El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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jilguero
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El ángel caído




Ángel caído.jpg

Corría el trece de agosto del año 2021 y las campanas del convento de la Carmelitas Descalzas acababan de tañer anunciando la hora del ángelus. Las hermanas se congregaron de inmediato en el coro y sus gargantas carraspearon aclarándose la voz antes de iniciar el angelical canto. Enseguida se escucharon unos precipitados pasos tras la reja que separaba el coro del resto del mundo; y sin necesidad de levantar la vista, a la sazón ya baja en señal de recogimiento, sor María supo que había llegado fray Antonio.

La vida en el convento transcurría con un orden y, sobre todo, con un ritmo que recordaba al de la maquinaria de un reloj de manufactura suiza. De ahí que ella no hubiera necesitado mirar para saber que aquellos pasos eran del confesor y oficiante del resto de los actos litúrgicos del convento. No formaba parte de sus obligaciones y, sin embargo, por razones que sor María desconocía, en cuanto las campanas repicaban anunciando la hora del ángelus, el fraile acudía al templo y sumaba su voz a las de las religiosas.

Donde más de cerca lo veía era en el confesionario, cuyas rejillas laterales eran de un entramado lo bastante espacioso como para permitirle apreciar que fray Antonio era un tanto coquetuelo. La barba, por ejemplo, la llevaba siempre bien recortada, el hábito impoluto y, cuando se descubría la cabeza para entrar en el templo, se preocupaba de que la capucha quedase correctamente replegada; en lo único en lo que manifestaba cierta dejadez —en apariencia, a posta— era en el cabello, que se atusaba de vez en cuando hacia atrás con las manos. Por otro lado, acudía a los actos con la misma puntualidad de reloj helvético que lo hacían las carmelitas, solo que llegaba siempre con algo de retraso y, en consecuencia, a la carrera.

En las recreaciones, sor María había escuchado comentarios sobre que fray Antonio había sido de vocación tardía, si bien ahora llevaba una vida muy recoleta, no teniendo con la gente apenas otro trato que el —ya de por sí frugal— mantenido entre los muros de aquel convento. Ella se imaginaba, pues, al adusto fraile trajinando en la huerta o paseando en solitario con la mente siempre absorta en profundas cavilaciones místicas. Ese supuesto arrobamiento explicaba, a su vez, que el repique de campanas le cogiera siempre por sorpresa y hubiera de llegar a los sitios con premura. Y a ese raudo ajetreo se debía, sin duda, la complexión atlética que su siempre impoluta cogulla de lino no lograba disimular del todo.

En el recinto sagrado se podía ahora escuchar el tictac del reloj de la sacristía: una señal inequívoca de que todo el mundo estaba ya listo. La hermana priora carraspeó de forma casi imperceptible y, a continuación, entonó el primer versículo. Un límpido «Angelus Domini nuntiavit Mariae» inundó el coro; el resto de los presentes, incluido fray Antonio, respondieron al unísono con un no menos diáfano «Et concepit de Espiritu Sancto». Sor María tenía ciertas capacidades sinestésicas y, entre las candorosas voces celestes de las carmelitas, la del fraile la solía percibir de un azul más intenso. Pero lo que escuchó aquel trece de agosto fue algo inaudito: esa vez, la voz del confesor resonó teñida de un azul nazareno tan oscuro que se podría decir que rayaba en el negro. Que semejante lobreguez procediera de la garganta de fray Antonio le resultaba tan poco verosímil que no le quedó otro remedio que abandonar el recogimiento y levantar la vista para dirimir si quien estaba al otro lado de la reja era, o no, el bendito fraile.

En efecto, allí estaba fray Antonio, en actitud recogida, arrodillado en el reclinatorio que había justo delante del altar. A sor María le sorprendieron, empero, ciertos detalles de su aspecto, como el que ese día tuviera la barba un tanto asilvestrada o el hábito menos cuidado que de costumbre. Pero lo que de verdad le puso en alerta fue descubrir que estaba cantando el ángelus sin quitarse la capucha. Mientras reflexionaba sobre el significado de esas mudanzas, oyó la seráfica voz de la priora entonado el «Ecce ancilla Domini» del segundo versículo; y sin poder evitarlo, sor María, que ya tenía la mosca detrás la oreja, aguzó el oído para captar cualquier nuevo matiz. En medio de los límpidos celestes de sus hermanas en Cristo coreando el resignado «Fiat mihi secundum verbum tuum», escuchó la voz del fraile entintada de un azul tan tenebroso que hubo de taparse la boca con la mano para abortar un extemporáneo: «¡Jesús, José y María!».

El resto de las carmelitas carecían de dotes sinestésicas; y ajenas a la insólita metamorfosis vocal sufrida por el fraile, continuaron cantando con normalidad, aunque sin la participación de sor María, a la sazón enmudecida. La priora moduló entonces el «Et Verbum caro factum est»; a lo que los demás replicaron con el habitual «Et habitavit in nobis». En ese momento, sor María se hallaba ya sumergida en un mar de dudas sobre cuál podría ser la causa del ensombrecimiento de la voz del fraile; y escuchar ese tercer versículo del ángelus, anunciando que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, hizo que se le ocurriera la peregrina idea de que un ángel caído se podía haber encarnado en el cuerpo de fray Antonio. La sola posibilidad de que su ocurrencia fuera cierta le generó un gran desasosiego. Mas para acabar de poner a prueba su temple la voz frailuna entonó, en estas, el amén final del ángelus con la tonalidad azul de costumbre.

Después de ese singular suceso, las aguas parecieron volver a su cauce. Lo único reseñable en aquellos días fue que, a raíz de una conducta imprudente, sor María comenzó a padecer pesadillas impropias de su estado. Quiso el azar que uno de los tabiques de su celda fuese medianero con el edificio de viviendas que había junto al convento. Y justo por esa época, algunas noches, a la hora de acostarse, escuchó hablar a una mujer al otro lado del muro. Sus palabras le llegaban en una tonalidad azul celeste que no difería mucho de la de las voces de sus hermanas en Cristo. En cambio, las palabras de sus acompañantes —alguien diferente cada noche— las percibía de un azul oscuro similar al de la voz de fray Antonio en el día de autos. Y la primera noche, convencida de que era él, cometió la bochornosa indiscreción de pegar la oreja a la pared.

Su fino oído sinestésico le permitió descartar de inmediato la posibilidad de que el visitante fuera fray Antonio. Sor María era, empero, muy curiosa y le cogió gusto a espiar —aunque fuera a ciegas— a su vecina de celda; y sin saber muy bien cómo ni por qué, se estableció entre ellas un etéreo pero intenso vínculo. En su caso, una suerte de admiración que se reforzó mucho después de que sus cavilaciones —mientras se encontraba en el obrador tenía mucho tiempo para reflexionar— le llevaran a concluir que lo que su vecina hacía con sus acompañantes no era otra cosa que ejercer la caridad. A partir de ese momento, decidió llamarla Auxiliadora y, además de admiración, comenzó a tenerle envidia.

Sor María había profesado en la orden de adolescente y, aunque estuviera poco ducha en la vida mundana, sabía perfectamente lo que era estar transida de amor. Los gemidos que escuchaba a través del tabique le evocaban ese «romperse en otro cuerpo» del que les había hablado la priora un tiempo atrás. En esa recreación, las novicias se hallaban conversando sobre las luces y las sombras que la vida de clausura tenía para ellas. La priora era la carmelita con mayor experiencia de esa comunidad y se sintió en el deber de intervenir para informarlas del gran gozo que experimentarían, una vez hicieran los votos y se desposaran, al unirse con su esposo. «Estoy enamorada de Cristo. Locamente. Es aquí donde él me quiere, y a lo único a lo que yo aspiro es a romperme en su cuerpo.», fueron sus palabras.

Las experiencias amorosas de sor María habían sido hasta entonces de índole mística, aunque no por ello menos gozosas. Pero conforme se fueron estrechando los lazos con Auxiliadora sus sueños se volvieron más lúbricos. En un primer momento, le parecieron pesadillas impropias de su condición y le produjeron tal renuencia que se hizo el firme propósito de no volver a pegar la oreja a la pared. Fue entonces cuando, mientras trabajaba en el obrador, reflexionó a fondo sobre el asunto, y llegó a la conclusión de que Auxiliadora se prestaba a dar consuelo con su cuerpo a gente de la que no estaba locamente enamorada. Su entrega era, pues, más caritativa que la profesada por las carmelitas a Cristo. Amén de que los visitantes de su vecina, a tenor del azul rayando en el negro de sus gemidos, parecían ser las víctimas de algún ángel caído; y lo único que Auxiliadora hacía al romperse en sus cuerpos era liberarlos de esa onerosa servidumbre.

Su admiración y su envidia fue in crescendo y, como por arte de magia, llegó al fin la noche en la que por primera vez sor María creyó ser la otra en sueños; y se dejó acariciar y acarició al visitante de turno, hasta romperse en un estallido de gozo nunca antes alcanzado. Ya despierta, se sintió una pecadora infame y sus sollozos de autocompasión se unieron a los que, justo en ese momento, se escuchaban al otro lado del tabique. Pero ese primigenio sentimiento de culpa no impidió que hubiera más transgresiones oníricas; ni tampoco que sor María empezara a pensar de sí misma que era una mujer generosa, capaz de entregarse a aquellos desconocidos sin necesidad de amarlos ni de preocuparse por su condición de meros hombres o de reencarnaciones de algún ángel caído.

Cuando estaba despierta, las experiencias amorosas de sor María seguían siendo místicas y muy gozosas; aunque cada vez le creaban más mala consciencia por encontrarlas demasiado elitistas y faltas de altruismo. En paralelo, su lenguaje había sufrido una paulatina vulgarización, la cual, si bien le agradaba en tanto cuanto le hacía sentirse más cercana a los parias del mundo, le creaba al mismo tiempo un problema a la hora de dirigirse a sus hermanas en Cristo. Temía que aquella jerigonza, a todas luces indigna en una carmelita, pudiera escandalizarlas y, como solución, había optado por llevar a raja tabla el voto de silencio y solo pronunciaba ya monosílabos. Pero sor María era adicta a la humildad y su mutismo estaba teniendo una consecuencia indeseable: el resto de la comunidad creía que ese silencio extremo era la prueba de que estaba cada vez más cerca de la añorada santidad.

A pesar de que últimamente ya no se escucharan gemidos de noche, sor María estaba segura de que Auxiliadora continuaba estando al otro lado del tabique y, antes de acostarse, seguía pegando la oreja a la pared para escuchar los latidos de ese corazón magnánimo que tanto envidiaba. Durante el día, en el tiempo que pasaba en el obrador trabajando con sus manos la masa de las sagradas formas, solía soñar despierta. Y aquella mañana no fue una excepción… Estaba en su celda, tanteando con las manos la superficie del muro medianero. Buscaba el lugar idóneo por el que excavar un pasadizo para traspasarlo y, por unas horas, convertirse en la otra. En esta ocasión, a sor María se le tensaron los dedos de una forma extraña y, sin poder hacer ella nada por evitarlo, vio cómo sus uñas dejaban en la harina una serie de rastros que se le antojaron un presagio de que al fin la hora había llegado.

Recelosa, mas también esperanzada, cerró los ojos y, como por ensalmo, el añorado milagro tuvo lugar… La habitación era pequeña y se hallaba en penumbra; a través del ventanuco que daba al patio, se oían las voces de unas vecinas discutiendo por una nadería. Se dio cuenta, entonces, de que sus manos ya no trabajaban la masa, sino que se deslizaban con una destreza inopinada sobre la piel sudorosa de un cuerpo desnudo. En estas, unos gemidos de placer llenaron la estancia de un azul tan oscuro que parecía rayar en el negro. Verse inmersa en aquella lobreguez azulona hizo que se desvanecieran sus dudas de lo que estaba haciendo allí: él era un ángel caído encarnado en el cuerpo de aquel hombre; ella, la mujer encargada de redimirlo.

Y la certidumbre de que su tarea era redentora tuvo la virtud de sosegarle el espíritu y henchirle el corazón de gozo.


El ángel caído.jpg







(La otra cara de la misma moneda)
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Última edición por jilguero el 11 Sep 2021 21:16, editado 2 veces en total.


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Hoy, Cata, se me han pegado un poco las sábanas y eso me ha hecho llegar al extremo de la Punta de san Felipe justo cuando Lorenzo debía estar ya asomando en el horizonte. Pero también a él se le han pegado las sábanas y lo que he visto ha sido una amanecida en tono pastel.


Amanecida pastel.jpg


En una segunda escapada dominical, he estado un rato mirando estas dos fuentes gemelas que se encuentran en un extremo y otro de la Alameda Apodaca. Los dos hermanos de molde (lo sé de buena tinta) se encuentran enfrentados (me refiero a su posición) y algún día habremos de agudizar el oído para escuchar qué se están diciendo.

Niño con pez.jpg
Niño con pez bis.jpg


Por cierto, hoy día de Levante y, de nuevo, mucho calor. Confío en que sean ya los últimos coletazos del verano.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Por fortuna, Cata, ya va refrescando. Me sorprende lo mucho que me fastidia ahora el calor y el poco caso que le hacía entonces. Porque, cuando era niña, el calor no era impedimento para que yo deseara seguir con mis juegos y, justo por eso, en verano, los días más calurosos, después de comer, mientras ella se quedaba levantada y trajinando en la casa, mi santacatalina nos obligaba, a la Hacendosa y a mi (a la sazón, las más benjaminas de los asilvestrados), a acostarnos con el pescador, en la cama de matrimonio, para que durmiéramos la siesta y no nos fuéramos a jugar al exterior.

Aquel lecho, habitualmente prohibido, nos era muy placentero cuando él, por alguna razón, debía de pasar una noche fuera de casa y nosotras corríamos a acostarnos con ella; nos leía cuentos de un tomo gordísimo de los Hermanos Grimm (se me viene ahora a la cabeza Los tres pelos de oro del diablo). Nos fastidiaba, en cambio, si nos veíamos obligadas a meternos en él de forma involuntaria, como era el caso de las siestas veraniegas, cuando fuera seguía la vida y a nosotras se nos ocurrían multitud de actividades mejores que dormir.

Nos acostábamos, pues, refunfuñando, si bien el mal humor no nos duraba demasiado. Y es que el pescador, para tratar de dormirnos, nos contaba historias. La memoria ya no me alcanza a tanto, pero sí recuerdo vagamente una que nos gustaba mucho y a menudo le pedíamos que nos contara. Hacía alusión a un niño al cual dieron un baño de oro y pasearon por toda la ciudad como si fuera una estatua y, al final del desfile, había muerto asfixiado.

Pero, sobre todo, Cata, recuerdo que nos hablaba de los insectos y de sus conductas. Como el escarabajo pelotero que hacía una bola con los excrementos de animales, como caballos y vacas, y ponía sus huevos dentro. A estos los habíamos visto en acción en la carretera que recorríamos cuando íbamos a bañarnos a la alberca de los Navarros, ya que por allí pasaban las “bestias” (palabra genérica usada para los equinos, fundamentalmente mulos y burros, más raramente caballos, usados en tareas varias) y no era raro toparse con sus boñigas.

O de las mantis religiosas, cuya ferocidad, en el caso de las hembras, tiempo después tuvimos la oportunidad de comprobar personalmente en la jaula que él hizo para criarlas. O de las hormigas que apresaban a los pulgones y los ordeñaban para robarle un néctar dulce que ellos generaban; algo que me llevó, junto a otras razones, a tratar de hacer un hormiguero en una caja transparente que fue un fracaso. O de las abejas elaborando la miel para alimentar las larvas de las futuras obreras y la jalea real para alimentar a la futura reina de la colmena.

Entonces, tanto ella como él, eran para nosotros como dioses, que todo lo podían (nos hacían sentirnos seguros) y todo los sabían. Sería muchos años después, una vez llegó la hora de abandonar la casa del pueblo y, por ende, de sacar todas las cosas que había dentro de ella, cuando yo descubriría que mucha de la sabiduría paterna en aquellas calurosas siestas veraniegas procedía de un librito de Fabre: La vida de los insectos. Lo conservo en casa como una reliquia de ese mundo que fue y del que dentro de unos años desaparecerá cuando desaparezcamos quienes lo vivimos. De hecho, yo me había olvidado ya del libro y lo recordé, no hace mucho, leyendo un libro de insectos que me recomendó Hexa.

La vida de los insectos.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 07 Sep 2021 19:20Sería muchos años después, una vez llegó la hora de abandonar la casa del pueblo y, por ende, de sacar todas las cosas que había dentro de ella, cuando yo descubriría que mucha de la sabiduría paterna en aquellas calurosas siestas veraniegas procedía de un librito de Fabre: La vida de los insectos. Lo conservo en casa como una reliquia de ese mundo que fue y del que dentro de unos años desaparecerá cuando desaparezcamos quienes lo vivimos.
Que no por proceder de un libro era menos sabiduría, jilguero. De aquella, los documentales sobre animales en la televisión eran escasos. Supongo que años después, ver esos programas formaba parte del día a día del pescador de ojos azules.

Por cierto, es una maravilla seguir leyendo tus pamplinas. Estas dos últimas, separadas por un muro de ladrillo de diez centímetros, han estado muy bien. Me pregunto de dónde sacas tanta imaginación.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 08 Sep 2021 10:43 Que no por proceder de un libro era menos sabiduría, jilguero. De aquella, los documentales sobre animales en la televisión eran escasos. Supongo que años después, ver esos programas formaba parte del día a día del pescador de ojos azules.
Claro, claro, solo quería resaltar que de niños endiosamos a los padres y los creemos poseedores de ciencia infusa. Y el pescador de los ojos azules disfrutó mucho con Rodríguez de la Fuente y el capitán Cousteau. Luego tuvo su época de Internet y se veía multitud de reportajes sobre todo marinos. A él le tengo que agradecer mi afición por la Naturaleza.
Gretogarbo escribió: 08 Sep 2021 10:43 Por cierto, es una maravilla seguir leyendo tus pamplinas. Estas dos últimas, separadas por un muro de ladrillo de diez centímetros, han estado muy bien. Me pregunto de dónde sacas tanta imaginación.
Me alegro de que hayan sido de tu agrado. Yo me lo he pasado muy bien tanto a un lado como al otro del tabique, y me he reído mucho viendo llegar al bendito de fray Antonio, con su impoluta cogulla de lino, siempre a la carrera. En cuanto a la imaginación, te diría que es cuestión de aprender a bordear la realidad, dejando que esta ponga el esqueleto y tú los adornos. En cuanto a los últimos, a veces no soy yo sola quien los imagina, sino que recibo ayuda de terceros. Hubo una época, por ejemplo, en la que Hexa, con su peculiar humor, me marcaba mucho el rumbo. Ahora, que parece haberse quedado dormido debajo de una cama de Alpedrete :silbando:, sois otros quienes me los marcais.



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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por luchana »

Gracias por tus pamplinas pajarito.
Te mando una cancion muy bonita que habla de un pájaro libre, con la letra en castellano. Quizás la conozcas
[youtube]http://youtu.be/QlEFPQbqBQU[/youtube]

Y aquí con la letra original en euskera.
[youtube]http://youtu.be/0NW7CZxOxhI[/youtube]
No se ponerlo para que se abra directamente. Lo siento
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Gracias, luchana (y magali). Es una canción preciosa, tanto la música como la letra :chino: .


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Muchas gracias, Magali
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »


Llevo unos fines de semana, Cata, que mientras doy el paseo matutino escucho Canal Sur Radio porque hay un programa en el que van hablando de pueblecitos andaluces, muchos de los cuales no conozco, y dicen cosas curiosas.

Hoy, por ejemplo, han hablado de Pizarra, un pueblo malagueño situado en el valle del Guadalhorce. De él me ha llamado la atención unas construcciones típicas denominadas “cascareros”, cuya función era secar frutos como higos y almendras, pero sobre todo las cáscaras de cítricos.

Son construcciones de piedra encalada, con varias plantas separadas unas de otras con vigas de madera y cañizos, pero sin paredes exteriores; los techos son a dos aguas y con tejas árabes. Yo creo haber visto alguna pero pensé que eran secaderos de tabaco.

Cascarero.jpg

Lo que me ha resultado curioso, aparte de que exista una construcción típica con ese fin, es lo que han dicho del destino de esas cáscaras secas de cítricos y de su pulpa. Según ha comentado una lugareña, al estar en la vega del Guadalhorce, de siempre han abundado los cítricos.

Pues bien, antiguamente (cuando se reciclaba todo con naturalidad), las mujeres pelaban las naranjas, que en esa zona son por lo visto cascarudas, las cáscaras las ponían a secar en el interior de los cascareros y los gajos ha dicho que se lo comían las vacas. Pero a continuación ha comentado que se usaban esos animales para múltiples labores y eso me hace pensar que eran más bien bueyes. En cualquier caso, no sabía yo que a los bóvidos les gustan las naranjas.

Una vez secas, hacían con ellos un polvo que se utilizaba tanto para la fabricación de ¡pólvora! como esencias, colorantes, productos medicinales, etc.

Hoy en día, si bien quedan algunas construcciones en pie, no se usan ya para lo que fueron concebidas sino más bien como museos donde se guardan antiguos aperos de labranza y otros útiles que sirven de recuerdo de las antiguas tradiciones del valle.

También han hablado de un pueblo de Huelva, Puerto Moral, muy pequeñito, y del que me ha llamado la atención el gentilicio que es “panzurraco”. Cuenta la leyenda que a la entrada (o la salida, según de donde se venga) del pueblo había una fuente cuya agua daba mucha hambre a quien la bebía y eso hacía que los lugareños acabaran con la panza inflada.

Y te dejo esta musiquilla beethoviana que es muy agradable para una tranquila mañana de sábado como la de hoy :D




PD: se me pasó comentarte, Cata, que las palabras de la priora de la última pamplina no son palabras "sacrílegas" de cosecha propia, sino que son palabras cándidas dichas por una monja de clausura hablando de su unión con Cristo. :wink:
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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jilguero escribió: 11 Sep 2021 10:08
Pues bien, antiguamente (cuando se reciclaba todo con naturalidad), las mujeres pelaban las naranjas, que en esa zona son por lo visto cascarudas, las cáscaras las ponían a secar en el interior de los cascareros y los gajos ha dicho que se lo comían las vacas. Pero a continuación ha comentado que se usaban esos animales para múltiples labores y eso me hace pensar que eran más bien bueyes. En cualquier caso, no sabía yo que a los bóvidos les gustan las naranjas.


Recuerdo cuando tenia 7 años iba a veranear a Espinosa, un pueblo del norte de Burgos, a casa de mi tio que tenia una yunta de vacas, como la mayoria de los espinosiegos. Y tiene mucho sentido, una yunta de vacas te da leche y un par de terneros al año.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

luchana escribió: 11 Sep 2021 12:59
jilguero escribió: 11 Sep 2021 10:08
Pues bien, antiguamente (cuando se reciclaba todo con naturalidad), las mujeres pelaban las naranjas, que en esa zona son por lo visto cascarudas, las cáscaras las ponían a secar en el interior de los cascareros y los gajos ha dicho que se lo comían las vacas. Pero a continuación ha comentado que se usaban esos animales para múltiples labores y eso me hace pensar que eran más bien bueyes. En cualquier caso, no sabía yo que a los bóvidos les gustan las naranjas.


Recuerdo cuando tenia 7 años iba a veranear a Espinosa, un pueblo del norte de Burgos, a casa de mi tio que tenia una yunta de vacas, como la mayoria de los espinosiegos. Y tiene mucho sentido, una yunta de vacas te da leche y un par de terneros al año.
Curiosa apreciación.
Vamos, que la lugareña ha hablado con propiedad y las yuntas serían también de vacas. Jilguero no hagas tantas deducciones y fíate más de la gente :colleja: .


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 11 Sep 2021 13:44Vamos, que la lugareña ha hablado con propiedad y las yuntas serían también de vacas. Jilguero no hagas tantas deducciones y fíate más de la gente...
Secundo a luchana. Aquí, lo normal era tener vacas y no bueyes por el mismo motivo que ya ha comentado él. La rubia gallega tiene triple aptitud: carne, leche y trabajo. Mira este ejemplar, con una excelente conformación de ubres y bien entrada en kilos.

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Pero no te collejees, jilguero.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 11 Sep 2021 14:09
jilguero escribió: 11 Sep 2021 13:44Vamos, que la lugareña ha hablado con propiedad y las yuntas serían también de vacas. Jilguero no hagas tantas deducciones y fíate más de la gente...
Secundo a luchana. Aquí, lo normal era tener vacas y no bueyes por el mismo motivo que ya ha comentado él. La rubia gallega tiene triple aptitud: carne, leche y trabajo. Mira este ejemplar, con una excelente conformación de ubres y bien entrada en kilos.

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Pero no te collejees, jilguero.
La colleja es por dudar de una lugareña que sabía perfectamente lo que decía.

¡Menuda pinta tan buena tiene la rubia gallega! Tres en una, oiga, ¿alguien da más?


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »


Día nublado, salpicado de lluvia y de penumbra.

Penumbra que me habla de esa otra penumbra vivida en la casa donde vine al mundo. Una casa que, como otras muchas del pueblo, eran casas pensadas para el rigor del verano y en invierno eran frías y oscuras.

Oscuridad que me hace pensar en el nudo en la garganta que, en días como este, se le debía hacer a tía Pepa al ver que el verano daba sus últimos coletazos y se le venía encima un largo invierno de soledad.

El otoño, Cata, que asoma ya las orejas, mientras el fuego arrasa Sierra Bermeja y el Valle del Genal. Ese valle por el que he paseado escuchando el canto del pito real y que recuerdo salpicado del alcornoques y jaras.

Sí, Cata, está ardiendo ese valle donde una día, al igual que el forastero, mientras me dirigía a Benalauría, escuché repicar las campanas de Algatocín.





La doble sonrisa :party: La noche que conocí a Vibeke

El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre (A. Camus)
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