El bujío de Santa Catalina 1 (Bordeando la realidad)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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Los cuervos de San Rafael




Cuervos sobre San Rafael.jpg



Cuando Piedad Peralta, a bordo del trasbordador de San Juan del Río, divisó los dos cuervos posados en la casa salinera de San Rafael, supo que Francisco Heredia había muerto y que pronto la sangre correría de nuevo por la tierra reseca y estéril del Coto. Pero esa certidumbre de infortunio, adivinada en el enlutado plumaje de los pájaros, no impidió que continuara enseñando a su nieto la belleza de ese brazo del mar en el que, desde la fundación de La Colmena, bañaban a los recién nacidos de su casta.

El río, remansado, en ese breve instante en el que la marea invierte su avance, se dejaba surcar por el barco sin apenas oponer resistencia. El pequeño, moreno y de ojos grandes, como corresponde a un buen Peralta, escuchaba las palabras de su abuela con el mentón apoyado en la barandilla. Nació tan enclenque que no se atrevieron a meterlo en el agua. Pero ahora, una vez recuperada la salud con la ayuda de los payos, ella misma iba a bautizarlo en aquel voluble revoltijo: pie de río a ratos, cuando se imponía la corriente llegada de las lejanas montañas; boca de mar luego, cuando la marea empujaba con fuerza y hasta el poblado llegaba el olor de las algas. Y en ese brazo de mar, azuleante y salado, lo iba a sumergir ella en cuanto llegaran a La Colmena.

Agotado por el viaje y el madrugón de la mañana, el niño dormitaba ahora en el regazo de la abuela; aprovechando que ya no tenía que entretenerlo, Piedad miraba hacia la orilla en busca de algún signo que le permitiera descartar el mal presagio leído en el negro plumaje de los cuervos. Olisqueó el aire y, entremezclado con el olor fresco de las algas, distinguió un aroma de almizcle que le confirmaba su sospecha. Amusgó, entonces, los ojos y no cesó en su empeño hasta que logró ver un puntito canela avanzando con parsimonia por el prado de Entrelucios. Un turista enfocó un extraño artilugio en esa dirección y exclamó con alegría que se trataba de un ciervo; ella, venciendo su recelo por lo nuevo, le pidió que la dejara mirar. Y al cabo lo vio, descomunal, desafiante, caminando sin rumbo por la marisma. Ya no tenía la menor duda: Francisco Heredia había muerto: ¡el Gran Macho andaba sin dueño!


***

Perdido el apoyo de la marea, la lengua marina se retiraba ahora hacia la bocana del río. El Real Fernando aceleró los motores para contrarrestar el fuerte envite de las aguas fluviales. Los turistas, en su mayoría acodados en la barandilla de proa, recibieron con regocijo las salpicaduras del agua al colisionar contra el casco. Un brusco vaivén hizo que Pedro entreabriera los ojos —negros, enormes— y se esforzara en vano por mantenerlos abiertos. Con la mirada fija en el punto canela, Piedad se lamentó de la pronta muerte del único gitano que quedaba en la aldea. Al hospital le había llegado el rumor de que Francisco Heredia andaba otra vez insomne y abatido; no tenía siquiera sesenta años y se comportaba ya como un viejo. En el poblado andaban organizando cuadrillas de voluntarios para vigilar al ganado, porque decían que Heredia había perdido las agallas para enfrentarse al Gran Macho. Piedad había preferido creer que solo eran habladurías, pero ahora era ella misma quien había entrevisto la desgracia en la negra librea de los cuervos.

Real Fernando.jpg

La luz del atardecer iluminó la cara de Pedro; Piedad la contempló con orgullo. ¡Aquel niño era un Peralta de pura cepa! Igual que su madre, su Candela, de ojos grandes y risueños, y con aquel ángel en sus movimientos que había traído de cabeza a todos los varones del poblado; desde niña Candela había sido, además, inmune a las picaduras de los animales venenosos. Y por ambas cosas, las malas lenguas la habían tachado de bruja. Cuando Piedad se enteró de que estaba embarazada de Candela su deseo hubiera sido que la vaciaran. Siempre que en La Colmena había una moza en apuros, no faltaba alguna gitana dispuesta a limpiarle las entrañas y a coserle el pellejito de marras para disimular la deshonra. Pero cuando violaron a Piedad, ya no quedaba en el poblado ninguna mujer calé capaz de devolverle la honra. Una desgracia que terminó siendo una ventura porque, en cuanto Piedad tuvo a su hija Candela en los brazos, supo que aquel era el mejor regalo que le podía haber hecho el Todopoderoso —o el Omnipresente, como lo llamaba Francisco Heredia en sus atormentadas noches de insomnio—. Durante el embarazo, aquella Piedad quinceañera en aprietos se desvelaba de noche pensando en el momento en el que su barriga dejara de ser un secreto. Cansada de dar vueltas en la cama, salía de madrugada de la choza y siempre encontraba a Francisco Heredia al lado de una fogata. Una noche, en la que la joven quiso saber qué le quitaba el sueño a su compañero de insomnio, este le respondió que la culpa la tenía el Omnipresente que no lo dejaba en paz ni de día ni de noche.

El frescor de la brisa obligó a Piedad a arropar a Pedro con su propia pañoleta. Muerto el gitano, el futuro del poblado se volvía más incierto. Tal como ya ocurriese cuarenta años atrás, el desorden no tardaría en adueñarse de La Colmena. En la noche de la gran fogata, el anterior patriarca reunió a los cabeza de familia y les pidió que, para proteger al ganado del Gran Macho, no dejaran de echar leña al fuego hasta que se hiciera de día. Piedad pasó esa noche dentro de la choza velando el cuerpo de su abuela. Se quedó dormida al amanecer y fue el zumbido de las moscas lo que la despertó a media la tarde. Al abrir los ojos tuvo la sensación de que se despertaba de una siesta como cualquier otra, pero pronto el mal olor que emanaba ya del cadáver la hizo volver a la cruda realidad. Salió al exterior en busca de aire fresco y descubrió que en el poblado no quedaba nadie más que el Puñalaítas —mote puesto por la abuela Dulce porque decía que los ojos de Francisco Heredia eran como un par de puñalaítas en un cartón—. Estaba jugando con los rescoldos de la gran fogata y le contó que la caravana de los gitanos se había puesto en marcha de madrugada. Los de su raza habían abandonado La Colmena sin que nadie se acordara de ellos.

Las primeras estrellas empezaban a rehilar por encima del prado de Entrelucios. Pero lo que en ese momento atraía la atención de Piedad se hallaba un poco más abajo. Trataba de localizar de nuevo el punto de color canela que había visto por primera vez en lontananza moviéndose sin rumbo; y luego, al hacerse de noche, próximo a la orilla, avanzando paralelo al barco. Ahora, aunque no lo viese, lo sentía cerca, marchando a buen ritmo, incluso trotando a ratos para evitar que el Real Fernando lo dejase atrás.


***

El brazo azuleante de agua salada subía de nuevo aguas arriba y empujaba al trasbordador hacia su destino. El runruneo de los motores se había vuelto más quedo y, en medio de esa calma, Piedad lo intuía cada vez más cerca, más vivo, más poderoso, más desafiante. Tenía la misma sensación que la tarde en la que, al salir de la choza, vio al Puñalaítas jugando con los últimos rescoldos de la hoguera; no había nadie más en el campamento y, sin embargo, ella se sintió vigilada. Francisco notó su recelo y con un simple giro de cabeza le indicó el lugar exacto desde el que el animal los acechaba. Hasta que se apagaron las brasas, hubo un desafío tácito entre el gitano y la bestia, y la espera se fue volviendo cada vez más tensa. Pero en cuanto el fuego dejó de humear, Francisco Heredia levantó la barbilla con gesto desafiante y entrecerró los ojos. El par de puñalaítas se tornaron más oblicuas, más achinadas, y el rostro adquirió un aire intimidatorio. Fue entonces cuando el Gran Macho —el mismo que tanto terror causaba a todos en el poblado— se acercó a la fogata con una mansedumbre inopinada; tanteó las cenizas con las pezuñas y, tras asegurarse de que no quemaban, flexionó las patas delanteras y agachó la cabeza en señal de sumisión. El rostro del Puñalaítas resplandeció de inmediato: las burlas de la infancia por tener los ojos tan pequeños poco importaban ahora; y con la cabeza bien alta, se apresuró a sentarse a horcajadas sobre el lomo del ciervo. Luego le golpeó suavemente los costados con sus pies descalzos hasta que el animal se levantó y, con porte solemne, se puso en marcha. Piedad era todavía muy niña y presenció aquel ritual sin darle ninguna importancia. Mas cuando se lo refirió a los primeros payos que llegaron al poblado, la reacción de estos fue de gran alivio porque, según dijeron, el Gran Macho volvía a tener dueño.

Pedro esbozó una sonrisa y balbuceó algunas palabras en sueños. Su nieto estaba contento; pero más contento se pondría cuando pudiera corretear libremente por el pinar mientras ella recogía la miel de las colmenas. Lo apretujó contra su pecho y, tras darle un beso en la frente, volvió a ensimismarse en sus recuerdos. En la noche de la gran fogata, aunque ella solo tuviese nueve años, llevaba varios meses cuidando a la abuela Dulce. La enfermedad las había obligado a intercambiar antes de tiempo los papeles. La anciana carleaba ya al menor esfuerzo y se pasaba el día en la cama o sentada en una butaca. A Piedad no le pesaba ocuparse de las tareas domésticas porque, mientras ella trajinaba en la choza, la abuela le contaba cosas de cuando los gitanos llegaron al Coto. Habían levantado el poblado justo donde el bordoneo de las abejas presagiaba una buena cosecha de miel. Como vigas maestras de los chozos usaron troncos de pino, varetas de lentisco a modo de traviesas y barrón para tapizar la techumbre y las paredes. Y en los primeros tiempos de vivir en La Colmena, de noche se reunían todos los gitanos alrededor de la hoguera y recordaban con nostalgia los tiempos errantes en los que vivían en las carretas.

Chozas de La Colmena.JPG


¡Qué vivos estaban esa noche los recuerdos! Ella se había quedado huérfana muy pronto y la abuela Dulce se había ocupado de criarla sin la ayuda de nadie. Piedad había crecido enraizada en la estéril arena del Coto como si fuera una sabina más. Aquel era su mundo, en él se sentía feliz. De no haber sido porque Pedro nació antes de tiempo y necesitó una incubadora, a Piedad no se le habría ocurrido salir del poblado. El niño estaba vivo de milagro: un cazador había escuchado un débil ronroneo entre la maleza y, creyendo que se trataba de la cría de algún animal salvaje, se había acercado a curiosear. Vio entonces el cuerpo exangüe de una mujer y, entre sus piernas abiertas, en medio de un charco de sangre, a un recién nacido del tamaño de un gazapo. Candela no debía querer que nadie la viera parir y por eso se alejó de la choza al notar las primeras contracciones. El miedo a ser descubierta le había costado la vida. Y ella, su madre, esa Piedad Peralta que tanto se vanagloriaba de ser capaz de presagiar las desgracias ajenas, ni siquiera se había dado cuenta de que su hija Candela estaba preñada…


***

El barco avanzaba ahora despacio, esperando la llegada de la pleamar para acometer el atraque. Aquel cabotaje con sordina le permitió a Piedad oír el alboroto de La Colmena. Supo así que sus paisanos andaban revueltos porque tenían miedo. Ahora ya no era una novata y sabía que aquello que había relampagueado sobre el negro plumaje de los cuervos era la muerte; y el alboroto de los habitantes del poblado no hacía otra cosa que confirmárselo. La primera vez que tuvo una visión como aquella no supo interpretarla. Le ocurrió la tarde en que murió la abuela Dulce. Ella se hallaba encendiendo una fogata al lado de las colmenas para ahuyentar a los tejones —de noche les robaban la miel—, cuando escuchó unos graznidos a sus espaldas; al girar la cabeza, vio a una pareja de cuervos posándose sobre los restos de las viejas carretas. A Piedad se le antojaron enormes y de una negrura que daba miedo. Fue entonces cuando los cuervos se enzarzaron en una pelea y los rayos de sol, a la sazón muy oblicuos, llenaron de irisaciones su negro plumaje. Aquel relampagueo iridiscente le provocó una angustia inexplicable que le hizo correr, también de forma inexplicable, hacia la choza. Y en su interior, encontró a la abuela Dulce ya muerta.

El runruneo de los motores se volvió más entrecortado y los pistones dejaron escapar un potente resoplido anunciando al pasaje que el Real Fernando iniciaba el atraque. Los turistas pensaron que el revuelo en el poblado se debía a la celebración de alguna fiesta típica y se arremolinaron en la zona de la cubierta más próxima a la salida. ¡Cuánto le aburrían los payos!, pensó la abuela mientras miraba con orgullo a su nieto. En los ojos grandes y risueños de Candela siempre había entrevisto algo oscuro heredado del cobarde que había tenido por padre. Piedad no sabía quién era porque la violaron estando a las puertas de la muerte por culpa del tifus. En medio del delirio que le causaba la calentura, lo único que recordaba era un peso que la oprimía, que no la dejaba respirar, y un dolor intenso y punzante en sus partes. En contra de lo previsto, Piedad se puso bien. Y aunque vio las sábanas manchadas de sangre, se lo achacó a la propia enfermedad. Pronto, sin embargo, empezó a tener una pesadilla recurrente que le impedía descansar. Veía a un chino que le susurraba al oído palabras zalameras: «De niño quería jugar contigo; cuando creciste, empecé a desearte con desespero; y es solo ahora, cuando sé que te vas, que me atrevo». Una pesadilla de la que siempre la despertaba el frescor de unas lágrimas negras al caer sobre su rostro encendido por la fiebre. Y una pesadilla cuyo significado quedó en parte esclarecido en cuanto llegó la luna nueva y no sangró. Tampoco lo hizo en las siguientes lunas. Al principio trató de disimular el abultamiento de su barriga porque tenía la esperanza de que quien le hubiera hecho aquello diera la cara antes de que la deshonra fuera pública. La espera fue en vano, y eso hizo que la vergüenza se acabase transformando en rencor. Con todo, una vez tuvo a la niña en sus brazos, el ultraje se convirtió en dicha y Piedad acabó dándole las gracias al Omnipresente por el regalo que le había hecho. Por desgracia, ser desvirgadas por la fuerza era el sino de las Peralta y, años después, le pasó lo mismo a su hija Candela. Solo que con la mala suerte de que ella ni siquiera gozó del consuelo de estrechar entre los brazos a su hijo.

El quejido de los maderos del pantalán bajo la presión del casco hizo saber a los pasajeros que el Real Fernando había atracado por fin. Pedro abrió sus enormes ojos negros y, tras sonreír a su abuela, arqueó el cuerpo hacia atrás y estiró los brazos y las piernas para desperezarse. Piedad aprovechó para ponerlo en el suelo, agarrarlo de la mano y, con el hato de ropa a la espalda, dirigirse con él hacia la barandilla. El fuego formaba esta vez un semicírculo cuyos extremos llegaban hasta el propio cauce del río. Un improvisado aprisco en el que todo el ganado de La Colmena —vacas, cabras, ovejas y cerdos— se hallaba revuelto. La abuela miraba con preocupación el hervidero de hombres y bestias que había a un lado y a otro de las llamas; el nieto, en cambio, el ceño fruncido, los ojos muy abiertos, escrutaba la negrura del resto del Coto. Un efluvio almizclado atravesó la noche y, al percibirlo, el niño se puso alerta. Olisqueó el aire con fruición y luego comenzó a tironear insistentemente de la falda de la abuela. En medio del griterío, Piedad vio el movimiento de los labios del niño y se inclinó para oír lo que decían: «Él quiere jugar conmigo», escuchó. Pero Piedad tenía preocupaciones más importantes en la cabeza y no le hizo caso. «¡Suéltame, lela, que yo también quiero jugar con el ciervo!», insistió el niño justo antes de soltarse de su mano y perderse de vista entre los guiris que ya avanzaban por la pasarela. Y ella, asustada —el niño no sabía aún nadar—, se abrió paso entre estos a codazos.


***

Un crujido en medio de la oscuridad atrajo su atención. Piedad amusgó los ojos y, tras unos segundos de no ver nada, columbró las ramas de un arbusto agitadas por el viento. Algo muy extraño en medio de aquella tensa calma —la brisa se había sosegado con la llegada de la pleamar—. Pero una repentina llamarada de la fogata puso al descubierto la existencia de dos puntos fosforescentes justo debajo de las supuestas ramas. Piedad cayó entonces en la cuenta de su error: lo que estaba viendo no eran las ramas de un arbusto, sino la cornamenta del Gran Macho. No queriendo irritar a la bestia, llamó a Pedro con voz muy queda; pero en vez de regresar junto a ella, el niño corrió al encuentro de su nuevo compañero de juegos. El falso follaje perdió altura y luego se quedó muy quieto. Aquello hizo que Piedad se acordara de la escena vista de niña y comprendiese que el triunfo del Puñalaítas estaba a punto de repetirse. No veía con claridad lo que estaba sucediendo, pero se lo podía imaginar. El ciervo debía encontrarse arrodillado a la espera de que Pedro se encaramara a su lomo. Una inopinada carcajada del niño le hizo comprender que acababa de hacerlo. Y aquella risa inesperada hizo que, como por ensalmo, todo lo oscuro de la vida de Piedad cobrase sentido: la pesadilla recurrente del chino cuyas lágrimas negras como la noche le refrescaban el rostro al borde de la muerte, el poderío innato con el que Candela sometía a los hombres, su inmunidad frente al veneno de las alimañas ponzoñosas... ¿Cómo no se había dado cuenta antes? En su ignaro desafío al Todopoderoso, Francisco Heredia había sobrepasado el límite de lo tolerable: nadie puede violentar a una gitana de manera impune, y mucho menos engendrar luego un hijo en el vientre de su propia hija. Y por eso, como castigo, el Omnipresente había extenuado a Francisco Heredia con su permanente presencia hasta causarle la muerte.

En el negro horizonte del Coto se alejaba ya la silueta de Pedro Peralta cabalgando a horcajadas del Gran Macho. Piedad sonrió con orgullo: aquel triunfo de uno de los suyos daba sentido a todas las desgracias de su vida. Por fin ese insólito entendimiento entre el hombre y la bestia había pasado de la rama de los Heredia a la de los Peralta, cuyos ojos eran casi tan grandes como los del ciervo. El Todopoderoso, el que sabe escribir derecho con renglones torcidos, se había valido de la cobardía del Puñalaítas, de su vergüenza por ser un gitano con los ojos demasiado pequeños, para quitarle la primacía a los suyos. El Omnipresente se había ocupado, pues, de hacerle purgar sus culpas ya en vida. Ahora le tocaba a ella perdonarlo. Al fin y al cabo, él había sido quien enterró el cuerpo maloliente de la abuela Dulce sin un gesto de asco; y quien la dejó calentarse en su hoguera y le dio compañía en las noches de desvelo antes de nacimiento de Candela; y fueron sus manos las que, después de nacer la niña, tallaron para ella juguetes en sus largas noches de insomnio. Francisco Heredia siempre había sido un buen gitano. Cobarde, muy cobarde, pero no por eso malo. Y ahora que ya estaba muerto, ella, Piedad Peralta, no le guardaba rencor.

Buscó la silueta de su nieto cabalgando sobre el ciervo en medio de aquella espesa negrura del Coto pero fue en balde. Desde el poblado le seguía llegando el clamor del miedo de sus paisanos. A pesar de la algarabía, creyó escuchar unos graznidos. Se colocó las manos tras las orejas y aguzó el oído. Le pareció que se oía el lejano murmullo de unas alas. Sin duda, las de los cuervos abandonando la portada de San Rafael. Saberlo le hizo sentir un gran alivio. Había llegado la hora de regresar a La Colmena para decirle a los payos que ya podían dormir tranquilos porque el Gran Macho volvía a tener dueño. Porque Pedro Peralta, hijo bastardo de madre bastarda, cabalgaba ahora a lomos del viejo ciervo.


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Última edición por jilguero el 04 Oct 2020 21:17, editado 4 veces en total.


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 02 Oct 2020 10:51... Matilda (tiene pinta de llamarse así)...
¿Es una salamanquesa? Se me hace muy gordota.
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Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 02 Oct 2020 11:25
jilguero escribió: 02 Oct 2020 10:51... Matilda (tiene pinta de llamarse así)...
¿Es una salamanquesa? Se me hace muy gordota.
Sí, yo creo que es una salamanquesa (Tarentola mauritanica). A parte de que está de buen ver, tiene el rabo mocho (debió perderlo y lo anda regenerando) y eso le da un aspecto más regordete.


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Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 02 Oct 2020 11:37Sí, yo creo que es una salamanquesa (Tarentola mauritanica). A parte de que está de buen ver, tiene el rabo mocho (debió perderlo y lo anda regenerando) y eso le da un aspecto más regordete.[/color]
Desde luego, se ha alimentado bien este verano.

Yo no recuerdo haber visto una salamanquesa jamás por estas latitudes. Las pocas que vi, en los descansillos de los pisos, fue en mi temporada de residencia en Madrid.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 02 Oct 2020 11:43 Yo no recuerdo haber visto una salamanquesa jamás por estas latitudes. Las pocas que vi, en los descansillos de los pisos, fue en mi temporada de residencia en Madrid.
Es que la salamanquesa común (Tarentola mauritanica) abunda sobre todo en la mitad sur peninsular. No sé exactamente sus límites. Dice la wikipedia que ahí la llamáis osga.

Pero mira lo que dice de esta otra especie, Tarentola boettgeri, originaria de Canarias. Yo diría que la de la azotea era la de aquí, pero si ahora hay otra especie parecida por la península pues ya me quedo con la duda.

https://es.wikipedia.org/wiki/Tarentola_boettgeri (apartado de Introducciones)

*****


Cata, pronto me voy a la sierra a pasar unos días (cruzo los dedos para que no nos confinen, que ya me pasó en marzo). Antes de irme, te hablaré un poquito del origen de la última pamplina, la de esos pájaros de mal agüero que son los cuervos. :wink:


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 03 Oct 2020 14:11... mira lo que dice de esta otra especie, Tarentola boettgeri, originaria de Canarias.
Pues no sabía tal cosa, jilguero. He estado buscando un poco más y apenas hay más información que esa. Ni siquiera si se ha visto con asiduidad o no. Gracias.
jilguero escribió: 03 Oct 2020 14:11... pronto me voy a la sierra a pasar unos días (cruzo los dedos para que no nos confinen, que ya me pasó en marzo).
Disfrútalo mucho. Si nos reconfinan, supongo que te dará tiempo a regresar antes de tal. Y si no, en teniendo donde avituallarte, tampoco es mal lugar para estar. Podrás salir al campo con total libertad... ¡y sin mascaroide!
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 04 Oct 2020 07:55 Disfrútalo mucho. Si nos reconfinan, supongo que te dará tiempo a regresar antes de tal. Y si no, en teniendo donde avituallarte, tampoco es mal lugar para estar. Podrás salir al campo con total libertad... ¡y sin mascaroide!
Gracias. Sí, tengo ganas de oler ya a los algarrobos en flor. Es su época. Su olor me recuerda a Sicilia, a la isla de Salinas, donde estuve un octubre y olía a algarrobos en flor. Salinas es la isla donde ser rodó la película de El cartero y Pablo Neruda, cuya visión fue, a su vez, la que me hizo ir hasta allá.

****


Aprovecho, Cata, para decirte que Los cuervos de San Rafael recrea un breve viaje que hice a bordo de el Real Fernando entre Sanlúcar de Barrameda y el poblado de La Plancha, en el coto de Doñana. Es un poblado de chozas donde antes vivían los moradores del Coto, pero que ahora se visita como algo turístico. Ese viaje por el cauce del Guadalquivir no dura mucho tiempo, pero en la pamplina se alarga para dar tiempo a que vire la marea (me encanta ver cómo el agua de la desembocadura a ratos azulea, convertida en brazo de mar; y a ratos se vuelve color chocolate, cuando gana el río) y a que Piedad nos cuente su historia. En la travesía que yo hice, dio la casualidad de que, al pasar por delante de la antigua casa salinera de San Rafael, había un par de cuervos posados y graznaron a nuestro paso. Y esos sentimientos atávicos que afloran a veces hizo que me pareciera una señal de mal agüero. También hubo un rato en el que en la zona de Entrelucios vi un ciervo con una cornamenta enorme, que caminaba solitario, parsimonioso, y me dije que qué estaría haciendo. Y ahora, gracias a la pamplina, ya lo sé. Y cuando nuestra santa la lea, también ella lo sabrá. :cunao:




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Mensaje por hexagono69 »

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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

hexagono69 escribió: 04 Oct 2020 20:42
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Muy buena mezcla. Lo malo es que yo en vez de escucharlo en conjunto me distraigo intentando averiguar qué pájaro canta cada vez. Y hay momentos en que mezcla demasiados sonidos. Pero la verdad es que tiene uno la sensación de estar en medio de una arboleda donde hay cantos de pájaros y un señor tocando una flauta y luego canturreando. :D


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Eric Moreira Perez »

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Este pájaro habita en Galicia, Los tengo visto por Vigo :lista:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Eric Moreira Perez escribió: 05 Oct 2020 12:46 Imagen

Este pájaro habita en Galicia, Los tengo visto por Vigo :lista:
Hola, Eric, nosotros le llamamos urraca, pero Greto nos enseñó que ahí, en tu tierra, se llama pega. Son preciosas y sus graznidos más agradables que los de los cuervos. La puedes meter en alguna de tus historias. Yo por aquí conozco una que se llama Cleopatra. :D


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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Eric Moreira Perez »

Son unos seres muy bonitos, no sabia que se llamaban hurracas, y cleopatra que bueno, como la reina de Egipto, Te puedes pasar por mi hilo, El Lugar del Averno, hay hablamos y publicamos fotos de apariciones de fantasmas y casos reales, también tengo un hilo de Mente Positiva, hay publicamos imágenes para la armonía. :60:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Eric Moreira Perez escribió: 05 Oct 2020 12:59 Te puedes pasar por mi hilo, El Lugar del Averno, hay hablamos y publicamos fotos de apariciones de fantasmas y casos reales, también tengo un hilo de Mente Positiva, hay publicamos imágenes para la armonía.
Ya me pasé y, desde que lo he hecho por El Lugar del Averno, a veces con el rabillo del ojo veo como una sombra; y desde que anoche me pasé por Mente Positiva, en los dedos de las manos noto como si me estuvieran saliendo brotecillos verdes. :D
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PD: Cata, tienes unos días de vacaciones: porque, si nada indeseable lo impide, jilguero vuela por unos días a su nido de otoño. :adios:


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Gretogarbo
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 06 Oct 2020 13:16... si nada indeseable lo impide, jilguero vuela por unos días a su nido de otoño.
Pásatelo muy bien, jilguero, y patea la sierra, libre de mascarilla, todo lo que puedas.
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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 06 Oct 2020 13:22
jilguero escribió: 06 Oct 2020 13:16... si nada indeseable lo impide, jilguero vuela por unos días a su nido de otoño.
Pásatelo muy bien, jilguero, y patea la sierra, libre de mascarilla, todo lo que puedas.
Gracias, Greto. Ya en sala de espera aguardando el momento del embarque. Destino: recunchito serreño.


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