El bujío de Santa Catalina 1 (Bordeando la realidad)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »



La hojarasca bastarda




madreselva.jpg





En Balanegra
De entre todos los pueblos que jalonan la autovía de la costa, al primero al que llegó la noticia fue a Balanegra: una modesta pedanía almeriense inmersa en un mar de polietilenos. Era otoño, y las aceras estaban cubiertas de hojas secas y jirones de plástico que un viento inclemente movía de un lado para otro. La voz de alarma del recién llegado se entremezcló con el murmullo de aquel revoltijo de deshechos y los vecinos con los que se cruzó en la calle no dieron muestras de haberse enterado; y cuando entró en la venta para quitarse el mal cuerpo con la ayuda de un trago, el único parroquiano acodado en el mostrador era Casimiro, un obstinado bebedor de aguardiente. Habituado a ver de noche cosas insólitas que desaparecían a la mañana siguiente, el cortejo fúnebre del que le hablaba con tanta angustia su compañero de barra le sonó a pan nuestro de cada día; no le dio, pues, mayor importancia y siguió sorbiendo con fruición el contenido de su copa.

Encarna, de natural cotilla, se hallaba en ese momento barriendo la acera de delante de la carnicería, sita justo al lado de la taberna. Gracias a su fino y entrenado oído, no perdió ripio de lo que en ese momento el forastero le estaba contando al borrachín del pueblo. Por lo visto, él era un camionero que se dirigía a Sevilla con un cargamento de hortalizas. Y se había detenido a tomarse un trago porque necesitaba reponerse de lo que acababa de ver en el arcén de la autovía: en medio de los remolinos de polvo y basura, que esa mañana había por todas partes, dos hombres con un ataúd a cuestas se aproximaban a Balanegra.

Al camionero le urgía entregar pronto la mercancía y, en vista del poco interés suscitado por la noticia, dejó el importe de la copa de coñac sobre el mostrador y se dirigió hacia el camión. Pero Encarna lo abordó en cuanto lo vio salir del establecimiento. Confiaba en que no la tomase por una entrometida; ella era la carnicera del pueblo y, como tenía su negocio al lado de la taberna, no había podido evitar oír lo que le contaba a Casimiro. Era una desvergüenza aprovechar el tiempo revuelto para no dejar en paz a los muertos. Estaba segura de que un hombre de bien, como a todas luces era él, no se marcharía del pueblo sin antes dar parte a la Benemérita. A lo que añadió que con mucho gusto ella misma le haría de guía hasta el cuartelillo.

Después de semejante discurso, al forastero no le quedó otro remedio que bajar el pie del estribo del vehículo y seguirla. Gracias a la indiscreción de aquella diligente mujer, el insidioso murmullo de la hojarasca no logró silenciar la noticia y, en consecuencia, no le robó a Balanegra su minuto de gloria. «Luctuosa comitiva detenida por la Benemérita justo antes de que irrumpiera en la calle principal de Balanegra, una pequeña pedanía almeriense del municipio de El Ejido», dijeron al otro día los titulares de varios periódicos de tirada nacional. Un triunfo ínfimo, si se quiere, pero sin el cual gran parte del país no se hubiera enterado nunca de que, en el corazón del mar de plásticos de la provincia de Almería, hay un pueblo llamado Balanegra.


La comitiva
En medio de la tolvanera, avanzaba el féretro al son de una marcha procesional que solo sonaba en la mente de sus porteadores. Tolomeo era el mayor de los dos hermanos y encabezaba el cortejo; y Cosme, el pequeño, marchaba en la cola. Entre ambos, un ataúd de madera recién desenterrado —tenía restos de tierra aún húmeda adheridos a las molduras de la tapa—; y en su interior, apoyado sobre el orondo vientre del muerto, el genuino protagonista de la hazaña: el dedo índice del padre apuntando, según fuese la inclinación de la caja, hacia un lado o hacia el otro con la altanería de quien se sabe indispensable.

Tolomeo miraba con obstinación la línea blanca del arcén: seguirla era la única forma de no perderse; pero con tanta porquería revoloteando por los aires, apenas si podía verla. El camino de vuelta con el muerto a cuestas se le estaba haciendo larguísimo. La víspera habían regresado de la ciudad en el autobús de la mañana; el resto del día lo habían pasado encerrados en la casa. No querían ser vistos por nadie y hasta que el reloj del Ayuntamiento no dio las doce campanadas de la medianoche no se habían encaminado hacia el cementerio, casi a oscuras, a la luz de la luna. Había llovido durante todo el día y eso hizo que la tierra estuviese reblandecida. Cavaron, pues, a buen ritmo y, cuando sonó la campanada de la una, el ataúd estaba ya fuera y ellos dispuestos a iniciar el regreso. Desde entonces había pasado demasiado tiempo como para no haber llegado ya a la casa. Seguro que la maldita ventolera les había hecho perderse. Si Cosme se daba cuenta de que estaban perdidos, con lo vaguísimo que era, no iba a querer dar ni un solo paso más con el ataúd a cuestas….

«¡Cómo pesa el condenado! ¡Ni que padre hubiera estado ayer de banquete!», gritó Cosme desde la retaguardia. «Lástima que la casa no estuviera a nombre de madre», añadió. Ella era ligera como un pájaro. Tanto que de pequeño, los días de mucho viento, la había visto llenarse de piedras los bolsillos del delantal. Y cuando él le preguntó que por qué lo hacía, su respuesta había sido que ella era ligera como una cometa y necesitaba aquel lastre para no terminar por los aires como Elías, el de la Biblia. El de arriba no le había dado mucho peso a madre, pero sí mucha astucia para protegerse. «Lástima que la casa no estuviera a nombre de madre», se lamentó de nuevo Cosme. «De haberlo estado, ahora llevaríamos a cuestas un peso pluma en vez de este peso pesado», añadió. Aunque con aquel ventarrón seguro que madre se habría llenado los bolsillos de piedras y ahora pesaría también lo suyo...

En viento amainó durante unos segundos y Tolomeo aprovechó la mayor visibilidad para leer el panel que había al borde de la carretera: «Balanegra 5 km». Era la primera vez que tenía noticias de un pueblo con semejante nombre. ¡Maldita tolvanera! Por su culpa se habían perdido. Lo fundamental ahora era que Cosme no se diese cuenta. Después de la larga caminata con el cajón a cuestas, debía de estar agotado. También él lo estaba. Nada les impedía hacer un descanso en Balanegra. Tenía un nombre bonito: de jefe indio o de guarida de forajidos. Igual era un pueblo de cartón piedra, como esos del desierto de Tabernas por cuyas calles la gente anda disfrazada de indio o de vaquero. Además, padre debía estar igualmente harto de estar encerrado en la caja; en cuanto llegaran, dejarían el ataúd en la cantina para que se pudiera echar un trago o liarse un cigarro. Como hermano mayor, le correspondía ser el sheriff; a Cosme lo iba a nombrar su ayudante. Entre los dos iban a limpiar de malhechores las calles de Balanegra y así, antes de irse, podrían cambiar el panel de la carretera por otro que dijese: «Balablanca 5 km».

Cosme olisqueó el ataúd y puso cara de asco. Encima de pesar una burrada, ¡qué mal olía el condenado! Iban a tener que ser muy cuidadosos a la hora de firmar la solicitud con el dedo de padre. Después de tanto esfuerzo, el colmo sería que los del Registro de la Propiedad les echasen para atrás los papeles por apestar estos a bicho muerto… ¡Qué largo se le estaba haciendo el camino! Ya era casi de día y aún no habían llegado a casa. ¡Ni que la hubiesen cambiado de sitio! Aunque…, igual estaban tardando tanto porque se habían perdido. ¡Imposible!: su hermano mayor nunca se perdía. Seguro que sabía por dónde iban y cuánto faltaba para llegar a casa.

Al escuchar la pregunta de Cosme, a Tolomeo se le encogió el estómago. Temía que se le pudiera declarar en huelga, no sería la primera vez. Usó, pues, el tono más persuasivo posible para decirle a su hermano que le había preparado una sorpresa: antes de regresar a casa, visitarían Balanegra, un pueblo de indios y vaqueros muy divertido. A él le correspondería ser el sheriff y pensaba nombrarlo su ayudante. Cada uno llevaría una chapa en el pecho, sombrero de ala ancha, botas con espuelas y un par de pistolas. Al saber que ese era el plan, Cosme lanzó un «¡yuuupi!» que debió escucharse hasta en Balanegra.




Balanegra.jpg



En la autovía
Desde la ventanilla del celular, el camionero señaló con el dedo hacia el arcén; de inmediato, el vehículo de la Benemérita frenó en seco. A los agentes les sorprendió ver aquel extravagante trío avanzando a duras penas en medio de un torbellino de hojas secas y de pedazos de plástico —eran restos de las viejas cubiertas de los invernaderos—. En el cuartelillo habían escuchado con escepticismo el testimonio del camionero, pero ahora ya no podían negar la evidencia. Se resistían, con todo, a creer que en la caja hubiera un muerto, y supusieron que eran unos pobres desgraciados sin blanca que estaban trasladando ellos mismos un ataúd a la casa de algún pariente fallecido. Pero el camionero seguía en sus trece de que la caja estaba ya ocupada: él entendía de cargas y de maneras de cargar —era su oficio—, y no le cabía la menor duda de que aquel ataúd pesaba un quintal porque dentro iba el muerto.

En el siguiente cambio de sentido, el vehículo de la Benemérita se situó al otro lado de la mediana y, sin demasiado escándalo —la luz giratoria encendida, la sirena apagada—, adelantaron a la comitiva y se estacionaron en el arcén. Al ver Tolomeo que era un coche de la guardia civil, le ordenó a Cosme que se diera media vuelta y corriera en sentido contrario. Una estrategia pueril que no les valió de nada, ya que los dos guardias civiles les dieron enseguida alcance. Uno de los agentes había estado destinado antes en la ciudad de Murcia y, nada más verlos de cerca, los reconoció. Y mientras se aprisionaba la nariz con los dedos y señalaba hacía el ataúd, le dijo a su compañero que eran un par de pirados inofensivos pero de los que se podían esperar las ocurrencias más peregrinas.

Obedeciendo las indicaciones de los guardias, Tolomeo y Cosme dejaron la carga en tierra. Cuando los agentes levantaron la tapa, un vaho pestilente les obligó a dar un paso atrás. Dentro había un cuerpo con claros signos de descomposición: el rostro, cerúleo y con barba de varios días, tenía zonas amoratadas; el vientre estaba muy hinchado y las sarmentosas manos que reposaban sobre él mostraban también manchas oscuras; pero sobre todo estaba aquel tufo insoportable a cadaverina que les hizo cerrar de nuevo el ataúd antes de que el altivo dedo índice paterno hubiera tenido tiempo de señalar, con la altanería de quien se sable indispensable, a los culpables de aquel desaguisado.

En el siquiátrico
En el centro hospitalario del Palmar, Tolomeo y Cosme eran viejos conocidos y fueron recibidos con amabilidad. El siquiatra de guardia los entrevistó por separado y escuchó los relatos de ambos con el distanciamiento y la frialdad propios de su profesión. Estaba al tanto de sus antecedentes y su conducta no le sorprendió en absoluto. Tenían una personalidad inmadura y, aunque su táctica había sido sin duda pueril, no carecía de lógica. Por otro lado, ninguno de los dos era peligroso, por lo que se limitó a anotar en sus respectivos expedientes la causa del nuevo internamiento. Solo en el momento de la despedida, mientras les daba una afectuosa palmadas en la espalda, con el tono recriminatorio que un adulto usaría con unos niños, les recordó que a los muertos hay que dejarlos en paz; y que la próxima vez que se hallaran en un atolladero, en vez de solucionarlo por su cuenta, hicieran el favor de pedirle a él ayuda para buscar entre todos la solución.

En los días siguientes, Tolomeo se paseó por los pasillos frotándose las manos con compulsión. Estaba muy contento porque allí no había ventolera y tenía un techo seguro. Además, pese a ser el hermano mayor, ahora no se tenía que ocupar ni de su padre ni de su hermano; sentía tanto alivio que no podía dejar de sonreírle a todo el mundo o de soltar carcajadas extemporáneas. Cosme, en cambio, estaba muy enfadado: los policías no los habían dejado llegar a Balanegra para matar a los bandidos y cambiarle el nombre al pueblo. Y le estuvo dando la tabarra a Tolomeo hasta que consiguió que este le prometiera que, en cuanto salieran del hospital, antes de volver a casa, lo primero sería hacer una visita a la futura Balablanca.

En tránsito
A Cosme le dieron el alta primero y, desde su salida del hospital, Tolomeo no volvió a tener noticias suyas. Cuando le dejaron salir también a él, recordó la obsesión de Cosme por ir a Balanegra y pensó que quizás estuviera allí. Dio la casualidad de que de nuevo era otoño y un viento inclemente llevaba de un lado para otro un gatuperio de jirones de plásticos y de hojas secas. Daba la impresión de que, cada vez que Tolomeo preguntaba por su hermano, aquel híspido bullicio impedía que los demás lo oyeran. Con la caída de la noche, el viento amainó y el molesto murmullo se sosegó. Los vecinos sintieron un gran alivio y, por unas horas, se pudieron olvidar de la dichosa hojarasca y, ya de paso, del vagabundo que andaba merodeando por el pueblo.

Casimiro fue el único que de camino a casa, y ya completamente borracho, vio a Tolomeo, en el soportal del Ayuntamiento. Estaba hablando solo en medio del montón de basura que el viento había acumulado a su alrededor. Al ver a Casimiro, Tolomeo se apresuró a ofrecerle el puesto de ayudante suyo hasta que apareciera su hermano. Él era el nuevo sheriff de Balanegra, pero no se podía enfrentar a aquella sarta de bandidos en solitario. Y Casimiro, si bien se enteró perfectamente de lo que le decía, experto en que las cosas insólitas que se ven de noche a la mañana siguiente ya no existen, hizo una amago de seguir su camino como si no hubiera oído nada.

Pero el vagabundo empezó a lamentarse de tal manera que no le quedo otro remedio que detenerse de nuevo para ver qué demonio le pasaba. Cuando giró la cabeza, lo vio apretándose el pecho con las manos y, entre gemido y gemido, nombraba a una tal Tea. Decía que era su enfermera favorita, la que mejor lo cuidaba, la que más lo quería. En cuanto ella llegara en el turno de mañana, lo iba a curar. Le pondría una inyección para quitarle el dolor y luego, cuando ya no le doliera, le sacaría del corazón aquella bala negra como la noche que, en sus manos, pronto se convertiría en una pella blanca de algodón…

Como experto en alucinaciones etílicas, Casimiro concluyó que el forastero estaba más borracho que él; lo mejor era, pues, dejarle dormir la mona en paz. Cuando se despertara, él mismo se daría cuenta de que daba igual el color de una bala que ni siquiera existía. De ahí su desconcierto cuando a la mañana siguiente, al cruzar de nuevo el pueblo de extremo a extremo camino del bar, bajo los soportales del Ayuntamiento vio unos pies que sobresalían del montón de hojarasca que había visto allí la víspera. La removió con cierto reparo hasta que vio su rostro y supo que era el forastero. Sintió entonces una necesidad inaplazable de tomarse un buen trago de aguardiente y, sin más demora, se alejó del lugar a grandes zancadas.

Encarna, mujer madrugadora y hacendosa —además de cotilla—, se hallaba barriendo el tramo de calle de delante de la carnicería cuando vio el semblante exangüe de Casimiro y le preguntó si se encontraba indispuesto. El buen hombre aprovechó la ocasión para desahogarse. Su relato dejó a la carnicera boquiabierta y, antes de que esta tuviera tiempo de decirle nada, él hizo un amago de colarse en el bar. Pero Encarna reaccionó a tiempo y, plantada con los brazos en jarra delante de la puerta de la taberna, le advirtió que no habría aguardiente hasta que no informara a la Benemérita.

Fue, pues, de nuevo la diligencia de la carnicera la que brindó un segundo instante de gloria al pueblo: «Uno de los dos hombres detenidos hace dos años cuando llevaban a hombros el ataúd de su padre, encontrado muerto ante el edificio del Ayuntamiento de Balanegra», dijeron esta vez los periódicos. Y gracias a la noticia, los lectores de la prensa escrita volvieron a descubrir que, en el corazón del mar de plásticos almeriense, existe un pueblo cuyo nombre es Balanegra.

En el cementerio
Aquel dos de noviembre, día de los difuntos, Tea había hecho un cambio de turno y estaba de descanso. Desde niña sabía que esa fecha estaba consagrada al recuerdo de los muertos y que las familias la aprovechaban para ir a los cementerios a honrar la memoria de los suyos. Pero esta era la primera vez en la que ella se disponía a visitar la tumba de alguien. Se llamaba Tolomeo y había sido su paciente…

Había ocurrido dos años antes, cuando al regreso de unas vacaciones se encontró con que tenía un nuevo interno en la planta. Los compañeros le contaron que la guardia civil lo había detenido, junto con su hermano Cosme, cuando iban por el arcén de la autovía con el ataúd de su padre a cuestas. Tolomeo le había explicado al siquiatra, con una lógica sin fisura, que habían desenterrado a su padre porque el señor del Registro de la Propiedad les había dicho que sin su firma no podrían heredar la casa familiar. Una broma de mal gusto que los dos hermanos se tomaron al pie de la letra. Del Registro salieron, pues, convencidos de que se iban a quedar en la calle. Pero de pronto Cosme había recordado que, para renovar el carné, a él le habían hecho firmar con la huella de un dedo. Eso les hizo ver el cielo abierto y, sin más dilación, se pusieron manos a la obra para conseguir que en la solicitud figurara la huella dactilar del padre. Y cuando el siquiatra les había preguntado que por qué no se habían llevado a casa solo el dedo, con la misma lógica sin fisura, Tolomeo le había respondido que ese dedo lo usaba su padre para liar los pitillos y que no habían querido privarlo de ese entretenimiento ahora que estaba en un sitio tan aburrido como el cementerio.

Tea apenas si había tenido trato con Cosme porque era interno de otra planta y porque le dieron, además, el alta muy pronto. A Tolomeo, en cambio, lo tuvo a su cargo casi dos años y se habían encariñado mutuamente. Sobre todo a raíz de que ella le explicara el origen de su nombre. Solo había sido una broma, pero él se la había tomado en sentido literal. La cosa sucedió así: una mañana, mientras Tea vigilaba que se tomase las pastillas, se le ocurrió decirle que el nombre de Tolomeo procedía del latín, de las palabras «tolo» y «meo»; y que su traducción al castellano era «mi tolo». Y cuando ella estaba a punto de soltar una carcajada a cuenta de su propia ocurrencia, el otro frunció el entrecejo y le preguntó candorosamente que de quién era él un tolo. Se lo dijo con tal ingenuidad que Tea no fue capaz de confesarle que le había tomado el pelo y se vio obligada a seguir adelante con la farsa. Le dijo que él era, por supuesto, su tolo favorito. Y en adelante, cada vez que alguien le preguntaba a Tolomeo cuál era su nombre, él respondía con orgullo que se llamaba Tolo y era de Tea.

La joven aparcó su coche azul océano junto a la entrada del cementerio. La inexperiencia hizo que ni se le pasara por la cabeza visitar el puesto de flores antes de entrar en el recinto. Tea era, por tanto, la única visitante que esa mañana caminaba entre las tumbas con las manos vacías. Al ser consciente de ello, experimentó una cierta sensación de desnudez y cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto de pudor. Tampoco sabía con certeza dónde se hallaba la tumba y eso la hacía avanzar con indecisión. En la entrada le habían explicado que los enterramientos que dependían de los Servicios Sociales del Ayuntamiento se realizaban por orden cronológico —según la fecha de los fallecimientos— en la parcela que había justo al fondo del camposanto. Y hacia ese lugar se encaminaba Tea con pasos dubitativos y los brazos cruzados para ocultar el hecho de que en las manos no llevaba nada.

Inopinadamente, se detuvo delante de una tumba oculta bajo una amalgama de trozos de plástico y hojas secas. «Ni siquiera la hojarasca está ahora libre de basura. Hasta ella es ya bastarda…», se lamentó Tea mientras con la puntera del zapato despejaba la zona de la inscripción de la lápida. Algunas letras quedaron al descubierto y, al leerlas, concluyó que la corazonada parecía ser acertada. Ya en cuclillas, terminó de descubrir el epitafio con ayuda de un clínex. Su olfato no la había engañado: aquella era la tumba de su tolo favorito: de ese niño grande y enfermo al que ella había cuidado con esmero durante casi dos años. El estado de abandono indicaba que era la única que se había acordado de Tolo en aquel desapacible —hacía viento y en el cielo había nubes que presagiaban lluvia— día de los difuntos. Ni siquiera Cosme, antaño su inseparable compañero de andanzas, parecía acordarse ya de su hermano.

Tea miró a su alrededor. La mayoría de las losas de esa parcela estaban cubiertas de restos vegetales y trozos de plástico; y sobre ninguna de ellas había flores. Como buena profesional, siempre llevaba consigo unos guantes de látex por si tenía que atender a algún enfermo repentino. Se los puso y fue retirando a mano los jirones de polietileno y los restos vegetales de mayor tamaño. Luego remató la faena con ayuda de una escoba que había arrumbada al lado de la tapia. Terminada la limpieza, Tea contempló con orgullo la tumba de Tolomeo ya limpia de basura. Pero de súbito le pareció que ahora la losa estaba demasiado desnuda y tuvo dudas de que descubrirla hubiera sido una buena idea.

Que esa hojarasca adulterada se hubiera acumulado sobre los restos de quienes en vida habían sido una suerte de desechos de la sociedad quizás no fuese del todo azaroso. Tal vez detrás de ese hecho se ocultara un reconocimiento ciego entre iguales: una suerte de hermanamiento inconsciente entre los desechos que había sobre la tumba y los que se hallaban en su interior. Tolomeo había formado parte de esa molesta escoria humana que la sociedad trata de hacer invisible. No había sido, pues, buena idea dejar su lápida tan expuesta a la mirada de quienes en vida no supieron quererlo. Aquella hojarasca bastarda posiblemente fuera su mejor capa protectora…

Tea empezó a desplegar de nuevo aquel humilde manto sobre la sepultura de su antiguo paciente y no se detuvo hasta que volvió a hermanarla con las de sus compañeros de parcela. Y mientras lo hacía, experimentó en su interior una inopinada metamorfosis. Recordó las palabras de lamento del poeta Leopoldo Panero junto a la tumba de su madre: «¡Qué solos se quedan los muertos! Sí. Mas… ¡qué solos se quedan también los locos!». Sus enfermos vivían sumidos en la más profunda de las soledades posibles: la locura. Incluso las propias familias deseaban a veces verse libres de ellos. Seguiría cuidándolos como hasta ahora. Pero nunca más iba a colaborar a que fueran arrinconados hasta el punto de volverlos invisibles. En adelante, ella no solo sería su cuidadora, sino también su cómplice; y con cariño, con paciencia, les abriría ventanas desde las que se pudieran asomar al mundo de los cuerdos para así liberarse de la inmensa soledad de sí mismos.

Cuando Tea terminó de recubrir la tumba con aquel fraternal manto de hojarasca, por su rostro resbalaban lágrimas entremezcladas con las primeras gotas de lluvia. Una mezcla fertilizante que cayó sobre la tumba e hizo germinar a destiempo algunas semillas ocultas bajo aquella cubierta de broza. Semillas que pronto se transformaron en plántulas enraizadas en aquel rincón olvidado de todos, incluso de Tea que nunca más volvió al cementerio.

Un olvido que poco importa ahora que las madreselvas han medrado sobre la hojarasca y, cada otoño, sin necesidad de que nadie se acuerde de Tolomeo, en el día de los difuntos, siempre hay flores sobre su tumba.


Hojarasca y madreselvas sobre la tumba.jpg


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Última edición por jilguero el 03 Sep 2020 09:51, editado 5 veces en total.


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por lucia »

Ha habido un par de momentos que me has recordado a @Berlín.
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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

lucia escribió: 30 Ago 2020 20:53 Ha habido un par de momentos que me has recordado a @Berlín.
Todo un honor que me digas eso.

A ver si luego saco un rato y le cuento a Cata la realidad que hay detrás: es mucha y sorprendente.

.


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Tolomew Dewhust
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Tolomew Dewhust »

Muy bueno.

Me ha recordado a ese otro Tolomew que también desenterró junto a su hermano otra tumba, la de su tía, a cuenta de la herencia, :cunao:.
Por ti yo ando este camino aunque pierda la cabeza.
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Tolomew Dewhust
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Tolomew Dewhust »

Los nombres muy bien elegidos, eh, :8_siii_siii:.
Por ti yo ando este camino aunque pierda la cabeza.
jose2v
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jose2v »

jilguero escribió: 30 Ago 2020 15:40

La hojarasca bastarda




madreselva.jpg





En Balanegra
De entre todos los pueblos que jalonan la autovía de la costa, al primero al que llegó la noticia fue a Balanegra: una modesta pedanía almeriense inmersa en un mar de polietilenos. Era otoño, y las aceras estaban cubiertas de hojas secas y jirones de plástico que un viento inclemente movía de un lado para otro. La voz de alarma del recién llegado se entremezcló con el murmullo de aquel revoltijo de deshechos y los vecinos con los que se cruzó en la calle no dieron muestras de haberse enterado; y cuando entró en la venta para quitarse el mal cuerpo con la ayuda de un trago, el único parroquiano acodado en el mostrador era Casimiro, un obstinado bebedor de aguardiente. Habituado a ver de noche cosas insólitas que desaparecían a la mañana siguiente, el cortejo fúnebre del que le hablaba con tanta angustia su compañero de barra le sonó a pan nuestro de cada día; no le dio, pues, mayor importancia y siguió sorbiendo con fruición el contenido de su copa.

Encarna, de natural cotilla, se hallaba en ese momento barriendo la acera de delante de la carnicería, sita justo al lado de la taberna. Gracias a su fino y entrenado oído, no perdió ripio de lo que en ese momento el forastero le estaba contando al borrachín del pueblo. Por lo visto, él era un camionero que se dirigía a Sevilla con un cargamento de hortalizas. Y se había detenido a tomarse un trago porque necesitaba reponerse de lo que acababa de ver en el arcén de la autovía: en medio de los remolinos de polvo y basura, que esa mañana había por todas partes, dos hombres con un ataúd a cuestas se aproximaban a Balanegra.

Al camionero le urgía entregar pronto la mercancía y, en vista del poco interés suscitado por la noticia, dejó el importe de la copa de coñac sobre el mostrador y se dirigió hacia el camión. Pero Encarna lo abordó en cuanto lo vio salir del establecimiento. Confiaba en que no la tomase por una entrometida; ella era la carnicera del pueblo y, como tenía su negocio al lado de la taberna, no había podido evitar oír lo que le contaba a Casimiro. Era una desvergüenza aprovechar el tiempo revuelto para no dejar en paz a los muertos. Estaba segura de que un hombre de bien, como a todas luces era él, no se marcharía del pueblo sin antes dar parte a la Benemérita. A lo que añadió que con mucho gusto ella misma le haría de guía hasta el cuartelillo.

Después de semejante discurso, al forastero no le quedó otro remedio que bajar el pie del estribo del vehículo y seguirla. Gracias a la indiscreción de aquella diligente mujer, el insidioso murmullo de la hojarasca no logró silenciar la noticia y, en consecuencia, no le robó a Balanegra su minuto de gloria. «Luctuosa comitiva detenida por la Benemérita justo antes de que irrumpiera en la calle principal de Balanegra, una pequeña pedanía almeriense del municipio de El Ejido», dijeron al otro día los titulares de varios periódicos de tirada nacional. Un triunfo ínfimo, si se quiere, pero sin el cual gran parte del país no se hubiera enterado nunca de que, en el corazón del mar de plásticos de la provincia de Almería, hay un pueblo llamado Balanegra.


La comitiva
En medio de la tolvanera, avanzaba el féretro al son de una marcha procesional que solo sonaba en la mente de sus porteadores. Tolomeo era el mayor de los dos hermanos y encabezaba el cortejo; y Cosme, el pequeño, marchaba en la cola. Entre ambos, un ataúd de madera recién desenterrado —tenía restos de tierra aún húmeda adheridos a las molduras de la tapa—; y en su interior, apoyado sobre el orondo vientre del muerto, el genuino protagonista de la hazaña: el dedo índice del padre apuntando, según fuese la inclinación de la caja, hacia un lado o hacia a el otro con la altanería de quien se sabe indispensable.

Tolomeo miraba con obstinación la línea blanca del arcén: seguirla era la única forma de no perderse; pero con tanta porquería revoloteando por los aires, apenas si podía verla. El camino de vuelta con el muerto a cuestas se le estaba haciendo larguísimo. La víspera habían regresado de la ciudad en el autobús de la mañana; el resto del día lo habían pasado encerrados en la casa. No querían ser vistos por nadie y hasta que el reloj del Ayuntamiento no dio las doce campanadas de la medianoche no se habían encaminado hacia el cementerio, casi a oscuras, a la luz de la luna. Había llovido durante todo el día y eso hizo que la tierra estuviese reblandecida. Cavaron, pues, a buen ritmo y, cuando sonó la campanada de la una, el ataúd estaba ya fuera y ellos dispuestos a iniciar el regreso. Desde entonces había pasado demasiado tiempo como para no haber llegado ya a la casa. Seguro que la maldita ventolera les había hecho perderse. Si Cosme se daba cuenta de que estaban perdidos, con lo vaguísimo que era, no iba a querer dar ni un solo paso más con el ataúd a cuestas….

«¡Cómo pesa el condenado! ¡Ni que padre hubiera estado ayer de banquete!», gritó Cosme desde la retaguardia. «Lástima que la casa no estuviera a nombre de madre», añadió. Ella era ligera como un pájaro. Tanto que de pequeño, los días de mucho viento, la había visto llenarse de piedras los bolsillos del delantal. Y cuando él le preguntó que por qué lo hacía, su respuesta había sido que ella era ligera como una cometa y necesitaba aquel lastre para no terminar por los aires como Elías, el de la Biblia. El de arriba no le había dado mucho peso a madre, pero sí mucha astucia para protegerse. «Lástima que la casa no estuviera a nombre de madre», se lamentó de nuevo Cosme. «De haberlo estado, ahora llevaríamos a cuestas un peso pluma en vez de este peso pesado», añadió. Aunque con aquel ventarrón seguro que madre se habría llenado los bolsillos de piedras y ahora pesaría también una barbaridad...

En viento amainó durante unos segundos y Tolomeo aprovechó la mayor visibilidad para leer el panel que había al borde de la carretera: «Balanegra 5 km». Era la primera vez que tenía noticias de un pueblo con semejante nombre. ¡Maldita tolvanera! Por su culpa se habían perdido. Lo fundamental ahora era que Cosme no se diese cuenta. Después de la larga caminata con el cajón a cuestas, debía de estar agotado. También él lo estaba. Nada les impedía hacer un descanso en Balanegra. Tenía un nombre bonito: de jefe indio o de guarida de forajidos. Igual era un pueblo de cartón piedra, como esos del desierto de Tabernas por cuyas calles la gente anda disfrazada de indio o de vaquero. Además, padre debía estar igualmente harto de estar encerrado en la caja; en cuanto llegaran, dejarían el ataúd en la cantina para que se pudiera echar un trago o liarse un cigarro. Como hermano mayor, le correspondía ser el sheriff; a Cosme lo iba a nombrar su ayudante. Entre los dos iban a limpiar de malhechores las calles de Balanegra y así, antes de irse, podrían cambiar el panel de la carretera por otro que dijese: «Balablanca 5 km».

Cosme olisqueó el ataúd y puso cara de asco. Encima de pesar una burrada, ¡qué mal olía el condenado! Iban a tener que ser muy cuidadosos a la hora de firmar la solicitud con el dedo de padre. Después de tanto esfuerzo, el colmo sería que los del Registro de la Propiedad les echasen para atrás los papeles por apestar estos a bicho muerto… ¡Qué largo se le estaba haciendo el camino! Ya era casi de día y aún no habían llegado a casa. ¡Ni que la hubiesen cambiado de sitio! Aunque…, igual estaban tardando tanto porque se habían perdido. ¡Imposible!: su hermano mayor nunca se perdía. Seguro que él sabía por dónde iban y cuánto faltaba ya para llegar a casa.

Al escuchar la pregunta de Cosme, a Tolomeo se le encogió el estómago. Temía que se le pudiera declarar en huelga, no sería la primera vez. Usó, pues, el tono más persuasivo posible para decirle a Cosme que le había preparado una sorpresa: antes de regresar a casa, visitarían Balanegra, un pueblo de indios y vaqueros muy divertido. A él le correspondería ser el sheriff y pensaba nombrarlo su ayudante. Cada uno llevaría una chapa en el pecho, sombrero de ala ancha, botas con espuelas y un par de pistolas. Al saber que ese era el plan, Cosme lanzó un «¡yuuupi!» que debió escucharse hasta en Balanegra.




Balanegra.jpg



En la autovía
Desde la ventanilla del celular, el camionero señaló con el dedo hacia el arcén; de inmediato, el vehículo de la Benemérita frenó en seco. A los agentes les sorprendió ver aquel extravagante trío avanzando a duras penas en medio de un torbellino de hojas secas y de pedazos de plástico —eran restos de las viejas cubiertas de los invernaderos—. En el cuartelillo habían escuchado con escepticismo el testimonio del camionero, pero ahora ya no podían negar la evidencia. Se resistían, con todo, a creer que en la caja hubiera un muerto, y supusieron que eran unos pobres desgraciados sin blanca que estaban trasladando ellos mismos un ataúd a la casa de algún pariente fallecido. Pero el camionero seguía en sus trece de que la caja estaba ya ocupada: él entendía de cargas y de maneras de cargar —era su oficio—, y no le cabía la menor duda de que aquel ataúd pesaba un quintal porque dentro iba el muerto.

En el siguiente cambio de sentido, el vehículo de la Benemérita se situó al otro lado de la mediana y, sin demasiado escándalo —la luz giratoria encendida, la sirena apagada—, adelantaron a la comitiva y se estacionaron en el arcén. Al ver Tolomeo que era un coche de la guardia civil, le ordenó a Cosme que se diera media vuelta y corriera en sentido contrario. Una estrategia pueril que no les valió de nada, ya que los dos guardias civiles les dieron enseguida alcance. Uno de los agentes había estado destinado antes en la ciudad de Murcia y, nada más verlos de cerca, los reconoció. Y mientras se aprisionaba la nariz con los dedos y señalaba hacía el ataúd, le dijo a su compañero que eran un par de pirados inofensivos pero de los que se podían esperar las ocurrencias más peregrinas.

Obedeciendo las indicaciones de los guardias, Tolomeo y Cosme dejaron la carga en tierra. Cuando los agentes levantaron la tapa, un vaho pestilente les obligó a dar un paso atrás. Dentro había un cuerpo con claros signos de descomposición: el rostro, cerúleo y con barba de varios días, tenía zonas amoratadas; el vientre estaba muy hinchado y las sarmentosas manos que reposaban sobre él mostraban también manchas oscuras; pero sobre todo estaba aquel tufo insoportable a cadaverina que les hizo cerrar de nuevo el ataúd antes de que el altivo dedo índice paterno hubiera tenido tiempo de señalar, con la altanería de quien se sable indispensable, a los culpables de aquel desaguisado.

En el siquiátrico
En el centro hospitalario del Palmar, Tolomeo y Cosme eran viejos conocidos y fueron recibidos con amabilidad. El siquiatra de guardia los entrevistó por separado y escuchó los relatos de ambos con el distanciamiento y la frialdad propios de su profesión. Estaba al tanto de sus antecedentes y su conducta no le sorprendió en absoluto. Tenían una personalidad inmadura y, aunque su táctica había sido sin duda pueril, no carecía de lógica. Por otro lado, ninguno de los dos era peligroso, por lo que se limitó a anotar en sus respectivos expedientes la causa del nuevo internamiento. Solo en el momento de la despedida, mientras les daba una afectuosa palmadas en la espalda, con el tono recriminatorio que un adulto usaría con unos niños, les recordó que a los muertos hay que dejarlos en paz; y que la próxima vez que se hallaran en un atolladero, en vez de solucionarlo por su cuenta, hicieran el favor de pedirle a él ayuda para buscar entre todos la solución.

En los días siguientes, Tolomeo se paseó por los pasillos frotándose las manos con compulsión. Estaba muy contento porque allí no había ventolera y tenía un techo seguro. Además, pese a ser el hermano mayor, ahora no se tenía que ocupar ni de su padre ni de su hermano; sentía tanto alivio que no podía dejar de sonreírle a todo el mundo o de soltar carcajadas extemporáneas. Cosme, en cambio, estaba muy enfadado: los policías no los habían dejado llegar a Balanegra para matar a los bandidos y cambiarle el nombre al pueblo. Y le estuvo dando la tabarra a Tolomeo hasta que consiguió que este le prometiera que, en cuanto salieran del hospital, antes de volver a casa, lo primero sería hacer una visita a la futura Balablanca.

En tránsito
A Cosme le dieron el alta primero y, desde su salida del hospital, Tolomeo no volvió a tener noticias suyas. Cuando le dejaron salir también a él, recordó la obsesión de Cosme por ir a Balanegra y pensó que quizás estuviera allí. Dio la casualidad de que de nuevo era otoño y un viento inclemente llevaba de un lado para otro un gatuperio de jirones de plásticos y de hojas secas. Daba la impresión de que, cada vez que Tolomeo preguntaba por su hermano, aquel híspido bullicio impedía que los demás lo oyeran. Con la caída de la noche, el viento amainó y el molesto murmullo se sosegó. Los vecinos sintieron un gran alivio y, por unas horas, se pudieron olvidar de la dichosa hojarasca y, ya de paso, del vagabundo que andaba merodeando por el pueblo.

Casimiro fue el único que de camino a casa, y ya completamente borracho, vio a Tolomeo, en el soportal del Ayuntamiento. Estaba hablando solo en medio del montón de basura que el viento había acumulado a su alrededor. Al ver a Casimiro, Tolomeo se apresuró a ofrecerle el puesto de ayudante suyo hasta que apareciera su hermano. Él era el nuevo sheriff de Balanegra, pero no se podía enfrentar a aquella sarta de bandidos en solitario. Y Casimiro, si bien se enteró perfectamente de lo que le decía, experto en que las cosas insólitas que se ven de noche a la mañana siguiente ya no existen, hizo una amago de seguir su camino como si no hubiera oído nada.

Pero el vagabundo empezó a lamentarse de tal manera que no le quedo otro remedio que detenerse de nuevo para ver qué demonio le pasaba. Cuando giró la cabeza, lo vio apretándose el pecho con las manos y, entre gemido y gemido, nombraba a una tal Tea. Decía que era su enfermera favorita, la que mejor lo cuidaba, la que más lo quería. En cuanto ella llegara en el turno de mañana, lo iba a curar. Le pondría una inyección para quitarle el dolor y luego, cuando ya no le doliera, le sacaría del corazón aquella bala negra como la noche que, en sus manos, pronto se convertiría en una pella blanca de algodón…

Como experto en alucinaciones etílicas, Casimiro concluyó que el forastero estaba más borracho que él; lo mejor era, pues, dejarle dormir la mona en paz. Cuando se despertara, él mismo se daría cuenta de que daba igual el color de una bala que ni siquiera existía. De ahí su desconcierto cuando a la mañana siguiente, al cruzar de nuevo el pueblo de extremo a extremo camino del bar, bajo los soportales del Ayuntamiento vio unos pies que sobresalían del montón de hojarasca que había visto allí la víspera. La removió con cierto reparo hasta que vio su rostro y supo que era el forastero. Sintió entonces una necesidad inaplazable de tomarse un buen trago de aguardiente y, sin más demora, se alejó del lugar dando grandes zancadas.

Encarna, mujer madrugadora y hacendosa —además de cotilla—, se hallaba barriendo el tramo de calle de delante de la carnicería cuando vio el semblante exangüe de Casimiro y le preguntó si se encontraba indispuesto. El buen hombre aprovechó la ocasión para desahogarse. Su relato dejó a la carnicera boquiabierta y, antes de que esta tuviera tiempo de decirle nada, él hizo un amago de colarse en el bar. Pero Encarna reaccionó a tiempo y, plantada con los brazos en jarra delante de la puerta de la taberna, le advirtió que no habría aguardiente hasta que no informara a la Benemérita.

Fue, pues, de nuevo la diligencia de la carnicera la que brindó un segundo instante de gloria al pueblo: «Uno de los dos hombres detenidos hace dos años cuando llevaban a hombros el ataúd de su padre, encontrado muerto ante el edificio del Ayuntamiento de Balanegra», dijeron esta vez los periódicos. Y gracias a la noticia, los lectores de la prensa escrita volvieron a descubrir que, en el corazón del mar de plásticos almeriense, existe un pueblo cuyo nombre es Balanegra.

En el cementerio
Aquel dos de noviembre, día de los difuntos, Tea había hecho un cambio de turno y estaba de descanso. Desde niña sabía que esa fecha estaba consagrada al recuerdo de los muertos y que las familias la aprovechaban para ir a los cementerios a honrar la memoria de los suyos. Pero esta era la primera vez en la que ella se disponía a visitar la tumba de alguien. Se llamaba Tolomeo y había sido su paciente…

Había ocurrido dos años antes, cuando al regreso de unas vacaciones se encontró con que tenía un nuevo interno en la planta. Los compañeros le contaron que la guardia civil lo había detenido, junto con su hermano Cosme, cuando iban por el arcén de la autovía con el ataúd de su padre a cuestas. Tolomeo le había explicado al siquiatra, con una lógica sin fisura, que habían desenterrado a su padre porque el señor del Registro de la Propiedad les había dicho que sin su firma no podrían heredar la casa familiar. Una broma de mal gusto que los dos hermanos se tomaron al pie de la letra. Del Registro salieron, pues, convencidos de que se iban a quedar en la calle. Pero de pronto Cosme había recordado que, para renovar el carné, a él le habían hecho firmar con la huella de un dedo. Eso les hizo ver el cielo abierto y, sin más dilación, se pusieron manos a la obra para conseguir que en la solicitud figurara la huella dactilar del padre. Y cuando el siquiatra les había preguntado que por qué no se habían llevado a casa solo el dedo, con la misma lógica sin fisura, Tolomeo le había respondido que ese dedo lo usaba su padre para liar los pitillos y que no habían querido privarlo de ese entretenimiento ahora que estaba en un sitio tan aburrido como el cementerio.

Tea apenas si había tenido trato con Cosme porque era interno de otra planta y le dieron, además, el alta muy pronto. A Tolomeo, en cambio, lo tuvo a su cargo casi dos años y se habían encariñado mutuamente. Sobre todo a raíz de que ella le explicara el origen de su nombre. Solo había sido una broma, pero él se la había tomado en sentido literal. La cosa sucedió así: una mañana, mientras Tea vigilaba que se tomase las pastillas, se le ocurrió decirle que el nombre de Tolomeo procedía del latín, de las palabras «tolo» y «meo»; y que su traducción al castellano era «mi tolo». Y cuando ella estaba a punto de soltar una carcajada a cuenta de su propia ocurrencia, el otro frunció el entrecejo y le preguntó candorosamente que de quién era él un tolo. Se lo dijo con tal ingenuidad que Tea no fue capaz de confesarle que le había tomado el pelo y se vio obligada a seguir adelante con la farsa. Le dijo que él era, por supuesto, su tolo favorito. Y en adelante, cada vez que alguien le preguntaba a Tolomeo cuál era su nombre, él respondía con orgullo que se llamaba Tolo y era de Tea.

La joven aparcó su coche azul océano junto a la entrada del cementerio. La inexperiencia hizo que ni se le pasara por la cabeza visitar el puesto de flores antes de entrar en el recinto. Tea era, por tanto, la única visitante que esa mañana caminaba entre las tumbas con las manos vacías. Al ser consciente de ello, experimentó una cierta sensación de desnudez y cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto de pudor. Tampoco sabía con certeza dónde se hallaba la tumba y eso la hacía avanzar con indecisión. En la entrada le habían explicado que los enterramientos que dependían de los Servicios Sociales del Ayuntamiento se realizaban por orden cronológico —según la fecha de los fallecimientos— en la parcela que había justo al fondo del camposanto. Y hacia ese lugar se encaminaba Tea con pasos dubitativos y los brazos cruzados para ocultar el hecho de que llevaba las manos vacías.

Inopinadamente, se detuvo delante de una tumba oculta bajo una amalgama de trozos de plástico y hojas secas. «Ni siquiera la hojarasca está ahora libre de basura. Hasta ella es ya bastarda…», se lamentó Tea mientras con la puntera del zapato despejaba la zona de la inscripción de la lápida. Algunas letras quedaron al descubierto y, al leerlas, concluyó que la corazonada parecía ser acertada. Ya en cuclillas, terminó de descubrir el epitafio con ayuda de un clínex. Su olfato no la había engañado: aquella era la tumba de su tolo favorito: de ese niño grande y enfermo al que ella había cuidado con esmero durante casi dos años. El estado de abandono indicaba que era la única que se había acordado de Tolo en aquel desapacible —hacía viento y en el cielo había nubes que presagiaban lluvia— día de los difuntos. Ni siquiera Cosme, antaño su inseparable compañero de andanzas, parecía acordarse ya de su hermano.

Tea miró a su alrededor. La mayoría de las losas de esa parcela estaban cubiertas de restos vegetales y trozos de plástico; y sobre ninguna de ellas había flores. Como buena profesional, siempre llevaba consigo unos guantes de látex por si tenía que atender a algún enfermo repentino. Se los puso y fue retirando a mano los jirones de polietileno y los restos vegetales de mayor tamaño. Luego remató la faena con ayuda de una escoba que había arrumbada al lado de la tapia. Terminada la limpieza, Tea contempló con orgullo la tumba de Tolomeo ya limpia de basura. Pero de súbito le pareció que ahora la losa estaba demasiado desnuda y tuvo dudas de que descubrirla hubiera sido una buena idea.

Que esa hojarasca adulterada se hubiera acumulado sobre los restos de quienes en vida habían sido una suerte de desechos de la sociedad quizás no fuese un hecho del todo azaroso. Tal vez detrás de ese hecho se ocultara un reconocimiento ciego entre iguales: una suerte de hermanamiento inconsciente entre los desechos que había sobre la tumba y los que se hallaban en su interior. Tolomeo había formado parte de esa molesta escoria humana que la sociedad trata de hacer invisible. No había sido, pues, buena idea dejar su lápida tan expuesta a la mirada de quienes en vida no supieron quererlo. Aquella hojarasca bastarda posiblemente fuera su mejor capa protectora…

Tea empezó a desplegar de nuevo aquel humilde manto sobre la sepultura de su antiguo paciente y no se detuvo hasta que volvió a hermanarla con las de sus compañeros de parcela. Y mientras lo hacía, experimentó en su interior una inopinada metamorfosis. Recordó las palabras de lamento del poeta Leopoldo Panero junto a la tumba de su madre: «¡Qué solos se quedan los muertos! Sí. Mas… ¡qué solos se quedan también los locos!». Sus enfermos vivían sumidos en la más profunda de las soledades posibles: la locura. Incluso las propias familias deseaban a veces verse libres de ellos. Seguiría cuidándolos como hasta ahora. Pero nunca más iba a colaborar a que fueran arrinconados hasta el punto de volverse invisibles. En adelante, ella no solo sería su cuidadora, sino también su cómplice. Con cariño, con paciencia, les abriría ventanas para que se pudieran asomar al mundo de los cuerdos y dejaran, así, de estar encerrados en la inmensa soledad de sí mismos.

Cuando Tea terminó de recubrir la tumba con aquel fraternal manto de hojarasca, por su rostro resbalaban lágrimas entremezcladas con las primeras gotas de lluvia. Una mezcla fertilizante que cayó sobre la tumba e hizo germinar a destiempo algunas semillas ocultas bajo aquella cubierta de broza. Semillas que pronto se transformaron en plántulas enraizadas en aquel rincón olvidado de todos, incluso de Tea que nunca más volvió al cementerio.

Un olvido que poco importa ahora que las madreselvas han medrado sobre la hojarasca y, cada otoño, sin necesidad de que nadie se acuerde de Tolomeo, en el día de los difuntos, siempre hay flores sobre su tumba.


Hojarasca y madreselvas sobre la tumba.jpg




Bonita 'pamplina', Sietecolores. Hermosa metáfora sobre el uso lapidario de la palabra loco.
Rebelde hasta mi muerte,
yo seguiré soñando.


Julieta Dobles.
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Megan
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Megan »

Qué bueno, Jilguerillo, parecía que las imágenes iban pasando por mis ojos, me encantó :60: :60: :60:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »


Gracias, Luciola, Magali, JoseW, Megan, por emplear vuestro tiempo en conocer la historia de Tolomeo y Cosme. :60:

*****

Y ahora, Cata, te voy a contar las islas de realidad alrededor de las cuales se ha tejido esta historia. La verdad es que hay más realidad de la que se podría pensar a primera vista. Así que, a quien no le guste saber qué hay de verdad y qué de ficción en una historia, que no siga leyendo este comentario. :wink:

El primer pivote real, y más importante, es la historia de Tolomeo, Cosme y Tea. Resulta, Cata, que tengo una sobrina, enfermera especialista en salud mental (Tea), que consiguió una plaza en el centro murciano de salud mental que se menciona en el texto. Una de las veces que vino a pasar unos días a Gades (ella es gaditana de nacimiento), como sabe que a mí me gusta escribir pamplinas, me contó un caso que pensaba que me podía servir como base de una pamplina. Era el caso de dos hermanos que habían estado internados en el hospital (Tolomeo y Cosme). Cuando llegaron, sus compañeros más veteranos le dijeron que ya eran conocidos de internamientos anteriores y que eran buenas personas: una especie de niños grandes. Esta vez la Guardia Civil los había detenido en una autovía, tras recibir la llamada de algún usuario de la misma, cuando iban por el arcén con el ataúd del padre al hombro. Lo acababan de desenterrar y ahora estaban en pleno traslado. Cuando le preguntaron qué estaban haciendo, ellos explicaron que necesitaban que su padre pusiera su huella dactilar en unos documentos de la herencia. Por lo visto, algún empleado de una notaria les había gastado una broma y ellos, con su limitación mental, se lo habían tomado al pie de la letra. Mi sobrina me contó también que ella había tratado mucho al mayor (al pequeño le dieron pronto el alta) y que le había llegado a coger mucho cariño. Pero que, al poco de darle el alta al mayor, se enteraron en el psiquiátrico de que lo habían encontrado muerto en la calle.

El segundo de ellos, y al que se debe el escenario, fue que me invitaron a estar en el tribunal de una tesis doctoral en Almería. Era sobre la fauna de las lagunas costeras según el grado de conservación. Al día siguiente a la defensa de la tesis, el director de la misma nos llevó a hacer un poco de turismo científico para que viéramos cómo eran las distintas lagunas, algunas de ellas totalmente perdidas entre los invernaderos de la zona de El Ejido, zona que a vista de pájaro (los he visto desde un avión) parece un mar de plásticos. Camino de una de las lagunas, pasamos por un pueblecito que se llama Balanegra y el nombre me llamó la atención porque me sonó al nombre de un jefe indio. Y eso me hizo pensar que en la pamplina los pacientes de mi sobrina, dada su mentalidad pueril, podían acabar en Balanegra.

El tercero, al que se debe el personaje de Encarna, fue una de esas casualidades que me encantan. Unos meses después de que yo me enterase de la existencia de ese pueblecito almeriense, en verano crucé España en tren para pasar unos días en Montesclaros (Cantabria). En el viaje de vuelta, estando en Madrid, en la zona de tránsito de la estación de Atocha, esperando el tren para Cádiz, se me acercó una mujer, acompañada de una adolescente, a pedirme ayuda porque no se aclaraba con los carteles de anuncios de las vías desde las que salían los distintos trenes. Una vez miré sus billetes y le expliqué lo qué tenía que hacer, me dijo que si no me importaba se sentaba a mi lado hasta que anunciaran la vía de su tren, porque así se quedaba más tranquila. Por curiosidad, le pregunté que de dónde era y cuál no fue mi sorpresa (grata, por supuesto) cuando me dijo que de Balanegra. Le conté que casualmente no hacía mucho me había enterado de que existía su pueblo y que había pasado por él. Entonces ella me dijo que se llamaba Encarna y que era la carnicera. Que si algún día iba por Blanegra, preguntase por la carnicería de Encarna y encantada estaría de verme y de recibirme. Y la verdad es que no he tenido ocasión aún de volver a Balanegra, pero lo que sí he hecho es darle a Encarna un papelito en la pamplina. :lol:

El resto ha sido cuestión de dejar volar un poco a la imaginación. :roll:


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »



Siguiendo con los amaneceres, Cata, creo que todavía no te he comentado que me gusta ver las sombras de las farolas y las palmeras sobre la piedra ostionera de la muralla. Hice una foto pero caí en la cuenta de que Usía se daría cuenta de estaba la sombra de Jilguero. Con lo cual hice esta otra donde ya no había ninguna sombra humana. :lol:

Sombras sobre la muralla.jpg


¡Qué poquitos amaneceres me quedan ya en esta banda!
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 02 Sep 2020 20:31... hice esta otra donde ya no había ninguna sombra humana.
¿Y dónde queda tu sombra, jilguero? Supongo que en el tronco de la palmera.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 03 Sep 2020 09:11
jilguero escribió: 02 Sep 2020 20:31... hice esta otra donde ya no había ninguna sombra humana.
¿Y dónde queda tu sombra, jilguero? Supongo que en el tronco de la palmera.
Ya no me acuerdo bien dónde me coloqué, pero viendo el porte de la sombra de Wally-bird en esta otra y la distinta perspectiva en que está tomada, supongo que en la sombra del tronco más grueso de palmera, el sin penacho foliar que queda más a la izquierda en la otra foto.

Sombras en la muralla.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 03 Sep 2020 10:08... supongo que en la sombra del tronco más grueso de palmera, el sin penacho foliar que queda más a la izquierda en la otra foto.
A ése me refería yo.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 03 Sep 2020 10:17
jilguero escribió: 03 Sep 2020 10:08... supongo que en la sombra del tronco más grueso de palmera, el sin penacho foliar que queda más a la izquierda en la otra foto.
A ése me refería yo.
Pues, en tal caso, la muñeca chochona es para... ¡Gretogarbo! (jajaja, lo siento, ese era el premio para quien adivinara dónde estaba la sombra invisible)


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 03 Sep 2020 11:11Pues, en tal caso, la muñeca chochona es para... ¡Gretogarbo!
¿Dónde se recoge? ¿Horario? ¿Se exige corbata?
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