrecieron, el dorado de sus ojos perdió brillo pero no fuerza, convirtiéndose en estrellas gemelas de amarillo enfermizo que velan en el rincón de una galaxia desconocida—. Pones en duda mi talento, muchacho.

Daniel balbuceó una disculpa con el rostro bañado en sudor frío, más hubo una carpa en sus pantalones que no paso desapercibida para mí, y obviamente para Santana tampoco. Un escritor apellidado Lovecraft dijo hace mucho: La emoción más antigua e intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido. Desconocido. Terror, delicioso sentimiento que vitaliza al corazón más pétreo de los hombres. Repartirlo y sufrirlo rejería nuestra búsqueda de salvación, pero en ese instante solo significó un palpito eufórico en nuestros pechos y entrepierna.

Santana calló a Daniel colocando dos dedos en sus labios, un gesto delicado y casi como invitando a lamerlos. Daniel se contuvo, es demasiado pronto para condenarnos, hay mucho que probar.

— Estas perdonado. Me agrada la benevolencia, resulta sumamente pintoresca— Lo dijo como si hablase de dibujos infantiles. Se alejó hasta un estante de metal, sacó una bolsa de plástico con quince hongos de sombrero y tallo alvino, bañados por una capa reluciente que ellos mismos excretaron—. Besos lunares, traídos aquí desde un plano superior. No de la luna precisamente, pero muy cerca.

Daniel recibió la bolsa, entregó un rollo de dinero y nos despedimos. Tardé en darme cuenta que estábamos corriendo, y por la esquina del ojo noté sombras de chacales buscando morder mi silueta. Señalé el primer callejón que vi, entramos, nos detuvimos, y recuperamos el aliento. Parece la parte trasera de una tienda de películas porno, la luz violeta y parpadeante del letrero de neón XXX sobre la puerta nos avisó que pisamos suelo, un sitio más vulgar, cotidiano, terrestre: Bienvenidos al mundo real, por favor dejen las divinidades fuera. Nosotros metimos contrabando.

Destapamos una botella de Whisky y a base de tragos largos cauterizamos nuestras gargantas. El líquido nubló mi visión. Me sentí más fuerte, más confiado. Pero incluso el respaldo del alcohol más puro resulta insuficiente, como una piscina que te llega a los muslos. Terminamos la botella.
Cada uno devoró un Beso lunar. Comerlo es como masticar grasa fría a medio ablandar, te deja un rastro baboso que viaja por el esófago. Gotas de colores salpicaron el espacio, creando ondas que se expandieron y chocaron con otras ondas generando más círculos crecientes y saturados hasta que no queda realidad y solo los pigmentos permanecen. Parpadeé y volví al callejón. Miré mis manos, se alargaron hasta golpear el suelo y mis dedos se convirtieron en estelas borrosas que surcaron el aire en direcciones erráticas.

Deambulé por las aceras como un zombi. Daniel desapareció pero su risa no se alejó de mí, hay una marmota siguiéndome, quizás sea él. Chimeneas vomitando burbujas de sangre, puertas abiertas soltando blasfemias contra las ventanas, el sol tan bajo que pareció otra mundana farola, peatones transformados en vacas bípedas de ojos enrojecidos que me siguieron a todas partes, rumiando y mugiendo hasta quedar ciegos y sordos por el plástico, los colorantes y los televisores cada vez más grandes. Satisfechos de camino al matadero. ¿Esa es la felicidad? ¿Por qué se me fue negada?

El ascensor del edificio donde vivo está averiado, en el metal de sus puertas nos reflejamos Daniel y yo, nuestros rostros víctimas de una expresión ominosa. Subí las escaleras, tropecé contra la barriga de un Santa Claus de cara iracunda. No medié palabras y seguí hasta el sexto piso.

Tiara gritó algo inentendible, regaños de seguro, y apuntó el cuchillo de cocina hacia mí. Percibió mi peste a alcohol antes que atravesara la puerta. Mientras parloteaba su cabeza cayó de su cuello, cortada por un hilo invisible, y rodó hasta mis pies, aun hablando. Toqueteé la cabeza con la punta del zapato y algo hizo clic en mí. Solté una carcajada, luego otra y luego no pude detenerme.

— Joshua— Tiara musitó mi nombre con la palidez descolorando sus mejillas y la cabeza de vuelta en su sitio, mirándome como si no me reconociera o como si por primera vez cayera en cuenta de lo que soy en realidad.

Vagué hasta mi dormitorio, sosteniéndome de pared en pared, riendo con tanta intensidad que me saltaron las lagrimas, la sangre me subió por la garganta, y mi estomago se retorció de dolor. Me derrumbé de espaldas sobre la cama. Hongos humanoides, albinos y extraterrestres danzaron en un portal abierto entre el techo, dando vueltas y canibalizándose los unos a los otros en un acto más barbárico y bello que cualquier ritual inventado por la humanidad. Mi alma se desprendió de la vasija carnal y floté lejos del edificio y del país, escapé de la mota de polvo conocida como planeta Tierra.

El Marte rojo de habitantes azules. El Júpiter gaseoso y burbujeante igual que su gente. Volemos más allá del sistema solar y más allá de la vía láctea y otras galaxias. Infinito negro, donde los primigenios y primordiales colisionan desde que el Universo nació. Más allá de todo queda el blanco, la nada. Sin tiempo ni vida o muerte. Date la vuelta y encara a Dios. Llórale, cántale, suplícale que atestigüe tu valor, rézale para ser feliz o maldícelo por tus desgracias. Es inútil, él no tiene orejas para escucharte ni boca para responderte o inteligencia para entender tus señas. Los incontables ojos de Dios permanecen fijos en ninguna parte. Parpadean contigo y todo lo que te rodea contenidos en el pozo que son sus pupilas. Tú, yo, el universo, las tragedias y las maravillas, solo somos el abre-cierre lento e incompleto en el ojo de una criatura retrasada y primitiva.

¿Donde está nuestro valor, Daniel? ¿Se encuentra al final de la búsqueda? ¿Si quiera existe? Siempre te dicen que lo hay, que debes levantarte y seguir intentando hasta que el azufre del infierno se convierta en hielo. Pero cierto es que nadie conoce la verdad.

El efecto del Beso lunar amenazó con terminar, devolviéndome a mi cama sin bailes ni hongos extraterrestres. Le di vueltas a la duda existencial un par de minutos, pero lo único que me vino a la mente fue el escote de Santana, dos colinas carnosas, morenas, y perfectas que me hicieron salivar. Desabroché mi pantalón y llevé la mano hasta mi entrepierna, tomándome un tiempo para satisfacerme.

Vulgar, mundano, terrestre. Poco importa que tan lejos vuelen nuestra mente y pensamientos, eso es lo que somos. ¿Habrá belleza escondida dentro de toda la suciedad? ¿Qué tan profundo hay que excavar, querido amigo?



¿Qué les pareció? ¿Que opinan de los protagonistas? ¿De la narración? ¿Donde hay que mejorar?

Sigo sin decidirme sobre catalogarla como "Terror".

Espero que la lectura les fuese amena. Responderé cualquier pregunta... En cuanto regrese del trabajo. Que tengan un bonito día.
Última edición por Chioban el 13 Oct 2019 08:35, editado 1 vez en total.

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Raúl Conesa
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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Raúl Conesa » 12 Jul 2019 20:13

No tengo mucho tiempo, así que sólo he leído los primeros párrafos. Así de primeras, he visto algunos errores gramaticales, algunas frases que mezclan los tiempos verbales, y pequeños cambios de estructura que servirían para lograr una lectura más natural. También hay que señalar que un espacio entre dos párrafos implica cambio de escena, aunque supongo que lo habrás dejado así por no poder hacer sangrados (¿Sabe alguien cómo hacer un sangrado aquí? A mí me pasa cada vez que posteo algún escrito en el foro). El primer párrafo es un buen ejemplo:

"El portón del almacén quedó entre abierto y expulsó una fetidez hedionda a muerte. Las ventanas tan oscuras que no se pudo espiar dentro, pudieron pasar por cuencas vacías en el cráneo de un fiambre. Los ladrillos rojos bajo la luna menguante palidecieron dándole un aspecto tal similar a la piel humana que incomoda. Todo en esa noche fue una señal para horribles augurios y el destino no estuvo desencaminado".

Iré frase por frase:

-Entreabierto es una sola palabra. "Fetidez hedionda" es reiterativo; yo lo sustituiría por "un punzante hedor".
-La segunda frase creo que encaja mejor en pretérito imperfecto, con una coma adicional, y sin la palabra "vacías", ya que si ves las cuencas, por necesidad tienen que estar vacías.
-En la tercera cambiaría la estructura y los tiempos verbales, sobretodo el presente. Es extremadamente importante ser consistente; si es pasado, es pasado. Una narración en pasado sólo puede incluir verbos en presente si se trata de una frase que no es parte de los sucesos narrados, sino algo aplicable tanto en el pasado como en el presente. Por ejemplo: "Uno no viaja a otro pais sin pasaporte".
-La cuarta frase no me gusta mucho por el recurso de hacer una predicción explícita, aunque es sólo una valoración personal. Creo además que encaja mejor como un párrafo separado, dado que el estilo omnisciente desentona con el resto. En cualquier caso, añadiría una coma después de augurios, y cambiaría "para" por "de".

Juntándolo todo, quedaría así:

"El portón del almacén quedó entreabierto y expulsó un punzante hedor a muerte. Las ventanas, tan oscuras que no se podía espiar dentro, podían pasar por las cuencas en el cráneo de un fiambre. Los ladrillos rojos palidecían bajo la luna menguante, dándoles un aspecto tal similar a la piel humana que resultaban incómodos a la vista. Todo en esa noche fue una señal de horribles augurios, y el destino no estuvo desencaminado".

Una pregunta. El estilo omnisciente, ¿es constante, o lo reservas para momentos específicos?

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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Chioban » 13 Jul 2019 04:59

Gracias por los señales. La verdad sin ellos no habría reparado en tales errores, especialmente en los tiempos :colleja: Necesito practicar más.

Sobre la narración omnisciente... La utilicé en momentos del prologo y tengo planeado usarla para futuros interludios. La mayoría de capítulos serán narrados desde le perspectiva de Josh.

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Raúl Conesa
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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Raúl Conesa » 13 Jul 2019 12:42

Chioban escribió:
13 Jul 2019 04:59
Gracias por los señales. La verdad sin ellos no habría reparado en tales errores, especialmente en los tiempos :colleja: Necesito practicar más.

Sobre la narración omnisciente... La utilicé en momentos del prologo y tengo planeado usarla para futuros interludios. La mayoría de capítulos serán narrados desde le perspectiva de Josh.
Es cuestión de ir escribiendo. Desde que empecé a escribir hasta ahora he corregido una gran cantidad de errores gramaticales, como la diferencia entre tú y tu, sí y si, aún y aun. Además, siempre ponía punto después de interrogaciones y exclamaciones (Que alguien me mate, por favor).

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Chioban
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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Chioban » 13 Jul 2019 16:53

Si tan natural te resulta notar los errores en los textos, creo que la practica si te ha servido bastante :D Leí la primera parte del Balas bendecidas y viecejitas con tentáculos y, por lo natural y cercano que suena el protagonista, se nota que vas por buen camino. Es como un Harry Dresden con malas pulgas. Aunque es demasiado pronto para hacerme una imagen de tu prota.


3: Flores del asfalto.
Los Besos lunares se nos acabaron. Santana se marchó para continuar su gira. La elevación de los sentidos dada por los hongos sin pigmento, ayudó a mantenernos en éxtasis y pareció que el hecho de ver más allá del velo de la realidad, fue razón más que suficiente para agradecer el bombear de la sangre por nuestras arterias. Pero sin hongos debimos buscar alternativas. Respira el olor a cuero del maletín, el oxido de las maquinas, y la radiación de los monitores, esclavo hombre de a pie. Tú, el erudito o el inconforme, prueba la felicidad de tus nervios floreciendo con el Éxtasis. Arrójate al Hoyo K igual de oscuro que el Limbo. Embárcate por un mar de ácido lisérgico bajo una lluvia de polvo de ángel que cae de nubes sonrientes. Daniel y yo encaramos ese torbellino multicolor con el ánimo del que ve la pintura secarse o un accidente de tránsito. No fue suficiente.

¿Dónde más encontraríamos la excusa para continuar? La carne, propuso Daniel mientras vomitaba un coctel de doritos y alcohol en el inodoro. Jaló la cadena.

Nos internamos en la noche. Vestí pantalones raidos y mi anorak negro habitual. Mi piel morena contrastó con la palidez de Daniel, él llevó unos jeans ajustado y una camisa sin mangas que dejó ver la maraña de cortes entrelazados que subieron desde sus muñecas hasta coronar la mitad de sus brazos. Al pasar bajo una farola, la luz hizo resaltar esas telarañas profundas e intrínsecas abiertas por hojillas y navajas de afeitar, mal sanadas por el tiempo.

— Estas noches especiales no las escondo— Me dijo una vez—. Dicen que la luna llena saca lo peor de las personas. Yo creo que nos muestra cómo somos en realidad.

Y el astro redondo gobernó en el cielo, mandándonos un guiño imaginario en celebración de todas las violaciones, sobredosis, asesinatos, engaños, y suicidios bajo el manto de estrellas.

Las mujeres de las esquinas son un elemento fácil, solo pagas y recibes, una transacción de negocios igual de simple que ir a comprar cereal. Todas tienen frío pero igual salen con poca ropa y se bañan en perfume para enmascarar el hedor a otros hombres. Me acuerdo más o menos de la primera, Daniel me entregó un condón, me dio una palmada en la espalda y me deseó buena suerte antes de entrar al motel. El pseudónimo de ella empezó por “P” y terminó con “A”, olvidé lo del medio. Lo que sí recuerdo claramente es el tatuaje de una rosa azul sobre su abdomen, junto la cicatriz de una cesárea mientras se movía sobre mí. Tardé diez minutos en eyacular.

Las siguientes sesiones fueron más largas, pero no más emocionantes y memorables. Excepto Cherry, ella se diferenció. Tenía mi misma edad pero lucía 10 años mayor por las drogas y palizas de su proxeneta. Tuvo los brazos y piernas vueltos campos de agujeros haciéndole una odisea encontrar nuevas venas para profanar. Estuvo encorvada junto los botes de basura como una gata callejera maltratada, con la mano en la boca y la sangre escapándose entre sus dedos, regalo de un golpe bien dado por un cliente iracundo.

Daniel y yo nos miramos, Cherry se acercó casi arrastrándose para ofrecernos una felación. La lengua, la saliva y la sangre hicieron una agradable combinación, cálida y juguetona alrededor de nuestros miembros erectos. Se tomó la molestia de tragarlo todo sin cobrar. Terminó la faena y limpió sus labios con el antebrazo. Algo rojo y pequeño cayó de su boca. Me incliné y lo tomé. Un diente.

— Se te cayó— Lo limpié en mi anorak y traté de devolvérselo.

— Quédatelo, puede que te traiga buena suerte— Giró y se esfumó entre las sombras del callejón.

De camino al apartamento de Daniel, pregunté:

— ¿Y si nos pegó algo?

— Tampoco es como si fuésemos a durar cien años.

— Touché.

El rostro amoratado de esa prostituta regresó a mi mente la mañana siguiente y también por la tarde. Cherry no era especialmente hermosa, su cara encajaría mejor con la victima de un documental de crímenes domésticos que con un ser vivo. Posiblemente fue esa aura de mortalidad que arrastra lo que nos fascinó. Una flor lista para marchitarse. Una probada de ultratumba. Cerré los ojos y casi pude imaginar a la bella y saludable jovencita que fue alguna vez, degenerando hasta el despojo que es ahora.

Durante una semana consecutiva requerimos su servicio. Primero Daniel, luego yo. Después optamos por compartirla a la vez, turnándonos sus agujeros como el que cambia de asiento en un sofá. Daniel prefirió la estreches de su trasero, yo los jugos íntimos y afrodisiacos de su vagina. La boca quedó en terreno neutral. Recuerdo el día que, tan ebrios y drogados que nos confundimos con demonios, até a Cherry en la cama y Daniel trajo consigo un perro callejero que con su lengua, la hizo alcanzar un húmedo y sonrojante clímax. Observé todo desde el umbral de la puerta sin tener claro qué es verdad y qué es un sueño. Daniel no pudo verlo, se desmayó en una esquina.

Tres días más tarden encontraron el cuerpo de Cherry en el mismo callejón donde la conocimos. Las crónicas policiales relatan que le tumbaron todos los dientes y su rostro estaba tan abultado por los golpes que costó reconocerla. Un poli sonriente hizo una rueda de prensa echándoles la culpa a los delincuentes del estado vecino, y un poli no tan sonriente del estado vecino hizo una rueda de prensa echándoles la culpa a nuestros delincuentes. El público aceptó ambas versiones, es más fácil vivir con esa fantasía de maldad lejana que pensar en las putas asesinadas a pocas cuadras de la iglesia y la escuela local.

Por si lo dudan, Daniel y yo jamás lastimamos a Cherry. La usamos en muchos sentidos, lamimos y tocamos aquellos rincones de su cuerpo que aun tras años de prostitución eran virginales (Sus clientes habituales carecían de nuestra imaginación). Pero quien arrancó del asfalto su tallo medio marchito posiblemente fue su proxeneta o uno de esos sujetos poco creativos. ¿Por qué la mataron? De seguro por nada importante. Una verdad que cada vez me resulta más cierta sobre la vida, es que suele concluir como un pésimo chiste. La abuela querida se cae por las escaleras y la devoran los gatos. El niño de buenas notas se tropieza en la carretera y le aplasta la cabeza un camión. La mujer infiel fallece con una sonrisa en la cama junto su esposo de hace décadas, rodeada por un anillo de hijos de otros hombres.

¿Quién es Cherry? ¿De dónde vino? ¿Quién era el padre de su no nato? Nadie lo sabe y a nadie le interesa. Hay temas más importantes, como la eterna guerra contra los comunistas o teorizar sobre de qué irá la peli de Puño de Acero 3: La venganza del Dr. Animal.

— La muerte visitó a nuestra sexo-servidora y no fue bello ni poético— Comentó Daniel de cara al Misisipi. Arrojó una lata de cerveza que fue arrastrada por la corriente.

— ¿Si la vida no tiene encanto por qué la muerte debería poseerlo?— Pregunté sentado en la arena húmeda con los brazos rodeando mis rodillas. El viento sopló, pero como suelo llevar mi cabello oscuro muy corto no me incomodó.

— Creo que me estoy aburriendo de los orgasmos.

— ¿Terminamos con la carne?

— No, aun hay mucho que ver y probar. Deberíamos enamorar a una jovencita de familia.

— Virgen.

— Lo que sea, pero con principios, si es católica mucho mejor. Quiero corromper algo hermoso.

— Como una reina de belleza.

— ¿Qué tal una nerd?

— Tú dime, yo anoto.

Debemos agotar todas las posibilidades, querido amigo.

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Chioban
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Actualización.

Mensaje por Chioban » 21 Jul 2019 04:29

4: Polvo somos.
De Stacy a Melanie, de Melanie a Carol, de Carol a Rose. Saltamos de flor a flor con el viaje pagado por los besos profundos y las promesas vacías. Nuestra cama nunca estará fría mientras la excitación y el romance sean una enfermedad contagiosa. Una manera fácil de conseguir el brote de los néctares más íntimos de una mujer.

Daniel se llevó a la mayoría, no hay nada más atractivo para una adolecente que un muchacho adulto que halague su presunta madurez. Bastó uno o dos susurros cerca de la oreja para llevarlas al dormitorio y, luego, convencerlas de compartir el pecado original conmigo.

Cuando nos aburrimos de explorar los montes de Venus, deleitamos nuestros bajos instintos con la piel andrógina de los jóvenes que visitan los antros nocturnos en busca de música y emociones fuertes. Daniel apuntó al adecuado con la barbilla, fue la señal. El aspecto del objetivo difirió con las noches. A veces más alto o más bajo, o un poco más fornido y moreno. Pero los abordamos igual, con la cautela y el ansia de los mejores depredadores, mezclándonos con la muchedumbre y las luces que aturden la visión. En algunas ocasiones los inhibimos con droga y alcohol.

Recostamos nuestros cuerpos en una danza lenta y estrecha. Él nos miró con ojos vidriosos y los labios rosas entreabiertos, brillantes, deseosos. En la privacidad de una habitación apartada, mordisqueamos el cuello cerca de la nuez de Adam y recorrimos la piel desnuda de su hombro. Tiernos gemidos escaparon de su boca. Manchamos con nuestra eyaculación su paladar y luego degustamos la semilla amarga de él.

La compañía de extraños no fue suficiente. Nos desahogarnos entre nosotros. Dos mitades que se unen y complementan. Explorar las capas más interiores del otro y cosechar los jadeos con nuestras lenguas en besos largos, que unen nuestra saliva como un hilo trasparente. ¿Estará en el placer la clave de la existencia?

Daniel me pidió que limara mis uñas de tal forma que se asemejasen a garras de ave. Durante la penetración enterré mis dedos en su espalda, descendiendo, arando la piel y haciendo salir los brotes de la sangre estimulada por el ejercicio. Daniel se vino en orgasmo de inmediato. Limpié con mi lengua el fluido carmesí que lagrimeó hasta la parte baja de su espalda.

Solemos cambiar las tornas. Daniel amó el papel de atacante como yo el de sumisión y viceversa. Fue brutal para interrumpir en mis entrañas, las primeras veces me desgarró. Mordió mi hombro hasta hacerme llorar, y gritar su nombre, y pedir más.

Noches de drogas, alcohol, sexo. Tabúes que se multiplican. La vida es un váter que gira sin llevarse el excremento. Solo lo reúne y lo hace crecer hasta formar un montículo que nos supera a todos, y aun estando hasta el cuello de mierda seguimos buscando aquello que nos haga decir: Valió la pena. Dinero, poder, fama, familia, religión. Muchos nunca cumplen su meta y fallecen llenos de arrepentimientos, o peor aun resignados. Caminando sobre la acera de la vida hay personas como Daniel o yo, algunas más cuerdas que otras, pero existen. La mayoría ya se rindieron y dieron por sentado que no hay nada que merezca la pena en este pozo séptico.

— Asesinemos a alguien— Dijo Daniel a mi oído, embistiéndome contra la pared del baño. Es una idea interesante, te hace pensar.

No mataras dice el texto que, junto al Manifiesto comunista, ha dado rienda a las peores matanzas de la humanidad. Con cada segundo alguien en un rincón del mundo fallece, puede que de cáncer o un accidente de tránsito, de hambre o suicidio, o posiblemente por acciones de alguien más. Nosotros como sociedad escupimos sobre el sudario de Cristo y la palma de Buda. Nuestra inteligencia y estatus superior como especie encubre nuestra hipocresía, mugre, y malicia innata que ni los animales, victimas de sus instintos, pueden imitar. Muchos no lo aceptan y dan excusas, pero el sacrilegio de todo es una cruda verdad que nos caracteriza.

Año 2008, la muerte humana es tan común como las piedras. Se convierte en un negocio si se trata de un actor o cantante, u motivo de celebración si el que palma es un presunto violador o asesino.

— Polvo eres y en polvo te convertirás— Afirmé, encarando la luna menguante—. Polvo somos.

— Eres demasiado negativo, Josh— Dijo y enterró la pala en la tierra. Hice lo mismo. El suelo blando y húmedo cedió con facilidad—. Todos acabaremos como sacos de carne podridos en gusanos, ¿Y qué? No te centres en el resultado, piensa en la causa. ¿Recuerdas a Cherry? Apuesto que sus últimos momentos fueron los más emocionantes y apreciados de toda su existencia. Cada golpe, cada crujido de sus huesos, tuvo que avivar sus ansias por respirar y de ver otro amanecer. Cosa irónica si te detienes a pensar sobre lo poco que se cuidaba y lo mucho que ansió dejar de sufrir. En su mirada vacía, en sus gestos se notaba. Sospecho que el alma debe mostrar su verdadero resplandor en sus momentos más cruciales. Tal cosa tiene merito, importancia, ¿De qué tipo y cuanto? Eso no lo sé.

— Tú plan es descubrirlo.

— Exacto.

— ¿Nos matamos mutuamente? Parece el lugar ideal— Mi vista paseó por las tumbas y la bruma que nos llega hasta los tobillos.

— Tuve esa idea pero la deseché. ¿Y si nos equivocamos? ¿Quieres partir sin descubrir el valor de la vida? Solo uno colgaría las zapatillas y el otro podría continuar, es cierto. Pero estoy más motivado con un compañero que me respalde. Tal vez, unidos, encontremos en la corrupción final el camino a la salvación.

Asentí de acuerdo. Seguimos trabajando. El montículo de tierra fue creciendo. Rompimos el sello del ataúd. El hedor a ultratumba se regó por el ambiente como burbujas invisibles que bailan al ritmo del jazz del más allá. El limbo apesta a lirios marchitos. Daniel clavó la punta de la pala en el cuello del cadáver y lo cercenó. Con el cráneo ennegrecido entre sus dedos y la piel desquebrajándose igual que papel mache, tomó asiento sobre la lapida de su madre y se aclaró la voz.

— Ser o no ser, ese es el dilema— Recitó Hamlet. Espectros y un cielo sombrío fueron sus espectadores. Me mantuve al margen, como otra sombra más sin nombre—. ¿Qué es más noble para el alma? ¿Sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y al oponerse a ellas, encontrar el fin?

Le propinó un beso tan inocente como las rosas de Mayo. Los labios se cayeron.

— Morir, dormir... Nada más— Sus manos temblaron, el cráneo crujió y algo de cabello escapó con el viento—. Y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne. Es un final piadosamente deseable. Morir, dormir... Quizá soñar.

Recubrimos la tumba con tierra. Daniel llevó el trofeo bajo el brazo y nos marchamos a casa. Él durmió con su madre por primera vez en mucho tiempo. Al día siguiente me contó que la felación de un muerto no está nada mal.

¿Qué tan hondo nos hundiremos, querido amigo?

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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por lucia » 21 Jul 2019 20:45

De momento, mas que terror, es asco existencial por la espiral de autodestrucción que llevan. Y la última escena tras el cementerio, la mas desagradable de todas :cry:

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Chioban
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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Chioban » 23 Jul 2019 16:07

Esa es la idea, producir desagrado al lector mientras más bajo llegan y transcurren los capítulos :D En los interludios, al ser en tercera persona, si trataré (O al menos intentaré tratar) un terror tradicional.

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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Chioban » 27 Jul 2019 19:07

5: Helter Skelter.
Asesinato. Homicidio. Aniquilación. Masacre. Exterminio. Hay que ver cuantas palabras existen para referirse a causar el fin de la vida. Nuestra lengua está encantada por el acto de matar. Obsesionada, diría. La historia desde sus inicios está marcada con la sombra de la muerte artificial. Descorramos el tupido velo y echemos un vistazo al primer asesinato de la humanidad: Caín, hirviendo en celos, levantó una piedra e hirió a su hermano Abel, arrancándole la vida. Me gusta imaginarme al escogido por “Dios” en un charco creciente de sangre. Le aporta color, brillo a la ya de por sí pintoresca escena de fratricidio.

Deletreen conmigo: A-S-E-S-I-N-A-T-O. Se cuenta que la palabra viene de una comunidad u orden militar de fanáticos sectarios musulmanes, llamados Los Asesinos (Haššāšīn). Habitaron Persia y Siria durante buena parte del principio del primer milenio. Dar muerte era su trabajo y lo hicieron tan bien que se empezó a usar su nombre para referirse al concepto. Eran partidarios del siempre confiable apuñalamiento en las tripas o el cuello. Deja que la vitalidad escape por el corte de una arteria, con la misma belleza que un géiser.

Un ejercicio tan antiguo como el mundo merece más que ser estigmatizado como malo. El arte de dar la muerte es una labor honorable. Para hacerla correctamente se necesita esfuerzo, planeación, nervios de acero, destreza para salir impunes, y una pizca de suerte. Aliento a todos ustedes a probarlo, o mínimo imaginarse haciéndolo. ¿Quién sería su víctima? ¿Un conocido o un extraño? ¿Cuál arma utilizarían? ¿El martillo o el puñal? ¿Atacarían en pleno día o protegidos por el manto nocturno? ¿Tienen claras las vías de escape? Cierren los ojos, junten las manos y aprieten. Las yemas de los dedos se hunden en los músculos del cuello. Trata de respirar, pero las palmas impiden el aliento. Ojos vidriosos te encaran. Tu victima patalea debajo de ti. El alma se escurre entre tus uñas. Sigan presionando. Hasta que la cara se ponga purpura. Hasta que los ojos estallen. Hasta que el cadáver diga: Vale, ya es suficiente. Alto.

La composición de un buen asesinato exige algo más que imbéciles peleando por una mujer a punta de botellas rotas. O un callejón oscuro, una navaja y un ebrio buscando problemas. Escupamos sobre los homicidas olvidados en prisiones, o los crímenes de un fin de semana. Alabado sea Charles Manson, que con su mente y voz alborotó la barbarie de sus amantes. Cantemos en honor de Jack el Destripador, quien nunca fue descubierto ni lo será. Bailemos desnudos en el nido de Belle, la Viuda Negra de la Porte. Dorángel Vargas es mi pastor, y con Jeffrey Dahmer la carne negra nunca me faltará. Aplaudamos lo último en moda del diseñador Ed Gein. Riamos con Pogo el payaso. Paseemos junto al monstruo de los Andes sobre cordilleras de costillas infantiles. Y al terminar el día, agotados, cansados y salpicados de barro, tomemos un revitalizante baño en la tina de la condesa Báthory.

Diseño. Escenario. La luz y la sombra. Furia o frialdad. Creatividad. La poesía de la muerte. Todo es importante en un acto de esta calaña, o al menos uno que valga la pena recordar. Un hacedor de muerte necesita buen gusto y ganas de actuar. Abajo quienes alquilan mercenarios o toman la vía cobarde de pócimas nocivas. Los envenenadores y anestesista mal llamados Ángeles de la muerte, son estiércol comparados con el clásico degollador.

Sigamos descendiendo por esta escalera en espiral. Sumergamonos en los extensos tribunales improvisados, templos de sacrificio que surgen bañados de sangre durante momentos de clímax, construidos por los retratistas que actuaron como verdugos, jurados, jueces y testigos de la victima de su pistola o cuchillo. Sea la mujer o el marido. Amante o enemigo. Vecino o desconocido. Todos podemos ser asesinados. Eso incluye a ti y a mí. Fascinante, ¿verdad? Igual de fascinante es la alternativa de ser el que ataca.

Tú, futura presa o cazador, no bajes la cabeza si te toca ser lo primero. Encara la realidad. Es mejor caer siendo la obra esculpida por la mano cegadora de quien arremete contra tu vida, que fallecer postrado en una cama victima de la vejez o enfermedad. El filo de un arma blanca o el robusto martillo son males temporales y portadores de una misericordia tal, que las semillas del cáncer o el desollamiento del tiempo no pueden compararse.

Cada asesinato tiene sus matices. Rojos propios, rojos primarios y segundarios. Infinidad de formas para plasmar al cadáver tumbado y helado. Al igual que existen esculturas, cuadros, películas, grabados, canciones, videojuegos, etcétera.

El público mayoritario se conforma con cualquier cosa siempre contenga litros exagerados de sangre desperdiciada. El hombre de cultura exige más que tripas colgadas de las cortinas y materia gris desparramada en los suelos. Como con todo el arte, es indispensable que el homicidio se estudie y se asimile.

Wisconsin guarda su catalogo local de monstruos. Hace un rato mencioné a dos: Ed Gain (1906 a 1984) y Jeffrey Dahmer (1960 a 1994). El primero fue un saqueador de cadáveres y posteriormente asesino, que disfrutó convertir a sus víctimas en vestidos, cinturones, tazas y chalecos de piel. Su conteo de muertes fue bajo (Apenas 2 mujeres. Los cadáveres hurtados no cuentan), pero lo compensó con un ojo exquisito para el diseño de ropa y accesorios. El segundo, apodado El carnicero de Milwaukee, mejoró el número (17 asesinatos. Menudo campeón). Era un fanático de la carne masculina, cuyo amor por la sumisión atravesó las barreras de la muerte y el estándar culinario de la región. Daniel lamenta no haberlo conocido, se resigna a fantasear sobre acostarse y ser devorado por él.

Hay un artista al que debo introducir, que además de novedoso es el más reciente en las crónicas policiales: Jeffrey Allen Woods, mejor conocido como Jeff the Killer. Nos topamos con su historia en la biblioteca local, entre viejos artículos guardados en los ordenadores de uso público que retratan los homicidios ocurridos de este lado del Misisipi. Leer ese apodo fue una campanada que retumbó en mi cabeza. Oí la voz de Tiara advirtiendo: Se cuidadoso cuando vuelvas de clase, y Si alguien te sigue, corre donde la policía. Los cuerpos que dejó Woods atrás aun no se funden con la tierra.

— Sí, lo recuerdo más o menos bien— Dijo Daniel inclinándose para leer los encabezados en el monitor—. Duró desde el 2001 hasta el 2004. Se corrió la noticia de personas siendo asesinadas mientras duermen. Más de uno se acostumbró a tener un revolver bajo la almohada. ¿Hay fotos?
Negué con la cabeza.

— ¿Información personal? ¿Dónde vivió?

— Nada concluyente.

— ¿Cuántas personas mató?

— No especifica. Mira, encontré un artículo que habla de una sobreviviente. Dice que fue la primera aparición del asesino.

Lo leí en voz alta:

3 de Junio de 2001. Katie Robinson, de 18 años, afirma que sobrevivió al ataque de un escalofriante personaje. Con valentía relata los hechos.

— Tuve un mal sueño y me desperté en medio de la noche. Hacía mucho frío. Noté que por alguna razón la ventana estaba abierta, aunque recuerdo que la cerré antes de irme a la cama. Me levanté y la tranqué una vez más. Luego me metí debajo de las sábanas y traté de volver a dormir. Fue entonces cuando tuve una sensación extraña, como de estar siendo observada. Miré hacia arriba y casi salté. Pude verlos gracias a la luz que venía de las farolas de la calle. Había un par de ojos. No eran ojos normales, sino oscuros, siniestros. Y su boca… Una sonrisa ancha, tan horrenda que por poco me desmayo. Se quedó mirándome por un rato. Nunca parpadeó y nunca dejó de sonreír. Finalmente habló. Dijo algo, una simple frase, pero dicho de una manera que solo un loco podría hacerlo:

Ve a dormir.

— Grité. Algo brilló y me di cuenta que sacó un cuchillo. Saltó a mi cama, pero yo me defendí. Levanté la almohada y fue lo que protegió mi corazón. Salieron muchas plumas y creí que andaba soñando. Pero el miedo era real e hizo que me pusiera de pie. Entre el caos corrí a la puerta, pero él en seguida me derribó y se puso sobre mí. Sus manos eran… Heladas, tan blancas. Su aliento apestaba alcohol, no de licores, sino del que usan los médicos. Fue entonces cuando mi padre entró. El hombre lanzó su cuchillo y atravesó el brazo de mi padre. Probablemente nos habría matado de no ser porque uno de los vecinos alertó a la policía. Después me enteré que el señor Florek dijo ver a alguien sospechoso cruzando el techo de nuestra casa y por eso llamó. Oímos las sirenas y las ventanas reflejaron las luces. El hombre arrancó el cuchillo de mi padre y huyó por el pasillo. Escuché un ruido, como si se hubiera roto un cristal. Me asomé y vi que la ventana que estaba apuntando hacia la parte trasera de mi casa se había roto. Fue la última vez que lo vi. Pero te puedo asegurar una cosa: nunca olvidaré esa cara, ni esos ojos, ni esa sonrisa psicótica. Me asusta abrir los ojos y reencontrármelo a mitad de la noche.

La búsqueda del culpable sigue en progreso. Si ve a alguien que encaja con la descripción del sujeto de esta anécdota, por favor, póngase en contacto con su departamento de policía local.

Terminé de leer el artículo. Hay un retrato a lápiz del presunto asesino, asemejándolo más a una máscara de Halloween que a un ser humano. Al lado está la fotografía de la heroica Katie Robinson.

— Menudo fracaso de homicida tuvo que ser para no poder arponear esa ballena— Señaló Daniel.

Katie es de rostro regordete y esféricas proporciones. Un objetivo bastante grande. Imaginé que perseguirla sería como cazar dos personas atadas juntas de una pierna.

— Fue su primer intento. Sé tolerante.

— ¿Hay más noticias?

Rebusqué. Encontramos tres víctimas más, estas sí que acabaron con el pescuezo cortado. También leímos la conclusión del asesino a manos del actual Capitán de la policía: Edmund Hopkins. La historia nos supo a poco. ¿Este fue el culpable de aterrorizar el condado durante cuatro años? ¿Mucho estilo y poca sustancia?

— Seguro que mato a más personas— Afirmé, sintiéndolo desde las entrañas—. Falta información.

— Son los homicidios acreditados a él. Tal vez hubo otros, pero no tuvieron las pruebas suficientes para ligarlo. Suele pasar con algunos asesinos seriales— Daniel se separó del monitor.

— No dice donde vivió. Ni nombra a su familia. Tampoco por qué terminó con esa cara.

— Estamos hablando de los archivos de la biblioteca y sobre la policía local. No esperes milagros.

Un anciano cuya cabeza fue más una pasa que cráneo, se asomó desde la recepción con el dedo frente los labios y sopló— Shhh.

Abandonamos la biblioteca. Entramos al primer callejón que vimos desde la avenida principal.

— ¿Alguna razón en especial por la que sientas interés en Jeff the fuckin killer?— Me entregó el vodka.

Empiné la botella entre mis labios y luego se la devolví. Recosté la cabeza contra la pared, el cemento helado erizó los pelos de mi nuca. Cerré los ojos. El retrato blanco y negro flotó delante de mí. Le di profundidad, coloreé los rasgos, oscurecí el cabello desaliñado, doté de rojo su sonrisa y delineé los ojos hasta que sus pupilas quedaron como dos puntos negros y temblorosos.

A diferencia de muchos humanos con entrañas de monstruos, Jeff es un monstruo por dentro y por fuera. Su expresión está repleta de matices, ninguno bueno. Nunca sorprende que venga por ti, porque él nació para vestir la muerte y repartirla. Suspiré.

— Creo que estoy enamorado.

Daniel rió. Me mostró el cuchillo que compró ayer. De filo curvo, plateado, nacido para la carne. Demos un paso al frente y sacrifiquemos por la sangre del crimen.

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Dime Jeff (Interludio)

Mensaje por Chioban » 03 Ago 2019 18:58

Uff, me costó un montón escribir este capitulo. El objetivo de generar miedo o mínimo incomodidad en el lector es una tarea laboriosa. Casi tan difícil como hacer gracia. No sé si lo logre :noooo: Soy un amateur en estas cosas. Pero, hay que intentarlo, ¿no? Tropezar, levantarse y seguir.


Interludio: Visitantes nocturnos.
Frank Deep se despidió de su novia, Natalie Parker, con un beso en la boca. Tierno, prologando, con sabor a fresas debido al labial de la chica. Fue alrededor de las 10:00 pm, bajo la puerta principal de la casa Samberg. Un típico hogar de suburbios perteneciente a un asalariado y un ama de casa, que en momentos del suceso visitaron un hotel para sazonar su monótono pero estable matrimonio. El niño de la familia, un pequeño de 8 años llamado Bob y apodado Bobby, quedó hipnotizado con el televisor de su dormitorio. Disparó a naves poligonales con el mando de su consola de juegos, generando luces parpadeantes de todos los colores que alumbraron por la ventana. Natalie, famosa en La Crosee por el exótico color de ojos violetas más que por asuntos de peso, se echó en el sofá de la sala, tomó el tazón de palomitas de maíz, y se puso a ver A Nightmare on Elm Street.

Regresemos con Frank. Alto, broceando, de blanca sonrisa, fornido por las prácticas como capitán del equipo de futbol local. Un galán sin nada que envidiar. Se alejó de la puerta de los Samberg, llegó a la acera y abrió la puerta de su coche: un Chevy 2001 color azul claro. Antes de entrar sintió un escalofrió en la nuca y una pesadez en el estomago. La acechante sensación de que no todo es correcto en el ambiente. Llámalo instinto o sentido de la preservación. La noche es más fría, solitaria, la luna surge en el cielo como un fantasma de la original. Miró a la derecha, a la izquierda, ojeó por encima del coche. Dos siluetas aguardaron bajo una farola encendida en la acera contraria. Varones, uno más alto que el otro, el primero pálido y el segundo moreno, ambos llevando ropas oscuras.

Frank distinguió el movimiento de sus bocas. Los desconocidos hablaron entre sí con frases cortas, siempre en voz baja e imposible de distinguir. Ambos le miraron. Uno dijo algo que hizo reír al otro. El atleta entendió que se burlaron de él, y la incomodidad nacida de un temor desconocido se sustituyó por una irritación con la que se sintió más cómodo. Bordeó el auto, se acercó hasta la mitad de la calle y exclamó:

— ¡Oigan! ¿Qué demonios hacen?

— Negociamos una mamada, ¿interesado?— Dijo el mayor. Fue el turno del más bajo para reír.
Frank alzó el mentón y apretó los puños.

— Imbéciles— Murmuró, cosa que sacó más risas al par. Decidió que es inútil montar una escena en plenos suburbio a mitad de la noche. Se obligó a tragarse el mal sabor de boca y subió al vehículo. Mañana hay partido, necesita descansar.

La prudencia y la fortuna salvaron su vida. Si Frank hubiese aceptado la invitación de Natalie de quedarse hasta la madrugada, o cayera en conflictos con el dúo, el equipo de futbol se habría quedado sin Capitán y fracasarían en los juegos estatales. El Chevy avanzó por la carretera y Frank, por el retrovisor, notó como los desconocidos se alejaron en dirección contraria.

Una hora y cincuenta minutos más tarde. Natalie apagó el televisor. Los parpados le pesaron y la necesidad del sueño aturdió sus sentidos. Lavó el tazón y lo dejó en la encimera. Subió para revisar que Bobby esté dormido. Cruzó el pasillo y entreabrió la puerta de la habitación. La franja de luz iluminó la cama del jovencito. Bobby estuvo boca arriba, la sabana subió y bajó al ritmo de su respiración. La niñera cerró la puerta lentamente, procurando no despertarlo.

Regresó a la sala de estar y fue apagando las luces. En su camino de vuelta arriba, para descansar en la habitación de huéspedes, oyó un golpe. Se paralizó, quedó con un pie en el primer escalón y otro en el suelo. Sonaron dos golpes más. No vinieron del piso superior ni de otra habitación. Reanudaron. El corazón de la niñera martilleó con más fuerza. Entendió que se originaron en la puerta del frente. ¿Quién toca a esas horas? Es la pregunta que se hizo. Pensó que Frank cambió de opinión sobre quedarse. Caminó hasta la puerta y observó por la mirilla. Soledad. Movió las cortinas y echó un vistazo por la ventana para asegurarse. El jardín delantero permaneció vacío. En la acera alguien estacionó una furgoneta gris. La visión del vehículo la asaltó de dudas y preocupaciones. ¿Quién lo dejó allí y para qué?

El tiempo para hacerse preguntas escaseó. Esa noche sombras de muerte rondaron la casa. Un crujido fuerte quebró la quietud. Natalie supo al instante de donde vino y corrió hasta la cocina. La puerta trasera azotó la pared, con su cadena de seguridad rota y el viento helado interrumpiendo. El color abandonó el rostro de la chica. ¡Un ladrón! Cantó el pánico y la hizo estremecer. La oscuridad de la cocina pareció poblada. Oyó pasos, personas respirando, un aliento en su nuca. Presionó el interruptor en la pared más cercana, la luz regresó. Mesa; cocina; nevera; alacena; lavamanos goteando; encimera con el tazón encima. Nada cambió. El pasillo a sus espaldas permaneció vacío, eso le trajo una pizca de alivio efímero.

Avanzó con rapidez hasta la puerta y extendió una mano para cerrarla. Lo vio allí de pie. Las luces de la casa revelaron la figura de ropas oscuras y la máscara de conejo hecha con plástico barato. Piel azul marino, ojos saltones que escondieron ojos humanos. Natalie se congeló al ver que cargó un mazo de hierro. El desconocido dio un paso al frente, calmado como si entrase a su propio hogar. La chica despertó de la parálisis y propinó un portazo. Tomó el teléfono de pared y corrió a la sala. Respiró con agitación. Su mano temblorosa dificultó marcar el 911. Miró a la cocina, el conejo asomó la cabeza. Natalie abrió la boca para gritar, pero una mano le cubrió los labios y azotó su cabeza contra un recuadro de la familia Samberg. El cristal estalló y se encajó en su sien. Dolor. Rojo. Observada por ojos que no sienten.

El destino de Natalie Parker quedó zanjado. Vayamos con una persona que aun guarda posibilidades de tener una vida.

En el piso superior Bobby despertó por el alboroto. Miró la puerta. La luz del pasillo permaneció encendida, pudo saberlo por la iluminación filtrándose debajo. Oyó ruidos extraños. De primeras pensó que vinieron del almario o bajo la cama, y observó con cautela las siluetas que formaron sus juguetes en la oscuridad, cobrando proporciones monstruosas gracias a su imaginación. Tras agudizar el oído, entendió que se originaron en planta baja.

Un pataleo. Algo quebrándose. Golpes contra las paredes. El niño se sentó, desconcertado, creyendo que tal vez Natalie dejó el televisor encendido. El ruido cesó un par de minutos. Esperó oír la voz de su niñera, pero el silencio se mantuvo. Captó pasos lentos, ajenos a los que habituaba oír cuando Natalie se acerca. Quien sea que fuese anduvo con tranquilidad y cautela, sin apresurarse ni detenerse. El niño distinguió el ruido de las puertas abriéndose con lentitud, como si aquella presencia buscase algo en las habitaciones. Los pasos sonaron cada vez más próximos. La sombra de dos pies interrumpió la luz del pasillo. Bobby se echó la frazada sobre la cabeza y se giró a la pared. Cerró los ojos, escondió el rostro entre sus manos e intentó regular la respiración. El pomo giró y tras un click la puerta cedió con un chirrido. La presencia avanzó hasta quedar al lado de su cama.

— ¿Natalie?— Preguntó Bobby en voz muy baja. De inmediato se arrepintió de abrir la boca y deseó que el hombre del saco fuese malo de oído.
Pero el hombre escuchó.

— Silencio— El tono es suave, juvenil, el de cualquier muchacho sano que te encuentras por la calle.
— Despertarás a los vecinos. Eso no sería educado.

Bobby guardó silencio. Extrañó a su madre y a su padre. Ansió gritar, pero tuvo la corazonada de que haría enojar al desconocido, y enfadarlo es un error. El colchón se inclinó por el nuevo peso. Los dedos de una mano enguantada acariciaron la cabeza del chico a través de la frazada. Lo hizo con cariño, delicadeza, la calidez de una mano amable.

— ¿Dónde está Natalie?— Bobby trató de sonar tranquilo, pero las palabras le salieron rotas.

— Abajo. Somos sus amigos.

— ¿Amigos?

El niño bajó la frazada y ladeó la cabeza hacia el hombre. Estuvo sentado dándole la espalda, con las orejas de conejo azul sobresaliendo de la cara. Las mascara barata de feria encaró los ojos vidriosos del pequeño. Bobby respiró hondo y preguntó:

— ¿Ella está bien?

No le respondió. El jovencito reparó en el mazo de hierro que descansa en las piernas del conejo. Intentó deslizarse fuera de la cama, pero la mano del visitante lo empujó de vuelta al colchón.

— No te levantes. Es tarde.

— Quiero verla.

— Está ocupada con mi compañero. No querrás molestarlo. Él odia a los niños ruidosos y malcriados.
El tono se volvió más severo y exigente. La mano enguantada cubrió a Bobby con la frazada hasta el cuello. Acercó el rostro al de niño. El aliento frío y perfumado con licores adormeció la nariz infantil y le produjo nauseas.

El visitante explicó:

— Yo también los aborrezco. Pero soy más comprensivo— Con una mano rebuscó en el bolsillo de su anorak—. ¿Cómo es el mundo para ti? ¿Qué es la inocencia? Yo jamás la tuve. Nací roto y la luz se espantó tras intentar entrar por las grietas.

Sacó una moneda dorada, con la señora de la libertad a un lado y el presidente James Monroe del otro.

— ¿Cara o cruz?— Preguntó.

— ¿Qué?

— Escoge, ¿cara o cruz?

Bobby tardó en entender. El conejo lanzó la moneda, esta dio un giro y aterrizó en su palma, luego la llevó hasta su antebrazo y la mantuvo oculta. En completa mudez esperó que el pequeño eligiera. El resultado fue desconocido para ambos, y costó decidir cuál de los dos andaba más ansioso de descubrirlo.

— ¿Cruz?— Dijo Bobby nada seguro. Saltó a un precipicio con globos atados a su cintura y esperó volar. Pudo jurar que debajo de la máscara el desconocido sonrió.

El conejo levantó la mano y reveló a la estatua de la libertad.

— Un dólar afortunado para un chico afortunado— Colocó la moneda sobre la frazada. Se puso de pie, con el mazo reposando en su hombro. — Guarda ese amuleto por el resto de tu vida. Te trajo suerte una vez, lo hará de nuevo.

— ¿Esto es un sueño?— Dijo Bobby sin atreverse a moverse.

El conejo se ahorró la respuesta.

Las luces de la casa se apagaron. Una furgoneta se encendió y abandonó la calle. Bobby permaneció mirando el dólar entre sus dedos pequeños y pálidos, hasta caer dormido.

Encontraron el cuerpo de Natalie Parker la noche siguiente.

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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por lucia » 08 Ago 2019 20:15

Tienes un problema con los tiempos verbales y eso rompe un poco el ritmo a leer. Eso sí, el ritmo es bueno.

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Chioban
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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (En progreso)

Mensaje por Chioban » 09 Ago 2019 18:44

L-Lo sé. Trato de arreglar esos detalles, pero siempre se me escapa. Cuando toque reescribir deberé usar lupa. Bueno, gracias por la opinión, que aunque corta, se aprecia.

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Dime Jeff Final

Mensaje por Chioban » 13 Oct 2019 08:33

6: Dime Jeff.
Los ojos bailan en el frasco de formol. Pupilas violetas. Acerco el rostro y reflejo mi expresión en el cristal. La mirada muerta se convierte en mi mirada y luce ideal. Es un recuerdo que tomó Daniel, los arrancó de las corneas con una cuchara. La chica ya estaba muerta, y eso a él le molestó. Se sintió tan estúpido, debió hacerlo antes. Cuando ella pataleó, y lloró, y se meó encima.

Para Daniel nuestro debut en el arte de arrebatar la vida, fue una gema sin pulir. Una vergüenza para los grandes torturadores. No brilló lo suficiente para satisfacerlo. Deseó un segundo intento. Caminó de un extremo al otro del dormitorio. Tomó la pipa y la estrelló contra la pared. Ahí van nuestros últimos gramos de hierba. Salió y cerró la puerta de un portazo.

Eché la cabeza atrás, reposando en la almohada. El ventilador del techo giró y giró. Olfateé mis dedos, aun huelen a queso y sangre. La furgoneta nos la prestó un amigo de Daniel, un tal Chuck. Cerdo amante del guacamole y los Doritos. El tipo le debía un favor a Daniel por esconderlo luego de la violación de una niña exploradora. Chuck eludió la justicia, y ahora espera en el sillón de su sala que más niñas vendiendo galletas toquen el timbre de su puerta.

Mi compañero quiso la muerte. Yo deseé algo más. Ladeé la cabeza hacia el estante. Ojos violetas que flotan, ¿ven el mundo de forma diferente? Creí que sí. Por eso la seguí luego de las practicas del coro, y la acosé durante días, hasta le pedí disculpas cuando la tropecé en la acera. Ella sonrió y peinó su cabello dejándolo tras la oreja. Recordé esa sonrisa al cortarla.

Ojos violetas, ¿hay color más allá de tu mirada? Tomo el cuchillo. Afinco y atravieso la piel. La sangre brota. Ustedes se mueven temblorosos hacia los lados, se humedecen y escupen agua salada. La boca amordaza es incapaz de gritar. Me miran, me reconocen de la acera, en silencio ruegan por misericordia. ¿Se puede leer el pedido de piedad en la mirada ajena? Sí, es un brillo singular, un temblor en la pupila, la dilatación exacta para trasmitir el más absoluto temor. Seguí cortando. Tracé líneas desde el antebrazo hasta el codo. Mejilla. Frente. Subí por su abdomen terminando en el seno izquierdo. El pecho subió y bajó al ritmo de la agitada respiración. Sudó terror. Rebané el pezón. Mis manos se vistieron de rojo y brillo, oxido y hedor a Doritos. Maldita sea, Chuck.

Daniel se entretuvo con el mazo. Le atinó al fémur. Luego a la rodilla, crujió. Al tercer golpe un hueso salió para decir Hola. Daniel lo volvió a meter de un nuevo golpe. La invitada se sacudió y tuve que apretar las ataduras. Mi amigo se bajó los pantalones. Le dije que se me olvidó comprar condones. Maldijo y se desahogó con un mazazo en el estomago. Coca cola y palomitas de maíz semi-digeridas brotaron entre la mordaza.

Salí del dormitorio y en el comedor encontré un invitado sorpresa. Me recordó al niño de la otra noche, pero no es él. Es más pálido, joven, cabello rubio, nariz pequeña, traje blanco de marinerito. La cinta americana lo mantuvo derecho.

— ¿Cómo está Tiara?— Preguntó Daniel, de cara al fregadero y de espalda a mí.
— No lo sé. Ya casi nunca la veo.
— Tengo ganas de echarle el diente. Es un poco mayor, sí, pero sigue estando guapa. Me recuerda a mi madre. Esta vez no olvides los condones.
— ¿Vamos ahora?
— Lo siento. Ocupado.
— ¿Dónde conseguiste al chico?
— Lo ráscate de un agujero. ¿Qué clase de desgraciado entierra un niño perfectamente utilizable? El mundo cada día está más loco.

Daniel puso a calentar el aceite en un sartén. Está cocinando. El nunca cocina.

— Iré a ver a alguien— Afirmé.
— Te guardaré el almuerzo. Consigue un buen jabón de manos. Mis dedos apestan a Doritos.
Asentí y salí del apartamento.

¿Por qué se admira a otra persona? Es habitual que un hombre o mujer tenga a alguien como un ejemplo a seguir o alabar. Puede ser un profesor, doctor, científico, inventor, cantante, cocinero, etcétera. Generalmente son personas exitosas, con ideas o historias que han logrado enterrarse profundo en la vena sentimental de quienes los ven con miradas llenas de esperanza. Tienen algo que el que babea y aplaude carece. Llámalo intelecto, dinero, o poder. Nadie admira a los fracasados o a los que no tienen nada. La admiración es el sinónimo lindo de la envidia. Es querer, y correr para alcanzarlo. Cuando fallas o te resignas, y crees que es imposible, te cruzas de brazos pensando que ese personaje es mejor que tú por la fortuna o la genética.

No es culpa nuestra. Desde que naces te hablan e instruyen para que seas la mejor versión de ti. Claro, esa versión de buena persona suele cambiar con las épocas y las sociedades. Un hombre decente del antiguo medio oriente apedrea a una adultera. Un hombre decente del moderno y progresista occidente, aplaude a la adultera, pues es su cuerpo y su decisión. La televisión te escupe en el rostro a los héroes a seguir, al tipo de capa que siempre salva el día o al políticamente correcto. Que hermosa es la mujer de grandes pechos y trasero, te dicen hoy. No veas a la mujer como un objeto, te dicen mañana.

Cuando todo luce opaco, y ni los ruidos fuertes y los discursos motivacionales te impulsan, ni la publicidad te deja ciego de asombro, hace falta escudriñar más en el lodo para encontrar a la persona que te empuje y te obligue a hacerte preguntas. O mínimo te haga creer que existe una respuesta verdadera. De la misma forma que muchos alaban a Gandhi o Martin Luther King, un puñado más aplauden los nombres Stalin o Mao Zedong. Viva los genocidas. Vivan los líderes de la secta o los asesinos seriales. Afinca. Corta. Pulsa. Ella llora. Voy más profundo. El viscoso ruido del cuchillo atravesando los tejidos blandos me produce una erección. Mi corazón late. Ve a dormir, susurró una voz en mi cabeza. Respiro hondo. Abro los ojos y continúo mi camino.

Hace una semana encontré una página en internet, tributo a Jeff the killer. La pagina se llama Dime Jeff. Hice buenas migas con la administradora del sitio. Una noche, somnoliento por cinco horas de platica ininterrumpida, le confesé que mi amigo y yo le arrancamos lo ojos a la cachorra del vecino. Ella me preguntó cuánto los disfruté. Contesté que fue la mejor experiencia que he tenido. Nina estuvo feliz por mí y me envió la dirección donde se reúne su grupo.

El lugar se encuentra aquí en La Crosse. No les diré la dirección exacta para ahorrarle problemas. Descendí las escaleras de la parte trasera del edificio. En la puerta del sótano fue escrito con trazos salvajes el nombre de la página web. Letras rojas que lloran al insertar una cuchara. Cuencas negras. Un rostro blanco acosando mis pasos, mirándome con agitada respiración desde todas las esquinas. Le recordé a Daniel la frase, a él le pareció gracioso pintarlas en la pared del almacén. Ve a dormir, que a estas horas los niños malos están jugando. La sangre tiñe con poderoso color. El mundo dejó de ser gris y el sollozo de una chica torturada palidece la música de Beethoven.

Un anillo de sillas, solo cinco personas, seis contándome. Nina tomó lugar a las 12 en punto. Un tipo cualquiera a mi derecha, con traje barato. El veterano de uniforme militar dos sillas a la izquierda. Mi profesora de geografía se sentó a la izquierda de Nina, e hizo como si fuésemos desconocidos. Aprecio el gesto. Un tipo gordo de barba oscura tomó sitio dos puestos a la derecha de la anfitriona.
Nina es joven, de mi misma edad. Usó mucho maquillaje, no para lucir bella sino para acercarse a su ídolo. Hace rato que su cara cruzó la palidez de ultratumba y se internó en las fotografías viejas blanco y negro. Con delgados labios rojos como pétalos de rosa. Su cabello terminó en una coleta de tinta. Usó ropa de morados chillones y medias largas de franjas naranjas. La fundadora del club se mostró feliz. Una sonrisa grande, poco natural pero verdadera. Le quedó como anillo al dedo.

— Iniciamos la treinta segunda reunión del Club de Jeff. Bienvenidos, mis príncipes.

Fue un apodo cariñoso. La voz chillona de campanilla me recordó al tono de una niñera. Nadie lució molesto.

— Hoy tenemos un nuevo invitado. Digan hola a Josh.

Los cuatro me saludaron en sincronía, ninguno sonó animado.

— Josh contactó conmigo hace como diez días. Chateamos mucho, aprendimos bastante el uno del otro. Casi hasta puedo jurar que somos almas gemelas— Me miró. Todos me miraron. —Saben que soy muy cuidadosa a la hora de traer nuevos compañeros, así que no desconfíen y muéstrense abiertos. Él es cómo nosotros, un inconforme. ¿De qué exactamente? Saben que suele variar.

Su mirada viajó en el sentido de las agujas del reloj.

— El trabajo. La sociedad. El país. La familia. Hasta el simple hecho de vivir suele ser motivo de insatisfacciones. Somos infelices, eso es un error. Jeff también era igual. Pero él encontró la respuesta en el sufrimiento, se topó un camino propio para ser feliz. Sí, existen caminos para alcanzarla. ¡Hay una respuesta! ¡Esa es la frase clave! Repitan después de mí.

¡Hay una respuesta! Clamé con los otros. Cada quien tuvo su forma de decirlo. El tono de la profesora fue monótono y tranquilo. El del soldado un grito de guerra. El barbudo exclamó con una sonrisa bonachona. El asalariado con temblores en las manos. Nina continuó:

— Para comprender lo que digo es necesario escuchar y aprender la historia de Jeff. ¿Entiendes, Josh? De él se sabe poco, la policía quiere que se sepa poco. Gracias a unos amigos de mi padre pude obtener información privilegiada. Presta atención.

Asentí. Ella empezó a contar.

Jeffrey Allen Woods. Nacimiento: 3 de Abril de 1986. Hijo de un matrimonio convencional. Hermano de un tal Liu. Familia de clase media sin grandes gozos ni pesares. Se mudaron a un suburbio del condado a inicios del milenio, debido a que el padre consiguió un ascenso y lo transfirieron a Wisconsin. El expediente escolar de Jeffrey revela que tenía buenas notas, aunque siempre cayó en peleas con los chicos problemáticos. Un suceso que encendió varias alarmas, fue cuando un chico terminó apuñalado en el brazo durante una pelea que lo incluyó a él y a su hermano. La policía investigó, y Liu decidió cargar con toda la culpa. La fiscalía tuvo en cuenta la edad de Liu y su carencia de antecedentes, fueron clementes, dándole la pena de un año. El evento pareció afectar mucho a Jeff, se sintió culpable porque según decía fue él mismo quien apuñaló al abusón y golpeó al resto. Se mostraba distraído en clases o a veces se dormía en mitad de una conversación, dejando entrever problemas de insomnio.

Quince días más tarde se celebró la fiesta de un niño del suburbio. Jeff fue invitado. Su madre lo instó a asistir, creyendo que quizás mejoraría su humor. Según cuentan los testigos, Jeff se relacionó bien con los otros niños. Hasta que el mismo trío de la pelea con Liu irrumpió en el patio de la casa. Uno llevó una pistola. Hubo un tiroteo, aunque nadie murió por heridas de balas. El cabecilla del grupo falleció por un golpe contundente en el área del pecho, los nudillos de Jeff quedaron marcados en la piel. ¿Cómo demonios tuvo la fuerza para hacer eso? Retomando: Un abusón quedó inconsciente. El último se enfrascó en una pelea con Jeff que los llevó hasta el baño de la casa.

— De las estanterías les cayó un montón del alcohol y lejía— Comentó Niña, inclinada hacia adelante, escudriñando mi expresión en busca de algo que desconozco. Movió las piernas hacia atrás y adelante como una niña pequeña. —Pero uno tuvo un encendedor y el otro no. Mi príncipe acabó siendo el afortunado. El sufrimiento le hizo ver la verdad.

Imaginé la escena. El alcohol se prendió en llamas mientras la lejía se internó en los cráteres abiertos por el calor. Gritos desesperados. Rostros de asombro. El hijo del alcohol y la lejía nació de una ola de fuego.

— Jeffrey acabó internado de emergencias en el The Sacred Heart Hospital, en Tomahawk. Duró inconsciente hasta finales del año.

Nina mandó a traer un una mesita rodante con un televisor y un reproductor VHS.

— Conseguí la cinta hace un par de meses. No preguntes cómo. Una chica tiene sus secretos.
— ¿Es legal grabar a los pacientes en un hospital?
— Por los problemas que tiene el país con los comunistas y musulmanes, aquí se graba todo. Claro, en secreto para no espantar a quienes piensan que vivimos en una sociedad libre. Pero incluso con cámaras los crímenes no disminuyen ni la justicia es más eficiente.

Mostró una sonrisa. Costó descifrar si está feliz por pisar un mundo corrupto o solo bromea. Encendió el televisor y metió la cinta en el VHS.

La imagen monocromática bailó con la estática antes de estabilizarse. Careció de sonido. Mostró un paciente sentado en una cama de hospital, con el rostro vendado hasta el cuello. Una enfermera y una mujer a la que Nina señaló como la madre de Jeff, aguardaron. Jeff mantuvo la cabeza gacha, con el cuerpo encorvado hacia delante y las manos cerradas en puños. Permaneció en esa posición largos minutos, hasta que su madre movió los labios y dijo algo que lo avivó. Le hizo saltar de alegría y desconectar la vía del suero. La enfermera se apresuró a tranquilizarlo.

Según Nina, los testimonios de la enfermera cuentan que la madre le habló sobre la liberación de su hermano. Liu quedó absuelto y libre de cargo tras las acciones del grupito que los molestó. Nuestra anfitriona cambió la cinta por una de dos semanas después. La familia completa se reunió para ver el estado del rostro del chico. Las enfermeras limpiaron y cambiaron las vendas en distintas oportunidades durante la hospitalización, conocían qué hallarían. Los Woods carecían de ese privilegio. Los labios quemados se convirtieron en un par de sombras. La piel inmaculada como una hoja en blanco. Su cabello castaño y liso mutó en una maraña de greñas oscuras. El rostro plano y la pésima calidad del video, convirtió su cara en una mancha blanca fuera de lugar entre los humanos. La boca de la madre se abrió en un grito. El padre y el hermano temblaron. La enfermera le entregó un espejo de mano a Jeff. El cuerpo del chico se estremeció, Jeff echó la cabeza atrás, sus hombros se estremecieron arriba y abajo al ritmo de carcajadas mudas por la falda de sonido.

Otra vez acerco el rostro y reflejo mi expresión en el cristal. La mirada demente se convierte en mi mirada y luce ideal.

— ¿Es normal que terminase así?— Pregunté.
— No. Es un milagro.
Ladeé la cabeza hacia Nina y dije:
— Se volvió loco.
— Vivimos en un mundo de locos.
— ¿Lo dejaron ir?
— El padre sobornó al hospital. Desfigurado y demente, los Woods querían a su hijito de vuelta. Adorable. Esa misma noche mi príncipe usó un cuchillo para tallarse una sonrisa de oreja a oreja, se quemó los parpados con un encendedor, y finalmente asesinó a toda su familia. Los envió a dormir para siempre.
— ¿Por qué lo hizo?
— ¿Qué cosa?
— Todo.
— ¿La sonrisa? Quizás para siempre mostrar su alegría. ¿Los parpados? Tal vez amó demasiado su nuevo rostro y ansiaba admirarlo sin interrupciones. ¿El asesinato? Hay demonios hambrientos en el corazón humano que no se pueden ni se deben controlar. ¿Qué se yo? Soy una simple fan.

El tipo barbudo se llevó la mesita con el televisor. Nina retomó la palabra.

— Es normal que poco a poco nos invada una sensación extraña, que casi parece al azar y te deja muchas dudas. Dile vacío, dile impulso, dile necesidad de sentirse satisfecho y conforme con tu vida. Nace, crece, reprodúcete, y muere. No somos animales, hace falta más que eso para completarnos. ¿Qué cosa necesitamos? Como dije, la respuesta cambia dependiendo de la persona. A veces no es agradable para el mundo. Pero no tiene que serlo, lo importante es que nos sentamos bien y libres con nosotros mismos.

Cada quien tuvo su turno para contar su insatisfacción, y explicar la respuesta que creen haber encontrado para calmar definitivamente la sed que ennegrece sus días y no se calma con agua.
El veterano ansió matar a los migrantes y sus defensores. Los llamó sanguijuelas que huyen de países en ruinas para succionarle la sangre al suyo desde adentro, contaminando la tierra con sus costumbres y transformando el país en una quimera de razas irreconocibles la una de las otras, sin cultura ni raíces. Salvar a Estados Unidos es su respuesta. Tiene las armas, tiene el entrenamiento, tiene la voluntad y toneladas de odio. Solo le falta el lugar y el momento idóneo para motivar a la gente e iniciar el exterminio. Todos les deseamos buena suerte.

El asalariado se quejó del trabajo. Comentó que fue convertido en una maquina sin capacidad de pensar u opinar, atrapado por los grilletes del sueldo y la deuda que nace naturalmente con las responsabilidades de adulto. Alquiler, facturas, impuestos. Un día despertó y cayó en cuenta que es solo otro engranaje más de la maquinaria, encasillado en un cubículo hasta que sus ojos se derritan por la radiación del monitor y la artritis provoque que lo reemplacen por otro robot más joven e igual de desechable. Quiso pegarse un tiro, el suicidio fue su respuesta. Nina le entregó un revolver. Solo apunta y dispara.

Fue el turno de la profesora. Respiró hondo y se pasó la mano por el rostro. Habló a nosotros con el mismo tono que utiliza para especificar la ubicación de un país.

— No puedo resistirlo. Las imágenes vuelan a mi cabeza, en mis sueños, cuando paseó por el parque, mientras almuerzo o me ducho. Suelen variar, a veces es el maletero de un coche, o en la cama de mi apartamento, incluso donde trabajo. Puede ser una compañera, o mi hermana, o mi tía. Siempre frías, en un charco de sangre. Yo sonrío. No hay nada comparables a esas fantasías que me hagan sonreír así.

Nadie se espantó o alzó una ceja.

— Lo que debes hacer es muy sencillo— Nina se inclinó hacia su dirección. Habló con lentitud, pronunciando las palabras de modo que no hay errores ni malentendidos. —Tienes que matar. Asesina, querida.

La profesora sacudió la cabeza.

— No me siento lista.
— Date tiempo, sin presiones. Te saldrá cuando deba.

Nina enderezó la espalda. Su coleta negra descansó frente su hombro derecho y bajó hasta su pecho. La vi colgando de sus frágiles muñecas al techo del almacén. El bombillo azul iluminando su cuerpo desnudo, destrozado y profanado por objetos filosos. Las ventanas rotas escupieron chorros de sangre, convirtiéndose en un lago que me llegó hasta la cintura y siguió creciendo. El oxido inundó mi nariz. El viento arrastró la carcajada de un loco alegre, que disfrutó degollar personas bajo la noche. La risa se convirtió en decenas de ellas, un coro a la locura y la muerte del prójimo. La sangre inundó mis pulmones. Los gris se volvió rojo. Desperté. El resto de invitados se me quedó mirando. Nina me guiñó el ojo y retomó su discurso:

— Lo que hacemos no es corrupción. Es filtración. Asimilación y liberación de nuestros demonios internos para alcanzar el bienestar. Basta de ocultarnos tras las caretas de moralidad impuestas por la sociedad. Es hora de buscar estar llenos, abandonar el vacío. Purificación, iluminación, llámenlo como más les guste. Recuerden, lo más importante es alcanzar la respuesta. Solo así serán felices. Felices como Jeff. Más alegres que nadie nunca antes. Y cuando les toque la hora de dormir para siempre, podrán abandonar esta tierra sin arrepentimientos.

Terminó la reunión.

Llegué al apartamento de Daniel. El aroma a estofado de carne y vegetales me recibió. El vapor de la comida indicó que fue recién servida. El chico de la mañana desapareció, sustituido por un hombrecillo calvo, panzón, con la nariz rota, llevando una camiseta con el cuello oscuro de sudor y los calzoncillos apestando a semen. La cinta americana lo mantuvo quieto.

— Hola, Chuck.
— Quemaremos la camioneta con él— Avisó Daniel, sirviéndome puré de patatas y caldo con cuadritos de carne. Se limpió la sangre de los nudillos en el delantal. — No junto a él, con él.
— Entendí a la primera. ¿Habló con la policía?
— Aun no. ¿Pero confiarías en esta basura?
— Solo confío en ti.

Pinché un cuadrito de carne con el tenedor y me lo llevé a la boca. Grasoso y blando. Amargo. Sabe fatal.

— ¿Dónde metiste al chico?
— Bon Apetite.

Me lo imaginé.

La policía no tardó mucho en abandonar el caso de un pederasta calcinado. Seguro hasta aplaudieron tras enterarse. El caso de la estudiante decapitada con una guillotina para papel, recibió más atención. Atraparon a la culpable y me quedé sin profesora de geografía. Ve a dormir, que a estas horas los niños malos están jugando.

...
7: Katie Robinson.
Los monstruos necesitan tiempo para madurar. Nadie nace predispuesto a ser malvado. Decir lo contrario sería subestimar la profundidad del Homo Sapien. Un animal que es escupido por el vientre materno siendo el organismo más inofensivo del planeta, y se convierte en el depredador más peligroso conocido en la historia y la prehistoria. Echarle la culpa a un tornillo suelto es un mecanismo de defensa para la sociedad. Es más fácil decir que los asesinos seriales están locos y son las ovejas negras del rebaño, que aceptar que son animales como tú y yo, pero marcados por experiencias distintas que desencadenaron en terribles acciones. Admitir lo segundo sería aceptar que todo el mundo, desde el padre de una iglesia, hasta la señora que dirige la venta de caridad, podemos alcanzar un nivel de crueldad que supera los instintos de las criaturas salvajes. Nadie quiere cargar con la responsabilidad del mal.

Las mascaras y disfraces de los monstruos en las películas, no son para proteger al asesino. Su verdadero objetivo es proteger a la humanidad, hacerla creer que enfrentan a la máscara y no a un hombre o mujer de carne y hueso, un vecino, un familiar, o un amante. Quédate tranquilo, tú no puedes violar, ni matar, ni aparecer como el malo en un documental de la tele. Si existe una posibilidad de que lo hagas es pequeña, aunque es más probable a que te toque la lotería. Lo mismo aplica a todos los demás. Duerme tranquilo.

Existen muchas razones por las que se ponen apodos a los asesinos seriales. Los convierten en publicidad, monigotes bidimensionales que plagan los titulares de los periódicos para entretener o escandalizar. No es Pedro Alonso López, es el monstruo de los andes. No es Jeffrey Dahmer, es el calcinero de Milwaukee. La maquinaria mediática los vuelve historias que se venden bien, tan reales como Michael Myers o Chucky. Podemos hacer películas, artículos, canciones, tanto ruido que el sonido de la carne siendo cortada y los gritos de ayudan poco se distinguen. Un minuto de silencio por los fallecidos. Toda una vida de alboroto por el que los mató.

Rectifico, más que una barrera se trata de un seguro moral. Puedes matar a cinco personas, pero deja de contener el aliento, no eres tan malo como aquel que mató a diez. Puedes violar a una mujer, pero calma, el que violó al niño es mucho peor. Crímenes menores y mayores. Daños leves, daños graves. Cientos de calificaciones para difuminar el mal hacer. En un mundo justo cualquier mal sería pagado con un tiro en la cabeza. Aquí todo se etiqueta y cataloga, y en un intento de justicia, le damos un carnet del gimnasio al culpable en la cárcel local.

Cuando se quitan las pieles y se destruye la belleza, ¿Qué queda debajo? Un monstruo. Todos lo somos. Pero aun no nos cae suficiente lejía en la cara para revelarnos tal y como somos. Un rostro que en su monocromía acarrea más colores que cualquier cosa. Una cara que carece de la falsedad del mundo moderno. Él te observa, sabes que morirás. No importa cuánto ruegues, te matará sin importar quién seas. ¿Hay algo más justo e igualitario que eso?

Nina me indicó la ubicación de la tumba. Mentí y le dije que solo iba a ver. Son la una de la madrugada. La bruma esta alta y los grillos cantan a lo lejos. La lapida de concretó fue agrietada con patadas y alguien pinto la palabra ASESINO sobre el nombre de Jeff. La llovizna de la tarde ablandó la tierra, facilitándonos el trabajo y levantando un agradable aroma a césped húmedo. Daniel trajo las palas. Empezamos a cavar. Sacamos tierra durante media hora. Daniel se quejó al no encontrar nada. Seguimos cavando más hondo. Diez minutos después de búsqueda infructuosa, nos detuvimos para regresar a la superficie. Miré lleno de decepción aquel agujero vacío.

Katie Robinson actualmente tiene 25 años. Trabaja de enfermera en el The Sacred Heart Hospital, el mismo lugar donde en teoría fue tratado Jeff. No sé si es una broma o una coincidencia. Obtuve su horario y la intercepté de camino a la entrada. Le conté mis intenciones sobre hablar de Jeff the killer, ella me dijo que me perdiese pero le hice cambiar de opinión con un billete de 50. Acordamos vernos en el estacionamiento durante su descanso.

Estos siete años le sentaron estupendo. La obesidad se fue, dejándola con una cintura de sirena y muslos carnosos que atrajeron la mirada. También tiñó su cabello de negro y se bronceó la piel en un intento de olvidar su antiguo yo. Tomó asiento en el capó de un coche. Se cruzó de piernas y por unos segundos logré ver sus bragas rosas.

— ¿No eres muy joven para ser periodista?— Preguntó y encendió un cigarrillo. Tiene las uñas pintadas de azul pastel.
— Noticiero escolar.
— Que raro. Cuando estaba en secundaria, los del periódico solo publicaban el cronograma del almuerzo semanal y poemas pretenciosos que nadie leía. Jamás gente muerta. Tampoco asesinos seriales.
— No soy periodista. Te mentí, pero eso no importa. Solo quiero saber tu versión de los hechos, la original.

Ella me miró de arriba abajo. Inhaló la nicotina y escupió una bocanada de humo. Me contó la misma historia de los periódicos. Sin ninguna diferencia, como si hubiese practicando cada oración una y otra vez.

— ¿Es la verdad?— Quise saber.
Katie se echó a reír.
— No lo es. La verdad es mucho más simple y mundana, como siempre.
— ¿Mentiste?
— Sí y no. Comencé el juego, luego lo seguí, pero al final me aburrí y pasé a otra cosa. Los medios de comunicación nunca se cansaron y continuaron lanzando artículos o documentales sobre Jeff cada dos por tres, o al menos hasta que la historia dejó de ser novedad— Hizo comillas con las manos. Dejó caer sus sandalias y estiró los dedos. —Veras, esa noche papá y yo peleamos. Estaba tensa. Las malditas de mis compañeras hurtaron mi ropa mientras me duchaba y escribieron Cerda inmunda con lápiz labial en el espejo. Logré recuperarla, pero no sin recibir una ola de burlas que me dio muchas ganas de rajarme el cuello. Vagué por la ciudad rezando para que un ladrón iracundo me hiciera el favor. No tuve esa suerte. Llegué a casa muy tarde. Papá estaba furioso, nunca fue de los comprensivos, menos desde que mi hermana murió. Gritó. Yo grité. Me dio una bofetada. Estallé, busqué un cuchillo y se lo clavé justo en el brazo.

Con el cigarrillo hizo el gesto de apuñalar.

— Lloré y vomité en cuanto me di cuenta de lo que hice. ¿O el vomito vino primero? El viejo Florek debió escuchar todo el alboroto y llamó a la policía. Papá es un idiota, pero me quiere. No quiso que me enviasen a un reformatorio o que me etiqueten de violenta. Íbamos a mantener todo en secreto, pero entonces escuchamos las sirenas.
— Los artículos cuentan que el señor Florek atestiguó ver a un hombre sospechoso entrando a tu habitación.
— El señor Florek era un anciano decrepito. ¿Sabes qué edad tenía en ese entonces? 72 años. ¿Sabes qué edad tiene ahora? Cinco años de muerto. Quizás vio un gato, escuchó los gritos, y confundió todo con un robo. También era un racista de mierda. Sus primeras declaraciones hablaban de un negro sospechoso entrando en mi habitación.

Hizo una pausa para fumar

— Papá rompió la ventana. Yo le abrí la puerta a la policía. Me comporté de forma histérica para no dar declaraciones y chillé hasta que me dejaron ir con él hasta este hospital. Sí, justo donde estamos ahora. En realidad la herida no era tan grande. Acordamos una sola versión de los hechos y le contamos a la policía que un tipo al que no logramos ver bien porque estaba oscuro, trató de robarnos. Lo descubrimos y en un forcejeo papá salió herido. Esa clase de cosas pasa diariamente. No les extrañó y dijeron que harían todo lo posible para atrapar al culpable.
— ¿Qué hay de Jeff? ¿Vete a dormir? ¿Cómo se te ocurrió la historia?

Katie empujó mi pecho con el pie y me alejó. No me percaté que cerré la distancia. Pedí disculpas. Ella reanudó la explicación.

— En esos años empezaba a fumar. Estaba demasiado gorda. Aborrecía mi cuerpo y prefería matarme a nicotina que recaer en las lágrimas de la autocompasión. Como papá no sabía nada sobre el vicio, y está prohibido fumar en el hospital, bajé acá para desahogarme. Recién terminaba el tercero cuando noté que una niña me estaba mirando. Justo allí.

Señaló un pilar de concreto al fondo.

— Era tan pálida que la confundí con un fantasma y del miedo solté el encendedor. Me incliné a recogerlo y cuando me enderecé la niñita del demonio estaba ahora a tú distancia. Pegué un brinco, pero ella de cerca ya no parecía un fantasma, y en vez de salir corriendo con el rabo entre las piernas, me enfadé. La niña no se asusto por mis gritos. Solo permaneció mirándome sin parar de sonreír.
— ¿Cómo se llamaba?
— ¿Qué se yo? Me puso de los nervios y decidí irme. Entonces me tomó de la mano con mucha fuerza, casi encajándome las uñas. Recordé a todas las niñas siniestras de las películas de terror y me paralicé— Usó el tono de alguien diciendo una broma. No me hizo gracia. Katie rodó los ojos y continuó. — Sin preguntarle nada me habló sobre su amigo imaginario. Una especie de príncipe de piel blanca como la leche, mirada siempre atenta, y una sonrisa de gato de Cheshire. Nunca parpadea ni deja de sonreír. ¿Te suena? Es él. La niña dijo que lo conoció en este hospital y desde entonces jamás dejó de cuidarla. Siempre le aconsejó irse a dormir temprano. La niña me advirtió que esa noche él me visitaría.
— Suena a historia de fantasmas.

La enfermera asintió de acuerdo.

— Justo llegaron un par de enfermeros y se la llevaron a rastras, con ella gritando, pataleando y riendo. Me enteré luego que la pequeña era esquizofrénica. Explica mucho, pero no todo. Su advertencia se cumplió y esa noche soñé con él. No se parecía nada a un príncipe, su mirada atenta estaba inyectada en sangre y su sonrisa maravilla lució como algo que un loco se talla con un cuchillo. Me susurró con un tono carente de cualquier calidez humana: Ve a dormir.

El cigarrillo entre sus dedos estuvo a poco de consumirse. Una capa brillante de sudor se le formó en la frente.

— Me desperté gritando. Papá tuvo que levantarse de la camilla a abrazarme para calmarme. Durante una hora cada vez que cerré los ojos vi el rostro de nuevo y chillé. Poco a poco se fue difuminando, pero aun notaba la mancha blanca al parpadear. Durante el almuerzo ya estaba más tranquila. Una guapa periodista se acercó y me entregó su tarjeta ¿Tiara Darling o Tina Darling? Creo que era uno de esos dos nombres. Estoy segura que notó mis nervios, es que aun no dejaba de pensar en mi pesadilla. Le conté lo mismo que le dije a la policía. Solo que esta vez sí estaba aterrada de verdad... Entonces tuve una epifanía. La llamada de la sirena nombrada Codicia. Agregué al monstruo de mi sueño, primero con cierta duda ya que no sabía si hacerle caso a mi instinto, tampoco ansiaba quedar como una mentirosa. Pero mientras más avancé, noté que los ojos a la periodista se le pusieron como naranjas. Terminé la historia... Recuerdo que las manos me temblaban. Ella también lució nerviosa. Me preguntó si mi testimonio era completamente real. Entonces ese demonio de blanco volvió a aparecer en mi mente y me eché a llorar del miedo.

Katie dio un aplauso y gritó:

— ¡Detengan las prensas! ¡Un monstruo anda suelto! O un trastornado de aspecto horrible y deformado. Es lo mismo. La noticia salió pocos días después y atrajo mucha atención mediática. La historia se hizo popular y me hizo popular a mí. Todo cobró más fuerza cuando por todo el condado empezaron a aparecer testimonios de la misma aparición, gente aterrorizada por acosadores de rostro fantasmal. Lo más probable es que se debiera a un caso de historia colectiva. ¿Reales o ciertos? ¡Da igual! ¡La historia vende! Aparecí en televisión para contar los hechos una y otra vez. Gané buen dinero. Fui materialmente feliz. Pero no me dejé llevar. El papel de la casi-víctima no es algo que me apeteciera hacer toda la vida. Más aun cuando empezó a sonar la presunta identidad del culpable. ¿Cómo iba a saber yo que el amigo imaginario de una trastornada, y la imagen de una pesadilla, tuvieron de protagonista a alguien real?
— Jeffrey Allen Woods.
— Exacto. Hice mi tarea, investigué quien era él. El pobre chico se metió en pleitos durante una fiesta, terminó bañado en alcohol y lejía, y luego fue quemado vivo.
— Entonces esa parte de la historia es verdadera.
— Claro. Lo ingresaron de emergencias en este hospital. Intentaron salvarlo. Sus heridas eran tan graves que dio igual cuanta morfina le inyectaron, seguía gritando y zarandeándose tanto que casi se corta la lengua con los dientes. Al final cedió y murió tres días después de su ingreso.
— ¿Y el cuerpo?
— Horrible. Vi las fotos, coinciden bastante bien con la descripción del amigo imaginario de la niña. Aun no entiendo cómo terminó así. Hubiera sido más humano que quedase al carbón— Katie se abrazó a sí misma. —Seguramente la mocosa vio su rostro de alguna manera y quedó traumatizada.
— ¿Estás segura que murió? ¿Dónde lo enterraron?
— Los papeles de defunción están en regla. Oí el rumor de que la familia lo incineró. Pero es difícil confirmarlo debido a que los Woods se mudaron a no se sabe dónde, luego del incidente.
— Eso explica la ausencia del cadáver— Murmuré.
Katie asintió. Bajó del auto, se puso las sandalias, dejó caer el cigarrillo y lo pisó. Le pregunté:
— ¿Por qué no informaste a la policía? ¿No crees que el mundo necesite saber la verdad? Para que el espíritu de Jeff descanse en paz luego de tantos años.
— El que debería preocuparse por eso es su asesino. Ganarme la reputación de zorra mentirosa no lo revivirá ni ayudará a nadie excepto a la prensa. Los vampiros se quedaron cortos comparados con esa gente, ellos te chupan la vida.
— Yo podría decirles.
— No, no lo harás.

Me crucé de brazos y bufé. Ella volvió a rodar los ojos.

— Oí de los saqueos en el cementerio. ¿Cómo te enteraste que no hay un cuerpo bajo la lapida? Obviamente no lo sabías. Imagino que eres el saqueador, o conoces al saqueador. No te conviene atraer la atención pública. Incluso si fueses un santo de poco serviría decir que todo fue mi invento... Jeff the killer existió. Mató gente. Fue asesinado por nuestra policía local.
— Sí que tienes todo bien pensando.
— Soy lista. Cuando no eres bonita, tienes que serlo o el mundo te hará pedazos. Ahora soy bonita, pero no he dejado de pensar ni una sola vez.
— ¿Cómo explicas los asesinatos? ¿O los testimonios de personas que se lo encontraron?
— Quizás a un loco le gustó la historia y quiso replicarla. Tal vez le inspiró. Muchos se insensibilizan y buscan una excusa tonta para pagar sus miserias con el mundo, como si todo no estuviera lo bastante jodido ya.
— La policía dijo que el culpable fue Jeffrey Allen Woods.
— Jeff fue cremado, poca gente sabe esto. Jeff fue el asesino, muchas personas lo saben. Quizás ambas son verdad.
— No tiene sentido.
— Tampoco es mi trabajo dárselo. Dudo que sea el tuyo.
— Una conocida me mostró un video de la habitación de Jeff. Ella me contó que Jeff fue dado de alta y mató a su familia.
— ¿Habitación de hospital?

Asentí.

— Falso. Grabar a los pacientes es ilegal. Tu amiga te engañó. O quizás yo te engaño. ¿Cómo tener certeza? A veces hay que reunir las piezas y formar con ellas la verdad que más cierta te parezca, o la que menos te incomode. Siempre faltan pedazos. O no falta ninguno... Pero los tenemos al revés y ni nos damos cuenta.
— Eres toda una charlatana, ¿sabías?

La enfermera echó la cabeza atrás y se echó a reír, sosteniéndose en el estomago. Al regresar la mirada al frente me preguntó:

— ¿Tienes 18 años, cariño?
— No.
— Lastima... Eres lindo. Adiós.

Dio media vuelta para irse.

— ¿Y si maté a alguien por culpa de esa historia?— Cuestioné, con la mano en el bolsillo de mi anorak, apretando la navaja entre mis dedos.

Ella se sobresaltó. Me miró sobre su hombro, directo a los ojos tratando de descubrir si estoy bromeando. Entendió que no y su expresión se volvió agria.

— ¿Desde cuándo los cuentos matan? Sé hombrecito y acepta tus responsabilidades. Si te graduaste de asesino fue por decisión propia, ningún fantasma o tulpa te obligó— Dijo y se apretó el puente de la nariz, como si sufriese una repentina jaqueca. Suspiró. —Sí creo que este mundo está repleto de energías místicas y elementos que se escapan de nuestra comprensión. Pero no soy tan inmadura e ingenua para echarles la culpa de la maldad en las personas. Como decía papá: Si el diablo toca tu puerta para comprarte el alma, de seguro llevabas tiempo queriendo un trato con él. ¿Quieres un consejo hipócrita? Entrégate a la poli.
— No quiero hacer eso.
— Entonces que no te pillen. Vete antes que memorice tu rostro y tengas que agregarme a tu lista de víctimas. ¿Es muy larga?

Negué con la cabeza. Katie se fue sin añadir más.

Recosté mi espalda contra la pared, me deslicé y quedé sentado en el suelo. Esperé sirenas de policía durante quince minutos, pero nadie llegó para leerme mis derechos. Del techo la sangre gotea, filtrándose desde varias habitaciones arriba y formando un charco frente mis pies. Un par de manos blancas se cerraron alrededor de mis pantorrillas. El toque es tan helado que quema. Me arrastró al interior del charco. Me hundí como si de arena movediza se tratase. Cuando la sangre estuvo sobre mi nariz, logré ver una niña sonriente medio escondida tras el pilar de concreto.

Reí.

...
8: Respuesta.
Alquilamos un coche para esta noche, de esos vehículos tan comunes como las piedras junto el camino. Daniel es el conductor y yo el copiloto. A izquierda se abre el bosque. A la derecha una elevación de tierra coronada por arbustos. Con la linterna iluminé la pared natural e hizo figuras con mi mano libre: Un perro; Un ganso; Un perro otra vez. No tengo creatividad para esto. Desde la radio sonó The Passenger de Iggy Pop. Los dedos enguantados de Daniel toquetearon el volante al ritmo de la canción. Usó camiseta sin mangas, mostrando en todo su esplendor la telaraña pálida tatuada con navajas y hojillas en los brazos, hasta cerca de los hombros. Lleva semanas sin agregarse una franja nueva. Ya no lo necesita.

— ¿Quieres darle un trato especial o se hará rápido y limpio?
— Es la cuarta vez que me lo preguntas— Contesté.
— Me siento como un niño pequeño con un regalo nuevo. Entiende mi emoción.

Lo entendí.

Un bache en el camino nos hizo rebotar. La invitada en el maletero debió golpearse la cabeza. Apagué la linterna y la dejé entre mis piernas. Me froté las manos enguantadas y pregunté:

— ¿Te has arrepentido de algo que hayamos hechos?
— ¿Beber? ¿Drogarse? ¿Coger? ¿Matar?— Me miró de reojo.
— Comer.
— Oh, cierto. Me dio indigestión. No hagamos eso tan a menudo. O tratemos con alguien vivo para ver si saben mejor. Tengo una nueva receta para la noche del Domingo que quedará para chuparse los dedos— Juntó los dedos cerca de la boca y los besos. Regresó la mirada al camino. —Estoy contento. ¿Arrepentido? Nunca. ¿Por qué la curiosidad?
— Hacemos daño a las personas.
— ¿Y? — Ladeó la cabeza hacia mí. Le hice señas al frente, él entendió y volvió a concentrarse. —En serio, ¿Qué pasa? ¿Te importa?
— No— Tan simple como eso.
— Entonces todo va bien. Ven aquí.

Reposé la cabeza en su hombro. Daniel rodeó los míos con un brazo. Sus cicatrices se sienten ásperas contra mi mejilla. Cerré los ojos y disfruté de la calidez de su compañía, contrastando con la frialdad de esa noche sin luna. En el espejo derecho del auto juré ver la sombra de un coche siguiéndonos. Al parpadear, el vehículo fantasma se esfumo. Estos días el velo de mi realidad se desquebraja. A veces tengo la visión de amplias sonrisas que se abren paso desde las paredes, repitiendo en desorden nombres de decenas de personas, algunas de gente fallecida (Ligados a homicidios de Jeff), el resto no los reconocí pero supuse que también enriquecieron con su lapida algún cementerio. El retrovisor mostró a Jeff sentando en el asiento de atrás. Giré para verlo, pero desapareció. Al regresar la mirada al retrovisor él estuvo observándome de nuevo. Sus pupilas negras se agrandaron y empequeñecieron como si el agua de sus ojos hirviera.

— Me estoy volviendo loco— Murmuré.

Daniel escuchó y soltó una carcajada.

— Somos despreciables, Joshua. ¿Pero locos? Claro que no. Somos las personas más cuerdas del planeta. La búsqueda de muerte nos reunió aquel día en la azotea, y hoy ella se convirtió en nuestra respuesta para darle sentido a esta vida que no lo tiene. ¿Te digo qué sí hubiera sido lunático? Dejarlo pasar.

Estacionamos el vehículo en una parcela de tierra flanqueada por un arbusto espinoso con forma de C. Abrimos el maletero. Nina, amordazada de boca, pies y manos, nos observó con ojos cansados. Un hilito de sangre bajó por su frente culpa del rebote de antes. Daniel y yo compartimos miradas.

— Recuerda, se hará rápido— Fulminé.
— Vale, entiendo, Señor Aguafiestas.

Tomé las palas, puse el tablón de madera bajo mi brazo, y usé la linterna para liderar la caminata. Daniel cargó a Nina en sus hombros. Tuve que encorvarme para abrirme paso entre los arbustos, las espinas me acariciaron la piel y una que otra dejó su punta de recuerdo. Los sonidos de queja de Nina contrastaron con las risas de mi compañero. Él siempre saca lo mejor de las peores situaciones, pero el frío empezó a amargarle la expresión.

Avanzamos derecho por el bosque, hasta conseguir una distancia prudente de la carretera. Los seres de la naturaleza se ausentaron esa noche, quizás espantados por el ambiente a fosa de cadáveres que arrastró nuestro cuarto y espectral acompañante. Jeff soltó una lluvia de murmullos que, cuando alcé el oído para prestar atención, logré convertir la cascada verbal indescifrable en una frase coherente que se repite.

Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana...

— ¿Oyes eso?— Pregunté.
— Es una noche silenciosa. ¿Nina, tú oyes algo? Oh, cierto, no puedes hablar. Tonto de mí. Y tonta de ti por mentirnos, maldita perra.

Todo está en mi cabeza.

Daniel recostó a Nina en un tronco caído. Ella nos observó con la espalda encorvada hacia delante, la respiración agitada, y la mirada de una persona anhelando arrancarnos las espaldas a mordiscos. Dejó atrás su sonrisa en el momento que salió del sueño y nos encontró en su habitación. Seguro pensó que fuimos obra de su mente desequilibrada. En tiempo record le hicimos entender que a diferencia de su príncipe, somos un peligro real.

Aparté las hojas muertas de los árboles y con ambas manos clavé el tablón de madera en la tierra. En la cara frontal están escritas las palabras Aquí descansa Jeff, con rotulador permanente. Tomamos la pala y cavamos buscando conseguir un agujero de un metro de profundidad, quizás un poco más.

— Estamos ganando atención de los medios. Tenemos que ser más cuidadoso o nos pillaran— Comentó Daniel sin dejar de trabajar.
— ¿Decimos adiós a Wisconsin?
— Aun no. Dejemos el plazo en una semana, diez días como máximo. Primero consigamos una buena camioneta, algo de dinero y solucionemos el asunto de tu madre. Sin ella será más difícil rastrearnos.
— ¿A dónde iremos?
— Nuevo México. Si todo se complica, cruzaremos la frontera y conduciremos muy al sur. En el tercer mundo matar es más sencillo. También oí que la comida es excelente.
— Te noto muy interesado en la comida estos días.
— Digamos que mis dotes de chef por fin florecieron, Joshua.

Nuevos territorios, nuevas víctimas. Las huellas de sangre continúan hacia el horizonte, cada paso es el grito de un alma arrancada de la carne que la resguarda. La luna esta noche celebra la música que brota del piano tocado por las huesudas manos del corrupto. Los mortales escuchamos el ruido del viento soplar. Su canción empieza a tener sentido solo si estás prestando atención.

El fantasma ríe entre diente a mis espaldas. ¿Eres tú, Jeff? No... Jeffrey Allen Woods no es Jeff. Seguramente fue un chico bueno, amoroso y, a pesar de sus errores, inocente. Pero su muerte degeneró en crímenes y pecados. Surgió una entidad menos humana, simpatizante del sufrimiento. Aquel que riega y cosecha el mal es un cegador de parca blanca.

¿Hay maldad en el corazón humano? Seguro. ¿Qué se necesita para exprimirla hasta que esa sustancia negruzca y putrefacta fluya entre las grietas de los maltrechos? Solo una historia. O un impulso captado al azar. Un mal día. El odio. El abandono. La infidelidad. Enfermedad. Las ansias del suicidio. Cualquier nimiedad sirve de excusa.

Encara a la muerte violenta, que te bañe y te seduzcan con los perfumes que brotan de los cuerpos sudorosos y vivientes durante la tortura. Un coro más bello que cualquier gema o paisaje utópico. Asesinato. Homicidio. Aniquilación. Masacre. Exterminio. Hay que ver cuantas palabras existen para referirse a causar el fin de la vida. ¿No se los dije ya? Nuestra lengua está encantada por el acto de matar. Corta. Perfora. Clava. Lástima. Daña. Mutila. Viola. Devora. Tortura. Destaja. Humilla. Traiciona. Cuanto brilla la vida cuando se acerca la muerte. El asesinato es nuestro voto de amor.
Simplemente hazlo... Siempre está a un paso. A una línea tan fina y frágil como el cabello de un cadáver. La vela homicida ilumina solitaria en el lado oscuro de cada corazón, alumbrando a los demonios internos. Una llama minúscula, pálida, que tiembla con cada latido. Andamos cubiertos de alcohol y lejía, esperando ser encendidos aunque sea con la chispa de un encendedor. Jeff no es uno. Jeff somos todos.

Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana. Mente sana come manzana...

Al final encontramos la verdad, querido amigo. La respuesta que es tuya y es mía.

Zarandeé la pala y le atiné con la parte delgada en la nuca. Daniel cayó de boca a la tierra húmeda, donde le propiné otro golpe en el área posterior del cráneo. Se agitó en convulsiones hasta que, tomando la pala con ambas manos, hundí la punta en la cabeza. La sangre brotó del suelo y fue llenando el agujero con rapidez. Rostros aullantes flotaron en el creciente lago carmesí, arrojando maldiciones al cielo y extendiendo sus manos para jalarme al infierno. Me arrastré fuera del hoyo y recosté mi espalda en el tronco caído, jadeando. Nina desapareció. Sobre el bosque se alzó un gigante de rostro plano y blancuzco. Su figura escondió la luna y superó las montañas. Se inclinó, transformando sus ojos y su sonrisa en mi cielo. De sus cuencas expulsó una luz rojiza que bañó la naturaleza, dándole la belleza de las paredes del corazón. El mundo late, canta y baila. Eché la cabeza atrás y solté muchas carcajadas. Reí hasta que me saltaron las lágrimas y mi garganta vomitó fuego. Jeff también rió. Me dejó sordo. La tierra tembló. Las almas desviaron sus maldiciones a él. Giraron convertidos en esferas de luz, quemando con odio las greñas negras que cayeron a los lados como cascadas de tinta. Pero estás volvieron a crecer y la risa de Jeff llegó a tal punto que mi consciencia amenazó con apagarse.

— ¡Oye, chico listo!

Una voz firme y humana me hizo recuperar los sentidos. Me froté los ojos. Calmé mi respiración. Sudando, me puse de pie con ayuda de la pala. Observé los restos de materia gris en la pala y deduje que todo es real. Subí la mirada al origen de la voz. Nina estuvo detrás del hombre. Él, quien me dio una impresión vaga de haberlo visto antes, me apuntó con una pistola. La luna retomó su gobierno. Los grillos revivieron. El lago de sangre se evaporó como un sueño, y en su lugar quedó un agujero con el cadáver de la única persona que amé.

Para ustedes mis confidentes, testigos y hasta cierto punto cómplices de mis pecados: Les admito que por primera vez en toda mi vida estoy plenamente satisfecho. Cerré los ojos. Apreté el agarre de la pala y corrí hacia el hombre. La pistola rugió.

Hora de dormir para siempre.

...
Epilogo.
El policía y el asesino se encararon desde ambos extremos de la mesa. La mano derecha de Edmund Hopkins quedó sobre un álbum cerrado, y la izquierda atrajo un vaso de café tinto sin azúcar a sus labios. Joshua toqueteó la mesa de metal con un ritmo que solo él pudo entender. Aun llevó la bata del hospital del que fue sacado apenas estuvo sano para caminar. Alzó la mirada hacia el oficial, aguardando sin pronunciar palabras. Edmund dejó la taza y sacó un sobre de su chaqueta.

— Siempre guardo una foto de las victimas de todos mis casos. Sonará morboso, y en parte lo es. Pero me ayuda a nunca olvidar— Abrió el álbum. Con cada movimiento de página mostró decenas de rostros. —Aun con sus crímenes resueltos, las vidas de esas personas se perdieron para siempre. En su mayoría excelentes ciudadanos. Que tragedia.
— Nos están mirando— Comentó Josh, mirando de reojo el espejo en la habitación.
— ¿Importa?

El chico se encogió de hombros. Edmund sacó la fotografía de una joven de ojos violetas.

— Natalie Parker. Secuestrada... Torturada... Y finalmente asesinada. Créeme que la fiscalía procurará que el jurado imagine cada truculento segundo de la larga agonía que vivió. Intercambiando con frases como Pudo ser el hijo de cualquiera. Súmale las drogas, el equipo para raptos en los que se incluyen mordazas y cloroformo, ¿y cómo olvidarme del aperitivo? Los trozos de carne humana en la nevera de tu amiguito Daniel Moreno. Al que mataste para encubrir tus actos.

Josh golpeó la mesa con ambas manos y gritó:

— ¡No lo maté por eso!
— Pero eso es lo que el fiscal contará al jurado. No permitiremos que te alivianes la sentencia argumentando problemas mentales, Joshua— Respondió el oficial mirando al asesino a los ojos, con el pulso firme y sin cobardía. —Eres un adulto a los ojos de la ley. Pediré que pongan una aguja en tu brazo. Esa ejecución no es tan pacifica como el cura te hará creer. Algunos científicos argumentan que sientes como te apagas lentamente, tus sentidos desaparecen y los latidos del corazón disminuyen. ¡Tic tac! Morirás con el alma escurriéndote entre los dedos. Un verdadero tormento.

Dejó la fotografía de Natalie en la mesa.

—Hubiera sido misericordioso propinarte la bala entre ceja y ceja, en vez del hombro... Pero decidí no hacerlo. Ni tu amigo, ni tú, lo fueron con Natalie. ¿Por qué no hablas? ¿Qué pasa? Ni has pedido un abogado. ¿Aguardas a que tu madre lo haga por ti? La señora Darling se limitó a asentir y cerrar la puerta en cuanto le di la noticia. Seguro ya sospechaba tus jueguitos macabros. Una madre tiene buen instinto... Tal vez, la única pregunta que rondaba en su cabeza, era saber qué tan bajo cayó su único hijo.

Encontró una página vacía y colocó la foto, luego cerró el álbum. Terminó de beber su café.

— Las personas siempre esperan que, cuando le pones las esposas al asesino, el culpable sea un monstruo y no alguien como ellos. En el 97% de los casos se equivocan. La frase Pudo ser el hijo de cualquiera podría aplicarse a ti también.

Josh se encorvó hacia adelante, hundiendo su expresión y ahorrándose cualquier respuesta verbal.

— He visto almacenes de niñas mutiladas y convertidas en muñecas sexuales. ¿Sabes qué son las películas Snuff? Hay un mercando creciente para ellas, y si deseas combatirlo debes ver tanta mierda que las pesadillas se transforman en tus sueños habituales. Muchos dicen que el mundo es terrible. Yo les corrijo: Nosotros somos los terribles. El mundo es una piedra que gira y flota alrededor de una bola de fuego. El verdadero culpable aquí, los creadores y ejecutores del término maldad, somos nosotros— Arrojó un profundo suspiro y se puso de pie. —Da igual. Hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Solo puedo sonreír y actuar como si la porquería que se oculta detrás de mi espalda sea fuera de lo común.

Los labios del hombre se curvaron hacia arriba.

— Pero te diré algo... A veces puedo sonreír de verdad. ¿Sabes por qué? Porque cuando veo a los bebes recalentados en hornos, o las mujeres sodomizadas con bates de beisbol, me produce un intenso espasmo de asco y odio hacia los culpables. Consuela saber que hay millones de personas en el mundo que comparten el sentimiento de repulsión. Solo me toca rezar a Jesús, a Buda, o a cualquier entidad lo bastante desocupada para cumplir mi petición, que los buenos seamos más que los otros millones de personas que se excitan o son indiferentes ante las tragedias. O mínimo que la gente decente no se cruce de brazos y permitan que la corrupción se extienda.

Dio media vuelta para marcharse y dejar solo a Josh con sus demonios. Pero el chico volvió a hablar, riendo entre dientes:

— Su hija es Nina. Lo es. Lo es.

Edmund ladeó la mirada hacia él.

— Exacto. Descubriste lo que pasa cuando te metes con la familia de un policía. Llevo años persiguiendo asesinos. Ustedes fueron un reto menor, muchacho.

Josh volvió a golpear las palmas en la mesa. Rió.

— Se siente culpable... Por eso nos caza. Por eso no olvida— Se pasó las manos por el rostro en círculos, como si buscase quitarse una tela que lo asfixia. —Ella creó a Jeff the killer. Empezó todo esto y lo sabe. Le dio vida.

Edmund miró el espejo de reojo. Sacudió la cabeza. Regresó hasta la mesa y se inclinó sobre Josh. Susurró solo para él:

— Sí, y yo se la quite.
— ¿Asesinó a Jeffrey Dahmer?
— Asesiné al loco que se creyó esa historia inventada. Resolví muchos problemas.
— ¿En serio? ¿Y cuántos más vendrán después? — Josh se echó hacia atrás en el asiento. — ¡¿Cómo matar un gusano que nunca muere?!

El asesino se impulsó hacia adelante, impactando la mesa con la frente. Edmund retrocedió con un sobresalto.

— ¡¿Cómo matar un gusano sin cuerpo?! ¡Un gusano que habita dentro de todos esperando por salir!— Atizó su cabeza cinco veces. Se abrió la piel de la frente y un reguero de sangre le empapó el rostro. — ¡Esto no termina! ¡Nunca termina! ¡Solo cambia y se renueve una y otra vez! Hasta que ya no queden personas para continuar el ciclo.

Los oficiales de policías se abalanzaron dentro de la sala y lo sometieron, evitando que se lastime más de la cuenta.

— ¡Mente sana come manzana! ¡Mente sana come manzana! ¡Mente sana come manzana! ¡Mente sana come manzana!— Repitió llorando y riendo.
— Llévense a este maldito demente fuera de mi vista— Ordenó Edmund, con cara brava. Los oficiales arrastraron a Josh fuera de la habitación y cerraron la puerta. El lugar quedó en silencio. Edmund caminó hasta el espejo y reacomodó su corbata. A pesar de su semblante tranquilo, por dentro gritó como loco.

Fin.

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Re: Dime Jeff (¿Terror?) (Finalizado)

Mensaje por lucia » 20 Oct 2019 15:37

Pues hay que decirte que debes repasar todo mucho. La primera es la falta de tilde en Prólogo. La segunda es entreabierta, que es una única palabra, no dos. El primer párrafo tiene todavía más cositas, algunas de ellas molestando la comprensión de la frase, por lo que he dejado de leer.

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