Un fragmento literario y su representación artística

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 25 Mar 2021 20:43
jilguero escribió: 25 Mar 2021 18:35Una noche de hace miles de años,...
No veo la imagen, jilguero.
Pues yo la veo. Ya estamos como el otro día pero al revés. ¿Qué hiciste para arreglarlo?


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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 25 Mar 2021 21:21Pues yo la veo. Ya estamos como el otro día pero al revés. ¿Qué hiciste para arreglarlo?
Creo que busqué otra imagen. Pero a lo mejor sólo soy yo el que no la ve.
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 25 Mar 2021 21:23
jilguero escribió: 25 Mar 2021 21:21Pues yo la veo. Ya estamos como el otro día pero al revés. ¿Qué hiciste para arreglarlo?
Creo que busqué otra imagen. Pero a lo mejor sólo soy yo el que no la ve.
La he puesto como archivo adjunto, a ver si así lo ves.


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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 25 Mar 2021 22:06La he puesto como archivo adjunto, a ver si así lo ves.
Ahora sí. Que conste que ya la había buscado en la red pero tu mensaje queda mucho mejor a los ojos de éste que escribe en viéndose la imagen. Gracias, jilguero.
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

Después de comer, Bob Sawyer pidió el mortero más grande de la tienda y preparó en él una humeante poción de ponche al ron, removiendo y combinando los ingredientes mediante una mano de almirez, con aire impresionantemente farmacéutico. Sawyer, por ser soltero, no tenía en casa más que un vaso, que se adscribió a Winkle como cumplimiento para el visitante, mientras que Ben Allen se las arreglaba con un embudo tapado con un corcho; y el propio Bob Sawyer se contentaba con una de esas vasijas de boca ancha, grabadas con caracteres cabalísticos, en que los boticarios suelen medir sus medicinas líquidas cuando preparan las recetas. Arreglados estos preliminares se probó el ponche, y se reputó por excelente; y después de decidir que Bob Sawyer y Ben Allen se considerarían en libertad para llenar dos veces por cada vez que Winkle llenara su vaso, empezaron animosos, con gran satisfacción y buen compañerismo.
No hubo cánticos, porque Bob Sawyer dijo que no parecería nada profesional; pero para compensar esa privación, hubo tal conversación y tales risas que podrían haberse oído, y probablemente se oyeron, al extremo de la calle. Esta conversación aligeró materialmente el paso de las horas para el muchacho de Bob Sawyer, instruyendo también su espíritu, pues, en lugar de su habitual ocupación de escribir su nombre en el mostrador y volverlo a borrar, se dedicó a atisbar por la puerta de cristales, escuchando y mirando a la vez de esta manera.

Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens (traducción de José María Valverde; ilustración de Robert Seymour y Phiz)

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por jilguero »


La noche del primero de mayo de 1820, mientras su intermitente locura lo visitaba, Francisco de Goya y Lucientes, pintor y visionario, tuvo un sueño.

Soñó que estaba con su amante de juventud bajo un árbol. Era la austera campiña de Aragón y el sol estaba en lo alto. Su amante estaba sentada en un columpio y él la empujaba por la cintura. Su amante llevaba un pequeño parasol de encaje y reía con risas breves y nerviosas. Después su amante se dejó caer y él la siguió, rodando por el prado. Se deslizaron por la pendiente de la colina hasta que llegaron a un muro amarillo. Se asomaron por encima del muro y vieron a unos soldados, iluminados por un farol, que estaban fusilando a un grupo de hombres. El farol era una incongruencia en aquel paisaje soleado, pero iluminaba lívidamente la escena. Los soldados dispararon y los hombres cayeron, cubriendo los charcos de su propia sangre.


Imagen
Los fusilamientos del 3 de mayo, Francisco de Goya (1814)


Entonces Francisco de Goya y Lucientes sacó el pincel de pintor que llevaba en el cinturón y avanzó blandiéndolo amenazadoramente. Los soldados, como por encanto, desaparecieron, asustados ante aquella visión. Y en su lugar apareció un gigante horrendo que devoraba una pierna humana. Tenía el pelo sucio y el rostro lívido, dos hilos de sangre se deslizaban por las comisuras de su boca, sus ojos estaban velados, pero se reía.

Saturno.jpg
Saturno devorando a su hijo, de Francisco de Goya (1819–1823)


Francisco de Goya y Lucientes dio un paso y blandió su pincel [...]. desapareció y en su lugar apareció un perro. Era un pequeño perro sepultado en la arena, de la que sólo sobresalía la cabeza.

¿Quién eres?, le preguntó Francisco de Goya y Lucientes.

El perro alzó el cuello y dijo: Soy la bestia de la desesperación y me burlo de tus penas.


Perro semihundido.jpg
Perro semihundido, de Francisco de Goya (1819–1823)


Francisco de Goya y Lucientes dio un paso y blandió su pincel. El perro desapareció y en su lugar apareció un hombre. Era un viejo grueso, con el rostro hinchado e infeliz.

¿Quién eres?, le preguntó Francisco de Goya y Lucientes.

El hombre esbozó una sonrisa cansada y dijo: Soy Francisco de Goya y Lucientes, contra mí no podrás hacer nada.

En aquel momento Francisco de Goya y Lucientes se despertó y se encontró solo en su cama.


Autorretrato.jpg
Autorretrato, de Francisco de Goya (1815)



Sueño de Francisco de Goya y Lucientes, pintor y visionario, de Sueños de sueños de Antonio Tabucchi
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Mensaje por jilguero »


Estaba cayendo la tarde, y al fondo de la llanura vio una corona de luces. Se dirigió hacia allí caracoleando sobre sus cortas piernecitas y, al llegar, se dio cuenta de que estaba en París. Era el edificio del Moulin Rouge, con sus aspas de molino iluminadas girando en el techo. Una gran multitud se agolpaba a la entrada, y junto a la taquilla un enorme cartel de colores chillones anunciaba el espectáculo de la velada, un cancán. El cartel reproducía una bailarina que danzaba sobre el escenario sujetándose la falda levantada, justo delante de las candilejas de gas. Henri de Toulouse-Lautrec se sintió satisfecho, porque aquel cartel lo había dibujado él. Después evitó mezclarse con la multitud y accedió por la entrada trasera, recorrió un pequeño corredor mal iluminado y apareció entre bastidores. El espectáculo acababa de comenzar. La música era estrepitosa y Jane Avril, en el escenario, bailaba como una endemoniada...

Jane Avril.jpg
Jane Avril, de Toulouse-Lautrec




Sueño de Henri de Toulouse-Lautrec, pintor y hombre infeliz, de Sueños de sueños de Antonio Tabucchi

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

El aspecto general del local le hizo volver en sí al momento, pero no bien había puesto sus ojos en el rostro de un hombre que reflexionaba sobre las cenizas medio apagadas de un fuego, cuando, dejando caer el sombrero por el suelo, se quedó absolutamente inmóvil y petrificado de asombro.
Sí, con ropas andrajosas y sin casaca; con su vulgar camisa de algodón hecha jirones y amarillenta; con el pelo cayéndole por la cara; con sus rasgos alterados por el sufrimiento y consumidos por el hambre… allí estaba Alfred Jingle; con la cabeza apoyada en las manos, los ojos fijos en el fuego y todo su aspecto indicando miseria y abandono.
A su lado se apoyaba descuidadamente en la pared un señorito rural de fuerte complexión, dando golpecitos con una fusta destrozada a la bota alta que adornaba su pie derecho, mientras que el izquierdo estaba metido en una pantufla vieja. Los caballos, los perros y la bebida, todo junto, le habían llevado allí. Había una espuela oxidada en su única bota, que de vez en cuando agitaba el aire, dando a la bota un golpe con la mayor elegancia y murmurando los sonidos con que un deportista anima a su caballo. En su imaginación, en ese momento, galopaba en alguna carrera desesperada a campo traviesa. ¡Pobre desgraciado! Nunca hizo una carrera en el más rápido animal de sus costosas cuadras con la mitad de la rapidez con que avanzó por el camino que terminó en la cárcel de Fleet.
Al otro lado del cuarto había un viejo, sentado en una arqueta de madera, los ojos clavados en el suelo y la cara con la expresión de la más profunda desesperación. Una niña —su nietecita— daba vueltas a su alrededor, tratando con mil recursos infantiles de obtener su atención, pero el viejo ni la veía ni la oía. La voz que había sido música para él y los ojos que habían sido su luz caían fríamente sobre sus sentidos. Sus miembros temblaban por una enfermedad, y la parálisis se había asentado en su mente.
Había en el cuarto otros dos o tres hombres, reunidos en un corrillo y hablando sin ruido entre ellos. Había también una mujer, macilenta y flaca —la mujer de un prisionero—, regando con gran solicitud el desgraciado muñón de una planta marchita y reseca, que, como se veía claramente, nunca volvería a dar hojas verdes; emblema excesivamente fiel, quizá, de la tarea que ella había acudido a cumplir en aquel lugar.
Tales fueron las personas que se presentaron a la vista del señor Pickwick, cuando miró en torno suyo, con sorpresa.

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

Los señores Pickwick y Allen se miraron expresivamente; aquel se quitó el sombrero y se asomó por la ventanilla hasta que casi todo su chaleco quedó fuera, pudiendo al fin lanzar una ojeada sobre su bromista amigo.
Bob Sawyer iba sentado, no en el asiento, sino en el techo del coche, con las piernas tan separadas como era posible, luciendo en la cabeza el sombrero de Sam, ladeado, y llevando en la mano un monstruoso bocadillo, mientras sostenía en la otra una amplia cantimplora, a ambas las cuales cosas se aplicaba con intenso deleite, variando la monotonía de su ocupación con algún aullido ocasional, con el intercambio de alguna vivaz insolencia con algún transeúnte desconocido. La bandera carmesí iba cuidadosamente atada, en posición vertical, a la barandilla del asiento; y Samuel Weller, adornado con el sombrero de Bob Sawyer, iba sentado en su centro, examinando un bocadillo análogo, con animado rostro cuya expresión proclamaba su entera y completa aprobación de todo aquel proceder.
Aquello era bastante para irritar a un caballero con el sentido de decencia del señor Pickwick, pero no fue eso lo que acabó de molestarle, sino que en aquel momento se fueron a cruzar con una diligencia, llena por dentro y por fuera, y el asombro de sus pasajeros se evidenció palpablemente.
Además, las felicitaciones de una familia irlandesa que corría al lado del coche pidiendo limosna al mismo tiempo, eran de carácter bastante estrepitoso, especialmente de su cabeza masculina, que parecía considerar aquella exhibición como parte integrante de alguna procesión triunfal, política o de otro tipo.

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

—A ver, un momento —interrumpió el de la cara picada con súbita energía—; ¡mírenme a mí, señores!
Al decir esto, el de la cara picada se levantó y los demás hicieron lo mismo. El de la cara picada pasó revista al grupo y levantó la mano lentamente, con lo cual todos (incluido él mismo) tomaron respiro profundamente y se llevaron el vaso a los labios. Un momento después, el de la cara picada volvió a bajar la mano y todos los vasos se depositaron vacíos. Es imposible describir el efecto producido por esta sorprendente ceremonia. A la vez digna, solemne e impresionante, combinaba todos los elementos de la grandiosidad.

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por jilguero »


Cuando, paseando por el Museo de Arte Moderno, me encuentro con la escultura de Alberto Giacometti titulada «El Palacio a las 4 de la mañana», siempre me detengo a contemplarla, en parte porque me recuerda la casa nueva de mi padre en su aspecto inacabado y en parte por lo hermosa que es. Mide unos 75 cm de alto y es lo bastante conocida como para que no sea necesario que la describa. De todos modos, está hecha de madera y no tiene tabiques, sólo finas vigas verticales y horizontales. Parece insinuar un frontón clásico y una torre. En una de las habitaciones de la parte superior del palacio revolotea una extraña criatura con cabeza de llave inglesa. ¿Un pájaro? ¿Un cruce entre bailarín y pterodáctilo? Debajo, en una especie de alacena suspendida en el aire, se encuentra el esqueleto de un animal. A laizquierda, sujeta por tres paralelogramos blancuzcos, lo que podría ser una impresionante figura femenina o una de las principales piezas del ajedrez. Y, más o menos en la posición que ocuparía un aro de baloncesto, una forma vertical, hueca y espatulada, con una pelota delante.

Todo es tremendamente sobrio y extraño, pero no más extraño que el relato del artista sobre la creación de esta escultura: «Este objeto cobró forma poco a poco a finales del verano de 1932; se me reveló lentamente, y sus diversas partes fueron adoptando su apariencia exacta y ocupando su preciso lugar en el conjunto. Llegado el otoño, había alcanzado tal cualidad real que su ejecución en el espacio no me llevó más de un día. Está relacionada sin duda alguna con un período de mi vida que había concluido el año anterior, durante el cual pasé seis largos meses, hora tras hora, en compañía de una mujer que concentraba en su ser la vida entera y me transformaba mágicamente en cada momento. De noche construíamos un fantástico palacio -los días y las noches tenían el mismo color, como si todo sucediera antes del amanecer; durante aquellos meses no vi la luz del sol una sola vez-, una frágil estructura de cerillas. Al menor movimiento en falso, una sección completa de esta diminuta construcción podía venirse abajo. Y entonces comenzábamos de nuevo. No sé cómo llegó a estar habitado por una columna vertebral metida en una jaula -la columna vertebral que esta mujer me vendió una de las primeras noches en que la encontré en la calle- y por uno de los pájaros esqueleto que ella vio justo la noche anterior a la mañana en que nuestra vida en común se vino abajo: los pájaros esqueleto que revolotean entre gritos de júbilo a las cuatro de la mañana en las alturas, sobre el estanque de aguas verdes y cristalinas donde flotan los blancos y finísimos esqueletos de los peces en el gran vestíbulo a cielo abierto. En el centro se alza el andamiaje de una torre, acaso inacabada o, puesto que su corona se ha derrumbado, acaso también rota. Al otro lado surgió la estatua de una mujer en la que reconozco a mi madre, tal como aparece en mis primeros recuerdos. El misterio de su largo vestido negro rozando el suelo me inquietaba; me parecía parte de su cuerpo y despertaba en mí un sentimiento de temor y confusión…».


Adiós, hasta mañana, de William Maxwell

El palacio a las 4 am (Giacometti).jpg
El Palacio a las 4 de la mañana (Alberto Giacometti)
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por jilguero »


Élie Faure me dijo el otro día que desde que te habías ido, se había secado un manantial de leyendas de un mundo sobrenatural y que los europeos teníamos necesidad de esta nueva mitología porque la poesía, la fantasía, la inteligencia sensitiva y el dinamismo de espíritu habían muerto en Europa. Todas esas fábulas que elaborabas en torno al sol y a los primeros moradores del mundo, tus mitologías, nos hacen falta, extrañamos la nave espacial en forma de serpiente emplumada que alguna vez existió, giró en los cielos y se posó en México. Nosotros ya no sabemos mirar la vida con esa gula, con esa rebeldía fogosa, con esa cólera tropical; somos más indirectos, más inhibidos, más disimulados.

Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska


Serpiente emplumada (Diego Rivera).jpg
Serpiente emplumada (Diego Rivera)
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

— ¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo a todo eso? ¡Van a tener que leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma —lo estaba diciendo Ruiz Agudo, el de La Península— es el estragamiento de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se aprende a imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto a respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna ciocciara, la cabeza de estudio melenuda, rehacer a Serra y sus paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota, como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en el periódico va a pegarles a todos, a la Academia, a su Director, al Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí, señor: en Chicago, entre tocineros.
La Quimera, de Emilia Pardo Bazán

Serie Lagunas pontinas, de Enrique Serra Auqué (Barcelona, 1859 - Roma, 1918)

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo les daba a enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados, las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba a fuerza de impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de la sierra se dibuja en dentelladas más agudas, y sobre la inmensa, ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío fondo.
— ¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo »

Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fue escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila, monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes, atribuidos a Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos, jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos, según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre todo, el Triunfo del Ave María, me enamora con su reflejo desdorado y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.
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