CF 2 - El jilguero de Sierva María - Jilguero

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lucia
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CF 2 - El jilguero de Sierva María - Jilguero

Mensaje por lucia » 15 Oct 2016 20:01

El jilguero de Sierva María

Para ti, Pilar…

Tras su regreso de un largo viaje por Europa, en la primavera de 1955, Edelmira Thompson de Mendiluce se retiró a su estancia de Azul con el propósito de contar la verdadera historia de Sierva María de Todos los Ángeles. Mantenía que, obnubilado por la belleza de los veintidós metros con once centímetros de pelo cobrizo que emergieron de la tumba, el reportero de El Universal se había olvidado de mencionar en su necrológica tardía ―el óbito había ocurrido dos siglos antes de la exhumación― que entre los huesecitos menudos y dispersos de la niña había otros aun más menudos y más dispersos…

En los pueblos de El Caribe estaba muy extendida la leyenda de una marquesita, oriunda de Cartagena de Indias, que había muerto a los doce años y aquejada de la rabia en una celda del convento de Santa Clara. No era, empero, esa muerte prematura y ominosa la causa de su fama, sino la belleza y longitud de su melena cobriza. Nunca se la cortaron y, con el tiempo, alcanzó tal extensión que debía llevarla trenzada y enroscada a la cintura para evitar que le arrastrase por el suelo. La historia de Sierva María había llegado al salón bonaerense de la viuda de Mendiluce gracias a un poeta colombiano de paso por la ciudad. Desde el primer momento, Edelmira sintió fascinación por esa niña muerta antes de tiempo y en posesión de un cabello que era objeto de su envidia ―la viuda se veía obligada a usar bisoñé para disimular una engorrosa alopecia parietal―.

Cuando en octubre de 1949 la espiocha rompió la lápida y dejó a la vista los restos de la hija del segundo marqués de Casalduero, Edelmira no estaba presente en la cripta del convento. Es más, nadie le había vuelto a hablar de la marquesita y casi se había olvidado de ella. Pero en su reciente travesía en barco, de regreso de Europa, había coincidido de nuevo con el poeta colombiano. Al surgir el tema de la dueña de la melena de fuego más famosa de El Caribe, él le había mostrado un recorte amarillento de periódico. Era de seis años atrás, de cuando El Universal se hizo eco del hallazgo en Santa Clara del cráneo de una niña, unido a la larga cabellera antes aludida. Se hallaban en medio del océano y Edelmira había leído la reseña rodeada de una luz idéntica a la de los ojos garzos de Sierva María. Y su egregia intuición femenina ―la misma que le permitía prologar libros sin necesidad de leerlos― le había hecho darse cuenta enseguida de que no se mencionaban los huesecillos del pájaro. Ese olvido, baladí para la mayoría, espoleó la lucidez visionaria de la viuda de tal manera que no le quedó otra salida que la de redactar una biografía de Sierva María, corrigiendo las inexactitudes de Del amor y otros demonios ocho lustros antes de la publicación de la novela.

Sin ir más lejos, la verdadera madre de Sierva María no fue la mujer entregada a los excesos de miel fermentada y de cacao con la que se casó en segunda nupcias el marqués, sino su primer y único amor: Dulce Olivia, una interna del manicomio de mujeres sito al lado de la casa palaciega de los Casalduero. De ahí que Bernarda Cabrera ―madre oficial en la ficción― malquisiera a la pequeña y la dejase crecer asilvestrada entre los sirvientes negros. Y de ahí también la habilidad de Sierva María para imitar el canto de los pájaros o su locura disfrazada de sigilo ―lograba enmudecer hasta los cascabeles que le ponía Bernarda en las muñecas para saber dónde estaba―. Ambas dotes las había heredado de Dulce Olivia, experta cocotóloga que se valía de las pajaritas de papel para mandar mensajes desde el manicomio al resto del mundo, y cuya locura era tan discreta que la gente llegaba a creer que su reclusión era voluntaria. Tal fue el caso del marqués que, encandilado con los mensajes de sus pajaritas, defendía su cordura afirmando que «ningún loco está loco si uno se conforma con sus razones». De haber sido menos pusilánime, se habría casado con la reclusa y, en vez de en una cabalgada nocturna e ilícita, habrían engendrado a Sierva María «a la sombra evangélica de los naranjos».

La mañana de su duodécimo cumpleaños, la marquesita acudió al mercado en busca de cometas variegadas ―de velas verdes, borlas amarillas y colas entretejidas de azul y magenta― para la fiesta de su aniversario. Fue allí donde un perro cenizo con un lucero blanco en la frente se le cruzó en el camino y se produjo la agresión. Edelmira sostiene que la criatura cenicienta no fue la que mordió el tobillo de Sierva María ni la que desbarató a su paso varios tenderetes de fritangas, tal como se afirma en la célebre novela, sino que fue la niña del cinto trenzado la que se abalanzó sobre el animal como una energúmena y le mordió en una pata.

De madrugada había atracado en el muelle negrero un barco procedente de Cádiz y los mercachifles andaban negociando con su carga. En ese momento, estaban subastando una esclava abisinia y los ojos de la gente estaban fijos en sus indómitas exuberancias recubiertas de melaza. Los de Sierva María, en cambio, miraban con embeleso la multicolor algarabía del cargamento de jaulas llegado también del otro lado del océano. Después de contemplarlos un rato en silencio, la niña comenzó a trinar como los cautivos: una miríada de jilgueros europeos con los que el pajarero pretendía hacer un pingüe negocio. Pero la belleza de la trenza de Sierva María y la habilidad con la que imitaba el canto de sus pájaros doblegaron la avaricia del comerciante. De hecho, fue justo al cruzar la niña otra vez el mercado con su regalo en la mano ―una jaulita de mimbre y, en su interior, una jilguera recién pisada con el nido ya dispuesto―, cuando el perro cenizo se aproximó a olisquear la jaula y, por miedo a que le pudiese hacer daño al pájaro, Sierva María le propinó el mordisco.

Un barbarismo que la familia trató de disimular tergiversando la historia. El chucho fue acusado de tener la rabia y, al día siguiente, apareció colgado en la vía pública. Un sacrificio injusto y en balde, puesto que las habladurías sobre la marquesita no cesaron. Los testigos afirmaban, y con razón, que no era el animal ahorcado, sino la niña, quien parecía padecer la rabia. Algunos fueron más lejos, incluso, al asegurar que se había comportado como una posesa. Temeroso de que Sierva María pudiera acabar recluida como su madre en un manicomio, el marqués de Casalduero se adelantó a los acontecimientos y, con la excusa de que aprendiese modales propios de su condición ―la niña se comportaba como cualquier esclava negra―, la internó en el convento de Santa Clara.

El Domingo de Ramos, después de asistir al rito de las palmas, el marqués la llevó a las clarisas disfrazada de «Juana la Loca»: con un traje trasnochado de la abuela, babuchas de terciopelo azul, sombrero de casquivana y la jaulita de mimbre en la mano. Justo antes de traspasar el torno de la entrada, la trenza mal sujeta se le desbarató y el esplendor de su cabellera quedó a la vista. Versada en las astutas tretas del Maligno, la tornera quiso cortar aquella provocativa plétora a ras de cráneo. Pero el marqués le advirtió que era fruto de una manda mariana y a la religiosa no le quedó otro remedio que dejarla avanzar por el claustro con porte y cola de reina. La niña desprendía esa mañana tal encanto que fue dejando tras de sí un reguero de novicias soliviantadas. Con tal de gozar de su favor, las otras niñas ―las aspirantes a clarisas no tenían mucha más edad que Sierva María― no dudaron en quebrantar la férrea disciplina de la orden y, en cuestión de horas, se instauró en el convento una jerarquía nueva e inconfesable.

Las primeras en sufrir las consecuencias del desmadre fueron las guacamayas del patio, cuyo bobo parloteo cesó para siempre el Martes Santo ―la jaula amaneció vacía y nunca más se supo de ellas―. Siguiendo las indicaciones de la marquesita, las novicias se apresuraron a remozar la pajarera antes del nacimiento de sus nuevos inquilinos. El Jueves Santo, primer plenilunio de primavera, la jilguera de Sierva María puso media docena de huevos; catorce días más tarde, con la luna nueva, nacieron los primeros chivones. A partir de ese momento, las puestas de huevos y las rupturas de cascarones se repitieron con una cadencia lunar tan asombrosa que, en muy poco tiempo, la antigua jaula de las guacamayas volvió a llenarse de vida. Pero, en lugar de con cháchara sin sentido y torpes trepadas por la alambrera, esta vez se llenó de trinos melódicos y gráciles acrobacias. Y aunque ninguna religiosa se atreviese a reconocerlo en público, la desaparición de las guacamayas mejoró la convivencia de la comunidad: las clarisas dejaron de chismorrear en las recreaciones y, emulando a los jilgueros, se dedicaron a la práctica mucho más sana del canto coral.

Sin la compañía bienhechora de las esclavas negras, la herencia recibida de Dulce Olivia afloró con violencia y, de un día para otro, Sierva María se convirtió en obcecada criadora de jilgueros. Su objetivo era adiestrarlos en el difícil oficio de la mensajería cosmopolita. La viuda de Mendiluce afirma que la marquesita y su corte de novicias levantiscas se valían de un viejo globo terráqueo para enseñarles geografía a los pájaros. Fuese ese el método usado o cualquier otro ―la capacidad de orientación de las aves migratorias sigue siendo un misterio inescrutable―, el resultado no pudo ser mejor. Para el equinoccio de otoño, la fama de los mensajeros alados del convento de Santa Clara se había extendido por todo El Caribe. Incluso la propia abadesa, mujer adusta y contraria a cualquier innovación, tuvo que reconocer que el negocio de los pájaros empezaba a ser tan lucrativo como el tradicional de la repostería.

Alentada por el éxito, Sierva María se propuso ampliar los destinos de su escuadrilla. La escasa capacidad de vuelo de los jilgueros se presentaba como un obstáculo insalvable para la mensajería transoceánica. Pero la niña de la cabellera cobriza recordó cómo había llegado hasta la ciudad la madre de sus primeros heraldos y decidió que sus pájaros podían hacer lo mismo. Para la nueva ruta, seleccionó a los ejemplares más robustos y avispados y, aparte de los habituales rudimentos de Geografía, les enseñó cuáles eran los navíos más veloces y cuáles las banderas de allende los mares. Las fragatas y las corbetas que ponían rumbo a Europa se llenaron así de jilgueros que, acordonados como golondrinas en las vergas, cruzaban el océano con los mensajes chasqueando en el viento como si fuesen diminutas banderolas de feria ―Sierva María usaba distinta coloración según la naturaleza del mensaje―. Solo en los días de calma chicha se posaban en la regala y, de tanto en tanto, desentumecían las articulaciones haciendo vuelos acrobáticos. Un espectáculo que servía de pasatiempo al pasaje mientras duraba el recalmón.

Enseguida se corrió la voz y tener una escuadra de mensajeros multicolores a bordo se convirtió en distintivo de travesía rápida y entretenida. De ahí que en las fiestas equinocciales de aquel año hubiese ya armadores que, en vez de acudir al Convento de Santa Clara en busca de sus afamados dulces, lo hiciesen para conseguir que en las vergas de sus barcos se posase el siguiente escuadrón transoceánico de Sierva María. Que la primacía del chocolate aromatizado y las galletitas de anís de las clarisas estuviese en peligro irritó profundamente a la abadesa. No fue ese, sin embargo, el verdadero detonante de la guerra que la religiosa le declaró a la marquesita, sino la influencia nociva que su presencia ejercía en Cayetano Delaura: un joven sacerdote del que estaba prendado medio convento.

Fascinado por la incipiente voluptuosidad de la niña, Delaura había empezado a descuidar sus obligaciones como guía espiritual de las clarisas. Desde que la jaula del patio se llenó de trinos y colores, había frecuentado más Santa Clara. Pero pasaba tanto tiempo respondiendo a los gorjeos de Sierva María y sus pájaros con los versos impíos de Salinas y de Garcilaso que la atención a su rebaño era cada vez peor. La abadesa interpretó aquella suerte de hechizo como una prueba irrefutable de que la niña y sus heraldos eran solo un subterfugio del Maligno para tentar al sacerdote. Se aferró a la idea calumniosa de que los recitales del patio no eran tan inocentes como aparentaban y, de un día para otro, recluyó a la marquesita en el pabellón de «las enterradas vivas» y desperdigó a su corte de novicias levantiscas por los conventos de medio mundo.

Todo sucedió tan deprisa que en su siguiente visita, ajeno aún a lo ocurrido, Cayetano Delaura entró en el patio declamando, con voz atiplada, el que era ya su habitual saludo: «Abrir los ojos y ver, sin falta ni sobra, a colmo en la luz clara del día, perfecto el mundo, completo. ». Pero descubrir aquella soledad inesperada ―la jaula estaba vacía y de la niña ni rastro― le causó tal desolación que de sus labios brotó espontáneamente otra estrofa de Salinas: «Cerrar los ojos y ver incompleto, tembloroso, de será o de no será, sin luz, sin gracia, sin orden, un mundo sin acabar, necesitado. ». Interpretó, no obstante, aquel infortunio como una advertencia del Todopoderoso y aceptó el nuevo orden con una resignación y un servilismo que la niña no supo ni quiso entender.

Según Edelmira, que un perro ceniciento con un lucero blanco en la frente propiciara el encierro de Sierva María en el convento de las clarisas no fue casual; ni tampoco que fuese un joven sacerdote con un mechón blanco en la frente quien desencadenara su reclusión en el edificio de las enterradas en vida; o que el día de su encierro la niña tuviese cobijado en el bolsillo un pollo de jilguero con un ocelo blanco en medio del rojo carmesí del antifaz. La biógrafa especula, asimismo, con que esa mácula podría haber sido la causa de que los padres hubiesen abandonado al polluelo. Pero lo único cierto es que, cuando encerraron a la marquesita en la celda, lo llevaba en el bolsillo y que, a partir de ese momento, su crianza y adiestramiento se convirtieron en el leitmotiv de su vida de reclusa.

Por desgracia, lo que ocurría en el interior de esa celda había quedado fuera del fogonazo de clarividencia que tuvo Edelmira a bordo del trasatlántico. Eso no impidió, sin embargo, que ella se imaginase a Sierva María enseñándole geografía al pájaro en un mapamundi improvisado en el suelo con los objetos más diversos ―en concreto, la posición de algunos accidentes geográficos, como las grandes cordilleras montañosas o los ríos más largos, la marcaba con sus propios cabellos―; o mostrándole desde la ventana los navíos más veloces para que aprendiese a reconocerlos. Una vez el jilguero estuvo adiestrado, Sierva María eligió una cinta rosa ―el color de los sentimientos sinceros― y escribió en ella unos versos aprendidos de Delaura. Luego se la colgó de una pata y se aseguró de que no le molestase al volar. En el siguiente plenilunio, abrió la ventana y, con un cariñoso «vuela pajarillo, vuela, vuela…» y un tajante «cuando lo encuentres, tráermelo», le ordenó partir en busca del amor prometido por Garcilaso.

Después de una larga travesía salpicada de tormentas, en un lluvioso atardecer de diciembre, el mensajero arribó al puerto de Ruan cobijado en la cofa de una corbeta. A esa misma hora, en uno de los barrios obreros de la ciudad, Han O. Nimes se entretenía en perseguir con el dedo las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal de la ventana. Aguardaba el regreso de su padre. Además de panadero, el padre de Han era visionario y cada día volvía a casa con una historia nueva. Aunque no lo había oído entrar, el olor a pan recién hecho le hizo saber que se encontraba a su espalda. «Un hombre partido es la media silueta», le anunció con voz solemne. «Se distingue pronto porque no camina. ¡No sabría hacia dónde hacerlo!», añadió a continuación. Han se imaginó a ese hombre incompleto e indeciso convertido en guardacantón y, al ver que seguía lloviendo, se compadeció de él. «Los hombres partidos solo transcurren, como espíritus de viento que solo logran frenarse cuando encuentran en su camino alguna maceta mal puesta», sentenció esta vez el panadero. Han miró con desaliento la alineación perfecta de las plantas de su madre y concluyó que, con semejante disciplina castrense, nunca lograrían detener a un hombre partido.

En cuanto se quedó solo, el niño normando abrió la ventana y desordenó las macetas. Esa noche se fue a la cama con la ilusión de que al día siguiente habría alguna media silueta atrapada entre los geranios de su madre. Soñó, sin embargo, con una niña que, en medio de una gran nevada de pajaritas de papel, arrastraba su larga melena cobriza como si fuese la capa de una reina. Pero fueron tantos los copos alados que se le posaron encima que al final la trenza se parecía más a la cola de una novia. En medio de esa nevada onírica, un grito de color rompió de golpe la monotonía: un pájaro variegado que, tras revolotear alrededor de la cabeza de la niña, se le posó en un hombro. Cuando Han se despertó al día siguiente ya no se acordaba del sueño, pero sí de las macetas desordenadas de su madre. Corrió, pues, hacia la ventana en busca de su primera media silueta. Pero en el alféizar, en lugar de un hombre partido, Han halló un jilguero entero. Tenía el plumón empapado y erizado por el frío. Lo cobijó entre las manos y, en cuanto entró en calor y el plumaje se le apaciguó, vio una cinta rosa prendida de una pata. «Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero», leyó Han antes de ruborizarse como nunca antes lo había hecho.

Edelmira no menciona si fue el pájaro, otro sueño o una visión del padre lo que guío al niño normando hasta Cádiz y, desde allí, hasta Cartagena de Indias a bordo de una fragata. Ni tampoco aclara cómo logró que el panadero visionario le permitiera embarcarse en tamaña aventura, ni por qué le dejó llevarse su tiorba si apenas sabía tocarla. Pero lo cierto es que, dos plenilunios más tarde, Han arribó al puerto cartagenero con la tiorba paterna colgada del hombro. Durante la larga travesía, había tenido tiempo de practicar lo suficiente como para controlar el doble clavijero y rasguear sus cuerdas con cierta destreza; y esa misma noche, aprovechando la marea baja, dio su primera serenata al pie del muro del pabellón de «las enterradas vivas». Al escuchar la música, algunas reclusas se asomaron a la ventana, mas solo a una de ellas se le iluminó el rostro cuando vio al pájaro en el hombro del trovador. Una vez la tiorba se calló y las cabezas desaparecieron, una especie de maroma trenzada descendió muro abajo. Han reconoció de inmediato la trenza cobriza del sueño y trepó por ella sin titubeos. La serenata se repitió otras muchas noches en privado, en el interior de la celda, hasta que una interna envidiosa los delató y la abadesa ordenó enrejar la ventana de Sierva María. No obstante, los acordes de la tiorba siguieron sonando en la playa; es más, hubo noches sin luna en las que la maroma del sueño se descolgó de nuevo y el niño normando trepó por ella para acariciar el rostro de la marquesita a través de la reja.

Una dicha a la que, en una noche de mar embravecida y oscura, puso fin una ola traicionera. Persuadida de que el trovador regresaría en una barquita de papel azul con rayas, la niña se acodaba en la ventana y, con las manos entrecruzadas bajo la barbilla, vigilaba el horizonte. Llegó, con todo, el día en que perdió la esperanza y el azul del mar dejó de brillar en sus ojos. Su compañero de celda trató de consolarla con sus trinos y sus piruetas, pero fue en balde: la niña dejó de comer y sus noches se quedaron sin luciérnagas. La víspera de su decimotercer cumpleaños, las clarisas entregaron al marqués su cuerpo amortajado con la misma ropa de un año atrás. Pero su delgadez era para entonces tan extrema que el traje entallado de la abuela, las chinelas de terciopelo azul y el sombrero de casquivana le quedaban enormes. Lo único que no le devolvieron al marqués fue la jaulita de mimbre que se quedó arrumbada en un rincón de la celda. Aunque la viuda de Mendiluce mantiene que, cuando bajaron el cadáver a la cripta para las exequias, el pájaro iba acurrucado entre las manos entrelazadas y el pecho de Sierva María.

Antes de poner el punto final al texto, Edelmira decidió visitar la prisión de la marquesita. Buscaba disipar la bruma que le había impedido ver lo que, dos siglos atrás, ocurría en aquella celda las noches en las que la cautiva arrojaba por la ventana su larga trenza cobriza y el niño de la tiorba trepaba por ella. Ese pabellón del antiguo convento funcionaba a la sazón como orfanato regentado por las Hermanas de la Caridad. Le explicaron que, por precaución ―por si acaso los vestigios del Maligno seguían en ella―, la antigua celda de Sierva María no se hallaba en uso. Pero una generosa dádiva de la viuda las hizo mostrarse muy comprensivas.

Al abrir la puerta de aquel sanctasanctórum ―único reducto que se había resistido a su clarividencia―, Edelmira encontró dentro a un niño de pelo muy negro y con flequillo que, mientras miraba el mar desde la ventana, rasgueaba las cuerdas de una tiorba. Eran unos acordes tristes, melancólicos, como si aquel huérfano ―la biógrafa supuso que era un interno del orfanato― estuviese recordando las caricias perdidas de su madre o, lo que viene a ser lo mismo, las de su primer amor. Al notar su presencia, el niño dejó de tocar y giró la cabeza. La viuda vio también la luz del mar reflejada en sus ojos. Pero no era el fulgor azul que tantas veces había visto en los ojos de Sierva María mientras redactaba el texto, sino la negrura que desprende el océano en las noches sin luna.

En medio de la confusión, de no saber si aquel era un niño real o un simple espectro, escuchó a sus espaldas el trino de un pájaro. Aunque alegre, sonaba muy apagado, como si viniese de muy lejos, cuando en realidad salía del interior de una jaula polvorienta que había en una esquina de la celda. Edelmira reconoció enseguida la jaula y, al comprobar que estaba vacía, su corazón brincó como si fuese una rana asustada. El niño esbozó entonces una sonrisa nostálgica y, con voz también apagada, como de ultratumba, la sacó de dudas: «Ese que canta es el pájaro de la niña de la trenza cobriza: ¡el jilguero de Sierva María!».

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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Escritoradesueños » 17 Oct 2016 20:52

Este relato me ha costado mucho muchísimo leerlo, seguirlo, entenderlo. Había párrafos en los cual tenía que retroceder varias veces y siempre con el diccionario al lado. Se me atragantó muchas veces. :x
Quien lo escribe tiene un alto nivel en vocabulario y cultura, pero a mi este tipo de escritos se me hacen muy cuesta arriba leerlos y me bloqueo cada dos por tres. :roll:
Si bien se puede aprender mucho vocabulario del relato y ver desde otro punto de vista la historia de Sierva María, quizás aún con más realismo mágico del que le otorgase Gabo… de todas maneras me quedo con la Sierva María de Gabriel García Márquez, porque es mucho más fluida y sí, a este relato le falta fluidez.
Debí resaltar en primera línea que no me parece para nada un relato acorde con el tema del cual hay que escribir; Fantasía. No veo la fantasía y la magia en esta obra. Más bien utiliza pinceladas de realismo mágico. Solo veo algo de fantasía en lo de Dulce Olivia y su hija Sierva María, las dos acallando trinos y cascabeles…quizás es de lo más mágico que leí, esto y el final del relato,
con los espíritus del niño y el jilguero.
Esta historia coge al personaje de Gabriel García Márquez y le da un giro de 180 grados. Mira que a mí me gusta la historia de Sierva María y este relato mantiene cierta esencia de lo ya escrito, pero no me llega porque es dificultoso como una carretera llena de pedruscos y curvas infernales. A veces solo leía por llegar al final. :batman: :batman:
No me ha gustado lo del ahorcamiento de un perro en la obra, nooo. :no: :no:
Lo del cura aquí se ve de forma más “pedófila” y no romántica como en la obra de Márquez, o a mí me lo ha parecido. :roll:
Lo más bonito de la historia es lo del lacito rosa en la patita del jilguero. Sierva María lo manda a buscar a su amor y llega a aquel trovador, cual paloma mensajera. Romántica y bella esa parte. :luxhello: Hago una mención especial al sueño de Han, pues pude verlo con tal nítidez…En una imagen preciosa, :eusa_clap: :eusa_clap: :eusa_clap: en la cual los cabellos de Sierva María quedan cubiertos por la nieve y parecen un velo o más bien, manto de novia celestial, ese trozo, divino. :60: Sin embargo, no llegamos a leer la historia de amor que mantienen el niño del panadero y Sierva María, ahí se queda insulsa, porque se escribe muy poco de la relación que mantienen los dos. :roll:
Bueno, en conclusión, la historia tiene muy alto nivel y es enroscada y difícil, quizás por ello con más calidad para muchos de los lectores, pero no son mi tipo ni estilo estas obras.
A mí me gusta leer algo con más sencillez, que me enganche y me haga adentrarme en el mundo que se narra, que me transmita, que me absorba. Esta obra no lo ha logrado, pues me sacaba de ella a cada dificultad y es uno de esos relatos en los que hay que estar súper concentrado para leer y aun así y nada. A ver si en la segunda lectura se me hace menos cuesta arriba y logro verlo de otra manera. :palomitas:
Lo siento autor (creo que eres mi rival, Jilguero), pero, aunque creo que tu pluma es excelsa (esta obra se le da un aire a Semblanza de un hombre improbable), tu historia solo me ha hecho recibir algunas chispitas de magia, pero pocas...yo intentaba adentrarme y otra vez salía fuera. :?
Creo que eres un autor con un nivel demasiado alto y por eso quizás el problema sea mío al no alcanzar hasta donde llegas. :roll:
Gracias por escribir y convertir la hoja en blanco en este texto arriesgado. :lista: :60: :60: :60:
Y siento si la crítica es algo dura. :60:
No espero amor ni odio
ya tengo bastante con mi dolor
maldigo el episodio
lo peor es que yo fui quien lo escribió.
Me esperan los demonios
que dejan tu olvido
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por prófugo » 17 Oct 2016 21:06

Uf..y yo leyendo desde hace dos días "Del amor y otros demonios" del gran Gabo.

Mejor termino la novela..que me está gustando mucho y no es larga..y luego leo tu relato autor(a).

:60:

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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Landra » 17 Oct 2016 21:07

Escritoradesueños
Lo siento autor (creo que eres mi rival, Jilguero), pero, aunque creo que tu pluma es excelsa (esta obra se le da un aire a Semblanza de un hombre improbable), tu historia solo me ha hecho recibir algunas chispitas de magia, pero pocas...yo intentaba adentrarme y otra vez salía fuera. :?
Y siento si la crítica es algo dura. :60:
Dudo que Jilguero marque su relato con su apodo en el mismo título (demasiado presuntuoso creo yo...) y es cierto que se da un aire a la forma de escribir de Jilguero pero no sé yo... eso que lo digan los expertos veteranos foreros que enseguida calan al autor. Ya tengo leído este relato, dentro de poco pondré mis pensamientos a cerca de el.

pd: Me estoy haciendo FAN de tus comentarios :lista: :lista: :lista:
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Escritoradesueños » 17 Oct 2016 21:16

Landra escribió:Escritoradesueños
Lo siento autor (creo que eres mi rival, Jilguero), pero, aunque creo que tu pluma es excelsa (esta obra se le da un aire a Semblanza de un hombre improbable), tu historia solo me ha hecho recibir algunas chispitas de magia, pero pocas...yo intentaba adentrarme y otra vez salía fuera. :?
Y siento si la crítica es algo dura. :60:
Dudo que Jilguero marque su relato con su apodo en el mismo título (demasiado presuntuoso creo yo...) y es cierto que se da un aire a la forma de escribir de Jilguero pero no sé yo... eso que lo digan los expertos veteranos foreros que enseguida calan al autor. Ya tengo leído este relato, dentro de poco pondré mis pensamientos a cerca de el.

pd: Me estoy haciendo FAN de tus comentarios :lista: :lista: :lista:
Perdonad por el spam, pero Landra :60: :60: :60: :60: (Espero que recibas de mí un comentario jugoso :60: )
Y lo que dices respecto a Jilguero, creo que tienes mucha razón. Yo tampoco creí que era de él, pero al leer me ha hecho dudar mucho y creer que en realidad si es jilguero y que juega a eso precisamente, a que nadie va a creer que ella pone su propio nick en su relato. Es que el vocabulario y formas de expresión de esta obra, yo las he visto solo en Jilguero (pero tampoco soy veterana, a ver que dicen ellos).
O alguien imita muy bien su estilo (Aunque Jilguero es camuflable también) o se ha expuesto tanto que nadie creerá que es ella precisamente.
Ay Jilguerillo, Jilguerillo, que nos tienes rompiéndonos la testa. :wink:
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Frigg » 17 Oct 2016 22:19

Es difícil decir algo nuevo después de leer los comentarios de Escritora (ya tienes otra fan), pero dejo mi granito de arena, tal y como lo escribí cuando aún tenía candadito.

Una vez más, siento que este texto, desde luego de pluma experta, me deja con una sensación agridulce. Una bonita historia, más para niños que para adultos, pero con un lenguaje tan barroco que el mensaje queda nublado. Admiro la capacidad del autor/a para crear una percepción estética de la historia increíblemente mágica y cuidada, pero insisto en que el mensaje, la emoción de la línea argumental, se me va difuminando conforme avanzo en la historia.
En resumen, muy bien escrito pero sin llegarme a emocionar.
También añado que se me queda fuera de la temática de fantasía y que coger de base para la historia algo tan conocido como la novela de Márquez puede jugar una mala pasada

P.D. Yo tampoco creo que sea de Jilguero, le tengo otro atribuido.
“Mientras dure la vida, que no pare el cuento.”
Carmen Martín Gaite

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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Landra » 17 Oct 2016 22:32

He de decir que el relato, para mi sorpresa, me ha gustado, he podido leerlo sin atragantarme, hay cuatro o cinco palabras que desconocía pero no ha sido molestia para la lectura. Es bonito el final aunque predecible.

Tambien digo, que fantasía CERO, al menos como yo veo la fantasía...

Perdonarme el comentario jocoso, cínico, irónico, pero no puedo dejarlo pasar. Para las más puritanas/os del lugar, aviso que se puede leer dos veces nada más y nada menos, la palabra VERGAS, por aquello de que no hace falta usar palabras mal sonantes para hacer relatos... :mrgreen:

Lo siento, por el momento mi primera lectura, mi primer descarte para no darle puntos, no por que no me guste el relato, es que no lo veo de fantasía.

Sobre si es o no de Jilguero, parecer parece, aunque si yo he podido leerlo sin atragantarme mucho, no creo que lo sea (mis neuronas no dan para mucho). Además hay otro relato que es candidato...

Suerte Autor!
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por zilum » 18 Oct 2016 00:45

:hola:

Sé que tendrás tu público, porque es un gran trabajo, excelsa calidad en tu pluma, pero seré sincero. Soy más de alabar lo positivo que de hacer críticas de lo que considero "menos positivo", pero en este caso me temo que haré una excepción. La verdad es que el texto se me ha hecho muy pesado, lo que no me permitió engancharme a la historia en ningún momento. En general me dio la impresión de que buscas el lenguaje más complejo, no sé si con la intención de hacerlo más bonito o en una demostración de recursos o simplemente porque es tu estilo. Esto, dado el tipo de lector que soy, entorpece mi lectura y le resta frescura al texto. Además, al margen de la cuestión de los estilos y que la historia y los personajes no me terminaron de convencer, esta obra no la encuadro en la temática de fantasía ni con calzador, si bien entiendo que lo que buscas es rendir un precioso homenaje al Jilguerillo, ante lo que sí tengo que postrarme a tus pies porque seguro que disfrutará este relato como nadie y lo guardará para siempre en su gran corazón.

Siento no ser tu lector, pero te deseo mucha suerte!!
:60: :60: :60:

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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Nínive » 18 Oct 2016 12:38

Buenas... :hola:

Esta historia es un homenaje, pero la voy a valorar como si no lo fuera, ya que se presenta a concurso y es lo que toca. Creo que se ha intentado hacer un relato que se pueda entender sin conocer las referencias, pero no sé si lo ha logrado del todo.

Historia:
Personaje que hace una biografía apócrifa (primera referencia) sobre un personaje ficticio. No me gusta que se de una vuelta de tuerca a la historia de "El amor y otros demonios", pero eso es gusto personal. (La novela es la segunda referencia).
La historia transcurre en paralelo a la oficial, pero está encorsetada y se narra de forma demasiado académica toda la primera parte. Sobre el ritmo entraré más adelante.
No le veo mucha coherencia al devenir del asunto. Vale, es fantasía, pero del niño normando no nos hablas en toda la obra, solo al final, para contar el amor tan especial que se profesan (que por otra parte, te lo sacas de la manda). No me resulta creíble. ¿La fantasía debe ser creíble? Sí. Podíamos entrar en debate entre fantasía y realismo mágico, pero según entiendo yo la fantasía, debe estar sujeta a las normas que el autor ha creado. Aquí no hay, o yo no las veo.

Personajes
Por la forma en que está narrada: un narrador que cuenta lo que la biógrafa cuenta, los personajes me resultan planos: imágenes sin más profundidad de lo que podían haber sido. No empatizo con ellos, ni me emocionan.
He decir que he leído la historia con curiosidad, pero sin implicarme en ella.

Narración
La primera mitad se me ha hecho tediosa y demasiado académica. Párrafos en los que el ritmo se entrecorta continuamente con subordinadas y explicativas. Me ha costado mucho trabajo entrar en la historia.
Justo cuando el autor se suelta la melena y se desvía de la historia "real" el ritmo mejora un poco, pero es cuando le falta coherencia, a mi modo de ver. Sin embargo el ritmo total, el que impregna todo el relato me ha parecido demasiado lento, como si el autor se estuviera conteniendo todo el rato, ajustándose a unos patrones establecidos de antemano y que no creo que resulten demasiado efectivos para lo que cuenta.

He visto destellos de magia, de la que suele mostrar el autor, pero muy leves y quedan enterrados en ese torrente de léxico y en ese uso de la narración.
Tampoco me parece mal relato, pero no me ha entusiasmado.

Un ... :60:
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Sinkim » 18 Oct 2016 16:10

Uf, reconozco que está muy bien escrito pero no ha llegado a conquistarme, igual es porque no he leído la novela de García Márquez y me he perdido algunas referencias :oops:

Tiene momentos preciosos como la imagen del pelo largo y blanco recordando a la cola de un vestido de novia :D pero me he perdido en un lenguaje demasiado recargado y no ha llegado a gustarme demasiado. Lo siento autora :oops:
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Iliria » 18 Oct 2016 16:50

El realismo mágico no es mi fuerte, pero no ha impedido que haya disfrutado con tu relato :wink:
La historia es muy interesante, no te faltan recursos para hacerla atractiva. Es verdad que manejas un estilo muy complejo, pero muy pulido y agradable de leer. Es un relato para degustar con calma, y en lo formal no le encuentro ninguna pega.
En las trenzas de Sierva María hay una nueva versión de Rapunzel... :mrgreen:

No sabía que Gabo había trabajado con estos personajes. Me animaré a echarle un vistazo. Gracias, autor :hola:
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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Isma » 18 Oct 2016 19:02

Es bonito y curioso que mantengamos esta especie de tradición por hacer homenajes a otros foreros. Lo digo porque yo, que conozco a muchos de los que participan, no puedo evadirme de las referencias. Aunque reconozco que el autor se ha esforzado porque el relato pudiera ser leído por unos y otros. A tenor de los comentarios anteriores, creo que lo ha conseguido.

Seguro que tanto Pilar como Eleonor estarán muy contentas con esta dedicatoria. Por facilidad de redacción me referiré a ellas como a una sola, Pilar, que es al fin y al cabo a quien se dedica el texto. Yo me sentiría honrado y humilde ante un texto así, porque el autor tiene cultura y además lo demuestra. No tengo nada que reprochar ante la riqueza del texto y vocabulario empleado. Tan solo he visto dos cosas mejorables en el aspecto formal. Una, un error tipográfico: el apellido de Hans es incorrecto. Dos, que los guiones no reemplazan a los paréntesis. Cuando la acotación termina en punto se elimina el guión final. Por ejemplo, marco en rojo el guión que sobra:
Desde el primer momento, Edelmira sintió fascinación por esa niña muerta antes de tiempo y en posesión de un cabello que era objeto de su envidia ―la viuda se veía obligada a usar bisoñé para disimular una engorrosa alopecia parietal.
Ya más subjetivo, encuentro que el estilo es barroco y recargado. Muy intenso, como si cada frase debiera degustarse con la misma intensidad que un vino dulce. Pero, igual que el licor, ese estilo puede resultar empalagoso. No llega a ocurrir con un relato corto, pero aun así es necesario un tiempo de paz para poder disfrutar del relato con todos sus matices.

En la historia, en mi opinión falla. Dentro de mi escala de "fantasía" se quedaría en un valor bajo. Estos son los prejuicios de un concurso temático. Cada lector viene con sus expectativas y eso nos condiciona la lectura, para bien o para mal. En ese sentido me temo que estos concursos están abocados al triunfo del mainstream (como quiera que se traduzca. Trabajo en inglés todo el día y en mi cabeza el dique castellano no da abasto a achicar la inundación sajona). Aunque no fuera fantasía, tampoco me ilusionaría en exceso. El tema de los conventos, niñas repipis y nobleza nunca ha sido santo de mi devoción.

Bonito y curioso, repito.

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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Isma » 18 Oct 2016 19:16

Entrando en un poco más de detalle, lo que más me ha gustado de la historia es la travesía del jilguero entrenado a través del océano, en busca de un amor improbable. Esa ternura y necesidad, unida a la valentía del jiguero, me han emocionado.

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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por jilguero » 19 Oct 2016 11:24

Volveré en cuanto pueda, autor, pero quería desde ya darte las gracias :60:
ese pajarito acurrucado entre las manos de Sierva María me ha encogido la patata
El esfuerzo para llegar a las cimas basta
para llenar un corazón de hombre



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Re: CF 2 - El jilguero de Sierva María

Mensaje por Isma » 19 Oct 2016 13:35

jilguero escribió:quería desde ya darte las gracias :60:
¡No hay de qué, Jilguero! :D :D

Oye, ¿tú crees que haría falta un doctorado en Biología, tal vez con especialización en estuarios y zonas costeras, para entender bien el relato? Yo creo que no.

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