Vampirismo - E.T.A. Hoffman (cuento)

Novela gótica, de vampiros, hombres-lobo y demás engendros de la noche.

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sergio88
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Vampirismo - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por sergio88 » 29 Jun 2009 19:34

TÍTULO: Vampirismo
TÍTULO ORIGINAL: Vampirismus
AUTOR: E.T.A. Hoffmann
AÑO: 1821

RECOPILADO EN: Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar (1987 - 2003)
EDITORIAL: Valdemar
COLECCIÓN: El Club Diógenes nº 200
EXTENSIÓN: 21 págs.
SINOPSIS:
    El conde Hippolit, que acaba de heredar su posición, recibe en su dominio la llegada de una baronesa empobrecida, sobre la que pesa una terrible y misteriosa reputación, y contra la que ya le habían advertido su padre y su tío. Sin embargo, desecha su suspicacia inicial al contemplar el lamentable estado de la anciana, y sobre todo ante la belleza de su hija Aurelia.
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- Oye, ¿no te das cuenta que sólo piensas en comer?
- ¿A qué te refieres croquetamente?

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lucia
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Re: Vampirismus, E.T.A. Hoffman

Mensaje por lucia » 29 Jun 2009 20:41

(Editado por los moderadores)

Vampirismus

    —Ahora que habláis de vampirismo, me viene a la mente una historia cruel que hace tiempo leí o escuché. Creo que más bien lo último, pues ahora que recuerdo, el narrador insistió mucho en que el relato era verdadero y nombró la familia condal, y el solar donde ocurrió el suceso. Si la historia se ha publicado y la conocéis, interrumpidme, pues no hay nada más fastidioso y aburrido que escuchar cosas conocidas de antiguo.
    —Me parece notar que nos vas a ofrecer algo horroroso y tremendo; así es que, por lo menos, piensa en San Serapio y procura ser lo más breve posible, para que Vincenzo tenga la palabra, pues, según veo, está impaciente por referirnos el cuento que nos prometió.
    —¡Calma, calma! —exclamó Vincenzo—. Nada mejor deseo para mí que Cipriano tienda un tapiz negro que sirva de fondo a la representación mímico-plástica de mis alegres, pintorescas y saltarinas figuras. Empieza, Cipriano amigo, muéstrate seco, terrorífico, incluso espeluznante, más que el vampírico lord Byron, al que por cierto no he leído.
    —El conde Hipólito —comenzó Cipriano— había regresado ya de sus largos viajes, para hacerse cargo de la rica herencia de su padre, fallecido tiempo ha. El palacio solariego estaba situado en una de las regiones más bellas y agradables del país, y las rentas que le proporcionaban sus posesiones bastaban para el costoso embellecimiento del mismo.
    »Todo lo que el conde había visto a lo largo de sus viajes de más bello y atractivo y suntuoso quería verlo de nuevo levantarse ante sus ojos. Cortesanos y artistas reuníanse en torno a él y acudían a su llamada, de modo que pronto comenzaron las obras del palacio, y el diseño de un amplio parque de gran estilo, en el que se hallarían incluidas iglesia, cementerio y parroquia, formando parte del artístico jardín. El conde dirigía todos los trabajos, pues tenía conocimientos suficientes para ello. Se entregó en cuerpo y alma a estas ocupaciones, de modo que transcurrió un año sin que se le ocurriese (según le aconsejó su anciano tío) dejarse ver a los ojos de las jóvenes, para escoger como esposa a la más bella, a la mejor y a la más noble.
    »Una mañana que se encontraba precisamente sentado ante la mesa de dibujo, haciendo el proyecto de un nuevo edificio, se hizo anunciar una vieja baronesa, lejana pariente de su padre. Hipólito recordó al oír el nombre de la baronesa, que su padre sentía una indignación intensísima contra esta mujer, e incluso que hablaba de ella con repugnancia, y a todas cuantas personas trataban de acercarse a ella les aconsejaba que se alejasen, aunque sin explicar jamás los motivos del peligro. Cuando se le preguntaba al conde, solía decir que había ciertas cosas sobre las que más valía callar que hablar. Con más razón, cuanto que en la residencia corrían turbios rumores de un extraño e insólito proceso criminal, en el que estaba implicada la baronesa, que separada de su marido y expulsada de su alejado lugar de residencia, sólo gracias a la intervención del príncipe se veía libre de encarcelamiento.
    »Muy molesto se sintió Hipólito por la proximidad de una persona a la que su padre aborrecía, aunque los motivos del aborrecimiento le fuesen desconocidos. La ley de la hospitalidad, que era privativa de toda esta región, le obligaba a recibir la desagradable visita. Jamás una persona había causado al conde una impresión tan antipática en su apariencia —aunque en realidad no fuese odiosa— como la baronesa.
    »Nada más entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego entornó los párpados y se disculpó de su visita, casi con expresión humilde. Se quejó de que el padre del conde, poseído por extraños prejuicios, a los que le habían inducido sus enemigos maliciosamente, la había odiado hasta la muerte, de modo que, aunque languidecía en la mayor pobreza, y se avergonzaba de su estado, nunca había recibido la menor ayuda. Al fin, como inesperadamente se hubiera visto en posesión de una pequeña suma de dinero, le había sido posible abandonar su residencia y huir hacia un pueblo muy alejado de aquella región. Antes de emprender el viaje no había podido resistir el impulso de conocer al hijo del hombre que le había profesado un odio tan injusto e irreconciliable, aunque a su pesar le reverenciase.
    »Fue el conmovedor tono de verdad con que habló la baronesa, lo que emocionó al conde, cuanto más que lejos de mirar el desagradable semblante de la vieja, hallábase absorta su mirada en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba.
    »Calló ésta y el conde pareció no darse cuenta: permanecía abstraído. La baronesa pidió que la disculpase, pues al entrar sintióse desconcertada, y se le olvidó presentar a su hija Aurelia. Sólo al oír esto recuperó el conde la palabra, y juró, enrojeciendo totalmente, lo que sumió en la mayor confusión a la adorable joven, que le concediesen enderezar lo que su padre había ejecutado por error, y les suplicó que, conducidas por su propia mano, entrasen en el palacio.
    »Para confirmar estas palabras tomó la mano de la baronesa, pero la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa —que le contemplaba con ojos sin visión— estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.
    »—¡Oh, Dios mío, qué desgracia está sucediendo en este momento! —gritó Aurelia, y empezó a gemir con una voz tan quejumbrosa, que su pobre madre repentinamente fue presa de un ataque convulsivo, de cuyo estado, como de costumbre, solía salir unos instantes después, sin necesidad de valerse de ningún medio. Con gran trabajo se desprendió el conde de la baronesa, y como tomase la mano de Aurelia y depositase en ella un ardiente beso, sintió que el dulce deleite del amor y el fuego de la vida retornaban a invadir su ser.
    »Próximo a la edad madura, sintió el conde, por primera vez, todo el poder de la pasión, de tal modo que le resultó muy difícil esconder sus sentimientos, y como Aurelia le manifestase su agrado de manera ingenua, se encendió en él la esperanza. Apenas pasaron unos cuantos minutos cuando la baronesa despertó de su desmayo e, ignorante de lo que había sucedido, aseguró al conde que estimaba la invitación de permanecer algún tiempo en el palacio, y que olvidaba para siempre todo el mal que su padre le había causado. Así fue como, repentinamente, cambió el hogar del conde, hasta el punto que llegó a pensar que, por un especial favor, el destino le había llevado hasta allí a la persona más ardientemente adorada de todo el universo, para concederle la mayor felicidad de que puede gozar un ser humano.
    »La conducta de la baronesa fue idéntica, permaneció silenciosa, seria, incluso reservada, y mostró siempre que había ocasión favorable, un dulce talante y hasta una inocente alegría en el fondo de su corazón.
    »El conde, que ya se había habituado al extraño semblante cadavérico y a su figura fantasmal, atribuyó todo esto a su enfermedad, así como la tendencia a una intensa exaltación, de la que daba muestras —según le había dicho su gente— durante los paseos nocturnos que efectuaba por el parque, en dirección al cementerio.
    »El conde se avergonzó de que los prejuicios de su padre le hubiesen prevenido tanto contra ella y trató de vencer el sentimiento que le sobrecogía, siguiendo los consejos de su buen tío que le indicaba librarse de una relación que tarde o temprano le perjudicaría.
    »Convencido del intenso amor de Aurelia, pidió su mano y figuraos con qué alegría la baronesa aceptó, viéndose transportada de la mayor indigencia al seno de la felicidad. La palidez y aquel aspecto que denotaba un interior extremadamente desasosegado, fue desapareciendo del semblante de Aurelia. La felicidad del amor resplandecía en su mirada y daba a sus mejillas un tono rosado.
    »La mañana del día que se iba a celebrar la boda, un acontecimiento sobrecogedor vino a contrariar los deseos del conde. Encontraron a la baronesa inerte en el parque, caída en el suelo, con el rostro en tierra, no lejos del camposanto, y la transportaron al palacio, precisamente cuando el conde se levantaba dominado por el sentimiento de su felicidad inminente. Pensó que la baronesa había sido atacada por su acostumbrado mal; sin embargo, fueron vanos todos los medios de que se sirvieron para volverla a la vida. Estaba muerta.
    «Aurelia no se entregó a los desahogos propios de un intenso dolor, y muda, sin derramar una lágrima, parecía haberse quedado como paralizada después del golpe recibido. El conde, que temía por su amada, con gran cuidado y suavidad se atrevió a recordarle su situación de criatura sola, de modo que ahora más que nunca era necesario aceptar el destino y proceder convenientemente acelerando la ceremonia de la boda que se había diferido a causa de la muerte de la madre. A esto, Aurelia, echándose en los brazos del conde, gritó, al tiempo que derramaba un torrente de lágrimas, con una voz que desgarraba el corazón: "Sí, sí, por todos los Santos, por mi bien, sí!". El conde pensó que este vehemente desahogo era debido a la consideración bien amarga de que se encontrase sola, sin patria, y no supiese adonde ir, e incluso a las consideraciones sociales que le impedían permanecer en el palacio.
    »El conde se ocupó de que una dama honorable le hiciese compañía hasta que el matrimonio se celebró, sin que ningún suceso desgraciado interrumpiese la ceremonia, e Hipólito y Aurelia alcanzaron la cumbre de su felicidad. Mientras todo esto sucedía, Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la desasosegaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía atenazarla continuamente.
    »En mitad de los más dulces transportes amorosos, sentíase sobrecogida de terror, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: "¡No, nunca, nunca!".
    »Una vez que se encontró casada con el conde pareció que el estado de excitación cesaba y que se veía libre del miedo que la sobrecogía. Esto no impidió que el conde adivinase que algún secreto fatídico se escondía en el seno de Aurelia, pero, ciertamente, le pareció inoportuno preguntarle acerca de ello, en tanto que persistiese la excitación, y ella misma se mantuviese callada. Hasta que un día se atrevió a insinuarle la pregunta de cuál era la causa de su desasosiego. Entonces Aurelia afirmó que suponía un inmenso bien para ella desahogar por entero su corazón en su amado esposo. No poco se sorprendió el conde cuando se enteró de que únicamente la fatal conducta de la madre era el motivo del malestar de Aurelia. "¿Hay algo más espantoso —gritó Aurelia— que odiar a la propia madre y tener que aborrecerla?" De aquí se deduce que tanto el padre como el tío no estaban dominados por falsos prejuicios y que la baronesa había engañado al conde con una premeditada hipocresía.
    »Como un signo muy favorable, el conde consideró que la malvada madre se hubiese muerto el mismo día que se iba a celebrar su boda, y no tenía ningún reparo en decirlo. Aurelia, en cambio, dijo que precisamente desde el día de la muerte de su madre se sentía dominada por los más lúgubres y sombríos presentimientos, que no podía evitar sentir un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para llevarla al abismo.
    «Aurelia recordaba (según refería), confusamente, los tiempos de su niñez, cómo una mañana, cuando acababa de despertarse, oyó un tumulto espantoso en la casa. Las puertas se abrían y cerraban, se oían voces extrañas. Cuando finalmente se hizo la calma, la doncella tomó a Aurelia de la mano y la llevó a una gran estancia donde estaban muchos hombres reunidos, y en el centro de la habitación sobre una gran mesa yacía un hombre que jugaba a menudo con Aurelia, que le daba golosinas, y al que solía llamar papá. Extendió las manos hacia él y quiso besarle. Los labios que en otro tiempo estaban cálidos ahora estaban helados, y Aurelia, sin saber por qué, prorrumpió en sollozos. La doncella la condujo a una casa desconocida, donde estuvo durante mucho tiempo, hasta que apareció una señora y se la llevó en un coche. Era su madre que la trasladó a la Corte. Aurelia debía tener ya dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa, al que ésta recibió con alegría, denotando la confianza e intimidad de un amigo querido desde hace tiempo. Cada vez venía más a menudo, y cada vez era más evidente que su casa se transformaba y ponía en mejores condiciones. En lugar de vivir como en una cabaña y vestirse con pobres vestidos y alimentarse mal, ahora vivían en la parte más bella de la ciudad, ostentaban lujosos vestidos y comían y bebían con el desconocido, que diariamente se sentaba a la mesa y participaba en todas las diversiones públicas que se ofrecían en la Corte. Únicamente Aurelia permanecía ajena a las mejoras de su madre, que, evidentemente, se debían al extranjero. Se encerraba en su cuarto cuando la baronesa departía con el desconocido y permanecía tan insensible como antes.
    »El desconocido, aunque era ya casi de cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, poseía una gran figura y su semblante podía considerarse varonil. No obstante, le resultaba desagradable a Aurelia porque, a menudo, su conducta —aunque trataba de comportarse educadamente— le parecía vulgar, torpe y plebeya.
    »Las miradas que empezó a dirigir a Aurelia le causaron inquietud y espanto, incluso un temor que ella misma no sabía explicar. Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en dar alguna explicación a Aurelia acerca del desconocido. Ahora mencionó su nombre a Aurelia, añadiendo que el barón era muy rico y un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos, y terminó preguntando a Aurelia que qué le parecía. Aurelia no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un terror indecible y luego la regañó acusándola de ser necia. Poco después, la baronesa se conducía más amablemente que nunca con Aurelia. Le regaló hermosos vestidos y ricos adornos que estaban de moda, y la dejó participar en las diversiones públicas. El desconocido trataba de ganarse el favor de Aurelia, de tal modo que se hacía todavía más odioso. Fue fatal para su tierno espíritu juvenil que la casualidad le deparase ser testigo de todo esto, lo que motivó que sintiese un odio tremendo hacia el desconocido y la corrompida madre. Como pocos días después el desconocido, medio embriagado, la estrechase en sus brazos, de modo que no dejase lugar a dudas de sus aviesas intenciones, la desesperación diole fuerzas varoniles, de forma que le propinó tal empujón al desconocido que lo tiró de espaldas, tuvo que huir y se encerró en su cuarto.
    »La baronesa explicó a Aurelia fríamente y con firmeza que el desconocido mantenía la casa y que no tenía el menor deseo de volver a la antigua indigencia, y que, por consiguiente, eran vanos e inútiles los melindres. Aurelia debía ceder a los deseos del desconocido, que amenazaba abandonarlas. En vez de compadecerse de las súplicas desgarradoras de Aurelia, de sus ardientes lágrimas, la vieja comenzó a proferir amenazas y a burlarse de ella, agregando que estas relaciones le proporcionarían el mayor placer de la vida, así como toda clase de comodidades, y dio muestras de un desaforado aborrecimiento hacia los sentimientos virtuosos, por lo que Aurelia quedó aterrada. Viose perdida, de modo que la única salvación posible le pareció una rápida huida.
    «Aurelia se había hecho con una llave de la casa, y envolviendo algunas cosas indispensables para su fuga, se deslizó a medianoche, cuando vio a su madre profundamente dormida, hasta el vestíbulo iluminado débilmente. Con sumo cuidado trataba de salir, cuando la puerta de la casa chocó violentamente y retumbó a través de la escalera. En medio del vestíbulo, haciendo frente a Aurelia, apareció la baronesa vestida con una bata sucia y vieja, con el pecho y los brazos descubiertos, el pelo gris despeinado, moviéndose airada. Y detrás de ella el desconocido, que gritaba y chillaba: "¡Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar!", y arrastrándola por los pelos, empezó a golpearla de un modo brutal en mitad del cuerpo, envuelto como estaba en su gruesa bata.
    »La baronesa empezó a proferir gritos de terror. Aurelia, casi desvanecida, pidió auxilio, asomándose a la ventana abierta. Dio la casualidad que precisamente pasaba por allí una patrulla de guardias, que entraron al instante en la casa: "¡Cogedle! —gritaba la baronesa a los guardias, retorciéndose de rabia y de dolor—. ¡Cogedle y agarradle bien! ¡Miradle la espalda!"
    »En cuanto la baronesa pronunció su nombre, el jefe de la patrulla exclamó jubilosamente: "¡Aja! ¡Al fin te cogimos, Urian!", y con esto le agarraron y le llevaron consigo, no obstante resistirse. A pesar de todo lo sucedido, la baronesa se había percatado de las intenciones de Aurelia. De momento se conformó con agarrarla violentamente del brazo, arrojarla al interior de su cuarto y cerrarlo bien, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la baronesa salió y regresó muy tarde por la noche, mientras Aurelia permanecía en su cuarto encerrada como en una prisión, sin ver ni oír a nadie, de modo que pasó el día sin que tomase comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. A menudo la miraba la baronesa con ojos encendidos de ira, y parecía como si quisiera tomar una decisión, hasta que un día encontró una carta, cuyo contenido pareció llenarla de alegría: "Odiosa criatura —dijo la baronesa a Aurelia—, eres culpable de todo, aunque te perdono, y lo único que deseo es que no te alcance la espantosa maldición que este malvado ha descargado sobre ti". Luego de decir esto se mostró muy amable, y Aurelia, ahora que ya aquel hombre se había alejado, no volvió a pensar más en la huida, por lo que le fue concedida mayor libertad.
    »Pasado ya algún tiempo, un día que Aurelia estaba sentada sola en su cuarto, oyó un gran tumulto en la calle. La doncella salió y volvió diciendo que era el hijo del verdugo que iba detenido, después de ser marcado por robo y asesinato, y que al ser conducido a la cárcel se había escapado de entre las manos de los guardianes. Aurelia vaciló, asomándose a la ventana, dominada por temerosos presentimientos; no se había engañado, era el desconocido que, rodeado de numerosos guardianes, iba aherrojado subido en una carreta. Le conducían camino de la ejecución de la condena y de la expiación de sus faltas. Casi estuvo a punto de desmayarse en su sillón, cuando la espantosa y salvaje mirada del hombre se cruzó con la suya, al tiempo que con gestos amenazadores levantaba el puño cerrado hacia su ventana.
    »Era costumbre de la baronesa estar siempre fuera de casa, aunque regresaba para hablar con Aurelia y hacer consideraciones acerca de su destino y de las amenazas que se cernían sobre ella, presagiando una vida muy triste. Por medio de la doncella que había entrado a su servicio el día después del suceso de aquella noche, y a la que habían tenido al corriente de las relaciones de la baronesa con aquel pícaro, se enteró Aurelia de que todos los de la casa compadecían a la baronesa por haber sido engañada tan vilmente por un delincuente tan despreciable.
    »Bien sabía Aurelia que la cosa era de otro modo, y le parecía imposible que los guardias que poco antes habían detenido a este hombre en casa de la baronesa no supieran de sobra la buena amistad de la baronesa con el hijo del verdugo, ya que al apresarle, la baronesa había proferido su nombre y había hecho alusión a la marca de su espalda, que era la señal de su crimen. De aquí que, incluso, la misma doncella a veces expresase con ambigüedad lo que se decía por todas partes, y que insinuase que los jueces estaban haciendo averiguaciones, de forma que hasta la honorable baronesa estuviese a punto de sufrir arresto, debido a las extrañas declaraciones del malvado hijo del verdugo.
    »De nuevo se dio cuenta la pobre Aurelia de la situación tan lamentable en que se hallaba su madre, y no comprendió cómo podría después de aquel horroroso acontecimiento permanecer un instante más en la residencia.
    «Finalmente, viose obligada a abandonar el lugar, donde se sentía rodeada de un justificado desprecio, y a dirigirse a una región alejada de allí. El viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos referido.
    »Aurelia se sintió extremadamente feliz, libre de las tremendas preocupaciones que tenía, pero he aquí que quedó aterrada cuando al expresarle su madre el favor divino que le concedía este sentimiento de bienaventuranza, ésta, echando llamas por los ojos, gritó con voz destemplada: "¡Tú eres la causa de mi desgracia, desventurada criatura, pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás...", y aquí se detuvo Aurelia, se apoyó en el pecho del conde y le suplicó que le permitiese callar lo que la baronesa había proferido en su furor demencial. Hallábase destrozada, pues creía firmemente que se cumplirían las amenazas de los malos espíritus que poseían a su madre.
    »El conde consoló a su esposa lo mejor que supo, no obstante sentir él mismo escalofríos que le recorrían el cuerpo. Hubo de confesarse a sí mismo, cuando estuvo tranquilo, que el profundo aborrecimiento de la baronesa, aunque hubiese fallecido, arrojaba una negra sombra sobre la vida, que le había parecido tan clara.
    «Poco tiempo después se notó un marcado cambio en Aurelia. Como la palidez mortal de su semblante y la mirada extenuada denotase enfermedad, pareció como si Aurelia ocultase un nuevo secreto en el interior de su ser, que se mostrase inquieto, inseguro y temeroso. Huía incluso hasta de su marido, se encerraba en su cuarto, buscaba los lugares más apartados del parque, y cuando se la veía, sus ojos llorosos y los consumidos rasgos de su semblante denotaban que sufría una pena profunda. En vano el conde se esforzaba por conocer los motivos del estado de su esposa. Del enorme desconsuelo en el que finalmente se sumió, la sacó un famoso médico, al insinuar que la gran irritabilidad de la condesa, a juzgar por los síntomas, posiblemente denotaba un cambio de estado, que haría la dicha del matrimonio. Este mismo médico se permitió, como se sentase a la mesa del conde y de la condesa, toda clase de alusiones al supuesto estado en que se hallaba la condesa.
    »La condesa parecía indiferente a todo lo que escuchaba, aunque de pronto prestó gran atención, cuando el médico comenzó a hablar de los caprichos tan raros que a veces tenían las mujeres que estaban en estado, y a los que se entregaban sin tener en consideración la salud y la conveniencia del niño.
    »La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no se cansó de responder a todas ellas, refiriendo casos asombrosamente curiosos y divertidos de su propia experiencia: "También —repuso— hay ejemplos de caprichos anormales, que llevan a las mujeres a realizar hechos espantosos. Así la mujer de un herrero sintió tal deseo de la carne de su marido, que no paró hasta que un día que éste llegó embriagado, se abalanzó sobre él con un cuchillo grande y le acuchilló de manera tan cruel que pocas horas después entregaba el espíritu".
    »Apenas hubo pronunciado el médico estas palabras, la condesa se desmayaba en la silla donde estaba sentada, y con gran trabajo pudo ser salvada de los ataques de nervios que sufrió a continuación. El médico se percató de que había sido muy imprudente al mencionar en presencia de una mujer tan débil y nerviosa aquel terrible suceso.
    »Sin embargo, pareció que aquella crisis había ejercido un influjo bienhechor en el ánimo de la condesa, pues se tranquilizó, aunque como de nuevo volviese a enmudecer y a convertirse en una extraña criatura solitaria, con un fuego intenso que brotaba de sus ojos, adquiriendo la palidez mortal de antes, el conde nuevamente volvió a sentir pena e inquietud acerca del estado de su esposa. Lo más raro de él, era que la condesa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento.
    »El médico se sintió incapaz de curarla, pues ni las más fuertes y cariñosas súplicas del conde, ni nada en el mundo podía hacer que la condesa tomase ninguna medicina.
    Como transcurriesen semanas y meses sin que la condesa probase bocado, y pareciese que un insondable secreto consumía su vida, el médico supuso que había algo raro, más allá de los límites de la ciencia humana. Abandonó el palacio con un pretexto cualquiera, y el conde pudo darse cuenta de que la enfermedad de la condesa parecía muy sospechosa al acreditado médico, y denotaba que la enfermedad estaba muy arraigada, sin que hubiese medio de curarla. Hay que suponerse en qué estado de ánimo quedó el conde, no satisfecho con esta explicación.
    «Justamente por esta época un viejo y fiel servidor tuvo ocasión de descubrir al conde que la condesa abandonaba el palacio todas las noches y regresaba al romper el alba. El conde se quedó helado. Ahora es cuando se dio cuenta de que desde hacía bastante tiempo, a eso de la medianoche, le sobrecogía un sueño muy pesado, que atribuía a algún narcótico que la condesa le administraba para poder abandonar sin ser vista el dormitorio que compartía con él.
    »Los más negros presentimientos sobrecogieron su alma; pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu quizá revivía ahora en la hija, en alguna relación ilícita y adulterina, y hasta en el malvado hijo del verdugo. A la noche siguiente iba a desvelársele el espantoso secreto, único motivo del estado misterioso en que se hallaba su esposa.
    »La condesa acostumbraba ella misma a preparar el té que tomaba el conde y luego se alejaba. Aquel día decidió el conde no probar una gota, y como leyese en la cama, según tenía por costumbre, no sintió el sueño que le sobrecogía a medianoche como otras veces. No obstante se acostó sobre los cojines, e hizo como si durmiese. Suavemente, con gran cuidado, abandonó la condesa el lecho, se aproximó a la cama del conde e iluminó su rostro, deslizándose de la alcoba sin hacer ruido.
    »El corazón le latía al conde violentamente, se levantó, echóse un manto y siguió a su esposa. Era una noche de luna clara, de modo que, no obstante lo veloz de su paso, se podía ver perfectamente a la condesa Aurelia, envuelta su figura en una túnica blanca. La condesa se dirigió a través del parque hacia el cementerio y desapareció tras el muro.
    «Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilladas en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con voracidad de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas! Impelido por un horror salvaje, el conde salió corriendo irreflexivamente, como preso de un espanto mortal, por el pavor del infierno, y cruzó los senderos del parque, hasta que, bañado en sudor, al amanecer encontróse ante la puerta del palacio. Instintivamente, sin meditar lo que hacía, subió corriendo las escaleras, y atravesó las habitaciones hasta llegar a la alcoba. La condesa yacía, al parecer entregada a un dulce y tranquilo sueño. El conde trató de convencerse de que sólo había sido una pesadilla o una visión engañosa que le había angustiado, ya que era sabedor del paseo nocturno, del cual daba trazas su manto, mojado por el rocío de la mañana.
    »Sin esperar a que la condesa despertase, se vistió y montó en su caballo. La carrera que dio a lo largo de aquella hermosa mañana a través de los arbustos aromáticos, de los que parecía saludarle el alegre canto de los pájaros que despertaban al día, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y sereno regresó al palacio.
    »Como ambos, el conde y la condesa, se sentasen solos a la mesa, y como de costumbre ésta tratase de salir de la estancia a la vista de la carne guisada, dando muestras del mayor asco, se le hizo evidente al conde, en toda su crudeza, la verdad de lo que había contemplado la noche anterior. Poseído del mayor furor se levantó de un salto y gritó con voz terrible: "¡Maldito aborto del infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas en las tumbas, mujer diabólica!". Apenas había proferido estas palabras, la condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió en el pecho. El conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu en medio de las convulsiones más espantosas. El conde enloqueció.

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Re: Vampirismus, E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por julia » 30 Jun 2009 08:51

Que no.... este es el hilo del cuento el otro es un libro. :mrgreen: :mrgreen:

El eterno problema de los cuentos
Ya podéis comprarlo Los mohicanos de Paris

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lucia
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por lucia » 30 Jun 2009 17:41

Sobre todo si tienes todo este cuento completo como primer mensaje del otro tema :?

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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por julia » 30 Jun 2009 18:00

Eso tiene explicacion que esto aun no lo he hecho :D :D

suelo enlazar el cuento comentado en el hilo del mismo, para quien no lo tenga lo pueda leer online, El de Hoffmann no lo encontre, pero lo tenia asi que lo copie directamente. Pero lo quito y lo pongo aqui que es donde tiene que estar.
El hilo se abrió antes de marcar la pauta genérica de abrir hilo a cada relato.
unas veces se abría y otras no.
Ya podéis comprarlo Los mohicanos de Paris

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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por julia » 01 Jul 2009 08:27

Vampirismo,nos presenta a la primera mujer vampiro de la literatura clasica: La condesa Aurelia,
El cuento comienza con la estructura clasica de una reunion en la que se cuentan historias fantasticas, con una alusión al Lord Byron.
Es un cuento breve, los protagonistas son nobles, y no se puede evitar acordarse de Carmilla de la que parece un claro antecedente.
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sergio88
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por sergio88 » 01 Jul 2009 12:29

He leído que es el primer relato donde se registra a la primera vampira en prosa, es decir,
Aurelie
. Se nos presenta al conde Hippolyt, que ha llegado de un largo viaje para hacerse cargo de la herencia de su padre. Este es el enlace con el que se nos presenta a la baronesa, haciendo una visita al conde una mañana, una pariente lejana de su padre que no tenía precisamente muy buena relación con él. El conde desconoce los motivos, ya que su padre nunca se los contó, pero por su puesto los oscuros rumores se conocían en la región. Antes de esto, también se nos ha descrito el ambiente que rodea al palacio (arquitectura que realiza el propio conde), junto al entorno: la iglesia, el cementerio y la parroquia, entre otros.

El conde llega a reconciliarse con la mujer ante las disculpas presentadas, incluso le llega a dar lástima por el malentendido con su padre, y es entonces también cuando conoce a la acompañante de la baronesa, su hija Aurelie. Aquí ya ocurre algo, el conde las invita a pasar al interior y toma de la mano a la baronesa:

"Para confirmar solemnemente su voluntad, tomó la mano de la baronesa, pero de súbito, la palabra y el aliento se le cortaron: un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que le miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor."

Después de este extraño contacto, esa sensación se disipa cuando fija su atención otra vez en Aurelie, y como era de esperar, casi de inmediato se enamora de ella, pidiendo su mano.
A pesar de que el relato es muy breve y que tal vez el amor que surge entre los dos pueda parecer demasiado ficticio, me parece que está muy bien sintetizado, sin ser demasiado rimbombante, y la confianza que siente el conde hacia su mujer y el cariño hacia ella es lo que firma su sentencia más adelante. A continuación, el protagonista, el conde Hippolyt, descubre que Aurelie siente un odio terrible hacia su madre, al igual que el padre del conde, ya fallecido.


Acto seguido viene la parte que me ha parecido más aburrida del relato, y es cuando hay un salto hacia el pasado en el que se cuenta la
terrible infancia que ha debido de soportar Aurelie, su madre incluso llega a querer prostituirla con alguno de sus amantes para poder seguir manteniendo una posición holgada, sin el menor cariño demostrado hacia su hija.


Lo que me ha parecido más interesante del relato, es que por un momento llegas a creer en
la inocencia de Aurelie, incluso se nos dice en una parte que siente miedo a que le suceda algo a su amado, el conde Hippolyt. La baronesa maldice a su hija una vez termina la relación con el hijo del verdugo, recriminándole que sea la causa de sus desgracias y que su venganza se cernirá sobre ella tras su muerte. Es entonces cuando el lector sabe que el matrimonio está predestinado al desastre.


Después de todo esto el final se precipita (creo que demasiado rápido, en mi opinión) cuando
el conde descubre que su mujer abandona el castillo al anochecer y en dirección al cementerio, y que no regresaba hasta el alba. El hecho de que nunca se despierte hace que el conde piense que se le administra algún tipo de narcótico, es entonces cuando consigue burlar el tomar el té y fingiendo estar completamente dormido, descubrirá el horrible secreto que le guarda su mujer al seguirla sigilosamente. Teniendo en cuenta el título del relato "vampirismo", podemos cuestionarnos si de verdad Aurelie se autoengaña o no creyéndose una vampira, aunque este caso se trate más bien de necrofilia.


Me llama mucho la atención el hecho de no mencionar en ningún momento
los colmillos de Aurelie (al parecer no se hizo hasta la literatura gótica), ni que el ataque a su marido se dirija al cuello, sino al pecho. Me hubiera gustado más si el relato hubiera acabado en el momento que el conde descubre lo que hacía su mujer cada noche y huyera de ese lugar, rápido hacia el castillo en busca de refugio.
El final en el último párrafo es muy precipitado y no deja que el lector cree su propio final. Se nos dice que
tras el mordisco al conde, él logra desasirse de aquella mujer ya totalmente furiosa, y tras eso ella muere entre terribles convulsiones (¿por qué muere si el conde nada más la aparta, sin dañarla? :shock:).
Después de esto, también se nos dice en una línea sin más, que
el conde enloquece :lol:, normal,
pero repito que todo eso en dos líneas después de haberse extendido tanto en otras partes del relato me pareció descompensado, pero el relato me gustó en general.
Última edición por sergio88 el 01 Jul 2009 13:47, editado 1 vez en total.
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por julia » 01 Jul 2009 13:35

NENNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN

spoilersssssssss :cunao: :cunao: :cunao:
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por julia » 01 Jul 2009 13:41

A mi el final me parece impactante.

Ese final tan contundente y rotundo, me encanta.

Hoffman es uno de los creadores del genero, sera un punto de referencia. El que en un relato tan breve sea capaz de desarrollar una historia tan compleja me encanta.
Como va graduando las sospechas, las sugerencias para desembocar en un final precipitado.
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por sergio88 » 01 Jul 2009 13:42

Uy :oops:, pensé que con lo corto que era no hacían falta, voy :lol:.
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por sergio88 » 01 Jul 2009 13:54

Creo que ya está, ya he puesto el chapapote 8).

Pues sí mamma, es un relato que está muy bien construido en pocas páginas. Lo del final precipitado en determinadas situaciones me gusta y es lo que deja al lector a veces con cara de sorpresa, pero en este caso no sé, no he visto demasiado trascendente lo que se dice :roll:.
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por Maia » 01 Jul 2009 14:12

:mrgreen: :mrgreen: :mrgreen: pero si este Sergio ya lo ha dicho todoooooooo...

En fin, yo quiero decir que suscribo todo lo que ha dicho en abierto y en cerrado :meparto: ... Me ha parecido un relato muy sencillo de leer, y que, como decís, mantiene el suspense hasta el final... Desde el principio sospechas de la
baronesa, por todos los detalles que te van dando... pero en el caso de la condesa te mantienen en vilo hasta el final, hasta que Hippolyt la descubre...


A mi ese final tan repentino también me resultó extraño, me quedó una sensación extraña como de corte brusco
aparte de pasarme como a Sergio, y no entender muy bien los motivos de la muerte de Aurelie y la locura de Hippolyt :oops: ...

Me temo que soy un poco inculta "vampirilmente" hablando :mrgreen: , porque hasta que Sergio me pasó información, yo pensaba en los típicos vampiros
chupasangre con colmillos

y me chocaba que
Aurelie comiera cadáveres :noooo:

Lo que no me queda muy claro, que me gustaría que alguien me explicara es el origen
del vampirismo de Aurelie... es hereditario? es por la maldición de su madre? del hijo del verdugo? porque a mi me acaba dando la sensación de que el vampirismo aparece a raiz de casarse, igual es una impresión equivocada :oops: ...


En resumen, me gustó, y me ha dejado con ganas de seguir leyendo relatos :lista: ...

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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por julia » 01 Jul 2009 14:46

No me habia parado a pensar, pero los vampiros de Jose Maria Latorre , son tambien de este estilo, mas necrofagos sanguinarios en si,

Seguro que en hilo en el que Felipe explico las tradiciones vampiricas esta.

viewtopic.php?t=3274

Asi en un vistazo rapido aparece justificado.
DOPPELSAUGER:
Este vampiro alemán se encuentra en las regiones norte, entre los Wends (una raza de Eslava). El Doppelsauger comerá las partes carnosas del pecho y así dejara ir la esencia de la vida.


Es un hilo muy interesante
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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por Maia » 01 Jul 2009 15:58

Ooh!! gracias, Julia! :60: me lo leeré con calma, que tengo mucho que aprender :mrgreen: ...

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Re: Vampirismus - E.T.A. Hoffman (cuento)

Mensaje por GARABIS » 13 Abr 2011 22:20

Maia escribió:A mi ese final tan repentino también me resultó extraño, me quedó una sensación extraña como de corte brusco
aparte de pasarme como a Sergio, y no entender muy bien los motivos de la muerte de Aurelie y la locura de Hippolyt :oops: ...

Me temo que soy un poco inculta "vampirilmente" hablando :mrgreen: , porque hasta que Sergio me pasó información, yo pensaba en los típicos vampiros
chupasangre con colmillos

y me chocaba que
Aurelie comiera cadáveres :noooo:

Lo que no me queda muy claro, que me gustaría que alguien me explicara es el origen
[spoiler]del vampirismo de Aurelie... es hereditario? es por la maldición de su madre? del hijo del verdugo?



Coincido totalmente con Maia...no entendí muy bien algunas partes de la historia(yo también soy un poco inculta vampirilmente :cunao: ).
El final precipitado que decis me dejó en plan:"A este relato le faltan un par de paginas mas",jajajaja....

No conocia a Hoffman,pero investigaré para leer algo mas de el.

Os dejo lo que he encontrado en la "wiki",ademas de ser escritor,era un buen musico.

Nació en Königsberg (Prusia Oriental; actualmente Kaliningrado, en Rusia). Hoffmann estudió Derecho en la Universidad de Königsberg pero sólo lo ejerció un corto período antes de dedicarse forzosamente a la pintura, la crítica musical y la composición debido a la derrota de Prusia por parte de Napoleón. En 1814 volvió a la administración civil prusiana en Berlín y ejerció exitosamente como juez hasta su muerte.

Siendo Hoffmann un magnífico músico, admirado por Beethoven y otros, sus creaciones literarias inspiraron muchas piezas musicales.

Hoffmann es mucho más conocido como escritor, siendo una figura de gran influencia en grandes escritores posteriores como Edgar Allan Poe y Théophile Gautier. Sus obras de ficción, de horror y de suspense, que combinan lo grotesco y lo sobrenatural con un poderoso realismo psicológico, se encuentran entre las mejores y más influyentes del movimiento romántico.
Leyendo :
*Ready player one(Ernest Cline)
*Cosas que los nietos deberian saber(Mark Oliver Everett)
*Que hacer cuando en la pantalla aparece The End(Paula Bonet)

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