El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Yo estuve allí



Nardos.jpg


Sor Ernestina no erraba cuando dijo que sor María de la Consolación había muerto en olor de santidad: hace ya más de un mes que nuestra hermana en Cristo fue enterrada y su tumba sigue exhalando todavía el mismo olor a nardos que emanaba de su cadáver el día del sepelio. En su celda, mientras le poníamos la mortaja —una cogulla blanca confeccionada a mano por la propia sor María—, ya se notó en el ambiente cierto tufo agradable pero impreciso. Durante las exequias, en cambio, el aroma adquirió todo su esplendor y se hizo reconocible.

Fue en ese momento cuando la intensa fragancia se expandió rápidamente por el templo y ascendió hasta el coro, donde nos encontrábamos las hermanas cantoras a punto de entonar el Introitus. En cuanto aspiré la primera vaharada de aquel efluvio, cada vez más tupido, tuve claro que en esa ocasión la santidad había adoptado el aroma de los nardos. Posiblemente esa fuera la causa de que entonces recordase la escena bíblica en la que María de Betania, agradecida por la resurrección de su hermano, ungió los pies de Nuestro Señor con una libra de perfume puro de nardos. Pero a quien esa vez vi a los pies de Jesús no fue a la hermana de Lázaro, sino a sor María de la Consolación ataviada con su blanca cogulla mortuoria.

Durante algunos minutos, el perfume resultó muy agradable y eso propició que entonáramos el Requiem aeternam con un contentamiento y un denuedo impropios de las circunstancias. A partir de ese momento, la intensidad del olor a nardos fue de tal forma in crescendo que ya en el Kyrie eleison se produjo el primer deliquio. Un deliquio al que podrían haber seguido otros muchos —la desmesura olorosa había vuelto el aire irrespirable— de no ser porque sor Ernestina, haciendo uso de su encomiable sentido común, dio la orden de que el ataúd fuese tapado. Y aunque el cerramiento no fuera perfecto y la fragancia no desapareciera del todo, su fuerza se mitigó lo suficiente como para que cesaran los desmayos y el oficiante pudiera continuar con la ceremonia sin nuevos sobresaltos.

La colocación de la tapa del féretro constituyó, sin duda, un gran alivio. Un alivio que no dejaba de ser la prolongación del que habíamos sentido la víspera, al escuchar el tañido de las campanas avisándonos de que debíamos de acudir a la celda de la moribunda. Su final estaba próximo y lo preceptivo hubiera sido que todas acompañásemos a nuestra hermana en Cristo durante el tránsito. Hubo, empero, varias ausencias: entre ellas, la mía. Gracias a Dios, sor Ernestina optó por ser magnánima con semejante muestra de debilidad e hizo la vista gorda. Y es que, lo mismo que era conocedora de que admirábamos la entereza con la que sor María cargaba con la abrumadora cruz de su pasado, sabía también que su mirada ausente y hermética, siempre absorta en su mismidad, nos producía espanto.

Un espanto que se enraizaba en un suceso sombrío que, si bien ocurrió antes de que sor María profesara como jerónima descalza, era vox populi en esta comunidad. Por muy chocante que pueda resultar, también entre nosotras hay quien hace de correveidile. De hecho, el runrún sobre ese turbio acaecimiento traspasó los muros de este convento casi a la par de que lo hiciera su protagonista. Desde que nos enteramos, no había recreación en la que no se suscitara el tema. Solían ser, no obstante, chismorreos sin malicia, hechos como tantos otros para liberarnos por un rato de la monótona vida de clausura. Pero que fueran hablillas hasta cierto punto inocentes no era óbice para que sor Ernestina se apresurara a acallarlas enseguida con el aserto de que los caminos del Señor son siempre inescrutables. Esa aseveración, en parte exculpatoria de la conducta pretérita de sor María, nos provocaba un tremendo desconcierto.

Y es que el hecho de que todo pudiera responder a un plan divino convertía en digna de admiración a una hermana en Cristo de la que no solo recelábamos, sino ante la que incluso llegábamos a sentir espanto. A este sentimiento ambivalente —mezcla de fascinación y estupor— había contribuido también la ambigua conducta de sor María de la Consolación. Desde que profesó como jerónima descalza hasta el día de su muerte, cumplió con rigor todas las normas de la orden y, a su manera, fue una buena hermana en Cristo para todas las demás. Pero, al mismo tiempo, mostró un mutismo extremo y un talante adusto, amén de que caminaba con tal sigilo y ligereza que parecía tener una corporeidad etérea. Aun así, lo que más desasosiego nos producía era tener que enfrentarnos a esos ojos, insomnes y enigmáticos, que siempre daban la impresión de estar viendo algo que nadie más veía.

No sé si alguna vez llegó a notar el recelo que ese mirarnos sin vernos despertaba en todas nosotras, pero lo cierto es que durante la recreación —único momento en el que las hermanas nos tomamos un momento de solaz hablando de cosas fútiles— se solía recluir en su celda. Las demás recibíamos ese gesto no exento de misantropía con asaz alivio: de estar presente, hubiéramos procurado conversar con la vista fija en el suelo o mirando solo de reojo para esquivar su turbadora mirada. En las raras ocasiones en las que fui capaz de cruzarme con ella en un pasillo sin bajar la vista, asomarme a la negrura de sus ojos, siempre intranquilos y mirando hacia ese algo ignoto y turbio que nadie más veía, me produjo la sensación de estar retrocediendo a esa época pretérita en la que aún se llamaba Micaela y estaba casada con un facineroso.

Y es que, si bien sor María de la Consolación no era la única jerónima descalza que había contraído nupcias mundanas antes de desposarse de forma definitiva con Cristo, sí era la única que, como parte de su destino, había tenido la misión de ser mano ejecutora de la justicia convirtiéndose en verdugo de su propio consorte. El auténtico desencadenante de este sañudo sino de sor María fue un luctuoso suceso muy sonado en esta ciudad. Hasta yo, a la sazón una niña de diez años, me enteré de lo ocurrido: al paso de la carroza de don Juan de Tarsis, conde de Villamediana, por la calle Mayor, había salido un hombre con la cara tapada de uno de los portales de la acera de san Ginés; en la mano portaba un arma con la que asestó una tajadura letal al antedicho fidalgo.

Recuerdo bien que ese cruento acto tuvo lugar un domingo de agosto a las nueve de la noche. Un día, por lo demás, muy caluroso, por lo que a esas horas las calles estaban a rebosar de gente que aprovechaba la anochecida para airearse. A la fuerza tuvo que haber chisperos y manolos que, aun sin pretenderlo, fueron testigos de la celada. De hecho, al día siguiente, en los mentideros de esta ciudad no se hablaba de otra cosa. En mi vecindario, verbigracia, escuché a los mayores debatir con enardecimiento sobre las posibles causas: que si el conde era amante de la reina, que si había cometido actos nefandos, que si había hecho sombra al valido del rey, que si había herido el orgullo de muchos con sus versos, que si era una ajuste de cuentas por celos... Incluso llegué a escuchar el nombre y el apellido del autor de la brutal herida que, en opinión del carnicero —gran docto en la materia—, había sido infringida con un fleme de los que se usan para sangrar a las bestias.

Durante un tiempo, tanto el nombre del sicario como el del autor del encargo estuvieron en boca de todos los madrileños. Pero, ya fuere por miedo a las represalias o por personal conveniencia, nadie quiso testificar; siendo así que ni la causa de semejante sangría ni la identidad de su autor se llegaron a saber de forma oficial, ni fueron tampoco documentadas por escrito. Tras el revuelo de los primeros días, las aguas regresaron a su cauce y yo no volví a escuchar ningún otro comentario sobre la muerte del conde hasta que sor María de la Consolación traspasó los muros de este convento y, con ella, el runrún de que había algo turbio en su pasado. Después de cuatro lustros de encierro —fui de vocación temprana y profesé siendo una mocita—, cualquier habladuría del exterior tenía sobre mi propiedades terapéuticas; circunstancia, esta, que exculpa, o cuando menos quita fierro, a mi manifiesta connivencia.

Tal vez por eso, si vuelvo la vista atrás, no me siento culpable de haber sido una de las que sonsacaron a la correveidile de turno: una hermana que, antes de vestir los hábitos de esta orden, había sido vecina de Micaela de la Fuente, nombre mundano de sor María de la Consolación. Que hubiera pasado mucho tiempo o que vistiera un atuendo muy diferente no impidió que reconociera a Micaela nada más verla. Al principio se mostró asaz discreta, ya que solo nos comentó que era una antigua conocida suya. Pero en el tono con que nos lo dijo creímos atisbar un cierto retintín y nos apresuramos a darle pábulo. No tardó demasiado en dejar caer un ladino comentario sobre que no todo era trigo limpio en el pasado de sor María. Lógicamente, nuestra curiosidad se desató y empezamos a sonsacarla. Fue a partir de ese momento cuando nos refirió por lo menudo todo lo que sabía de la vida de Micaela; una historia que, para mi asombro y contento, engarzaba con la resonada muerte acaecida siendo yo una niña.

Por aquel entonces, Micaela era una joven casadera con ciertas ínfulas de grandeza. Tenía un encandilado admirador, con fama de pendenciero y jactancioso, al que ella desdeñaba. Se llamaba Ignacio Méndez y era natural de Illescas. No mucho tiempo después del asesinato de la calle Mayor, fue nombrado Guarda Mayor de los Reales Bosques. El nombramiento no cambió la condición facinerosa y bravucona del pretendiente; pero sí le dio riqueza y poder y, a resulta de ambas cosas, cierto donaire impostado. Parece ser que, deslumbrada por esa espuria gallardía, Micaela cambió de opinión y se avino a contraer nupcias. Los detalles de lo que exactamente ocurrió entre las cuatro paredes del nuevo hogar solo los conocía sor María de la Consolación y se ha llevado el secreto a la tumba. Pero de lo que sí se habló en las recreaciones fue de la repentina muerte del hombre y de las afrentosas habladurías que, a raíz de esta, se difundieron sobre la viuda.

Según parece, el esposo de Micaela murió envenenado con una mezcla de arsénico, acónito y azafrán silvestre. La ponzoña fue añadida a un caldo licoroso de Illescas, localidad de donde era natural Ignacio. Tenía gran afición a esta bebida y solía degustarla al diario al término de las comidas. Las sospechas recayeron enseguida sobre la viuda. Pero ni había pruebas ni ganas de encontrarlas, por lo que se repitió la misma situación que, años atrás, tras la muerte del conde. Así, pues, Micaela quedó libre y en buena posición. La soledad, empero, pareció jugar en su contra —puede que ya entonces principiaran las espantosas pesadillas— y, huyendo de esta, contrajo nuevas nupcias con un conde leonés. El nuevo esposo no se parecía en nada al anterior: si el primero había sido reñidor y jactancioso, el segundo era piadoso y avaro con desmesura. Pero tampoco en esa ocasión le duró mucho la compañía: el leonés murió pronto, si bien en su caso fue de muerte natural. Micaela volvía a estar sola y, lo que era aún peor, aterrorizada por culpa de las horrendas pesadillas que asolaban sus noches. Y fue entonces cuando, presa de una angustia que le sobrepasaba, buscó refugio entre las paredes de este convento madrileño.

Convento de las Carboneras.jpg


Durante los últimos seis lustros, no solo he sido hermana en Cristo de sor María de la Consolación, sino que también hemos dormido pared con pared por ser nuestras celdas vecinas. Sé por ello que, de la misma forma que durante el día de su boca no brotaban otras palabras que las de los rezos preceptivos, en sueños hablaba con facundia; y al igual que sus ojos insomnes y su mirada absorta evidenciaban que no conseguía librarse durante la vigilia de las imágenes que le atormentaban, sus terrores nocturnos eran la prueba de que tampoco lo conseguía durante el sueño. Que se hubiera alejado del mundo y sus pompas, o que cumpliera sus obligaciones de religiosa con loable firmeza, no había bastado para que Micaela consiguiera librarse del pavor que la llevó a entrar en esta orden. Como siempre ha defendido sor Ernestina, los caminos del Señor son inescrutables y solo él sabe, por tanto, el motivo por el que sor María fue la elegida. Pero de lo que no cabe la menor duda, puesto que ha muerto en olor de santidad, es de que penó en vida por todas sus faltas punibles.

La mayoría de mis oprobios, en cambio, están aún pendientes de ser penados. Entre ellos, mi mezquina cobardía. Y es que, cuando mi vecina de celda gritaba en mitad de la noche, yo sucumbía a la tentación de pegar la oreja al tabique medianero para escucharla mejor. La más de las veces —por no decir todas— farfullaba frases sin sentido. Una que repetía con mucha frecuencia era precisamente la que más pululó por los mentideros madrileños tras el asesinato del conde. «¡Esto es hecho!», se afirmaba que había exclamado el moribundo después de recibir la mortífera cuchillada; «¡Esto es hecho!», solía exclamar también sor María antes de proferir, entre sollozos, un porfiado «¡Yo estuve allí!, ¡yo estuve allí!, ¡yo estuve allí...!». Lo decía, además, con tanta angustia que, de no haber sido yo tan cobarde — pensar en enfrentarme en mitad de la noche a sus negros ojos insomnes me paralizaba—, habría acudido a su celda para confortarla.

Mientras sor María estuvo viva, ni siquiera esas frases que tanto frecuentaba en sueños tenían sentido para mí. Ahora, en cambio, desde que la fragancia a nardos ha puesto en evidencia su santidad, tengo la sospecha de que, como parte de esos caminos inescrutables de nuestro Señor, en aquella calurosa anochecida de agosto, la joven Micaela podía hallarse paseando por la zona de san Ginés. Al ver tamaño revuelo en uno de los portales, la curiosidad debió hacerle acudir justo a tiempo de escuchar, de los exangües labios de don Juan, la frase con la que anunciaba esa muerte, en opinión de algunos, deseada —«Temida, buscada muerte», había escrito el conde cinco días antes de morir—. Y porque la joven presenció el horror provocado por el ya fugado matarife, cuando años después descubrió con quién se había casado —quizás también Ignacio tuviera horrendas pesadillas y se delatara en sueños—, no pudo hacer otra cosa que ofrecerle la copa que le haría morir de un cólico miserere.

Cuando tengo estos infames pensamientos, más propios de una impía que de una jerónima descalza, me digo que son solo desvaríos porque Nuestro Señor es pura bondad y nunca condenaría a nadie —ni siquiera a un asesino sanguinario— a una muerte tan dolorosa. Me coloco, entonces, un cilicio en la cintura y me fustigo la espalda con la disciplina. Pero, mientras me flagelo, se me viene a la cabeza la escena bíblica en la que Jesús, airado y látigo en mano, arrojó a los mercaderes del templo, y mi mente se confunde. Se confunde porque soy una pecadora a la que le falta la humildad de sor Ernestina para asumir, con todas sus consecuencias, que los caminos del Señor son inescrutables. Peco, pues, de orgullo al cuestionarme, aunque solo sea de pensamiento, que pueda ser cierto que quien ajustició al verdugo del conde haya muerto en olor de santidad…

Mientras a solas en mi celda me hago estas reflexiones, ahí fuera su tumba sigue exhalando ese olor a nardos que, durante el sepelio, a punto estuvo de acabar con la comunidad entera por los suelos. Cada vez que paso junto a la sepultura y aspiro la agradable fragancia que emana de su interior, siento envidia de esa sor María de la Consolación que, ataviada con su blanca cogulla mortuoria, no tiene ya otra misión que ungir in aeternum los pies de Jesús con ese preciado perfume. Pero luego, cuando recuerdo la negrura de sus ojos insomnes y sus lastimeros gemidos nocturnos, pienso en la cruz que portó sobre sus hombros en vida y concluyo que fue demasiado pesada. Y sin poder evitarlo, delatando una impiedad de la que me avergüenzo, me digo que fue una gran suerte que, en aquel aciago crepúsculo de agosto, fuera ella, y no yo, quien estuviera allí.

..
Muerte del conde de villamediana.jpg





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Última edición por jilguero el 21 May 2021 15:22, editado 4 veces en total.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por lucia »

Gretogarbo escribió: 05 May 2021 18:34
magali escribió: 05 May 2021 18:07En esto, los fabricantes no contribuyen poque dicen que las puedes echar al inodoro. Comprobadlo en el envase el próximo día que vayáis al súper.
Quiero creer que cuando lo pone es porque están compuestas de materiales biodegradables, magali, pero no lo sé. Ahora, que comienzan a abundar bolsas compostables para la fruta y embutido, por ejemplo, no creo que sea tan complicado fabricar toallitas con la misma condición. Que conste que las pocas que se usan en mi casa acaban en la basura no orgánica.
La bolsas esas, tampoco compostan bien, por mucho que digan. Hice la prueba hace algún tiempo y todavía es distinguible después de meses.

En cuanto a las toallitas, si sois de los que os gustan, mejor utilizad papel de cocina humedecido que las toallitas. Las toallitas las he visto yo tapando sensores en los alcantarillados después de días y días medio sumergidas.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

lucia escribió: 09 May 2021 18:50La bolsas esas, tampoco compostan bien, por mucho que digan. Hice la prueba hace algún tiempo y todavía es distinguible después de meses.
Debe hacer un año, poco más o menos, que las aporto al compost, pero todavía no sé el resultado porque mi pila de materia orgánica en grande. Ya te contaré.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por lucia »

Quedo a la espera. Yo tengo que conformarme con una pila pequeñita dentro de un cubo de basura.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por luchana »

Menuda intriga con tu pamplina. Me ha tenido en tensión.
Muy bonito.
Gracias jilguero.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por luchana »

Y creo que aquí debiera de figurar la canción de Mikel Laboa "Txoria txori" El Pájaro es pájaro.

Como la letra es preciosa he buscado la traducción y la he puesto.


Txoria txori_________________El Pájaro es pájaro

Hegoak ebaki banizkio________ Si le hubiera cortado las alas
nerea izango zen,____________ habría sido mío,
ez zuen aldegingo.___________ no habria escapado.
Hegoak ebaki banizkio________ Si le hubiera cortado las alas
nerea izango zen,____________ habría sido mío,
ez zuen aldegingo.___________ no habria escapado.

Bainan, honela________________________ Pero así,
ez zen gehiago txoria izango____________ habría dejado de ser pájaro.
Bainan, honela________________________ Pero así,
ez zen gehiago txoria izango____________ habría dejado de ser pájaro.
eta nik...____________________________ Y yo...
txoria nuen maite______________________yo lo que amaba era un pájaro.
eta nik..._____________________________ Y yo...
txoria nuen maite._____________________yo lo que amaba era un pájaro.
lara lala...___________________________Lara lara...




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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Luchana, gracias por leerte la pamplina :60:.

Y gracias por dejarnos aquí esta bonita canción, con traducción incluida, pues es una bella historia y muchos no entendemos el vasco . :wink:


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

Mirad, jilguero y Cata (permítaseme la confianza), en la novela que estoy leyendo nombran a Santa Catalina.

Imagen

La santa es la figura arrodillada a la izquierda de la Virgen María; la figura de la derecha corresponde a Santa Bárbara. Aquí tenéis más información sobre este cuadro, que pertenece a un tríptico del pintor alemán Hans Memling.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 12 May 2021 14:42 La santa es la figura arrodillada a la izquierda de la Virgen María; la figura de la derecha corresponde a Santa Bárbara.

Pues ahora que Greto nos trae un cuadro donde aparecen juntas Santa Catalina* y Santa Bárbara**, aprovecho para contarle a Cata que el cuadro de santa Cata del Guadiana, de autoría desconocida y que es objeto de exposición una vez al año en Cádiz, se basa precisamente en un cuadro de santa Bárbara.

Santa Bárbara de Campin.jpg
Santa Bárbara, de Robert de Campin


La verdad es que el pintor de marras, a partir del busto de Santa Bárbara, montó un buen gatuperio iconográfico, en su afán de reflejar diversos sucesos de la azarosa vida de Santa Cata.

Santa Cata del Guadiana Mártir de las Letras, de las Ciencias y de las Artes.jpg

* Santa Catalina nació hacia el 290 en el seno de una familia noble de Alejandría, en Egipto. Dotada de una gran inteligencia, destacó muy pronto por sus extensos estudios, que la situaron al mismo nivel que grandes poetas y filósofos de la época. Una noche se le apareció Cristo y decidió, en ese momento, consagrarle su vida, considerándose, desde entonces, su prometida. El tema del matrimonio místico es común en el Este del Mediterráneo y en la espiritualidad católica.

** La Leyenda dorada de Jacobo de Vorágine cuenta que santa Bárbara vivió cuando el cristianismo era aún clandestino. En realidad, su padre era pagano y aborrecía a los cristianos, pero no sabía que su propia hija lo era. Cuanto éste iba a realizar un largo viaje, decidió construir una torre para encerrar a su hija y protegerla de posibles pretendientes demasiado voluntariosos. Partió cuando aún la torre-prisión no estaba terminada, ocasión que aprovechó Bárbara para pedir a los albañiles que hicieran en ella tres ventanas y, así, poder rezar a las tres personas de la Santísima Trinidad, dogma del que era muy devota. Al volver del viaje, su padre se enteró de que su propia hija era cristiana y decidió castigarla cruelmente, pero cuando la iban a azotar, los látigos se convirtieron en plumas. Después de varios intentos infructuosos de atormentar a la santa, su padre decidió cortarle la cabeza él mismo, tal era su odio hacia los cristianos. Mas, una vez cometido el crimen, en ese mismo instante un rayo lo fulminó y lo convirtió en una bola de fuego hasta consumirlo. Por eso, se dice que santa Bárbara protege de los rayos y es patrona de los artilleros.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »


Gracias al dichoso virus y a pasear cuando la playa está solitaria, Cata, estoy viendo cosas que no veía antes. Por ejemplo, estos días he visto cómo bostezan las gaviotas y lo a gusto que se quedan. De momento, no he logrado ver si en ellas es también algo contagioso, pero estoy vigilante a ver si las pillo bostezando en cadena. Ya te contaré.

Y mira que día más magnifico tenemos hoy.

Bajamar.jpg

Hasta los barcos azulean en el horizonte.


Barco azuleante.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 13 May 2021 19:05... estos días he visto cómo bostezan las gaviotas y lo a gusto que se quedan. De momento, no he logrado ver si en ellas es también algo contagioso, pero estoy vigilante a ver si las pillo bostezando en cadena. Ya te contaré.
Toda la vida criando pajaroides diversos y es la primera noticia que tengo de tal cosa, jilguero. Pero parece ser que sí, que bostezáis. Os he visto hacerlo muchas veces pero yo siempre lo había interpretado como un simple ejercicio para el pico.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por luchana »

Imagen

Aquí alguna gaviota practica el surf.
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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 13 May 2021 19:54 Os he visto hacerlo muchas veces pero yo siempre lo había interpretado como un simple ejercicio para el pico.
Pues yo no lo había visto o no lo había reconocido como tal. La cuestión es que hará un mes vi a una gaviota abrir el pico y regodearse de tal manera que me dije: ¡Ni que estuviera bostezando...! Pero es que lo he vuelto a ver y ya el otro día lo vi clarísimo, pues le faltó ponerse la pata delante para parecer un bostezo humano (jajaja). Ahora lo que quiero es comprobar si es contagioso.
luchana escribió: 13 May 2021 23:35 Aquí alguna gaviota practica el surf.
Buen entretenimiento. A todo esto, ¿de dónde habrá sacado la tabla?


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jose2v »

jilguero escribió: 14 May 2021 18:00
Gretogarbo escribió: 13 May 2021 19:54 Os he visto hacerlo muchas veces pero yo siempre lo había interpretado como un simple ejercicio para el pico.
Pues yo no lo había visto o no lo había reconocido como tal. La cuestión es que hará un mes vi a una gaviota abrir el pico y regodearse de tal manera que me dije: ¡Ni que estuviera bostezando...! Pero es que lo he vuelto a ver y ya el otro día lo vi clarísimo, pues le faltó ponerse la pata delante para parecer un bostezo humano (jajaja). Ahora lo que quiero es comprobar si es contagioso.
luchana escribió: 13 May 2021 23:35 Aquí alguna gaviota practica el surf.
Buen entretenimiento. A todo esto, ¿de dónde habrá sacado la tabla?
El tío, o la tía, de la tabla, con el sol y la refracción, se estará dando un chapuzón :loco:

¡Si es que la gente lo deja tó por medio! :mrgreen:
Rebelde hasta mi muerte,
yo seguiré soñando.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por luchana »

La tabla está fondeada ahí y tiene pinta de estar años sin moverse.
Al lado hay una defensa que será par fondear algún bote.
Se la ve en google maps
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