El día de hoy en un libro (II)

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Re: El día de hoy en un libro (II)

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El 4 de junio de 2018, cuando faltaban unos pocos días para la fecha en la que me había propuesto empezar a escribir una novela en cuya preparación había invertido ya varios meses, visité por fin el escenario principal de La madre de Frankenstein.

La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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4 de junio de 2008. Los paracaidistas tienen el agua hasta las rodillas. Fuera, han mandado venir a čurda y a Ata Moravec. Ata se niega a hablar, pero čurda les grita por el hueco abierto: «¡Rendíos, muchachos! A mí me han tratado bien. Seréis prisioneros de guerra, todo irá bien.» Gabčík y Valčík reconocen la voz, saben ya quién ha sido el que los ha traicionado. Mandan su respuesta habitual: una ráfaga. Ata está con la cabeza baja, el rostro tumefacto, el aire ausente de un joven que ha entrado ya a medias en el mundo de los muertos.

HHhH, de Laurent Binet (traducido por Adolfo García Ortega)
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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5 de junio de 2008. Al cabo de unos metros, la tierra del túnel se vuelve dura. ¿Van a dejar los paracaidistas la excavación para concentrarse en disparar? Me resisto a creerlo. Se afanan aún más en la tierra. Excavarán hasta con las uñas si hace falta.

HHhH, de Laurent Binet (traducido por Adolfo García Ortega)
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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Simple, en efecto, aunque todavía prudente, incluso pintoresca: ¿a qué viene esa precisión sobre los judíos funcionarios, cuando los funcionarios deben ser ejecutados de todos modos, judíos o no? Es porque Heydrich ignora aún cómo acogerán los soldados del ejército regular las perpetraciones de sus Einsatzgruppen. Es verdad que la famosa «directiva de los comisarios», firmada por Keitel el 6 de junio de 1941, y por tanto aprobada por la Wehrmacht, autoriza las masacres, pero oficialmente éstas se limitan a los enemigos políticos. Por eso, al principio, sólo en tanto enemigos políticos se designa a los judíos soviéticos como un objetivo a abatir. El efecto de redundancia producido en la nota es como la huella de un último escrúpulo. Naturalmente, si las poblaciones locales desean organizar pogromos, éstos serán alentados pero con mucha discreción, ya que, a comienzos del mes de julio, no se está todavía en condiciones de asumir a cara descubierta el proyecto de una exterminación de judíos por el mero hecho de que sean judíos.

HHhH, de Laurent Binet (traducido por Adolfo García Ortega)
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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Ignoro cuándo y por qué los Moravec padre e hijo volvieron a Praga. Regresan como por arte de magia tras unos días de descanso en el campo, por la impaciencia del chico, sin duda, para ayudar a los paracaidistas o para no dejar totalmente sola a su madre. Y por el trabajo del padre, tal vez. Dicen que no estaba enterado de nada pero me cuesta creerlo. Cuando su mujer acogía a los paracaidistas en su casa, él veía perfectamente que no se trataba de boy scouts. Y además ha llamado varias veces a amigos suyos para conseguir un traje, una bici, un médico, un escondite... Toda la familia, por tanto, ha participado en la lucha, incluido el primogénito, refugiado en Inglaterra, piloto de la RAF, del que no tienen noticias y que morirá el 7 de junio de 1944 cuando su caza se estrelle al día siguiente del Desembarco, dentro de casi dos años, es decir, para los tiempos que corren, una eternidad.

HHhH, de Laurent Binet (traducido por Adolfo García Ortega)
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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El 8 de junio volvieron a discutir. Como cada día, Hilde insistió en irse y Aurora en torturarla. La muchacha, agotada, se acostó y se durmió. Su madre pasó la noche de rodillas delante de la cama de su hija, viéndola dormir. Y en el centro puntual de la maraña, Dios, la Araña, escribió la poeta argentina Alejandra Pizarnik antes de suicidarse. Cuando amaneció, la madre araña se desembarazó de la sirvienta ordenándole que sacara a los perros. Luego cogió un pequeño revolver que guardaba en el armario y disparó a Hilde en el lado izquierdo de la frente; a continuación le metió otra bala casi en el mismo lugar. Después le dio un tiro en el corazón y, por último, «aún disparé un tiro de gracia en el carrillo izquierdo». Extraño lugar para colocar un tiro de gracia, puesto que no afecta a órganos vitales. Pero, eso sí, consiguió destrozarle la cara. El hermoso rostro de su hija.

Nosotras. Historias de mujeres y algo más, de Rosa Montero
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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Hamble. Lunes, 8 de junio
El príncipe azul me ha llevado de fin de semana a Lyme Regis. Es el pueblo donde se rodó La mujer del teniente francés. Malecón de piedra, casas de cuento. John es predecible, algo reaccionario, pero muy inteligente. Es divertido. Fue una buena excursión. John ejerce la perfección, algo que no veo como virtud, pero que de momento me resulta útil. Lo último que quiero ahora son incertidumbres. John es estructura.

Nuestra casa en el árbol, de Lea Vélez
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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Fui a Terezín una vez. Quería ver ese lugar porque fue allí donde murió Robert Desnos. Después de Auschwitz, pasó por Buchenwald, Flossenburg y Flöha, y el 8 de mayo de 1945, tras agotadoras marchas de la muerte durante las cuales contrajo el tifus que habría de llevárselo, fue a parar al Terezín liberado. Murió el 8 de junio de 1945, y muere como ha vivido, libre, en brazos de un joven enfermero y de una joven enfermera checos que amaban el surrealismo y admiraban su obra. He aquí de nuevo otra historia de la que me gustaría escribir todo un libro: aquellos dos jóvenes se llamaban Josef y Alena...

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Re: El día de hoy en un libro (II)

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Quienes conocieron personalmente a Hildegart antes de que su madre la matara el 9 de junio de 1933 la describen como una muchacha llena de fuerza y de alegría. Todo lo contrario que su madre, doña Aurora, una mujer seca y antipática, por completo insignificante al lado de esa hija excepcional. Eso sí, siempre iban juntas, pero no resultaba en absoluto extraño teniendo en cuenta la corta edad de la chica y las costumbres de la época. El horror permaneció escondido hasta el final.

Nosotras. Historias de mujeres y algo más, de Rosa Montero
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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Desde el 27 de mayo, la noche de la visita de Cohucelo, hasta el 9 de junio, fecha del asesinato, Aurora prácticamente secuestró a su hija en el sofocante, recalentado ático de la calle Galileo. La madre no abría la puerta a las visitas e incluso llegó a arrancar el teléfono para que Hilde no pudiera hablar con nadie. Estremece imaginar lo que debieron de ser esos últimos días de encierro y de tormento, de calor y violencia. A finales de mayo, Aurora había pedido a una vecina que le guardara los tiestos y los perros mientras ella hacía un viaje a Cuba de tres o cuatro meses, y le había dado cuatro pesetas por el servicio. Es una mentira que demuestra que ya para entonces tenía planeado asesinar a su hija. Y que pensaba que con tres o cuatro meses saldría libre.

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Re: El día de hoy en un libro (II)

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El 9 de junio de 1933, el timbre de la consulta de mi padre sonó a las nueve y media de la mañana.
Aquel día él no había ido a la universidad, ni yo al instituto. Nuestras clases habían terminado casi a la vez, pero mis vacaciones todavía estaban lejos. Tenía que preparar el examen final de francés, la asignatura que había atormentado mi infancia y se disponía a atormentar mi adolescencia.

La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes
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Re: El día de hoy en un libro (II)

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No hacía mucho que el marido de Lucila, la carnicera del mercado de Vallehermoso, se había fugado con su dependienta. Una mañana, al volver de la compra, mi madre comentó que la pobre estaba despachando con los ojos rojos y la cara desencajada. Aquella frase me intrigó mucho. Pregunté cómo podía desencajársele la cara a alguien y nadie se molestó en responderme. El 9 de junio de 1933 lo aprendí en el rostro de un hombre algo mayor que mi padre, su mandíbula inferior caída, desconectada del resto de la boca, los ojos tan dilatados como si hubieran visto un fantasma. Eso no fue lo único que me enseñó. Nunca había visto a nadie tan pálido como la cera, ni gotas de sudor tan gordas, tan perfectamente redondas como las que se limpió antes de darme los buenos días. Al disolverlas, el pañuelo convirtió su cara en una máscara blancuzca y húmeda, semejante a la que ofrecen las estatuas de las fachadas de las iglesias bajo la lluvia. Parecía un ser de ultratumba, el fantasma de alguien que hubiera sufrido mucho, pero daba menos miedo que la mujer que le acompañaba.

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Re: El día de hoy en un libro (II)

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El 9 de junio de 1933, cuando salí de casa después de comer con la cartera en la que llevaba un libro de francés que tampoco abriría aquella tarde, tuve miedo de que no me dejaran entrar en el Círculo Federal. No había ido nunca hasta allí, no conocía a nadie de aquel partido, pero en la Puerta del Sol me engulló una variopinta multitud que avanzaba en la misma dirección que yo había previsto tomar. Había personas de todas las edades, muchas mujeres, muchos jóvenes, incluso niños pequeños, pero muy poco dolor. Pensé que los madrileños que acudían al velatorio de su vecina más precoz se movían por motivos semejantes a la morbosa curiosidad que me empujaba, por más que intentara justificarme ante mí mismo arguyendo que yo había asistido a la confesión de su asesina y ellos no. Pero después de esperar casi una hora, cuando logré avanzar hasta el féretro, tampoco vi la menor huella de llanto en los ojos, los semblantes de los jóvenes federales que hacían guardia al fondo. Hacía muy poco tiempo que Hildegart Rodríguez se había pasado a su partido, pero en el PSOE, donde había militado durante cuatro años, tampoco la llorarían mucho. El periódico que había estado leyendo mientras hacía cola contaba que, después de su expulsión, había escrito un libro, ¿Se equivocó Marx?, que los socialistas no le habían perdonado.

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Re: El día de hoy en un libro (II)

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En la exacta intersección entre el edificio vacío que encontraron los hombres de Durán y la criminal irresponsabilidad de las autoridades republicanas, se forjó el último capítulo de la leyenda de doña Aurora Rodríguez Carballeira, la interna más famosa del manicomio femenino de Ciempozuelos, la mujer rica, de buena familia, muy culta, muy inteligente, muy progresista, muy feminista, muy bien relacionada, que el 9 de junio de 1933 disparó cuatro veces a su hija Hildegart, reivindicando su derecho a destruirla igual que un escultor destruye un boceto que no le satisface, con la intención de empezar de nuevo. Para comprender las dimensiones del impacto que este crimen produjo en la sociedad española de la época, es imprescindible conocer a su víctima, Hildegart Rodríguez Carballeira, que nació en Madrid, en diciembre de 1914, y apenas conoció a su padre. Educada en casa por su madre, desde muy pequeña ofreció síntomas de una extraordinaria inteligencia. Aprendió a leer a los dos años, a escribir a los tres, ingresó en la Universidad Central de Madrid a los trece y a los dieciocho ya era abogada. Sus numerosos artículos y libros —que Aurora siempre reivindicó como obra propia firmada por su hija— la convirtieron en la líder juvenil más influyente y celebrada de la izquierda española. Su activismo feminista y a favor de la eugenesia —que la impulsó a fundar, junto con su madre y otros promotores, la sección española de la Liga Mundial para la Reforma Sexual— llamó la atención de H.G. Wells y Havelock Ellis. El 9 de junio de 1933, después de que manifestara su voluntad de irse de casa y de aceptar una invitación para viajar sola al Reino Unido, donde planeaba una serie de conferencias, su madre la mató mientras dormía, le disparó cuatro tiros con un revólver. Juzgada y condenada, Aurora ingresó primero en la cárcel de Ventas y al cabo de dos años, en virtud de un dictamen psiquiátrico solicitado por el director de la prisión, fue recluida en Ciempozuelos.

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Re: El día de hoy en un libro (II)

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9 de junio de 2008. Frank no puede más. Pannwitz reflexiona. Tiene que haber otra entrada. Ponían a los monjes muertos en la cripta. ¿Por dónde bajaban los cuerpos? Siguen registrando la iglesia, desescombran, arrancan los tapices, destruyen el altar, sondean la piedra, buscan por todas partes.

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