El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 04 Feb 2020 08:18



Claudia


Claudia.jpg


Era una gallina de Guinea y había llegado en una mañana de niebla intensa. Al principio se mostró cauta y recelosa, observando al resto de las gallinas domésticas desde la distancia. Unas gallinas que originariamente habían estado encerradas en un gallinero, pero que en la época en la que llegó la pintada llevaban ya un lustro asilvestradas. Durante el día deambulaban libres por el pinar que hay justo alrededor del campus universitario; cuando se cansaban o era la hora de dormir, acudían a la zona ajardinada de mi lugar de trabajo. Eventualidad que tenía crispado, y con razón, al director de mi centro, quien consideraba impropio que un instituto de investigación de ciencias del mar hiciese las veces de dormidero de gallinas.

Supongo que es el momento de presentarme: me llamo Eleonor y soy bióloga. Mi especialidad son los organismos marinos, si bien mi interés se extiende a cualquier criatura viviente que se cruce en mi camino. De ahí que, cuando aquella mañana la densa niebla nos dejó de regalo a la guineana, ya llevase yo un tiempo observando la conducta de las gallinas que, para contrariedad del director, se hospedaban en nuestro jardín. Mentiría si negase que la aparición del ejemplar exótico me produjo cierto regocijo: representaba, cuando menos, el término de aquella suerte de monotonía en la que las gallinas del país y servidora nos hallábamos a la sazón instauradas.

Pero volviendo a la verdadera protagonista de esta gesta, a Claudia —me gusta bautizar a las criaturas singulares que son mis compañeras de jornada—, ya dije antes que en un primer momento se mostró muy cauta. Una cautela que pronto se reveló innecesaria: su presencia no incomodó al resto de las okupas que, tras una primera mirada de curiosidad, continuaron con sus cotidianos ires y venires entre el pinar, que era su territorio de vagabundeo y caza —en alguna ocasión había presenciado sus reyertas con ratas y urracas por algún resto de comida dejado por los visitantes—; y la zona ajardinada de mi centro, su espacio de solaz y sueño.

Pasada una semana, Claudia dio muestras de ser una gran estratega. A saber, en los momentos más críticos, como en los de disputa entre los gallos por pisar a una hembra o bien entre las gallinas por obtener mayor cantidad de pitanza, ella vigilaba sus peleas desde la distancia; en los ratos de más sosiego y descanso, en cambio, comenzó a poner en práctica un paulatino acercamiento al resto de miembros del impostado gallinero. Una estrategia que resultó asaz exitosa y dio muy pronto su fruto: al mes de haber llegado, Claudia se encontraba integrada del todo en la colonia de gallinas. Tan fue así que, de no ser por su diminuta cabeza azul carunculada de cárdeno, y por su vaporoso plumaje de medio luto —un estampado de fondo negro y pequeños lunares blancos similar al de los vestidos veraniegos de mi tía Pepa—, hubiera podido pasar por ser una más del gallinero.

Durante el verano estuve fuera de vacaciones y a mi regreso me encontré con la sorpresa de que Claudia había dejado de ser una más para convertirse en la incuestionable líder de las gallinas; y para mediados de otoño, también lo era ya de los gallos. Aunque la mayor parte del tiempo no hiciese gala de su don de mando, a veces daba la impresión de que necesitaba constatar esa capacidad de caudillaje organizando un curioso desfile. Solía ocurrir a mitad de la tarde y siempre en días calmos y soleados, como si fuese una forma de combatir el tedio de no tener ya nada que hacer hasta la hora de encaramarse a las ramas para dormir. Es decir, justo cuando el resto de las gallinas y los gallos estaban más indolentes, Claudia los acicateaba cacareando en un tono chillón e imperioso que les hacía arremolinarse a su alrededor. A continuación, ella se abría camino entre la multitud con paso firme y gallardo, y se colocaba a la cabeza de una disciplinada comitiva que, en fila de a tres, cogía la vereda que lleva al Río San Pedro. Eso sí, en cuanto el último trío acababa de abandonar el recinto, se escuchaba un sonoro cacareo, semejante a un ¡rompan fila! gallináceo, y en un santiamén se restablecía entre las asilvestradas su caos habitual.

Toca ahora hablar de la niebla que, como enseguida veremos, juega un papel primordial en esta historia. Por estas latitudes, las mañanas neblinosas son más la excepción que la regla, si bien tenemos la ventaja de que ocurren en cualquier época del año. Circunstancia, la última, que me brindó la coyuntura de observar la habilidad de Claudia para barruntar con antelación este fenómeno meteorológico. Noté que había atardeceres en los que se mostraba inquieta y su cacareo, nunca superfluo —de natural era callada—, adquiría una tonalidad quejumbrosa, como si sintiese añoranza de algo. A la mañana siguiente sin falta, amanecía neblinoso y Claudia se levantaba sosegada; y si por un casual cacareaba, lo hacía con júbilo. Observaciones que mi deformación profesional transformó de inmediato en la especulativa conclusión de que la nueva líder del gallinero había crecido en un lugar pródigo en mañanas de niebla, y de ahí su nostalgia.

Como siempre me suele ocurrir, tras meses de satisfactorias pesquisas, el placer que me había deparado la observación de la conducta peculiar del exótico espécimen se fue poco a poco desvaneciendo. Con todo, el tiempo continuó su curso y esa especie de reloj biológico, que son las estaciones del año, siguió marcando las horas del que era mi paisaje cotidiano desde hacía muchos años. O dicho de otra manera, Claudia pasó a formar parte de la monótona cotidianidad en la que tan cómoda me siento y, a la vez, tanto me amuerma. Al menos eso fue lo que yo creí hasta que llegó la inolvidable mañana en la que comprobé que aquella formación en fila de a tres era, en realidad, una suerte de ensayo general.

Estábamos a primeros de febrero y, cuando esa mañana llegué al campus, ya empezaba a clarear: aunque había niebla de una densidad desacostumbrada que no me dejaba ver nada a más de dos palmos de distancia. En cuanto me bajé del autobús, oí los cotidianos quiquiriquíes, si bien sonaban muy apagados, como con sordina. Achaqué el fenómeno a la capacidad de amortiguar los sonidos que tiene la niebla. En la cancela de la entrada, la falta de visibilidad provocó que casi me chocase con Claudia —aun en medio de aquella penumbra neblinosa, su silueta microcefálica la hacía inconfundible—. Vi que torcía hacia la vereda que lleva al Río San Pedro; y que detrás de ella marchaban, en filas de a tres, el resto de las asilvestradas. Me sorprendió que hubiese decidido hacer una de sus demostraciones de liderazgo a horas tan intempestivas y encima con niebla.

Aquel extraño cambio de conducta desató mi curiosidad, hasta el punto de que me sumé a la comitiva. Avanzamos, pues, primero entre los tarajes y las retamas y luego entre los pinos; vegetación que, en realidad, no podía ver pero que yo sabía allí —he recorrido tantas veces ese camino que me sé de memoria los árboles y arbustos que lo orillan—. Conforme nos fuimos acercando al río, la niebla se hizo cada vez más densa. Llegó un momento en el que, si bien escuchaba sus apagados cacareos, ni siquiera era capaz de ver a la última fila de la comitiva. Fue al llegar a la orilla del agua cuando ocurrió lo más sorprendente de todo. La masa de niebla más baja se compactó en una estrecha capa a pocos centímetros del suelo, con lo que se creó justo encima de esta una franja despejada que me permitió ver con claridad lo que estaban haciendo en ese momento las gallinas.

Congregadas en un círculo casi perfecto, las situadas en su perímetro se afanaban en picotear la capa de niebla apelmazada. Parecía ser asaz compacta, a tenor de la gran resistencia que parecían oponer a los picos. Me fijé entonces en sus patas y comprobé, con asombro, que no se les hundían en la niebla. Después de unos minutos de arduo laboreo, Claudia fue la primera en empezar a aletear. Era un aleteo que en ningún caso le levantaba las patas del círculo de niebla compactada que, a esas alturas, ya se encontraba aislado por completo del resto. Las demás la imitaron de inmediato y, una vez todas estuvieron aleteando al unísono, fui testigo de cómo la placa levitaba hasta situarse a cinco centímetros del suelo; y cómo luego, supongo que impulsada por la fuerza generada por las alas, se adentraba en el agua del río. Disminuyó entonces la intensidad del batir de alas y, pese a llevar encima semejante carga, aquella suerte de balsa flotó.

Desde la orilla, presencié cómo la corriente la arrastraba aguas abajo. Me dije que pronto desembocarían en la bahía y, si no naufragaban antes, rebasarían el bajo de Las Puercas justo antes de salir a mar abierto. Mientras me hacía estas cavilaciones, el grueso de la niebla, hasta ese momento situado por encima de mi cabeza, descendió poco a poco y acabé perdiendo de vista a Claudia y al resto de la expedición. En el camino de regreso al laboratorio, en dos o tres ocasiones me detuve y me cacheteé ambas mejillas para asegurarme de que no estaba dormida. Y no, aquello no formaba parte de ningún sueño. Durante todo el trayecto la niebla siguió siendo densa, aunque no tanto como a mi llegada. Una vez atravesé la verja de acceso al recinto, di varias vueltas por la zona ajardinada hasta estar segura de que no se había quedado atrás ninguna gallina; una precaución vana puesto que el silencio demasiado sonoro — cualquier otra mañana, a esas horas se hubieran escuchado los insistentes quiquiriquíes de los gallos— era una prueba incontestable.

En lugar de dirigirme a mi despacho, decidí visitar primero al director. Tras intercambiar los bueno días, me senté en una silla enfrente de él y le aclaré que, le contase lo que le contase, no fuera a pensar que me había vuelto loca. Él asintió con gesto condescendiente: nos conocemos desde hace tanto, que pocas sorpresas podemos darnos ya el uno al otro. Sin más dilación, pasé a contarle en detalle todo lo que acababa de presenciar. Me escuchó con suma atención y, para mi sorpresa, en ningún momento dio muestras de asombro. Es más, una vez terminé, lo vi que sonreía. Supuse que la noticia le alegraba porque tenía la esperanza de que nos hubiésemos librado para siempre de las gallinas. Y como yo soy muy precavida, no queriendo que se fuese a llevar luego un morrocotudo chasco, le recordé que la gallina de Guinea —dada la situación, preferí no llamarla Claudia para no perder credibilidad— era de costumbres un tanto estrambóticas; y que quizás solo se había llevado a las asilvestradas de excursión por la bahía.

Entonces fue él quien, posiblemente ablandado por mi estado de perplejidad, o puede que en agradecimiento a la sinceridad y confianza con las que le había expuesto los hechos, me invitó a situarme a su lado. A continuación, picó con el cursor del ratón sobre un icono con forma de gallina que había en el escritorio de su ordenador; y me animó a que leyese la página de la red que se acababa de desplegar en la pantalla. Era el anuncio de una empresa y, en esencia, decía lo siguiente: Celso Peleteiro & Cía. Control de plagas usando métodos creativos, naturales y discretos para hacer desaparecer cualquier animal indeseable. Especialidad en desgatización, desratización, desgallinización y desinsectización de todo tipo de empresas y locales. Solicite presupuesto sin compromiso. Rúa Traviesa nº 2, . 15300 Castroforte del Baralla (A Coruña) España. Tf. 981 982 003.

¡Castroforte del Baralla! ¡El epicentro de la néboa gallega…! De súbito lo comprendí todo: la repentina aparición de Claudia, su añoranza de la niebla, su disciplinada estrategia, su incontestable liderazgo, sus ensayos generales… ¡Chapó por don Celso Peleteiro y su lucha biológica! Cuando dejé de mirar la pantalla, vi que el director se mostraba ufano. Tenía motivos: después de tantos intentos fallidos, al final había dado con un profesional como la copa de un pino. Le di las gracias por haberme hecho participe de su secreto y, en un estado de ánimo un tanto nostálgico —¡ya nunca más me darían los buenos días los gallos!—, bajé a mi despacho. Cuando me disponía a encender el ordenador, Cleopatra, una urraca que a menudo me hace compañía mientras trabajo, graznó desde su pino con una tonalidad quejumbrosa que me recordó al tono lastimero con el que cacareaba Claudia la víspera de las mañanas de niebla. Y me dije que quizás también ella había empezado a añorar la falta de las gallinas.

Han pasado ya dos años y no he tenido ninguna noticia de Claudia, ni tampoco del resto de gallos y gallinas. A menudo me he preguntado por su suerte. Hay días en los que me digo que quizás, tal como cuenta la leyenda que sucedió la vez que la néboa guiaba el cuerpo de santa Lilaila de Éfeso, la niebla de Castroforte del Baralla tomase el camino de regreso a casa y ahora vivan asilvestradas en cualquier bosque de carballos; otros, en cambio, me levanto más pesimista y me digo que Claudia fue adiestrada para ser una heroína camicace y que les están ya haciendo compañía a los que intentan llegar a nuestras costas en patera y naufragan. Pero dejando las especulaciones a un lado para volver a los hechos, les tengo que decir que lo habitual en la Naturaleza es que, cuando queda un nicho vacío, enseguida llegue una especie nueva y lo ocupe. En este caso, ha sido una colonia de gatos, de todos los colores y tamaños, la que vuelve a estar poniendo a prueba la paciencia del director. Por eso ahora, si me bajo del autobús y veo que hay niebla, nada más cruzar la cancela de la entrada, lo primero que hago es examinar los parterres que frecuentan los felinos. Como ya se habrán imaginado, lo que pretendo comprobar es si ha llegado ya el minino que don Celso debe estar adiestrando para que, en un día no muy lejano, se convierta en líder de nuestra colonia de gatos.

FIN
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Última edición por jilguero el 23 Feb 2020 14:01, editado 9 veces en total.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 05 Feb 2020 09:59

Terminada la pamplina, Cata, si bien todavía me queda pulirla un poco más y corregir errores tipográficos. También querría sacar una foto de Claudia integrada con las asilvestradas pero los intentos han sido por ahora infructuosos. Si la consigue, ya la añadiré.

Espero que te resulte una pamplina entretenida: yo me lo he pasado muy bien. Y he visto cierta similitud entre Claudia y las asilvestradas, y Benito y su pavada, lo digo por el don de mando. Creo que un día de estos subiré a ver al director y le contaré todo lo que he presenciado. Como me hable él de don Celso me moriré de placer. :cunao:

PD: Greto, estate atento y, si ves por ahí gallinas asilvestradas, mira a ver si las capitanea una guineana.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Megan » 05 Feb 2020 16:25

jilguero escribió:
28 Ene 2020 21:36
Gretogarbo escribió:
28 Ene 2020 19:13
...el azor viste bermudas.
Jajaja, pero bermudas un tanto aristocráticas.
Megan escribió:
28 Ene 2020 19:32
Para nosotros el color del cielo es celeste, no azul, por eso en el fútbol nos llaman los celestes.
Aquí en las puestas de sol el cielo cambia mucho de tonalidad. Pero también también llamamos celeste al azul clarito que muchos días tiene el cielo. ¿Vosotros lo llamáis celeste aunque sea un azul intenso?
Más vale tarde que nunca, dicen...
Estoy un poco pachucha como dicen ustedes, Jilguerillo, por eso no me conecto hace muchos días.
¿Vosotros lo llamáis celeste aunque sea un azul intenso?
Te respondo: Si se trata del cielo, siempre es celeste, nunca es azul.
Cariños para Cata y para vos :60: :60: :60:

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 06 Feb 2020 13:32

Megan escribió:
05 Feb 2020 16:25
Estoy un poco pachucha como dicen ustedes, Jilguerillo, por eso no me conecto hace muchos días.
Pues mucho ánimo y mejórate pronto :wink:
Megan escribió:
05 Feb 2020 16:25
Si se trata del cielo, siempre es celeste, nunca es azul.
Curioso. Yo diría que en España el celeste o azul celeste es solo un azul claro, sea del cielo o de cualquier prenda de esa tonalidad.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Megan » 06 Feb 2020 23:20

jilguero escribió:
06 Feb 2020 13:32
Megan escribió:
05 Feb 2020 16:25
Estoy un poco pachucha como dicen ustedes, Jilguerillo, por eso no me conecto hace muchos días.
Pues mucho ánimo y mejórate pronto :wink:
Megan escribió:
05 Feb 2020 16:25
Si se trata del cielo, siempre es celeste, nunca es azul.
Curioso. Yo diría que en España el celeste o azul celeste es solo un azul claro, sea del cielo o de cualquier prenda de esa tonalidad.
Muchas gracias por tus ánimos, pajarillo encantador :60: :60: :60:
Los colores cambian según el país, para nosotros el morado es violeta, porque color morado no existe, aunque si a alguien le pegan en un ojo decimos: le dejó el ojo morado... ¿quién nos entiende? :mrgreen:

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 » 07 Feb 2020 10:18

Un poema de Blanca Andreu

Y corría la sangre como una estatua rota por las
habitaciones
mientras aullaban los príncipes sapos y los armiños
se escondían entre el trigo
y corría la sangre como una estatua rota en el oro
del musgo y de la nieve
y potros como pajes delgadisimos se quemaban
sobre la tierra espesa
y el unicornio joven hablaba de arte y prefería a
Tiépolo y todo era pálido y cortés
y corría la sangre más niña sobre cabalgaduras
encendidas
y los dulces lebreles inventaban el fuego pulsando
caza calcinada, ardor y soledad.
Se tiñeron los muros de cárdeno cruel, las murallas
del mundo de un rojo que no existe,
y caían mis manos como presas y víctimas,
sollozaban por ellas los topos en mística ceguera
y los lagartos.
Y fue la sangre pureza potencial,
dolor, ciencia y heráldica violenta
mientras las águilas dormían la primavera lejana.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jose2v » 07 Feb 2020 13:23

Le dejó el ojo lila no es la mejor expresión, pero no está prohibida.
Hasta en lo más oscuro habitan los colores.

Buriel.

De la soledad soy el duende rojo, para mostraros como buenas compañías se vuelven malas y malas en buenas.

:twisted:

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 07 Feb 2020 18:03

hexagono69 escribió:
07 Feb 2020 10:18
Se tiñeron los muros de cárdeno cruel, las murallas
del mundo de un rojo que no existe,
y caían mis manos como presas y víctimas,
sollozaban por ellas los topos en mística ceguera
y los lagartos.
Y fue la sangre pureza potencial,
dolor, ciencia y heráldica violenta
mientras las águilas dormían la primavera lejana.
¡Mira, Cata, el isótopo nos ha colgado un poema! Y el que dice que no tiene el menor sentido poético. Me gusta mucho el final, ese rojo que no existe y esos topos con mística ceguera :D.

Pero a lo que yo venía era a contarte que esta mañana he hecho una travesura. Espero que tenga un final feliz. :faga1:

Ayer el director me dijo: Jilguero, mañana no cuentes conmigo que me cojo el día libre. El avisarme es porque los viernes al mediodía me suelo venir con él, pues vive cerca de casa. Esta mañana, nada más comenzar a trabajar escuché el quiquiriquí de los gallos y me acordé de Claudia. Entonces me dije: el director debería estar enterado de todo lo que pasa en este centro, incluido su papelito como contratante de don Celso. Total, que he cogido la pamplina de Claudia y se la he mandado diciéndole que creía que debía estar al tanto, que para algo era el director, pero que no pensara que yo me estoy volviendo loca :lol:.

A ver qué me dice el lunes... :roll:

PD: espero que nunca dé con este bujío :batman:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 » 08 Feb 2020 09:57

Bueno creo recordar que los libros de Blanca Andreu están llenos de imágenes de historia de la pintura y cultura.

"En 1980 obtiene el Premio Adonáis de Poesía con el libro De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, obra de lenguaje surrealista y que es considerada como el punto de partida de la "generación postnovísima".
En 1985 contrajo matrimonio con el novelista Juan Benet, quien muere en 1993". fuente wiki.

Si sentido poético si que tengo :mrgreen: , lo que quería decir es que soy incapaz de coger un libro de poesía y abrirlo, y mira que Nines tiene montones, a no ser por alguna circunstancia excepcional no llego a leer poesía, y reconozco sinceramente que el lenguaje poético es sin duda el más auténtico, creativo y profundo, te abre las puertas a nuevos y a viejos mundos.

:hola:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jose2v » 08 Feb 2020 10:04

La poesía es una aritmética literaria. Al menos para mí.
Hasta en lo más oscuro habitan los colores.

Buriel.

De la soledad soy el duende rojo, para mostraros como buenas compañías se vuelven malas y malas en buenas.

:twisted:

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo » 08 Feb 2020 10:37

jilguero escribió:
05 Feb 2020 09:59
... Greto, estate atento y, si ves por ahí gallinas asilvestradas, mira a ver si las capitanea una guineana.[/color]
Hasta ahora no han hecho acto de presencia, jilguero. Los atardeceres los tengo dominados y no las he visto ni escuchado. Esta mañana he amanecido en casa y he escuchado cuervos, urracas, gorriones y algún pajarillo más cuyo canto no tengo identificado. Gallinas, carunculadas o emplumadas, no; si acaso, un gallo lejano y remolón en sus buenos días. Seguiré al tanto.

Por cierto, una vez más, divertida y original pamplina. Esa cabeza funciona a la perfección.
jilguero escribió:
07 Feb 2020 18:03
Pero a lo que yo venía era a contarte que esta mañana he hecho una travesura. Espero que tenga un final feliz.[/color]
No sé si el director sabe de tu afición escritora. Lo sepa o no, va a divertirse. Mantennos informados.
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
Los miserables, de Victor Hugo

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 08 Feb 2020 11:40

Hoy, Cata, mañana de niebla intensa que me coge en Cádiz y me impide registrar los parterres para ver si ha llegado ya el minino de don Celso. Mientras paseaba por el paseo envuelta en niebla, he sabido que se llama Leónidas, y con semejante nombre se me antoja que ha de tener un aspecto un tanto fiero. :D.

Te dejo una imagen de hoy y de un amanecer sin niebla, para que veas que esa peculiar silueta de la ciudad desde delante de mi casa, hoy estaba velada

Amaneciendo con niebla.jpg
Amaneciendo sin niebla.jpg


Y mientras caminaba, en la radio he escuchado, en su propia voz, un fragmento del discurso de Miguel Delibes cuando recibió el premio Cervantes. Me ha hecho gracias lo de que cuando tenía 32 años escribió eso de si yo tuviese setenta años (edad de uno de sus personajes) me moriría de susto y que eso había llegado ya casi sin darse cuenta. Dejo aquí ese fragmento:

Cuando Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de mi novela Mi idolatrado hijo Sisí habla en una ocasión de la edad de su contable dice:
"Si yo tuviera setenta años me moriría del susto". Y he aquí que esta frase que escribí cuando yo contaba treinta y dos y veía ante mí una vida inacabable, se ha hecho realidad de pronto y hoy debo reconocer que ya tengo la misma edad que el contable de Cecilio Rubes. ¿Cómo ha sido esto posible? Sencillamente porque si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que éste antes que su personal aventura, se enajena para vivir las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros "yos", de forma que cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no sólo cuando medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista no se piensa ni se sueña a sí mismo; está desdoblado "en otros seres" actuando por ellos. [...]Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuanto de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes.
Pero este derroche de la propia vida en función de otros, no tenía una compensación en tiempo. Es decir, cuando yo "vivía por otro". Cuando vivía una vida "ajena a la mía", no se me paraba el reloj. El tiempo seguía fluyendo inexorablemente sin yo percatarme.


******

P. D. para Greto: Gracias Greto por haberte leído el texto, pero sobre todo por prestarte a ser nuestro expía norteño por si acaso las asilvestradas, con Claudia a la cabeza, acaban un día entre los carballos, pinos y eucaliptos que hay cerca de tu recuncho. Y sí, el director sabe de mi afición porque una vez que me premiaron en un concurso local un relato tuvo el detalle de acudir a la entrega del premio, y últimamente, cuando alguna tarde me he venido con él, mientras sacaba el coche, me ha visto haciéndole fotos a Claudia, si bien no sabía que era porque estaba escribiendo un texto de la guineana.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 08 Feb 2020 11:51

hexagono69 escribió:
08 Feb 2020 09:57
Si sentido poético si que tengo , lo que quería decir es que soy incapaz de coger un libro de poesía y abrirlo, y mira que Nines tiene montones, a no ser por alguna circunstancia excepcional no llego a leer poesía, y reconozco sinceramente que el lenguaje poético es sin duda el más auténtico, creativo y profundo, te abre las puertas a nuevos y a viejos mundos.
Jajaja, porque hoy jilguero se ha levantado menos travieso, que si no seguro que encuentra por ahí alguna afirmación tuya sobre tu "ineptitud reconocida para la poesía" en el sentido de saber si algo valía la pena o no :wink:. Bueno, en realidad se puede tener sentido poético y saber lo que te gusta sin necesidad de saber juzgarlo. Es también mi caso. Y dicen que los poetas son lso escritores que más se desnudan mientras escriben.
jose2v escribió:
08 Feb 2020 10:04
La poesía es una aritmética literaria. Al menos para mí.
La poesía medida, sin duda. La libre, ya no tanto.
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jose2v
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jose2v » 08 Feb 2020 12:41

Paso de esa deriva. Si la poesía ha de estar sujeta a cierta métrica. Me parece algo caduco y no soy literato.

Por otro lado, pasando a la ornitología a ver si damos con la rara avis.

Un saludo a los bujianos.
Hasta en lo más oscuro habitan los colores.

Buriel.

De la soledad soy el duende rojo, para mostraros como buenas compañías se vuelven malas y malas en buenas.

:twisted:

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hexagono69
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 » 08 Feb 2020 12:52

jilguero escribió:
08 Feb 2020 11:51
hexagono69 escribió:
08 Feb 2020 09:57
Si sentido poético si que tengo , lo que quería decir es que soy incapaz de coger un libro de poesía y abrirlo, y mira que Nines tiene montones, a no ser por alguna circunstancia excepcional no llego a leer poesía, y reconozco sinceramente que el lenguaje poético es sin duda el más auténtico, creativo y profundo, te abre las puertas a nuevos y a viejos mundos.
Jajaja, porque hoy jilguero se ha levantado menos travieso, que si no seguro que encuentra por ahí alguna afirmación tuya sobre tu "ineptitud reconocida para la poesía" en el sentido de saber si algo valía la pena o no :wink:. Bueno, en realidad se puede tener sentido poético y saber lo que te gusta sin necesidad de saber juzgarlo. Es también mi caso. Y dicen que los poetas son lso escritores que más se desnudan mientras escriben.
jose2v escribió:
08 Feb 2020 10:04
La poesía es una aritmética literaria. Al menos para mí.
La poesía medida, sin duda. La libre, ya no tanto.
jajajaj estas confundiendo a Hexágono el forero, conmigo su creador y que no siempre coincide con sus opiniones. :cunao: Y aveces se me olvida Hexágono y soy yo el que habla, y no voy a aclarar cuando es uno u otro lo dejo a la sensatez de los lectores.

Y que bonita la niebla en la playa, para mi poco acostumbrado a verla en vivo es como adentrarte en el reino de las hadas marinas.

Ah como ya te dije en anterior ocasión soy muy de juzgar y soy consciente de que es un gran defecto, porque la cantidad de veces que me equivoco es grande.


Con dios.
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