El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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jilguero
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Una mala racha





Descendimiento.jpg


Cada vez tenía la respiración más entrecortada y a nadie se le escapaba, salvo quizás a ella misma, que su final estaba próximo. En los momentos de lucidez, cuando la fiebre y el delirio le daban una tregua, pensaba en Giovanni, en su reciente y dolorosa pérdida. Había tenido una infancia feliz y una carrera eclesiástica fulgurante. En los dos últimos años, había sido cardenal de Livorno por deseo expreso del papa. Y ahora, a los diecinueve años, las ponzoñosas picaduras de los mosquitos de la Toscana habían puesto fin a su vida. «¡Maldita la hora en la que seguí el consejo de los galenos!», farfulló mientras se incorporaba levemente en el lecho para facilitar la llegada de aire a sus pulmones.

En los últimos tiempos había tenido varias hemorragias, y de ahí la insistencia de los médicos en que pasara el invierno en el clima más benigno de la costa. Giovanni también tenía los pulmones enfermos y, pensando más en la salud de su hijo que en la suya propia, se había decidido a pasar esos meses más fríos en el castillo de Rosignano, cuya proximidad al mar le hacía tener temperaturas menos extremas. Pero la estancia en aquellos terrenos pantanosos, tan proclives al no menos temible azote de las fiebres palúdicas, se había convertido en una trampa mortal para Giovanni.

«Un olvido incomprensible que nunca me podré perdonar a mí misma», musitó mientras recordaba que un lustro atrás María, la primogénita, con solo diecisiete años, había muerto también de paludismo. Y como las desgracias no suelen venir solas, luego ocurrió lo de Lucrezia. María murió cuando estaba a punto de contraer nupcias con Alfonso, futuro duque de Ferrara, Módena y Reggio y, tras el sepelio, ambas familias convinieron en seguir adelante con aquel provechoso enlace. Aunque solo tuviese trece años, Lucrezia fue la elegida para ocupar el lugar de su hermana mayor. Pero ella, su madre, veló por sus intereses e impuso que, una vez casada, siguiera viviendo bajo su tutela hasta que se hiciera mujer.

Lo único que ansiaba Lucrezia era reunirse con Alfonso y, durante la espera, apenas si comió o habló. La dejaron partir en cuanto comenzó a manchar, pero ya era demasiado tarde: el daño estaba hecho. «¡Pobre Lucrezia, ni siquiera tuvo tiempo de cumplir su deseo de ser madre y darle descendientes a Alfonso…!». En el momento de la despedida, las chapetas en las mejillas contrastaban con la lividez del resto del rostro. Con todo, la sospecha de que su hija ya estaba tísica no hizo menos desoladora la posterior noticia de su muerte. Se rumoreó que había sido envenenada por orden de su esposo. Ella no se había tomado en serio esas habladurías; y si en algún momento de debilidad tenía un mal pensamiento, lo ahuyentaba mirándose en el espejo y comparando la palidez de su rostro y el rubor de sus mejillas con los de Lucrezia el día de su partida hacia Ferrara. Y ahora, sin haber superado del todo la tristeza de su muerte, había tenido que afrontar la igualmente dolorosa pérdida de Giovanni…

Un súbito e inusitado revuelo por los pasillos hizo que se estremeciera. El temor y la duda la obligaron de inmediato a agitar una mano en el aire para atraer la atención de la dueña. Su corazón de madre había sido ya puesto a prueba en demasiadas ocasiones y, sin embargo, la mala racha no parecía haberse acabado aún. Garzia se encontraba en la estancia contigua aquejado también de fiebres palúdicas y pensar que aquellas prisas pudieran ser por su causa le producía pavor. La dueña se aproximó, el rostro descompuesto, los ojos enrojecidos, pero ella no pudo evitar aferrarse a la piadosa mentira, musitada por sus labios, de que el niño seguía lo mismo. En realidad, su intuición no la había engañado: Garzia había sufrido un súbito empeoramiento; y el trasiego se debía al raudo arribo del galeno y a la posterior irrupción del sacerdote y su séquito portando el viático para el enfermo.

La fiebre le hacía sudar y tenía el camisón y las sábanas empapados de sudor. La sensación de estar sucia le producía un gran incomodo. Le gustaba vestir de forma impecable y, para conseguirlo, ponía la confección de sus trajes en manos de los mejores tejedores de oro y plata de Florencia. No se engalanaba, sin embargo, solo por coquetería, sino porque necesitaba disimular su cada vez más deficiente apariencia. Los embarazos se habían sucedido sin descanso desde que se casó. Había hecho suya la divisa que Cósimo había elegido para ella —Cum modore laeta foecunditas— y se había convertido en una esposa fiel y fecunda, que le había dado una docena de hijos. Por desgracia, la mitad de ellos habían muerto ya: Pedricco, Antonio y Ana, siendo niños de pecho; María, Lucrezia y Giovanni, en la flor de la vida. Y ahora Garzia… No, no estaba ya en condiciones de soportar la pérdida de ningún otro hijo.

Eleanora_of_Toledo.jpg


La incomodidad le llevó a hacerle un nuevo gesto con la mano a la dueña. Necesitaba con urgencia que la asearan y que le cambiaran la ropa a la cama. En cualquier momento podría hacerle una visita Cósimo y no deseaba recibirlo en ese estado. Siempre había procurado que la viera arreglada, porque no quería estropearle el recuerdo de la primera mirada furtiva. Ocurrió en Nápoles, en casa de sus padres, a donde Cósimo acudió en compañía de su primo Alessandro. La había mirado con disimulo, por el rabillo del ojo, pero ella se dio cuenta enseguida: tenía solo doce años y nadie solía reparar en su presencia. Y aunque solo fue de reojo, la mirada de aquel desconocido hizo que se ruborizara. No se volvieron a ver hasta que, muerto Alessandro, Cósimo fue nombrado duque de Florencia y precisó de una esposa de buena familia para afianzar su estatus. Su padre propuso que se casara con su hermana Isabelle. Pero Cósimo no la había olvidado, desde aquel efímero encuentro, y manifestó su deseo de tomarla a ella como esposa…

Seguía teniendo fiebre y el aseo la había fatigado mucho. Aún así, el olor a ropa limpia hacía que se sintiera mejor. «Ojalá Cósimo venga a verme antes de que esté de nuevo empapada en sudor», musitó sin mucha esperanza. ¡Qué enamorados estaban el uno del otro! En Nápoles había vivido rodeada de los cortesanos españoles que frecuentaban la casa a su padre y apenas si había tenido ocasión de escuchar la lengua local. Pero, en cuanto se hubo prometido, se esforzó en aprender italiano para poder leer personalmente las cartas de Cósimo. Formaban un buen equipo. Él tenía plena confianza en su buen juicio y, aparte de pedirle a menudo consejo, la dejaba de regente cuando se tenía que ausentar. Ella era muy celosa y procuraba acompañarlo siempre en sus viajes. Había veces, sin embargo, en las que él tenía que marchar solo. ¡Cómo lo echaba de menos, entonces, y con qué ansiedad aguardaba sus cartas!

Cerró los ojos y trató de imaginarse así misma cabalgando a caballo entre los campos de cereales; y luego avanzando entre las colmenas y el bordoneo de las abejas; y por último amarrando el caballo al tronco de una morera y entrando en el interior del criadero de gusanos de seda... La generosa dote recibida de su padre la había invertido de forma muy provechosa. Se le daban bien los negocios y le gustaba velar personalmente por el buen funcionamiento de sus inversiones. Dios había sido siempre muy magnánimo con su familia y no entendía por qué en los últimos tiempos se había ensañado tan cruelmente con ella. ¿La estaría castigando por haber pecado de vanidad al sentirse orgullosa de su propia valía? ¿O acaso de frivolidad al regocijarse demasiado con los bienes terrenales…? Se divertía mucho pescando o yendo de caza; con los juegos de cartas y las apuestas; paseando por las calles de la ciudad a caballo o reclinada bajo el baldaquín de terciopelo verde; o mudándose de un palacio a otro conforme avanzaba el año. Pero todas esas actividades las hacía sin ninguna ostentación, como algo consustancial a su rango de condesa consorte. Además, como contrapartida, era dadivosa con los más necesitados, se preocupaba de mejorar la vida de sus campesinos y protegía a los artistas.

«¡Qué pena no estar en Florencia para poder pedirle a Dios que ponga fin a esta mala racha desde mi capilla del Palacio Vecchio!», exclamó con desaliento. Si se lo pudiera pedir desde ese sanctasanctórum, quizás dejara de hacer oídos sordos a su súplica. Era su lugar favorito de recogimiento y lo tenía cerrado con llave para que nadie pudiera entrar sin su permiso. Las pinturas que adornaban las paredes las había elegido ella de acuerdo con los doctos consejos de Bienvenida Abaravanel —antaño mentora suya y ahora buena amiga—. Los frescos de los laterales recreaban escenas del Antiguo Testamento; y cada vez que contemplaba la de Moisés salvando a su pueblo, veía a Cósimo reflejado en la figura del profeta y a ella misma en la de la mujer encinta que había a sus espaldas. Pero lo que más fervor le causaba era arrodillarse delante del Descendimiento de Jesús que presidía la capilla. El primero que pintó Agnolo Bronzino para ocupar ese lugar se lo había regalado, Cósimo, al secretario del emperador. Ella se había sentido muy contrariada: aquella era su capilla personal y las decisiones le correspondía tomarlas a ella. Pero al final había salido ganando con el cambio: el nuevo descendimiento, pintado por Agnolo a petición suya, era mucho más conmovedor.

«¡Pobre Giovanni! Si no hubiera estado tan enferma, también yo te habría cobijado en mi regazo por última vez. Fuiste un niño feliz y vivaracho. Te encantaban los pájaros y había que tener cuidado para que no los aplastaras entre tus regordetes dedos. ¡Qué paciencia tuvo contigo Agnolo aquella mañana! Tú no puedes acordarte porque eras demasiado pequeño. Ese día te levantaste muy revoltoso y no había forma de que te quedaras quieto. La idea de que te diéramos un pájaro fue suya. Mas fui yo quien eligió al pobre jilguero como víctima. Sus vivos colores llamarían tu atención y eso haría que te quedaras más tiempo quieto. Pero no lo elegí solo por eso, sino también por la piadosa leyenda que cuenta que fue este pájaro el que intentó arrancar las espinas de la corona de Cristo; y dicen que, al hacerlo, se manchó de sangre las plumas en torno al pico. Yo sabía que, como segundo hijo varón, a ti te aguardaba una carrera eclesiástica. Y pensé que el jilguero era, por ello, el pájaro perfecto para que Agnolo lo inmortalizara en tu primer retrato».


Giovanni.jpg


En medio de tanta zozobra, el recuerdo de aquella ajetreada mañana le hizo sonreír. Por orden suya, el aya había vestido a Giovanni de rojo cardenal para que su indumentaria estuviera en consonancia con su futuro. A la hora de posar, le habían colgado al cuello una cadena de oro con una bula de la familia y un trozo de coral rojo para protegerlo del mal de ojo. Giovanni era un niño despierto y rebosante de salud. Resultaba, pues, lógico que le costara dejar de moverse. Pero la treta de Agnolo funcionó y, una vez tuvo el jilguero en su poder, sonrió dejando a la vista los dos únicos dientes de leche que tenía. Giovanni era de sonrisa fácil y aún tenía el pelo claro y fino de los bebés. No tardaría, sin embargo, en tornarse de carácter más arisco y de cabello más oscuro y crespo. Y, a partir de ese momento, solo ella gozaría del privilegio de poder pasarle la mano por la cabeza y juguetear con sus rizos. Había intentado ser una buena madre con todos, pero Giovanni había sido siempre su mayor debilidad…

Los pasos acelerados por los pasillos habían cesado, pero desde el lecho podía oír ahora el monótono soniquete de una salmodia procedente de la estancia contigua. Recordó que en ella se encontraba Garzia y el corazón le dio un vuelco. La nueva calma y, sobre todo, aquel salmódico canto no dejaban lugar a muchas dudas sobre lo que acababa de ocurrir. Nadie, sin embargo, se atrevió a comunicarle el fatal desenlace. Ni tampoco ella tuvo el valor de preguntar por Garzia. Tenía el alma demasiado dolorida, por la reciente muerte de Giovanni, como para enfrentarse a la pérdida de otro hijo. En un gesto comprensible de cobardía, cerró los ojos y se tapó los oídos. Y mientras se preguntaba cuándo Dios pondría fin a tantas desdichas, se quedó dormida. Una elusión necesaria en su estado de gravedad. Porque, aunque ella no lo supiese, el implorado final de aquella mala racha solo ocurriría cuando, seis días más tarde, el 17 de diciembre de 1562, en presencia de su confesor y de su desconsolado esposo, ella, Leonor Álvarez de Toledo y Osorio, muriera también de fiebres palúdicas.



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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por lucia »

Con tantos niños muertos, me has recordado a mi abuela. Lo que pasa es que ella llevó con mucha más resignación lo de los niños. Yo creo que en su época intentaban no coger cariño a los niños hasta que cumplían cinco años y se incrementaban las posibilidades de que sobreviviesen.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por mayuscula »

lucia escribió: 25 May 2022 16:35 Con tantos niños muertos, me has recordado a mi abuela. Lo que pasa es que ella llevó con mucha más resignación lo de los niños. Yo creo que en su época intentaban no coger cariño a los niños hasta que cumplían cinco años y se incrementaban las posibilidades de que sobreviviesen.
Yo no creo que no cogiesen cariño a los niños, es que estaba tan a la orden del día la mortalidad infantil que sabían que tenían muchas papeletas para que les pasara algo así. Según le oí contar a mi abuela, su madre tuvo trece hijos, todos varones que se murieron antes de los dos años. Sólo sobrevivieron los tres últimos bebés que tuvo y que eran tres niñas. Y nunca supieron el motivo.... Y las muertes por sobreparto eran muy habituales también.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por mayuscula »

Por cierto @jilguero , lo que comentas en la pamplina de dar un pajarito para que juegue el niño, también lo hacían en mi pueblo. Recuerdo ver pajaritos pequeños, generalmente gorriones, atados a una cuerda como juguete para los bebés y niños que empezaban a andar. Poco duraba el animalito :(
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

lucia escribió: 25 May 2022 16:35 Con tantos niños muertos, me has recordado a mi abuela. Lo que pasa es que ella llevó con mucha más resignación lo de los niños. Yo creo que en su época intentaban no coger cariño a los niños hasta que cumplían cinco años y se incrementaban las posibilidades de que sobreviviesen.
Te tengo que agradecer el haber llegado, gracias a cuadro de Giovanni con el jilguero, a la figura de esta mujer que, puesta en su contexto histórico, es muy interesante. Fue valerosa y el marido confiaba mucho en ella, aparte de que, tal como se comenta en la pamplina, hizo buenas inversiones y se ocupaba ella misma de vigilarlas. La capilla suya en el palacio Vecchio me parece una preciosidad. Hace años estuve en él, pero no vi esa capilla. No sé si porque no estaba abierta al público o por mi ignorancia. De Florencia había estudiado tantas cosas en la clase de Historia del Arte que aquella visita fue una locura. Maravillosa pero también agotadora. Tan agotadora que recuerdo con un placer especial la vista que hicimos al convento de donde estuvo Fray Angélico en Fiesole (la antigua Florecia). Recuerdo que era una mañana soleada y que mientras paseábamos por el claustro se escuchaba el canto de los pájaros. Y fue tan placentera, entre otras cosas, por la paz que se respiraba en comparación con el bullicio de los palacios de Florencia.

En cuanto a las muertes, creo que estaban acostumbrados a la muerte de los niños pequeños, como fue el caso de Pedricco, Antonio y Ana; aun así, creo recordar que Pedricco murió con 10 meses y ella lo sintió mucho, y le puso Piero de nuevo a un hijo posterior (Antonio poco después de nacer y Ana con cuatro meses). Sin embargo, la muerte de María (17 años), Lucrezia (16 años), Giovanni (19 años) y Garzia (15 años) fueron ya con edades que si le tuvo que doler mucho. Para colmo, el que fueran tan seguidas debió ser tremendo para ella: en 1557 muere Maria, en 1561 muere Lucreziala y en 1562, Giovanni el 20 de noviembre, Garzia el 11 de diciembre y ella el 17 de diciembre. Esas tres muertes en menso de un mes tuvo que ser tremendo para el marido; aunque me estoy acordando que don Diego de Alvear le gana, pues presenció el hundimiento de las Mercedes donde iba su esposa y todos sus hijos, salvo el mayor que estaba en la Medea con él.
mayuscula escribió: 25 May 2022 20:52 Por cierto @jilguero , lo que comentas en la pamplina de dar un pajarito para que juegue el niño, también lo hacían en mi pueblo.
Aunque esta pamplina tiene mucho de realidad, justo ese detalle de que le dieron un pajarito para que se estuviera quieto es obra de mi imaginación. Pero seguramente se me ocurrió porque también yo vi hacer so en mi pueblo. De lo que si me he enterado es de la leyenda que hay detrás del color rojo de la cabeza del jilguero, como si fuera la sangre con la que se manchó al tratar de quitarle las espinas a la corona de Cristo. Y esta misma leyenda, supongo, será la causa de que hay tantos cuadros donde aparece un jilguero, como el de esta madonna de Tiepolo que forma parte de la iconografía de santa Cata del Guadiana. :cunao:

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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »


Pues siguiendo, Cata, con las venturas y desventuras de los sintecho afincados junto a la muralla de Puerta de Tierra, te diré que de nuevo se ha quemado la tienda del mismo sintecho cuyas cosas se quemaron bajo un drago, que, a su vez, sigue peleando por sobrevivir al recalentamiento que sufrió.

Esta vez, la tienda estaba colocada un poco más atrás que el drago y lo que se ha quemado es un trozo de seto. En la foto se ve: en primer plano, el tronco chamuscado del drago; y más o menos en medio, los restos del último incendio.

tienda de sintecho quemada.jpg


Como creo haberte ya comentado, su inquilino es fumador, no sé si solo de tabaco o de algo más, y también amante de los tetrabrik de vino. Aparte habla solo y, a veces, grita, como si insultara en una lengua no conocida. Mi única duda es, si los incendios los provoca él mismo de forma accidental; o si lo hacen los vecinos deseosos de echarlo de la zona.

Por lo demás, en la poca vegetación silvestre que hay en la ciudad, ya se nota la llegada del verano, pues la hierba empieza a amarillear. He visto, con todo, una planta que no conocía que va ganando terreno y que, al igual que los dientes de león, se mantiene verde. No es muy bonita que digamos, ni siquiera agachándome y mirándola con calma. Pero por los menos aporta verdor. Cuando averigüe quién es te la presentaré. :wink:
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 24 May 2022 17:13Una mala racha
Es muy grato aprender historia con tus pamplinas, jilguero.

Por cierto, la leyenda que cuentas sobre el motivo del color de las plumas de la cabeza del jilguero, yo la escuché de las plumas del pecho del petirrojo.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »


En mi caso, ayunque requiere cierto esfuerzo de documentación, es un gustazo sumergirme por un tiempo en el mundo, por ejemplo, de Satie/Valadon, o de Rubens, de Cole o de Leonor, en este caso. Fíjate, me gustó tanto el final de El jardinero del rey que, como me daba pena abandonarlo, ando pamplineando con esos últimos días apócrifos (son un invento de Richard) de La Quintinie. Es una manera de acercarte más a personajes que, por una u otra razón, te atraen.

La pega, o al menos esa es mi sensación, es que en esas pamplinas, al documentarme antes, acaban siendo más densas (y a veces más largas) y eso, dada mi prosa limitada, las puede hacer menos amenas para un tercero. Por ejemplo, fue un disfrute escribir Barcos de papel navegando por el Sena pero comprendo que se pueda hacer pesada su lectura, salvo que seas alguien a quien le interese mucho la historia de Suzanne Valadon con Satie.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Tomasito, Cata, anda otra vez en fase esquiva. Se le echa de menos. Aunque ahora hay arena nueva bajo la boca que usa como ventana. Así que anda de nuevo entretenido haciendo labores de mantenimiento o bien abriendo nuevas vías.

Ah, y ya he averiguado quién es la planta desconocida. Según parece es una especie sudafricana pero que se ha naturalizado en la península. Vamos que consigue ya reproducirse y mantenerse ella solita, sin ayuda del hombre. Mañana te la presento con calma :wink:.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Tomasito le ha cogido gusto al balcón. :D

En la foto se ven restos de la arena fresca que está sacando ultimamente por la ventana.

Y esta noche, Cata, he tenido un sueño que es una pena que no haya podido grabar las imágenes. Puedo intentar recuperar algo con las palabras, pero sé que no habrá color y eso me echa para atrás. No es nada del otro mundo, pero era una experiencia nueva y en un lugar bello.
Tomasito en el balcón.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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¡Qué equivocada estaba, Cata! Yo pensaba que Tomás usaba la ventana y el balcón solo para cotillear, puesto que la puerta, al estar más cerca del suelo, le permitía huir con mayor rapidez. Pues bien, esta mañana he presenciado cómo Tomás, que estaba en el balcón, miraba a un lado y a otro y, una vez se ha asegurado que no había nadie cerca, ha saltado a tierra. Y cómo yo he seguido bajando por la rampa, al verme suficientemnte cerca, de un salto se ha colado por el agujero que le hace de balcón. Me ha sorprendido el tino con que lo hace, pese al desnivel que tiene que salvar y a que esa entrada es más pequeña. :chino:

Pero vamos con la presentación de esa planta que no es nada vistosa, ni siquiera cuando me agacho y la miro por lo menudo. O al menos eso creía yo hasta ver las fotos de sus flores que ha hecho un magnifico fotógrafo al que ayer, por cierto, le pregunté vía coreo electrónico, si podía enlazarlas para mostrárselas a algunos amigos y me ha dicho que las use para lo que quiera. Menos mal porque mis fotos, como ahora verás, te pueden permitir ver la pinta un tanto anodina que tiene y también su gran ubicuidad; pero no la belleza de esas flores que yo apenas si consigo ver bien y mucho menos enfocar en condiciones.

Se llama Galenia secunda y es una planta rastrera y perenne (no se muere de un año para otro), por lo que es buena tapizando la tierra. Tiene un verde poco vivo, un tanto grisáceo y las flores, blancas o rosaceas, son pequeñas y quedan casi ocultas entre las hojas.

Se la considera una especie invasora, lo cual significa que compite con otras plantas de esta tierra de María Santísima y tiende a ganarle las batallas. Eso explica su gran ubicuidad.

Tapizando, por ejemplo, el pie de esta pita, Agave americana, (otra especie invasora, dicho sea de paso).

Al pie de una pita.jpg


O formando una alfombra al pie del muro que sirve de posadero al colirrojo tizón.

Al pie del posadero del colirrojo tizón.jpg


O bien conquistando la arena de la playa y creciendo donde ya no crecen habitualmente otras plantas.

Galenia.jpg


La verdad es que la he visto, sin verla, multitud de veces. Pero la confundía con otra especie habitual de aquí y no le prestaba atención. Hasta que el otro día caí en la cuenta de que no era esa especie, sino una desconocida por mí. Una vez fui consciente de ello, he empezado a verla por todos lados (me refiero a los taludes de la Playita de las Mujeres).

He estado buscando algo de información, y me he enterado que en el sur de España la citaron por primera vez en 1965 y se suponía que estaba en una etapa temprana de invasión. Desde esa primera vez, por lo visto ha aumentado mucho su dispersión, sobre todo en las zonas costeras, sobre todo cerca de los caminos y senderos porque el paso de gente y animales facilita la dispersión de sus semillas. Todavía no se sabe bien el impacto que pueda tener sobre otras especies autóctonas (nativas de aquí) pero hay quien dice que deberían de tomarse medidas para evitar que se expanda mucho más.

Y esa planta que, como verás en mis fotos, es bastante deslucida, también tiene su aquel cuando un buen ojo y una buena cámara le mira mejor los entresijos. Tal como sabe hacer de forma magistral José Quiles, cuyas fotos pongo en el siguiente mensaje porque en este ya no me deja poner más.

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Última edición por jilguero el 01 Jun 2022 19:35, editado 1 vez en total.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Aquí están:

Galenia_secunda.jpg
Galenia_secunda2 (1).jpg


¡Quién iba a pensar que Galenia secunda guardaba estas joyitas viendo mis fotos! ¿Verdad?

Con todo, creo que la temporada de floración debe estar avanzada y que las flores que yo he mirado, incluso con lupa, estaban ya un tanto mustias. :roll: Le comenté al fotógrafo (no lo conocía de nada pero fue muy amable y me respondió de inmediato) que era una maravilla lo que había hecho con las flores de Galenia secunda y me dijo que no era de las más difíciles, que hay flores más pequeñas en las que tiene que decidir si enfocar a un estambre o a otro. :chino: Igual que yo, que las hago con el móvil y, hasta que no las veo en casa con gafas, no sé si están enfocadas o no.

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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Te tengo preparado, Cata, otro descubrimiento botánico. Pero lo vamos a dejar para la próxima semana, pues no quiero que se te atraganten las plantas por culpa de mostrártelas sin dosificarlas convenientemente. :wink:

Lo que si te voy a dejar una panorámica de lo que se veía desde donde se encuentran algunos manchones de las anémonas de tierra (nombre común de la especie) par que te vayas ambientando.
Lugar.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Hoy, Cata, te voy a poner un cuadro que nos propuso HA! hace unos días y que me parece tan triste como sugerente.

Me refiero a 11 de la mañana (Eleven A.M.) del pintor Edward Hopper . Un hombre que no le gustaba hablar de su obra ni de sí mismo y que se limitaba a decir que "La respuesta completa está en el lienzo".

Y precisamente eso, tratar de encontrar la respuesta al porqué de esta escena, es lo que lo hace sugerente.

Eleven-AM-Eward-Hopper.jpg


Una mujer sola, desnuda, aguardando... Está sentada en un sillón y, mientras espera, mira por la ventana hacia lo que parece ser un patio interior. La palidez de su piel sugiere que su vida transcurre habitualmente en el interior de esa habitación y que el sol que recibe es justo ese que entra por la ventana alrededor de las 11 de la mañana.

A lo mejor es una prostituta aguardando a su siguiente cliente y no le merece la pena vestirse para tener que desnudarse luego otra vez. O quizás sea la otra en ese doloroso momento, de soledad y vacío, que sigue a la marcha de su amante...

Hay unos libros sobre la mesa y eso hace que me incline más por la segunda opción y se me venga a la cabeza La habitación 413, desde la que una tal Eleonor le dice a su amigo eso de No sé si estuve equivocada hasta hoy, o si es hoy cuando me equivoco al escribirte esta carta. No sé si el error habrá sido no haber intentado antes expresarte lo inexpresable o si, por el contrario, yerro al intentarlo ahora.

Y entonces me pregunto si también esta mujer, mientras mira por la ventana, estará creando en su cabeza ese alguien con el que vivir una historia de amor imposible. :roll:

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luchana
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por luchana »

Voy a pasarme el domingo y el lunes por Can Tomas (como decimos en mi isla), cerca del del Tirabuzon, (creo) a ver si le veo. Con tus fotos espero reconocer la madriguera, pero como no madrugo no creo que le vea. Pero si me acuerdo le dejaré alguna manzana.
GUZTIONTZAKO ZORIONA – FELICIDAD PARA TODOS
El triángulo de primavera
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