Günter Grass

Pues eso, para hablar de un autor en general.

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belen
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Günter Grass

Mensaje por belen »

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Günter Wilhelm Grass (Ciudad libre de Dánzig, Polonia, 16 de octubre de 1927 - 13 de abril 2015, Lübeck, Alemania) es un escritor y artista casubo alemán, galardonado con el Premio Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1999. Son múltiples sus compromisos en los campos del arte, la cultura, la política y los derechos humanos.
az681 escribió:Günter Grass, el mayor autor vivo en lengua germana, fue galardonado el 30 de septiembre de 1999 con el Premio Nobel de Literatura 1999. La proclamación del premio coincidió con el estreno del nuevo secretario permanente de la Academia Sueca, Horace Engdahl, que señaló que el premio era para un autor que "con vivas fábulas negras ha dibujado el rostro oculto de la historia".

Considerado el más alemán de los escritores de la Alemania viva, Günter Grass (Danzig, 1927) publicó su última novela, Es cuento largo (Alfaguara), hace dos años. En su nueva obra, Mi siglo, Grass dedica a cada año del siglo que ahora termina una historia y un dibujo.

El autor habla en Mi siglo de los grandes acontecimientos, de aparentes banalidades, de descubrimientos científicos y técnicos, de eventos culturales y deportivos, de persecuciones y asesinatos, de las guerras y las grandes catástrofes, pero también de los nuevos comienzos. Un vivaz y sorprendente retrato de ese siglo tan rico en maravillas, pero también abundante en horrores. Los personajes que cobran voz en este libro son muy diferentes, pero sus relatos forman al final un conjunto con una sola historia. Mi siglo tuvo un gran lanzamiento simultáneo en todos los idiomas coincidiendo con la Feria de Frankfurt 1999.

Otros autores que han recibido este galardón a lo largo de su historia son, entre otros, Camilo José Cela (1989), Octavio Paz (1990), Dario Fo (1997) o José Saramago (1998). Günter Grass se alegró de ser el último premio Nobel de este siglo y de haber recibido el galardón con 71 años. Con Grass, ya son 11 los escritores en lengua alemana que han sido galardonados con el Nobel.

Günter Grass se hizo escritor después de haber recibido una sólida formación como escultor y dibujante. Su obra comprende poemas, dramas y, sobre todo, novelas. El tambor de hojalata (Alfaguara, 1978) es una de las obras maestras de la literatura europea y, en cuanto portavoz de la generación que sobrevivió a la guerra, la mejor novela alemana de este siglo. Con El gato y el ratón y Años de perro compone la famosa "Trilogía de Danzig", que dio renombre universal a Grass. Otra de las grandes novelas que cimentaron su fama es El rodaballo (Alfaguara, 1980), en donde el mito se hace realidad.

El escritor alemán, que también ha sido galardonado por el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1999, dijo que siempre había procurado ver la historia desde abajo, y escribir desde la perspectiva de los que son víctimas y perseguidos. Aseguró que gran parte del premio iría a parar a sus tres fundaciones, "una de ellas dedicada a los escritores extranjeros y otra a los gitanos alemanes". Asimismo, mostró su preocupación por la situación de la comunidad gitana de Kosovo.
Wikipedia

Obras
Novelas Poemas
  • Die Vorzüge der Windhühner (1956)
    Gleisdreieck (1960)
    Ausgefragt (1967)
    Del diario de un caracol (Aus dem Tagebuch einer Schnecke, 1972)
    Letzte Tänze (2003)
    Novemberland, 13 poemas antirracistas acompañadas de otras tantas ilustraciones suyas
    Payaso de Agosto (Dummer August, 2007)
Teatro
  • Die bösen Köche. Ein Drama (1956)
    Hochwasser. Ein Stück in zwei Akten (1957)
    Onkel, Onkel. Ein Spiel in vier Akten (1958)
    Los plebeyos ensayan la revolución (Die Plebejer proben den Aufstand, 1966)
    Davor (1970)
Ensayos y discursos
  • Über das Selbstverständliche. Reden - Aufsätze - Offene Briefe - Kommentare, discursos y ensayos, 1968
    Denkzettel. Politische Reden und Aufsätze 1965-1976, ensayos políticos y discursos
    El burgués y su voz (Der Bürger und seine Stimme, 1974) — discursos y ensayos
    Partos mentales o los alemanes se extinguen (Kopfgeburten oder Die Deutschen sterben aus, 1980)
    Widerstand lernen. Politische Gegenreden 1980–1983 — discursos políticos
    Sacar la lengua (Zunge zeigen. Ein Tagebuch in Zeichnungen, 1988) — diario con dibujos
Memorias
  • - Pelando la cebolla (Beim Häuten der Zwiebel, 2006) — primer volumen de memorias
    - La caja de los deseos (Die Box, 2008) — segundo volumen de memorias
    - De Alemania a Alemania. Diario, 1990 — (Unterwegs von Deutschland nach Deutschland, 1990
    - Grimms Wörter (2010) — tercer volumen de memorias
    - De la finitud (Vonne Endlichkeit, 2015) Obra póstuma
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evaluna
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Mensaje por evaluna »

Yo sólo he leido "el tambor de hojalata", y no me gustó nada, es un tocho y el protagonista :evil: :evil: , además creo que no lo entendí :(
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eskarina
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Mensaje por eskarina »

Solamente conozco "La Ratesa" y me costó mucho trabajo terminarlo. Es un libro extraño, surrealista, y creo que no lo recomendaría. También es cierto que hace algo así como 15 años que lo leí y quizás no estaba yo en el momento adecuado para ese tipo de libros, no sé qué me parecería ahora.
De todas formas, Grass tiene fama de escritor difícil...
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bianca
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Mensaje por bianca »

Yo lei hace tiempo " A paso de cangrejo ", y la verdad es que me costó acostumbrarme a los saltos temporales y cambios de perspectiva de la novela, pero el argumento era interesante.
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az681
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Mensaje por az681 »

El mayor problema que le encuentro al "tambor de ojalata",es que uno tiene que dominar la historia alemana de fines delsXIX y sxx.Por lo demás es pura calidad literaria.
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enzofloyd
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Mensaje por enzofloyd »

Lei Mi siglo hace unos años y me parecio maravilloso. Pero entiendo que para leerlo hay que conocer bastante de la historia alemana del siglo XX e incluso XIX. De hecho, el libro me lo regalo mi abuela pues a ella se lo habian regalado y no lo entendio por la gran carga historica.
Quisiera leer El tambor de Ojalata.
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az681
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Mensaje por az681 »

Un rostro duro y desencantado -como la mayoría de sus páginas en prosa y verso- exhibe este hombre de 76 años que es uno de los mayores escritores europeos vivientes y figura clave de la literatura de la centuria pasada. La modernidad no puede ser concebida sin la presencia de Günter Grass y su obra, entre otras múltiples razones, porque le brindó al último medio siglo el estilo y la argumentación, más el tono escéptico necesarios para comparar y comprender la médula de los trasfondos y matices de las más optimistas intentonas de vanguardia, tanto en el campo político como en el estético. A través de toda su obra, Grass nos recuerda, una y otra vez, que detrás de las más pretenciosas ideologías, creaciones y actitudes de la cultura -entendida en su acepción más amplia, como el conjunto de las actividades de la humanidad- se esconde la fuerte verdad de que, en definitiva, ellas son su praxis, o sea, lo que terminan haciendo de ellas los hombres.

“Ein jung Günter, mein Oberbefehlshaber”

-Un muchacho Günter, mi comandante en jefe- repuso el soldado.

Recién llegado a la barraca donde los oficiales y la tropa rasa alternaban por igual, el Oberbefehlshaber Von Läis se había interesado por el muchachito al que acaban de liberar de aquel campo de concentración norteamericano, justo en el momento en que él había sido trasladado.

El sargento de artillería que le había respondido su distraída pregunta agregó: -Era de la Luftwafe, Herr Oberbefehlshaber. Creo que auxiliar de tercera o algo así. Estaba herido cuando llegó al campo-

Pero ya el Oberbefehlshaber Von Läis había perdido todo interés en ese muchachito alto, demacrado y de aire infantil -futuro Premio Nobel de Literatura- que había visto salir hacia la libertad. Después de todo, al chico le esperaba la vida civil y a él Nuremberg.

Pero, ¿quién era el oscuro jovencito que había cumplido sus diecinueve años en un campo de concentración? Günter Grass, tales su nombre y su apellido, había nacido el 16 de octubre de 1927 en Danzig, en una familia de origen polaco-alemán. Todavía adolescente, se había incorporado a las Juventudes Hitlerianas, cantando el fatídico “El Mañana Me Pertenece” y desfilando frente a Adolf Hitler y su estado mayor con un fusil de verdad y una bayoneta de verdad. Posteriormente entró en el servicio activo como ayudante de tercera de la fuerza aérea nazi -uno de esos chiquillos que ajustaban las tuercas de las B1 y las B2 para la Blitzkrieg, el bombardeo sistemático de las ciudades inglesas-. Cuando los nazis empezaron a perder y fue necesario movilizar las reservas, el joven Grass y otros miles de adolescentes fueron a parar al frente, donde los aliados lo hirieron en el combate de Kottbus. Internado en el hospital de Marienbad, de allí fue a parar al campo de concentración del que hablamos antes, que había sido erigido en Baviera.

Al ser liberado en 1946, en una Alemania bien diferente de la que hasta entonces había conocido, tuvo que hacerse campesino a jornal para seguir viviendo. La reconstrucción de Alemania luego de la devastación de las bombas aliadas exigía mano de obra barata y miles de menesterosos como él se apiñaban en las oficinas de un nuevo plan de reclutamiento: el trabajo prometía comida diaria, techo y mejoras de la calidad de vida. De cosechar papas en el campo helado y sembrado de minas explosivas a trabajar como albañil en la reconstrucción de Düsseldorf había un gran techo. Fue en Düsseldorf que Günter se incorporó a la Academia de Arte de la ciudad, como estudiante de artes plásticas. Comenzaba la década de los 50 y todavía nada hacía presagiar en él, un sobreviviente apenas, que el final del milenio lo encontraría merecedor del premio de la academia sueca y autor de algunas de las novelas más importantes del siglo que se estaría yendo.

Para entender cómo llegó hasta allí el albañil de Düsseldorf, hay que hacer un poco de historia.

La locura de ser un europeo en la primera mitad del siglo XX

Uno de los grandes problemas de Europa fue -y en cierta manera todavía lo es- la imposibilidad de olvidar alguna vez que, gracias a ella, se formó Occidente. Para la mentalidad europea más conservadora no se puede tener 4.000 años de historia, haber fundado los más grandes imperios occidentales -el modelo de todos los imperios occidentales, el Imperio Romano, luego el Sacro Imperio Romano Germánico y posteriormente sus aberraciones: el español, El portugués, el inglés, el alemán, el francés y el austro-húngaro- y cederle el paso a algo bien diferente, aunque nacido de las propias entrañas, pese a que la historia palpablemente así lo determinara.

Es muy difícil para nosotros, latinoamericanos, acceder a la idea de tener un pasado lo suficientemente basado sobre crímenes, guerras, genocidios, cultura y milenios trascurridos de legitimación de todo ello como para imaginar qué significó para Europa admitir -entre 1945 y 1960, posiblemente esta última fecha- que la historia, la historia que hasta entonces no había cambiado palpablemente de dueño en todas sus expresiones, pasara a manos de otro -un solo país- mucho más fuerte.

Claro que lo peor, para esa Europa que ya no existe -reemplazada hoy por otra, aggiornada como pudo- había sucedido sin que lo admitiera, mucho menos, en 1914. La Primera Guerra Mundial había sido llamada, precisamente, la Guerra Europea. En ella se dirimieron los poderíos que, todavía, estaban en manos de las potencias del Viejo Mundo. Como en todas las guerras interregionales, nadie terminó siendo el vencedor absoluto. Las colonias se perdieron o la soberanía se convirtió paulatinamente en papel sellado, presagiando la futura independencia -nominal- de países que iban a ser recién nacidos en mitad del siglo veinte.

El interregno entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial fue el poco espacio de resolución para el conflicto. De alguna forma, el mundo le estaba quedando demasiado grande a la vieja Europa. No podía asimilar sus conflictos de la misma manera en que lo había hecho desde el siglo VIII, cuando el Sacro Imperio Romano Germánico -el sueño de Carlomagno- había dado una ley y un corpus al feudalismo salvaje anterior. Todas las voluntades ceñidas en un mismo sendero -o al menos eso parecía en esas épocas más obedientes- y, posteriormente, los remedos que hemos citado arreglándoselas para dar una imago mundi más o menos ordenada. Las periferias de ese mundo luminoso habían permanecido sin la potencia suficiente como para alcanzar a cuestionar nada, hasta el advenimiento al poder del elemento más dinámico en el siglo XVIII: la burguesía que en Francia decapitó a los reyes y que continuó brindando su apoyo a un país que, paradojalmente, había entronizado a una burguesía desde su origen mismo. Estados Unidos se declaró independiente, republicano y federativo en 1776, mientras que la vieja Europa se tardó hasta 1789 para dar el gran salto que significó la Revolución Francesa.

Con todo este retardo -y sus emanados conflictos- Europa llegó al siglo XIX como pudo, pero el mal ya estaba instalado. El siglo XX sólo sería la continuación de esas contradicciones.

Precisamente con la explosión del imperio austro-húngaro se explicitó el conflicto internacional que trató de dirimir diferencias en el campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. En ella, naciones de innegable peso anterior cayeron hasta el escalón de los vencidos y entre ellas, Alemania.

Un país de presencia siempre amenazante para todo el Viejo Continente en el siglo XIX que, luego de la repartija del mundo posterior a la Primera Guerra Mundial, se vio reducido a las cenizas de lo que había sido: el centro de la industria pesada europea, un potencia colonial con posesiones en Africa y en Oceanía, un núcleo cultural que había dado grandes nombres en el período anterior, terminó derrotado y subordinado a los grandes vencedores de aquello que se estimó, en su época, iba a ser la última guerra posible.

Los casos de Alemania, de Italia y de España, las grandes postergadas por el reparto del mundo posterior a la Primera Guerra Mundial, no deberían ser objeto de asombro en cuanto al surgimiento en ellas, puntualmente, de dictaduras ultranacionalistas que, con el aire comprimido de quedar exceptuadas del reparto del mundo en su época, intentaran, con la excepción de la última, apoderarse disparatadamente del mundo en aquella primera mitad del siglo XX. En el caso de España, se trató tímidamente de conservar sus colonias en Africa, cosa que tampoco logró. En la escala desmesurada de Alemania y de Italia, delirando con su pasado histórico, para ponerse en un lugar igual a las dos nombradas España tendría que haber intentado retomar por la fuerza América latina.

Ser un europeo en 1945... y lo peor, vino después

Hasta ahora, hablamos muy brevemente de lo sucedido con las naciones, esto es, con las burguesías en el poder dentro de cada una de ellas. Pero ¿qué había sucedido mientras tanto con el hombre común, el músculo que alimentaba a esas burguesías?

El hombre común, para variar, no sabía para dónde disparar. Confundido por la propaganda y las tradiciones, seguía creyendo que su destino como europeo era el mejor. Entre las dos guerras mundiales, se mantuvo todavía el eurocentrismo que insistía en proclamar que el centro de la civilización seguía siendo el Viejo Mundo. Sin embargo, un tercer elemento operaba sobre el siglo: la onda expansiva de la Revolución Rusa alentaba las revueltas que encontraron sustento en la realidad cuando se efectivizó la intentona espartaquista en Alemania (1919) y la proclamación de la República Española en 1936. Desde luego, frustrados conatos recorrían las otras partes de Europa. Para las burguesías dominantes, las propuestas de oportunistas como Benito Mussolini, Adolf Hitler y Francisco Franco eran la ocasión de frenar, por una parte, el avance del comunismo, y, por la otra, el del liberalismo norteamericano en ciernes, que amenazaba con derrocar los viejos modelos de producción imperantes en el mundo que, hasta entonces, habían conocido y disputado. Para el europeo de entreguerras, el mundo se presentaba como un universo amenazador y hostil, lleno de peligros y, lo que era peor, desconocido, porque las etapas del presente inundadas por el futuro siempre convierten en desconocidos y siniestros los rincones que antes se creía conocer y dominar.

En el caso puntual de Alemania la desocupación, la frenética devaluación de la moneda, el fracaso de la política de la República de Weimar en todos los frentes y el sentimiento general del pueblo alemán de haber perdido el tren de la historia, fue el campo propicio para al ascenso al poder de Adolf Hitler, con sus promesas de devolverle a la nación el lugar de primacía que había poseído en el siglo XIX. Hitler comenzó a subir hacia el poder absoluto por vía electoral, en comicios limpios y transparentes y por mayoría abrumadora.

Entre esos millones de desesperados que vieron en él una esperanza, había partidarios de todas las clases sociales, todas las ocupaciones, todos los intereses. La vieja socialdemocracia se había derrumbado.

El final humeante de Tercer Reich -un imperio, otro, destinado a vivir mil años, según sus fundadores- en 1945, dejó a Alemania no en el mismo lugar que ocupaba antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando era solamente un país empobrecido, embargado por el pago forzoso de los resarcimientos de la Primera Guerra, hundido en la derrota y carente de toda esperanza. Además de lo antedicho, la Segunda Guerra Mundial significó para el pueblo alemán la partición en dos de su territorio, la esquizofrenia de las dos Alemanias que tuvo durante décadas su mejor símbolo en el paredón que partía Berlín. De un lado de la calle un mundo; de la otra vereda, la República Democrática Alemana.

A un panorama como éste se tuvieron que enfrentar -de un lado y del otro- comunidades, familias e individuos. Entre ellos nuestro autor que, por entonces, se ganaba la vida como baterista de un desmayado conjunto de jazz alemán, tocando por lo que hubiera en clubes nocturnos, bares, fondas y fiestas de cumpleaños.

De todos modos, entre 1951 y el año siguiente Günter Grass se las arregló para viajar por Italia y Francia, hasta que en 1953 -fiel a su interés de entonces por las artes plásticas- comienza a estudiar en la Escuela Superior de Formación de artistas de Karl Hartung.

En 1954 se produce su primer matrimonio, con Ana Schwarz de Lenzburg, y en 1955 obtiene su primer premio literario, cuando ganó un concurso de poesía organizado por Radio Stuttgart. En el mismo año viaja brevemente a España y luego expone sus obras plásticas en la galería Lutz und Mayer, de Stuttgart.

En 1956 escribió e ilustró un pequeño volumen titulado Die Vorzüge der Windhühner y al año siguiente expuso trabajos de plástica y gráfica en Berlín-Tempelhof. También 1957 fue el año de nacimiento de sus hijos -mellizos- Francisco y Raúl.

Tras una nueva temporada de residencia en Berlín se había mudado con su familia a París, donde permanecería con residencia fija durante varios años. Estos fueron inicialmente muy duros, pues el futuro autor de El Tambor de Hojalata sólo contaba entonces con la asignación de trescientos marcos mensuales que le enviaba la editorial Luchterhand. Por ese entonces Günter Grass escribió diversas obras teatrales -sin abandonar su dedicación a la plástica- pero no consiguió que ningún director se interesara en la puesta en escena de ninguna de ellas. Sin destacarse con éxito ni en plástica ni en dramaturgia, pobre y desconocido y ya con una familia que mantener, amargado y necesitado como su país -buena parte de la vida de Günter Grass parece una metáfora de Alemania- a los treinta años de edad decide dedicarse a la novela, el género que es capaz de convertir en ficción la realidad y volver a lo real en la misma página.

Grupo 47: El otro milagro alemán

El Tambor de Hojalata le llevó cuatro años de intenso trabajo. Su protagonista, el pequeño Oskar que desea seguir siendo un niño, un enano en verdad, es una amarga reflexión y símbolo de su propio país, desgarrado por la paradoja entre el sueño de ser y la ambición paralela de no crecer para lograrlo.

Pero además de esto, en El Tambor... Grass sintetiza página tras página las frustraciones y los sueños rotos de millones de europeos -no sólo de alemanes- que vieron hecho añicos el mundo que habían recibido por herencia, al menos según su tradición, y se refugiaron como pudieron en la esterilidad de un continuo volver sobre sí mismos, como el niño que decide no crecer y es capaz de arrojarse por el hueco de cualquier escalera para lograrlo. No para subir, sino para bajar definitivamente a un tiempo más seguro, aunque el precio sea la misma noción de realidad. Oskar, sin embargo y en un doble registro, será más consciente que los adultos, pues éstos no intentarán siquiera explicarse el fenómeno de que no crezca sino que perseverarán en seguir ejerciendo las miserias y rutinas de sus propias vidas, precisamente, como si la “cuestión” del pequeño Oskar no existiera.

El Tambor de Hojalata significó para Günter Grass el reconocimiento prácticamente inmediato de su rango como uno de los autores más importantes en lengua alemana de la posguerra. El impulso de lanzamiento a esta condición se debió inicialmente al apoyo del Grupo 47, sumado a las cualidades innatas de su primera novela.

El Grupo 47 -fundado en 1947- fue el motor de la renovación literaria de Alemania Occidental y núcleo organizador de un conjunto de intelectuales que, conscientes de encontrarse ante un país destruido en lo físico y en lo moral, pensaban que su papel era responder a esa crisis tanto desde el plano estético como desde el compromiso con la responsabilidad que les incumbía como ciudadanos. Alertas ante un fenómeno típico de la época -la evitación de la realidad y la responsabilidad por parte de una porción de sus compatriotas- los integrantes del Grupo 47 reclamaron para sí mismos la condición del escritor como un testigo crítico de su tiempo.

La recepción favorable a El Tambor..., desde esta perspectiva, no tiene nada de casual, sino que más bien podemos señalar a la primera novela de Günter Grass como texto emblemático de las aspiraciones y el sentido de ser del Grupo 47. Nada de extraño tiene, entonces, que en 1959 Grass recibiera en Grobholzleute -Algovia- el premio del Grupo 47 y, en el mismo año, el Premio de Investigación del Círculo Cultural de la Asociación Federal de la Industria Alemana.

El desencanto respecto de las propias ficciones es un maestro duro pero sabio, que encontró la mejor expresión -para la época- en nuestro autor, como lo había encontrado décadas atrás, aunque por distintos métodos estilísticos, en Thomas Mann. Al leer a Grass uno no puede dejar de evocar la caída del protagonista de La Montaña Mágica. Ese aggiornamiento literario -una respuesta a la época, en la época- es siempre estimado como un logro por parte de un autor. El conjunto de los numerosos reconocimientos que recibió Grass -y recibe aún- es testimonio de ese espacio ganado para la conciencia de los cambios en los tiempos de la historia, que tiene que tener también en la literatura un reflejo para ser reconocido, visto, por los contemporáneos.

Podemos trazar respecto de este aspecto de la obra y la repercusión de la obra de Grass un paralelo latinoamericano, para acercar una comprensión mayor al lector de estas latitudes. Una literatura sectorial -digerible para el resto de los lectores de las otras latitudes- consiste en un reflejo de una realidad literaturizada, factible de ser diversamente interpretada por los miles de lectores cuando la obra alcanza la plena difusión que sólo dan las grandes editoriales. No se trata ya de los esplendores marginales, las parciales iluminaciones que brindan a grupos de lectores especializados los alcances de obras de escasa difusión -por problemas y circunstancias que van más allá de lo concretamente estético-. El fenómeno consiste en la ¿feliz? amalgama y sinergia de varios hechos fundamentales: un autor formidable, una obra ajustada a la problemática de la época, un éxito que le permite acceder a la verdadera difusión de una obra -el único tipo de difusión real que existe, por otra parte y mal que nos pese- y, más determinante todavía que todo lo referido, un vacío de interpretación que el conjunto de lectores mundiales siente, consciente o inconscientemente, pero que se llena o no según la oferta que hace el texto.

El ejemplo mejor, desde Latinoamérica y sólo unos años posterior a lo sucedido con la obra de Grass, está dado por lo que sucedió con Gabriel García Márquez. El paralelo es fácil y la escala factible.

Nadie sabía, literariamente, cuál era la imagen de América latina hasta que García Márquez la diseñó con sus Cien Años de Soledad. Nadie sabía qué era la Alemania de posguerra -y en buena medida, su reflejo desprendido, la Europa completa para sus habitantes vencidos y también para los supuestamente vencedores- hasta que llegó Grass a esa síntesis.

Ambos, García Márquez y Günter Grass, compartirían otra similitud, quizá más penosa, a simple vista, para un escritor: nunca escribirían algo netamente diferente de las obras que los consagraron. Si bien Cien Años de Soledad no fue la primera novela de García Márquez, sí es la madre de todas sus novelas y sus relatos y sus entrevistas y aun de su propia biografía. Para Grass, El Tambor de Hojalata fue el hilo conductor, hasta la fecha, al menos, de todo lo posterior que salió primero de su máquina de escribir y luego del teclado de su computadora.

Quizá la explicación haya que buscarla en que los fenómenos que ambos abarcaron son demasiado grandes para la vida de un solo hombre, contraviniendo la preceptiva de André Breton, que indica todo lo contrario, que no hay proceso histórico mayor que la vida de un solo individuo.

Para mi corta visión de los escritores y las épocas que los ven nacer, escribir y morir, se hagan famosos o no, queda la sospecha de una oscura relación entre una idea y la otra.

Sobre el hombre Günter Grass, para quien quiera saber qué fue de él después de que escribió El Tambor de Hojalata, queda la fortuna de un texto que acaba de aparecer, editado por Alfaguara, escrito por el mismo Grass y donde cuenta, a su manera, de lo que cree que le sucedió: Fünf Jahbrzehnte. Ein Werkstattbericht, en nuestra lengua, para la traducción del título, Cinco Decenios.

Quizá le ahorro al lector varias elucubraciones diciéndole que después de El Tambor de Hojalata, cuando surgieron El Gato y el Ratón, Años de Perro, El Rodaballo, Es Cuento Largo, Mi Siglo y Del Diario de un Caracol, Grass ensanchó y mostró, en las frustraciones y las esperanzas de su continente, como García Márquez en el nuestro, una veta extraordinaria de lo posible en lo humano que dejó una huella única en el siglo XX.

Guía básica para leer a Günter Grass

La obra de Günter Grass se diversifica a través de varios géneros que el autor ha abordado. En el mundo de habla hispana lo que más ha trascendido de su trabajo literario son sus novelas y algunas de ellas son consideradas entre las mejores del siglo pasado. Tal el caso de su célebre El Tambor de Hojalata, llevada al cine (Die blechtrommel, Alemania,1979) con dirección de Volker Schlöndorff, guión de Jean-Claude Carriére y el mismo Schlöndorff y música de Maurice Jarre y Friedrich Meyer. Sin embargo, cabe señalar que Grass también ha publicado poemarios y tiene una destacada producción como dramaturgo. Asimismo, su primera formación estuvo orientada hacia las artes plásticas, siendo Grass un notable escultor y dibujante que ha realizado numerosas muestras individuales en toda Europa. A todo este bagaje de experiencias y realizaciones en el terreno de la estética se le debe sumar su producción como escritor político, que ha quedado plasmada en ensayos y escritos periodísticos abundantemente reproducidos por las más importantes publicaciones del Viejo Mundo, entre ellas Der Spiegel, de la cual Grass fue, durante muchos años, asiduo colaborador. A continuación brindamos un listado de obras de Günter Grass disponibles en nuestro idioma para el lector, señalando que el año entre paréntesis corresponde al de la primera edición alemana. Las ediciones españolas de sus obras teatrales Los plebeyos ensayan la rebelión. yPiezas Dramáticas son casi imposibles de conseguir, conque congratulaciones a quien las encuentre -dato entre nosotros: montar el operativo cerca de Santa Fe y Pueyrredón y también atentos a Perú y Avenida de Mayo; la veleidosa Fortuna exclusivamente beneficiará si le plugo antes a Dios, y ello sólo porque uno ha sido siempre un hombre bueno. Trate de evitar invitar desde entonces a sus amigos lectores a comer en casa, a menos que tenga, como yo, biblioteca con vitrina y fornidas cerraduras.

Luis Benítez

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az681
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MARCELO PICHON RIVIERE

NARRADOR, POETA, ENSAYISTA, GRABADOR Y DIBUJANTE. ESTAS SON ALGUNAS DE LAS FACETAS DEL NUEVO PREMIO NOBEL DE LITERATURA, TAMBIEN CONOCIDO EN TODO EL MUNDO POR SU COMPROMETIDO PENSAMIENTO POLITICO


Günter Grass es uno de los grandes narradores de este fin de siglo, uno de los que mejor encarna ese cruce de caminos que eligieron los novelistas para captar la vasta y cambiante realidad de la posguerra. Porque las novelas de este alemán nacido en Danzig (Gdansk), en 1927, son relatos que ponen en juego sus ideas, sus impiadosas reflexiones sobre el pasado y el presente de Alemania. Desde El tambor de hojalata, publicada en 1959, su obra se ha convertido en un lacerante testimonio de un país desgarrado por las dramáticas circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, los horrores del nazismo y la drástica división de su territorio.

El 30 de setiembre, Grass se enteró que había ganado el Premio Nobel de Literatura 1999 en su casa de Behlendorf, cerca de Lübeck. Luego de recibir la buena noticia, fue al dentista, porque señaló que "la vida continúa". "Esta vez me tocó a mí", dijo, y se mostró feliz de recibir el premio a los 71 años. "Hoy puedo convivir alegre y serenamente con esto". "Es como si hubiera dado a la literatura alemana un nuevo comienzo luego de décadas de destrucción lingüística y moral", afirmó la Academia Sueca en su fundamentación del premio.

Los comienzos de Grass estuvieron muy lejos de la prosperidad. El original de El tambor de hojalata fue escrito, luego de una vida pobre y vagabunda, en un sótano en París, tan húmedo y lleno de gas carbónico que contrajo una tuberculosis. "Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: una agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por carbón, con dos cubetas", evoca Grass en un texto incluido en su libro Ensayos sobre literatura.

Una de las emociones mayores de la escritura de la novela se la deparó un viaje a Polonia en la primavera de 1958, para reconstruir la heroica defensa del Correo polaco en Danzig, contra tropas alemanas. El retorno a la ciudad natal, que había vuelto a pertenecer a la nación polaca con la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, le permitió reencontrar su infancia. "En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era un alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la Iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico." El éxito de la novela, en 1959, que hizo famoso también a su personaje Oskar Matzerath, lo tomó de sorpresa. Su vida cambió para siempre.

En una entrevista publicada semanas atrás en este suplemento, el notable narrador estadounidense John Irving dice: "Es posible que El tambor de hojalata sea la mejor novela jamás escrita acerca de la Segunda Guerra Mundial y, desde luego, es la mejor desde una perspectiva alemana, y cuando Grass expuso la Alemania de la Segunda Guerra Mundial a sus compatriotas, éstos, como el resto del mundo, lo amaron y admiraron. Pero la penetrante mirada de Grass se posó luego en la Alemania contemporánea y realizó un profundo análisis histórico y psicológico de lo que hace a los alemanes... en fin, tan alemanes. Ahora a los alemanes no les gusta oír lo que les dice este autor; quieren que deje de castigarlos con sus visiones. Que todo lo que predijo sobre la reunificación alemana haya resultado ser cierto... Bueno, como es lógico, eso tampoco lo hace muy popular. Es un gran escritor a quien reverencian fuera de Alemania, pero desdeñan dentro de ella".

Las dos mayores novelas de Grass son El tambor de hojalata y El rodaballo, publicada en 1977. También (y esta coincidencia no siempre se da) son los libros de mayor venta, los textos emblemáticos de un escritor revulsivo. En Conversaciones con Günter Grass, de Nicole Casanova, Grass cuenta el origen de El rodaballo: "Empecé el libro inmediatamente después de las elecciones de 1972, ganadas por los socialdemócratas con un resultado excesivamente bueno, lo que les hizo negligentes, cansados, perezosos e incapaces de defenderse contra la débil oposición. Entonces noté que tenía que hacer alguna cosa que no tuviera tanto que ver con la sociedad como conmigo, con lo que yo puedo hacer, con lo que sólo yo puedo hacer".

Ese efecto liberador es una de las claves para entender la fascinación que El rodaballo, a lo largo de casi 600 páginas, despierta en el lector. La comida (también presente en alucinantes escenas de El tambor de hojalata) es uno de los temas centrales de El rodaballo.

La novela arranca en tiempos de la diosa Aya, que con sus tres pechos alimentaba a los pescadores, quienes ignoraban que en esa tibieza maternal se realizaba una operación fundamental de la especie: la procreación. Y finaliza a orillas del Báltico, donde María habla con el rodaballo (porque se trata de un insólito pez parlante), poco después de dar puerco con col a los obreros en huelga de los astilleros Lenin, minutos antes de los disparos de la Milicia Popular de la República Popular Polaca.

Con el dinero que ganó con esta novela, Grass creó la fundación Alfred DÌblin, para impulsar una corriente de la literatura que denomina novela europea, que no se limita a la novela psicológica o a la novela de acción, según el esquema inglés de plot and action (argumento y acción), y cuyos orígenes se remontan a la novela picaresca española, se desarrolla en Francia con Rabelais, encuentra nuevas resonancias en los autores barrocos alemanes, especialmente en Johann Jacob von Grimmelshausen, tiene derivaciones en Inglaterra con Tristam Shandy de Laurence Sterne, vuelve al dominio alemán con Goethe y Jean Paul, se desplaza a la lengua inglesa en Joyce y Dos Passos y se reinstala en Alemania con DÌblin.

Autor de Berlin Alexanderplatz (1929), novela fundamental de la Alemania de entre guerras, DÌblin escribió en uno de sus ensayos: "La novela no tiene nada que ver con la acción; se sabe que al comienzo ni siquiera el drama tenía algo que ver con ella, y es discutible que haya obrado bien al comprometerse en tal forma. Simplificar, enderezar y ajustarse a la acción no es cosa del poeta épico. En la novela hay que amontonar, acumular, revolver, empujar; en el drama, el actual, reducido pobremente a la acción, obsesionado con la acción, se dirá: adelante. Adelante no será nunca la consigna de la novela".

Estas palabras parecen escritas por Grass: él es un maestro de las incesantes digresiones, de las ramificaciones interminables de la trama, de la irrupción de escenas de pesadilla en medio de un contexto realista. Grass nunca dice adelante, tampoco. Sigue de largo página a página y el lector, fascinado o abrumado, debe seguirle el paso. En El tambor de hojalata, Años de perro (1963), El rodaballo, La ratesa (1986) y Es cuento largo (1995) ese proceso de acumulación y amontonamiento llega al paroxismo. No hay respiro cuando uno ingresa en una novela épica.

En novelas breves, El gato y el ratón (1961), Encuentro en Telgte (1979) y Malos presagios (1991), el tono desmesurado se atenúa, pero en ningún momento el argumento y la acción dominan la trama; digresiones, reflexiones, reiteraciones buscan dar el efecto de un cuento de nunca acabar, más allá de la extensión del libro.

En el verano europeo de 1994, en la terraza del Hotel Felipe II, en El Escorial, durante unas jornadas dedicadas a su obra organizadas por la Universidad Complutense de Madrid, entrevisté a Grass. Acababa de despedirse de un grupo de gitanos, que habían ido a agradecerle las palabras de Discurso de la pérdida, pequeño libro sobre temas de racismo, que el escritor cedió a la editorial Presencia Gitana. La primera pregunta que le hice estaba referida a ese vaivén de novelas largas y cortas y le pregunté si ese vaivén era deliberado. "Cada uno de mis novelas largas está marcada por los acontecimientos de una determinada década. Por ejemplo, El tambor de hojalata es típico de la literatura de los 50; Años de perro es paradigma de los 60; El rodaballo recoge todos los conflictos de los 70; La ratesa despliega los problemas de los 80. En estos momentos estoy trabajando en una novela que tendré terminada el año próximo, y me atrevo a decir que será un libro típico de los 90. Estas novelas de tono épico trato de trabajarlas durante un lapso de tres a cinco años. Y tiene usted toda la razón: de vez en cuando intercalo una novela corta para recuperarme del esfuerzo; es una especie de terapia".

Esa novela larga en preparación era Es cuento largo, que arranca en la revolución de marzo de 1848 y culmina con la caída del Muro de Berlín, la unificación, y el desencanto de esa Alemania nuevamente unida en lo formal, pero dividida más que nunca en lo profundo, con sus territorios centrales de riqueza y los marginales de pobreza y desocupación.

En ese mismo mediodía, en la apacible y soleada terraza, dijo: "Yo escribo de pie, nunca sentado. Encima del atril donde escribo tengo dos grabados, que pertenecen a Los caprichos de Goya. Lo que yo aprecio en Goya es sobre todo su realismo, pero al mismo tiempo considero que es un realismo fantástico. Es decir, él mezcla la fantasía con la realidad, y me parece que es un maestro haciéndolo. Y yo, desde luego, siempre que empiezo a escribir miro estos grabados, que son una especie de advertencia." Novelista, poeta (en ese homenaje en El Escorial se presentó la primera versión al castellano de sus poemas), ensayista, escritor político (redactó muchos discursos de Willy Brandt), grabador, dibujante, escultor, Grass fue, en su juventud, un músico. En una entrevista, contó: "Tocábamos música dixieland y eso me permitía ganarme la vida. Y a esa actividad musical le debo uno de los momentos más felices de mi vida, entre 1949 y 1950. Louis Armstrong estuvo en Düsseldorf para un concierto después del cual vino a caer en el bar en el que nosotros tocábamos. Nos oyó y al parecer le gustó, porque pidió que le fueran a buscar su trompeta y acabó tocando con nosotros".

Esa felicidad estaba presente en El Escorial. A las dos o tres de la madrugada se escuchaban las risotadas de Grass, en la terraza, cuando volvía de alguna incursión por el pueblo, y se demoraba allí hasta las cuatro, mientras Miguel Saénz, su traductor, y otros españoles se desplomaban en sus sillas, abrumados por la vitalidad del gran escritor alemán.
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az681
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Mensaje por az681 »

Claves para entender a Günter Grass



Por Ariel Dorfman



La primera vez que conocí a Günter Grass nos peleamos furiosamente. Fue en marzo de 1975, si no recuerdo mal, que lo visité en su hogar cerca de Hamburgo, una amplia casa rural que daba a un río más plácido de lo que iba a ser, por cierto, nuestra tormentosa relación.

Al principio, todo anduvo sobre ruedas. Me había traído a ese lugar su gran amigo Freimut Duve, eminente editor, defensor de los derechos humanos y diputado alemán socialdemócrata por aquel distrito. Mientras Grass cocinaba una suculenta sopa de pescado –¡ya me habían advertido que era un gran cocinero!– hablamos sobre su obra y la influencia descomunal que había tenido su Trilogía de Danzig en mi propia producción. De a poco, fui deslizando el motivo, menos literario, por el cual yo había buscado este encuentro. Había viajado desde el París de mi exilio –providencialmente, como se verá, con mi mujer Angélica– para proponerle a Grass que prestara su firma a una campaña en defensa de una cultura chilena amenazada por Pinochet que habíamos armado con García Márquez, Cortázar, Rafael Aberti y Matta, entre muchos otros artistas e intelectuales. Ya se había matriculado Heinrich Böll y pensaba que no sería difícil convencer a este otro gran escritor alemán de que nos otorgara su entusiasta adhesión.

Cuando terminé mi exposición, sin embargo, se quedó callado un largo rato. Enseguida, le puso una tapa a la olla, bajó el gas para que se fuera guisando aquel bouillabaise tedesco con toda la lentitud que se merecía, y se fue a contemplar unos hermosos bosquejos que estaba dibujando.

Al levantar la vista, noté en sus ojos un sorprendente resplandor de cólera. Y dijo: “¿Por qué no quieren asistir los compañeros socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos que se hará en Francia este verano?”.

Yo le expliqué que, por mucha simpatía que tuviéramos muchos demócratas chilenos por la Primavera de Praga y la lucha de los disidentes checos, era políticamente inviable manifestar tal predilección en forma pública. Hubiera significado una ruptura con los comunistas chilenos en un momento en que ellos formaban parte –más aún, eran la espina dorsal– de la resistencia a la dictadura, tal como habían sido pieza clave y leal durante el gobierno de Salvador Allende.

Mi aclaración no logró aplacar a Günter Grass. Para él, los soviéticos habían intervenido en Checoslovaquia con el mismo afán imperial que los norteamericanos en Chile y era crucial denunciar simultáneamente a los dos superpoderes, unirse en la defensa del socialismo democrático, seguir buscando un modelo económico y social que rompiera con los grandes bloques hegemónicos. Y cuando yo respondí que para sacarnos a Pinochet de encima no podíamos perjudicar el indispensable apoyo de la Unión Soviética, junto al de sus aliados, el autor de El tambor de hojalata, no quiso dirigirme más la palabra. Por suerte, había quedado seducido con el encanto de mi mujer y dedicó el resto de nuestra visita a conversar animadamente con ella. Comenté más tarde con mi amigo Freimut que, de no haber estado Angélica presente, Grass seguramente me hubiera expulsado de su hogar. Al despedirse, eso sí, me lanzó unas palabras finales:

–Cuando algo es moralmente correcto –dijo–, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar. Pienso ahora, treinta años más tarde, en esa admonición perentoria que me espetó. Sería fácil devolvérsela con altivez, echarle en cara sus propias fallas éticas a ese hombre que me había exigido rectitud insobornable, preguntarle hoy con qué derecho trataba de darme lecciones de honradez alguien que escondía en ese mismo momento su propio pasado nazi. Esa ha sido, por lo demás, la reacción de la mayoría de los comentaristas.

Aunque tal indignación me parece comprensible, sospecho que es también intelectualmente peligrosa y hasta un poco holgazana. Porque yo no creo que el hecho de que Günter Grass haya ocultado durante casi toda su vida su participación en las SS de Hitler invalide sus posteriores posturas morales o políticas. Tenía razón en sus juicios sobre Alemania y la amnesia que la aquejaba. Tenía razón en su defensa de la Revolución Sandinista. Tenía razón de que la reunificación de su país debió haberse llevado a cabo de otra manera. Tenía razón de que es necesario recordar a las víctimas alemanas de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Y tenía razón también en el caso particular que llevó a que nuestro primer encuentro fuera tan desafortunado. Yo mismo se lo hice saber unos años más tarde cuando coincidimos en La Haya para una conferencia literaria, y se lo reiteré en varias ocasiones en las décadas siguientes: los socialistas chilenos deberíamos haber abrazado la causa de los disidentes de los países comunistas con mayor arrojo e integridad y yo mismo, como escritor, tenía una obligación adicional de plantearme a favor de la libertad, dondequiera que se viese vulnerada.

Tenía razón Günter Grass, sí, pero todos estos años me quedó dando vuelta otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera? ¿Acaso la rigidez de sus planteamientos tan categóricos no contradecía la ambigüedad maravillosa de sus personajes, la riqueza promiscua de su prosa?

Ese es el misterio que las revelaciones sobre el pasado de Grass permiten ahora ir –tal vez, tal vez– develando. ¿No es posible que fuera precisamente ese joven nazi, ese culpable alter ego adolescente, el que demandaba a su encarnación adulta que nunca más se permitiera una posición que no fuera transparente, definitiva, éticamente tajante? ¿No explica eso tanto arrebato, tanta efervescencia, tanta certeza?

Claro que hay que tener cuidado. Si algo nos enseña la obra literaria de este autor gigante es que somos seres complejos y paradójicos y probablemente indescifrables. No sería justo que termináramos reduciendo toda la vida de un escritor tan magníficamente múltiple a los mensajes que sin duda le fue susurrando a lo largo de su existencia aquel ser pretérito, maligno e inocente, que seguía pernoctando en su oscuro interior, ese pasado suyo que Günter Grass nunca pudo, creo yo, perdonar.


Publicado por Matías Bailone en 4:11 PM
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sergio,
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Re: Günter Grass

Mensaje por sergio, »

Los hermanos Grimm inspiran la nueva obra de Günter Grass

Los hermanos Grimm están en el centro del último libro del premio Nobel de Literatura Günter Grass, quien a partir de ellos dos hace un repaso de la historia de Alemania desde el siglo XIX y de algunos pasajes de su propia biografía. Grimms Wörter («Palabras de Grimm») ha sido definido por Grass como «una declaración de amor al idioma alemán» y es, además, un homenaje a Jakob y Wilhelm Grimm, conocidos en todo el mundo por su recopilación de cuentos populares y autores, además, de uno de los diccionarios más ambiciosos de la lengua alemana. Grass, en su libro, juega a seguir el formato de ese diccionario y titula todos los capítulos de la obra en orden alfabético. Así, por ejemplo, A, im Asyl , («asilados»), es el título del primero.
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natura
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Re: Günter Grass

Mensaje por natura »

No sé cómo he acabado aquí, :roll: , pero añado un apunte a lo del libro sobre los hermanos Grimm: si no se sabe alemán, no parece muy probable que lo podamos leer, según este artículo del que dejo el resumen inicial y la conclusión final :( :arrow:

Una declaración de amor a la lengua alemana:
Grimms Wörter, de Günter Grass

Resumen: La reseña sitúa el encuentro de Günter Grass con
algunos de sus traductores en marzo del 2011 en el marco de la
costumbre instituida por el autor de preparar con ellos las versiones
de su narrativa; muestra asimismo algunas de las dificultades que
comportaría traducir su obra Grimms Wörter.
La conclusión más unánime a que llegó el encuentro
fue, por lo tanto, que no habrá más remedio que aprender
alemán para poder gozar de una lectura poblada de
momentos brillantes e intensamente evocadores, que nos
permite recorrer la historia de buena parte del siglo xix
alemán y la trayectoria de dos de sus protagonistas a través
de la visión afectuosa y abundante en alusiones y reflexiones
autobiográficas de un virtuoso de la lengua alemana y
un artista de las transformaciones como es Günter Grass.
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sergio,
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Re: Günter Grass

Mensaje por sergio, »

Ha fallecido hoy a los 87 años :(
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natura
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Re: Günter Grass

Mensaje por natura »

Justo estamos con él en el Miniclub mensual de Premios Nobel, proponiendo títulos para leerlo en junio, y acababa de actualizar la ficha con el enlace a Es cuento largo :cry: . Vaya estreno de mes de abril que llevamos :(
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Re: Günter Grass

Mensaje por Aben Razín »

natura escribió:Justo estamos con él en el Miniclub mensual de Premios Nobel, proponiendo títulos para leerlo en junio, y acababa de actualizar la ficha con el enlace a Es cuento largo :cry: . Vaya estreno de mes de abril que llevamos :(
Ahora, con más decisión, tendremos que leer sus obras, porque, para mí, ha sido un autor muy incómodo, empezando en su país... :wink:
Pasado: El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy.

Presente: Mito y pensamiento en la Grecia antigua de Jean-Pierre Vernant.

Futuro: Sueño del origen de Eloy Sánchez Rosillo.
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