El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 30 Oct 2018 19:49


Una joven soñadora

Una joven soñadora.jpg

Ella soñaba, y mucho; sobre todo despierta. La mayoría de las veces, sueños agradables que le hacían sonreír. Y cuando sonreía, en la perfección homogénea de su rostro se le formaba una leve depresión asimétrica en la mejilla izquierda. Un hoyuelo que invitaba a que los soñadores como ella, en ese camino de voluptuosidad que desembocaba en la comisura de los labios, se detuviesen antes en su brocal.

Se llamaba Irina, Irina Olégovna Lébidieva, y era amante de la naturaleza y una lectora empedernida; detestaba, en cambio, las tareas que la sociedad consideraba más propias de su sexo. Le gustaba pasear a solas por las orillas del Moscova con la vista fija en el fluir del agua o en el vuelo de las aves fluviales; o sentarse bajo un árbol acompañada de una buen libro y, dejándose llevar por el murmullo de las hojas del uno y del otro, irrumpir en esos otros mundos en los que los amores perfectos continuaban siendo improbables, pero al menos dejaban de ser imposibles. Enamorados de ficción de los que Irina, romántica contumaz, entresacaba las virtudes que debía reunir el hombre con el que ella pensaba pasar el resto de su vida. Una especie de dios menor imaginario que ella iba modelando a su imagen y semejanza y que, de forma inexplicable, exhalaba una intensa fragancia a lilas.

Ese día, la joven soñadora se hallaba en la calle Sadovaya Kudrinskaya, en la casa de los Chéjov, en calidad de compañera de escuela y amiga de Masha, la única fémina de ese androceo que era la prole de Pável Yegórovich y de Yevguéniya Yákovlevna. Para Irina, sin embargo, detalles como el de dónde había conocido a Masha, o porqué estaba compartiendo sobremesa con los Chéjov, formaban ya parte de un tiempo fugaz y esquivo. La joven padecía una variedad rara de amnesia que no le permitía conservar prácticamente ningún recuerdo; o al menos no en la forma bien hilada en la que la mayor parte de la gente suele recordar el pasado. De hecho, Irina solo lograba recuperar algunos episodios de su vida pasada durante el sueño; momento en el que los recuerdos desfilaban ante su mente dormida como una serie de secuencias retrospectivas mal entretejidas, que, una vez despierta, la joven consideraba de índole exclusivamente onírica. O dicho de otra forma, para Irina el pasado era un tiempo tan incierto e ignoto como lo es el futuro para el común de los mortales, ya que solo se podía adentrar en él haciendo conjeturas y especulaciones a las que, por otro lado, ella era más bien reacia.

Esta cerrazón de Irina a especular sobre su pasado era, sin duda, una suerte. De haberlo hecho, se hubiera adentrado en un periodo tenebroso, lleno de soledad y abusos infantiles, que posiblemente estaban en la raíz de su amnesia. Un olvido, pues, que tenía más de salutífero que de otra cosa. Conviene aclarar que Irina propendía tanto a la ensoñación como una suerte de mecanismo compensatorio de la ausencia casi total de recuerdos: la única salida que le quedaba para escapar de su presente sempiterno. Un olvido que, aun sin mermarle belleza a su rostro, le daba a este una cierta expresión de embeleso; aunque casi nunca fuese el caso, ya que Irina se escabullía de continuo por las ramas polifurcadas del futuro. Sus ensoñaciones tenían, además, la peculiaridad de ajustarse con una inverosímil exactitud a la realidad futura; si bien tampoco se puede descartar que fuera su subconsciente el que le procurara un devenir acorde con lo previamente ensoñado. En este punto, los estudiosos de la dolencia de Irina, que eran varios y muy doctos, no se ponían de acuerdo. Sí lo hacían, en cambio, a la hora de describir el fenómeno como una especie de memoria invertida que extraía los recuerdos de una zona impropia de la flecha del tiempo. Y fuese porque las ensoñaciones de Irina eran visionarias o bien porque ella era muy sugestionable, de lo que no cabe duda es de que su temperamento soñador le provocaba una continua nostalgia del porvenir; y gracias a esa placentera añoranza del mañana, el rostro de Irina tenía siempre un aire de beatitud casi angelical.

Pero volviendo al día de marras, la anfitriona, una ucraniana afable y acogedora que atendía a todas las visitas con extremosa hospitalidad, les había amenizado la comida contándoles historias. En los primeros años de casada, había viajado por toda Rusia en compañía de Pável, a la sazón mercader de telas; y el acervo de anécdotas peculiares de esa época era interminable. Excelente narradora, la señora Chéjov recurría a ellas cuando deseaba entretener a los suyos. Durante el almuerzo, les había hablado de una mujer que, loca de amor, navegaba por el Volga en compañía del cadáver de su amado esposo. Él había manifestado su deseo de ser enterrado junto a los suyos y lo llevaba de regreso a su pueblo natal. Pero era tal su amor al occiso y, por ende, sus celos que se negaba a que su cuerpo viajase a bordo de barcos en cuyo pasaje hubiera féminas jóvenes. Hecho que la obligaba a desembarcar el ataúd tan a menudo que la remontada del río Volga amenazaba con convertirse en eterna. La señora Chéjov había tratado de convencerla de que, en el estado en que se hallaba ya su cónyuge, la presencia de ninguna mujer joven podía suponer un riesgo. Al terminar su argumentación, la esposa celosa se había apartado los aladares de las mejillas y, mirándola con ojos de loca, le había respondido que quien no se encela no ama, y que quien no ama no puede estar cuerdo. La descripción de su encuentro con esa mujer enamorada hasta la locura había embelesado a todos los comensales. De modo muy especial, a la joven soñadora que, dada la naturaleza romántica de la historia, había logrado vencer su renuencia a adentrarse en ese territorio vago y desvaído que era para ella cualquier tiempo pasado.

Finalizada la sobremesa, los más jóvenes se pusieron de acuerdo en pasar la tarde a orillas del Moscova. Estaban en abril y deseaban celebrar la llegada de la primavera dando un largo paseo y leyendo al aire libre algún texto evocador de la nueva estación. Cuando se hallaban buscando el libro adecuado en los plúteos del estudio de Anton, la anfitriona les pidió el favor de que saliesen todos un momento al patio. En la casa de la calle Sadovaya Kudrinskaya, ya solo vivían el matrimonio Chéjov y sus hijos Anton, Mikhai y Masha. Desde que unos meses atrás Nikolai había muerto víctima de la peste blanca, las reuniones familiares se habían vuelto muy emotivas. Y como recuerdo del encuentro, antes de que el grupo se dispersara, Yevguéniya Yákovlevna deseaba que se hiciesen una foto de familia. Con la cortesía que les era habitual, los anfitriones pidieron a los invitados que también ellos posasen bajo el emparrado del patio. Eran muchos y para no tener que alejarse demasiado de la cámara se hubieron de colocar agrupados y dispuestos a diferentes alturas. La joven soñadora se situó en un extremo, al lado de Lika Mizinova, otra amiga e invitada de Masha. Todos se posicionaron mirando hacia la cámara y trataron de componer su mejor gesto. La única excepción fue el terrier de los Chéjov, que se mostró renuente a ser fotografiado; y, como Mikhail hubo de retenerlo contra su voluntad, acabó siendo inmortalizado en una postura muy poco favorecedora.

Gracias a su peculiar forma de recordar —si es que se puede llamar así a esa anticipación a los acontecimientos que practicabaa Irina—, ella supo desde el primer momento que el disparador de la cámara fallaría y que la sesión de posado sería más larga de lo esperado. Así pues, aunque sin dejar de mirar hacia el objetivo, la joven se dejó llevar por sus ensoñaciones que, tras escuchar la romántica historia referida por la anfitriona, las tenía más a flor de piel si cabe. A veces, Irina recordaba con un ritmo tan demorado que los sucesos se desarrollaban en su cabeza más despacio de cómo acabarían ocurriendo después; pero lo habitual era que las imágenes de sus visiones se sucedieran las unas a las otras más deprisa que en la vida real. Y tal vez como reacción a la exasperante lentitud con la que la mujer loca de amor había remontado el Volga, esa tarde las premoniciones de Irina desfilaron por su mente con un ritmo vertiginoso. Y en los que fueron unos minutos de espera del disparo de la cámara, Irina tuvo tiempo de presenciar escenas de casi todo el resto de su vida.

En la primera evocación, se vio esa misma tarde cogida del brazo de Masha mientras presenciaban el cortejo de una pareja de cisnes negros en la margen izquierda del Moscova. En la siguiente, dos o tres años después, en la casa de campo de Mélijovo, donde Anton Chejóv había construido un dispensario anexo a la vivienda para atender a los campesinos; una epidemia de cólera azotaba la región y ella había ido para echar una mano en la pelea que Anton y Masha estaban librando para impedir que la enfermedad se propagara; y en el momento evocado, era ya noche cerrada y Anton regresaba de sus visitas a los enfermos con aspecto de estar agotado y, sin embargo, en lugar de irse a la cama, se ponía a escribir; Masha le mostraba su preocupación por que no descansara lo necesario, a lo que él le respondía que, si bien la medicina era su esposa legal, la escritura era su amante favorita y no la podía descuidar… Pero, un instante después, era ya de día e Irina se encontraba en la estación Nikoláievski, delante de un vagón de tren pintado de verde y con un letrero grande que decía «Ostras»; y de súbito el corazón le dio un vuelco al ver que del interior del vagón sacaban un ataúd. Por suerte, en la siguiente escena, pese a estar junto a la tumba de los Chejóv en el cementerio de Novodévichi, los congregados mostraban rostros sonrientes, mientras comentaban lo mucho que le habría gustado al escritor narrar aquella equivocación; y es que la comitiva había abandonado la estación del tren siguiendo, por error, el ataúd de un general, en vez del de Anton…

Un ladrido del terrier —cada vez más impaciente, y con razón— hizo que Irina regresara al presente. Verse bajo el emparrado del patio y en compañía de Anton hizo que sintiera un gran alivio. Pero el disparador de la máquina de fotos seguía fallando e Irina no pudo evitar volver a las andadas. Esta vez estaba en medio del océano, a bordo de un barco en el que viajaba una remesa de rusos que migraban a Estados Unidos huyendo de los pogromos de las Centurias Negras. Por la cabeza de Irina desfilaron a continuación imágenes del desembarco en la Isla de Ellis y de los suelos humeantes de las calles del Bronx, pero se sucedían las unas a las otras con una cadencia tan trepidante que casi no lograba verlas. Hasta que de repente el ritmo se ralentizó una barbaridad y se vio a sí misma, ya muy envejecida, aguardando su turno en la consulta de un médico; la sala de espera estaba abarrotada de pacientes que se habían agrupado de acuerdo con el color de su piel: los blancos sentados en el lado derecho de la sala, los negros en el izquierdo, y ella, por alguna razón que ignoraba, en el bando incorrecto. Y sería entonces cuando se abriría la puerta de la consulta y una intensa fragancia a lilas le haría saber que él, el médico, era ese amor ideal que llevaba toda la vida entreviendo en sus ensoñaciones. Lo escrutaría de pies a cabeza y, al comprobar que era demasiado joven, aspiraría con fuerza el aire de nuevo para asegurarse de que no se había equivocado. Luego se miraría las manos, sarmentosas y llenas de machas, y comprendería que ella había nacido antes de tiempo. Tantos años modelándolo con desvelo y ahora, cuando por fin lo tenía delante de sus ojos, se daba cuenta de que el destino se había burlado de ella. Aun así, Irina se sentiría contenta de haberlo encontrado y decidiría obsequiarle la mejor de sus sonrisas; una sonrisa que, a esas alturas, estaría irremediablemente ajada y en la que ya no sería posible reconocer el encantador hoyuelo de su mejilla izquierda…

Y justo cuando las comisuras de los labios se le estaban ya frunciendo, un repentino fogonazo, seguido del clic del disparador, obró el milagro. El milagro de que en la placa quedara inmortalizado un rostro todavía joven y acendrado, y mostrando esa media sonrisa como alas de cigarras a medio abrir, y ese encantador hoyuelo asimétrico que, medio siglo más tarde, le arrebatarían el alma al médico del Bronx. Un destello providencial, sin duda, pero que había puesto fin a la ensoñación antes de que Irina hubiera tenido tiempo de recordar —a su manera premonitoria— la conversación que, tras su visita al médico, mantendría con los farmacéuticos de la esquina: unos judíos rusos que, como Irina, habían emigrado a Nueva York, y con los que mantenía una buena amistad; conversación que tendría lugar a la mañana siguiente, cuando Irina fuese a comprar las medicinas que le había recetado su amor imposible, y en la que ella les contaría a sus amigos que había soñado —para ella el encuentro sería ya de jaez onírica— con el hombre al que llevaba esperando toda la vida; no había posibilidad de error, les aseguraría, puesto que lo había reconocido por el olor a lilas. Y por culpa del fogonazo y del clic, Irina tampoco había tenido tiempo de ver en su ensoñación que, mientras ella hablaba con los farmacéuticos, en la rebotica, una niña dejaría de hacer los deberes escolares y aguzaría el oído para no perderse detalle de lo que Irina le contaba a sus padres. Gracias a esa escucha clandestina, cuando años después se convirtiese en escritora, la niña de la trastienda recrearía la imagen especular de aquella historia en uno de sus relatos. El nombre de la niña era Cynthia Ozick; el título del relato, La mujer del médico; y el nombre con el que la literata rebautizaría al médico, el doctor Pug, quien, según su descripción, era un soñador romántico que se quedaría soltero por haberse enamorado, y hasta las trancas, de la media sonrisa y del hoyuelo asimétrico con los que Irina Olégovna Lébidieva quedó, al cabo, inmortalizada en la fotografía tomada bajo el emparrado del patio de los Chéjov.


Familia Chéjov y amigos en abril de 1890.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 31 Oct 2018 13:15

Greto, como mostrarte interés por la cica, te dejo este enlace. Viendo todo lo que se supone que hay que hacer, no sé yo si es buena idea lo de intentar sacar la planta de la semilla... :roll:

http://archivo.infojardin.coT/tema/cyca ... on.219625/
(cambiar Cot por com)
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 31 Oct 2018 13:22

jilguero escribió:Greto, como mostrarte interés por la cica, te dejo este enlace.
Gracias, jilguero. Lo leeré con calma en casa.
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 31 Oct 2018 17:18

Gretogarbo escribió:
jilguero escribió:Greto, como mostrarte interés por la cica, te dejo este enlace.
Gracias, jilguero. Lo leeré con calma en casa.
Oye, he ido a meter en el zurrón del xirín el "bidueiro", y me he encontrado con "rula" que no me acuerdo qué significa y es casualmente el nombre de un personaje de Yo no soy yo, evidentemente. En su momento creí que lo recordaría pero no ha sido así :?.

En cuanto a las plantas en macetas, después de reflexionar tras mostrar tú incomprensión, he concluido que me pasa un poco como con las mascotas, que me da la sensación de que en un piso es tener un ser vivo cautivo solo por tu placer. En cambio, en un patio o una terraza o en el jardín de una casa de campo, no me da esa sensación, tal vez porque tienen luz, sol, aire, etc.; vamos, que no las tienes internas sino solo mediopensionistas. Es un rechazo muy leve, pero suficiente para inclinar la balanza a que no. Bueno, los perros soy un poco anti pero por culpa de sus dueños, de que se orinan en los quicios de las casas y se cagan en las aceras. Tengo buen olfato y... :batman: Ah, algo importante es la causa de esa leve sensación de tenerlos sometidos. Creo que se debe, al menos en parte, a que he tenido en casa el draguito (hasta que lo transplanté), una encinita (se murió después de hacerse muy larguirucha en busca de la luz), níspero (ya está en parterre del centro), aguacate (sacado de semilla y que se puso muy lustroso y luego caput), etc. y realmente eso fue un poco de crueldad de mi parte :colleja:.
Y esto ya solo entre Cata, tú y yo, creo que también influye que el pájaro es muy rebelde e instintivamente tiene rechazo a las modas; y te diría que animales y plantas en pisos me suena a muy urbanita :wink:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 31 Oct 2018 18:29

jilguero escribió:Oye, he ido a meter en el zurrón del xirín el "bidueiro", y me he encontrado con "rula" que no me acuerdo qué significa y es casualmente el nombre de un personaje de Yo no soy yo, evidentemente. En su momento creí que lo recordaría pero no ha sido así...
Bueno, para eso estoy yo por aquí, para recordarte que una rula es una tórtola. Y sí, aunque no muy frecuente en su uso, Rula es un apodo, y "miña ruliña" es una expresión de cariño hacia una mujer.

Conformado me dejas con tus razones para no tener tampoco plantas en casa.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 31 Oct 2018 18:47

He estado leyendo el enlace que me has enviado sobre la polinización de las cicas y la germinación de sus semillas. Si se siguen al pie de la letra las indicaciones del experto, sí que parece algo complicado, principalmente por las condiciones de temperatura y un poco también por las características del sustrato germinante. No obstante, intentarlo no estaría nada mal.

Una cosa que me ha llamado la atención es que hay cica macho y cica hembra. Dicho lo cual, te pregunto: ¿sabes de algún ejemplar macho cercano a la hembra de tu lugar de trabajo? Tanto si la polinización se ha producido por el polen transportado por el viento como por insectos, se supone que en cualquiera de ambas circunstancias debe haber algún macho relativamente cercano.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 31 Oct 2018 19:16

Gretogarbo escribió:He estado leyendo el enlace que me has enviado sobre la polinización de las cicas y la germinación de sus semillas. Si se siguen al pie de la letra las indicaciones del experto, sí que parece algo complicado, principalmente por las condiciones de temperatura y un poco también por las características del sustrato germinante. No obstante, intentarlo no estaría nada mal.

Una cosa que me ha llamado la atención es que hay cica macho y cica hembra. Dicho lo cual, te pregunto: ¿sabes de algún ejemplar macho cercano a la hembra de tu lugar de trabajo? Tanto si la polinización se ha producido por el polen transportado por el viento como por insectos, se supone que en cualquiera de ambas circunstancias debe haber algún macho relativamente cercano.
Obrigada :60:, a tu mitad lusa; grazas, a tu mitad gallega (según traductor google) :60:
¡Tórtola, qué descanso! :cunao: Llevaba un buen rato diciendo rula y viendo una pega. Me decía: no, no, jilguero no te líes.

En cuanto a lo de la cica, en eso mismo ando, tratando de informarme (recordar no lo veo viable) de si las gimnospermas pueden producir semillas "vanas". Porque siendo una especie dioca (flores masculinas y femeninas en distintos pies) como no tenga una fuente de polen cerca mal negocio. Ella, la de las semillotas, está justo al lado de la rampa de ascenso a mi centro; como a cinco metros hay un par más (o tres, ahora no me acuerdo) de cicas y tengo la vaga sensación de haber visto meses atrás un monolito floral (es lo que me parecen las flores masculinas) pero no estoy segura. Tengo que inspeccionar el asunto con calma, ya que hoy ha sido imposible porque te comunico que hoy Galicia llega hasta Gibaraltar :cunao:. De hecho, la limpieza semanal de las hojas del drago la he hecho bajo la lluvia, con paragua, tarea complicada. Me he acordado de ti, de tus palabras este verano de que esperase a que la lluvia las limpiase. Cierto es que, a diferencia de otras veces que debo acudir con esponja y cubo con agua, hoy con solo la esponja ya he podido. Pero comunícote que los excrementos gallináceos necesitan mucha, mucha lluvia para soltarse sin la intervención humana :wink:.

Volviendo al tema, voy a buscar información sobre, si el hecho de que se hayan desarrollado las semillotas es señal de polinización previa o si es necesario asegurarse de que hay algún macho en el parterre vecino. Si lo hay, con el Levantazo que ha hecho meses atrás sin problema habrá habido coyunda :wink:.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 01 Nov 2018 13:10

Buenos días, Cata.

Te comunico que la dama misteriosa, la que estaba ese mes de abril en casa de los Chejov, ya empieza a mostrarnos su rostro. De momento, como puedes ver más arriba, ya sabemos que era una romántica empedernida, y también que las tareas de la casa y demás zarandajas que tradicionalmente nos han endilgado a las mujeres no le gustaban nada. Eso sí, la pobre chiquilla era un poco amnésica, lo cual es posible que fuese una bendición. No hay nada más que ver la cara de bendita que tiene en la foto.

En fin, que me está cayendo muy bien. El fin de semana seguiremos averiguando cosas, aunque las que me está susurrando al oído son muy fantasiosas y no sé si verosímiles según los cánones de don Gonzalo, algo que espero averiguar esta tarde.

¡Buen día de Tosantos, Cata, extensivo a todos los bujianos! :60:

PD: duda existencial, ¿es mejor ponerle tilde a los nombres rusos o no :roll:? Vamos, que si os suena mejor Chejov o Chéjov. La tilde en este caso lo que sí hace es ayudarnos con la entonación.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 » 01 Nov 2018 13:24

PD: duda existencial, ¿es mejor ponerle tilde a los nombres rusos o no :roll:? Vamos, que si os suena mejor Chejov o Chéjov. La tilde en este caso lo que sí hace es ayudarnos con la entonación.


Pues lo mismo que poner Ivanov o Ivanóv, Lenin o Lenín, Rasputin o Rasputín un misterio enigmático y seguro que sin solución y que a la larga puede llegar a producir catalepsia. :meparto:
Última edición por hexagono69 el 01 Nov 2018 13:33, editado 1 vez en total.

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 01 Nov 2018 13:30

jilguero escribió:... la dama misteriosa, la que estaba ese mes de abril en casa de los Chejov, ya empieza a mostrarnos su rostro... El fin de semana seguiremos averiguando cosas,...
Ya estoy sentado, esperando. Si en algún momento me levanto, será por causas mayores.
jilguero escribió:... ¿es mejor ponerle tilde a los nombres rusos o no...?
No soy filólogo de nada así que mi opinión no pasa de ser reflejo de mi libre albedrío. Teniendo en cuenta que la grafía de los nombres y apellidos rusos está occidentalizada, ya puesto, yo los castellanizo y les coloco tildes al uso.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 » 01 Nov 2018 13:35

Que se pueda establecer una relación entre el libre albedrío y los tildes es sin duda un gran consuelo. :wink:

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 01 Nov 2018 13:47

jilguero escribió:... tengo la vaga sensación de haber visto meses atrás un monolito floral (es lo que me parecen las flores masculinas)....
Ciertamente, por llamarlo de alguna forma.
jilguero escribió:... la limpieza semanal de las hojas del drago la he hecho bajo la lluvia, con paragua, tarea complicada. Pero comunícote que los excrementos gallináceos necesitan mucha, mucha lluvia para soltarse sin la intervención humana...
¿Limpias todas las semanas los excrementos de Gallus gallus? Santa Jilguera deberían llamarte.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 01 Nov 2018 13:50

hexagono69 escribió:Que se pueda establecer una relación entre el libre albedrío y los tildes es sin duda un gran consuelo...
Desde luego, hexagono69, pero hazlo siempre bajo tu libre albedrío y no te fíes del de los demás.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 01 Nov 2018 15:04

Gretogarbo escribió:
hexagono69 escribió:Que se pueda establecer una relación entre el libre albedrío y los tildes es sin duda un gran consuelo...
Desde luego, hexagono69, pero hazlo siempre bajo tu libre albedrío y no te fíes del de los demás.
Gracias por vuestra ayuda. Y sí, ya puestos castellanicemos el nombre del todo incluida la tilde, aunque ahora me digo que cómo harán los rusos para saber la entonación correcta. :roll:

En cuanto a la puntuación ortográfica, el amigo Hexa práctica muy bien el libre albedrío, con un toque muy andaluz de economizar al máximo su presencia, al margen de su gran libertad de colocación. En eso se parece a mi abuelo el que se saltaba a piola las reglas de la perspectiva :cunao:. Algo que no digo como crítica, sino con una amplia sonrisa, porque en las cosas que no dañan a nadie, mucho mejor que cada cual decida qué caireles ponerse y cuáles no, viva la diversidad individual :wink:.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Megan » 01 Nov 2018 21:06

Por todo lo que he leído últimamente, he notado ese libre albedrío en cuanto a los tildes (para nosotros son masculinos)
En realidad me chirría bastante leer sin ver un tilde en una palabra que lo lleva, pero creo que más que nada en la juventud se nota el hecho. No creo que los profesores den libertad en cuanto al tema, son profesores no me imagino que corrijan un trabajo y dejen pasar la falta de tildes. En mi caso soy de poner tildes de más, por las dudas :lol:

Saludos :D

Estoy esperando con ansia a mi compañera de mecedora berenjenal :wink:

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